Congreso extraordinario de la II Internacional, celebrado en Basilea los días 24 y 25 de noviembre de 1912: el domingo 24 por la mañana en la sala de la Burgvogtei y por la tarde en la catedral, el lunes 25 en dos sesiones. Traducido del protocolo publicado por el partido alemán, Außerordentlicher Internationaler Sozialisten-Kongreß zu Basel am 24. und 25. November 1912 (Berlín, Buchhandlung Vorwärts, 1912, pp. 3-56), según el ejemplar digitalizado de Internet Archive; el texto alemán se ha establecido sobre una nueva lectura OCR de la letra gótica, cotejada con las imágenes. El protocolo no es una versión taquigráfica, sino una crónica que resume algunas intervenciones. Los documentos aprobados no se repiten: una línea en cursiva remite a la página del congreso; tampoco las resoluciones de congresos anteriores que el apéndice reproduce, que remiten a las páginas de esos congresos. Completamos con la fecha el título de la sesión de la tarde y damos título al apartado de las cartas de mujeres socialistas; en las listas de delegados resolvemos las comillas de repetición. Los pasajes espaciados del discurso de Clara Zetkin van en cursiva. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Sesión de apertura. Domingo 24 de noviembre de 1912

La sala de la Burgvogtei1 está engalanada para recibir al Congreso Socialista Internacional. De un lado a otro del escenario se extiende una ancha banda roja que, bajo la vieja consigna de la Internacional, «¡Proletarios de todos los países, uníos!», lleva el lema de este congreso: «¡Guerra a la guerra!». Desde las galerías de la sala saludan las banderas rojas de las organizaciones obreras suizas. Adornan las paredes retratos de Marx, Engels y Lassalle. Mucho antes de la hora fijada para la apertura, la sala y las galerías están abarrotadas, y siguen afluyendo nuevos grupos de delegados extranjeros y suizos.

Por eso, antes de la apertura del congreso, toma la palabra el consejero de gobierno Wullschleger2 para comunicar a los reunidos que el número de delegados llegados es bastante mayor que el de inscritos; para la sesión de hoy tendrán que arreglarse como puedan, y para mañana se habilitará sitio más que suficiente, al menos para los camaradas extranjeros.

Poco después de las diez y media aparece en la sala Bebel acompañado de Greulich,3 y la asamblea lo saluda con un júbilo tempestuoso. A breves intervalos le siguen los grupos de Adler, Kautsky y Anseele, Jaurès y Huysmans,4 todos saludados con entusiasmo. La sociedad coral Vorwärts de Basilea saluda al Congreso Internacional interpretando el «Himno a la libertad» de Uthmann.5

Toma entonces la palabra Anseele (Gante) para abrir el Congreso Socialista Internacional extraordinario.

El único punto del orden del día dice:

La situación internacional y la acción común contra la guerra.

Anseele da la palabra al representante de Suiza:

El consejero de gobierno Wullschleger (Basilea): ¡Estimadas camaradas y estimados camaradas! En nombre del Partido Socialdemócrata de Suiza, en nombre de la Unión Obrera y del Partido Socialdemócrata de Basilea, y a la vez en nombre del comité central local para la preparación del congreso, os doy una cordial bienvenida. ¡Que os sintáis a gusto entre nosotros! Pero sobre todo, ¡que vuestras deliberaciones, a las que mira todo el mundo civilizado, tengan un curso favorable, y que os acompañe el éxito que tan ardientemente anhelan millones de cabezas y de corazones! Os agradecemos el gran honor que nos habéis hecho al elegir Suiza como país del congreso y Basilea como ciudad del congreso.

Acontecimientos extraordinarios han exigido convocar el congreso de manera extraordinaria y apresurada. Por eso a nuestro comité central apenas le quedaron dos semanas para hacer los preparativos necesarios para vuestra reunión. Si algo no sale bien, atribuidlo a esa circunstancia y disculpadnos. Buena voluntad no nos ha faltado.

No es la primera vez que la Internacional Socialista se reúne en suelo suizo. El año 1893 vio su congreso ordinario en Zúrich,6 la ciudad mayor de nuestro pequeño país. Hoy se reúne en Basilea, la segunda ciudad de Suiza, en la frontera del Imperio alemán. Pero ya antes, en septiembre de 1869, hace por tanto 43 años, la vieja Internacional celebró un congreso en Basilea.7 Entonces Basilea, en la orilla izquierda del Rin, lindaba todavía directamente con Francia. Nueve meses después estalló la guerra franco-alemana, que dejó hondas huellas en la vida política y económica de los dos países, y aun de Europa entera.

Nombrar el congreso de 1869 despierta el recuerdo de muchos grandes muertos cuya memoria nos es sagrada. (Los reunidos se levantan de sus asientos.) Citaré solo algunos: de los alemanes, Wilhelm Liebknecht; de los franceses, Varlin; de los belgas, De Paepe; de los suizos, Karl Bürkli, y, perteneciente a alemanes y suizos a la vez, Joh. Phil. Becker.8 De los pocos participantes de aquel congreso que aún viven, nuestro veterano Hermann Greulich (vivos aplausos) es sin duda el único que hoy está entre nosotros.

¡Qué diferencia entre entonces y ahora!

¡La Internacional, entonces apenas algo más que una idea; hoy, una gran potencia real que tiene ya sus tradiciones!

La clase obrera ha aprendido, y aprende cada día más, a reunir sus fuerzas en organizaciones políticas, sindicales y cooperativas y a emplearlas, con una disciplina que ella misma se da, en un trabajo fecundo en el presente y en objetivos de futuro de largo alcance.

Amplía y ahonda cada vez más su comprensión de las conexiones económicas y sociales, y se convierte así en la palanca de la transformación de la sociedad humana.

En los trabajadores unidos nacional e internacionalmente bajo la bandera del socialismo, el sentido de la realidad y la fe en el porvenir se han fundido en un todo indisoluble. Y el idealismo que en tiempos de la vieja Internacional animaba solo a miles es, bajo la nueva Internacional, patrimonio común de millones.

A despecho de todos los pusilánimes y filisteos, de todos los sabihondos mercaderes de sabiduría y de los burlones superficiales, el movimiento socialista avanza, con la fuerza y la alegría de la juventud, hacia sus altos fines. (Aplausos tempestuosos.)

¡Estimadas camaradas y estimados camaradas! Estáis en Basilea en suelo histórico. Antes, y en cierto sentido todavía hoy, uno de los puntos de encuentro entre las tierras alemanas y las latinas gracias a su situación natural en las vías de comunicación, Basilea ha sido muchas veces escenario de asambleas memorables. Hace casi cinco siglos, de 1431 a 1448, es decir, durante casi tantos años como horas tienen vuestros delegados para su estancia aquí, estuvo reunido en Basilea el concilio. Pese a lo largo de aquel tiempo, no logró resolver las confusiones del mundo eclesiástico cristiano de entonces. ¡Ojalá a vuestro congreso le esté reservado, pese a lo breve del tiempo, hacer un trabajo más eficaz!

Ciertamente, la Internacional del trabajo está todavía lejos de ser todopoderosa. Y ella misma es la que mejor conoce los límites de su capacidad. Pero es una gran potencia, real e ideal, que merece ser escuchada y que sabe también hacerse oír. Hasta los más poderosos de la tierra, aunque naturalmente no lo confiesen, tienen que contar con ella. Tienen que hacerlo también en la cuestión que será el único objeto de vuestras deliberaciones: la situación internacional y el acuerdo para una acción contra la guerra.

La diplomacia de oficio no ha sabido conjurar ni la crisis balcánica ni siquiera el peligro de que la furia de la guerra se extienda a los países de Europa occidental, y con ello ha vuelto a demostrar su incapacidad para resolver problemas difíciles.

Más poderosos que la diplomacia vuelven a mostrarse también esta vez el chovinismo que azuza a los pueblos unos contra otros y la codicia capitalista de ganancia. (Viva aprobación.)

A estos, los peores enemigos de la cultura humana, tiene que hacerles frente la Internacional del trabajo con todas sus fuerzas. La guerra de los Balcanes ya no tiene remedio. Pero su extensión a otros países y pueblos habría que marcarla a fuego como uno de los peores crímenes de la historia universal. Hay que impedirla por todos los medios lícitos. (Aplausos tempestuosos.)

Con una acción enérgica en este sentido, la Internacional no sirve solo a toda la clase obrera, que, como es natural, sería la que más sufriría las atrocidades de la guerra, sino que se convierte en abanderada de la paz para otros muchos sectores de la población de la ciudad y del campo, que tienen todos los motivos para rebelarse contra su empleo como carne de cañón en provecho de especuladores sin conciencia y de chovinistas. (Nuevos aplausos.)

Desde este punto de vista, vuestro congreso goza también en Basilea, puedo decirlo por lo que he observado de muchas maneras, de la simpatía de sectores de la población que en su pensar y en su sentir tienen todavía poco en común con los trabajadores socialdemócratas. A esa simpatía se debe sobre todo, sin duda, la cesión, que hay que agradecer, de la venerable catedral (aplausos) para la manifestación de masas de esta tarde. A esa simpatía hay que atribuir también principalmente el mensaje que el gobierno de Basilea-Ciudad dirige al congreso. Vuestro congreso expresará el impulso, consciente e inconsciente, de la humanidad civilizada hacia la paz entre los pueblos. La manifestación de masas de esta tarde la reforzará en esa alta misión. Fiel al carácter cosmopolita que la ciudad del congreso lleva consigo por su población abigarrada, pese a su acusado carácter suizo, esta manifestación de masas será plenamente internacional. A los trabajadores de Basilea se unirán sus camaradas de los alrededores badenses, alsacianos y suizos, y también camaradas en gran número de Zúrich y de Berna y de otros lugares lejanos del país y del extranjero.

¡Que el congreso, que la manifestación de masas, sean una bendición para la sagrada causa de la paz entre los pueblos!

¡Lucha contra la furia de la ganancia, la codicia de poder y la carnicería humana! ¡Lucha por la libertad de los pueblos, por la paz entre los pueblos y por la felicidad de la humanidad! Sea esa nuestra consigna. (Aplausos tempestuosos.)

¡Con este espíritu os invito a uniros a mí en un triple viva a la Internacional Socialista del trabajo!

Tres veces resuena el viva por la sala.

Después de la traducción a cargo de los camaradas Brüstlein, abogado de Berna,9 y De Man, de Bruselas,10 Wullschleger vuelve a tomar la palabra y lee el mensaje del gobierno del cantón de Basilea al Congreso Socialista Internacional. Dice así:

Basilea, 20 de noviembre de 1912.

¡El Consejo de Gobierno del cantón de Basilea-Ciudad al Congreso Socialista Internacional de Basilea!

El congreso que habéis decidido celebrar en nuestra ciudad tiene por objeto contribuir al mantenimiento de la paz mundial. Os habéis reunido desde todos los países de nuestro continente para manifestar, ante la guerra mortífera que se ha encendido en el este de Europa, la voluntad unánime de los trabajadores de que la lucha cese y, en todo caso, quede limitada a los países que están envueltos en ella. Vuestro alto fin es evitar una desgracia inconmensurable y ahorrar a las naciones los enormes sacrificios que una guerra les impondría. Con vuestra manifestación queréis aguzar las conciencias, para que la codicia de poder y la pasión no puedan decidir el destino de pueblos enteros. Las autoridades de la ciudad que habéis elegido para esta manifestación desean de corazón que alcancéis vuestro fin, y os envían para ello su cordial saludo.

El presidente, Dr. Blocher. El secretario, Dr. Imhoff.

Tempestuosas muestras de aprobación siguen a la lectura.

Anseele: En nombre del Buró Socialista Internacional me corresponde dirigir la primera palabra de saludo al gobierno del cantón de Basilea-Ciudad y agradecerle su declaración orgullosa y valiente. (Aplausos.) Mi segunda palabra de agradecimiento es para los camaradas de Basilea y de Suiza, que nos han recibido tan cordialmente y han organizado el congreso de manera excelente en tan poco tiempo. Pero me corresponde además felicitar a la propia Internacional por haber reunido, con tanta rapidez y unidad, este importante congreso, cuya sola reunión significa ya un éxito tan notable. El 17 y el 24 de noviembre11 serán días gloriosos en la historia de la Internacional. Sirven al fin de lograr una unidad de táctica para la lucha contra la guerra y en la organización de nuestra gran lucha de emancipación. Si la táctica no puede ser todavía plenamente uniforme en los distintos países, todos sentimos sin embargo la necesidad de una unidad de sentimiento y de pensamiento, para avanzar desde esta etapa hacia la unidad de los medios de lucha y oponer al capitalismo unido el proletariado unido. (¡Bravo!)

Los acontecimientos de los últimos tiempos se han precipitado y han sorprendido al mundo entero. Al proletariado no puede ni va a sucederle ya que los acontecimientos lo sorprendan. ¡Tenemos que prepararnos para la defensiva contra los ataques de los poderes del capital y para la ofensiva por la superación del Estado de clase! (Aplausos tempestuosos.)

El proletariado, al que a partir de hoy todos los hombres que piensan tienen que reconocer como el heraldo de la paz mundial, exige la paz en los Balcanes, la autonomía republicana de los pueblos balcánicos y la supresión de las alianzas y de las intrigas diplomáticas que llevan en sí el germen de nuevas guerras. (Nuevos aplausos.)

Que Austria-Hungría no intente privar a los pueblos balcánicos de los frutos de sus victorias; y si Rusia interviene, el propio proletariado ruso se sublevará, y el proletariado del mundo entero estará detrás de él con entusiasmo y admiración. (Aplausos tempestuosos.)

Para Francia y Alemania ha sonado la hora del entendimiento. Entre Alemania y Francia no puede haber más guerra. (Aprobación general y jubilosa.) Son tantos los medios para un entendimiento pacífico que no puede errarse el camino hacia él.

Que Gran Bretaña y Alemania se armen, pero no en la carrera de construcción de buques de guerra hacia una guerra hasta quedar exangües, sino que se armen para superar la miseria y la opresión. Que se encuentren, no en el deseo de perjudicarse mutuamente, sino en la elevación y la dicha de sus pueblos.

La Internacional es lo bastante fuerte para hablar a los poderosos en este tono de mando (aplausos tempestuosos) y, si es necesario, para que a sus palabras sigan los hechos. ¡Guerra a la guerra, paz al mundo, viva la Internacional obrera! (Aplausos tempestuosos y repetidos.)

El secretario internacional Huysmans da cuenta al congreso de los telegramas recibidos. Los camaradas serbios explican su ausencia del congreso en la siguiente carta al Buró Socialista Internacional.

Una carta de excusa del partido serbio.

¡Estimados camaradas!

Las circunstancias en que vivimos en este momento hacen imposible a nuestro partido enviar representantes al congreso internacional extraordinario. Nos duele enormemente no estar en condiciones de reunirnos para el trabajo común del congreso con los camaradas del mundo entero que, como nosotros, persiguen el alto fin de liberar a los hombres que trabajan de las condiciones insoportables del presente. La razón es que casi todos los camaradas, entre ellos los militantes más destacados, han sido arrastrados a la guerra, y solo yo me he quedado, con algunos otros camaradas exentos del servicio militar por razones de edad o por inutilidad. Pero nosotros somos necesarios aquí, porque tenemos que custodiar los archivos y los bienes del partido y de los sindicatos, redactar el órgano del partido, atender a la acción parlamentaria y municipal, mantener a las familias de nuestros camaradas ausentes y recibir y socorrer a heridos y mutilados, pues entre todos ellos hay muchos camaradas.

Así que, como se comprenderá, no podemos abandonar nuestro único lugar de trabajo, nuestra Casa del Pueblo, tanto más cuanto que el parlamento puede en cualquier momento poner fin a sus vacaciones y ser convocado. Y en el trabajo que allí se hace están extraordinariamente interesados tanto nuestro partido como la Internacional.

Con el dolor de nuestra ausencia saludamos al Congreso Internacional y a los representantes del socialismo, y damos las gracias a la Internacional por la valiosa ayuda moral que nos ha prestado a nosotros, socialistas de los Balcanes, con todo el peso de la solidaridad proletaria. Estamos convencidos de que el congreso hará todo lo posible por poner fin al derramamiento de sangre en los Balcanes y por contribuir a evitar el conflicto mundial, cuyas repercusiones y consecuencias aplazarían por un tiempo incierto el triunfo de la socialdemocracia.

¡Y ahora, una observación!

Cuanto más eficaz sea la lucha contra el imperialismo de las grandes potencias, más posibilidades tendremos en los Balcanes de librar una lucha enérgica contra nuestra burguesía y de hacer avanzar así la causa y la victoria del proletariado.

La política colonial de los Estados capitalistas saquea y estrangula a las naciones que son su objeto y frena su democratización y su revolución. Grava del modo más duro a las metrópolis y a las madres patrias, en especial a sus capas proletarias, en provecho del militarismo, del navalismo, del monarquismo y del capitalismo. Además, incita a los competidores más débiles y a los más fuertes, igual que a los Estados acosados, a castigar al país y al pueblo, y ante todo a las clases trabajadoras, con cargas fiscales y con la política de carestía. El miedo al espectro del imperialismo de las grandes potencias les sirve a los gobiernos balcánicos de pretexto para sus planes reaccionarios y para el expolio de la población.

Huelga añadir que esta política empeora todavía más la situación de las masas pobres del pueblo, al agrandar la miseria social, abrir el camino a la reacción en todos los Estados, frenar las luchas del proletariado y retrasar su marcha triunfal. Es sobre todo el miedo al afán imperialista de la Austria clerical, agraria y financiera el que empuja a los gobiernos de Serbia en brazos del zarismo ruso. A ello se debe también que los armamentos se lleven a cabo entre nosotros en una medida que supera las fuerzas económicas del país; que suban las deudas y los impuestos, que el presupuesto crezca de manera desproporcionada, que la vida se encarezca, que el desarrollo industrial se paralice y que la capacidad de resistencia del pueblo quede quebrantada. Se comprende que nuestros obreros emigren en masa y que nuestras condiciones de trabajo y de lucha sean tan duras.

La política colonial es una fatalidad para el proletariado del mundo entero y para las naciones cuyas clases dominantes la practican. Al quedar paralizado el desarrollo independiente de las naciones y no poder expresarse la resistencia desde abajo, se dificultan por fuerza las posibilidades de lucha y la situación del proletariado. ¡Nada se opone más que el imperialismo al despertar de las naciones a la consciencia de sí mismas y a su autodeterminación, ni a las tendencias culturales y democráticas de las masas!

En los Balcanes, Rusia y Austria desempeñan ese papel vil y criminal.

La actitud actual de los gobiernos europeos, que aprovechan criminalmente la situación de los Balcanes en beneficio propio, encierra el peligro de una conflagración general que acarrearía a las naciones una desgracia incalculable y la destrucción de muchas conquistas de la cultura. O bien, si no se llega a la guerra mundial, pone obstáculos a la realización de la igualdad de derechos y de la independencia de todas las naciones de los Balcanes, y en particular al movimiento de la socialdemocracia por una república federativa constituida por nacionalidades, un movimiento que ha permitido al partido echar raíces y promete éxitos para el futuro.

Rogamos a los camaradas que presten atención a esta circunstancia. Por lo que a nosotros se refiere, declaramos que, como hasta ahora, también en el futuro queremos cumplir nuestro deber internacional con celo y escrupulosidad, y estamos convencidos de contribuir así del mejor modo a la emancipación internacional del proletariado.

¡Viva el proletariado internacional!

¡Viva la socialdemocracia, liberadora de la humanidad!

¡Viva la Internacional!

Por el Partido Socialdemócrata Serbio: Dragiša Lapčević.12

Además, los camaradas serbios han enviado un telegrama que dice: En el momento en que los miembros de nuestro partido derraman su sangre en los campos de batalla de los Balcanes y se sacrifican miles de vidas humanas, el Partido Socialdemócrata de Serbia saluda al Congreso Socialista Internacional y desea a los demás países que se vean libres de horrores semejantes a los que ahora tenemos que pasar en la península balcánica, y que la paz mundial sea la base de la revolución mundial. Dragiša Lapčević.

Ha llegado un telegrama semejante de los camaradas de Salónica.13 Los socialistas norteamericanos excusan su ausencia por la imposibilidad de llegar a tiempo. Vandervelde14 ha expresado al Buró Socialista Internacional su vivo pesar porque su estado de salud le impide participar en el congreso. El Buró le ha enviado por telégrafo sus mejores deseos de restablecimiento. De numerosas ciudades de Alemania y de otros países han llegado telegramas de saludo al congreso.

El Buró Socialista Internacional propone elegir presidente del congreso al camarada Hermann Greulich (aplausos tempestuosos), y vicepresidentes a Vaillant (Francia), Pernerstorfer (Austria), Haase (Alemania) y Sakazov (Bulgaria),15 este último en homenaje a la valiente resistencia de los camaradas de los países balcánicos contra la guerra. (Aplausos tempestuosos.)

El congreso aprueba esta propuesta por unanimidad.

La próxima sesión del congreso es el lunes a las diez de la mañana.

Se levanta la sesión a las doce.

La manifestación

Los trenes de la mañana del domingo trajeron a Basilea no solo a los últimos delegados de muchos países, sino también grandes multitudes de invitados. Los trabajadores de Baden, de Alsacia y de todas las regiones de Suiza acudieron en masa. De Zúrich y de Berna llegan incluso trenes especiales. El proletariado con consciencia de clase se hace un deber de honor de dar una expresión duradera, participando en la manifestación, a su voluntad de conservar la paz a los pueblos.

Hacia las dos se puso en marcha la manifestación desde el patio del cuartel. La abrían la sociedad ciclista obrera Solidarität y un grupo de niños vestidos de blanco que llevaban palmas, símbolo de la paz. En sus banderas había inscripciones como: «¡Secar vuestras lágrimas es más honroso que derramar ríos de sangre!». Seguían luego los miembros del Buró Internacional. Detrás de ellos marchaban las delegaciones de los distintos países, en primera fila, ¡Kautsky y Jaurès! Las naciones iban por separado y cantaban sus himnos de partido: los austriacos el «Canto del trabajo»,16 los franceses la «Internacional», etc. Seguían las organizaciones políticas y sindicales que habían acudido, y cerraban la marcha los trabajadores de Basilea. En la manifestación iba también un carro ricamente adornado de guirnaldas en el que, entre un grupo de muchachas vestidas de blanco, se alzaba la reina de la paz con la trompeta de la paz. Cuatro camaradas llevaban un gran libro rojo con la inscripción «¡Abajo las armas!».17 Numerosas bandas de música y de tambores iban en la marcha, a la que daban vida y color las muchas banderas rojas que ondeaban al viento. La manifestación avanzaba en columnas cerradas, y aun así su desfile duró media hora. Poco después de las tres llegó la manifestación a la vieja catedral.

En la catedral

Miles de velas parpadeaban en la alta cornisa e iluminaban escasamente el inmenso espacio en penumbra, en el que una muchedumbre incontable esperaba la manifestación. Las venerables vidrieras resplandecían mágicamente desde lo alto en la fusión de sus colores. Unos letreros señalaban los sitios del Gran Consejo, del Consejo de Ciudadanos, del Sínodo, del Consejo Eclesiástico, de los delegados, de los oradores de fuera y de la prensa. Pasó un buen rato hasta que se oyó un lejano redoble de tambores. Todos se levantaron con expectación. Empezaron entonces a sonar las campanas, resonantes y retumbantes, como para un oficio solemne. Tras un cuarto de hora de repique, el órgano entró con estruendo y, a sus sones, las banderas rojas de la Internacional entraron lentamente en la oscura nave de la iglesia: un momento conmovedor, que se ofreció con silenciosa grandeza a los mortales a quienes fue dado contemplarlo. El bosque de banderas se situó en la pequeña tribuna del fondo, bajo la corona de luces y las vidrieras, y mientras en la plaza de la catedral se reunían decenas de miles de personas y más de un viva atronador penetraba en la iglesia, desde el púlpito hablaron varios grandes espíritus socialistas de nuestro tiempo; no hablaron solo a los miles de personas que, apretadas, llenaban la iglesia: hablaron al proletariado del mundo entero, con palabras arrebatadoras e inolvidables, de la voluntad de paz mundial. El coro de hombres Freiheit realzó la solemnidad del momento con magníficas canciones.

El presidente del gobierno Blocher:18 ¡Muy honorable asamblea, estimados camaradas de partido! El comité organizador del Congreso Socialista Internacional me ha confiado el honroso encargo de saludaros cordialmente en su nombre. Saludo ante todo a nuestros huéspedes de fuera, a los miembros del Buró Socialista Internacional, a los delegados oficiales de los distintos partidos nacionales, a los hombres eminentes que se han puesto a nuestra disposición como oradores para la manifestación de hoy; saludo a los camaradas de partido extranjeros que han venido sin mandato oficial y, por último, a los miles de amigos del partido de cerca y de lejos que han seguido nuestra llamada a Basilea. Los socialdemócratas de Basilea consideramos un gran honor que el Buró Socialista Internacional haya elegido precisamente nuestra ciudad como sede del congreso. Este se reúne en una hora preñada de destino para preparar una acción unitaria de los partidos socialdemócratas de todos los Estados europeos frente al peligro de una guerra europea. Estamos orgullosos de este honor que con ello reciben nuestra ciudad y nuestro partido, pero a la vez nos hemos preguntado, no sin inquietud, si estaríamos a la altura de la gran tarea, si nuestro número, nuestras fuerzas y nuestras capacidades bastarían para llevar a cabo dignamente la obra que se había puesto en nuestras manos. Es verdad que muy pronto nos quitó una gran preocupación la buena disposición de las autoridades eclesiásticas, a las que hay que agradecer también desde aquí, como se merecen, que hayan puesto a disposición de nuestra manifestación de hoy el lugar más hermoso y más digno que nuestra ciudad puede ofrecer: nuestra venerable catedral. Con ello se ha asegurado desde el principio a nuestro acto el marco exterior que corresponde a su esencia más íntima. Vemos con gusto en esa buena disposición de las autoridades eclesiásticas una señal de simpatía por la grande y sagrada causa a la que está dedicado nuestro congreso de hoy, y también nosotros recordamos con gusto en este lugar que los ideales del socialismo, a los que servimos y que queremos llevar a la victoria, han brotado de un mundo de ideas y de sentimientos que ha dejado también hondas huellas en la historia de la religión cristiana. (Aplausos.)

¡Estimados camaradas de partido! ¿En qué consiste la tarea y el significado de nuestra manifestación de hoy? En dar a las deliberaciones del congreso, que empezarán mañana, el fondo necesario. Ha de dar testimonio de que el sentimiento, la convicción y la voluntad que se expresarán en las deliberaciones del congreso no son solo los de unos cientos de hombres y mujeres pertenecientes a veinte países y pueblos distintos, sino que son los sentimientos, la convicción y la voluntad de las masas más hondas y más amplias los que allí se expresarán. Y no hay duda: detrás de los miles y decenas de miles que hoy se manifiestan en Basilea contra la guerra y por la paz hay incontables cientos de miles y millones que piensan y sienten como vosotros y están con nosotros en espíritu. Si en lugar de Basilea se hubiera elegido por azar otra ciudad, en Alemania o en Francia, en Austria o en Italia, el mundo habría visto el mismo espectáculo: el espectáculo de unos trabajadores que aborrecen la guerra por su convicción más íntima y que esperan de sus hombres de confianza que opongan el poder reunido de las clases obreras europeas a aquellas potencias que intentaran desencadenar por frívola codicia de poder una guerra europea. (¡Bravo!)

¡Estimados camaradas de partido! Lo sabemos bien: la causa de la paz entre los pueblos no es una causa de partido, sino una causa de todo el pueblo. Pero sabemos también que en este mundo de duros hechos la causa de la paz solo está asegurada si detrás de ella hay una fuerza, si puede apoyarse en una fuerza rigurosamente organizada, dirigida con claridad de objetivos y capaz y dispuesta a actuar. Y esa fuerza no puede ser hoy otra que la clase obrera socialista. Solo ella está libre de los intereses económicos, sociales y políticos en cuyos enredos y antagonismos reside el peligro de una guerra. Solo ella está libre de las corrientes espirituales del nacionalismo y del chovinismo que han invadido a las demás clases y partidos. Solo ella está situada de tal modo que entre sus condiciones económicas y sociales de vida y sus ideales no solo no hay contradicción alguna, sino que está obligada a realizar sus ideales si no quiere perecer. Y solo ella representa, gracias al número de sus miembros, a su organización y a su disciplina, una fuerza con la que hoy tienen que contar también los más poderosos de entre los poderosos. (Aplausos.) La socialdemocracia europea aborrece la guerra que amenaza en el horizonte de Europa, pero no la teme. Si hay en Europa una fuerza que no tiene nada que temer y sí mucho que ganar de una guerra mundial, es ella. Una guerra europea desencadenaría, con toda probabilidad, enormes movimientos y conmociones que no podrían sino acelerar el hundimiento del sistema económico que hoy hace sufrir a la clase obrera. Pero no deseamos que la evolución tome ese camino de horror y de espanto. (¡Muy cierto!) Sabemos que las fuerzas que actúan como motor en nuestro orden económico nos llevarán a la victoria también sin la catástrofe de una guerra europea. Pero los que hoy juegan sacrílegamente con el peligro de la guerra mundial, los que engañan e inquietan a la opinión pública y quisieran azuzar a los pueblos unos contra otros, han de saber que la socialdemocracia europea contempla sus manejos con asco y desprecio, pero sin miedo ni zozobra. Si en su loca ceguera se dejaran arrastrar a encender el incendio con el que juegan desde hace semanas y meses, experimentarán en sí mismos la verdad de la sentencia: ¡la historia universal es el juicio universal! (Aplausos tempestuosos.)

Declaro abierta la asamblea de hoy y doy la palabra en primer lugar al camarada Haase.

Haase (Berlín): ¡Honorable asamblea, camaradas de partido! Al son de las campanas y del órgano, la socialdemocracia internacional ha hecho hoy aquí su entrada como portadora y encarnación de la idea de la paz. Ideas y sentimientos revolucionarios nos llenan el corazón y la cabeza, pero no apuntan a la destrucción, sino a la paz y a la reconciliación de los pueblos. ¡Qué estridente es frente a ello el cuadro que nos ofrecen ahora los Balcanes! El grito salvaje de la «risa roja»,19 desfigurada por la locura, llega hasta nosotros. Nos estremece el horror al pensar en las matanzas de las últimas semanas. Decenas de miles de personas han sido masacradas allí, y la furia de la guerra se abate sin piedad sobre ellas. Los ejércitos en lucha no se dan tiempo siquiera para enterrar a sus muertos. Decenas de miles están heridos y no hay nadie que los cuide. Sobre cadáveres yacen heridos, cubiertos por cadáveres. Nadie oye sus gemidos; muertos de hambre, se desangran de sus heridas. Las aldeas, apacibles moradas de ancianos, mujeres y niños, han sido incendiadas, y, en un cuadro de la más honda desolación, los campesinos macedonios marchan con mujer e hijos, helados y hambrientos, hacia Constantinopla. Y cuando un día se firme la paz, ¡qué mar de lágrimas, de miseria de masas, de pena y de desesperación se derramará entonces sobre esas tierras! El país está ya despoblado, la vida económica destruida por mucho tiempo, las finanzas arruinadas, y muchos de los que respetaron los cañones corren peligro de caer víctimas del estrangulador diabólico, la peste. Todos conocemos la imagen de los jinetes del Apocalipsis, que traen a la humanidad la guerra, el incendio, el hambre y la peste. Ahora galopan por los Balcanes, pisoteando bajo sus cascos la paz y el bienestar de los pueblos. También la socialdemocracia de los países balcánicos quería liberar a los pueblos, pero no por el medio brutal y deshonroso para la humanidad de la guerra, sino mediante una unión de los Estados, incluida Turquía, en una república federativa. Nuestros camaradas de los Balcanes eran todavía demasiado débiles para realizar ese plan; todavía no había llegado el momento de llevar ese ideal a los hechos. Pero es para nosotros un pensamiento consolador y alentador que, como en todas partes, también en los Balcanes el proletariado crecerá en cohesión, en lucidez, en energía, en fuerza y en poder, y que la socialdemocracia podrá reconstruir buena parte de lo que ahora se destruye contra su voluntad. Esperamos un armisticio, esperamos que la guerra termine, que se ponga freno cuanto antes a la matanza asesina de la soldadesca. Pero no desconocemos el peligro para la paz europea, que subsiste también entonces. ¿Qué será de Constantinopla, de Salónica, de las provincias de Asia Menor? Sabemos de sobra que la jauría imperialista extiende también sus ávidos tentáculos hacia Asia Menor, y si el proletario no consigue rechazar con decisión esos ataques a la cultura y a la civilización, la guerra mundial no es en absoluto imposible. En nuestra diplomacia no se puede confiar lo más mínimo. Todavía querría mover a los pueblos de un lado a otro como figuras en un tablero de ajedrez. Pero el proletariado se ha hecho independiente y hará valer su poder. Es cierto, no desconocemos los límites de nuestro poder, pero sabemos también que no se nos puede apartar con un leve movimiento de la mano. (¡Muy cierto!) Las grandes manifestaciones del proletariado en el mundo entero no pueden dejar de impresionar a los poderosos. Tienen que aparecer como un mane, tecel, fares en letras de fuego en las paredes de los palacios de los reyes, de los ministros y de los embajadores, precisamente ahora, cuando la guerra de los Balcanes da a nuestros gobernantes, si quisieran aprender, la lección de que no alcanza la victoria una tropa que no va a la batalla con pleno entusiasmo y entrega por una gran causa, sino forzada únicamente por el brazo de hierro de la disciplina militar. Los gobernantes han de saber que el proletariado internacional aborrece la guerra desde lo más hondo de su alma y que nunca conseguirán que vaya con entusiasmo al combate y dispare contra los que aprecia, contra los que ama: sus hermanos proletarios. (Aplausos tempestuosos.) Nubes oscuras rodean el cielo político, pero aun así brilla a través de ellas la esperanza de que nos acercamos a la meta. Lo que soñaron los espíritus más nobles, lo que reconocieron los más grandes pensadores y proclamaron como mandato de la razón, lo realizará —podemos decirlo sin presunción— el proletariado internacional. Unido y agrupado en la lucha de clases contra la explotación social y la opresión política, con la supresión de toda dominación de clase creará la base sobre la que podrán prosperar la paz perpetua, la fraternidad de los pueblos y la libertad de los pueblos. (Aplausos tempestuosos y prolongados.)

Keir Hardie (Londres):20 ¡Honorables asistentes! Todos sabéis con qué fin estamos aquí. Queremos impedir un gran crimen contra la humanidad. El estallido de la guerra de los Balcanes fue la prueba de la bancarrota de los estadistas de Europa. Si en 187821 se hubiera resuelto con justicia la cuestión balcánica, quizá esta guerra no habría sido nunca necesaria. Este congreso, que representa a 15 millones de electores socialdemócratas, es una fuerza enorme para la protección de la paz europea. Representamos en conjunto a 45 millones de personas de las clases trabajadoras, unidas de manera irresistible, no solo regional o nacionalmente, sino en una organización que abarca el mundo. (Vivos aplausos.) Democracia y guerra son contradicciones inconciliables. La democracia es inconciliable con el militarismo en cualquiera de sus formas. (¡Muy cierto!) El proletariado del mundo no tiene disputas en su seno; solo tiene diferencias con las otras clases de su propio país. Se habla mucho de una tensión entre Alemania e Inglaterra. Pero el obrero alemán y el inglés no sienten enemistad el uno por el otro. Si de verdad hay un roce, la causa hay que buscarla en las clases dominantes. La causa es que el gobierno de Gran Bretaña y el gobierno de Alemania tienen los mismos intereses en territorios extranjeros, pero no interés por su propio pueblo. (¡Muy cierto!) Nuestro objetivo tiene que ser la unidad efectiva de todos los trabajadores, no solo la de los hombres, sino también la de las mujeres de todos los países. La lucha por la libertad y el progreso está decidida en el terreno político, en gran parte, a nuestro favor. Ahora tenemos que librar la misma lucha por la libertad en el terreno económico, y con toda arma eficaz. Hasta donde llegue nuestra influencia, haremos que los gobiernos se abstengan de toda injerencia en los Balcanes. Y que no se impongan a Turquía condiciones de paz excesivamente duras. Exigimos juego limpio y una política de libre desarrollo para todos los distintos pueblos de los Balcanes. Esa es nuestra política colonial. (Vivos aplausos.) Pero si la diplomacia quisiera encender una guerra mundial en las cuestiones balcánicas, la democracia tiene el deber sagrado de emplear todas las armas que puedan impedir el estallido de la guerra. Si para ello no basta la acción política, espero que la clase obrera no vacile en hacer uso de la segunda gran arma, el arma económica: la huelga revolucionaria internacional contra la guerra. Nuestra manifestación de hoy nos ha llevado desde el templo de Moloc, el cuartel, a esta iglesia, un templo de la humanidad. Llegaremos a la paz mundial mediante la lucha. Espero y creo que nuestro gran movimiento internacional vencerá a todos los poderes de la opresión y de las tinieblas. Trabajamos para la generación venidera, para un tiempo en que la humanidad viva de un modo más digno y el espíritu de humanidad sea la señora suprema. (Aplausos tempestuosos.)

Hermann Greulich (Zúrich): ¡Estimada asamblea, camaradas! Por encargo de la dirección de nuestro partido suizo tengo que declarar aquí que nos sumamos de todo corazón a la protesta contra la guerra. ¿Cómo nacen todavía hoy las guerras? Principalmente porque el capital, cada vez mayor y más poderoso, que explota a la población de su propio país, busca campos cada vez mayores y más amplios, quiere anexionar al propio reinos cada vez mayores, para abrirse nuevas fuentes de dominación y de explotación. El capital no se arredra ante el robo de países enteros, como hemos visto en Trípoli.22 ¿Y qué papel desempeñan los diplomáticos? Uno está tentado de preguntarse si lo que ahora se ha visto es verdadera incapacidad o si no es más bien hipocresía, que deja ocurrir lo que ocurre para traer a otros pueblos desgracia y miseria. (¡Muy cierto!) La guerra, en la era de la máquina, se hace con máquinas; no tiene nada del romanticismo de las guerras de nuestros libros de escuela. Se mata antes de ver siquiera al enemigo a simple vista; la matanza empieza con los cañones a kilómetros de distancia. En la guerra de los Balcanes combaten ejércitos relativamente pequeños, y sin embargo en pocas semanas hay que contar ya por cientos de miles los muertos y heridos, y el número de los que sufren y desfallecen y sucumben a la epidemia, a la muerte negra, al cólera, es también enorme. Qué miseria de masas y qué carnicería humana se producirían si en el estrecho espacio de la cultura de Europa se lanzaran muchos millones de hombres unos contra otros, es algo que no puede ni imaginarse. (¡Muy cierto!) ¿No sería eso la locura consumada, puede la humanidad tolerar todavía eso en el siglo XX? Ciertamente, se acerca cada vez más el tiempo en que los pueblos en armas y de uniforme se negarán a dejarse masacrar. (Aplausos tempestuosos.) Pero todavía no está excluida la posibilidad de que se cometa una vez más un gran genocidio. Se sabe cómo se hace eso. El capital es poderoso y tiene en sus manos un poder inmenso, su prensa. Si esta consigue azuzar al pueblo, ponerlo en un delirio nacional —lo hemos vivido en Italia durante la expedición de rapiña a Trípoli—, es posible que también los pobres proletarios se dejen contagiar de ese delirio y vayan también a la guerra. Y aquí, aquí se muestra nuestra tarea: los socialdemócratas tenemos que impedir que se llegue a semejante instigación. Tenemos que destruir la doble mentira nacional que hace creer a cada pueblo que él solo es el elegido y que todos los demás pueblos son sus enemigos. (¡Bravo!) Tenemos que hacer entrar en el corazón de los pueblos la idea de que todo pueblo, por avanzado y civilizado que se crea, puede y debe aprender de los demás pueblos. (¡Bravo!)

Nuestra tarea histórica es llevar esta idea al corazón de todos los hombres, porque la burguesía ha abandonado en su mayor parte las ideas de paz de sus grandes precursores. Lo que escribieron Goethe y Herder, lo que escribió Kant en su tratado La paz perpetua: que la paz y la libertad solo pueden descansar en la gran constitución republicana, está perdido para la burguesía. Nosotros lo recogemos; somos el único partido de masas que exige la paz y lleva ante el pueblo la bandera de la protesta contra la guerra. Por eso los 4¼ millones de votos socialdemócratas23 en el Estado central del militarismo europeo, en Alemania, son una magnífica garantía de la paz entre los pueblos. (¡Bravo!) Ciertamente, todavía no tenemos detrás a la mayoría del pueblo, ¡pero en todo caso somos muchas veces más numerosos que los belicistas y los interesados en la guerra!

¡Camaradas! Es una hora histórica, un día histórico, el que vivimos y que ayudamos a hacer. Desde miles y miles de púlpitos se predica que el hombre es imagen de Dios y que el cuerpo humano es de origen divino. ¡Qué contradicción estridente con ello es el asesinato en masa organizado! Por eso, desde este púlpito ha de proclamarse libre y abiertamente que el más terrible criminal contra Dios y contra los hombres sería el que se atreviera a firmar una declaración de guerra que trajera a los pueblos el asesinato y la ruina. (Aplausos tempestuosos y prolongados.) Nosotros, en Suiza, solo podemos, ciertamente, daros la razón a los demás y ayudaros a impedir las guerras. Nuestra Suiza no empieza ninguna guerra y se alegra si no la atacan. Nuestro Consejo Federal no tiene derecho a declarar la guerra; tiene, por el contrario, el deber de proclamar en el acto nuestra neutralidad dondequiera que estalle una guerra. Por eso solo podemos acompañar con nuestra simpatía vuestra lucha contra la guerra. Por lo demás, nos atenemos a la vieja Internacional y a Karl Marx, que después del 4 de septiembre de 1870, aun ante el dudoso republicanismo del nuevo gobierno provisional, declaró a los camaradas franceses que en la continuación de la guerra que se les había impuesto tenían que cumplir ante todo su deber de ciudadanos.24 Tampoco a nosotros nos pediréis que reneguemos de nuestro deber de ciudadanos. Nuestro ejército no sirve a la guerra, sino solo a la protesta contra la guerra. Querer impedirle marchar no sería más que invitar a ejércitos extranjeros a escoger el suelo de Suiza como teatro de la guerra. La Internacional no es antinacional, sino que reclama para todo pueblo y toda nación la plena independencia. De ese sentir nace también la consigna que proclamamos: los Balcanes para los pueblos balcánicos. Así queremos también nosotros cumplir nuestro deber de ciudadanos, hasta que un día los Estados Unidos de Europa acojan también a nuestro pequeño país y las espadas se transformen en herramientas de la paz y de la cultura. (Aplausos tempestuosos.)

A continuación, el presidente, consejero de gobierno Blocher, da la palabra al representante de Bulgaria, Sakazov (Sofía), observando que fue el único miembro del Sobranie25 búlgaro que protestó contra la guerra y que vuelve ahora de los campos de batalla de Macedonia.

Sakazov (saludado con aplausos tempestuosos): La guerra de los Balcanes es la mejor prueba de lo bien fundadas que están nuestras reivindicaciones socialistas. Esta espantosa carnicería humana debería mostrar hasta al más necio lo infinitamente mezquina que es la política de las clases dominantes. Si se quería resolver pacíficamente el problema balcánico, no había otro camino que el que señaló la socialdemocracia: el camino de la reforma en Turquía. Pero eso no lo querían las grandes potencias, no lo querían el capital y sus servidores, que querían utilizar los Balcanes como una especie de colonia para su influencia. Tampoco nuestros gobiernos balcánicos querían las reformas más corrientes de la vida diaria, sino el papel de héroes de guerra, el reparto de Turquía. Así se llegó a la guerra, y lo que es una guerra moderna, qué crueldad y qué miseria trae consigo, lo han visto nuestros ojos y lo han sentido nuestros nervios y todo nuestro corazón. Obreros, campesinos, comerciantes y maestros fueron arrancados de su oficio y de su familia, y se rompieron todos los lazos humanos. Sobre todo el país reina el estado de guerra. El correo existe todavía, pero cada carta está sometida a la censura más rigurosa. La gente no sabe dónde está tal o cual regimiento, y por eso el soldado no recibe cartas ni telegramas; el hombre está aislado de todos sus seres queridos. El soldado marcha sin saber adónde; le ponen el fusil en la mano, lo ponen bajo la bandera, lo llevan de un lado a otro de día y de noche y le dicen: aquí está el enemigo, has de tomar esta o aquella posición. Hambriento, sediento y helado, en el campo, en los valles, entre los matorrales, en el agua y en el fango, marcha el soldado. La palabra servicio sanitario es pura ironía. Pasan horas hasta que un soldado de sanidad llega a los heridos en el campo de batalla. Innumerables heridos mueren desangrados antes de que los encuentren. Y si todavía son capaces de arrastrarse hasta un puesto sanitario, allí viven lo más espantoso. ¿Qué van a hacer los diez o veinte médicos con los cientos, con los miles de heridos? Vemos cómo esos heridos alzan las manos, cómo suplican al médico que venga a ellos, que les vende las heridas, que les dé un vaso de agua, un vaso de coñac. En vano se arrastran esos hombres de rodillas hacia los puestos sanitarios. No puedo describiros esos rostros desgarrados, esos cuerpos destrozados. No encuentro las palabras con que quisiera quejarme ante vosotros de lo que es una guerra en el sentido moderno. La guerra moderna sacrifica a cientos y miles y olvida a cientos y miles que yacen en los valles. Los combatientes de un mismo ejército se disparan unos a otros sin saberlo, de noche, en la oscuridad, en la niebla, a gran distancia, donde ni siquiera pueden distinguir contra quién disparan. Cuando luego la infantería penetra en las posiciones enemigas, el teléfono no puede funcionar enseguida para detener el fuego de artillería, y la artillería dispara entonces contra sus propios soldados. Pasan catorce días hasta que los heridos y mutilados llegan a una buena habitación y quedan a salvo en una cama como es debido. Los sufrimientos son tantos y los que ayudan tan pocos.

¿Y no habríamos de poder impedir estos horrores espantosos? Tenemos que llevar a cabo reformas por la vía pacífica según principios socialistas. Esta política pacífica de reformas es nuestra fuerza. También el pueblo búlgaro nos comprenderá después de la guerra. Pero vosotros tenéis que procurar la ilustración antes de la guerra, antes de que se desate la miseria. Confiamos en vosotros, socialdemócratas europeos, que nos habéis dado la doctrina del socialismo, en que nos mostraréis también los medios para abolir la gran carnicería humana, para poder vivir y trabajar en paz. Los países balcánicos, los países atrasados del mundo entero, miran al Congreso de Basilea, a sus medios, que han de liberar a la humanidad de los sufrimientos del capitalismo y de las clases gobernantes. ¡Viva el socialismo, viva la socialdemocracia! (Aplausos tempestuosos.)

Dr. Victor Adler (Viena): ¡Honorable asamblea! Es un sentimiento raro y profundo el que me embarga al tomar aquí la palabra, un sentimiento profundo de las singulares contradicciones en que vivimos, de la antítesis histórica que hay en el hecho de que estemos reunidos aquí, en una iglesia que nos han abierto hombres a los que no conozco, pero para los que la palabra cristianismo significa todavía, sin duda, amor a los hombres, paz en la tierra, buena voluntad hacia los hombres. Aquí nos reunimos nosotros, los enemigos de todo orden, los enemigos de toda religión —de eso se nos acusa siempre—, y nos manifestamos por la paz, por la misericordia humana en el mundo, mientras las Iglesias y los patronos de Iglesias del mundo entero, los que en cada procesión van más cerca de la cruz, son enemigos de los hombres y planean un asesinato en masa inaudito como no se ha consumado todavía en la historia con igual frialdad diabólica. Pasamos por ser los enemigos de la familia, que quieren socavar todo lo sagrado de la humanidad. ¡Lo sagrado de la familia! Mirad: hoy estamos aquí por nuestros hijos, a los que se quiere asesinar, por la posibilidad de que subsistan cientos de miles de familias en toda Europa. (¡Muy cierto!) Somos enemigos de la propiedad, es decir, de la propiedad privada, que es un robo. Pero acusamos a quienes quieren destruir de manera frívola, violenta, criminal, sin sentido ni objeto, la propiedad de la humanidad entera, el trabajo de cultura acumulado durante siglos en todos los países. ¡Camaradas de partido! Nosotros, los austriacos —tampoco aquí puedo olvidar que vengo de Austria (risas)—, llevamos ahora la responsabilidad más pesada. Venimos del país cuyos gobernantes van a tomar la decisión en esta hora, y nos abruma pensar que, mientras deliberamos aquí por la paz, no solo en Petersburgo, sino también en Berlín y en Viena, vacila la decisión de si hemos de marchar. Por eso queremos decir al menos una cosa: nosotros, en Austria y en Hungría, estamos hechos de doce pueblos acoplados, pero ninguno de esos pueblos tiene nada que esperar de una guerra como la que ahora quiere estallar; ninguno de esos pueblos la quiere. Todos esos pueblos necesitan cultura, instrucción, hospitales, escuelas. Todo eso solo lo tenemos hasta ahora en la medida más mísera. Necesitamos instrucción, un poco de libertad y un poquito, muy poquito, de sensatez en los que mandan en nuestro país. (Risas.) La valentía en el campo de batalla y la ambición en la política no pueden reportarnos nada. Todos nuestros pobres pueblos no necesitan una guerra, sino que necesitamos ideas. No tenemos ningún enemigo al que quisiéramos quitarle algo, y nadie quiere quitarnos nada. No tenemos consejos que dar a nuestros estadistas, y aunque se los diéramos, no los escucharían. (Risas.) Pero lo seguro es que hasta una guerra victoriosa, además de la miseria de masas que sin duda traería consigo, significaría para la estructura del Estado austriaco el comienzo del fin. Austria no tiene ya nada que conquistar en el mundo, nada que ganar, sin hacerse pedazos, un peligro del que ya ahora está peligrosamente cerca.

Por desgracia, que haya guerra o no, no depende de nosotros, los socialdemócratas. Que la clase obrera de todos los países gana poder cada día, eso lo vemos; es nuestro trabajo, nuestra vida. Pero no nos sobrestimemos, y no sobrestimemos sobre todo la sensatez de nuestros gobiernos. Lo que podemos es impedir que haya una guerra. No puede haber una guerra que sería la maldición de todos los pueblos. (Aplausos tempestuosos.) Dondequiera que llegue nuestra voz, donde podamos sacudir a los proletarios, donde podamos adueñarnos de la conciencia pública, queremos despertar la consciencia de qué crimen es la guerra que se quiere hacer. Eso podemos hacerlo, eso lo haremos. Los pueblos sabrán que la responsabilidad recae en los gobernantes, que ellos tendrán que cargar con la responsabilidad de todas las consecuencias.

Tenemos la esperanza que nace del conocimiento de la historia universal: la esperanza de que, pese a todo, esos círculos no podrán detener el progreso de la historia universal, sino que al crimen histórico tiene que seguir el castigo histórico. Tenemos la esperanza de que a ese crimen, si llegara a cometerse, se unirá automáticamente —¡automáticamente, digo!— el comienzo del fin de la dominación de los criminales.

¡Camaradas de partido! Estamos aquí reunidos en Basilea para hablar juntos en la hora del mayor peligro. No hay nada más alentador, nada que dé más fuerza a cada uno para su lucha, que saber que son miles y miles, que son millones, los que marchan en una misma línea con nosotros, digan lo que digan los agitadores nacionalistas. No hay nada más alentador que esta gran corriente única de la idea internacional de humanidad que se encarna aquí, en esta asamblea de nuestro congreso; nada más alentador que ver cómo no solo el sentir y la convicción internacionales, sino también la acción de todos los partidos del proletariado se acercan cada vez más entre sí de un modo ordenado.

Pero, camaradas, lo más importante es que estamos aquí en la fuente común de nuestra fuerza, que de aquí nos llevamos la fuerza para que cada uno haga en su país lo que pueda, por las formas y los medios que tenemos, con todo el poder que poseemos, para oponernos al crimen de la guerra. Y si llegara a consumarse, si de verdad llegara a consumarse, entonces tenemos que procurar que sea una piedra, una piedra del fin.26

Ese es el sentir que anima a toda la Internacional. Quizá sea demasiado tarde para contar con la razón de los gobernantes; esperemos que en el último momento retrocedan ante la comisión del peor de los crímenes.

¡Camaradas! Lo que nuestro amigo Sakazov nos ha contado aquí de lo que vio personalmente en los Balcanes es solo un juego de niños comparado con lo que nos espera si esta guerra se convirtiera en una guerra mundial. Porque esta guerra de los Balcanes es un idilio si se desencadenara una guerra general y se hiciera con todos los medios del refinamiento mecánico, con medios como nunca se han puesto en juego. Y si el asesinato, el incendio y la peste recorrieran la Europa civilizada... solo podemos pensar en ello con escalofríos, y la indignación y la ira brotan de nuestro pecho. Y nos preguntamos: ¿es que los hombres, es que los proletarios son todavía hoy de verdad corderos que pueden ser llevados mudos al matadero? A esa pregunta no podemos dar respuesta. Pero esto sí lo sabemos: llegará la hora en que el proletariado empleará su lenguaje para acusar, y llegará la hora en que el proletariado tendrá también la espada para ejecutar la sentencia. (Aplausos tempestuosos.)

Jaurès (Francia): Camaradas, estamos reunidos aquí en un momento lleno de inquietudes y lleno de responsabilidades. Primero la carga de la responsabilidad pesó con más fuerza sobre los hombros de nuestros hermanos de los Balcanes. Ahora oprime cada vez más a nuestros amigos austriacos. Pero, en definitiva, esa enorme responsabilidad pesa sobre toda la Internacional, por un lado a causa de nuestra solidaridad, y por otro porque tenemos que impedir que el conflicto se extienda, que se convierta en un incendio y arrastre a sus llamas a todos los trabajadores de Europa. Impedirlo es el deber de todos los trabajadores del mundo; no se trata de una causa nacional, sino de una causa internacional. Hace poco la prensa burguesa de Francia se burlaba del congreso y decía que era una mera parada socialista, que los socialistas sabían muy bien que la paz no estaba amenazada en absoluto y que solo querían poder dar después la impresión de que con sus protestas habían salvado a la patria. Pero al día siguiente esos mismos periódicos tuvieron que publicar las noticias más graves. La verdad es que todo está lleno de inseguridad y de confusión; la verdad es que la propia clase capitalista está dividida y partida en dos bandos, que no sabe si en un choque general tiene más que perder o que ganar; la verdad es que todos los gobiernos, por miedo a consecuencias imprevisibles, no logran tomar una decisión. En todos los países hay corrientes opuestas. Unos están contra la paz, otros están contra la guerra. La balanza del destino tiembla en las manos de los poderes dominantes. (Agitación.) Pero de pronto un vértigo podría apoderarse de los que vacilan. Por eso tenemos que intervenir, tenemos que hacer imposible la guerra nosotros, los trabajadores y socialistas de todos los países. (Vivos aplausos.) ¡Oh, espero que no estaremos solos en esta lucha! Aquí, en Basilea, los cristianos nos han abierto su catedral. Nuestro objetivo es también su idea, es también su voluntad: conservar la paz. Todos los cristianos que escuchan todavía en serio las palabras de su maestro tienen que abrigar la misma esperanza que nosotros. Se opondrán con nosotros a que los pueblos caigan en las garras del demonio de la guerra. (Aplausos tempestuosos.) También el modo en que hemos sido acogidos esta mañana aquí, en Basilea, nos da a la vez fuerza y esperanza. Y el mismo sentimiento despertó el saludo con que el gobierno de Basilea ha recibido a la Internacional. Era una buena señal: donde el espíritu de la democracia ha podido penetrar en las profundidades, como en Basilea, donde tiene detrás un proletariado bien organizado, se extiende por todo el pueblo un sentir noble, y eso es esperanza para nosotros en cualquier hora. (Aplausos tempestuosos.)

En esta iglesia misma, el son de las campanas que nos recibió me pareció hace un momento como una llamada a la reconciliación general. Me recordó el lema que Schiller puso a su magnífica Canción de la campana: Vivos voco, mortuos plango, fulgura frango!27 Vivos voco: ¡llamo a los vivos a defender la vida amenazada por el asesinato! (Agitación.) Mortuos plango: ¡lloro a los incontables muertos que yacen en los terribles campos de batalla del otro extremo de Europa, cuyo olor a descomposición llega hasta nosotros como el remordimiento por los crímenes! (Agitación.) Fulgura frango: ¡quiebro los rayos de la guerra que brillan en las nubes y anuncian el peligro! (Aplausos tempestuosos.)

Pero no basta que aquí y allá, disperso e inseguro, haya buena voluntad de lucha. Necesitamos la unidad de voluntad y de acción del proletariado combatiente y organizado. (Vivos aplausos.) La hora que vivimos es grave y trágica. Cuanto más claro se hace el peligro, cuanto más se acercan las amenazas, más apremiante se vuelve la pregunta que el proletariado nos hace a nosotros, no, que se hace a sí mismo: si el monstruo está de verdad ahí, si de verdad se le va a exigir que proceda al fratricidio. ¿Qué haremos para escapar a este espanto? No podemos responder a esta pregunta de espanto aturdido prescribiendo un movimiento determinado en un momento determinado. Cuando la niebla cubre el mar, cuando las olas se encrespan, el marino no puede predecir para cada minuto las medidas concretas. Pero la Internacional tiene que velar por que su palabra de paz llegue a todas partes, por desplegar en todas partes su acción legal o revolucionaria, que impedirá la guerra o bien servirá para tomar venganza de los criminales que la hayan causado. (Aplausos prolongados.)

Los gobiernos de Europa tienen que comprender que es aquí donde está el verdadero significado del congreso: afirma, realiza y fortalece nuestra unidad. Intercambiamos opiniones, ideas, conocimientos, promesas, resoluciones y esperanzas. ¡Y no puede ser que al día siguiente del congreso esta acción se disuelva!

Tenemos que ir a todas partes a llevar a las masas la consciencia de nuestra acción; en todos los parlamentos tenemos que confirmar una vez más nuestra resolución de paz. (Vivos aplausos.) La idea de la paz y de la Internacional se apodera de todas las cabezas, y mientras los gobiernos vacilan y titubean, tenemos que hacer surgir ante ellos la acción proletaria. (Aplausos tempestuosos.) Esa es la obra de este congreso. ¡No cabe imaginar otra mayor! Bajo estas bóvedas se han elevado ya tantas ideas, tantas esperanzas. Pero por alto que haya sido el vuelo de esos sueños, nada puede haber más sublime que la voluntad de fundar en la vida la justicia y la paz. (Aplausos muy prolongados.)

En estos mismos recintos se reunió una vez una asamblea de obispos y se desgarró en las luchas del cisma y de la descomposición. ¡Qué contraste con la reunión de hoy! No estamos aquí en el estado de escisión de los antagonismos de intereses, sino en la unidad del corazón, del pensamiento, de la doctrina, de la acción y de la voluntad. Y saldremos de estos recintos con el juramento de salvar la paz y la cultura. (Vivos aplausos.) Pensaremos en la frase que pronunció hace poco un alemán: ¡que los gobiernos piensen, cuando provocan el peligro de guerra, con qué facilidad podrían los pueblos hacer la simple cuenta de que su propia revolución les costaría menos víctimas que la guerra de los otros! (Aplausos tempestuosos y muy prolongados.)

Daszynski (Cracovia):28 ¡Camaradas! La luz siniestra de la antorcha de guerra que se ha encendido en los Balcanes ilumina un cuadro singular de la vieja Europa capitalista, erizada de cañones. Y sin embargo no fue capaz de impedir que los pequeños pueblos balcánicos se masacraran sangrientamente. Su diplomacia ha tenido que declararse en bancarrota ante nuestros ojos, y si todavía hubiera una diplomacia, debería presentarse en nuestra reunión de Basilea para informarse de lo que piensan las masas populares de los Estados y de sus ganas de guerra. Pero para los diplomáticos no somos nada; la prensa burguesa solo usa nuestros congresos como aperitivo, y los miembros de nuestros partidos no son más que objetos de persecución. Como la diplomacia, también la ciencia militar ha hecho bancarrota. ¿Qué aspecto tiene a la luz de la antorcha de guerra en los Balcanes? Me viene a la memoria una anécdota sobre el asalto a la fortaleza de Kirk Kilise.29 Un comandante del Estado Mayor y un capitán de infantería van sentados juntos en el tranvía, y el capitán dice: «Mi comandante, los campesinos búlgaros han tomado Kirk Kilise». «Imposible», replica el comandante, «hay que emplazar cañones de posición, hay que asegurar el abastecimiento. Eso tiene que durar tres semanas, y los búlgaros no llevan más que tres días ante Kirk Kilise». El capitán contesta: «Sí, mi comandante, es que esos campesinos búlgaros tontos no sabían sencillamente que una fortaleza moderna no se puede tomar a la bayoneta, y aun así la han tomado». A la luz de este hecho ha quedado en ridículo toda la sabiduría oficial de nuestros altos mandos militares del oeste de Europa, y Goltz Pachá30 y los demás pachás de la instrucción han perdido terriblemente autoridad. Parece como si se nos quisiera empujar a ciegas a la mayor de las ruinas. Nuestra única estrella polar es la solidaridad de la humanidad trabajadora en la protesta. ¿Cómo va a ir, por ejemplo, la nación Austria a una guerra europea? Polacos, rutenos y eslavos del sur tendrían que disparar contra polacos, rutenos y eslavos del sur, disparar contra sus hermanos, que, metidos en uniforme en el ejército enemigo, serían llevados al matadero. El único sentimiento que habita también en el ser más embrutecido, el sentimiento de la solidaridad nacional, sería abatido allí a sangre. Pero igual de imposible es para los obreros alemanes y franceses dispararse unos a otros. Se sienten hermanos. Tienen que darse cuenta de que un orden maldito de Dios que convierte en deber semejante fratricidio tiene que ser derribado. (Vivos aplausos.) Un orden que decreta el fratricidio como el mandamiento supremo de la sabiduría del Estado está maduro para ser barrido. Toda guerra semejante tiene que contar con el castigo que cae con todo su peso sobre los vencidos. Napoleón III y Nicolás II han experimentado lo que significan las guerras perdidas. Cuanto más hondo are el militarismo la sociedad capitalista moderna con su tornillo fiscal, con el arrastre de millones a sus cadenas, más alto crecerán nuestras espigas. Entonces sonará pronto, sin duda, la última hora del enemigo de la humanidad, el capitalismo. (Vivos aplausos.)

Con la canción «Porque los pueblos quieren paz, paz quiere todo corazón humano» terminó el impresionante acto de la catedral, al comienzo del cual el órgano había tocado la misa en do menor de Bach.

Las diez a quince mil personas que no habían encontrado sitio en la propia catedral habían llenado la amplia plaza delante, al lado y detrás de ella, y se habían agrupado en torno a cuatro tribunas desde las que los representantes de todas las naciones hablaron enteramente en el espíritu de los discursos de la catedral.

Segunda jornada. Lunes 25 de noviembre de 1912

El presidente, Greulich, abre la sesión poco antes de las diez con el siguiente discurso: La mesa que habéis elegido para dirigir esta asamblea os agradece la confianza que le habéis demostrado y espera poder llevar los trabajos a buen fin. Nos proponemos terminar hoy mismo nuestras deliberaciones; tenemos, pues, que administrar nuestro tiempo, y por eso el obligado discurso del presidente se limita a pocas palabras.

Cuando hace 43 años celebramos en Basilea el IV Congreso de la vieja Internacional, el Times escribió que la Internacional era a great soul in a small body, que la Internacional era una gran alma en un cuerpo pequeño. Entonces pensábamos acabar muy pronto con la sociedad burguesa. Pero sobre cómo debía hacerse la cosa, la gran alma tenía opiniones extraordinariamente divididas. Entre nuestros hermanos franceses había tantas opiniones como delegados, y en las demás naciones no era mejor. Por eso sacamos adelante a duras penas dos acuerdos, sobre la cuestión de la tierra y sobre la herencia.31 Con ello quedó despachado en lo esencial el trabajo de la semana.

El cuerpo de la nueva Internacional es grande: se cuenta por millones. Pero nuestra alma no se ha hecho más pequeña, sino solo algo más clara. Sobre los fines y los medios de nuestro movimiento reinan hoy la claridad y unas directrices uniformes en todos nuestros partidos hermanos, y esas directrices están ya establecidas en las condiciones de admisión. Las diferencias se limitan a cuestiones tácticas concretas, sobre las que siempre habrá opiniones distintas. Hoy estamos reunidos para tomar posición contra la guerra. La mesa y la comisión preparatoria han elaborado con trabajo una propuesta detallada. Desearía que este congreso extraordinario no se convirtiera en un club de debate. Su importancia solo puede estar en la manifestación unánime de una voluntad firme. Os rogamos que pospongáis las diferencias de opinión secundarias a las grandes directrices para la Internacional Socialista. Nuestra resolución dejará libertad a todas las naciones y no obligará a ninguna a medidas determinadas. (Aplausos.)

Pido permiso para dar las gracias en nombre del congreso al Consejo de Gobierno del cantón de Basilea-Ciudad, que ayer nos envió el mensaje de felicitación aunque solo forman parte de él dos miembros socialistas, los camaradas Blocher y Wullschleger, e igualmente al Consejo Eclesiástico, que puso a nuestra disposición la catedral para nuestra manifestación de ayer. (Aplausos.)

El secretario internacional, Huysmans, comunica la lista definitiva de delegados. Están inscritos 555 delegados: de Alemania 75, de Austria 59, de Bélgica 32, de Bohemia 70, de Bosnia 1, de Bulgaria 3, de Croacia 2, de Dinamarca 8, de España 2, de Finlandia 2, de Francia 127, de Gran Bretaña 13, de Holanda 9, de Hungría 18, de Italia 11, de Luxemburgo 3, de Noruega 3, de Polonia 20, de Portugal 2, de Rumanía 2, de Rusia 36, de Suecia 8 y de Suiza 49.

Se ha recibido un gran número de telegramas y cartas de saludo.

El redactor de Népszava, Garami,32 telegrafía desde Budapest: «Gran asamblea de manifestación contra la guerra disuelta antes de su apertura y perturbada brutalmente por la policía. Lucha sangrienta contra la policía y los gendarmes».

Los diputados de la IV Duma presentes en Petersburgo saludan al Congreso Internacional y protestan, con el proletariado del mundo entero, contra la política de guerra y el imperialismo del capital, que perturba la paz.

Malinovski,33 miembro de la IV Duma, comunica que miles de obreros de Petersburgo y de Moscú harán una huelga de protesta de un día contra el peligro de guerra.

Llegan además telegramas, por ejemplo, del partido búlgaro de los «estrechos»,34 de los empleados holandeses de correos y telégrafos, de los camaradas ucranianos, del Partido Republicano de Italia y de varias organizaciones burguesas de librepensadores y pacifistas.

El congreso entra a continuación en su orden del día.

Como primer ponente sobre el único punto de su orden del día, La situación internacional y la acción unitaria de la socialdemocracia contra el peligro de guerra, recibe la palabra Jaurès: Tengo que presentaros la resolución que el Buró Internacional ha aprobado por unanimidad tras el más atento estudio y que recomienda a vuestra aprobación. (El orador lee la resolución.)

Sigue el Manifiesto de la Internacional sobre la situación actual: véase la página del congreso.

Solo tengo que añadir una palabra para recomendar la aprobación de la resolución, en particular a nuestros camaradas franceses. Se caracteriza por tres rasgos esenciales. En primer lugar, define la política exterior común a todas las partes de la Internacional. Con ello hace un trabajo positivo. Muestra a los gobiernos que sería posible una política de solidaridad internacional si quisieran mantenerse lejos de ambiciones egoístas. Luego: si nuestra resolución, en la enorme diversidad de todas las posibilidades, no prevé ninguna forma especial de nuestra acción, tampoco excluye ninguna. Advierte a los gobiernos y les señala claramente que podrían crear con facilidad una situación revolucionaria, incluso la más revolucionaria que pueda imaginarse. (Vivos aplausos.) Si de verdad se consumara el inmenso crimen de la guerra mundial, los proletarios estarán unidos en el pensamiento y en el sentimiento, y los gobernantes tienen que saber que entonces estarían exigiendo a los trabajadores que sacrificaran no solo su vida, sino también su conciencia. Por último, la resolución establece la unidad y el poder de nuestra acción.

Camaradas, este congreso es ya un acontecimiento grandioso y un acto histórico. No se contenta con fijar los principios comunes a toda la Internacional, sino que subraya sobre todo la necesidad y la unidad de nuestra acción. Eso es lo que tenemos que continuar en los parlamentos y entre las masas, y eso es lo que expresa el manifiesto. Así hacemos un trabajo eficaz para hacer imposible el horror de la guerra. Y demostramos a la vez que los intereses proletarios coinciden con los intereses de toda la cultura y de la humanidad. (Aplausos tempestuosos.)

¡La Internacional representa todas las fuerzas morales del mundo! Y si un día suena la hora trágica en que tuviéramos que entregarnos por entero, esa consciencia nos sostendría y nos fortalecería. ¡No a la ligera, sino desde lo más hondo de nuestro ser, declaramos que estamos dispuestos a todos los sacrificios! (Gran agitación y aplausos tempestuosos y muy prolongados.)

Victor Adler (Viena): El Buró Socialista Internacional encargó a una comisión la preparación de nuestro congreso y de sus acuerdos. Lo más importante que tenemos que deciros es que la Internacional está unida, unida en las consideraciones que os presentamos. Lanzamos nuestros acuerdos al mundo —somos conscientes de ello— en una hora decisiva. Así pues, voy a leeros el manifiesto que os proponemos. (El orador lee, entre aplausos crecientes, el texto de la declaración, y añade:) Permitidme solo añadir muy pocas palabras.

Habéis visto que el manifiesto, junto a lo que es en este momento el contenido del alma proletaria, el grito de paz y el horror ante el genocidio, contiene un elemento nuevo que a partir de hoy entra a formar parte de la acción de la Internacional. Desde hoy la Internacional da un paso más allá de lo que ha hecho hasta ahora. Hasta ahora hemos discutido principios y hemos tratado de ponernos de acuerdo sobre programas, principios y reglas generales de la táctica. Hoy vamos más allá, y precisamente en el momento decisivo en que la desorientación de los diplomáticos, en que la locura de los príncipes y de los poderosos de la tierra empuja a los pueblos unos contra otros y amenaza con provocar una miseria inaudita. En este momento todos nos preguntamos: ¿qué quiere en realidad esta Austria-Hungría? Quiere..., quiere..., moviliza..., pero ¿qué quiere?, ¿qué quiere Alemania?, ¿qué quiere Rusia? En este momento de la mayor confusión, que significa a la vez el mayor peligro para la paz, os hemos presentado un resumen enérgico y, como creo, y en ello me daréis la razón, fecundo de la política exterior proletaria. (Viva aprobación.) Por primera vez, y esa será la importancia histórica de este congreso, por primera vez no damos solo una expresión de condena, no solo un llamamiento a la energía, sino que decimos con palabras claras, en frases precisas, qué línea ha de seguir la política proletaria de todos los países, y, lo más importante, estamos de acuerdo en ello. (Aplausos tempestuosos.)

¡Camaradas de partido!

Todos sentimos en qué hora tan grave estamos aquí reunidos. No sabemos ni podemos calcular hasta qué punto nos hemos adentrado ya en la desgracia que viene. Me temo que, tan poco como sabemos nosotros hasta qué punto se nos ha acercado ya lo monstruoso, lo saben los gobernantes, cuya ligereza criminal y cuya frialdad sin conciencia empujan a la humanidad a un crimen demencial. (¡Muy cierto!) Estamos ante una situación provocada automáticamente por el mecanismo de los poderes capitalistas y por la incapacidad de las clases dominantes, que en este momento, como en todos los momentos decisivos y en todos los terrenos decisivos, demuestran su completa incapacidad para dominar las fuerzas que ha desarrollado su modo de producción. No podemos prescribir en nuestro manifiesto a los proletarios de todos los países una acción determinada con la que hubieran de entrar en juego en un momento determinado; las circunstancias son demasiado diferentes en cada sitio; pero aunque no podamos dar prescripciones, sí podemos gritarles: el proletariado tiene que concentrar en este momento, en todas partes, toda su fuerza contra la guerra y combatirla con todos los medios de que disponga en cada país. (Aplausos tempestuosos.)

Nos alzamos orgullosos de saber que en esta hora el proletariado no solo es, como dice el manifiesto, el portador del porvenir, sino que somos la voz de la conciencia de la humanidad, que somos el baluarte de todos los bienes de la cultura acumulados en el trabajo infinito de incontables generaciones, que constituyen toda nuestra vida y que están todos amenazados por el crimen que está a punto de consumarse. (¡Muy cierto!) Una guerra mundial causaría devastación y estragos en dimensiones monstruosas, indecibles, pero no son solo los muertos, no solo los acribillados, no solo las familias destruidas, no solo la conmoción de toda nuestra vida económica: todo nuestro mundo espiritual y cultural amenaza con ser destruido de manera violenta, brutal, bárbara, criminal. ¡Aprobad por eso este manifiesto por unanimidad! Es ciertamente difícil encontrar una expresión para cada deseo y cada idea; en estas cosas no hay ni exhaustividad ni infalibilidad del individuo. Tened por eso indulgencia y la comprensión que merece una obra semejante, pero tened a la vez la pasión de poder decir: ¡sí, eso es lo que queremos, y a ello dedicaremos todo nuestro trabajo! (Aplausos tempestuosos.)

Antes de dejar este sitio tengo que cumplir todavía un deber. Nuestras deliberaciones tienen que ser por desgracia breves, aunque todos tenemos el corazón lleno y querríamos hablar. Cada nación aquí representada tiene el derecho evidente y la necesidad de alzar su voz contra la guerra, pero nuestro congreso se ha convocado en una hora en que a todos nos quema el suelo bajo los pies, porque no solo tenemos que hacer aquí, sino sobre todo en casa. (Aprobación tempestuosa.) Por eso puedo declararos en nombre de los camaradas austriacos alemanes que por mi boca dan su aprobación a este manifiesto. Me han autorizado a hacer la misma declaración los centralistas checos,35 los italianos, los rutenos y los rumanos de Austria, y estoy encargado igualmente de declarar, en nombre del partido socialdemócrata de Hungría y en nombre del partido socialdemócrata de Croacia, de Bosnia y de Herzegovina, su plena conformidad con la tendencia, el contenido y las palabras del manifiesto. (Vivos aplausos.) Y ahora aprobad la resolución, pero luego estad vigilantes y poneos al trabajo. Días más cargados de inquietud y de trabajo que los que ahora vendrán no los hemos vivido nunca. Votad todos por el manifiesto: es un buen trabajo para la Internacional, para el proletariado de todos los países. (Aplausos tempestuosos y muy prolongados.)

Keir Hardie (Londres) expone en inglés, resumido, el contenido del manifiesto y termina con el deseo de que la fuerza del proletariado logre evitar la guerra, y, si no, llegar por ella a la revolución social.

La continuación de las deliberaciones se aplaza a las dos y media de la tarde.

Sesión de la tarde (25 de noviembre de 1912)

El presidente, Greulich, abre la sesión poco antes de las tres.

Sobre el orden de los trabajos, advierte que, según la costumbre establecida de los congresos internacionales, las propuestas independientes solo se someten a deliberación si antes las ha examinado una comisión. Propone, por tanto, no admitir hoy tales resoluciones. El congreso lo aprueba por unanimidad.

Los camaradas polacos de Austria se adhieren a la declaración de Victor Adler y renuncian a la palabra. (Aplausos.)

Abierto el debate, recibe la palabra

Haase (Berlín): En nombre de la delegación alemana declaro nuestra aprobación del manifiesto presentado a nuestro congreso. (Aplausos.) En esta hora decisiva no esperaréis que exponga con detalle nuestra posición sobre las cuestiones de política exterior. La cohesión interna del proletariado de todos los países ha encontrado también en Basilea una expresión que brilla a lo lejos, y abrigamos la fundada esperanza de que tampoco dejará de impresionar en los lugares a los que va dirigida. Quien de vosotros haya estado en los últimos tiempos en Alemania, viniendo del extranjero, no habrá podido dejar de reconocer que el Partido Socialdemócrata alemán y los sindicatos alemanes se han manifestado por la paz con ardiente pasión en enormes concentraciones. Con hondo asco se han rebelado los proletarios alemanes contra la idea de que se nos pueda empujar a una guerra fratricida, y consideran su tarea más urgente llevar la idea de la paz y la voluntad decidida de paz a capas cada vez más amplias de nuestra población.

¿No es una idea francamente grotesca que, por la cuestión de si los serbios han de recibir un puerto, o un corredor hacia un puerto, o una ventana al mar Adriático,36 pudiera estallar una guerra mundial con sus horrores indecibles? Provocar semejante guerra sería una locura; sería más: sería un crimen vergonzoso e inexpiable contra la humanidad. Esa es la convicción común de los proletarios alemanes y de los proletarios de todos los países. De acuerdo con nuestros hermanos de Austria-Hungría, consideramos deber del gobierno alemán dar al gobierno austrohúngaro un alto decidido en el camino que ha emprendido. No hemos dejado ninguna duda a nuestro gobierno, y lo diremos dentro de poco en el parlamento con toda claridad, de que ningún tratado de alianza puede obligar al pueblo alemán a derramar siquiera la sangre de un solo proletario por las ansias de conquista, la ambición y el afán de gloria de ciertas camarillas. (Aplausos tempestuosos.) Pero tendremos que vigilar también las intrigas criminales del gobierno zarista, que también ahora, como antes, estará dispuesto a traicionar a los pueblos balcánicos para sacar ventajas para sí. Pero el zarismo, podrido por dentro, no podría practicar su política de rapiña con la inaudita desfachatez que ha mostrado todavía en los últimos tiempos en Mongolia37 si no existiera el antagonismo anglo-alemán. (¡Muy cierto!) Queremos proclamar aquí, como ya tantas veces, que los proletarios alemanes no tienen ningún sentimiento hostil hacia el pueblo inglés. (Aprobación general.) También en el futuro trabajaremos por que se llegue a una reconciliación entre esos dos Estados; con ese espíritu trabajaremos por la conservación de la paz y por el progreso de la cultura. (¡Bravo!) Los intentos de azuzar a los proletarios de Inglaterra, de Alemania y de Francia unos contra otros tienen que estrellarse, si cumplimos en cada país con nuestro deber y obligación, contra la solidaridad de bronce de la Internacional obrera. (Aplausos tempestuosos.) Inglaterra, Francia y Alemania unidas son, no puede caber duda, los más fuertes portadores de la civilización y del progreso humano. La unión de Alemania, Francia e Inglaterra sería también la más firme garantía de paz, y trabajar por ella lo consideraremos siempre nuestra tarea suprema. Perseguiremos sin descanso y con tenacidad, animados del mismo sentimiento que todos vosotros, el objetivo que nos hemos fijado. Si no logramos impedir la guerra, todas las consecuencias caerán sobre la cabeza de quienes hayan tramado la matanza, una matanza como el mundo no ha visto todavía. Hagan lo que hagan los gobernantes, al final redundará en provecho de la clase ascendente, la socialdemocracia, a la que pertenece el porvenir. Pero, en lo que de nosotros dependa, ese porvenir no ha de salir de un mar de sangre y de atrocidades. Por eso emplearemos el máximo de nuestras fuerzas, con los métodos que permiten nuestras circunstancias y nuestras organizaciones políticas y sindicales, para asegurar lo que todos queremos asegurar: la paz mundial y nuestro porvenir. (Aplausos tempestuosos.)

Soukup (Praga):38 En nombre del Partido Obrero Checoslavo de Austria tengo que declarar que somos plenamente conscientes de la grave responsabilidad que pesa sobre nosotros en Austria, en un lugar expuesto de Europa, en el centro del terremoto europeo y en una de las horas más decisivas para Austria y para el mundo.

La monarquía dual linda doblemente con el volcán balcánico. Ella misma es un volcán, tiene ante sí una larga serie de problemas estatales y económicos sin resolver, es un conglomerado de diez naciones y a la vez una puerta de paso de Europa a Asia. Esta monarquía no tiene sin duda, en su propio interés, misión más alta que la de ser el apóstol de la paz de Europa. No puede ganar nada con la guerra y no ha ganado nada con la guerra. Antes bien, solo puede perderlo todo. Por desgracia, desde los campos de batalla de Königgrätz y Solferino39 lo ha olvidado todo y no ha aprendido nada.

La diplomacia austrohúngara se ha mostrado incapaz de conquistar a los pueblos balcánicos mediante el intercambio pacífico de bienes económicos y culturales. Ha exportado sacerdotes a Albania y soldados a Bosnia, pero ha perdido a las potencias de los Balcanes. Enormes cargas militares, miles de millones de deuda pública, déficits permanentes en las finanzas del Estado, de los países y de los municipios, la falta de escuelas y de establecimientos humanitarios, crisis económicas, hambre y paro son los únicos resultados de la política exterior de la diplomacia austrohúngara. Austria-Hungría se anexionó por último Bosnia y Herzegovina,40 y con ello dio el primer impulso visible a la tragedia balcánica, por la que el peligro crónico de guerra se ha vuelto agudo para toda Europa. La diplomacia austrohúngara está hoy en primer plano de la historia europea.

No sabemos qué graves decisiones se están tomando en este momento en nuestro país; no sabemos qué nos espera hasta que volvamos. Pero si la locura hereditaria y el crimen imperialista de las camarillas dominantes de Austria continuaran, si contra lo que esperamos el partido de la guerra austriaco se impusiera por un puerto en el Adriático y la trompeta de guerra tomara la palabra, si el incendio balcánico saltara a Austria para encender desde allí a toda Europa y asfixiarla en el incendio, declaramos en nombre de muchos miles de proletarios checos organizados lo siguiente: no hace mucho que el proletariado austriaco, con la ayuda de la revolución rusa, conquistó en un asalto grandioso e histórico el sufragio universal, igual, secreto y directo,41 y con ello llevó a cabo la revolución interior más profunda para Austria. Queremos ahora hacer en Austria un tranquilo trabajo de cultura y llevar a Austria a la fila de los Estados modernos. Pero si se nos hace imposible, todo el proletariado checo empleará todos sus medios, todos sus nervios y su corazón, toda su fuerza, hombro con hombro con todo el proletariado austriaco (¡bravo!), para que la socialdemocracia austriaca haga frente unida a sus enemigos bajo una única consigna: ¡Abajo la guerra! ¡Paz y libertad para los pueblos de los Balcanes, paz y libertad para Austria, vía libre a la revolución social, adelante hacia los Estados Unidos de Europa! ¡Viva la Internacional del trabajo, de la cultura y de la humanidad! (Aplausos tempestuosos y largamente repetidos.)

Troelstra (Ámsterdam)42 (saludado con aplausos tempestuosos): En nombre de la socialdemocracia de Suecia, de Noruega, de Dinamarca, de Finlandia, de Bélgica, de Luxemburgo, de Suiza y de Holanda tengo el encargo de declarar nuestra conformidad con el manifiesto. (¡Bravo!) En este gran momento histórico es necesario que también las pequeñas naciones de Europa se hagan oír y subrayen la situación particular en que se encuentran frente a la guerra y al militarismo. Entre las pequeñas naciones por las que hablo está también Finlandia, y mencionarla significa ya una protesta ardiente contra la opresión de ese pueblo por el zar verdugo de Rusia. (Aplausos tempestuosos.) Así como el desarrollo capitalista y técnico pone a las pequeñas empresas en situación desfavorable frente a las grandes, tiene también malas consecuencias para las pequeñas naciones en lo que toca a la competencia en el terreno del militarismo. Hay en este momento indicios de que la reacción de los países pequeños aprovechará los éxitos de los pequeños Estados balcánicos contra la gran potencia turca para fomentar la política militarista en nuestros propios países. Ya se alzan voces que dicen: «Ahora veis, socialistas, que siempre habéis dicho que la política militarista es especialmente sacrílega y necia en los países pequeños porque nunca tendrían ocasión de conseguir victorias con ella, que en los Balcanes sí ha sido posible. ¡Aprended de la guerra de los Balcanes!». Frente a eso hay que subrayar que el rincón oriental y suroriental de Europa no tiene todavía una situación moderna, y que los éxitos de los belicosos pueblos campesinos de los Balcanes frente a una Turquía completamente arruinada y en descomposición no dicen absolutamente nada para el caso de que en el oeste de Europa las grandes potencias o Rusia quisieran emprender algo contra los pueblos pequeños. No nos dejamos confundir por los éxitos de los pueblos balcánicos en nuestra lucha contra nuestro militarismo propio. (Aplausos.) Los Estados pequeños dependen, para conservar su independencia, del antagonismo de intereses entre las grandes potencias europeas. Ese es también su punto débil, porque si las grandes potencias quieren entenderse y pueden entenderse, pueden también decidir el destino de las pequeñas naciones. Los países pequeños del norte y del oeste de Europa se ven por eso gravemente afectados, de manera indirecta, por la gran guerra que amenaza y contra la que protestamos.

El punto decisivo de la política internacional es actualmente, sin duda, el áspero antagonismo entre los gobiernos de Inglaterra y de Alemania. Los belgas y los holandeses tienen claro que, si estalla la guerra europea y se combaten Inglaterra y Alemania, su país tendría que servir de campo de batalla. También los pueblos escandinavos saben que en caso de guerra están amenazados por Rusia, porque si Rusia quiere dar un gran golpe tiene que apoderarse del suelo escandinavo. Por eso la cuestión de la neutralidad lleva a las clases dominantes y a los gobiernos de los Estados pequeños a abrumarnos con cargas militares cada vez más altas. El crecimiento y la presión de las cargas militares se vuelven entre nosotros, como en los grandes Estados, cada vez más insoportables. Quien haya creído que la cuestión de ejército permanente o milicia influye aquí en algo habrá quedado sin duda completamente desengañado por lo ocurrido en Suiza en los últimos años. (¡Muy cierto!) Con ejército permanente o con milicia, las cargas militares no han hecho más que subir. Pero lo que garantiza su independencia a los Estados pequeños no pueden ser diez mil o veinte mil hombres más que quizá reúnan, ni los dreadnoughts, ni el costoso derroche militar en que imitan a los grandes pueblos, sino solo la idea, que tiene que grabarse en la conciencia de los pueblos, de que ultrajar la independencia de pequeñas naciones formadas históricamente y fundadas económicamente es ultrajar la cultura en general. (Aplausos tempestuosos.) Solo en nuestro valor cultural podemos encontrar una garantía de nuestra existencia. Por eso siempre hemos opuesto a las exigencias militares de las clases dominantes nuestras exigencias culturales. (¡Bravo!) Una mirada a la Suiza libre, en cuyo suelo nos encontramos, al hermoso trabajo cultural, humano y social que realiza un país pequeño como Dinamarca, al arte, a la ciencia, a la cultura de Bélgica y de Holanda, nos demuestra que no hace falta un gran territorio para ser un gran pueblo de cultura. (Aprobación jubilosa.)

Cuando luchamos contra las exigencias militares, nos llaman apátridas y nos acusan de querer entregar nuestro país a las grandes potencias militares. Entonces remitimos a la resolución del Congreso Socialista de Londres en la que la Internacional proletaria proclamó el derecho de autodeterminación de todas las naciones;43 entonces señalamos las palabras que Bebel pronunció hace algunos años en el Reichstag: que las clases dominantes no debían creer que el proletariado alemán se prestaría a cualquier guerra. Entonces señalamos a nuestro formidable adalid en la Cámara francesa, nuestro venerado Jaurès, el gran apóstol de la paz, que colma con el torrente de su amplio sentimiento social la grieta que la burguesía ha abierto entre las dos naciones. Entonces mostramos a nuestros amigos y a nuestros enemigos que la garantía más segura de la conservación de la independencia nacional de las naciones pequeñas es el crecimiento de la Internacional obrera. (Aplausos tempestuosos.)

Eso no quiere decir que las fronteras trazadas un día vayan a ser eternas. Si los pueblos de los Balcanes han cambiado sus fronteras, con ello han servido al desarrollo económico de Europa. También en el futuro se cambiarán fronteras, pero los pueblos pequeños y los socialistas tenemos el mayor interés en que no ocurra mediante el asesinato y la guerra, sino por la voluntad de los pueblos y su propia y libre autodeterminación. Con ellos protestamos contra el estallido de toda guerra. Planteamos a nuestros gobiernos y a los gobiernos de las grandes potencias la exigencia de que, si la cuestión balcánica, cosa que no deseamos, ha de decidirse en un congreso internacional, se llame también a los Estados pequeños. Porque si lo que los pueblos pequeños han conquistado con su sangre en interés del progreso ha de quedar a salvo de la codicia y de los celos de las grandes potencias, los pueblos pequeños tienen que estar allí para ayudar a sus hermanos de los Balcanes.

Si estalla una guerra mundial, también el proletariado de las naciones pequeñas sabrá cumplir con su deber. Con sus bienes y con su sangre, el proletariado de los países pequeños está a disposición de la Internacional en todo lo que ella quiera decidir para mantener alejada la guerra. (Aplausos tempestuosos.) Expresamos además la esperanza de que, si un día las clases dominantes de los grandes Estados llaman a las armas a los hijos de su proletariado para saciar la codicia y el afán de dominio de sus gobiernos en la sangre y en el suelo de los pueblos pequeños, los hijos de los proletarios, bajo la poderosa influencia de sus padres proletarios, de la lucha de clases y de la prensa proletaria, se lo pensarán tres veces antes de hacernos daño, al servicio de esa empresa enemiga de la cultura, a nosotros, sus hermanos, sus amigos.

Volvemos de este congreso a casa para declarar en nuestro país que el trabajo que aquí se ha hecho no ha sido solo trabajo para el proletariado, no solo trabajo para la paz entre los pueblos, sino también un trabajo en el que las naciones pequeñas tienen muy especialmente un interés vital. Seguiremos trabajando en la hermosa obra de cultura que hemos asumido y combatiendo el militarismo paso a paso, como lo hemos hecho hasta ahora. (¡Bravo!) Somos naciones pequeñas, pero a nuestro lado está la gran potencia del socialismo internacional. ¡Porque el socialismo no es solo la paz entre los pueblos, no es solo la liberación de los pueblos, sino también la conservación de los pueblos! (Aplausos tempestuosos y muy prolongados.)

Clara Zetkin44 (recibida con vivos aplausos): En nombre de las mujeres socialistas de todos los países tengo que declarar lo siguiente: unidas a la gran Internacional socialista por una indestructible unidad de fines, siempre hemos considerado nuestro deber, nuestro honor y nuestra dicha compartir todos vuestros trabajos y todas vuestras luchas. Pero si alguna vez hemos colaborado con vosotros con especial alegría, es en este momento, en que queréis llevar al proletariado mundial a la santa cruzada contra la guerra. ¡Estamos con vosotros con todo lo que somos, con todo lo que sentimos! ¡Precisamente porque somos mujeres, porque somos madres! Por mucho que hayan cambiado las condiciones sociales en el curso de los tiempos, a lo largo de cientos de miles de años ha acompañado a nuestro sexo la tarea de llevar en el seno, de cuidar y de criar nueva vida humana. Esa tarea ha sido nuestra carga y también nuestra felicidad. Todo lo que vive en nosotras como expresión personal del desarrollo general de la humanidad, de los ideales generales de la cultura, se subleva y se aparta con espanto de la idea de la destrucción en masa, del aniquilamiento en masa de vidas humanas que amenaza en la guerra moderna. ¿No han estado todas esas vidas un día bajo el corazón de una madre, no las ha cuidado una madre en la pena y en la alegría? Y el horror ante la desgracia que se avecina nos pone en los labios la pregunta: ¿quién es el criminal que se atreve siquiera a pensar en semejante obra de muerte? Buscando al culpable, encontramos, en la trama de las conexiones sociales, como principal culpable de las guerras modernas, de la guerra mundial que amenaza, al capitalismo.

En nuestros días, el orden capitalista es el gran devorador de hombres.

La guerra no es más que la ampliación y la extensión del asesinato en masa del que el capitalismo se hace culpable contra el proletariado a cada hora, también en la llamada paz. (Aplausos tempestuosos.) Año tras año caen en los campos de batalla del trabajo, en cada nación de capitalismo desarrollado, cientos de miles de víctimas, más víctimas en un breve espacio de tiempo que las que devora la guerra más sangrienta. Y nosotras, las mujeres, ponemos esas víctimas en número creciente; también nuestra carta de ciudadanía se escribe con sangre. Pero reconocemos todavía otra cosa. La terrible infamia del asesinato en masa de los pueblos unos por otros es la forma más criminal, la más demente, de la explotación en masa del pueblo de los desheredados por el capitalismo. ¿No son los hijos de las masas trabajadoras los que, engañados, azuzados y cegados, son lanzados unos contra otros para matarse entre sí? ¡Ellos, que deberían ser hermanos, camaradas en la lucha por la misma libertad! (Aplausos tempestuosos.)

Contra ese crimen nos defendemos como mujeres y como madres. No pensamos solo en los cuerpos destrozados, despedazados, de los nuestros; pensamos no menos en el asesinato en masa de las almas, que es una consecuencia inevitable de la guerra. Amenaza lo que como madres hemos sembrado en el alma de nuestros hijos, lo que les hemos entregado como la herencia más preciosa de la cultura, del desarrollo de la humanidad. Es la consciencia de la solidaridad internacional, de la fraternidad de los pueblos. Ese ideal es escarnecido y mancillado en la guerra, y aun aniquilado. Contra eso luchamos, luchamos con la fuerza de una convicción firme como la roca. Y en esa lucha nuestro sitio está al lado de vosotros. Más aún: vosotros, camaradas, no podéis prescindir en absoluto de la ayuda de las mujeres en la lucha contra la guerra. (¡Muy cierto!) Nosotras os traemos el porvenir y la victoria. Si las madres llenamos a nuestros hijos del más hondo horror a la guerra, si desde la primera juventud plantamos en sus almas el sentimiento, la consciencia de la fraternidad socialista, llegará el tiempo en que, también en la hora del más grave peligro, ningún poder del mundo será capaz de arrancar ese ideal de sus corazones. Porque nuestras hijas, nuestros hijos no serán entonces solo hijos de nuestro cuerpo: crecerán como hijos de nuestra alma, y nuestro sublime ideal vivirá inmortal en ellos. Por eso, en las horas de los más altos conflictos y peligros, se acordarán ante todo de sus deberes proletarios y humanos. Esos deberes serán para ellos la ley suprema. (¡Muy bien!)

Si las mujeres y las madres nos alzamos contra el asesinato en masa, no es porque, por egoísmo y pusilanimidad, seamos incapaces de hacer grandes sacrificios por grandes fines e ideales. Hemos pasado por la dura escuela de la vida en el orden capitalista y en ella nos hemos convertido en luchadoras. Nos ha llegado la fuerza para sacrificios que cuestan mucho más que la entrega de nuestra propia sangre. Por eso podemos ver luchar y caer a los nuestros cuando se trata de la causa de la libertad. Para esa lucha queremos procurar que las mujeres de las masas se llenen del espíritu de aquellas madres legendarias de la Antigüedad que entregaban el escudo a sus hijos con las palabras: ¡con él o sobre él! Nuestra ardiente preocupación ha de ser un desarrollo espiritual de la generación que crece que preserve a nuestros hijos de verse obligados al fratricidio por intereses capitalistas y dinásticos, por los fines enemigos de la cultura del beneficio, del afán de dominio, de la ambición de una minoría, pero que a la vez los haga fuertes y maduros para emplear, con una voluntad libre y consciente de sus fines, toda su existencia en la lucha por la libertad. (Aplausos tempestuosos.)

Nos necesitáis también por nosotras mismas, porque somos una parte de las masas que tienen que estar detrás de vosotros como fuerza. Para el capitalismo desarrollado, los armamentos y las guerras son necesidades vitales; por ellos trata de mantener su dominación. Por eso pone con prodigalidad al servicio de la guerra los medios de poder más formidables: los resultados de la investigación científica, maravillas de la técnica, riquezas incalculables, millones de hombres. Por eso el proletariado internacional solo puede tener éxito en su guerra contra la guerra si también por su parte, en enormes acciones de masas, se emplean todos los medios de poder disponibles y se movilizan todas las fuerzas. Un movimiento de masas de la mayor amplitud es impensable sin las mujeres proletarias. Son una parte, la mitad de la masa, y como mujeres tenemos que aportar, igual que en el trabajo de cada día, también en las horas de las luchas más duras y amenazadoras nuestros propios valores espirituales y morales. Camaradas, esos valores no podéis echarlos de menos precisamente cuando las masas tienen que proteger nuestros ideales con los mayores sacrificios personales. Solo cuando también la gran mayoría de las mujeres, por profunda convicción, se ponga detrás de la consigna «¡Guerra a la guerra!», solo entonces podrá asegurarse la paz a los pueblos; pero el día en que la gran mayoría de las mujeres se ponga detrás de esa consigna, esta tendrá que ser también irresistible.

Las mujeres socialistas de todos los países se agrupan con apasionado entusiasmo en torno a nuestra bandera de la guerra contra la guerra. Saben que cuanto más se convierta el imperialismo en la política determinante de los Estados capitalistas, más se convertirá esta lucha en el centro, en los puntos culminantes de toda la obra de emancipación proletaria. De modo eminente contribuirá no solo a reunir a las masas, sino también a educarlas cada vez mejor. El proletariado no entra en sus grandes acciones como una fuerza acabada, que se pueda medir y pesar. Su fuerza nace y crece con sus luchas. Por eso su guerra contra la guerra será una fuente viva de madurez creciente y de despliegue de fuerza, y acelerará la llegada de la hora en que el capitalismo, que chupa la sangre de los pueblos, los esclaviza y los asesina, tenga que ceder ante el socialismo. Precisamente porque en la lucha contra la guerra se prepara la victoria futura del socialismo, estamos en ella las mujeres con el alma ardiente. Para nosotras, las mujeres, los Estados nacionales capitalistas pueden ser todavía menos que para los proletarios la verdadera patria. Esa tenemos que creárnosla en la sociedad socialista, la única que nos garantiza las condiciones previas de una plena emancipación humana. Con impaciencia y con pasión rezamos: ¡socialismo, venga a nosotros tu reino! Por eso estaremos también en la guerra contra la guerra entre los que empujan hacia adelante, entre los que asaltan, y acogeremos vuestras decisiones con tanta más alegría cuanto más resueltas, cuanto más seguras de sí sean. Pero no hemos pasado en vano por la escuela del movimiento común. Estaremos ahí cuando sopeséis con prudencia y sabiduría. Estaremos ahí cuando os arriesguéis con audacia. No faltaremos cuando se trate de emplear, hasta el último aliento, todo lo que podemos, todo lo que somos, por la causa de la paz, de la libertad, de la felicidad de la humanidad. El gran ideal al que servimos solo podrá realizarse si tenemos presente todo el alcance de las palabras:

«¡Y si no os jugáis la vida, nunca ganaréis la vida!».45

(Aplausos tempestuosos y muy prolongados.)

Sakazov (Bulgaria) (recibido con vivos aplausos): No cumpliría con mi deber si no os dejara echar una mirada al país que es escenario de los crímenes de la guerra. Pero no quiero describiros las impresiones de lo monstruoso y de las crueldades, sino las que son especialmente valiosas para nosotros como combatientes. Se dice que entre nosotros la guerra era popular y el entusiasmo arrebatador. Es verdad, la guerra fue muy popular... antes de la guerra. Entonces se aclamaba en las calles y en las asambleas la declaración de guerra. Pero también vimos la inquietud en el rostro de los soldados, y las conciencias nunca estuvieron tan afligidas como en los días de la movilización. El entusiasmo que se desplegaba en la calle era —lo sabemos bien— artificial y más exterior que sentido por dentro. Las mujeres, los ancianos, los jóvenes que seguían al ejército no lo hacían con el ánimo de las viejas naciones guerreras, sino por la inquietud por los suyos. Pensad que ahora en Bulgaria la guerra lo absorbe todo. Con una población de 4 millones hay 360 000 hombres en campaña, y 100 000 prestan servicios de guerra en el abastecimiento, en la intendencia y en el personal sanitario. ¡Ahí se acabó pronto el entusiasmo! Es verdad que en el Sobranie el único socialista fue maltratado por la furia de la mayoría al dar a conocer nuestra declaración contra la guerra. Pero cuando la población vio la miseria indecible, no siguió a esa mayoría. ¡Cuántas mujeres vinieron a verme con sus hijos abandonados, y lloraron y me contaron su pena! También mujeres de oficiales y de miembros del Estado Mayor, que tanto tiempo habían esperado la guerra, me dieron la razón, como muchas otras. Cuando el pueblo ve de verdad lo que es la guerra, la transformación de los espíritus ya está hecha. (Vivos aplausos.)

¿Y es verdad que estamos tan completamente indefensos ante la guerra? No conozco lo bastante la situación de los grandes Estados para poder juzgar. Pero en los Estados pequeños no estamos a merced de los estrategas. Un ejército permanente de 60 000 hombres tiene que completarse con 300 000 soldados procedentes de las reservas, y ahí están nuestros obreros, ahí están campesinos, ciudadanos, hasta oficiales de la reserva que no quieren la guerra: por cada soldado del ejército permanente hay seis ciudadanos enemigos de la guerra. En países así podemos dominar los cuarteles; allí los fusiles no están en manos de los gobernantes, sino de los amigos del pueblo y de los socialistas. (Vivos aplausos.)

El manifiesto nos hace dar un gran paso adelante. Por primera vez la Internacional fija la política exterior para todas sus partes. En nombre de los socialistas búlgaros, y sin duda también de nuestros camaradas serbios y turcos (aplausos), puedo declarar que el magnífico espectáculo de la Internacional proletaria, unida en un solo pensamiento y una sola voluntad, nos da a los socialistas de los Balcanes el valor para continuar con más fuerza aún nuestro trabajo socialista en casa, donde después de la victoria vendrán la decepción para la democracia y la miseria creciente. (Vivos aplausos.) Pese a todas las dificultades no cederemos ni un palmo; cada día ganaremos terreno nuevo. Así, después de la enorme desgracia, no todo estará perdido. ¡Seguiremos conduciendo a nuestros pueblos por el camino de la civilización y del socialismo! (Aplausos tempestuosos.)

Vaillant (recibido con aplausos tempestuosos y repetidos y con gritos de «¡Viva la Comuna!»): En nombre de la sección francesa tengo que declarar su plena aprobación de la obra del congreso. (Vivos aplausos.) En la sesión preparatoria algunos de nosotros estaban dispuestos, es cierto, a introducir en la resolución las ideas que caracterizan nuestro acuerdo francés. Pero esas ideas no podían recogerse expresamente sin reparos de algunas otras secciones. Sin embargo, no han quedado en absoluto excluidas. ¡No están excluidas ni la insurrección contra la guerra ni la huelga general! (Aplausos tempestuosos.) En Rusia ha sido precisamente la huelga general la que reanimó el alma revolucionaria después de la última guerra. Ahora vuelve a empezar, y es sin duda el medio que mejor pone a raya la peligrosa ambición de la clase dominante. (Vivos aplausos.)

La Internacional concede a todas sus naciones la confianza de que cada una, según su fuerza y sus medios, trabajará para conjurar la espantosa desgracia. La Internacional habrá terminado pronto sus deliberaciones... ¡su acción, en realidad, no hace más que empezar! Ahora tenemos el deber de llevar a cabo la obra para el proletariado del mundo entero, y podéis estar convencidos de que la sección francesa tendrá presentes en ella su tradición revolucionaria y su espíritu revolucionario. Precisamente en eso está el gran valor del manifiesto: en que llama a todas las fuerzas a hacer todo lo posible, a no temer nada, para evitar la mayor desgracia imaginable. Lo conseguiremos si cada sección cumple con su deber en la acción de masas. Pero si, para su propia desgracia, el capitalismo lograra hacer realidad la guerra, tendría que cargar él mismo con toda la responsabilidad de todas las consecuencias que sacaría la voluntad del proletariado. ¡Esas consecuencias se darían en la revolución social! (Aplausos tempestuosos y muy prolongados.)

Agnini (Italia)46 declara la aprobación de la resolución en nombre de las delegaciones española, portuguesa e italiana: No deja de tener una gran importancia moral, política e histórica que aquí se hablen todas las lenguas. Ya no es solo un símbolo, sino un hecho, que millones y millones de almas se han fundido en una sola alma. (Aplausos tempestuosos.) Tengo que declarar ante todo la aprobación de nuestros camaradas españoles, en lugar de nuestro querido camarada Pablo Iglesias,47 que transmite al congreso sus mejores saludos. En España tenemos ahora dos grandes delegaciones proletarias, la Unión General de Trabajadores, con 100 000 afiliados, y el sindicato ferroviario, con 90 000. Todos ellos son solidarios y están unidos con el sentir, el pensar y el obrar de la Internacional. A la declaración de aprobación de nuestros camaradas portugueses uno la alegre constatación de que por primera vez aparece Portugal en un congreso internacional. (Aplausos.)

A los camaradas españoles les agradecemos su enérgica resistencia contra las aventuras de Marruecos, y recordamos la acción que emprendieron en Barcelona y contra el asesinato de Ferrer.48 Los socialistas portugueses trabajarán por tener no solo una república política, sino una república social. (Vivos aplausos.)

Puedo declarar también la plena aprobación de los proletarios italianos, que acaban de librar una dura lucha contra la empresa de rapiña de Trípoli tal como la había iniciado el clerical Banco di Roma.49 Hemos librado esa lucha solos, abandonados y calumniados por todos. Recurrimos a todos los medios que estaban a nuestro alcance para escapar a la vergüenza de la guerra, y si fuéramos llamados de nuevo a semejante acción, volveríamos a recurrir a todos los medios, sin exceptuar ninguno, para alejar de nuestro pueblo y de la humanidad la gran ignominia. (Aplausos tempestuosos.)

Este discurso lo traduce sucesivamente al alemán, al francés y al inglés, con su estilo fogoso, la camarada Angelica Balabanoff,50 lo que arrastra al congreso a un vivo homenaje a la camarada Balabanoff.

Todos los grupos de la delegación rusa y polaca se declaran conformes con el manifiesto y renuncian a la palabra.

El presidente, Greulich: Han hablado ya los representantes de las secciones nacionales. Pasamos a la votación. Es un acto importante.

Todos los delegados se levantan de sus asientos y alzan la mano en señal de aprobación. La sala abarrotada ofrece un cuadro impresionante. Al mismo tiempo, las tribunas estallan en una ovación ensordecedora. Los delegados entonan la Internacional. Toda la asamblea está llena de entusiasmo.

El presidente, Greulich: Habéis aprobado el manifiesto con entusiasta unanimidad, y con ello habéis asumido los deberes que el manifiesto nos impone a todos, sobre todo el deber de hacer uso de todos los medios que correspondan a nuestra organización y a nuestra fuerza para impedir el asesinato en masa en Europa. (Aplausos tempestuosos.)

¡Camaradas! Tenemos todavía que tomar nota de algunas cosas. Dentro de nuestro congreso común ha habido un entendimiento entre los delegados italianos y suizos a propósito de las aspiraciones irredentistas que se han manifestado en los últimos tiempos para que Italia, que no tiene bastante con Trípoli, se anexione la Suiza italiana. Nuestros camaradas se han puesto de acuerdo muy pronto en que se trata de una especulación de los círculos militaristas para sembrar la inquietud y despertar así la disposición a conceder mayores exigencias militares. En el pueblo de Italia, ese irredentismo no tiene arraigo. La Suiza italiana no necesita ser redimida: está bajo su propio gobierno y su propia administración. (Aplausos.)

El informe sobre ello dice así:

Sigue la declaración de los delegados italianos y suizos: véase la página del congreso.

¡Camaradas! Mientras estamos aquí reunidos, dos camaradas comparecen ante un tribunal en América, con peligro de que se cometa con ellos un asesinato judicial. Giovannitti y Ettor51 están acusados de asesinato, no porque hayan matado a una mujer, ni siquiera porque estuvieran presentes cuando la mujer fue muerta, sino porque eran los dirigentes de una huelga de tejedores pobres en la que la policía asesinó a esa mujer. (Tempestuosos gritos de indignación.) El Buró Socialista Internacional ha enviado ya una protesta contra el abominable crimen que se prepara. Como el jurado se reúne hoy, hemos enviado en nombre del congreso un telegrama al jurado y al tribunal. El congreso se adhiere por unanimidad a esta protesta. (Vivos aplausos.)

¡Camaradas! Consideramos evidente, aun sin adoptar una resolución especial al respecto, que protestamos unánimemente contra las crueldades del gobierno zarista en Rusia. (Aplausos tempestuosos.)

Además, camaradas, ayer, mientras celebrábamos la manifestación por la paz, llegó la triste noticia de que en Francia 24 mineros han muerto en una explosión de polvo de carbón. (Los delegados se levantan de sus asientos.) Rendimos homenaje a estos héroes del trabajo. El trabajo del proletariado se parece a un campo de batalla. El número de víctimas que el capital exige de la sangre de los obreros llega año tras año a los miles, pero con ello los hace a la vez valientes y audaces para dar su vida no solo por el capital, sino también un día por la gran lucha de emancipación de la clase obrera. (Aplausos tempestuosos.)

¡Camaradas! Mientras ayer nos manifestábamos por la paz con toda energía, también lo hicieron nuestros valientes camaradas de Budapest; pero ellos no tuvieron a su disposición una iglesia, ni una policía que mantuviera libres las calles para el paso de la marcha. Al contrario: esos magnates, esos grandes terratenientes que gobiernan Hungría, respondieron a esta manifestación por la paz con un baño de sangre. (Tempestuosos gritos de indignación.) El congreso es unánime en su indignación por esta infame violencia de unos junkers insolentes, a los que hace tiempo que deberían haber echado del gobierno. (Aplausos tempestuosos.)

Y ahora tiene la palabra el camarada Bebel.

Mientras Bebel sube a la tribuna, el congreso lo aclama tempestuosamente durante minutos. Muchos delegados se han levantado y lanzan vivas a Bebel.

Bebel: ¡Estimados camaradas! Hemos llegado al final de una reunión breve, pero importantísima. Una reunión que ha estado sostenida por el entusiasmo, por la resolución, por la entrega sincera a la causa a la que hemos dedicado nuestra vida. Una reunión que quedará inscrita con letras de oro en los anales de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Una reunión inolvidable no solo para todos nosotros, los que hemos podido participar en ella, inolvidable también para quienes nos han enviado aquí y, espero, inolvidable también para todos aquellos a quienes estaba dirigida en primer lugar nuestra reunión: nuestros adversarios y enemigos en todos los campos burgueses. (Vivos aplausos.) Espero que ellos, en particular, sepan apreciar la importancia de esta reunión y piensen que, mientras el mundo burgués se enfrenta dividido en campos opuestos, en triples y cuádruples alianzas,52 la alianza única de los trabajadores del mundo, la gran Internacional general, se arma para emprender la lucha contra todos los enemigos. (Aplausos tempestuosos.)

Pero esta brillante reunión no habría sido posible, puedo decirlo, sin el apoyo que hemos encontrado por todas partes. En primer lugar creo que tengo que dar las gracias en nombre de todos vosotros a nuestros camaradas suizos, y muy especialmente a nuestros camaradas de Basilea (viva aprobación general), cuyo duro trabajo y cuyos grandes sacrificios pesan doble y triple precisamente por lo breve del tiempo. Han cumplido su tarea de un modo perfecto, que nos ha satisfecho a todos. Tengo además que dar las gracias especialmente a las autoridades. Camaradas, es la primera vez (sonoras risas) que la Internacional puede dar las gracias a las autoridades por un saludo amable y atento y por la benevolencia que nos han mostrado en estos días. Pero además, camaradas de partido, quisiera dar las gracias muy especialmente a la Iglesia. (Aplausos.) Me alegro de que precisamente yo, como ateo, pueda dar las gracias a las autoridades eclesiásticas por habernos cedido ayer la magnífica catedral y habernos recibido con repique de campanas, como si llegara un grande de la tierra, un obispo o un papa. (Risas y aplausos.) Camaradas de partido, esta muestra de tolerancia verdaderamente cristiana es por desgracia demasiado rara en la cristiandad. Lo contrario es hoy la opinión general en la cristiandad, y en especial frente a nosotros, a los que se presenta como enemigos de la religión, del matrimonio y de la familia, como los subversivos que quieren ponerlo todo patas arriba. Yo estoy convencido, desde luego, de que si hoy volviera el Salvador cristiano y viera esas muchas comunidades cristianas, esos cientos de millones que hoy se llaman cristianos pero solo lo son de nombre, no estaría en sus filas, sino en nuestro ejército. (Aplausos tempestuosos.)

Paz en la tierra y buena voluntad a los hombres: eso resonará de nuevo en las próximas semanas desde cientos de miles de púlpitos en las iglesias cristianas, y sin embargo es en verdad la mayor de las hipocresías. Porque esos mismos hombres que así predican quizá subirían al púlpito con mayor deleite aún para tratar de entusiasmar al pueblo por la guerra que mata a los hombres, que aniquila a la humanidad y que todo lo destruye. (¡Muy cierto!) Esperamos que la semilla que aquí se ha sembrado dé fruto mil y un millón de veces. Nuestro congreso dará mucho que pensar sobre todo a los adversarios. Me alegro ya de leer mañana, cuando vuelva a Alemania, los periódicos burgueses, a ver qué dicen de esta reunión. De lo que hemos dicho y hecho aquí no se extrañarán: de nosotros no esperaban otra cosa; pero que las autoridades de esta ciudad tan respetada e importante nos hayan saludado de este modo, eso hará menear muchas cabezas (risas), y que encima el clero cristiano nos haya cedido la catedral, eso les parecerá como si el cielo fuera a desplomarse. (Grandes risas.) Eso no se había visto nunca, eso no se había vivido jamás, y más de uno repetirá sin duda unas palabras del joven Bismarck, que dijo un día al embajador suizo: ¡su país es un país salvaje! (Risas.) Entonces el Consejo Federal suizo había expulsado al comisario de policía alemán Wohlgemuth,53 que se había metido en el país, había hecho servicios de provocador y, como agent provocateur, había escrito a uno que creía haberse ganado: «¡Agite usted sin miedo!». Fue una expulsión bien merecida, pero que se expulse a un funcionario de policía es imposible en un Estado civilizado; eso solo puede ocurrir en un país salvaje. (Risas.) Yo creo, ciertamente, que la inmensa mayoría de nosotros estaríamos contentos de que nuestra patria fuera también un país así de salvaje. (Aplausos tempestuosos.) Así nos despediremos de Basilea con el mejor, el más alegre y el más agradecido de los recuerdos; pero antes de separarnos lancemos una vez más nuestro grito de combate: ¡Viva la Internacional del trabajo! (Los delegados se unen con entusiasmo tres veces al viva. Aplausos tempestuosos y muy prolongados.)

El presidente, Greulich: Llegamos al final, y solo quiero decir unas pocas palabras. Cuando ayer nuestro querido camarada Jaurès parafraseó tan bellamente en la catedral las palabras que Schiller puso al frente de su Canción de la campana, Vivos voco, mortuos plango, fulgura frango, me propuse parafrasear hoy también una sentencia latina, y precisamente —no os asustéis— de la misa católica. La parte central de esa misa la forma la profesión de fe, el credo, en la versión que le dio el Concilio de Nicea, y ese credo termina con las palabras: Expecto resurrectionem mortuorum et vitam venturi saeculi, espero la resurrección de los muertos y la vida de los siglos venideros. Eso parece de entrada un simple dogma, y también a mí se me reveló el sentido más alto de estas palabras solo en la música de nuestro gran maestro Johann Sebastian Bach, en su misa en si menor. Primero suenan las palabras enteramente en los tonos sombríos de la música convencional, pero luego entran las trompetas, y entonan de nuevo, en rápida sucesión, como con júbilo: Expecto resurrectionem mortuorum, y luego, a continuación, como un grito de júbilo: et vitam venturi saeculi. Entonces me dije: ¡pero si esa es nuestra esperanza! ¡Los millones de proletarios que todavía están lejos de nosotros, que cuelgan como un peso de plomo de nuestro movimiento, esos son los muertos que han de resucitar! (Aplausos tempestuosos.) Esperamos, no: aguardamos con certeza la resurrección de esos muertos para una vida de verdad mejor en el tiempo venidero. Ese es el fin más importante, la meta última que tenemos ante los ojos en todos los trabajos penosos que tenemos, esa es la esperanza que nos entusiasma y que nos dice: resucitarán, y veremos la vida mejor del tiempo venidero. (Aplausos tempestuosos.)

Y ahora separémonos con el grito que resume el sentido de todo nuestro congreso: War against war, guerre à la guerre, ¡guerra a la guerra! (Aplausos tempestuosos.)

Los delegados se unen con entusiasmo al grito y cantan los himnos de lucha nacionales del proletariado. Por último, todos entonan ya solo la marcha socialista alemana: «¡Con nosotros el pueblo, con nosotros la victoria!».54

Apéndice. Las resoluciones de la Internacional obrera contra la guerra (1867-1910)

Lausana, 1867

Sigue la resolución: véase la página del congreso.

Bruselas, 1868

Sigue la resolución: véase la página del congreso.

Londres, 1888

Considerando que los enormes armamentos de los gobiernos europeos constituyen un peligro permanente para la paz general y causan graves daños a la clase obrera, el congreso invita a las democracias de los distintos países a encargar a sus diputados que trabajen para que, para resolver los litigios entre los gobiernos, el arbitraje ocupe el lugar de la guerra.55

París, 1889

Sigue la resolución: véase la página del congreso.

Bruselas, 1891

Sigue la resolución: véase la página del congreso.

Zúrich, 1893

Sigue la resolución: véase la página del congreso.

París, 1900

Sigue la resolución: véase la página del congreso.

Stuttgart, 1907

Sigue la resolución: véase la página del congreso.

Copenhague, 1910

Sigue la resolución Arbitraje y desarme, con la resolución complementaria sobre la convocatoria del Buró Socialista Internacional.

Cartas de mujeres socialistas

Las siguientes cartas de camaradas de Suecia, Bohemia, Italia y Rusia se han enviado al Buró Socialista Internacional para que se publiquen en las actas del congreso:

«Sabemos que todas las mujeres socialdemócratas de nuestro país están llenas de horror ante la guerra que se ha permitido. Una camarada ha dado en nuestra prensa esta expresión a la indignación que nos anima: ¡De nuevo sangra la humanidad! ¡Por una herida grande, abierta y terrible: la guerra de los Balcanes! ¡Cristiandad hipócrita! Intenta al menos avergonzarte ante ti misma cuando en la Navidad de 1912 prediques el Evangelio: paz en la tierra. ¡Mujeres de la Internacional! ¿Es digno de nosotras contemplar en silencio la marcha de la civilización capitalista en los Balcanes? ¿Puede ser digno de nosotras contemplar en silencio las vergonzosas crueldades que se han cometido bajo el signo de la santa cruz contra mujeres y niños inocentes? ¡No! Arrancad la máscara de la hipocresía, para que el ansia capitalista de rapiña quede al descubierto a los ojos de todos. ¡Protestemos!

Estocolmo, finales de noviembre de 1912.

La comisión ejecutiva del congreso de mujeres socialdemócratas. Anna Sterky,56 Lyda Oestlund, Elise Engelström, Anna Lindhagen, Signe.»

«Las obreras y las mujeres de obreros socialdemócratas checoslavas están unidas con toda la Internacional socialista en la protesta contra la guerra de los Balcanes y contra el peligro de una posible guerra mundial. Estos tiempos extraordinariamente difíciles, y sobre todo el peligro de guerra que amenaza, exigen también de nosotras, las mujeres, sacrificios extraordinarios y nos llaman a la lucha contra el asesinato en masa. Con el mismo sentir que la Internacional socialista reunida en Basilea gritamos: ¡Guerra a la guerra! ¡Adelante por la paz!

Praga, finales de noviembre de 1912.

Por las socialdemócratas checoslavas organizadas: Karla Máchová.»57

«En Basilea el proletariado de todos los países sellará la santa alianza que ha de impedir que se encienda un incendio mundial y que los pueblos sean llevados al matadero en provecho y beneficio de los intereses de una minoría de capitalistas industriales, especuladores y agrarios. En esta ocasión tiene que oírse la voz de las mujeres socialistas, porque ellas son las representantes de las mujeres del pueblo trabajador, sin cuya colaboración alegre ninguna rebelión, ninguna lucha del proletariado masculino puede desplegar toda su fuerza ni estar sostenida por el entusiasmo y el espíritu de sacrificio que exigen los grandes fines. En nombre de las mujeres socialistas de todos los países y por las proletarias de todos los países, nuestro sentir y nuestra voluntad tienen que expresarse en el Congreso de Basilea. Junto con el proletariado mundial, las mujeres socialistas se alzan contra el genocidio y contra el orden capitalista que provoca el genocidio; junto con el proletariado mundial manifiestan su voluntad inquebrantable de participar con todas sus fuerzas en la inmensa obra de cultura de la guerra contra la guerra.

Milán, finales de noviembre de 1912.

Por la comisión de la Unión Nacional de Mujeres Socialistas de Italia: Dra. Anna Kuliscioff.»58

Las costureras organizadas de San Petersburgo se habían declarado solidarias con la Internacional socialista, a lo que se han sumado también las obreras textiles organizadas:

«Nosotras, las costureras organizadas de San Petersburgo, protestamos contra los horrores de la guerra fratricida que se desarrolla actualmente en la península balcánica y alzamos nuestra voz contra la guerra, de acuerdo con el proletariado de todos los países.»

El sermón por la paz del párroco de la catedral de Basilea, Täschler

En la mañana del 24 de noviembre de 1912, el mismo día en que pocas horas después la Internacional de la paz y de la fraternidad de los pueblos hizo su entrada solemne en la antiquísima catedral de Basilea, se celebró en el mismo lugar el oficio religioso; del sermón que pronunció en esa ocasión el párroco Täschler, hombre de fe estricta, reproducimos los siguientes pasajes:

Esta tarde se celebrará aquí, en estos recintos, una manifestación que tiene por objeto protestar contra la guerra. Se ha discutido si debían abrirse los recintos de nuestra catedral al congreso obrero internacional. La junta de la parroquia de nuestra catedral se ha pronunciado por unanimidad a favor, de lo que nos alegramos de corazón. Sea cual sea la posición de cada uno ante la socialdemocracia, todos estamos unidos en la alegría por este acuerdo. Cuando se intenta convencernos de que la guerra es un bien o una triste necesidad, respondemos que la guerra es un mal que debe y puede suprimirse. Veneramos al Dios de la justicia, del amor fraterno y de la paz. La asamblea que se celebrará aquí esta tarde está animada de espíritu cristiano, aunque los oradores se sirvan de un lenguaje que nos resulte extraño; y porque en este congreso han de proclamarse principios e ideas cristianas, saludamos también con cálida simpatía a los hombres que en parte han venido a nosotros desde muy lejos.

Los corresponsales de guerra trazan cuadros espantosos de los campos de batalla de los Balcanes. Empapados por la lluvia, en la helada tormenta invernal, miles avanzan, y junto a los afortunados a los que una muerte rápida libra de su sufrimiento hay miles de desgraciados con los miembros destrozados que piden una ayuda que, por falta de organización, no se les puede llevar. Y por si fuera poco, por las filas de los guerreros pasa el espectro sonriente de la epidemia y entrega sin remedio a la muerte lo que había escapado de la batalla que mata a los hombres. ¡Cuántas mujeres felices se han convertido en estos días en viudas abandonadas, a cuántos niños ha privado la guerra de su padre, cuántos de los que partieron como hombres sanos vuelven como míseros lisiados que ya no pueden atender, alegres de vivir y gustosos de trabajar como antes, a los deberes de su oficio! Y si vuelven a casa sanos e ilesos, encuentran sin embargo la patria devastada, los bienes destruidos, ciudades y aldeas en ruinas, campos benditos convertidos en desiertos. Tendrán que pasar años y decenios para recuperar, con el mayor esfuerzo, lo que la guerra destruyó con puño de hierro en pocos días y semanas. La guerra es un fuego voraz en cuyas brasas ardientes perecen mucha felicidad juvenil, salud y bienestar. Y cuando el fuego se ha consumido, los ojos llorosos de las viudas, de los huérfanos, de los que se han quedado sin techo y de los empobrecidos miran fijamente las cenizas en las que se hundió lo que les era querido.

«¡Abajo las armas!». Así se titula la conocida novela de tesis de Bertha von Suttner. Quien quiera conocer los horrores de la guerra, que tome esa obra y lea lo que se escribe sobre las batallas de Solferino y de Königgrätz. ¡Guerra a la guerra en nombre de los desgraciados!, gritamos al mundo. Exigimos la paz mundial en el sentido de una alianza de paz que abarque a todos los pueblos; también en nombre de Jesús protestamos contra ella como cristianos. La guerra está en la contradicción más aguda con el Evangelio, que es un mensaje de paz, de amor, de humanidad, de noble humanidad. Jesús nunca dijo: ¡bienaventurados los homicidas! Sí llamó bienaventurados, en cambio, a los pacíficos y a los mansos. Jesús no manda en ninguna parte aspirar a la gloria que trae la batalla victoriosa, sino al reino de Dios y a su justicia. Sí dijo, en cambio: «Os he dado ejemplo, para que hagáis como yo os he hecho». Era el ejemplo del amor desinteresado que se entrega. Su religión es la religión de la paz, y en nombre de Jesús, en cuyo nacimiento los ángeles cantaron alegría y paz, en nombre del Príncipe de la paz, de quien queremos ser discípulos y discípulas, protestamos contra la guerra. ¡Por encargo del Dios del que dice el apóstol Pablo que no es un Dios de desorden, sino un Dios de paz! El Dios que por boca de Moisés hizo proclamar: «No matarás», ese lo dice a los reyes y a los emperadores y a los pueblos belicosos. Grita en las salas de consejo y en los parlamentos: «¡No podéis matar!». También ocurre que una guerra, en cuyo séquito marchan la brutalidad y la barbarie, acaba convirtiéndose en portadora de cultura y abre a la cultura el camino hasta los países más lejanos. No por eso deja la guerra de ser y de seguir siendo pecado, y Dios no quiere la guerra: quiere la paz. ¡Basta mirar las causas que desencadenan la guerra! Pese a todos los discursos y adornos que encubren la verdadera intención y quisieran presentar una guerra como una misión divina, la guerra va contra el sentir divino: nace del egoísmo, de las falsas nociones del honor, de la codicia de tierras, del hambre de oro, de la megalomanía. Júzguese como se quiera la guerra actual; la diplomacia europea juega un juego peligroso y sacrílego, y es sin duda como mostraba en una ilustración un conocido periódico: que al resplandor de la guerra unos lobos voraces rondan al enfermo del Bósforo59 para hacerse con el botín. La guerra es el desencadenamiento de los instintos y apetitos más bajos, es la violencia bruta y brutal, y Dios es amor, y su voluntad es que la guerra sea superada.

¿De dónde ha de venir la paz entre los pueblos? Igual que ahí fuera, en el reino de la naturaleza, al empezar la primavera la savia sube de abajo arriba, en el mundo del espíritu vale la palabra: ¡de abajo arriba! No olvidemos que Jesús era hijo de un carpintero. Las reformas nacen siempre de las profundidades del pueblo. Es cierto que el trabajo de la liga internacional por la paz no ha quedado sin fruto, pero su voz suave se pierde una y otra vez ante el lenguaje áspero de los cañones. Pero ahora la corriente se apodera de las grandes y amplias masas obreras internacionales, y en ello ponemos nuestra esperanza confiada. Si la humanidad avanza un buen trecho en el camino hacia el templo de la paz, será porque también aquí tiene que hacerse verdad: de abajo arriba.

Así les damos la bienvenida a todos, a los hombres de cerca y de lejos que hoy acuden en masa a nuestra poderosa catedral; les estrechamos en espíritu las manos, porque lo que ellos quieren es también el deseo de nuestro corazón, es la voluntad de Dios, es el Evangelio de Jesús, es el mensaje de la hermosa fiesta de Navidad a la que nos acercamos.

Lista de los delegados de las organizaciones del partido y de los sindicatos de Alemania

a) Por el Partido Socialdemócrata:

  • Eugen Ernst, Gran Berlín
  • Max Groger, Gran Berlín
  • Ottilie Baader, Gran Berlín
  • Otto Wels, Brandenburg
  • Eduard Bernstein, Breslau, Kattowitz
  • Paul Taubadel, Görlitz, Langenbielau
  • Paul Bader, Magdeburg
  • Paul Hennig, Halle
  • Fr. Bartels, Schleswig-Holstein
  • Johannes Lau, Hannover
  • Carl Schreck, Westfalia oriental
  • Franz Klupsch, Westfalia occidental
  • Adolf Hofrichter, Alto Rin
  • Karl Haberland, Bajo Rin
  • Hermann Wendel, Hesse-Nassau
  • Hans Vogel, Baviera septentrional
  • Adolf Müller, Baviera meridional
  • Bruno Körner, Palatinado
  • Richard Schmidt, Dresden
  • Richard Lipinski, Leipzig
  • Max Jungnickel, Chemnitz
  • Hermann Bauer, Zwickau
  • Carl Frey, Wurtemberg
  • Anton Geiß, Baden
  • Karl Ulrich, Hesse
  • Theodor Schwartz, Lübeck y Mecklemburgo
  • Emanuel Wurm, Turingia y distrito de Erfurt
  • Heinrich Peus, Anhalt
  • Heinrich Stubbe, Hamburg
  • Gust. Stengele, Hamburg
  • Alfr. Henke, distrito del Noroeste
  • Aug. Wicky, Alsacia-Lorena
  • Klara Zetkin, secretaria internacional
  • Karl Kautsky, Die Neue Zeit
  • August Bebel, dirección del partido
  • Otto Braun, dirección del partido
  • Hermann Müller, dirección del partido
  • Luise Zietz, dirección del partido
  • Hugo Haase, grupo parlamentario del Reichstag
  • Eduard David, grupo parlamentario del Reichstag
  • Georg Ledebour, grupo parlamentario del Reichstag
  • Richard Fischer, grupo parlamentario del Reichstag

b) Por los sindicatos:

  • H. Gaßner, panaderos
  • F. Paeplow, obreros de la construcción
  • F. Husemann, mineros
  • M. Etzel, obreros cerveceros
  • E. Kloth, encuadernadores
  • G. Diehl, techadores
  • Aug. Brey, obreros fabriles
  • F. Etzkorn, oficiales peluqueros
  • G. Aßmann, obreros municipales
  • G. Horn, obreros del vidrio
  • H. Eichhorn, vidrieros
  • O. Urban, dependientes de comercio
  • Redakteur Kayser, obreros de la madera
  • F. Schlatter, sombrereros
  • J. Saupe, caldereros
  • G. Döhnel, almaceneros
  • H. Mahler, obreros del cuero
  • O. Sillier, litógrafos
  • A. Tobler, pintores
  • F. Scheffel, maquinistas
  • A. Schlicke, metalúrgicos
  • H. Weinschild, guarnicioneros
  • A. Weicker, sastres
  • J. Simon, zapateros
  • A. Staudinger, canteros
  • C. Hübsch, obreros textiles
  • A. Drunsel, alfareros
  • K. Kaßler, obreros del transporte
  • H. Schrader, carpinteros
  • G. Bauer, Comisión General de los Sindicatos
  • Rob. Schmidt, Comisión General de los Sindicatos
  • Paul Umbreit, Comisión General de los Sindicatos

El número total de delegados

fue, tras el examen de los mandatos, de 555, que se reparten entre los distintos países como sigue:60

  • Bélgica: 32
  • Bohemia: 70
  • Bosnia: 1
  • Bulgaria: 3
  • Dinamarca: 8
  • Alemania: 74
  • Finlandia: 2
  • Francia: 117
  • Gran Bretaña: 13
  • Holanda: 9
  • Italia: 11
  • Croacia: 2
  • Luxemburgo: 3
  • Noruega: 3
  • Austria: 59
  • Polonia: 20
  • Portugal: 2
  • Rumanía: 2
  • Rusia: 30
  • Suecia: 8
  • Suiza: 49
  • España: 2
  • Hungría: 18

Lista de los delegados austriacos

Nombre; domicilio; representa a:

  • Adler, Viktor; Wien VI, Blümelgasse 2; dirección del partido
  • Skaret, Ferdinand; Wien XIV, Sechshauserstr. 68; dirección del partido
  • Ellenbogen, Wilh.; Wien I, Ledererhof 2; dirección del partido
  • Winarsky, Leopold; Wien III, Thongasse 11; dirección del partido
  • Pernerstorfer, Engelb.; Wien VIII, Langegasse 15; grupo parlamentario
  • Glöckel, Otto; Wien XII, Gaudensdorferg. 47; grupo parlamentario
  • Hillebrand, Oswald; Karlsbad, Arnemanstraße; grupo parlamentario
  • Volkert, Karl; Wien XVI, Klausgasse 30; grupo parlamentario
  • Müller, Rudolf; Wien X, Herzgasse 2a; grupo parlamentario
  • Sever, Albert; Wien XVI, Kreitnergasse 29; grupo parlamentario
  • Chaloupka, Josef; Wien VII, Kaiserstr. 96; partido regional de la Baja Austria
  • Hummel, Albert; Wien V, Ramperstorfferg. 32; partido regional de la Baja Austria
  • Pölzer, Johann; Wien X, Wielandplatz 5; partido regional de la Baja Austria
  • Popp, Adelheid; Wien V, Rechte Wienzeile 97; comité central de las mujeres
  • Pölzer, Amalie; Wien X, Wielandplatz 5; comité central de las mujeres
  • Jokl, Hanns; Troppau, Oberring 4; partido regional de Silesia
  • Gröger, Florian; Klagenfurt, Bismarckring 7; partido regional de Carintia
  • Grünwald, Julius; Wien V, Rechte Wienzeile 97; Comisión Sindical
  • Beer, Heinrich; Wien V, Pilgramgasse 8; sindicato de metalúrgicos
  • Domes, Franz; Wien V, Kohlgasse 27; sindicato de metalúrgicos
  • Chiussi, Ezio; Triest, Via Madonnina 15; sindicato de metalúrgicos
  • Schrammel, Anton; Wien VII, Kaiserstr. 15; rama química
  • Widholz, Laurenz; Wien VI, Kasernengasse 7; obreros de la madera
  • Richter, Karl; Wien V, Margaretenstr. 112; obreros de la madera
  • Tomschik, Josef; Wien V, Zentagasse 5; ferroviarios
  • Zipper, Julius; Wien XV, Markgraf Rüdigerstraße 27; obreros panaderos
  • Hanusch, Ferdinand; Wien XV, Rosinagasse 2; obreros textiles
  • Pattermann, Franz; Wien XVI, Klausgasse 30; obreros del tabaco
  • Maly, Stanislaus; Wien XV, Klementinengasse 11; obreros del transporte
  • Smitka, Johann; Wien VI, Königseggasse 10; sastres
  • Da Rin, Alexander; Wien V, Diehlgasse 50; obreros de la arcilla
  • Mühlberger, Karl; Wien VII, Zieglergasse 25; litógrafos
  • Flemisch, Karl; Wien XVIII, Theresieng. 38; sombrereros
  • Danneberg, Robert; Wien V, Rechte Wienzeile 97; jóvenes
  • Adler, Friedrich; Wien V, Rechte Wienzeile 97; Arbeiter-Zeitung
  • Hammerstorfer, Hans; Steinach Nr. 35, Steiermark; obreros forestales
  • Zoubek, Franz; Wien XVI, Herbstr. 59; obreros de fundición
  • Kokrda, Quirinus; Wien IX, Kolingasse 19; Sociedad Mayorista de Compras
  • Emmerling, Georg; Wien V, Rechte Wienzeile 97; organización del distrito II de Viena
  • Dworacek, Josef; Wien VII, Zieglergasse 25; tipógrafos
  • Reifmüller, Franz; Wien VII, Zieglergasse 25; tipógrafos
  • Schäfer, Anton; Reichenberg, Bahnhofstraße; sindicatos de Bohemia
  • Pongratz, Josef; Graz, Schönauergürtel 53; partido regional de Estiria
  • Nießner, Wilhelm; Brünn, Franz Josefstr. 24; partido regional de Moravia
  • Seliger, Josef; Teplitz, Böhmen; partido regional de Bohemia
  • Rapoldi, Martin; Innsbruck, Mentlgasse 12; partido regional del Tirol
  • Ertl, Eduard; Dornbirn, Rauchgasse 30; partido regional del Vorarlberg
  • Palm, Franz; Fischern, Böhmen; asociación de la cerámica
  • Cermak, Karl; Turn, Haus „Austria“; organización comarcal de Teplitz
  • Jarolim, Anton; Turn, Haus „Austria“; mineros
  • Winter, Max; Wien XVIII, Bowitschgasse 3; organización del distrito IX de Viena
  • Wytik, Semen; Lemberg; partido ruteno
  • Renner, Karl; Wien VIII, Langegasse 5; Unión Central de las Cooperativas de Consumo
  • Lanza, Angiolo; Triest; organización política de Trieste (organización del partido italiano de Austria)
  • Pittoni, Valentino; Triest; organización política de Trieste (organización del partido italiano de Austria)
  • Puecher, Edmondo; Triest; organización política de Trieste (organización del partido italiano de Austria)
  • Susmel, Michele; Triest; organización de distrito de Capodistria (organización del partido italiano de Austria)
  • Gfellner, August; Liechtenstein; organización política
  • Czech, Dr.; Brünn, Rennergasse 22; comisión de control del partido
  1. Sala de reuniones de Basilea. ↩

  2. Eugen Wullschleger (1862-1931), socialdemócrata suizo, miembro del gobierno del cantón de Basilea-Ciudad. ↩

  3. August Bebel (1840-1913), presidente del Partido Socialdemócrata de Alemania; Herman Greulich (1842-1925), uno de los fundadores del movimiento obrero socialista suizo. ↩

  4. Victor Adler (1852-1918), dirigente de la socialdemocracia austriaca; Karl Kautsky (1854-1938), teórico de la socialdemocracia alemana; Edward Anseele (1856-1938), dirigente del Partido Obrero Belga en Gante; Jean Jaurès (1859-1914), dirigente del Partido Socialista francés; Camille Huysmans (1871-1968), secretario del Buró Socialista Internacional. ↩

  5. Gustav Adolf Uthmann (1867-1920), compositor alemán de coros obreros. ↩

  6. Véase el Congreso de Zúrich de 1893. ↩

  7. El IV Congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores; véase el Congreso de Basilea de 1869. ↩

  8. Wilhelm Liebknecht (1826-1900), fundador con Bebel de la socialdemocracia alemana; Eugène Varlin (1839-1871), internacionalista y miembro de la Comuna de París, fusilado en 1871; César De Paepe (1841-1890), socialista belga; Karl Bürkli (1823-1901), socialista suizo de Zúrich; Johann Philipp Becker (1809-1886), revolucionario de 1848 y organizador de la Internacional en Ginebra. ↩

  9. Alfred Brüstlein (1853-1924), abogado y diputado socialista suizo. ↩

  10. Henri de Man (1885-1953), socialista belga. ↩

  11. El 17 de noviembre de 1912, a propuesta del Buró Socialista Internacional, se celebraron mítines y manifestaciones contra la guerra en muchas ciudades de Europa. ↩

  12. Dragiša Lapčević, dirigente del Partido Socialdemócrata Serbio y diputado. ↩

  13. La Federación Socialista Obrera de Salónica, ciudad otomana que el ejército griego había ocupado a comienzos de noviembre de 1912. ↩

  14. Émile Vandervelde (1866-1938), dirigente del Partido Obrero Belga y presidente del Buró Socialista Internacional. ↩

  15. Édouard Vaillant (1840-1915), socialista francés, antiguo miembro de la Comuna; Engelbert Pernerstorfer (1850-1918), socialdemócrata austriaco; Hugo Haase (1863-1919), copresidente del Partido Socialdemócrata de Alemania; Yanko Sakazov (1860-1941), dirigente de los socialistas «amplios» de Bulgaria. ↩

  16. El Lied der Arbeit, himno del movimiento obrero austriaco. ↩

  17. ¡Abajo las armas! (Die Waffen nieder!) es el título de la novela pacifista de Bertha von Suttner (1889). ↩

  18. Blocher presidía ese año el gobierno del cantón de Basilea-Ciudad, del que él y Wullschleger eran los dos miembros socialdemócratas, como recuerda Greulich al abrir la sesión del 25 de noviembre. ↩

  19. Alusión a La risa roja (1904), relato de Leonid Andréiev sobre los horrores de la guerra ruso-japonesa. ↩

  20. Keir Hardie (1856-1915), fundador del Partido Laborista Independiente británico. ↩

  21. En el Congreso de Berlín, que reordenó los Balcanes tras la guerra ruso-turca de 1877-1878. ↩

  22. La guerra italo-turca de 1911-1912, con la que Italia se apoderó de Tripolitania y Cirenaica. ↩

  23. Los votos del Partido Socialdemócrata de Alemania en las elecciones al Reichstag de enero de 1912. ↩

  24. Alusión al segundo manifiesto del Consejo General de la Internacional sobre la guerra franco-prusiana, redactado por Marx en septiembre de 1870, tras la proclamación de la República en París el día 4. ↩

  25. El parlamento búlgaro. ↩

  26. Así en el protocolo. ↩

  27. «Llamo a los vivos, lloro a los muertos, quiebro los rayos»: inscripción de campana que Schiller puso como lema a su poema La canción de la campana (1799). ↩

  28. Ignacy Daszyński (1866-1936), dirigente del Partido Socialdemócrata Polaco de Galitzia y diputado en el parlamento de Viena. ↩

  29. Kirk Kilise (hoy Kırklareli, en la Tracia oriental), fortaleza otomana que los búlgaros tomaron en octubre de 1912. ↩

  30. Colmar von der Goltz (1843-1916), general prusiano que reorganizó el ejército otomano. ↩

  31. Las resoluciones sobre la propiedad de la tierra y sobre el derecho de herencia; véase el Congreso de Basilea de 1869. ↩

  32. Ernő Garami (1876-1935), dirigente de la socialdemocracia húngara y redactor de su diario, Népszava. ↩

  33. Román Malinovski (1876-1918), diputado bolchevique de la IV Duma, que resultó ser agente de la policía política zarista. ↩

  34. Los socialistas «estrechos» (tesniaki) de Dimitar Blagoev, la otra fracción del socialismo búlgaro, frente a los «amplios» de Sakazov. ↩

  35. Los socialdemócratas checos partidarios de mantener un partido y unos sindicatos comunes para toda Austria, frente a la mayoría separatista del partido checoslavo. ↩

  36. Serbia reclamaba una salida al Adriático por el norte de Albania; Austria-Hungría se oponía. ↩

  37. Rusia apoyaba la secesión de Mongolia exterior respecto de China y en noviembre de 1912 firmó con ella el tratado de Urga, que la ponía bajo su protección. ↩

  38. František Soukup (1871-1940), dirigente del Partido Socialdemócrata Checoslavo y diputado en el parlamento de Viena. ↩

  39. Derrotas de Austria ante Prusia en 1866 y ante Francia y el Piamonte en 1859. ↩

  40. En 1908. ↩

  41. El sufragio universal masculino para el parlamento de Viena, conquistado en 1907 tras una campaña de masas impulsada por la revolución rusa de 1905. ↩

  42. Pieter Jelles Troelstra (1860-1930), dirigente del Partido Obrero Socialdemócrata holandés. ↩

  43. Véase el Congreso de Londres de 1896. ↩

  44. Clara Zetkin (1857-1933), socialdemócrata alemana, secretaria de la Internacional de mujeres socialistas. ↩

  45. Versos finales de la canción de los jinetes con que termina El campamento de Wallenstein, de Schiller. ↩

  46. Gregorio Agnini (1856-1945), diputado del Partido Socialista Italiano. ↩

  47. Pablo Iglesias (1850-1925), fundador del Partido Socialista Obrero Español y de la Unión General de Trabajadores. ↩

  48. La guerra de Melilla de 1909, la huelga general y la insurrección de Barcelona contra el embarque de reservistas (la Semana Trágica, julio de 1909) y la campaña internacional contra el fusilamiento del pedagogo Francisco Ferrer Guardia en octubre de 1909. ↩

  49. El Banco di Roma, ligado al Vaticano, tenía grandes inversiones en Tripolitania antes de la conquista italiana. ↩

  50. Angelica Balabanoff (1878-1965), socialista italiana nacida en Ucrania, miembro de la dirección del Partido Socialista Italiano. ↩

  51. Arturo Giovannitti y Joseph Ettor, dirigentes de los Industrial Workers of the World en la huelga textil de Lawrence (Massachusetts) de 1912, acusados de complicidad en la muerte de la huelguista Anna LoPizzo; el jurado los absolvió al día siguiente, el 26 de noviembre de 1912. ↩

  52. Alusión a la Triple Alianza (Alemania, Austria-Hungría e Italia) y a los acuerdos de la Triple Entente. ↩

  53. August Wohlgemuth, inspector de la policía alemana, fue detenido y expulsado de Suiza en 1889, lo que provocó un grave conflicto diplomático con Alemania; el «joven Bismarck» es Herbert von Bismarck, hijo del canciller y entonces secretario de Estado de Asuntos Exteriores. ↩

  54. Estribillo de la Marcha socialista (Sozialistenmarsch), uno de los himnos de la socialdemocracia alemana. ↩

  55. El congreso obrero internacional, sobre todo sindical, reunido en Londres en noviembre de 1888 a convocatoria del Trades Union Congress británico. No hay página propia de este congreso en el archivo. ↩

  56. Anna Sterky (1856-1939), dirigente de las mujeres socialdemócratas suecas. ↩

  57. Karla Máchová, dirigente de las mujeres socialdemócratas checas. ↩

  58. Anna Kuliscioff (1857-1925), socialista italiana nacida en Crimea, dirigente del movimiento de mujeres socialistas en Italia. ↩

  59. El Imperio otomano, al que desde mediados del siglo XIX se llamaba «el enfermo de Europa». ↩

  60. Así en el protocolo; estas cifras no coinciden del todo con las que dio Huysmans en la sesión del 25 de noviembre, y su suma no llega a 555. ↩