Escrito por Friedrich Engels en inglés, en Barmen, hacia el 9 de noviembre de 1844, a primeros de febrero y hacia el 5 de abril de 1845. Publicado en The New Moral World, semanario de los owenistas, núms. 25, 37 y 46, del 13 de diciembre de 1844 y del 8 de marzo y el 10 de mayo de 1845, con la firma «Un viejo amigo suyo en Alemania». Traducido del original inglés, según la transcripción del Marxists’ Internet Archive, cotejada con la traducción alemana de Marx/Engels, Werke, tomo 2 (Berlín, 1972, pp. 509-520), por la Escuela de marxismo, 2026; se corrigen algunas erratas de la transcripción. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
I
The New Moral World, núm. 25, 13 de diciembre de 1844.
Con la esperanza de que sus compatriotas se alegren de saber algo de los progresos de nuestra causa común a este lado del canal, les envío unas líneas para su periódico. Al mismo tiempo, me alegra poder mostrar que el pueblo alemán, aunque, como de costumbre, haya llegado bastante tarde a plantear la cuestión de la reforma social, se esfuerza ahora por recuperar el tiempo perdido. En verdad, la rapidez con que el socialismo ha progresado en este país es verdaderamente milagrosa. Hace dos años no había más que dos individuos aislados que se interesaran algo por las cuestiones sociales; hace un año se imprimió la primera publicación socialista. Es cierto que había algunos cientos de comunistas alemanes en el extranjero; pero, como eran obreros, tenían poca influencia y no podían hacer circular sus publicaciones entre las «clases altas». Además, los obstáculos que se oponían al socialismo eran enormes: la censura de prensa, ningún derecho de reunión pública, ningún derecho de asociación, y leyes despóticas y tribunales secretos, con jueces a sueldo, para castigar a cualquiera que se atreviera de algún modo a poner a pensar al pueblo. ¿Y, a pesar de todo, cuál es ahora el estado de cosas en Alemania? En lugar de los dos pobres diablos que escribían sobre el socialismo para un público que no conocía la cuestión ni se interesaba en absoluto por ella, tenemos docenas de escritores capaces que predican el nuevo evangelio a miles de personas deseosas de oír todo lo relacionado con el asunto; tenemos varios periódicos tan radicalmente socialistas como la censura permite, sobre todo la Trier’sche Zeitung (Gaceta de Tréveris) y el Sprecher (El Orador) de Wesel;1 tenemos un periódico que se publica al amparo de la libertad de prensa de París,2 y no hay publicación periódica, salvo las que están bajo la influencia inmediata de los gobiernos, que no comente a diario, y en términos muy favorables, el socialismo y a los socialistas. A nuestros propios adversarios les falta valor moral para decir contra nosotros todo lo que piensan. Hasta los gobiernos se ven obligados a favorecer todos los movimientos legales que van en la dirección del socialismo. Por todas partes se forman sociedades para mejorar la condición de los trabajadores y para darles medios de cultivar su espíritu, y algunos de los más altos funcionarios del gobierno prusiano han tomado parte activa en esas asociaciones.3 En resumen, el socialismo es la cuestión del día en Alemania, y en el espacio de un año ha crecido un fuerte partido socialista, que ya ahora se hace respetar por todos los partidos políticos y al que cortejan sobre todo los liberales de este país. Hasta el presente nuestro baluarte es la clase media, hecho que quizá asombre al lector inglés si no sabe que esta clase es en Alemania mucho más desinteresada, imparcial e inteligente que en Inglaterra, y por la sencillísima razón de que es más pobre. Esperamos, sin embargo, contar en poco tiempo con el apoyo de las clases trabajadoras, que siempre y en todas partes han de formar la fuerza y el cuerpo del partido socialista, y a las que han sacado de su letargo la miseria, la opresión y la falta de trabajo, así como los motines fabriles de Silesia y Bohemia.4
Permítanme mencionar a este propósito un cuadro de uno de los mejores pintores alemanes, Hübner,5 que ha hecho una agitación socialista más eficaz que la que hubieran podido hacer cien folletos. Representa a unos tejedores silesios que llevan el lienzo al fabricante, y contrapone de un modo muy llamativo la riqueza sin entrañas, de un lado, y la pobreza desesperada, del otro. El fabricante, bien alimentado, aparece con una cara tan roja e insensible como el bronce, rechazando una pieza de tela que pertenece a una mujer; la mujer, que no ve ninguna posibilidad de vender la tela, se desploma desmayada, rodeada de sus dos niños pequeños y sostenida a duras penas por un anciano; un dependiente examina una pieza cuyos dueños esperan el resultado con dolorosa ansiedad; un joven muestra a su abatida madre el mísero salario que ha recibido por su trabajo; un anciano, una muchacha y un muchacho están sentados en un banco de piedra esperando su turno; y dos hombres, cada uno con una pieza rechazada a la espalda, salen de la sala, uno de ellos apretando el puño de rabia, mientras el otro, poniéndole la mano en el brazo, señala hacia el cielo como diciendo: tranquilo, hay un juez que lo castigará. Toda la escena transcurre en un vestíbulo frío y de aspecto inhóspito, con suelo de piedra: solo el fabricante pisa un trozo de alfombra; mientras que al otro lado del cuadro, detrás de una barandilla, se abre la vista de un escritorio lujosamente amueblado, con espléndidas cortinas y espejos, donde escriben algunos empleados sin que les perturbe lo que ocurre a sus espaldas, y donde el hijo del fabricante, un caballerete con aire de dandi, se apoya en la barandilla con una fusta en la mano, fumando un cigarro y mirando con frialdad a los afligidos tejedores. El cuadro se ha expuesto en varias ciudades de Alemania y, por supuesto, ha preparado a buen número de espíritus para las ideas sociales. Al mismo tiempo hemos tenido el triunfo de ver convertirse al socialismo al primer pintor de historia de este país, Carl Lessing.6 De hecho, el socialismo ocupa en este momento en Alemania una posición diez veces más destacada que en Inglaterra. Esta misma mañana he leído en un periódico liberal, la Gaceta de Colonia,7 un artículo cuyo autor había sido atacado por algunas razones por los socialistas y en el que se defiende; ¿y a qué se reduce su defensa? Se declara socialista, con la única diferencia de que quiere empezar por las reformas políticas, mientras que nosotros queremos conseguirlo todo de una vez. Y esta Gaceta de Colonia es el segundo periódico de Alemania por su influencia y su difusión. Es curioso, pero, al menos en el norte de Alemania, no se puede subir a un vapor, a un vagón de tren o a una diligencia sin encontrarse con alguien que se ha impregnado al menos de alguna idea social y que está de acuerdo con uno en que hay que hacer algo para reorganizar la sociedad. Acabo de volver de un viaje por algunas ciudades vecinas, y no hubo un solo lugar donde no encontrara al menos media docena o una docena de socialistas cabales. En mi propia familia —que es muy piadosa y leal— cuento seis o más, cada uno de los cuales se ha convertido sin influencia de los demás. Tenemos partidarios entre toda clase de gente: comerciantes, fabricantes, abogados, funcionarios del gobierno y oficiales del ejército, médicos, directores de periódicos, agricultores, etc.; muchas de nuestras publicaciones están en prensa, aunque apenas han aparecido tres o cuatro; y si durante los próximos cuatro o cinco años hacemos tantos progresos como en los últimos doce meses, podremos fundar enseguida una comunidad. Ya ven ustedes que los teóricos alemanes nos estamos convirtiendo en hombres prácticos de negocios. De hecho, a uno de los nuestros se le ha invitado a redactar un plan de organización y un reglamento para una comunidad práctica, teniendo en cuenta los planes de Owen, Fourier, etc., y aprovechando la experiencia de las comunidades americanas y de su propio experimento de Harmony,8 que espero que marche prósperamente. Este plan se discutirá en las distintas localidades y se imprimirá con las enmiendas. Los literatos más activos entre los socialistas alemanes son: el doctor Karl Marx, en París; el doctor M. Hess, de momento en Colonia; el doctor K. Grün, en París; Friedrich Engels, en Barmen (Prusia renana); el doctor O. Lüning, en Rheda (Westfalia); el doctor H. Püttmann, en Colonia; y algunos otros.9 Además de ellos, Heinrich Heine, el más eminente de todos los poetas alemanes vivos, se ha sumado a nuestras filas y ha publicado un volumen de poesía política que contiene también algunas piezas que predican el socialismo.10 Es el autor de la célebre Canción de los tejedores silesios, de la que les doy una traducción en prosa, pero que, me temo, se considerará en Inglaterra una blasfemia. En todo caso se la daré, y solo advierto que alude al grito de guerra de los prusianos en 1813: «¡Con Dios por el Rey y la Patria!», que desde entonces ha sido una de las divisas favoritas del partido leal. Pero, en cuanto a la canción, aquí la tienen:
Sin una lágrima en sus ojos sombríos,
están sentados al telar, con la rabia de la desesperación en el rostro;
«Hemos sufrido y pasado hambre bastante tiempo;
vieja Alemania, tejemos tu mortaja
y la tejemos con una triple maldición.
»¡Tejemos, tejemos!
»La primera maldición, para el Dios, el dios ciego y sordo
en quien confiamos como los niños en su padre;
en quien, además, esperamos y pusimos nuestra fe,
y que, sin embargo, se ha burlado de nosotros y nos ha engañado.
»¡Tejemos, tejemos!
»La segunda maldición, para el Rey de los ricos,
a quien nuestra miseria no pudo ablandar ni conmover;
el Rey que nos arranca el último penique
y envía a sus soldados a matarnos a tiros como a perros.
»¡Tejemos, tejemos!
»¡Maldita sea la falsa patria,
que no tiene para nosotros más que miseria y vergüenza,
donde sufrimos hambre y miseria!
¡Tejemos tu mortaja, vieja Alemania!
»¡Tejemos, tejemos!»11
Con esta canción, que en su original alemán es uno de los poemas más vigorosos que conozco, me despido de ustedes por esta vez, con la esperanza de poder informarles pronto de nuestros nuevos progresos y de nuestra literatura social.
Suyo afectísimo,
Un viejo amigo suyo en Alemania
II
The New Moral World, núm. 37, 8 de marzo de 1845.
Barmen, 2 de febrero de 1845
Desde la última vez que les escribí, la causa del comunismo ha seguido progresando con la misma rapidez que en la última parte del año 1844. Hace poco visité varias ciudades del Rin, y en todas partes encontré que nuestras ideas habían ganado, y ganaban cada día, más terreno que cuando dejé esos lugares la última vez. En todas partes encontré nuevos prosélitos que desplegaban, al discutir y difundir la idea del comunismo, toda la energía que se pudiera desear. En todas las ciudades de Prusia se han celebrado muchísimas reuniones públicas con el fin de formar asociaciones para contrarrestar el creciente pauperismo, la ignorancia y el crimen entre la gran masa de la población. Estas reuniones, al principio apoyadas por el gobierno y luego, cuando se volvieron demasiado independientes, frenadas por él, han impuesto, no obstante, la cuestión social a la atención pública y han contribuido mucho a la difusión de nuestros principios. La reunión de Colonia quedó tan impresionada por los discursos de los principales comunistas que eligió un comité para redactar los estatutos de la asociación, cuya mayoría estaba formada por comunistas convencidos. El proyecto de estatutos se basaba, como es natural, en principios comunistas: organización del trabajo, protección del trabajo contra el poder del capital, etc., y la reunión lo aprobó casi por unanimidad. Por supuesto, el gobierno, cuya aprobación es necesaria en este país para toda asociación, la ha denegado; pero desde que se celebraron esas reuniones la cuestión de las comunidades se ha discutido por todas partes en Colonia. En Elberfeld se proclamó como principio fundamental de la asociación que todos los hombres tienen igual derecho a la educación y deben participar en los frutos de la ciencia. Los estatutos de la asociación, sin embargo, no han sido todavía aprobados por el gobierno, y con toda probabilidad correrán la suerte de los de Colonia, pues los curas montaron una asociación propia en cuanto la reunión rechazó su plan de convertir la sociedad en una rama de la misión urbana.12 La asociación liberal será prohibida y la asociación de los curas recibirá el apoyo del gobierno. Esto, sin embargo, tiene poca importancia, porque la cuestión, una vez planteada, se discute ahora en toda la ciudad. Se han formado otras asociaciones en Münster, Cléveris, Düsseldorf, etc., y está por ver cuáles serán los resultados. En cuanto a la literatura comunista, H. Püttmann, de Colonia, ha publicado una colección de escritos sobre esta materia que contiene, entre otras cosas, una descripción de las comunidades americanas y del establecimiento de ustedes en Hampshire, la cual ha contribuido mucho a acabar con el prejuicio de que nuestras ideas son impracticables.13 El señor Püttmann ha publicado al mismo tiempo el prospecto de una revista trimestral, cuyo primer número piensa sacar en mayo próximo y que estará dedicada exclusivamente a la difusión de nuestras ideas. Los señores Hess, de Colonia, y Engels, de Barmen, empezarán otra publicación mensual, cuyo primer número saldrá el primero de abril próximo; esta publicación contendrá hechos solamente, que muestren el estado de la sociedad civilizada y prediquen la necesidad de una reforma radical con la elocuencia de los hechos.14 Pronto se publicará una nueva obra del doctor Marx que contiene un examen de los principios de la economía política y de la política en general.15 El propio doctor Marx se ha visto obligado por el gobierno conservador francés a abandonar su residencia en París. Piensa ir a Bélgica, y si la venganza del gobierno prusiano (que ha inducido a los ministros franceses a expulsar a Marx) lo persigue también allí, tendrá que ir a Inglaterra.16 Pero el hecho más importante que ha llegado a mi conocimiento desde mi última carta es que el doctor Feuerbach, el genio filosófico más eminente de la Alemania actual, se ha declarado comunista. Un amigo nuestro lo visitó hace poco en su retiro campestre, en un rincón apartado de Baviera,17 y Feuerbach le declaró su plena convicción de que el comunismo no era sino una consecuencia necesaria de los principios que él había proclamado, y que el comunismo no era, de hecho, sino la práctica de lo que él había proclamado teóricamente mucho antes. Feuerbach dijo que ningún otro libro le había complacido tanto como la primera parte de las Garantías de Weitling.18 Nunca he dedicado un libro a nadie, dijo, pero me siento muy inclinado a dedicar a Weitling mi próxima obra. Así, pues, la unión entre los filósofos alemanes, cuyo representante más eminente es Feuerbach, y los obreros alemanes, representados por Weitling, unión que el doctor Marx había predicho hace un año, está casi consumada.19 Con los filósofos para pensar y los obreros para luchar por nosotros, ¿habrá en la tierra poder lo bastante fuerte para resistir nuestro avance?
Un viejo amigo suyo en Alemania
III
The New Moral World, núm. 46, 10 de mayo de 1845.
Muy señor mío:
Como durante algún tiempo, por ciertas causas, no he podido escribirle sobre el estado de las cosas en Alemania, reanudo ahora mis informes, con la esperanza de que interesen a sus lectores y se sucedan con menos interrupciones que hasta aquí. Me alegra poder decirle que seguimos haciendo los mismos progresos rápidos y constantes que hicimos hasta mi último informe. Desde que le escribí la última vez, el gobierno prusiano ha considerado peligroso seguir apoyando a las «Asociaciones para el bienestar de las clases trabajadoras». Ha visto que por todas partes esas asociaciones se contagiaban de algo parecido al comunismo, y por eso ha hecho todo lo que estaba en su mano para suprimir, o al menos obstaculizar, su progreso. Por otro lado, la mayoría de los miembros de esas sociedades, compuesta de hombres de la clase media, no sabía en absoluto qué pasos dar para beneficiar a los trabajadores. Todas sus medidas —cajas de ahorros, primas y premios para los mejores obreros y cosas por el estilo— fueron al instante demostradas por los comunistas como inútiles y expuestas a la risa pública. Así, la intención de las clases medias de engañar a las clases trabajadoras con hipocresía y falsa filantropía se ha frustrado por completo; mientras que a nosotros nos ha dado una oportunidad bastante rara en un país de gobierno policíaco y patriarcal: así, el gobierno y los capitalistas han cargado con el trabajo y nosotros nos hemos llevado todo el provecho.
Pero no solo se aprovecharon esas reuniones para la agitación comunista: en Elberfeld, el centro del distrito fabril de la Prusia renana, se celebraron reuniones comunistas en toda regla. Algunos de los ciudadanos más respetables invitaron a los comunistas de esta ciudad a discutir con ellos sus principios. La primera de estas reuniones tuvo lugar en febrero y tuvo un carácter más bien privado. Asistieron unas cuarenta o cincuenta personas, entre ellas el fiscal general del distrito y otros miembros de los tribunales, así como representantes de casi todas las principales firmas comerciales e industriales. El doctor Hess, cuyo nombre he tenido más de una vez ocasión de mencionar en sus columnas, abrió la sesión proponiendo como presidente al señor Köttgen, un comunista,20 a lo que nadie se opuso. El doctor Hess leyó luego una conferencia sobre el estado actual de la sociedad y la necesidad de abandonar el viejo sistema de la competencia, al que llamó un sistema de robo descarado. La conferencia fue acogida con muchos aplausos (la mayor parte del público eran comunistas); después de lo cual el señor Friedrich Engels (que hace algún tiempo publicó en sus columnas unos artículos sobre el comunismo continental) habló extensamente de la viabilidad y las ventajas del sistema de comunidad. Dio también algunos detalles sobre las colonias americanas y sobre el establecimiento de ustedes en Harmony en prueba de sus afirmaciones. Tras lo cual se entabló una discusión muy animada, en la que defendieron el lado comunista los oradores precedentes y algunos otros, mientras que la oposición la sostuvieron el fiscal general, el doctor Benedix, un literato,21 y algunos otros. La sesión, que empezó hacia las nueve de la noche, se prolongó hasta la una de la madrugada.
La segunda reunión tuvo lugar una semana después en el salón grande del primer hotel de la ciudad. La sala estaba llena de las «personas respetables» del lugar. El señor Köttgen, presidente de la reunión anterior, leyó algunas observaciones sobre el estado y las perspectivas futuras de la sociedad tal como las imaginan los comunistas, después de lo cual el señor Engels pronunció un discurso en el que demostró (como puede deducirse del hecho de que nadie le replicara una palabra) que la situación actual de Alemania era tal que no podía dejar de producir en muy poco tiempo una revolución social; que esta revolución inminente no podía evitarse con ninguna de las medidas posibles para fomentar el comercio y la industria manufacturera; y que el único medio de prevenir semejante revolución —una revolución más terrible que cualquiera de los simples trastornos de la historia pasada— era la implantación del sistema de comunidad y la preparación para él.22 La discusión, en la que tomaron parte del lado comunista algunos señores del foro que habían venido expresamente desde Colonia y Düsseldorf, fue de nuevo muy animada y se prolongó hasta pasada la medianoche. Se leyeron también algunos poemas comunistas del doctor Müller, de Düsseldorf, que estaba presente.23
Una semana después tuvo lugar una tercera reunión, en la que el doctor Hess volvió a dar una conferencia y, además, se leyeron de un impreso algunos detalles sobre las comunidades americanas. Antes de cerrar la reunión se reanudó la discusión.
Algunos días después se difundió por la ciudad el rumor de que la policía iba a disolver la siguiente reunión y a detener a los oradores. En efecto, el alcalde de Elberfeld fue a ver al dueño del hotel y lo amenazó con retirarle la licencia si en adelante permitía que se celebraran tales reuniones en su casa. Los comunistas se pusieron al instante en comunicación con el alcalde sobre el asunto, y la víspera de la siguiente reunión recibieron una circular dirigida a los señores Hess, Engels y Köttgen en la que el gobierno provincial, con una enorme cantidad de citas de leyes antiguas y escritas, declaraba ilegales tales reuniones y amenazaba con impedirlas por la fuerza si no se abandonaban. La reunión tuvo lugar el sábado siguiente; estuvieron presentes el alcalde y el fiscal general (que después de la primera reunión se había ausentado), apoyados por una tropa de policías armados que habían sido enviados por ferrocarril desde Düsseldorf. Naturalmente, en tales circunstancias no se pronunció ningún discurso: los reunidos se ocuparon de bistecs y vino y no dieron a la policía ningún pretexto para intervenir.
Estas medidas, sin embargo, no podían sino servir a nuestra causa: los que aún no habían oído hablar del asunto se sintieron movidos, por la importancia que le atribuía el gobierno, a pedir información sobre él; y muchísimos de los que habían acudido a la discusión ignorando nuestras propuestas o burlándose de ellas volvieron a casa con mayor respeto por el comunismo. Ese respeto lo produjo también en parte la manera respetable en que estaba representado nuestro partido: casi todas las familias patricias y adineradas de la ciudad tenían a alguno de sus miembros o parientes en la gran mesa que ocupaban los comunistas. En resumen, el efecto que estas reuniones produjeron sobre la opinión pública de todo el distrito fabril fue verdaderamente asombroso; y a los pocos días, quienes habían defendido públicamente nuestra causa se vieron asediados por multitud de personas que pedían libros y escritos de los que pudieran sacar una visión de conjunto del sistema. Tenemos entendido que todas las actas de las reuniones se publicarán en breve.
En cuanto a la literatura comunista, en esta rama de la agitación se ha desplegado una gran actividad. El público está literalmente ávido de información: devora todos los libros que se publican sobre la materia. El doctor Püttmann ha publicado una colección de ensayos que contiene un excelente trabajo del doctor Hess sobre la miseria de la sociedad moderna y los medios de remediarla; una descripción detallada de la penosa situación de los trabajadores de Silesia, con una historia de los motines de la primavera pasada; algunos otros artículos que describen el estado de la sociedad en Alemania; y, por último, una descripción de las comunidades americanas y de la de Harmony (según las cartas del señor Finch y la de «Uno que ha silbado tras el arado»), de F. Engels.24 El libro, aunque perseguido por el gobierno prusiano, se vendió rápidamente en todas partes. Se han fundado varias publicaciones mensuales: el Vapor Westfaliano, que publica Lüning en Bielefeld, con ensayos populares sobre el socialismo e informes sobre el estado de los trabajadores; el Diario del Pueblo, en Colonia, de tendencia socialista más decidida; y el Gesellschaftsspiegel (Espejo de la Sociedad), en Elberfeld, del doctor Hess, fundado expresamente para publicar hechos característicos del estado actual de la sociedad y para defender los derechos de las clases trabajadoras.25 También se ha fundado una revista trimestral, los Rheinische Jahrbücher (Anales Renanos), del doctor Püttmann; el primer número está ahora en prensa y se publicará en breve.
Por otra parte, se ha declarado la guerra a aquellos filósofos alemanes que se niegan a sacar de sus meras teorías consecuencias prácticas y que sostienen que el hombre no tiene nada que hacer sino especular sobre cuestiones metafísicas. Los señores Marx y Engels han publicado una refutación detallada de los principios defendidos por B. Bauer; y los señores Hess y Bürgers trabajan en la refutación de la teoría de M. Stirner:26 Bauer y Stirner son los representantes de las últimas consecuencias de la filosofía alemana abstracta y, por tanto, los únicos adversarios filosóficos importantes del socialismo, o más bien del comunismo, ya que en este país la palabra socialismo no significa más que las diversas fantasías vagas, indefinidas e indefinibles de quienes ven que hay que hacer algo y, sin embargo, no se deciden a llegar hasta el final, hasta el sistema de comunidad.
Están también en prensa: la Crítica de la política y de la economía política del doctor Marx; La situación de las clases trabajadoras de Gran Bretaña del señor F. Engels; Anecdota, o colección de escritos sobre el comunismo; y dentro de pocos días se empezará una traducción de las mejores obras francesas e inglesas sobre la reforma social.27
A consecuencia de la mísera situación política de Alemania y de los procedimientos arbitrarios de sus gobiernos patriarcales, apenas hay posibilidad de otro vínculo que el literario entre los comunistas de las distintas localidades. Las publicaciones periódicas, sobre todo los Anales Renanos, ofrecen un centro a quienes defienden el comunismo por medio de la prensa. Los viajeros mantienen alguna relación, pero eso es todo. Las asociaciones son ilegales, y hasta la correspondencia es insegura, porque los «gabinetes secretos» han desplegado últimamente una actividad inusitada.28 Así, solo por los periódicos hemos recibido noticia de la existencia de dos asociaciones comunistas en Posen y en las montañas de Silesia. Se dice que en Posen, la capital de la Polonia prusiana, cierto número de jóvenes había formado una sociedad secreta, basada en principios comunistas, con la intención de apoderarse de la ciudad; que el complot fue descubierto y su ejecución impedida: es todo lo que sabemos del asunto. Esto, sin embargo, es seguro: que se ha detenido a muchísimos jóvenes de familias polacas aristocráticas y ricas; que desde entonces (más de dos meses) todos los puestos de guardia están doblados y provistos de cartuchos con bala; y que dos jóvenes (de 12 y 19 años respectivamente), los hermanos Rymarkiewicz, han huido y las autoridades no han podido todavía echarles el guante. Gran número de los presos son jóvenes de entre 12 y 20 años. La otra presunta conspiración, en las montañas de Silesia, habría sido muy extensa y también con un fin comunista: dicen que pretendían tomar la fortaleza de Schweidnitz, ocupar toda la cordillera y apelar desde allí a los trabajadores que sufren en toda Alemania. Hasta qué punto esto es cierto, nadie puede juzgarlo; pero en este infortunado distrito también ha habido detenciones por las declaraciones de un espía de la policía; y un fabricante rico, el señor Schlöffel, ha sido trasladado a Berlín, donde ahora se le juzga como supuesto jefe de la conspiración.29
Las asociaciones de comunistas alemanes de las clases trabajadoras en Suiza, Francia e Inglaterra siguen siendo muy activas, aunque en Francia y en algunas partes de Suiza tienen mucho que sufrir de la policía. Los periódicos anuncian que unos sesenta miembros de la asociación comunista de Ginebra han sido expulsados de la ciudad y del cantón. A. Becker, uno de los comunistas suizos más capaces, ha publicado una conferencia pronunciada en Lausana con el título ¿Qué quieren los comunistas?, que figura entre lo mejor y más brioso que conocemos en su género.30 Me atrevo a decir que merecería una traducción inglesa, y me alegraría que alguno de sus lectores conociera el alemán lo suficiente para emprenderla. Es, por supuesto, solo un folleto pequeño.
Espero seguir enviando mis informes de cuando en cuando, y quedo, etc.,
Un viejo amigo suyo en Alemania
La Trier’sche Zeitung, diario de Tréveris, estaba desde 1844 bajo la influencia de los «socialistas verdaderos», en particular de Karl Grün. Der Sprecher oder Rheinisch-Westphälischer Anzeiger se publicaba en Wesel. ↩
El Vorwärts!, periódico alemán de París, en el que colaboraban Marx y Engels. ↩
Las «Asociaciones para el bienestar de las clases trabajadoras» (Vereine für das Wohl der arbeitenden Klassen), fundadas en Prusia en 1844, después del levantamiento de los tejedores de Silesia, con el patrocinio de las autoridades y de la burguesía liberal. Véase el comienzo de la tercera crónica. ↩
El levantamiento de los tejedores de Silesia (Peterswaldau y Langenbielau, junio de 1844) y los motines de los obreros textiles de Bohemia, en Praga y otras localidades, en el verano de ese mismo año. ↩
Carl Wilhelm Hübner (1814-1879), pintor de la escuela de Düsseldorf; el cuadro, Los tejedores silesios, es de 1844. ↩
Carl Friedrich Lessing (1808-1880), pintor de la escuela de Düsseldorf, conocido por sus cuadros de historia, en especial de asuntos husitas. ↩
La Kölnische Zeitung, el gran diario liberal de Colonia. ↩
Harmony Hall, en Queenwood (Hampshire), la colonia comunista fundada en 1839 por los owenistas, que duró hasta 1845. Engels la describe en su Descripción de las colonias comunistas fundadas en los últimos tiempos y todavía existentes. ↩
Moses Hess (1812-1875), el primero de los jóvenes hegelianos que se pasó al comunismo; Karl Grün (1817-1887), publicista, uno de los portavoces del «socialismo verdadero»; Otto Lüning (1818-1868), médico y publicista de Westfalia; Hermann Püttmann (1811-1874), periodista y editor de Colonia. ↩
Heinrich Heine (1797-1856) publicó en 1844 sus Neue Gedichte («Nuevos poemas»), con una serie de «Poemas de la época». ↩
El poema de Heine, Die schlesischen Weber («Los tejedores silesios»), apareció por primera vez, con el título Die armen Weber («Los pobres tejedores»), en el Vorwärts! del 10 de julio de 1844. La versión en prosa de Engels omite la última de sus cinco estrofas. ↩
Obra de beneficencia y proselitismo de la Iglesia protestante entre los pobres de las ciudades. ↩
El Deutsches Bürgerbuch für 1845 («Libro del ciudadano alemán para 1845»), Darmstadt, 1845, editado por Hermann Püttmann; la descripción de las comunidades es el artículo de Engels citado en la nota 8. ↩
El Gesellschaftsspiegel («Espejo de la Sociedad»), que se publicó en Elberfeld en 1845 y 1846 bajo la dirección de Hess y con la colaboración de Engels. La revista trimestral de Püttmann son los Rheinische Jahrbücher zur gesellschaftlichen Reform («Anales renanos de reforma social»). ↩
La Crítica de la política y de la economía política que Marx contrató con el editor Leske en febrero de 1845 y que nunca llegó a terminar. ↩
A petición del gobierno prusiano, el gobierno de Guizot ordenó en enero de 1845 la expulsión de Marx y de otros colaboradores del Vorwärts!. Marx se instaló en Bruselas a primeros de febrero de 1845 y vivió allí hasta 1848. ↩
Ludwig Feuerbach (1804-1872) vivía retirado desde 1837 en Bruckberg, cerca de Ansbach, en la Franconia bávara. ↩
Wilhelm Weitling (1808-1871), oficial sastre, el principal teórico del comunismo obrero alemán de la época; su obra principal, Garantien der Harmonie und Freiheit («Garantías de la armonía y de la libertad»), es de 1842. ↩
En la Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Introducción, publicada en los Anales franco-alemanes en febrero de 1844, donde Marx escribe que la cabeza de la emancipación humana es la filosofía y su corazón, el proletariado. ↩
Gustav Adolph Köttgen (1805-1882), pintor y poeta de Elberfeld, comunista. ↩
Roderich Benedix (1811-1873), autor de comedias. ↩
Los dos discursos de Engels se publicaron en los Rheinische Jahrbücher: véase Dos discursos en Elberfeld. ↩
Wolfgang Müller von Königswinter (1816-1873), médico y poeta de Düsseldorf. ↩
Se trata del Deutsches Bürgerbuch für 1845: el trabajo de Hess es Über die Not in unserer Gesellschaft und deren Abhilfe («Sobre la miseria de nuestra sociedad y su remedio»); el de Silesia, Das Elend und der Aufruhr in Schlesien («La miseria y la revuelta en Silesia»), de Wilhelm Wolff. John Finch (1784-1857), owenista de Liverpool, publicó en el New Moral World sus cartas de viaje por Estados Unidos; «Uno que ha silbado tras el arado» era el seudónimo con que el periodista Alexander Somerville (1811-1885) escribía en el Morning Chronicle. ↩
El Westphälisches Dampfboot, revista mensual dirigida por Otto Lüning, que se publicó en Bielefeld y luego en Paderborn de 1845 a 1848. ↩
Marx y Engels, La sagrada familia, o crítica de la crítica crítica. Contra Bruno Bauer y consortes (Fráncfort del Meno, febrero de 1845). Max Stirner (seudónimo de Johann Caspar Schmidt, 1806-1856) había publicado en 1844 Der Einzige und sein Eigentum («El único y su propiedad»); Hess le respondió en el folleto Die letzten Philosophen («Los últimos filósofos», 1845). Heinrich Bürgers (1820-1878), publicista de Colonia, amigo de Marx. ↩
El libro de Engels apareció en Leipzig en 1845 con el título La situación de la clase obrera en Inglaterra; la obra de Marx (véase la nota 15) no llegó a escribirse, y la colección de traducciones de socialistas franceses e ingleses que preparaban Marx, Engels y Hess tampoco llegó a publicarse. ↩
Los «gabinetes negros», oficinas secretas de la policía en las que se abría y copiaba la correspondencia. ↩
Friedrich Wilhelm Schlöffel (1800-1870), fabricante silesio de ideas democráticas, detenido en 1845 bajo la acusación de conspirar. ↩
August Becker (1814-1871), periodista alemán, partidario de Weitling, activo en las asociaciones obreras alemanas de Suiza; su conferencia Was wollen die Kommunisten? se publicó en Lausana en 1844. ↩