Escrito por Friedrich Engels entre junio y finales de noviembre de 1876 y publicado como serie de artículos en Die Neue Welt (Leipzig), n.os 27, 28, 30, 31, 40, 41, 42, 43, 44, 45 y 47, del 1 de julio al 25 de noviembre de 1876 (I-XI). La parte biográfica se publicó también en 1886 como primera parte de la introducción a la reedición, en Hottingen-Zúrich, de Die schlesische Milliarde (Los mil millones de Silesia), de Wilhelm Wolff. Traducido del alemán de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 19 (Berlín, 1962, pp. 55-88), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo la indicada como de Engels. Texto original en alemán.

Era, si no me equivoco, hacia finales de abril de 1846. Marx y yo vivíamos entonces en un suburbio de Bruselas; estábamos ocupados precisamente en un trabajo común1 cuando nos avisaron de que un señor de Alemania deseaba hablar con nosotros. Encontramos a un hombre bajo, pero de complexión muy recia; la expresión de su rostro anunciaba tanta benevolencia como tranquila resolución; la figura, de campesino del este de Alemania con la indumentaria de un burgués de una pequeña ciudad del este de Alemania. Era Wilhelm Wolff. Perseguido por delitos de prensa, había escapado felizmente de las cárceles prusianas. Al verle por primera vez no sospechamos qué hombre tan poco común se ocultaba tras aquella apariencia modesta. Bastaron pocos días para entablar una cordial amistad con el nuevo compañero de exilio y para convencernos de que no teníamos que habérnoslas con una persona corriente. Su espíritu, finamente cultivado en la escuela de la Antigüedad clásica, su rico humor, su clara comprensión de difíciles cuestiones teóricas, su odio ardiente contra todos los opresores de las masas populares, su carácter enérgico y a la vez sereno se revelaron pronto; pero hicieron falta largos años de trabajo en común y de trato amistoso, en la lucha, en la victoria y en la derrota, en los buenos y en los malos tiempos, para poner a prueba en toda su plenitud su inquebrantable fuerza de carácter, su absoluta fiabilidad, que no admitía duda alguna, y su sentido del deber, inconmovible e igual de severo con el enemigo, con el amigo y consigo mismo.

I

Wilhelm Wolff nació el 21 de junio de 1809 en Tarnau, en la comarca de Frankenstein, en Silesia. Su padre era un campesino siervo hereditario2 que regentaba además el Gerichtskretscham (la taberna —en polaco karczma— donde se celebraban las sesiones del tribunal del pueblo), lo que no le impedía tener que cumplir prestaciones personales para el señor con su mujer y sus hijos. Así pues, Wilhelm no solo conoció desde niño la espantosa situación de los campesinos siervos del este de Alemania, sino que la padeció en carne propia. Pero aprendió algo más. Su madre, de la que siempre hablaba con un afecto especial y que poseía una instrucción superior a la de su condición, despertó y alimentó en él la ira contra la explotación desvergonzada y el trato infame que los señores feudales infligían a los campesinos. Y cómo fermentó y hirvió esa ira en él durante toda su vida lo veremos cuando lleguemos al período de su vida en que pudo por fin derramarla en público. El talento y las ganas de aprender del muchacho campesino se hicieron notar pronto; debía ir, a ser posible, al instituto, pero ¡cuántos obstáculos hubo que superar hasta conseguirlo! Aparte de las dificultades de dinero, estaban el señor y su administrador, y sin ellos no se podía hacer nada. La servidumbre hereditaria había sido abolida de nombre en 1810, es verdad, pero las entregas feudales, las prestaciones personales, la justicia patrimonial y la policía señorial seguían existiendo y hacían que la servidumbre hereditaria subsistiera de hecho. Y el señor y sus funcionarios preferían con mucho hacer de los muchachos campesinos porquerizos antes que estudiantes. Sin embargo, todos los obstáculos fueron superados. Wolff fue al instituto de Schweidnitz y después a la universidad de Breslau. En ambos centros tuvo que ganarse él mismo la mayor parte de su sustento con clases particulares. En la universidad se dedicó con preferencia a la filología clásica; pero no era un filólogo puntilloso de la vieja escuela, de los que cuentan sílabas; comprendía plenamente a los grandes poetas y prosistas griegos y romanos, que siguieron siendo su lectura favorita mientras vivió.

Casi había terminado sus estudios universitarios cuando volvió a empezar la persecución de los demagogos3 por la Dieta federal y por los gobiernos de Austria y Prusia, que en los años veinte se había adormecido por fin. Miembro de la Burschenschaft,4 también él fue detenido en 1834, arrastrado durante años de prisión en prisión en espera de juicio y finalmente condenado. ¿A qué? No creo que nunca le pareciera que valía la pena decirlo. Baste saber que fue a parar a la fortaleza de Silberberg. Allí encontró compañeros de infortunio, entre ellos Fritz Reuter.5 Pocos meses antes de la muerte de Wolff cayó en sus manos el libro de este último, Ut mine Festungstid (De mis tiempos de fortaleza), y apenas descubrió en el autor a su antiguo compañero de cautiverio, le hizo llegar noticias suyas a través de la editorial. Reuter le respondió enseguida con una carta larga y muy cordial, que tengo ante mí y que demuestra que, al menos el 12 de enero de 1864, el viejo demagogo era cualquier cosa menos un manso que se arrastra a pedir perdón:

«Aquí sigo sentado —escribe—, desde hace ya cerca de treinta años, hasta encanecer, esperando una revolución como Dios manda en la que la voluntad popular se manifieste por fin con energía, pero ¿de qué sirve? ... Si al menos el pueblo prusiano recurriera a la negativa a pagar los impuestos; es el único medio de librarse de Bismarck y compañía y de matar de un disgusto al viejo rey».

En Silberberg pasó Wolff por todos los muchos sufrimientos y las pocas alegrías de los demagogos presos en fortalezas, que Fritz Reuter ha descrito con tanta viveza y tanto humor en el libro citado. Para las casamatas húmedas y los inviernos de frío glacial era una pobre compensación que el viejo nido de rocas tuviera una guarnición de viejos inválidos, los llamados Garnisöner, que no se distinguían, sin embargo, por su severidad y a veces se dejaban ganar por un trago de aguardiente o una moneda de cuatro groschen. En fin, en 1839 la salud de Wolff estaba tan quebrantada que fue indultado.

Se fue a Breslau e intentó salir adelante como profesor. Pero había hecho la cuenta sin la huéspeda, y la huéspeda era el gobierno prusiano. Interrumpido en mitad de sus estudios por la prisión, no había podido completar los tres años de universidad prescritos, y menos aún hacer el examen. Y en la China prusiana solo era tenido por sabio de gremio quien había cumplido todo eso según el reglamento. Todos los demás, por muy doctos que fueran en su materia, como lo era Wolff en filología clásica, quedaban fuera del gremio y excluidos de aprovechar públicamente sus conocimientos. Quedaba la perspectiva de ganarse la vida como profesor particular. Pero para eso hacía falta una licencia del gobierno, y cuando Wolff la solicitó, se la denegaron. El demagogo habría tenido que morirse de hambre o volver a hacer prestaciones personales en su pueblo natal si en Prusia no hubiera habido polacos. Un terrateniente de Posen lo tomó como preceptor; en su casa pasó varios años, de los que siempre hablaba con especial agrado.

De vuelta en Breslau, obtuvo por fin, tras muchas tribulaciones y reclamaciones, el permiso de un altísimo gobierno real para dar clases particulares, y pudo así ganarse al menos una existencia modesta. Más no pedía aquel hombre casi sin necesidades. Al mismo tiempo reanudó la lucha contra la opresión existente, en la medida en que era posible en las lamentables condiciones de entonces. Tuvo que limitarse a sacar a la luz pública hechos aislados de arbitrariedad de funcionarios, terratenientes o fabricantes, y aun en eso tropezaba con los obstáculos de la censura. Pero no se dejó desconcertar. El recién creado Tribunal Supremo de Censura6 no tenía cliente más tenaz y asiduo que el profesor particular Wolff, de Breslau. Nada le divertía más que burlar a la censura, lo que, dada la estupidez de la mayoría de los censores, no era muy difícil en cuanto se conocían un poco sus puntos débiles. Fue él quien escandalizó en extremo a las almas piadosas al descubrir en un viejo cantoral, que todavía se usaba en algunos lugares, el siguiente «himno escogido» del pecador arrepentido, y publicarlo en las Schlesische Provinzialblätter:

Soy una auténtica carroña,
un verdadero tullido de pecado,
que sus pecados se tragó
como el ruso la cebolla.
Señor Jesús, cógeme a mí, perro, por la oreja,
échame el hueso de tu gracia,
y arrójame, a mí, pecador zoquete,
a tu cielo de gracia.

Como un reguero de pólvora corrió la canción por toda Alemania, provocando las sonoras carcajadas de los impíos y la indignación de los «silenciosos del país».7 El censor se llevó una buena reprimenda, y el gobierno empezó con el tiempo a echar de nuevo un ojo vigilante sobre aquel profesor particular Wolff, aquel cabeza loca inquieto, al que cinco años de fortaleza no habían podido domar. Tampoco tardaron mucho en encontrar otro pretexto para procesarle. La legislación de la vieja Prusia se extendía, en efecto, sobre el país como un sistema ingeniosamente dispuesto de trampas, lazos, fosos para lobos y redes, de los que ni siquiera los súbditos leales podían escapar siempre, pero en los que los desleales caían con tanta mayor seguridad.

El delito de prensa por el que Wolff fue procesado a finales de 1845 o comienzos de 1846 era tan insignificante que hoy ninguno de nosotros recuerda ya los detalles. Pero la persecución adquirió tales dimensiones que Wolff, que estaba harto de cárceles y fortalezas prusianas, se sustrajo a la detención que le amenazaba y se fue a Mecklemburgo.8 Allí encontró refugio seguro en casa de unos amigos hasta que pudo arreglarse en Hamburgo que embarcara sin trabas para Londres. En Londres, donde intervino por primera vez en una asociación pública —la Asociación Cultural de los Obreros Comunistas Alemanes,9 que todavía existe—, no se quedó mucho tiempo, y después vino, como ya se ha contado, a Bruselas.

II

En Bruselas encontró pronto ocupación en una agencia de corresponsales que se había fundado allí, que suministraba a periódicos alemanes noticias francesas, inglesas y belgas y que, en la medida en que las circunstancias lo permitían, se redactaba con espíritu socialdemócrata. Cuando la Deutsche-Brüsseler-Zeitung se puso a disposición de nuestro partido,10 Wolff colaboró también en ella. En la Asociación Obrera Alemana de Bruselas, que fundamos por esas fechas, Wolff fue pronto uno de los oradores más apreciados. Hacía allí cada semana un resumen de los acontecimientos del día, que era cada vez una obra maestra de exposición popular, tan humorística como vigorosa, y que castigaba como se merecían, sobre todo, las mezquindades y vilezas de los señores y de los súbditos en Alemania. Estos resúmenes políticos llegaron a ser hasta tal punto su tema favorito que los trataba en todas las asociaciones en que participaba, y siempre con la misma maestría de exposición popular.

Estalló la revolución de Febrero y tuvo un eco inmediato en Bruselas. Todas las noches se reunían multitudes en la Grand-Place, ante el ayuntamiento, ocupado por la guardia cívica y la gendarmería; las muchas cervecerías y tabernas de aguardiente en torno a la plaza estaban abarrotadas. Se gritaba «Vive la République!», se cantaba la Marsellesa, se empujaba, se apretujaba y uno se dejaba empujar. El gobierno se quedó en apariencia muy quieto, pero en las provincias llamó a filas a los reservistas y a los soldados con licencia. Hizo comunicar bajo mano al republicano belga más respetado, el señor Jottrand,11 que el rey estaba dispuesto a abdicar si el pueblo lo deseaba y que podía oírlo del propio rey cuando quisiera. En efecto, Jottrand se hizo declarar por Leopoldo que él mismo era republicano en su corazón y que nunca se interpondría si Bélgica deseaba constituirse en república; solo deseaba que todo transcurriera ordenadamente y sin derramamiento de sangre y, por lo demás, esperaba una pensión decente. La noticia se difundió rápidamente bajo mano y calmó los ánimos hasta el punto de que no se hizo ningún intento de levantamiento. Pero, apenas reunidos los reservistas y concentrada la mayor parte de las tropas en torno a Bruselas —en aquel país tan pequeño bastaron tres o cuatro días—, ya no se habló más de abdicación; una noche, la gendarmería cargó de repente de plano contra los grupos de gente en la plaza, y se detuvo a diestro y siniestro. Entre los primeros así maltratados y detenidos estuvo Wolff, que volvía tranquilamente a su casa. Arrastrado al ayuntamiento, fue maltratado además por los guardias cívicos, furiosos y bebidos, y tras varios días de arresto fue expedido por la frontera a Francia.

En París no se quedó mucho tiempo. La revolución de Marzo en Berlín y los preparativos del Parlamento de Fráncfort y de la Asamblea de Berlín le movieron a ir primero a Silesia, para trabajar allí por unas elecciones radicales. En cuanto hubiéramos fundado un periódico, fuera en Colonia o en Berlín, vendría con nosotros. Su popularidad general y su elocuencia vigorosa y popular lograron, sobre todo en los distritos electorales rurales, imponer candidaturas radicales que sin él no habrían tenido ninguna posibilidad.

Entretanto, el 1 de junio apareció en Colonia la Neue Rheinische Zeitung, con Marx como redactor jefe, y pronto llegó Wolff a ocupar su puesto en la redacción. Su laboriosidad infatigable y su escrupulosidad meticulosa, a la que nada podía hacer vacilar, tenían para él, en una redacción compuesta solo por gente joven, el inconveniente de que los demás se tomaban a veces una hora libre de más, en la seguridad de que «Lupus12 ya se encargará de que el periódico salga», y no pretendo en absoluto excluirme a mí mismo. De ahí que en los primeros tiempos del periódico Wolff se ocupara menos de artículos de fondo que de los trabajos corrientes. Pero pronto encontró la manera de aprovechar también estos para una actividad propia. En la sección fija «Del Imperio» se reunían las noticias de los pequeños Estados alemanes, y él trataba con un humor incomparable las estrecheces y filisteísmos de pequeño Estado y de pequeña ciudad, tanto de los gobernantes como de los gobernados. Al mismo tiempo, en la Sociedad Democrática hacía cada semana el resumen de los acontecimientos del día, que también aquí le convirtió pronto en uno de los oradores más apreciados y eficaces.

La estupidez y la cobardía de la burguesía, que desde la batalla de junio en París13 no dejaban de crecer, habían permitido a la reacción recobrar fuerzas. Las camarillas de Viena, Berlín, Múnich, etc., trabajaban de la mano del noble regente del Imperio,14 y entre bastidores estaba la diplomacia rusa, que movía los hilos de los que bailaban aquellas marionetas. Ahora, en septiembre de 1848, se acercaba para estos señores el momento de actuar. Bajo la presión rusa directa e indirecta (esta, a cargo de lord Palmerston), la primera campaña de Schleswig-Holstein se había cerrado con el vergonzoso armisticio de Malmö.15 El Parlamento de Fráncfort se rebajó a ratificarlo y con ello renegó de la revolución de manera manifiesta e indudable. La insurrección de Fráncfort del 18 de septiembre fue la respuesta; fue aplastada. Casi al mismo tiempo había estallado en Berlín la crisis entre la Asamblea Pactante de la Constitución16 y la Corona. El 9 de agosto, la Asamblea, mediante un acuerdo de lo más manso, incluso tímido, había rogado al gobierno que hiciera algo para que la conducta desvergonzada de los oficiales reaccionarios no se practicara de manera tan abierta y escandalosa. Cuando en septiembre exigió que se ejecutara ese acuerdo, la respuesta fue el nombramiento del ministerio Pfuel, abiertamente reaccionario, con un general a la cabeza (19 de septiembre), y el del conocido Wrangel como general en jefe en las Marcas:17 dos indirectas bien claras para los pactantes de Berlín, para que se arrastraran a pedir perdón o se prepararan a ser dispersados. La agitación se hizo general. También en Colonia se celebraron asambleas populares y se nombró un Comité de Seguridad. El gobierno decidió dar el primer golpe en Colonia. En consecuencia, en la mañana del 25 de septiembre fueron detenidos varios demócratas, entre ellos el actual alcalde, entonces conocido por todos como «el rojo Becker».18 La agitación creció. Por la tarde se celebró una asamblea popular en el Alter Markt. Presidía Wolff. La guardia cívica estaba formada alrededor, no hostil al movimiento democrático, pero ante todo preocupada por su propia salvación. A una pregunta, declaró que estaba allí para proteger al pueblo. De repente irrumpe gente en la plaza gritando: «¡Que vienen los prusianos!». Joseph Moll,19 que también había sido detenido por la mañana, pero liberado por el pueblo, y que en ese momento tenía la palabra, gritó: «Ciudadanos, ¿vais a dispersaros ante los prusianos?». «¡No, no!», fue la respuesta. «¡Entonces hay que levantar barricadas!», y enseguida se pusieron manos a la obra. El final de la jornada de las barricadas de Colonia es conocido. Provocado por una falsa alarma, sin encontrar resistencia, sin armas —la guardia cívica se fue prudentemente a casa—, todo el movimiento se disolvió sin sangre en la nada; el gobierno alcanzó su objetivo: Colonia fue declarada en estado de sitio, la guardia cívica desarmada, la Neue Rheinische Zeitung suspendida y sus redactores obligados a marcharse al extranjero.

III

El estado de sitio de Colonia no duró mucho. Se levantó el 4 de octubre. El 12 volvió a aparecer la Neue Rheinische Zeitung. Wolff se había ido a Dürkheim, en el Palatinado, donde le dejaron en paz. Tanto él como varios otros redactores estaban reclamados por requisitoria por complot, etc. Pero nuestro Wolff no aguantó mucho en el Palatinado y, terminada la vendimia, apareció de repente en la sala de redacción, Unter Hutmacher 17. Logró encontrar al lado una vivienda desde la que podía pasar por el patio a la sala de redacción sin pisar la calle. Pero pronto se cansó del encierro; disfrazado con un largo gabán y una gorra de visera larga, empezó a salir casi todas las noches, al oscurecer, con el pretexto de comprar tabaco. Se creía irreconocible, aunque su figura peculiar, nudosa, y su paso decidido eran absolutamente imposibles de ocultar; en todo caso, nadie le delató. Así vivió varios meses, mientras a los demás se nos iba sobreseyendo poco a poco. Por fin, el 1 de marzo de 1849, se nos avisó de que ya no había peligro, y entonces Wolff se presentó ante el juez de instrucción, que declaró también que se había abandonado todo el proceso, por basarse en informes policiales exagerados.

Entretanto, a comienzos de diciembre la Asamblea de Berlín había sido disuelta y se había abierto el período de reacción de Manteuffel.20 Una de las primeras medidas del nuevo gobierno fue tranquilizar a los señores feudales de las provincias orientales en cuanto a su discutido derecho al trabajo campesino no pagado. Después de las jornadas de Marzo, los campesinos de las provincias orientales habían dejado en todas partes de hacer las prestaciones personales, e incluso aquí y allá habían arrancado a los señores renuncias por escrito a esos trabajos. Solo se trataba, pues, de declarar legal esta situación existente, y el campesino del este del Elba, maltratado durante tanto tiempo, era un hombre libre. Pero la Asamblea de Berlín, nada menos que 59 años después del 4 de agosto de 1789, en que la Asamblea Nacional francesa abolió sin indemnización todas las cargas feudales, todavía no había tenido el valor de dar un paso semejante. Se aliviaron algo las condiciones de redención de las prestaciones personales; pero solo algunos de los derechos feudales más escandalosos e indignantes debían abolirse sin indemnización; y, antes de que ese proyecto de ley se aprobara definitivamente, vino la disolución, y el señor Manteuffel declaró que el gobierno no elevaría a ley ese proyecto. Con ello quedaban aniquiladas las esperanzas de los campesinos de la vieja Prusia sujetos a prestaciones personales, y había que actuar sobre ellos explicándoles su situación. Y para eso Wolff era el hombre. No solo porque él mismo era de origen hijo de campesinos siervos y en su infancia había tenido que hacer servicios en la hacienda del señor; no solo porque había conservado todo el ardor del odio a los opresores feudales que semejante infancia había engendrado en él; nadie conocía como él el sistema feudal de sojuzgamiento en todos sus detalles, y precisamente en la provincia que ofrecía un muestrario completo de todas sus variadas formas: en Silesia.21

En el número del 17 de diciembre de 1848 abrió la campaña con un artículo sobre la mencionada declaración del ministerio. El 29 de diciembre siguió otro, más rudo, sobre el «Decreto para la regulación provisional de las relaciones entre señores y campesinos en Silesia», otorgado por el gobierno.

Este decreto, dice Wolff,

«es una invitación a los señores príncipes, señores mediatizados, condes, barones, etc., a darse prisa y, "provisionalmente", bajo la apariencia de la ley, a desplumar y saquear a la población campesina de tal modo que, después del año de las vacas gordas, puedan sobrellevar más fácilmente los de las flacas. Antes de Marzo, Silesia era la tierra prometida de los señores. Gracias a las leyes de redención desde el año 1821, el junkerismo feudal se había acomodado en el lecho más caliente posible. A consecuencia de las redenciones, que siempre y en todas partes se hicieron y llevaron a cabo en beneficio de los privilegiados y para ruina de la población campesina, el junkerismo silesio había recibido de manos de la población campesina nada menos que unos 80 millóncejos en dinero contante, en tierras de labor y en rentas. Y las redenciones no habían terminado ni mucho menos. De ahí la rabia contra la impía revolución del año 1848. Los campesinos se negaron a seguir haciendo servicios en la hacienda del señor como si fueran ganado y a seguir pagando las terribles cargas, censos y tributos de toda clase que habían pagado hasta entonces. En las arcas de los señores se produjo un reflujo preocupante».

La Asamblea de Berlín tomó en sus manos la regulación de estas relaciones.

«El peligro era inminente. Lo comprendió la camarilla de Potsdam, cuya bolsa también sabe llenarse con el sudor y la sangre de la población campesina. ¡Fuera, pues, con la Asamblea! ¡Hagamos nosotros mismos las leyes como nos parezcan más lucrativas! Y así se hizo. El decreto para Silesia publicado en el Staats-Anzeiger no es más que una empalizada con fosos para lobos y todos sus accesorios, en la que la población campesina, una vez que se mete en ella, está perdida sin remedio».

Wolff demuestra a continuación que el decreto restablece en lo esencial la situación anterior a Marzo, y concluye:

«Pero ¿de qué sirve? Los señores necesitan dinero. Ha llegado el invierno con sus bailes, sus mascaradas, sus tentadoras mesas de juego, etc. Los campesinos, que hasta ahora han proporcionado los medios para estas diversiones, tienen que seguir procurándolos. El junkerismo quiere darse al menos una vez más un alegre carnaval y explotar todo lo posible las conquistas absolutistas de noviembre. Hace bien en darse prisa, en bailar y regocijarse con arrogancia provocadora. Porque pronto podrían irrumpir escenas de furia galitzianas22 en la orgía nobiliaria por la gracia de Dios».

El 20 de enero apareció un nuevo artículo de Wolff sobre esta materia. El partido reaccionario había conseguido que un alcalde de pueblo, Krengel, de Nessin, cerca de Kolberg, y varios jornaleros firmaran una consulta al rey preguntándole si era cierto que Su Majestad tenía realmente la intención de repartir la propiedad de la tierra y dársela a los desposeídos.

«Uno puede imaginarse —dice Wolff— el terror mortal y las noches en vela de los jornaleros de Nessin cuando oyeron hablar de semejantes intenciones. ¿Cómo? ¿El rey quiere repartir la propiedad de la tierra? ¿Nosotros, los jornaleros, que hasta ahora cultivábamos con tanto deleite por 5 groschen de plata al día el campo del señor, tendríamos que dejar de ser jornaleros y trabajar nuestro propio campo? ¿Del señor, que posee de 80 a 90 dominios y nada más que unos cientos de miles de yugadas, se repartirían no sé cuántas yugadas entre nosotros? No, ante la mera idea de tan terrible desgracia temblaban nuestros jornaleros de pies a cabeza. No tuvieron una hora de tranquilidad hasta que se les aseguró que no se les precipitaría realmente en esa miseria sin fondo, que se mantendrían alejadas de ellos las amenazadoras yugadas de tierra y que se dejarían, como hasta ahora, a los señores».

IV

Todo esto, sin embargo, no eran más que escaramuzas. Hacia comienzos de 1849 fue ganando terreno entre los socialdemócratas franceses la propuesta, ya hecha antes, de reclamar los mil millones de francos que el Estado había regalado en 1825 a los nobles que volvían de la emigración, como compensación por los bienes perdidos en la gran Revolución, y emplearlos en interés de las masas trabajadoras. El 16 de marzo la Neue Rheinische Zeitung publicó un artículo de fondo sobre esta cuestión,23 y al día siguiente Wolff publicaba ya un trabajo: «Los mil millones prusianos».

«El caballero Schnapphanski» (Lichnowski)24 «ha muerto. Pero salteadores aún nos quedan en gran número. Los junkers de Pomerania y de la Marca se han unido a los demás junkers prusianos. Se han puesto la sagrada levita del honrado burgués y se llaman "Asociación para la Protección de la Propiedad en todas las Clases del Pueblo", de la propiedad feudal, naturalmente ... No se proponen nada menos que, entre otras cosas, estafar también a la provincia del Rin unos 20 millones de táleros y meterse ese dinero en el bolsillo. El plan no está mal. Los renanos pueden considerarlo un honor especial: los junkers von Thadden-Trieglaff, de la Pomerania ulterior, los von Arnim y von Manteuffel, junto con algunos miles de junkers de terruño, quieren hacerles el honor de pagar sus deudas con dinero renano».

Se trataba de que el señor von Bülow-Cummerow, conocido entonces como Bülow-Kummervoll,25 había urdido un planecillo y lo había hecho aprobar por la mencionada asociación de junkers, o, como la llamaba Wolff, por el parlamento de los junkers, y enviar como petición al gobierno y a las Cámaras: un planecillo para regular el impuesto territorial en Prusia. Por una parte, los propietarios campesinos, sobre todo de las provincias occidentales, se quejaban de que tenían que pagar demasiado impuesto territorial; por otra, los grandes terratenientes nobles de las provincias orientales no pagaban ningún impuesto territorial, aunque ya la ley del 27 de octubre de 1810 se lo imponía como a todos los demás propietarios. El parlamento de los junkers había encontrado la manera de remediar ambos males. Escuchemos a Wolff:

«Los junkers quieren "hacer sacrificios para eliminar el descontento que reina actualmente". Eso dicen. ¡Quién habría esperado de ellos tanta magnanimidad! Pero ¿en qué consisten los sacrificios? Proponen que el rendimiento de todas las fincas se fije mediante una estimación aproximada y que después el impuesto territorial se reparta en todo el Estado según un mismo porcentaje del rendimiento. Pues bien, esta generosidad no es grande, puesto que ahora solo quieren hacer aquello a lo que estaban legalmente obligados desde hace ya 38 años. ¡Pero sigamos! Exigen que los junkers y los propietarios de fincas señoriales que hasta ahora se han sustraído ilegalmente al pago del impuesto... ¿paguen tal vez los atrasos? No: que, por tener en adelante la bondad de pagar impuestos, se les indemnice con el capital correspondiente» —es decir, mediante el pago de 25 veces el importe del impuesto que habrán de pagar en el futuro—. «En cambio, aquellos a quienes hasta ahora se les ha cobrado injustamente un impuesto territorial demasiado alto, no se les devolverá lo pagado de más, sino que, al contrario, estarán autorizados a redimir el exceso» —rescatándolo, según los casos, mediante un pago único de 18 a 20 veces su importe—. «Los impuestos más altos los pagan actualmente, en las provincias orientales, los campesinos y, además, sobre todo la provincia del Rin. Así pues, los campesinos de las provincias antiguas y los renanos tendrían ahora que desembolsar además capitales por ello. Los propietarios de fincas señoriales de las provincias orientales no pagaban hasta ahora ningún tributo territorial, o muy pequeño ... Ellos son, pues, quienes reciben el dinero que deben reunir los renanos y los campesinos».

Sigue un cuadro del impuesto territorial pagado en 1848 por las distintas provincias y de su superficie, del que resulta:

«La Renania paga por término medio, por cada milla cuadrada, unas cinco veces más impuesto territorial que Prusia, Posen y Pomerania, y cuatro veces más que la Marca de Brandeburgo».

Es verdad que el suelo es mejor; sin embargo,

«calculando por lo bajo, la provincia del Rin tendrá que pagar actualmente cerca de un millón de táleros más de impuesto territorial de lo que le correspondería según la estimación media. Según la propuesta de ley del parlamento de los junkers, los renanos tendrían, pues, como castigo, que pagar además en efectivo de 18 a 22 millones de táleros, ¡que irían a parar a los bolsillos de los junkers de las provincias orientales! El Estado no sería en esto más que el banquero. Estos son los grandiosos sacrificios que los señores junkers de terruño y pinzones de estercolero están dispuestos a hacer; esta es la protección que quieren dispensar a la propiedad. Así protege la propiedad cualquier carterista ...

Que los renanos, sobre todo los campesinos renanos, y no menos los westfalianos y silesios, vayan buscando a tiempo dónde pueden encontrar el dinero para pagar a los junkers. Cien millones de táleros no se reúnen tan pronto en los tiempos que corren.

¡Así pues, mientras en Francia los campesinos reclaman a la nobleza mil millones de francos, en Prusia la nobleza reclama a los campesinos quinientos millones de francos!

¡Viva, tres veces viva la revolución de Marzo de Berlín!».

Pero esta simple defensa no bastaba frente a la desvergüenza de los junkers prusianos. La Neue Rheinische Zeitung buscaba y encontraba su fuerza en el ataque, y así, en el número del 22 de marzo de 1849, Wolff abrió una serie de artículos, «Los mil millones de Silesia», en la que calculaba qué sumas en dinero, en bienes valorados en dinero y en tierras había arrebatado ilegalmente a los campesinos solo la nobleza silesia desde que empezó la redención de las prestaciones personales. Pocos de los muchos artículos incendiarios de la Neue Rheinische Zeitung tuvieron un efecto como estos ocho, publicados entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Los pedidos del periódico desde Silesia y las demás provincias orientales aumentaron vertiginosamente; se pedían los números sueltos atrasados, y por último, como la libertad de prensa excepcional que nos garantizaba la ley renana faltaba en las demás provincias y no se podía pensar en una reimpresión bajo el noble Landrecht,26 a alguien se le ocurrió reimprimir clandestinamente en Silesia esos ocho números completos, lo más parecidos posible al original en su aspecto exterior, y difundirlos en miles de ejemplares; un procedimiento contra el que, naturalmente, nadie tenía menos que objetar que la redacción.

V

En la Neue Rheinische Zeitung del 22 de marzo de 1849, Wolff abrió así su ataque contra los junkers silesios:

«Apenas se había constituido la Cámara de cortesanos y junkers de terruño» (que se reunió el 26 de febrero de 1849 sobre la base de la Constitución otorgada y de la ley electoral otorgada)27 «cuando se presentó de inmediato una moción para regular, es decir, redimir las cargas feudales. Los señores tienen prisa. Desean exprimir a la población rural, antes de que se cierren las puertas, lo bastante para apartar unos buenos ahorrillos para los malos días que puedan venir y enviarlos al extranjero por delante de sus personas.

Por el susto, por la angustia indecible que padecieron en los primeros tiempos tras el "malentendido" del Marzo berlinés y de sus consecuencias inmediatas, tratan ahora de sacar de los bolsillos de sus queridos súbditos aldeanos un bálsamo doblemente dulce.

Silesia en particular, hasta ahora el país del oro de los barones feudales e industriales, debe ser desplumada a fondo una vez más, para que el brillo de su caballería señorial siga resplandeciendo, aumentado y reforzado.

Inmediatamente después de la publicación de la ley provisional de redención otorgada en diciembre del año pasado, demostramos que estaba calculada exclusivamente en beneficio de los señores, que el llamado hombre humilde quedaba entregado a la pura arbitrariedad de los grandes ya desde la composición del tribunal arbitral. A pesar de ello, la noble caballería no está contenta con ella. Exige una ley que procure a la bolsa caballeresca algunas comodidades más.

En marzo y abril de 1848, una multitud de grandes señores de Silesia extendieron a sus campesinos documentos escritos en los que renunciaban a todos los tributos y prestaciones serviles anteriores. Para librar a sus castillos del incendio y a sí mismos de servir de curioso adorno a más de un tilo del castillo o un álamo de la hacienda, renunciaron de un plumazo a sus llamados derechos bien adquiridos. Por suerte para ellos, también entonces el papel lo aguantaba todo.

Por eso, cuando la revolución, en lugar de marchar adelante, se quedó atascada en el pantano del filisteísmo y de la cómoda espera, los señores sacaron sus documentos de renuncia, no para cumplirlos, sino para enviarlos al tribunal penal como pruebas para la instrucción contra la canalla campesina rebelde».

Wolff cuenta a continuación cómo la burocracia, bajo la dirección del presidente superior Pinder28 y con ayuda de columnas militares móviles, obligó a los campesinos a cumplir las viejas prestaciones; cómo a los campesinos solo les quedó la esperanza en la Asamblea Pactante de Berlín; cómo los señores pactantes, en lugar de declarar ante todo abolidos sin indemnización todos los tributos feudales, perdieron el tiempo investigando la naturaleza, el origen, etc., de los magníficos servicios y tributos feudales, hasta que la reacción se fortaleció lo bastante para dispersar toda la Asamblea antes de que hubiera tomado acuerdo alguno sobre la abolición de las cargas feudales; cómo entonces se otorgó la nueva ley de redención, pero cómo incluso esa ley archirreaccionaria no bastaba a los señores, que ahora planteaban exigencias aún mayores.

Pero los señores caballeros habían hecho la cuenta sin la huéspeda, y esa huéspeda era

«el campesino silesio; no el campesino burgués con 3, 4 o más Hufen29 de tierra, sino esa masa de pequeños campesinos, de hortelanos de hacienda y hortelanos libres, de Häusler30 y "moradores de casa ajena", que hasta ahora han sido las verdaderas bestias de carga de los grandes terratenientes y que, según el plan de estos, deben seguir siéndolo en adelante bajo otra forma.

En el año 1848 esa masa se habría contentado con la abolición sin indemnización de las cargas feudales ... Tras el amargo aprendizaje de los últimos meses del año 1848 y de lo que va de 1849, la población rural silesia, el "hombre humilde", ha ido comprendiendo cada vez más que los señores propietarios de fincas señoriales, en lugar de otorgarse nuevas riquezas mediante una ley de redención finamente urdida, deberían devolver en justicia al menos aquella parte de su botín que han puesto a buen recaudo con ayuda de las anteriores leyes de redención ... De pueblo en pueblo se ocupa ahora la gente de la cuestión de cuánto han robado a la población rural los señores caballeros salteadores solo en los últimos treinta años».

No es tan fácil como en Francia, donde la indemnización se arrancó a la nación en una suma redonda de 1.000 millones de francos, casi 300 millones de táleros, de modo que «el campesino francés sabe cuánto debe recuperar en capital e intereses». En Prusia la explotación se producía año tras año, y hasta ahora solo cada campesino sabía lo que él y su pueblo habían pagado.

«Pero ahora se ha hecho el cálculo para toda la provincia y se ha visto que la población rural, por vía de redención, ha pagado a los señores, en parte en fincas, en parte en capital contante y en rentas, más de 80 millones de táleros. A esto se añaden los tributos y prestaciones anuales de los que todavía no han redimido. Esta suma asciende, para los últimos treinta años, a por lo menos 160 millones de táleros, lo que, con la anterior, da en total unos 240 millones de táleros.

Con estos cálculos, que solo ahora han llegado a su conocimiento, la población rural ha visto una luz ante cuyo resplandor los compinches feudales ... se encogen de espanto. Se han tragado 240 millones de los bolsillos de la población rural, y "nuestros 240 millones tenemos que recuperarlos en la próxima ocasión": esa es la idea que ahora corre entre la población rural silesia, esa es la reivindicación que ya se proclama en voz alta en miles de pueblos.

La conciencia, cada vez más extendida, de que, si ha de hablarse de indemnización por las cargas feudales, son los campesinos quienes deben ser indemnizados por el robo que la caballería ha cometido con ellos, es una "conquista" que pronto dará sus frutos. No hay artimaña de otorgamiento que pueda echarla abajo. La próxima revolución le dará validez práctica, y los campesinos silesios sabrán entonces probablemente elaborar una "ley de indemnización" por la que no solo el capital robado, sino también los "intereses usuales en el país" encuentren el camino de vuelta a los bolsillos del pueblo».

En virtud de qué «título jurídico» se apropiaron los señores junkers de esa suma lo enseña el segundo artículo, en el número del 25 de marzo de 1849.

«Cómo se adquirieron estos "derechos" de caballeros salteadores lo atestigua a gritos no solo cada página de la historia medieval, sino cada año hasta los tiempos más recientes. La espada caballeresca medieval supo aliarse después de maravilla con la pluma de ganso del jurista y con la horda de los funcionarios. Con un juego de manos de tahúr, de la violencia se fabricó el "derecho", el "derecho bien adquirido". Un ejemplo del siglo pasado. En los años ochenta se constituyeron en Silesia, a instancias de la nobleza, comisiones para fijar los Urbarien,31 las prestaciones y contraprestaciones entre señores y campesinos ... Las comisiones, compuestas por nobles y por sus criaturas, trabajaron de maravilla... en interés de la aristocracia. Sin embargo, los grandes señores estuvieron lejos de conseguir en todas partes los llamados Urbarien "confirmados"» (reconocidos por los campesinos). «Y donde lo consiguieron, fue solo por la violencia o por el engaño ... Con toda ingenuidad se dice en la introducción a algunos de esos documentos que los campesinos no quisieron firmar con su cruz (entonces solo poquísimos sabían escribir) y que se les obligó a firmar el documento que les perjudicaba a ellos y a sus descendientes, en parte con amenazas y en parte con el empleo efectivo de la fuerza armada. Sobre la base de tales "derechos bien adquiridos", los señores caballeros de Silesia han sabido destilar en los últimos treinta años aquella linda sumita de 240 millones de táleros del sudor y la sangre del campesinado a sus arcas, orgullosas de sus antepasados».

VI

De la explotación directa de los campesinos por la nobleza, Wolff pasa a las diversas formas de la indirecta, en las que la colaboración del Estado desempeña un papel principal.

En primer lugar, el impuesto territorial, que en Silesia todavía se recaudaba en 1849 según un catastro levantado en 1749. En ese catastro se había inscrito desde el principio la tierra noble con menos yugadas de las reales, y la tierra campesina con más; el rendimiento de una yugada de prado o de tierra de labor se había estimado en 1 tálero, y según eso se recaudaba el impuesto territorial. Los bosques y los pastos estaban exentos. Desde entonces los nobles habían roturado comarcas enteras de bosque y puesto en cultivo considerables extensiones de tierra baldía. ¡Y el impuesto se seguía pagando siempre según el número de yugadas de tierra cultivable que figuraba en el catastro de 1749! El campesino, que no tenía baldíos que roturar, quedaba así, con un impuesto que no cambiaba ni para uno ni para otro, considerablemente sobrecargado; vulgo, estafado. Y más aún:

«Una gran parte de la caballería, precisamente la que posee los mayores y más lucrativos complejos de fincas, no ha pagado hasta ahora ni un céntimo de impuesto territorial a título de "derechos bien adquiridos", como señores mediatizados.32

Si calculamos lo que los señores caballeros han pagado de menos, o no han pagado en absoluto, solo de impuesto territorial en los últimos 30 años en 40 millones de táleros —y en verdad es una cuenta entre hermanos—, esto da, con los 240 millones robados directamente de los bolsillos de la población rural silesia, una suma de 280 millones». (Neue Rheinische Zeitung del 25 de marzo de 1849.)

Sigue el impuesto de clases.33 Un campesino silesio, que Wolff toma de entre la masa,

«posee 8 yugadas de tierra de calidad media, paga cada año una masa de tributos al "gracioso" señor, tiene que prestarle cada año multitud de servicios personales y paga además, de impuesto de clases, 7 groschen de plata y 6 pfennig al mes, lo que hace 3 táleros al año. Frente a él tenemos a un gracioso señor con las más extensas propiedades territoriales, con bosques y prados, con fundiciones de hierro, minas de calamina, minas de carbón, etc.; por ejemplo, el archillorón,34 amigo de los rusos, devorador de demócratas y diputado de la Segunda Cámara, el conde Renard.35 Este hombre tiene una renta anual de 240.000 táleros. Paga, en el escalón más alto, 144 táleros anuales de impuesto de clases. En proporción con aquel campesino de 8 yugadas, tendría que pagar al menos 7.000 táleros anuales de impuesto de clases, lo que en 20 años hace 140.000 táleros. En 20 años ha pagado, pues, 137.120 táleros de menos».

Wolff compara a continuación la cuota del impuesto de clases que paga el mismo conde Renard con lo que paga un mozo de hacienda con 10 táleros de salario anual, que paga 1/2 tálero, o el 5 por ciento de sus ingresos en dinero, y con lo que paga una criada de hortelano de hacienda que, con 6 táleros de salario anual, paga igualmente 1/2 tálero, o el 8 1/3 por ciento de sus ingresos, de impuesto de clases. Según esto, el noble conde ha pagado en 20 años 237.120 táleros de menos de impuesto de clases en comparación con el mozo, y nada menos que 397.120 en comparación con la criada.

«Según la voluntad paternal de Federico Guillermo IV, de Eichhorn-Ladenberg36 y del resto de la cofradía cristiano-germánica, la escuela popular (compárense los decretos de Eichhorn hasta comienzos de 1848) debía limitarse exclusivamente a leer, escribir y a la aritmética más indispensable. Las cuatro reglas le habrían quedado, pues, permitidas a la población campesina. Pero no hacía falta la escuela popular para enseñar al hombre del campo las distintas reglas, sobre todo la de restar, o sea, sustraer y quitar. En Silesia, por lo menos, la caballería salteadora por la gracia de Dios le ha restado y sustraído tanto que él, a su vez, a la primera ocasión, podría salir muy airoso en esa regla de restar, aplicada a los grandes señores».

De esta práctica sustractiva de la nobleza silesia vuelve a dar Wolff un ejemplo: las Huben abandonadas.

«En todas partes donde, en el siglo pasado, la guerra, las epidemias, los incendios y otras desgracias arruinaban a cultivadores rústicos» (es decir, campesinos), «el señor patrimonial estaba presto a incorporar a su dominio, total o parcialmente, el campo de esa explotación rústica como "Hube abandonada". El impuesto territorial, el impuesto sobre la casa y las demás cargas, os guardabais muy bien, señores, de llevároslos con ella. Esas tenían que seguir soportándolas, o bien todo el municipio, o bien el siguiente poseedor, a quien a menudo se ponía en la escritura de compra solo la tercera, la sexta o la octava parte de la superficie anterior, pero todos los impuestos, tributos y prestaciones anteriores. Lo mismo hacíais con los pastos y campos comunales cuando, por ejemplo, las causas antes mencionadas habían provocado una despoblación más o menos completa del pueblo. Estas y otras ocasiones las aprovechabais para juntar tantas tierras como fuera posible. Pero los municipios y los campesinos tenían que soportar sin merma las cargas municipales, escolares, eclesiásticas, de distrito y otras, como si no se les hubiera quitado lo más mínimo ... "Con la medida con que queréis medir, os mediremos también nosotros", os responderá el hombre del campo.

¡En vuestro rabioso apetito de indemnizaciones os habéis lanzado a ciegas contra un verdadero avispero de indemnizaciones populares; si un día salen volando, irritadas como están, podría tocaros fácilmente, además de la más exacta indemnización, una buena ración de daños!». (Neue Rheinische Zeitung del 27 de marzo.)

En el artículo siguiente (número del 29 de marzo), Wolff describe el procedimiento de la propia redención de las cargas feudales. Por debajo de las tristemente célebres comisiones generales, que tenían que arreglar el asunto para toda la provincia, estaban los comisarios reales de economía y sus ayudantes, los agrimensores y los actuarios reales. En cuanto el señor o el campesino presentaba la solicitud de redención, estos funcionarios aparecían en el pueblo, donde el gracioso señor los agasajaba enseguida en el castillo a lo grande y los trabajaba.

«A menudo este trabajo ya se había hecho antes, y como los señores caballeros no escatiman el champán cuando con él puede conseguirse algo, los esfuerzos de esparcimiento patrimonial solían tener éxito».

Es verdad que aquí y allá había también funcionarios insobornables, pero eran la excepción, y aun entonces no se ayudaba a los campesinos.

«En los casos en que el comisario de economía se atenía por su parte estrictamente a la ley, de poco servía a los campesinos si, por ejemplo, el agrimensor había sido ganado por el señor del dominio o por sus funcionarios. Peor aún para los campesinos si, como solía ocurrir, reinaba el más cordial entendimiento entre comisario de economía, agrimensor y señor patrimonial. Entonces el corazón caballeresco estaba alegre y contento.

Con toda la plenitud de poder con que la burocracia de la vieja Prusia, sobre todo, sabía revestir a los suyos, el comisario real se presentaba entonces ante los campesinos reunidos en la taberna del tribunal. No dejaba de recordarles que estaba allí y que negociaba con ellos "en nombre del rey".

¡"En nombre del rey"! Ante esta frase se le aparecían al campesino a la vez todas las figuras sombrías: gendarmes, ejecutores, jueces patrimoniales, consejeros de distrito,37 etc. ¡Si todos ellos le habían oprimido o chupado la sangre siempre en ese nombre! ¡"En nombre del rey"! Para él sonaba igual que palos o presidio; sonaba a impuestos, diezmos, prestaciones personales y derechos de tasa. Todo eso tenía que pagarlo también "en nombre del rey". Si esta introducción comisarial no surtía del todo efecto, si el municipio o algunos campesinos se mostraban reacios, en este o aquel punto, a los planes del dominio y del comisario, el comisario se transformaba en el Tonante olímpico, que lanzaba un ¡mil rayos! tras otro contra la desconcertada tropa campesina y luego añadía con más suavidad: Si seguís con esas estúpidas complicaciones, os digo que lo vais a soltar bien soltado. Este tocar simbólico la bolsa campesina solía decidir el asunto: las prestaciones y contraprestaciones podían entonces adaptarse cómodamente a los deseos del señor».

Ahora venía la medición, y en ella el agrimensor sobornado estafaba a su vez a los campesinos en beneficio del señor. Para estimar los usufructos, la calidad del suelo, etc., se recurría como peritos a los alcaldes de distrito, y estos daban también su dictamen, la mayoría de las veces, en favor del señor. Una vez arreglado todo esto y fijada por fin la extensión de tierra que, deducida la parte que había que ceder al gracioso señor como indemnización por los servicios feudales que se suprimían, les quedaba todavía a los campesinos, los señores caballeros convencían por lo general al comisario de economía de que, si era posible, situara el campo de la gente humilde en la peor parte. La tierra buena se agregaba a la del señor, y a cambio se adjudicaba a los campesinos tierra señorial que en los años húmedos se encharcaba regularmente. Por otro lado, el agrimensor todavía escamoteaba a los campesinos parte de su campo en la medición de vuelta. En la inmensa mayoría de los casos los campesinos estaban indefensos; quien iniciaba un pleito solía arruinarse con ello, y solo en circunstancias excepcionalmente favorables lograba un campesino que se le hiciera justicia.

El remate del negocio era la expedición y firma por la comisión general de todos los Rezesse, o documentos de liquidación... y la nota general de costas, y con ella empezaba de verdad la desgracia del hombre del campo.

«Para caracterizar estas cuentas no hay otra expresión que esta: desvergonzadas. El campesino podía protestar, mesarse los cabellos: no servía de nada. Era precisamente su bolsa lo que se buscaba; el fisco se llevaba de antemano su parte de impuesto del timbre y el resto servía para pagar a la comisión general, a la comisión de economía, etc. Todo este enjambre de funcionarios vivía en la gloria. Pobres diablos, en su puesto de comisarios de economía, han llegado muy pronto, con ayuda del nefas38 de los caballeros salteadores, a convertirse ellos mismos en propietarios de fincas señoriales. Apenas hace falta señalar que la decisión, en las comisiones generales, estaba en manos de nobles. Sin ellos, los negocietes de los señores caballeros no habrían ido tan bien».

Al buen estilo de la vieja Prusia, nunca se ha publicado una liquidación de todos los costes de esas comisiones generales, de modo que el pueblo no sabe en absoluto lo que le ha costado en realidad la redención de las cargas feudales, en la medida en que se llevó a cabo hasta 1848. Pero los distintos municipios y campesinos nunca olvidarán lo que tuvieron que «soltar» entonces.

«Un pueblo pequeño, por ejemplo, cuyos campesinos no poseían entre todos ni 30 yugadas, tuvo que pagar unos 137 táleros de costas de liquidación; en otro, a un poseedor de 7 yugadas de tierra le tocan nada menos que 29 táleros de costas ... El plato de las indemnizaciones de los caballeros salteadores era tan exquisito que, sazonado con algunos ingredientes cristiano-germánicos, no debe faltar tampoco en el futuro en la mesa de los altos y nobles señores. ¡Sabe a más!, dice la caballería salteadora silesia, se atusa el bigote sonriendo y chasquea la lengua, como acostumbran los junkers de terruño».

Wolff escribía esto hace veintisiete años, y los hechos que describe pertenecen al período de 1820 a 1848; pero, cuando hoy se leen, uno cree estar leyendo una descripción del procedimiento seguido después de que, desde 1861, los siervos de Rusia fueron transformados en los llamados campesinos libres. Coincide al pie de la letra. Rasgo por rasgo, la estafa a los campesinos en beneficio de los graciosos señores es la misma en ambos casos. Y así como en todas las exposiciones oficiales y liberales se pinta la redención rusa como un enorme beneficio para los campesinos, como el mayor progreso de la historia rusa, del mismo modo la historiografía oficial y nacional-servil nos presenta aquella estafa a los campesinos de la vieja Prusia como un acontecimiento liberador del mundo, ¡ante el que palidece la gran Revolución francesa, que fue, sin embargo, la causa de toda la redención!

VII

El registro de pecados de la nobleza silesia todavía no se ha agotado. En la Neue Rheinische Zeitung del 5 de abril, Wolff cuenta cómo la introducción de la libertad de industria en Prusia39 ofreció a los caballeros salteadores una nueva ocasión de estafar a la población rural.

«Mientras duró la coacción gremial, el artesano y el industrial rural pagaban por su oficio o su negocio un tributo anual, por regla general bastante alto, al gracioso señor. A cambio gozaban de la ventaja de que el señor los protegía contra la competencia de otros negando el permiso de explotación, y de que el señor, además, tenía que encargarles su trabajo a ellos. Así ocurría, sobre todo, con los molineros, cerveceros, carniceros, herreros, panaderos, dueños de tabernas o mesones, tenderos, etc.».

Cuando se introdujo la libertad de industria, terminó la protección concedida a los artesanos privilegiados y en todas partes les surgió competencia. A pesar de ello, los señores siguieron cobrando el tributo pagado hasta entonces, con el pretexto de que no estaba ligado al oficio, sino al suelo, y los tribunales, que también actuaban sobre todo en interés de la nobleza, reconocieron esa pretensión absurda en la gran mayoría de los casos. Y no fue eso todo. Con el tiempo, los graciosos señores construyeron ellos mismos molinos de agua y de viento y más tarde molinos de vapor, es decir, hicieron ellos mismos una competencia superior al molinero antes privilegiado, pero, a pesar de ello, siguieron haciéndose pagar tranquilamente por este el viejo tributo pagado por el antiguo monopolio, con el pretexto de que era o bien un censo territorial, o bien una compensación por ciertas reparaciones insignificantes en el curso del agua, y otras cosas, que debía hacer el señor. Así, Wolff cita un molino de agua de dos muelas, sin ninguna tierra, que tenía que pagar 40 táleros anuales al señor, aunque este había levantado un molino competidor, de modo que en el primer molino los molineros quebraban uno tras otro. Tanto mejor para el señor: el molino tenía entonces que venderse, ¡y en cada cambio de propietario el gracioso señor se quedaba de antemano para sí con el 10 por ciento del precio de venta como laudemio!40 Del mismo modo, un molino de viento al que solo pertenecía el suelo en que estaba tenía que pagar al señor 53 táleros anuales. Exactamente lo mismo les ocurrió a los herreros, que tuvieron que seguir pagando o redimir el viejo censo del monopolio, aunque no solo se había abolido el monopolio, sino que el mismo señor que cobraba el censo les hacía la competencia con su propia herrería; y lo mismo a los demás artesanos e industriales: el censo se redimía por «liquidación» o se seguía pagando, aunque la contrapartida, la protección contra la competencia ajena, hacía mucho que había desaparecido.

Hasta aquí solo se han examinado las diversas formas de explotación de que se servía la nobleza feudal frente a los campesinos con bienes, desde los campesinos con dos o más Hufen hasta el hortelano libre, el Häusler libre o el de ejido, y como quiera que se llame toda esa gente que posee al menos una chocita y, la mayoría de las veces, también un huertecillo. Quedaba la numerosa clase que ni está al servicio del gracioso señor ni posee una casita o un pie cuadrado de tierra.

«Es la clase de los Inlieger, de los "moradores de casa ajena", de los Inwohner para abreviar: gente que tiene alquilada a campesinos, hortelanos o Häusler una habitación, por lo general una perrera, por 4 a 8 táleros al año. O bien son Auszügler, es decir, personas que han entregado la explotación a parientes o la han vendido a extraños y se han retirado a descansar al cuartito que hay en ella, con o sin "reserva",41 o bien —y estos son la mayoría— son pobres jornaleros, artesanos de pueblo, tejedores, mineros, etc.».

¿Cómo hincarles el diente? La justicia patrimonial, esa hermosa situación en la que el señor tiene la jurisdicción sobre sus antiguos súbditos, y que solo ahora va a suprimirse con la ordenanza de los distritos, tuvo que dar el pretexto. Llevaba consigo que, cuando el gracioso señor entregaba a la cárcel a uno de sus justiciables, tenía que correr también con los gastos de su manutención y de la instrucción. A cambio, ese mismo gracioso señor recibía también todas las tasas que producía la justicia patrimonial. Si el detenido era un campesino, el gracioso señor le cobraba después los gastos y, en último extremo, le hacía vender casa y hacienda. Pero, para estar cubierto también de los gastos que pudieran ocasionarle los Inlieger detenidos, el señor cobraba a todos los individuos de esta clase sometidos a su jurisdicción un dinero de protección anual, bautizado con su nombre distinguido de dinero de jurisdicción.

«Algunos de los graciosos señores —dice Wolff (Neue Rheinische Zeitung del 12 de abril)— se contentaban con un tálero anual; otros cobraban 1 1/2 táleros, y otros llevaban la desvergüenza hasta exigir 2 táleros anuales a esta parte del proletariado rural. Con este dinero de sangre se jugaba y se putañeaba luego tanto mejor en la capital y en los balnearios.

Donde no había manera de sacar dinero contante, el gracioso señor o su administrador convertía el dinero de protección en 6, 10 o hasta 12 días de servicio gratuito en la hacienda» (que el Inlieger tenía que trabajar gratis para el gracioso señor). «¡El dinero contante alegra! Por eso, si el Inlieger no podía pagar, se le echaba encima por lo general al ejecutor, que tenía que quitarle los últimos harapos, el último trozo de cama, la mesa y la silla. Unos pocos de entre los graciosos señores se abstenían de esta barbarie y no exigían dinero de protección, pero no porque fuera un derecho usurpado, sino porque, con patriarcal benignidad, no querían hacer uso de ese supuesto derecho.

Así pues, salvo pocas excepciones, el Inlieger ha sido saqueado vergonzosamente año tras año en beneficio de la bolsa señorial. El pobre tejedor, por ejemplo, al que por un lado chupaba la sangre el fabricante, tenía que pagar por otro, con una ganancia de 3 a 4 groschen de plata diarios, con 1/2 tálero de impuesto de clases al Estado, con los tributos a la escuela, a la iglesia y al municipio, además 1 o 2 táleros de dinero de protección al gracioso señor, que con toda propiedad hay que llamar dinero de sangre. Igual el minero, igual todos los demás Inlieger.

¿Qué ventaja saca de ello el Inlieger? Que, si la necesidad, la miseria y la brutalidad le empujan a robar o a otros delitos y se le castiga, puede estar en el presidio o en la casa de corrección con la alegre conciencia de que él y la clase de los Inlieger a la que pertenece han pagado ya por adelantado cien veces a la bolsa señorial los gastos de la cárcel ... El Inlieger que ha pagado el dinero de protección —pongamos por término medio 1 1/3 táleros al año— durante 30 años y no va a parar al presidio ha tenido que soltar en efectivo a la bolsa señorial, sin contar intereses e intereses de intereses, 40 táleros. Con eso paga el señor los intereses de un capital de más de 1.000 táleros tomado en préstamo de la Landschaft» (la asociación de crédito de los propietarios de fincas señoriales).

«Qué fuente tan productiva encontraban los señores caballeros salteadores en el dinero de protección se deduce del hecho de que en la mayoría de los pueblos hay tantos Inlieger como cultivadores, y a menudo más. Recordamos a uno de los más pequeños caballeros salteadores, que poseía 3 dominios y sacaba cada año a los Inlieger de sus 3 pueblos 240 táleros de dinero de protección, con los que pagaba los intereses de un capital de 6.000 táleros de la Landschaft» (tomado a cuenta de su finca). «...

¿Creerá tal vez la gente ingenua, después de todo esto, que los señores caballeros pagan realmente los gastos penales que se produzcan con sus bolsas llenas praenumerando (por pago anticipado)? Semejante fe ingenua queda completamente en ridículo ante la especulación caballeresca. Conocemos, de los años veinte y de años posteriores, multitud de casos en que la desvergüenza caballeresca no solo cobraba a los Inlieger el dinero de protección, sino que, cuando se producían gastos de instrucción y de cárcel, sabía obligar a sus queridos súbditos aldeanos a pagar en parte 1/3, en parte 1/2 y en varios pueblos hasta 2/3 de los gastos».

VIII

En la Neue Rheinische Zeitung del 14 de abril, Wolff pasa a hablar del derecho de caza, que había sido abolido sin indemnización en 1848 y cuyo restablecimiento, o su rescate mediante una «indemnización», exigían entonces a voz en grito los señores junkers.

«La canonización de la caza llevaba consigo que se prefiriera matar de un tiro a un canalla de campesino antes que a una liebre, una perdiz u otras criaturas igualmente exentas. En las cacerías con ojeadores, tomados de entre los queridos súbditos aldeanos, uno no se andaba con muchos miramientos; si uno de los ojeadores resultaba herido o caía muerto, a lo sumo había una investigación, y asunto concluido. Además, conocemos de aquel período de esplendor del dominio varios casos en que el noble caballero disparó a tal o cual ojeador una carga de perdigones en las piernas o en el trasero... por puro placer privado caballeresco. También fuera de la caza propiamente dicha se entregaban con pasión los señores caballeros a semejantes pasatiempos. En tales ocasiones nos acordamos siempre del señor barón que metió una ración de perdigones en los muslos a una mujer que, contra su prohibición, espigaba en un campo señorial ya segado, y que luego, en la comida, contó su hazaña ante una selecta compañía de caballeros salteadores con inconfundible satisfacción ... En cambio, en las grandes batidas señoriales los queridos súbditos aldeanos tenían el gusto de tener que hacer la robota (prestar servicio) como ojeadores. A cada cultivador, es decir, a cada propietario de tierra y a cada Häusler, se le ordenaba presentar "mañana a primera hora" un ojeador para la gran cacería señorial durante tantos o cuantos días. Desde luego, el corazón tenía que saltarles de gozo a los señores caballeros cuando en los fríos y húmedos días de octubre y noviembre una manada de aldeanos mal vestidos, a menudo descalzos y hambrientos, trotaba a su lado. El látigo colgaba del morral de caza para provecho y edificación de perros y ojeadores. La mejor ración solía llevársela este último ... Otros caballeros instalaban grandes faisanerías ... ¡Ay de la mujer o la criada que, por imprudencia o por falta de olfato, se acercaba demasiado a un nido de faisán del conde y espantaba a la hembra! ... Nosotros mismos fuimos testigos en nuestra juventud de cómo una campesina, por esa razón, fue maltratada de la manera más bárbara y bestial por un joven caballero salteador y molida a golpes hasta quedar lisiada, sin que nadie dijera esta boca es mía. Eran gente pobre, y para quejarse, es decir, para pleitear, hace falta dinero y además cierta confianza en la justicia, cosas que en la mayoría de la población rural silesia o escasean o no se encuentran en absoluto.

Rechinando los dientes de rabia ha tenido que ver el hombre del campo cómo los señores caballeros, con o sin sus cazadores, o estos solos, cazaban a través del campo que él había cultivado a duras penas, pisoteándolo y devastándolo, sin respetar ningún fruto, alto o bajo, espeso o ralo. Por en medio o por encima se pasaba con cazadores y perros. Si el campesino se atrevía a protestar, en el caso más benigno la respuesta era una carcajada de burla; el peor lo ha experimentado más de uno en su cuerpo maltratado. La liebre exenta por la gracia de Dios elegía para su pasto la col del campo del campesino, y el hombre del campo plantaba sus árboles para que la liebre pudiera calmar su hambre en invierno ... Pero este daño no guarda ninguna proporción con el que le causaba la caza mayor, ciervos y jabalíes, que ... se criaba en la mayor parte de Silesia. Jabalíes, ciervos y corzos hozaban, se comían y pisoteaban a menudo en una sola noche lo que debía servir al campesino o al "hombre humilde" para su sustento de todo el año y para pagar los impuestos y tributos. Es cierto que el perjudicado era libre de demandar una indemnización. Lo han intentado particulares y municipios enteros. El resultado de tales pleitos se lo dirá cualquiera que en su vida haya adquirido aunque sea una idea lejana de la burocracia y la magistratura de la vieja Prusia y de su procedimiento judicial ... Después de infinitos escritos y comparecencias, el campesino obtenía, si la suerte le era propicia, al cabo de un par de años una sentencia contra el gracioso señor, y cuando lo miraba bien y lo calculaba todo, resultaba que el estafado era él más que nunca ... Pero el número de pueblos en cuyos campos de rústicos han hecho estragos durante 30 años, y cada año peor, los jabalíes, ciervos y corzos por la gracia de Dios pasa de 1.000. Conocemos varios, que distan mucho de ser de los mayores, a los que solo la caza mayor exenta les ha causado, un año sí y otro también, de 200 a 300 táleros anuales de daños».

Y cuando ahora la nobleza exige una indemnización por la abolición de este derecho de caza, Wolff opone a esa exigencia esta otra:

«Indemnización completa por todos los daños de la caza, por todas las devastaciones causadas desde hace 30 años en nuestros campos por los corzos, ciervos y jabalíes por la gracia de Dios y por los propios señores caballeros; es decir, en números redondos:

¡Una indemnización de por lo menos 20 millones de táleros!».

Cierra el conjunto (Neue Rheinische Zeitung del 25 de abril de 1849) un artículo sobre la parte polaca de la provincia, la Alta Silesia, que en el otoño de 1847 fue azotada por una hambruna tan terrible como la que al mismo tiempo despoblaba Irlanda.42 Como en Irlanda, también en la Alta Silesia estalló el tifus del hambre, que se propagó como una peste. Al invierno siguiente volvió a estallar aquí, y eso sin que hubiera habido mala cosecha, inundación ni ninguna otra calamidad. ¿Cómo se explica esto? Wolff responde:

«Más de la mitad del suelo está en manos de los grandes terratenientes, del fisco» (el Estado) «y de las manos muertas. Solo 2/5 de todas las tierras están en manos de los campesinos, y están sobrecargadas del modo más increíble y desvergonzado de prestaciones personales y tributos a los señores, así como de impuestos al Estado, a la iglesia, a la escuela, al distrito y al municipio, mientras que los graciosos señores, en proporción con los campesinos, pagan a lo sumo una verdadera miseria al Estado ... Cuando llega el día de la renta, los censos en plata se cobran al campesino a golpe de knut si no quiere pagarlos de buen grado. Y así, la falta de capital y de crédito y el exceso de tributos y prestaciones a los caballeros salteadores, así como al Estado y a la iglesia, obligaban al campesino a echarse en brazos del judío y a perecer debatiéndose impotente en los lazos del astuto usurero.

En la larga humillación y servidumbre en que el gobierno cristiano-germánico y su caballería salteadora han mantenido postrada a la población rural de la Alta Silesia, el campesino ha encontrado su único consuelo, así como su fortalecimiento y la mitad de su alimento, en el aguardiente. Hay que reconocer a los graciosos señores que procuraban a los campesinos este artículo de sus destilerías en abundancia y a precios cada vez más baratos ... Junto a las chozas de barro de los campesinos wasserpolacos,43 donde el hambre, el tifus y el embrutecimiento han sentado sus reales, los magníficos palacios, castillos y demás posesiones de los magnates de la Alta Silesia resultan todavía más románticos ... Por un lado, una acumulación increíblemente rápida de riquezas, rentas anuales colosales de los "graciosos señores". Por otro, un empobrecimiento progresivo de las masas.

El jornal de los trabajadores rurales es extremadamente bajo; 5 a 6 groschen de plata para el hombre y 2 1/2 a 3 para la mujer se consideran ya una tarifa alta. Muchos trabajan por necesidad por un jornal de 4 y 2 groschen de plata, respectivamente, y hasta por menos. La alimentación consiste casi única y exclusivamente en patatas y aguardiente. Si el trabajador hubiera tenido al menos estas dos cosas en cantidad suficiente, se habrían mantenido lejos de la Alta Silesia por lo menos la muerte por hambre y el tifus. Pero cuando, a consecuencia de la enfermedad de la patata, el alimento principal se fue haciendo cada vez más caro y escaso, y el jornal no solo no subió, sino que bajó todavía más, la gente echó mano de las hierbas que recogía en los campos y en los bosques, de la grama y de las raíces, y se hacía sopas con heno robado y comía ganado muerto. Sus fuerzas se agotaron. El aguardiente se encareció y se volvió todavía peor que antes. Schenker se llama a los individuos, judíos en su mayoría, que venden el aguardiente al pueblo pagando al gracioso señor un arriendo enorme. El Schenker ya tenía antes la costumbre de reforzar el aguardiente, que rebajaba con buenas dosis de agua, con toda clase de ingredientes, entre los que el aceite de vitriolo desempeñaba un papel principal. Este envenenamiento fue aumentando de año en año y, después de la aparición de la enfermedad de la patata, se llevó al extremo. El estómago del hombre del campo, debilitado por las sopas de heno y de grama y por comer raíces crudas, ya no podía con semejante medicina. Si se piensa además en la mala ropa, en las viviendas sucias e insalubres, en el frío del invierno, en la falta de trabajo o de fuerzas para trabajar, se comprenderá cómo de la situación de hambre se desarrolló muy pronto el tifus, ni más ni menos que en Irlanda. "¡La gente no tenía reservas de que tirar!" Con eso está todo explicado. El Estado y los caballeros salteadores la habían chupado y exprimido continuamente de tal modo que, al menor aumento de su miseria, tenía que sucumbir ... Los caballeros salteadores, la casta de los funcionarios y toda la tropa del gobierno real prusiano por la gracia de Dios hacían negocios, cobraban sueldos, repartían gratificaciones, mientras allá abajo, en las capas bajas del pueblo, los azotados por el hambre y el tifus empezaban a reventar por cientos como el ganado y seguían reventando.

No les va mucho mejor que a los jornaleros a los cultivadores, o sea, a quienes poseen una casa y un trozo de tierra mayor o menor. También su alimento principal son las patatas y el aguardiente. Lo que producen tienen que venderlo para reunir los tributos al señor, al Estado, etc. ... Y tener que hacer encima servicios en la hacienda» (para el gracioso señor), «ser maltratados allí de manera bárbara por el gracioso señor o por sus funcionarios con el kanchuk,44 tener que contemplar y soportar, trabajando, hambrientos y apaleados, el lujo y la arrogancia de los caballeros salteadores y de una casta de funcionarios que no hace más que gritarles: esa era y esa es la suerte de una gran parte de la población wasserpolaca ...

Qué trato recibe la servidumbre de la hacienda, los mozos y las criadas de los graciosos señores, puede deducirse ya del que tienen que soportar los súbditos aldeanos sujetos a prestación de trabajo y los llamados asalariados. También aquí el kanchuk es el alfa y el omega del evangelio de los caballeros salteadores ...

La caballería salteadora hace y deshace a su antojo. De sus filas salían los consejeros de distrito; ejerce la policía del dominio y del distrito, y toda la burocracia trabaja en su interés. A esto se añade que frente al campesino wasserpolaco no hay una burocracia alemana —eso quizá sería demasiado humano—, sino una burocracia de la vieja Prusia, con su lengua prusiana y su Landrecht. Chupada por todos lados, maltratada, escarnecida, azotada con el kanchuk y cargada de cadenas, la población rural de la Alta Silesia tenía que llegar por fin al punto al que ha llegado. La muerte por hambre y la peste tenían que madurar necesariamente como último fruto en este suelo auténticamente cristiano-germánico. Quien todavía es capaz de robar, roba. Es la única forma en que el altosilesio, irlandizado, hace oposición de hecho a la germanidad cristiana y a los caballeros salteadores. En el escalón siguiente se mendiga; se ven figuras depauperadas que van en tropel de un lugar a otro. En tercer lugar vemos a los que no tienen ni fuerza ni maña para robar ni para mendigar. Sobre sus lechos de paja podrida pasa su revista más fructífera el ángel exterminador de la epidemia. Estos son los frutos de un gobierno monárquico por la gracia de Dios de cien años y de la caballería salteadora y la burocracia aliadas con él».

Y, como antes, Wolff exige ahora que la caballería indemnice a los campesinos, que se supriman sin indemnización todas las prestaciones personales y censos en dinero y, por último, que se parcelen las grandes fincas de los magnates de la Alta Silesia. Eso no ocurriría, desde luego, bajo el gobierno Brandeburgo-Manteuffel,45 y por tanto los altosilesios seguirían «cayendo en masa víctimas del hambre y del tifus del hambre», lo que se ha cumplido al pie de la letra, hasta que el enorme auge de la industria de la Alta Silesia en los años cincuenta y sesenta revolucionó todas las condiciones de vida de la región y puso cada vez más, en lugar de la brutal explotación feudal, la explotación burguesa moderna, más civilizada, pero aún más concienzuda.

IX

Hemos reproducido con extractos bastante amplios «Los mil millones de Silesia» no solo porque en ellos se muestra con la mayor claridad el carácter de Wolff, sino también porque dan una imagen fiel de la situación que reinó en el campo hasta 1848 en toda Prusia, salvo la provincia del Rin, en Mecklemburgo, en Hannover y en algunos otros pequeños Estados, y además en toda Austria. Donde se habían hecho redenciones, el campesino había salido perjudicado; pero para la mitad o los dos tercios de la población campesina —según los lugares— seguían existiendo los servicios feudales y los tributos al señor, con pocas perspectivas de que la redención se acelerara, hasta que la tormenta de 1848 y el período de desarrollo industrial que le siguió barrieron más o menos también estos restos de la Edad Media. Decimos más o menos, porque en Mecklemburgo el feudalismo sigue existiendo con fuerza intacta, y también en otras partes atrasadas del norte de Alemania podrían encontrarse todavía aquí y allá comarcas donde la redención no ha terminado. En 1849 se abolieron sin indemnización en Prusia el dinero de protección y algunos otros tributos feudales menos importantes; las demás cargas se redimieron más deprisa que antes, porque la nobleza, después de las experiencias de 1848 y ante la persistente dificultad de sacar de los campesinos reacios un trabajo provechoso, insistía ahora ella misma en la redención. Por último, con la ordenanza de los distritos cayó también la justicia patrimonial de los señores, y con ello, al menos en la forma, se ha suprimido el feudalismo en Prusia.

Pero solo en la forma. Dondequiera que predomina la gran propiedad territorial se mantiene una posición de dominio semifeudal de los grandes propietarios, aun bajo condiciones de explotación por lo demás modernas y burguesas. Solo cambian las formas de esa posición dominante. Son unas en Irlanda, donde la tierra la cultivan pequeños arrendatarios, y otras en Inglaterra y Escocia, donde arrendatarios con capital cultivan grandes arriendos con jornaleros asalariados. A esta última forma se asemeja el dominio de la nobleza que predomina en el norte de Alemania, sobre todo en el este. Las grandes fincas se explotan en su mayoría por cuenta del propietario, más rara vez por cuenta de grandes arrendatarios, con ayuda de criados de hacienda y jornaleros. Los criados de hacienda están sometidos al reglamento del servicio doméstico, que en Prusia data de 1810 y está tan pensado para relaciones feudales que permite expresamente a los amos «pequeñas violencias» contra los criados, ¡pero prohíbe expresamente a los criados, bajo pena criminal, la resistencia física a los malos tratos de los amos, salvo en caso de peligro para su vida o su salud! (Reglamento general del servicio doméstico, §§ 77 y 79.) Los jornaleros, en parte por los contratos y en parte por el pago predominante en especie —del que forma parte también la vivienda—, han caído en una dependencia de hecho respecto del señor que no tiene nada que envidiar a la de los criados, y así sigue floreciendo todavía hoy al este del Elba aquel trato patriarcal a los trabajadores agrícolas y a la servidumbre doméstica a bofetadas, a bastonazos y a latigazos con el kanchuk que Wolff nos describió en Silesia. Por desgracia, la gente del pueblo se vuelve cada vez más rebelde y aquí y allá ya no quiere aguantar estas paternales medidas correctivas.

Ahora bien, como Alemania sigue siendo un país predominantemente agrícola y, por tanto, la masa de la población vive de la agricultura y en el campo, la tarea principal, pero también la más difícil, del partido obrero sigue siendo explicar a los trabajadores agrícolas sus intereses y su situación. El primer paso para ello es conocer uno mismo esos intereses y esa situación de los trabajadores agrícolas. Los compañeros de partido a quienes las circunstancias se lo permitan harían un gran servicio a la causa si quisieran comparar las descripciones de Wolff con la situación actual, reunir los cambios que se han producido y describir la situación actual de los trabajadores agrícolas. Junto al jornalero propiamente dicho, tampoco habría que perder de vista al pequeño campesino. ¿Qué ha pasado con las redenciones desde 1848? ¿Se ha engañado en ellas al campesino igual que antes? Estas y otras preguntas surgen por sí solas al leer «Los mil millones de Silesia», y si se emprendiera en serio la tarea de responderlas y se publicara en el órgano del partido el material obtenido, se haría con ello a la causa obrera un servicio mayor que con todos los artículos que se quiera sobre la organización de la sociedad futura en sus detalles.

El final de los artículos de Wolff sugiere todavía otro punto. Desde 1849 la Alta Silesia se ha convertido en uno de los centros más importantes de la industria alemana. Esta industria, como en general en Silesia, se practica predominantemente en el campo, en grandes pueblos o en ciudades de nueva formación, lejos de los centros de las grandes ciudades. Así pues, si se trata de difundir la socialdemocracia en el campo, Silesia, y sobre todo la Alta Silesia, ofrece el lugar más adecuado para aplicar la palanca. Sin embargo, al menos la Alta Silesia parece ser todavía hasta ahora terreno virgen para la propaganda socialista. La lengua no puede ser un obstáculo; por una parte, con la industria se ha extendido mucho allí el uso del alemán, y por otra hay sin duda suficientes socialistas que hablan polaco.

Pero volvamos a nuestro Wolff. El 19 de mayo fue suprimida la Neue Rheinische Zeitung, tras aparecer su último número, impreso en rojo.46 La policía prusiana tenía, además de 23 procesos de prensa todavía pendientes, tantos otros pretextos de ataque contra cada uno de los redactores que todos abandonaron inmediatamente Colonia y Prusia. La mayoría de nosotros fuimos a Fráncfort, donde parecía prepararse la decisión. Las victorias de los húngaros habían provocado la entrada de los rusos; el conflicto entre los gobiernos y el Parlamento de Fráncfort a causa de la Constitución del Imperio había dado lugar a varias insurrecciones, de las que las de Dresde, Iserlohn y Elberfeld habían sido aplastadas, pero las del Palatinado y Baden seguían avanzando.47 Wolff tenía en el bolsillo un viejo mandato de Breslau como suplente del falseador de la historia Stenzel;48 solo se había conseguido sacar adelante al llorón Stenzel llevando como suplente al agitador Wolff.49 Stenzel, naturalmente, como todos los buenos prusianos, había obedecido la orden del gobierno prusiano que le llamaba de Fráncfort. Wolff ocupó entonces su lugar.

El Parlamento de Fráncfort, que por su propia inercia y estupidez había descendido de la posición de la asamblea más poderosa que jamás se había reunido en Alemania a la impotencia más extrema, ahora manifiesta para todos los gobiernos, incluso para el gobierno del Imperio instituido por él mismo, y para él, el propio Parlamento, estaba perplejo entre los gobiernos, que reunían sus fuerzas armadas, y el pueblo, que se había alzado por la Constitución del Imperio. Todavía se podía ganar todo, con tal de que el Parlamento y los dirigentes del movimiento del sur de Alemania tuvieran valor y decisión. Habría bastado un acuerdo del Parlamento que llamara al ejército badense y al del Palatinado a Fráncfort para proteger a la Asamblea. Con ello la Asamblea habría reconquistado de golpe la confianza del pueblo. Entonces podía esperarse con seguridad la defección de las tropas de Hesse-Darmstadt y la adhesión de Wurtemberg y de Baviera al movimiento; los pequeños Estados de Alemania central se habrían visto también arrastrados; Prusia habría tenido bastante que hacer en su casa, y, frente a un movimiento tan poderoso en Alemania, Rusia se habría visto obligada a retener en Polonia una parte de las tropas que después empleó con éxito en Hungría. Hungría podía, pues, salvarse en Fráncfort, y, por otra parte, es más que probable que, ante una revolución que avanzara victoriosa en Alemania, el estallido que se esperaba de un día a otro en París no hubiera terminado en la derrota sin lucha de los pequeñoburgueses radicales que tuvo lugar el 13 de junio de 1849.50

Las posibilidades eran todo lo favorables que podían ser. En Fráncfort se dio el consejo de llamar a la protección badense y palatina,51 y en Mannheim el de marchar sobre Fráncfort aun sin ser llamados.52 Pero ni los dirigentes badenses ni los parlamentarios de Fráncfort tenían valor, energía, inteligencia ni iniciativa.

X

En lugar de actuar, el Parlamento decidió, como si no hubiera hablado ya demasiado, hablar una vez más, y en concreto en una «Proclama al pueblo alemán». Se nombró una comisión, que presentó dos proyectos, el de la mayoría redactado por Uhland.53 Ambos eran flojos, sin sustancia ni vigor, y no expresaban más que la propia perplejidad y falta de valor y la mala conciencia de la propia Asamblea. Puestos a debate el 26 de mayo, dieron a nuestro Wolff ocasión de decir a los señores parlamentarios, de una vez por todas, lo que pensaba. El acta taquigráfica de este discurso dice así:

«Wolff, de Breslau:

"¡Señores! Me he inscrito para hablar en contra de la proclama al pueblo que ha redactado la mayoría y que aquí se ha leído, porque la considero completamente inadecuada a la situación actual, porque la encuentro demasiado débil, apropiada solo para aparecer como artículo de periódico en los diarios que representan al partido del que ha salido esta proclama, pero no como una proclama al pueblo alemán. Como ahora se ha leído además una segunda, quiero señalar de pasada que me pronunciaría todavía mucho más en contra de esta, por razones que no necesito exponer". (Una voz en el centro: "¿Por qué no?"). "Hablo solo de la proclama de la mayoría; está, desde luego, redactada con tanta moderación que ni el propio señor Buß54 podría decir mucho en contra, y esa es sin duda la peor recomendación para una proclama. No, señores, si quieren tener todavía alguna influencia sobre el pueblo, no deben hablarle como se hace en la proclama; no deben hablar ahí de legalidad, de terreno legal y cosas parecidas, sino de ilegalidad, de la misma manera que los gobiernos, que los rusos, y por rusos entiendo a los prusianos, los austriacos, los bávaros, los hannoverianos". (Agitación y risas). "Todos ellos están comprendidos bajo el nombre común de rusos". (Gran hilaridad). "Sí, señores, también en esta Asamblea están representados los rusos. Tienen que decirles: Del mismo modo que vosotros os situáis en el terreno legal, nos situamos también nosotros. Es el terreno de la fuerza; y declaren entre paréntesis que la legalidad consiste en que oponen a los cañones de los rusos la fuerza, columnas de asalto bien organizadas. Si hay que publicar una proclama, publiquen una en la que declaren de antemano fuera de la ley al primer traidor al pueblo, al regente del Imperio". ("¡Al orden!". Vivos aplausos en las tribunas). "¡Y lo mismo a todos los ministros!" (Nueva agitación). "Oh, no me dejo interrumpir. Es el primer traidor al pueblo".

El presidente Reh:55 "Creo que el señor Wolff ha sobrepasado toda consideración. No puede llamar traidor al pueblo al archiduque regente del Imperio ante esta Cámara, y por eso tengo que llamarle al orden ...".

Wolff: "Por mi parte, acepto la llamada al orden y declaro que he querido sobrepasar el orden, que él y sus ministros son traidores". (Desde todos los lados de la Cámara: "¡Al orden, eso es plebeyo!").

El presidente: "Tengo que retirarle la palabra".

Wolff: "Bien, protesto; he querido hablar aquí en nombre del pueblo y decir lo que se piensa en el pueblo. Protesto contra toda proclama redactada en este sentido"».

Como un trueno cayeron estas pocas palabras sobre la asustada Asamblea. Por primera vez se había expresado a esos señores, con claridad y sin rodeos, la situación real. La traición del regente del Imperio y de sus ministros era un secreto a voces; cada uno de los presentes la veía consumarse ante sus ojos; pero nadie se atrevía a decir lo que veía. ¡Y ahora llega este pequeño silesio sin miramientos y les echa abajo de un golpe todo su castillo de naipes convencional! Ni siquiera la «izquierda decidida» pudo dejar de protestar enérgicamente contra esta imperdonable violación de todo decoro parlamentario, cometida con la simple constatación de la verdad; lo hizo por boca de su digno representante, el señor Karl Vogt56 (Vogt: en agosto de 1859 le remitieron 40.000 francos, según las listas, publicadas en 1870, de las sumas pagadas por Luis Napoleón a sus agentes).57 El señor Vogt enriqueció el debate con la siguiente protesta, tan miserablemente apocada como infamemente mentirosa:

«Señores, he pedido la palabra para defender el torrente cristalino que desde un alma de poeta ha fluido en esta proclama contra la indigna inmundicia que se ha arrojado en él o (!) contra él (!); para defender estas palabras contra el fango que se ha amontonado en este último movimiento y que amenaza con inundarlo y ensuciarlo todo allí; ¡sí, señores! Es un fango y una inmundicia que de este (!) modo se arroja contra todo lo que pueda pensarse de puro, y expreso mi más profunda indignación por que algo así (!) haya podido ocurrir».

Como Wolff no había hablado para nada de la redacción de Uhland, sino que solo había encontrado demasiado débil su contenido, no se entiende en absoluto de dónde saca realmente el señor Vogt su indignación y su «inmundicia» y su «fango». Pero era, por un lado, el recuerdo de la manera desconsiderada con que la Neue Rheinische Zeitung había tratado siempre a los falsos hermanos de la calaña de Vogt, y por otro, la rabia por el lenguaje directo de Wolff, que hacía imposible en adelante a esos mismos falsos hermanos el juego de nadar y guardar la ropa que habían practicado hasta entonces. Obligado a elegir entre la verdadera revolución y la reacción, el señor Vogt se declara por esta última y por el regente del Imperio y sus ministros, por «todo lo que pueda pensarse de puro». Por desgracia, la reacción no quiso saber nada del señor Vogt.

Ese mismo día Wolff hizo desafiar a pistola al señor Vogt por medio del diputado Würth, de Sigmaringen, y, como el señor Vogt se negó a batirse, le amenazó con un castigo corporal. El señor Vogt, aunque físicamente era un gigante al lado de Wolff, se refugió entonces bajo la protección de su hermana, sin cuya compañía ya no se dejaba ver en ninguna parte. Wolff dejó correr al fanfarrón.

Todo el mundo sabe cómo, pocos días después de esta escena, la propia Asamblea reconoció la exactitud de lo que había dicho Wolff, poniéndose a salvo de su propio regente del Imperio y de su gobierno con la huida a Stuttgart.58

XI

Llegamos al final. Wolff permaneció en su puesto en Stuttgart, también cuando las tropas de Wurtemberg disolvieron la Asamblea Nacional; pasó después a Baden y por último, con los demás refugiados, a Suiza. Eligió Zúrich como lugar de residencia, donde enseguida volvió a establecerse como profesor particular, pero, naturalmente, encontró una fuerte competencia entre los muchos refugiados con estudios que había allí. A pesar de la mísera situación que de ello resultaba, Wolff se habría quedado en Suiza. Pero cada vez se hacía más evidente que el Consejo Federal suizo, obediente al mandato de la reacción europea, estaba decidido a ir echando de Suiza poco a poco a todos los refugiados a fuerza de vejaciones, como decía Wolff. Para la gran mayoría eso significaba emigrar a América, y eso era lo que querían los gobiernos. Una vez los refugiados al otro lado del océano, uno quedaba tranquilo.

También Wolff acarició a menudo la idea de emigrar a América, a lo que le animaban sus muchos amigos que ya habían ido allí. Medio decidido, cuando las «vejaciones» se hicieron demasiado graves también para él, vino en junio de 1851 a Londres, donde lo retuvimos por el momento. También aquí era muy fuerte la competencia entre los profesores particulares. Wolff, a pesar de los mayores esfuerzos, apenas podía ganarse el sustento más precario. A sus amigos les ocultaba su situación todo lo posible, como siempre que le iba mal. Aun así, se vio obligado a contraer hasta finales de 1853 deudas por unas 37 libras esterlinas (750 marcos), que le agobiaban mucho; y en el verano de ese mismo año escribió en su diario:

«El 21 de junio de 1853 tuve que pasar mi cumpleaños en un estado de distress (penuria) casi espantoso».

El propósito de ir a América se habría cumplido seguramente esta vez si un médico alemán, también refugiado en Manchester y amigo de Wolff desde Breslau, no le hubiera procurado con sus relaciones tantas clases particulares en Manchester que al menos pudiera vivir de ellas. Así que vino aquí a comienzos de enero de 1854. Al principio, es verdad, la cosa andaba bastante justa. Pero la existencia estaba asegurada, y además Wolff, con su extraordinaria habilidad para tratar a los niños y ganarse su afecto, podía contar con ir ampliando poco a poco su círculo de actividad una vez que se diera a conocer entre los alemanes de allí. Y así ocurrió. Al cabo de algunos años se encontraba en una situación material del todo holgada para sus exigencias, idolatrado por sus alumnos, respetado y querido por todos, jóvenes y viejos, ingleses y alemanes, por su franqueza, su sentido del deber y su amabilidad alegre. La naturaleza de las cosas hacía que tratara sobre todo con elementos burgueses, es decir, más o menos adversarios políticos; pero, aunque nunca cedió lo más mínimo ni en su carácter ni en sus convicciones, solo muy rara vez tuvo conflictos, y salió de ellos con honor. Toda actividad política pública estaba entonces vedada para todos nosotros; la legislación reaccionaria nos había reducido al silencio, la prensa diaria nos silenciaba, y los editores apenas se dignaban dar una respuesta negativa a nuestras eventuales ofertas; el bonapartismo parecía haber vencido definitivamente al socialismo. Durante varios años Wolff fue el único correligionario que tuve en Manchester; no es de extrañar que nos viéramos casi a diario y que también allí tuviera yo ocasiones de sobra de admirar su juicio, casi instintivamente certero, sobre los acontecimientos del día.

De la escrupulosidad de Wolff, una sola prueba. A uno de sus alumnos le puso un problema de aritmética de un libro escolar. Comparó la solución con la que daba la llamada clave y la declaró errónea. Pero, como el muchacho, después de rehacer el cálculo varias veces, obtenía siempre la misma solución, Wolff lo calculó él mismo y comprobó que el muchacho tenía razón; la clave contenía allí una errata. Al punto se sentó Wolff y rehízo todos los problemas del libro para ver si no había más errores de ese tipo en la clave: «¡Esto no me volverá a pasar!».

Esa escrupulosidad fue también la causa de su muerte, cuando aún no tenía 55 años. En la primavera de 1864, a consecuencia del exceso de trabajo, le sobrevinieron fuertes dolores de cabeza que poco a poco le provocaron un insomnio casi total. Su médico estaba precisamente ausente; a otro no quiso consultarlo. Todos los ruegos para que suspendiera o redujera durante un tiempo sus clases fueron en vano; lo que había emprendido una vez quería llevarlo a término. Solo cuando ya no pudo más suspendió las clases de vez en cuando. Pero era demasiado tarde. Los dolores de cabeza, producidos por la congestión de sangre en el cerebro, fueron cada vez peores, y el insomnio cada vez más continuo. Se le rompió un vaso sanguíneo en el cerebro y, tras varios derrames sobre la masa cerebral, le llegó la muerte el 9 de mayo de 1864. Con él perdimos Marx y yo al amigo más fiel, y la revolución alemana a un hombre de valor irreemplazable.59

  1. Los manuscritos de La ideología alemana (1845-1846). ↩

  2. Erbuntertänigkeit: la servidumbre hereditaria de los campesinos del este de Alemania, que los ataba a la tierra y al señor. ↩

  3. La persecución de los «demagogos», nombre que se daba a los estudiantes y profesores liberales y nacionalistas, decretada por la Confederación Germánica tras las resoluciones de Karlsbad (1819) y reanudada en 1833, después del asalto a la guardia de Fráncfort. ↩

  4. Las Burschenschaften, asociaciones de estudiantes alemanes, nacionalistas y liberales, fundadas en 1815. ↩

  5. Fritz Reuter (1810-1874), escritor en bajo alemán, condenado a muerte en 1836 por pertenecer a la Burschenschaft, pena conmutada por treinta años de fortaleza; fue liberado en 1840. Su libro Ut mine Festungstid (De mis tiempos de fortaleza) es de 1862. ↩

  6. El Tribunal Supremo de Censura (Oberzensurgericht) prusiano, creado en 1843 para resolver las reclamaciones contra las decisiones de los censores. ↩

  7. Die Stillen im Lande: expresión bíblica (Salmos 35, 20) con que se designaban a sí mismos los pietistas. ↩

  8. (Nota de Engels, añadida en 1886.) Según Wermuth y Stieber, Die Communisten-Verschwörungen des neunzehnten Jahrhunderts (Las conspiraciones comunistas del siglo XIX), II, p. 141, Wolff fue condenado en 1846 por el Tribunal Superior de Breslau a tres meses de arresto en fortaleza por «delito de prensa». ↩

  9. La Asociación Cultural de los Obreros Alemanes de Londres (Kommunistischer Arbeiterbildungsverein), fundada en 1840 por miembros de la Liga de los Justos. ↩

  10. La Deutsche-Brüsseler-Zeitung, periódico de los emigrados alemanes en Bruselas (1847-1848), en el que colaboraron regularmente Marx y Engels desde septiembre de 1847. ↩

  11. Lucien Jottrand (1804-1877), abogado y publicista belga, demócrata, presidente de la Asociación Democrática de Bruselas, de la que Marx era vicepresidente. ↩

  12. Lupus: «lobo» en latín (en alemán, Wolf); así llamaban a Wolff sus amigos. ↩

  13. La insurrección de los obreros de París del 23 al 26 de junio de 1848, aplastada por el general Cavaignac. ↩

  14. El archiduque Juan de Austria (1782-1859), elegido regente del Imperio (Reichsverweser) por el Parlamento de Fráncfort en junio de 1848. ↩

  15. El armisticio de Malmö (26 de agosto de 1848) entre Prusia y Dinamarca, que dejaba Schleswig-Holstein, sublevado contra Dinamarca, a merced de la reacción. El Parlamento de Fráncfort lo ratificó el 16 de septiembre, lo que provocó la insurrección del 18 de septiembre en Fráncfort. ↩

  16. La Asamblea Nacional prusiana reunida en Berlín en mayo de 1848, a la que el gobierno asignó la tarea de «pactar» (vereinbaren) una constitución con la Corona; de ahí que Marx y Engels la llamaran «Asamblea Pactante» y a sus diputados «pactantes». ↩

  17. Ernst von Pfuel (1779-1866), general, presidente del gobierno prusiano de septiembre a noviembre de 1848. Friedrich von Wrangel (1784-1877), general, que en noviembre de 1848 ocupó Berlín. Las Marcas: la provincia de Brandeburgo. ↩

  18. Hermann Becker (1820-1885), abogado, miembro de la Liga de los Comunistas, condenado en el proceso de los comunistas de Colonia (1852); después, liberal y alcalde de Colonia desde 1875. ↩

  19. Joseph Moll (1813-1849), relojero, dirigente de la Liga de los Justos y de la Liga de los Comunistas; murió en junio de 1849 combatiendo en la campaña por la Constitución del Imperio en Baden. ↩

  20. La Asamblea Nacional prusiana fue disuelta el 5 de diciembre de 1848, a la vez que el rey otorgaba una Constitución. Otto von Manteuffel (1805-1882) era ministro del Interior en el gobierno Brandeburgo, formado en noviembre de 1848. ↩

  21. En la edición de 1886 Engels sustituyó todo lo que sigue, hasta la frase «Pero volvamos a nuestro Wolff» (capítulo IX), por este texto: «Así abrió Wolff la campaña contra los señores feudales que culminó en "Los mil millones de Silesia", y sobre la que volveré más adelante. Era una campaña que la burguesía estaba obligada en justicia a librar. La lucha contra el feudalismo era precisamente la tarea histórica universal de esta clase. Pero, como hemos visto, no la libró, o solo en apariencia. Gracias al atraso social y político de Alemania, la burguesía alemana abandonó en todas partes sus intereses políticos más propios, porque detrás de ella se alzaba ya amenazador el proletariado. Las esperanzas y deseos confusos de los obreros de París en febrero, y más aún su lucha desesperada de cuatro días en junio de 1848, aterraron a la burguesía no solo de Francia, sino de toda Europa. Y en Alemania, a los burgueses muertos de miedo les parecían ataques contra su propiedad, su seguridad y su vida incluso reivindicaciones simplemente democráticas, como las que hacía tiempo que se habían implantado legalmente hasta en Suiza. Cobardes como siempre, los burgueses alemanes sacrificaron sus intereses comunes, es decir, políticos, para que cada uno salvara su interés privado, su capital. ¡Antes la vuelta al viejo absolutismo burocrático-feudal que una victoria de la burguesía como clase, que un Estado burgués moderno conquistado por la vía revolucionaria, fortaleciendo a la clase revolucionaria, al proletariado! Ese fue el grito de angustia de la burguesía alemana, bajo el cual la reacción venció en toda la línea. Así, el partido del proletariado tuvo que asumir la lucha allí donde la burguesía había desertado del campo de batalla. Y así asumió Wolff en la Neue Rheinische Zeitung la lucha contra el feudalismo. Pero no de un modo con el que pudieran alegrarse los burgueses; no, de un modo auténticamente revolucionario, de tal manera que la burguesía se espantó de estos artículos, que respiraban el espíritu de la gran Revolución francesa, tanto como los señores feudales y el propio gobierno». ↩

  22. La insurrección de los campesinos de Galitzia, en febrero de 1846, que se volvió contra la nobleza polaca y fue aprovechada por el gobierno austriaco para aplastar el levantamiento nacional polaco de Cracovia. ↩

  23. Los mil millones, Neue Rheinische Zeitung del 16 de marzo de 1849. ↩

  24. Felix Lichnowsky (1814-1848), príncipe y diputado reaccionario del Parlamento de Fráncfort, muerto en la insurrección del 18 de septiembre de 1848; Georg Weerth lo había satirizado en la Neue Rheinische Zeitung con el folletín Vida y hazañas del famoso caballero Schnapphahnski (Schnapphahn: salteador). ↩

  25. Ernst von Bülow-Cummerow (1775-1851), terrateniente pomerano y publicista, uno de los organizadores del llamado «parlamento de los junkers» (agosto de 1848). Kummervoll: «lleno de pesares», juego de palabras con su apellido. ↩

  26. El Código General Prusiano (Allgemeines Landrecht) de 1794, vigente en las provincias orientales; en la provincia del Rin regía el derecho francés. ↩

  27. La Constitución otorgada por el rey el 5 de diciembre de 1848, junto con la ley electoral; las dos Cámaras previstas en ella se reunieron el 26 de febrero de 1849. ↩

  28. El presidente superior (Oberpräsident) de la provincia de Silesia, máximo representante del gobierno prusiano en ella. ↩

  29. Hufe: unidad agraria tradicional, la tierra de una explotación campesina completa, de extensión variable según las regiones. ↩

  30. Häusler: aldeano que poseía una casa con poca o ninguna tierra y vivía de trabajar como jornalero; los «hortelanos» (Gärtner) tenían una pequeña parcela. ↩

  31. Urbarien: registros en los que se fijaban las cargas y prestaciones de los campesinos al señor. ↩

  32. Los Standesherren mediatizados: antiguos príncipes y condes inmediatos del Sacro Imperio que, tras su disolución (1806), quedaron sometidos a la soberanía de otros Estados, pero conservaron numerosos privilegios, entre ellos la exención de impuestos. ↩

  33. El impuesto de clases (Klassensteuer), impuesto personal prusiano introducido en 1820, graduado por clases según la condición social de los contribuyentes. ↩

  34. Heuler («llorones»): mote que daban los demócratas en 1848 a los partidarios de la monarquía constitucional, que a su vez llamaban a los demócratas Wühler («agitadores»). Véase más abajo, en el capítulo IX. ↩

  35. Andreas Renard, conde, gran terrateniente e industrial de la Alta Silesia. ↩

  36. Johann Albrecht Friedrich Eichhorn (1779-1856), ministro de Cultos e Instrucción Pública de Prusia de 1840 a 1848, y su sucesor Adalbert von Ladenberg (1798-1855), ministro de 1848 a 1850. ↩

  37. Landrat: jefe administrativo del distrito, elegido por lo general entre los terratenientes nobles. ↩

  38. Nefas: lo ilícito, lo que está prohibido por la ley divina (latín). ↩

  39. La libertad de industria se introdujo en Prusia con los edictos de 1810 y 1811. ↩

  40. Laudemio: derecho que cobraba el señor en cada transmisión de una finca sometida a su dominio. ↩

  41. Ausgedinge: la parte de los productos de la finca, o la vivienda, que el campesino se reservaba al ceder la explotación. ↩

  42. La gran hambruna irlandesa de 1845-1849, causada por la enfermedad de la patata. ↩

  43. Wasserpolacken: nombre, más o menos despectivo, que se daba en alemán a la población polaca de la Alta Silesia. ↩

  44. Kantschu (kanchuk): látigo corto de cuero. ↩

  45. El gobierno del conde Friedrich Wilhelm von Brandenburg (1792-1850), formado en noviembre de 1848, en el que Manteuffel era ministro del Interior. ↩

  46. El último número de la Neue Rheinische Zeitung, el 301, apareció impreso en tinta roja el 19 de mayo de 1849. Véase La supresión de la Neue Rheinische Zeitung por la ley marcial. ↩

  47. La campaña por la Constitución del Imperio de mayo-julio de 1849, en la que Engels participó. Véase La campaña alemana por la Constitución del Imperio. ↩

  48. Gustav Adolf Harald Stenzel (1792-1854), historiador, profesor en Breslau, diputado del centro derecha en el Parlamento de Fráncfort. ↩

  49. Heuler y Wühler: véase la nota sobre los «llorones» en el capítulo VI. ↩

  50. El 13 de junio de 1849, la Montaña, partido pequeñoburgués de Ledru-Rollin, convocó en París una manifestación pacífica contra la expedición francesa a Roma, que fue dispersada sin lucha. ↩

  51. En la edición de 1886 Engels precisó aquí: «por todos nosotros». ↩

  52. En la edición de 1886 Engels precisó aquí: «por Marx y por mí». ↩

  53. Ludwig Uhland (1787-1862), poeta y diputado de la izquierda moderada en el Parlamento de Fráncfort. ↩

  54. Franz Joseph von Buß (1803-1878), diputado católico conservador de Baden en el Parlamento de Fráncfort. ↩

  55. Theodor Reh (1801-1868), abogado de Darmstadt, último presidente del Parlamento de Fráncfort. ↩

  56. Karl Vogt (1817-1895), naturalista y diputado de la izquierda en el Parlamento de Fráncfort. Véase el libro de Marx El señor Vogt (1860). ↩

  57. Las listas de pagos encontradas en las Tullerías después de la caída del Segundo Imperio y publicadas por el gobierno de la Defensa Nacional en 1870. ↩

  58. El resto del Parlamento se trasladó a Stuttgart a comienzos de junio de 1849 y fue disuelto por las tropas de Wurtemberg el 18 de junio. ↩

  59. Marx dedicó en 1867 el primer tomo de El capital «a mi inolvidable amigo Wilhelm Wolff, intrépido, fiel, noble paladín del proletariado». ↩