Escrito por Friedrich Engels hacia el 28 de julio de 1869 y publicado sin firma en Die Zukunft (Berlín), núm. 185, del 11 de agosto de 1869. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 16 (Berlín, 1962, pp. 361-366), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

En Alemania se ha cogido la costumbre de ver en Ferdinand Lassalle al creador del movimiento obrero alemán. Y, sin embargo, nada hay más inexacto. Si hace seis o siete años el proletariado acudía en masa a él en todos los distritos fabriles, en todas las grandes ciudades, centros de la población trabajadora; si sus viajes eran marchas triunfales que podían envidiarle los príncipes reinantes, ¿no estaba acaso abonado ya de antes, calladamente, el suelo que dio tan rápido fruto? Si los obreros aclamaban sus doctrinas, ¿era porque esas doctrinas eran nuevas para ellos o porque los que pensaban entre ellos ya las conocían, más o menos, desde hacía tiempo?

La generación actual vive deprisa y olvida deprisa. El movimiento de los años cuarenta, que culminó en la revolución de 1848 y halló su término en la reacción de 1849 a 1852, ha caído ya en el olvido junto con su literatura política y socialista. Por eso hay que recordar que antes de la revolución de 1848 y durante ella existía entre los obreros, sobre todo de la Alemania occidental, un partido socialista bien organizado, que se disgregó, es cierto, tras el proceso de los comunistas de Colonia,1 pero cuyos miembros siguieron preparando en silencio, cada uno por su cuenta, el terreno del que Lassalle se adueñó después. Hay que recordar, además, que existía un hombre que, junto a la organización de este partido, había hecho tarea de su vida el estudio científico de la llamada cuestión social, es decir, la crítica de la economía política, y que ya antes de 1860 había publicado importantes resultados de sus investigaciones. Lassalle era una cabeza de muchísimo talento y de formación muy variada, un hombre de gran energía y de una versatilidad casi ilimitada; estaba hecho para desempeñar un papel político en cualesquiera circunstancias. Pero ni fue el iniciador original del movimiento obrero alemán ni era un pensador original. Todo el contenido de sus escritos era prestado, y prestado no sin malentendidos; tenía un predecesor y un superior intelectual cuya existencia, eso sí, callaba mientras vulgarizaba sus escritos, y ese superior intelectual se llama Karl Marx.

Karl Marx nació el 5 de mayo de 1818 en Tréveris, donde cursó el bachillerato. Estudió Derecho en Bonn y luego en Berlín, donde, sin embargo, la dedicación a la filosofía pronto lo apartó de la jurisprudencia. Tras cinco años de estancia en la «metrópoli de la inteligencia»,2 volvió a Bonn en 1841 con la intención de habilitarse allí como profesor. Reinaba entonces en Prusia la primera «Nueva Era». Federico Guillermo IV había declarado que le gustaba una oposición de buenas convicciones, y en diversos lugares se intentó organizar una. Así se fundó en Colonia la Rheinische Zeitung; Marx criticó en ella, con una audacia entonces inaudita, los debates de la Dieta provincial renana en artículos que causaron gran sensación. A fines de 1842 asumió él mismo la dirección y dio tanto que hacer a la censura que se le hizo el honor de enviar de Berlín un censor especial para la Rhein. Ztg. Como tampoco esto sirvió, el periódico tuvo que pasar por una doble censura, pues cada número, además de la ordinaria, se sometía en segunda instancia a la censura del presidente del gobierno de Colonia. Pero tampoco este medio sirvió de nada contra la «obstinada malevolencia» de la Rhein. Zeitung, y a comienzos de 1843 el ministerio dictó un decreto según el cual la Rhein. Zeitung debía dejar de publicarse al terminar el primer trimestre. Marx se retiró inmediatamente, porque los accionistas querían intentar un arreglo; pero también este fracasó, y el periódico dejó de aparecer.

La crítica de los debates de la Dieta renana obligó a Marx a estudiar cuestiones de intereses materiales. Aquí le salieron al paso puntos de vista nuevos, que ni la jurisprudencia ni la filosofía habían previsto. Partiendo de la filosofía del derecho de Hegel, Marx llegó a la conclusión de que no era el Estado, presentado por Hegel como el «coronamiento del edificio», sino más bien la «sociedad civil», tratada por él con tanto desdén, la esfera en la que había que buscar la clave para comprender el proceso de desarrollo histórico de la humanidad.3 Ahora bien, la ciencia de la sociedad civil es la economía política, y esta ciencia no podía estudiarse a fondo en Alemania; solo podía estudiarse en Inglaterra o en Francia.

Por eso, tras casarse con la hija del consejero privado de gobierno Von Westphalen, de Tréveris (hermana del que luego fue ministro prusiano del Interior, Von Westphalen),4 Marx se trasladó en el verano de 1843 a París, donde se dedicó sobre todo al estudio de la economía política y de la historia de la gran Revolución francesa. Al mismo tiempo publicó con Ruge los Anales franco-alemanes, de los que solo apareció, sin embargo, un número. Expulsado de Francia por Guizot en 1845, se fue a Bruselas y permaneció allí, ocupado en los mismos estudios, hasta el estallido de la revolución de febrero. Hasta qué punto estaba en desacuerdo con el socialismo al uso, incluso en su forma más erudita, lo demostró su crítica de la gran obra de Proudhon Philosophie de la misère, que apareció en 1847 con el título de Misère de la philosophie, en Bruselas y París. En este escrito se encuentran ya muchos puntos esenciales de su teoría, ahora expuesta por extenso. También el Manifiesto del Partido Comunista, Londres, 1848, escrito antes de la revolución de febrero y adoptado por un congreso obrero en Londres, es esencialmente obra suya.5

Expulsado de nuevo por el gobierno belga bajo el efecto del pánico de la revolución de febrero, Marx volvió a París por invitación del gobierno provisional francés. La marea de la revolución empujó a segundo plano todas las ocupaciones científicas; ahora se trataba de intervenir en el movimiento. Después de haberse opuesto, durante los primeros días de agitación, al despropósito de los agitadores que querían organizar desde Francia a los obreros alemanes en cuerpos francos para republicanizar Alemania,6 Marx se fue con sus amigos a Colonia y fundó allí la Neue Rheinische Zeitung, que duró hasta junio de 1849 y que en el Rin todavía se recuerda bien. La libertad de prensa de 1848 no se ha aprovechado en ningún sitio con tanto éxito como entonces por este periódico, en medio de una fortaleza prusiana. Después de que el gobierno intentara en vano acabar con el periódico mediante procesos judiciales —Marx compareció dos veces ante el jurado, por delitos de prensa y por incitación a negarse a pagar los impuestos, y las dos veces fue absuelto—,7 se lo hizo caer en la época de los levantamientos de mayo de 1849 expulsando a Marx con el pretexto de que había perdido la nacionalidad prusiana, y a los demás redactores con pretextos parecidos. Marx tuvo que volver, pues, a París, de donde fue expulsado otra vez, y todavía en el verano de 1849 se fue a Londres, su residencia actual.

En Londres se reunía entonces toda la fine fleur8 de los refugiados continentales de todas las naciones. Se formaron comités revolucionarios de toda clase, combinaciones, gobiernos provisionales in partibus infidelium;9 hubo disputas y riñas de todo tipo, y los señores que tomaron parte en ellas recuerdan sin duda ahora ese período como el más desafortunado de su vida. Marx se mantuvo al margen de todas estas maquinaciones. Durante un tiempo continuó su Neue Rhein. Ztg. en forma de revista mensual (Hamburgo, 1850);10 después se retiró al British Museum y exploró la enorme biblioteca de allí, en gran parte desconocida todavía, en su aspecto económico. Al mismo tiempo escribía con regularidad en la New-York Tribune; era, por así decirlo, el redactor de este primer periódico angloamericano para la política europea hasta el estallido de la guerra civil norteamericana.

El golpe de Estado del 2 de diciembre le movió a escribir un folleto, El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Nueva York, 1852, que justo ahora aparece en nueva edición (Hamburgo, en casa de Meißner) y que contribuirá no poco a comprender la situación insostenible en que acaba de caer ese mismo Bonaparte. El héroe del golpe de Estado aparece aquí tal cual en su desnuda realidad, como se presenta sin la aureola con que lo rodeó el éxito momentáneo. El filisteo que tiene a su Napoleón III por el hombre más grande del siglo y que ahora no se explica cómo este genio prodigioso comete de repente pifia tras pifia y un error político tras otro, el susodicho filisteo puede pedir consejo al mencionado trabajo de Marx.

Por poco que Marx se hiciera notar durante toda su estancia en Londres, Karl Vogt le obligó, después de la campaña de Italia de 1859, a una polémica que culminó en El señor Vogt, de Marx, Londres, 1860. Por la misma época apareció el primer fruto de sus estudios económicos: Contribución a la crítica de la economía política, Berlín, 1859, cuaderno primero. Este cuaderno contiene solo la teoría del dinero, expuesta desde puntos de vista completamente nuevos; la continuación se hizo esperar, porque entretanto el autor descubrió tanto material nuevo que consideró necesarios nuevos estudios.

Por fin, en 1867, apareció en Hamburgo El capital. Crítica de la economía política, tomo primero. Esta obra contiene los resultados del estudio de toda una vida. Es la economía política de la clase trabajadora reducida a su expresión científica. No se trata aquí de frases de agitación, sino de deducciones rigurosamente científicas. Cualquiera que sea la actitud que se adopte ante el socialismo, habrá que reconocer en todo caso que aquí se expone científicamente por primera vez y que estaba reservado precisamente a Alemania realizar esta hazaña también en este terreno. Quien quiera combatir todavía el socialismo tendrá que vérselas con Marx; si lo logra, ya no necesitará, desde luego, mencionar a los dei minorum gentium.11

Pero el libro de Marx tiene también interés en otro aspecto. Es el primer escrito en que se describen de modo completo y claro las relaciones efectivas que existen entre el capital y el trabajo, en su forma clásica, la que han alcanzado en Inglaterra. Las investigaciones parlamentarias proporcionaron para ello un material abundante, que abarca un período de casi cuarenta años y que es prácticamente desconocido incluso en Inglaterra, sobre las condiciones de los obreros en casi todas las ramas de la industria, sobre el trabajo de las mujeres y de los niños, sobre el trabajo nocturno, etc.; todo esto se hace accesible aquí por primera vez. A ello se suma la historia de la legislación fabril en Inglaterra, que, desde los modestos comienzos de la primera ley de 1802, ha llegado ahora a limitar el tiempo de trabajo en casi todas las ramas que se trabajan en régimen fabril o a domicilio a 60 horas semanales para las mujeres y los jóvenes menores de 18 años, y a 39 horas semanales para los niños menores de 13 años. En este aspecto el libro tiene el mayor interés para todo industrial.

Durante largos años Marx ha sido sin duda el escritor alemán «más calumniado», aunque nadie le negará el testimonio de que también ha repartido valientes golpes a su alrededor y de que todos sus golpes han dado en el blanco. Pero la polémica, en la que tanto «ha hecho», no era en el fondo para él sino cuestión de legítima defensa. Su verdadero interés estuvo siempre, a fin de cuentas, en su ciencia, que ha estudiado y meditado durante veinticinco años con una escrupulosidad que no tiene igual, una escrupulosidad que le ha impedido presentar al público sus conclusiones en forma sistemática antes de quedar él mismo satisfecho de su forma y de su contenido, antes de tener claro que no había dejado ningún libro sin leer ni ninguna objeción sin sopesar y que había agotado por completo cada punto. Los pensadores originales son muy raros en esta época de epígonos; pero si un hombre no solo es un pensador original, sino que además posee una erudición sin igual en su especialidad, merece un doble reconocimiento.

Además de sus estudios, Marx se ocupa, como no podía ser de otro modo, del movimiento obrero; es uno de los fundadores de la Asociación Internacional de los Trabajadores, que tanto ha dado que hablar en los últimos tiempos y que ha demostrado ya en más de un lugar de Europa que es una potencia. Creemos no equivocarnos si decimos que también en esta sociedad, que en todo caso hace época en el movimiento obrero, el elemento alemán ocupa, gracias sobre todo a Marx, el lugar influyente que le corresponde.

  1. Proceso celebrado en Colonia en octubre y noviembre de 1852 contra once miembros de la Liga de los Comunistas, siete de los cuales fueron condenados a penas de fortaleza; véase Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia. ↩

  2. Berlín, que se preciaba de ser la ciudad de la inteligencia por su universidad. ↩

  3. Bürgerliche Gesellschaft: en Hegel, la «sociedad civil», esfera de las necesidades y de los intereses privados, intermedia entre la familia y el Estado; en Marx, la base económica de la sociedad, la sociedad burguesa. ↩

  4. Jenny von Westphalen (1814-1881), con quien Marx se casó en junio de 1843, era hija de Ludwig von Westphalen, consejero de gobierno en Tréveris; su hermanastro Ferdinand von Westphalen fue ministro prusiano del Interior de 1850 a 1858. ↩

  5. El segundo congreso de la Liga de los Comunistas (Londres, noviembre-diciembre de 1847) encargó a Marx y a Engels la redacción del Manifiesto. ↩

  6. La Legión de demócratas alemanes que Georg Herwegh y Adalbert von Bornstedt organizaron en París en marzo de 1848 para invadir el sur de Alemania; fue deshecha en Baden en abril. ↩

  7. Los dos procesos se vieron ante el jurado de Colonia el 7 y el 8 de febrero de 1849: el primero contra la Neue Rheinische Zeitung por un artículo que injuriaba a la fiscalía y a la gendarmería; el segundo contra el comité de distrito renano de los demócratas, por su llamamiento a negarse a pagar los impuestos tras la disolución de la Asamblea Nacional prusiana. ↩

  8. «La flor y nata». ↩

  9. «En tierra de infieles»: título de los obispos que tenían una diócesis solo nominal; aquí, gobiernos sin país. ↩

  10. Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue, de la que aparecieron seis números en 1850. ↩

  11. «Dioses de las familias menores»: las divinidades de segundo orden de la antigua Roma; aquí, los epígonos. ↩