Friedrich Engels, prólogos a Karl Marx, El capital. Crítica de la economía política. Libro segundo: El proceso de circulación del capital, editado por Engels; primera edición: Hamburgo, Otto Meissner, 1885; segunda edición, 1893. Se traduce según el texto de la MEW 24 (Berlín, 1963), cotejado con la MEGA II/13 (1885); la cita de Sismondi, que Engels daba en francés, se traduce de su original (las de A. Smith, Thompson y el folleto de 1821 las dio Engels en alemán). Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas sin marca son de Engels. Las llaves {…} reproducen las de la edición (interpolaciones de Engels en las citas). Las notas marcadas «(Nota de la traducción.)» son nuestras. Texto original en alemán

Prólogos · I · II · III · Libro primero

Londres, 5 de mayo de 1885. Publicado por primera vez en: Karl Marx, Das Kapital. Kritik der politischen Oekonomie. Zweiter Band, Hamburgo, 1885.

Preparar para la imprenta el segundo libro de El capital, y hacerlo de modo que, por un lado, apareciera como una obra coherente y lo más acabada posible y, por otro, como obra exclusiva del autor y no del editor, no fue tarea fácil. El gran número de redacciones existentes, en su mayoría fragmentarias, dificultaba la labor. A lo sumo una sola (el manuscrito IV) estaba, hasta donde llegaba, redactada de principio a fin para la imprenta; pero, en cambio, también la mayor parte de ella había quedado anticuada por redacciones de época posterior. El grueso del material, aunque en su mayor parte estaba elaborado en cuanto al fondo, no lo estaba en cuanto a la lengua; estaba redactado en el lenguaje en que Marx solía hacer sus extractos: estilo descuidado, expresiones y giros familiares, a menudo de un humor rudo, términos técnicos ingleses y franceses, a menudo frases enteras e incluso páginas en inglés; es la puesta por escrito de las ideas en la forma en que cada vez iban desarrollándose en la cabeza del autor. Junto a partes concretas expuestas con detalle, otras igual de importantes solo apuntadas; el material de hechos ilustrativos reunido, pero apenas agrupado, y menos aún elaborado; al final de los capítulos, en el apremio por pasar al siguiente, a menudo solo un par de frases sueltas como hitos del desarrollo que allí quedaba inacabado; por último, la conocida letra, a veces ilegible para el propio autor.

Me he limitado a reproducir los manuscritos lo más literalmente posible, a cambiar en el estilo solo lo que el propio Marx habría cambiado y a intercalar oraciones explicativas y transiciones únicamente allí donde era absolutamente necesario y, además, el sentido no ofrecía la menor duda. Las frases cuya interpretación admitía la más remota duda se han preferido imprimir de forma enteramente literal. Las reelaboraciones e intercalaciones que proceden de mí no llegan en total a diez páginas impresas y son de naturaleza puramente formal.

La mera enumeración del material manuscrito que Marx dejó para el libro II demuestra con qué escrupulosidad sin igual, con qué rigurosa autocrítica se esforzaba en elaborar sus grandes descubrimientos económicos hasta la máxima perfección antes de publicarlos; una autocrítica que rara vez le permitía llegar a adaptar la exposición, en contenido y forma, a su horizonte, que nuevos estudios ampliaban sin cesar. Este material consiste, pues, en lo siguiente.

En primer lugar, un manuscrito titulado Contribución a la crítica de la economía política, de 1.472 páginas en cuarto distribuidas en 23 cuadernos, escrito entre agosto de 1861 y junio de 1863. Es la continuación del primer cuaderno del mismo título, aparecido en Berlín en 1859.1 En las páginas 1-220 (cuadernos I-V) y luego de nuevo en las páginas 1159-1472 (cuadernos XIX-XXIII) trata los temas estudiados en el libro I de El capital, desde la transformación del dinero en capital hasta el final, y es la primera redacción que existe de ellos. Las páginas 973-1158 (cuadernos XVI a XVIII) tratan del capital y la ganancia, la tasa de ganancia, el capital comercial y el capital dinerario, es decir, de temas que más tarde se desarrollan en el manuscrito del libro III. En cambio, los temas tratados en el libro II, así como muchísimos de los que luego se tratan en el libro III, todavía no están reunidos por separado. Se tratan de pasada, sobre todo en la sección que constituye el cuerpo principal del manuscrito: páginas 220-972 (cuadernos VI-XV), Teorías sobre la plusvalía. Esta sección contiene una historia crítica detallada del punto central de la economía política, la teoría de la plusvalía, y desarrolla además, en oposición polémica a los predecesores, la mayoría de los puntos que más tarde se estudian por separado y en su conexión lógica en el manuscrito de los libros II y III. Me reservo publicar la parte crítica de este manuscrito, una vez suprimidos los numerosos pasajes ya resueltos en los libros II y III, como libro IV de El capital.2 Por valioso que sea este manuscrito, apenas podía utilizarse para la presente edición del libro II.

El manuscrito que viene a continuación por orden de fechas es el del libro III. Fue escrito, al menos en su mayor parte, en 1864 y 1865. Solo después de tenerlo en lo esencial terminado emprendió Marx la elaboración del libro I, el primer tomo impreso en 1867. Este manuscrito del libro III lo estoy preparando ahora para la imprenta.

Del período siguiente —tras la aparición del libro I— hay para el libro II una colección de cuatro manuscritos en folio, numerados por el propio Marx del I al IV. De ellos, el manuscrito I (150 páginas), que data probablemente de 1865 o 1867, es la primera elaboración independiente, aunque más o menos fragmentaria, del libro II en su división actual. Tampoco de él era utilizable nada. El manuscrito III consiste en parte en una recopilación de citas y de referencias a los cuadernos de extractos de Marx —relativas en su mayoría a la primera sección del libro II— y en parte en elaboraciones de puntos concretos, en particular la crítica de las tesis de A. Smith sobre el capital fijo y el circulante y sobre la fuente de la ganancia; además, una exposición de la relación entre la tasa de plusvalía y la tasa de ganancia, que corresponde al libro III. Las referencias aportaban poco provecho nuevo, y las elaboraciones habían quedado superadas por redacciones posteriores tanto para el libro II como para el III, de modo que también hubo que dejarlas a un lado en su mayoría. El manuscrito IV es una elaboración lista para la imprenta de la primera sección y de los primeros capítulos de la segunda sección del libro II, y se ha utilizado también allí donde le toca. Aunque resultó que estaba redactado antes que el manuscrito II, pudo utilizarse con ventaja para la parte correspondiente del libro, por ser más acabado en la forma; bastó con hacer algunas adiciones tomadas del manuscrito II. Este último manuscrito es la única elaboración más o menos terminada del libro II y data de 1870. Las notas para la redacción definitiva, de las que hablaré enseguida, dicen expresamente: «Hay que tomar como base la segunda elaboración».

Después de 1870 se produjo de nuevo una pausa, debida sobre todo a sus enfermedades. Como de costumbre, Marx llenó ese tiempo con estudios; la agronomía, las condiciones rurales norteamericanas y sobre todo rusas, el mercado monetario y la banca, por último las ciencias naturales —geología y fisiología— y, sobre todo, trabajos matemáticos propios forman el contenido de los numerosos cuadernos de extractos de esa época. A comienzos de 1877 se sintió lo bastante restablecido para volver a su verdadero trabajo. De finales de marzo de 1877 datan referencias y notas tomadas de los cuatro manuscritos citados como base para una nueva elaboración del libro II, cuyo comienzo está en el manuscrito V (56 páginas en folio). Abarca los cuatro primeros capítulos y está todavía poco elaborado; puntos esenciales se tratan en notas al pie del texto; el material está más reunido que cribado, pero es la última exposición completa de esta parte, la más importante de la primera sección. Un primer intento de hacer de ello un manuscrito listo para la imprenta se halla en el manuscrito VI (posterior a octubre de 1877 y anterior a julio de 1878): solo 17 páginas en cuarto, que abarcan la mayor parte del primer capítulo; un segundo intento, el último, en el manuscrito VII, «2 de julio de 1878», solo 7 páginas en folio.

Por esta época parece que Marx comprendió con claridad que, sin una revolución completa de su estado de salud, nunca llegaría a terminar una elaboración del segundo y el tercer libro que a él mismo le satisficiera. En efecto, los manuscritos V-VIII llevan con demasiada frecuencia las huellas de una lucha violenta contra enfermedades abrumadoras. La parte más difícil de la primera sección estaba reelaborada en el manuscrito V; el resto de la primera y toda la segunda sección (con excepción del capítulo decimoséptimo) no ofrecían dificultades teóricas importantes; la tercera sección, en cambio, la reproducción y circulación del capital social, le parecía necesitar urgentemente una reelaboración. En el manuscrito II, en efecto, la reproducción se trataba primero sin tener en cuenta la circulación del dinero que la mediaba, y luego otra vez teniéndola en cuenta. Había que eliminar esto y reelaborar en general toda la sección de modo que respondiera al horizonte ampliado del autor. Así nació el manuscrito VIII, un cuaderno de solo 70 páginas en cuarto; pero lo que Marx supo condensar en ese espacio lo demuestra la comparación con la sección III impresa, una vez descontados los fragmentos intercalados del manuscrito II.

También este manuscrito es solo un tratamiento provisional del asunto, en el que se trataba ante todo de fijar y desarrollar los nuevos puntos de vista alcanzados frente al manuscrito II, descuidando los puntos sobre los que no había nada nuevo que decir. También una parte esencial del capítulo XVII de la segunda sección, que de todos modos invade en cierta medida la tercera sección, vuelve a tratarse en él y se amplía. La secuencia lógica se interrumpe a menudo, el tratamiento presenta lagunas en algunos lugares y, sobre todo al final, es del todo fragmentario. Pero lo que Marx quería decir está dicho en él de una u otra manera.

Este es el material para el libro II con el que, según unas palabras de Marx a su hija Eleanor poco antes de su muerte, yo debía hacer algo. He tomado este encargo en sus límites más estrictos; siempre que ha sido posible, he limitado mi actividad a una mera selección entre las distintas redacciones. Y lo he hecho de modo que se tomara siempre como base la última redacción existente, cotejándola con las anteriores. Dificultades reales, es decir, que no fueran puramente técnicas, solo las ofrecieron la primera y la tercera sección, pero estas no fueron pequeñas. He procurado resolverlas exclusivamente con el espíritu del autor.

Las citas del texto las he traducido en su mayoría cuando se trata de pruebas de hechos o cuando, como en los pasajes de A. Smith, el original está al alcance de cualquiera que quiera llegar al fondo del asunto. Solo en el capítulo X no era posible, porque en él se critica directamente el texto inglés. Las citas del libro I llevan la paginación de la segunda edición, la última que Marx llegó a ver.3

Para el libro III no hay, aparte de la primera elaboración en el manuscrito Contribución a la crítica, de los fragmentos citados del manuscrito III y de algunas notas breves dispersas aquí y allá en los cuadernos de extractos, más que lo siguiente: el citado manuscrito en folio de 1864-1865, elaborado con un grado de acabado aproximadamente igual al del manuscrito II del libro II, y por último un cuaderno de 1875: la relación entre la tasa de plusvalía y la tasa de ganancia, desarrollada matemáticamente (en ecuaciones). La preparación de este libro para la imprenta avanza con rapidez. Por lo que puedo juzgar hasta ahora, presentará principalmente dificultades meramente técnicas, con excepción, por supuesto, de algunas secciones muy importantes.


Es este el lugar de rechazar una acusación contra Marx que, alzada al principio solo en voz baja y de forma aislada, ahora, tras su muerte, es proclamada como hecho indiscutible por los socialistas de cátedra y socialistas de Estado alemanes y por su séquito: la acusación de que Marx habría cometido un plagio contra Rodbertus.4 Ya he dicho en otro lugar lo más urgente al respecto,5 pero solo aquí puedo aportar las pruebas decisivas.

Esta acusación se encuentra, que yo sepa, por primera vez en Emancipationskampf des vierten Standes, de R. Meyer,6 p. 43:

«De estas publicaciones» (las de Rodbertus, que se remontan hasta la segunda mitad de los años treinta) «ha sacado Marx, demostrablemente, la mayor parte de su crítica».

Hasta nueva prueba, creo poder suponer que toda la «demostrabilidad» de esta afirmación consiste en que Rodbertus se lo aseguró así al señor Meyer. En 1879 entra en escena el propio Rodbertus y escribe a J. Zeller (Zeitschrift für die gesammte Staatswissenschaft, de Tubinga, 1879, p. 219), refiriéndose a su escrito Zur Erkenntniß unsrer staatswirthschaftlichen Zustände (1842), lo siguiente:

«Encontrará usted que el mismo» {el razonamiento desarrollado en él} «ya ha sido utilizado muy lindamente por Marx…, por cierto sin citarme».

Cosa que su editor póstumo, Th. Kozak, se limita a repetir como un loro sin más. (Das Kapital, de Rodbertus, Berlín, 1884, introducción, p. XV.) Por último, en las Briefe und socialpolitische Aufsätze von Dr. Rodbertus-Jagetzow, publicadas por R. Meyer en 1881, Rodbertus dice sin rodeos:

«hoy me encuentro saqueado por Schäffle y por Marx sin que se me nombre».7 (Carta n.º 60, p. 134.)

Y en otro lugar la pretensión de Rodbertus toma una forma más precisa:

«De dónde nace la plusvalía del capitalista lo he mostrado yo en mi tercera carta social esencialmente igual que Marx, solo que de forma más breve y clara». (Carta n.º 48, p. 111.)

De todas estas acusaciones de plagio Marx no supo nunca nada. En su ejemplar del Emancipationskampf solo estaban cortadas las páginas de la parte referente a la Internacional; las demás las corté yo mismo después de su muerte. La revista de Tubinga no la vio nunca. Las Briefe etc. a R. Meyer le fueron igualmente desconocidas, y sobre el pasaje del «saqueo» no se me llamó la atención hasta 1884, por amabilidad del propio doctor Meyer. En cambio, la carta n.º 48 sí la conocía Marx; el señor Meyer había tenido la gentileza de regalar el original a la hija menor de Marx. Marx, a cuyos oídos habían llegado, desde luego, ciertos murmullos misteriosos sobre la fuente secreta de su crítica que había que buscar en Rodbertus, me la enseñó con la observación de que allí tenía por fin información auténtica sobre lo que el propio Rodbertus reivindicaba; si no afirmaba nada más, a él, a Marx, le parecía muy bien; y si Rodbertus tenía su propia exposición por la más breve y clara, también ese gusto podía dejárselo. En efecto, con esta carta de Rodbertus dio por zanjado todo el asunto.

Podía hacerlo con tanta más razón cuanto que, como sé positivamente, toda la actividad literaria de Rodbertus le había sido desconocida hasta cerca de 1859, cuando su propia crítica de la economía política estaba ya terminada no solo en sus rasgos fundamentales, sino también en sus detalles más importantes. Comenzó sus estudios económicos en 1843 en París, con los grandes ingleses y franceses; de los alemanes solo conocía a Rau y a List, y con ellos tenía bastante.8 Ni Marx ni yo supimos una palabra de la existencia de Rodbertus hasta que en 1848, en la Neue Rheinische Zeitung, tuvimos que criticar sus discursos como diputado en Berlín y sus actos como ministro. Éramos tan ignorantes que preguntamos a los diputados renanos quién era ese Rodbertus que tan de repente se había convertido en ministro. Pero tampoco ellos supieron revelarnos nada de los escritos económicos de Rodbertus. Que Marx, en cambio, aun sin la ayuda de Rodbertus, sabía ya entonces muy bien no solo de dónde, sino también cómo «nace la plusvalía del capitalista», lo prueban Miseria de la filosofía, 1847, y las conferencias sobre Trabajo asalariado y capital, pronunciadas en Bruselas en 1847 y publicadas en 1849 en la Neue Rheinische Zeitung, números 264-269. Solo a través de Lassalle supo Marx, hacia 1859, que existía también un economista llamado Rodbertus, y encontró después su «tercera carta social» en el Museo Británico.

Esta es la conexión real de los hechos. ¿Qué ocurre ahora con el contenido del que Marx habría «saqueado» a Rodbertus?

«De dónde nace la plusvalía del capitalista», dice Rodbertus, «lo he mostrado yo en mi tercera carta social igual que Marx, solo que de forma más breve y clara».

Este es, pues, el punto central: la teoría de la plusvalía; y en efecto no se ve qué otra cosa podría Rodbertus reclamar en Marx como propiedad suya. Rodbertus se declara aquí, por tanto, el verdadero autor de la teoría de la plusvalía, que Marx le habría saqueado.

¿Y qué nos dice la tercera carta social sobre el origen de la plusvalía? Simplemente que la «renta», como llama conjuntamente a la renta del suelo y a la ganancia, no nace de un «recargo de valor» sobre el valor de la mercancía, sino

«a consecuencia de una deducción de valor que sufre el salario; en otras palabras, porque el salario solo asciende a una parte del valor del producto»,

y, con una productividad suficiente del trabajo,

«no necesita ser igual al valor de cambio natural de su producto para que de este quede todavía algo para la reposición del capital (!) y para la renta».

Sin que se nos diga qué clase de «valor de cambio natural» del producto es ese del que no queda nada para la «reposición del capital», es decir, para la reposición de la materia prima y del desgaste de las herramientas.

Por suerte nos es dado comprobar qué impresión causó a Marx este descubrimiento de Rodbertus, que hacía época. En el manuscrito Contribución a la crítica, etc. se encuentra, en el cuaderno X, pp. 445 y siguientes, una «Digresión. El señor Rodbertus. Una nueva teoría de la renta del suelo». Solo desde este punto de vista se examina aquí la tercera carta social. La teoría de la plusvalía de Rodbertus en general queda despachada con la observación irónica: «El señor Rodbertus investiga primero cómo están las cosas en un país donde la propiedad del suelo y la del capital no están separadas, y llega luego al importante resultado de que la renta (por la que entiende toda la plusvalía) es simplemente igual al trabajo no pagado o a la cantidad de productos en que este se representa».

La humanidad capitalista lleva ya varios siglos produciendo plusvalía y poco a poco ha llegado también a reflexionar sobre su origen. La primera concepción fue la que nace directamente de la práctica mercantil: la plusvalía nacería de un recargo sobre el valor del producto. Dominó entre los mercantilistas, pero ya James Steuart9 comprendió que en ese caso lo que uno gana lo tiene que perder necesariamente el otro. A pesar de ello, esta concepción sigue rondando como un fantasma mucho tiempo, sobre todo entre socialistas; pero de la ciencia clásica la desaloja A. Smith.

En él se dice, Wealth of Nations, libro I, cap. VI:

«En cuanto se ha acumulado capital (stock) en manos de particulares, algunos de ellos lo emplearán naturalmente en poner a trabajar a gente laboriosa y en suministrarle materias primas y medios de subsistencia, para obtener una ganancia con la venta de los productos de su trabajo o con lo que su trabajo ha añadido al valor de esas materias primas… El valor que los obreros añaden a las materias primas se divide aquí en dos partes, de las cuales una paga su salario y la otra la ganancia del empleador sobre todo el importe de materias primas y salarios que él ha adelantado».

Y un poco más adelante:

«En cuanto el suelo de un país se ha convertido por entero en propiedad privada, a los terratenientes, como a otras personas, les gusta cosechar donde no han sembrado, y exigen renta del suelo incluso por los productos naturales de la tierra… El obrero… tiene que ceder al terrateniente una parte de lo que su trabajo ha recolectado o producido. Esta parte, o, lo que es lo mismo, el precio de esta parte, constituye la renta del suelo».

A propósito de este pasaje observa Marx en el citado manuscrito Contribución a la crítica, etc., p. 253: «A. Smith concibe, pues, la plusvalía, es decir, el plustrabajo, el excedente del trabajo realizado y objetivado en la mercancía por encima del trabajo pagado, o sea, por encima del trabajo que ha recibido su equivalente en el salario, como la categoría general, de la que la ganancia propiamente dicha y la renta del suelo no son más que ramificaciones».

Además, dice A. Smith, libro I, cap. VIII:

«En cuanto el suelo se ha convertido en propiedad privada, el terrateniente exige una parte de casi todos los productos que el obrero puede producir o recolectar en él. Su renta del suelo constituye la primera deducción del producto del trabajo empleado en el suelo. Pero el que cultiva el suelo rara vez tiene los medios para mantenerse hasta la recogida de la cosecha. Su sustento se lo adelanta por lo común el capital (stock) de un empleador, el arrendatario, que no tendría ningún interés en emplearlo si no compartiera con él el producto de su trabajo, o si no se le repusiera su capital junto con una ganancia. Esta ganancia constituye una segunda deducción del trabajo empleado en el suelo. El producto de casi todo trabajo está sujeto a la misma deducción en concepto de ganancia. En todas las industrias, la mayoría de los obreros necesitan un empleador que les adelante, hasta la terminación del trabajo, la materia prima, el salario y el sustento. Este empleador comparte con ellos el producto de su trabajo, o el valor que este añade a las materias primas elaboradas, y en esta parte consiste su ganancia».

Marx a este respecto (manuscrito, p. 256): «Aquí, pues, A. Smith califica sin rodeos la renta del suelo y la ganancia del capital de meras deducciones del producto del obrero o del valor de su producto, igual al trabajo que él ha añadido a la materia prima. Pero esta deducción, como el propio A. Smith ha expuesto antes, solo puede consistir en la parte del trabajo que el obrero añade a los materiales por encima de la cantidad de trabajo que solo paga su salario o solo suministra un equivalente de su salario; es decir, en el plustrabajo, en la parte no pagada de su trabajo».

«De dónde nace la plusvalía del capitalista», y además la del terrateniente, lo sabía, pues, ya A. Smith; Marx lo reconoce sinceramente ya en 1861, mientras que Rodbertus y el enjambre de sus admiradores, que brotan como setas bajo la cálida lluvia veraniega del socialismo de Estado, parecen haberlo olvidado por completo.

«Sin embargo», prosigue Marx, «Smith no ha separado la plusvalía como tal, como categoría propia, de las formas particulares que adopta en la ganancia y la renta del suelo. De ahí que en él, y todavía más en Ricardo, haya muchos errores y deficiencias en la investigación». Esta frase se aplica literalmente a Rodbertus. Su «renta» es simplemente la suma de renta del suelo + ganancia; de la renta del suelo se forma una teoría totalmente falsa; la ganancia la toma sin examinarla tal como la encuentra en sus predecesores. La plusvalía de Marx, en cambio, es la forma general de la suma de valor apropiada sin equivalente por los propietarios de los medios de producción, que se escinde, según leyes muy peculiares descubiertas por primera vez por Marx, en las formas particulares, transformadas, de ganancia y renta del suelo. Estas leyes se desarrollan en el libro III, donde se verá por fin cuántos eslabones intermedios son necesarios para pasar de la comprensión de la plusvalía en general a la comprensión de su transformación en ganancia y renta del suelo, es decir, a la comprensión de las leyes de la distribución de la plusvalía dentro de la clase capitalista.

Ricardo va ya considerablemente más allá que A. Smith. Funda su concepción de la plusvalía en una teoría del valor nueva, presente ya en germen en A. Smith, pero olvidada casi siempre en su desarrollo, que se ha convertido en el punto de partida de toda la ciencia económica posterior. De la determinación del valor de las mercancías por la cantidad de trabajo realizada en ellas deriva la distribución, entre obreros y capitalistas, de la cantidad de valor que el trabajo añade a las materias primas, su escisión en salario y ganancia (es decir, aquí, plusvalía). Demuestra que el valor de las mercancías sigue siendo el mismo, cualquiera que sea la variación de la proporción entre estas dos partes, una ley para la que solo admite algunos casos excepcionales. Establece incluso algunas leyes principales sobre la relación recíproca entre salario y plusvalía (concebida en la forma de ganancia), aunque formuladas de manera demasiado general (Marx, El capital, I, cap. XV, A),10 y demuestra que la renta del suelo es un excedente sobre la ganancia que se produce en determinadas circunstancias. En ninguno de estos puntos ha ido Rodbertus más allá de Ricardo. Las contradicciones internas de la teoría de Ricardo, en las que naufragó su escuela, o le quedaron del todo desconocidas o solo le llevaron (Zur Erkenntniß etc., p. 130) a exigencias utópicas en lugar de a soluciones económicas.

Pero la doctrina ricardiana del valor y de la plusvalía no tuvo que esperar al Zur Erkenntniß etc. de Rodbertus para ser aprovechada en sentido socialista. En la p. 609 del primer tomo de El capital (2.ª ed.) se encuentra citado: «The possessors of surplus produce or capital»,11 de un escrito titulado The Source and Remedy of the National Difficulties. A Letter to Lord John Russell, Londres, 1821. En este escrito, sobre cuya importancia habría debido llamar la atención ya la sola expresión surplus produce or capital, y que es un folleto de 40 páginas rescatado por Marx del olvido, se dice:

«Sea lo que sea lo que corresponda al capitalista» {desde el punto de vista del capitalista} «nunca puede apropiarse otra cosa que el plustrabajo (surplus labour) del obrero, pues el obrero tiene que vivir». (p. 23.)

Pero cómo vive el obrero y, por tanto, cuán grande puede ser el plustrabajo apropiado por el capitalista es algo muy relativo.

«Si el capital no disminuye de valor en la proporción en que aumenta en masa, el capitalista le arrancará al obrero el producto de cada hora de trabajo por encima del mínimo con el que el obrero puede vivir… el capitalista puede decirle al final al obrero: no comerás pan, porque se puede vivir de remolachas y patatas; y a eso hemos llegado». (p. 23, 24.) «Si se puede llevar al obrero a alimentarse de patatas en lugar de pan, es indiscutiblemente cierto que se puede sacar más de su trabajo; es decir, si para vivir de pan se veía obligado, para su sustento y el de su familia, a guardarse para sí el trabajo del lunes y del martes, con la alimentación a base de patatas solo conservará para sí la mitad del lunes; y la otra mitad del lunes y el martes entero quedan liberados, bien en provecho del Estado, bien para el capitalista». (p. 26.) «No se discute (it is admitted) que los intereses pagados a los capitalistas, sea en forma de renta, de interés del dinero o de ganancia empresarial, se pagan con el trabajo de otros». (p. 23.)

Aquí está, pues, tal cual la «renta» de Rodbertus, solo que en lugar de «renta» se dice «intereses».

Marx observa al respecto (manuscrito Contribución a la crítica, p. 852): «Este folleto apenas conocido, aparecido en la época en que el “increíble remendón” MacCulloch12 empezaba a dar que hablar, contiene un progreso esencial respecto de Ricardo. Designa directamente la plusvalía, o la “ganancia”, como la llama Ricardo (a menudo también plusproducto, surplus produce), o interest, como la llama el autor del folleto, como surplus labour, plustrabajo, el trabajo que el obrero realiza gratis, que realiza por encima de la cantidad de trabajo con la que se repone el valor de su fuerza de trabajo, es decir, con la que se produce un equivalente de su salario. Tan importante como era resolver el valor en trabajo, tan importante era resolver la plusvalía (surplus value), que se representa en un plusproducto (surplus produce), en plustrabajo (surplus labour). Esto, en efecto, ya lo dice A. Smith, y constituye un momento principal del desarrollo de Ricardo. Pero en ninguno de ellos está dicho y fijado en su forma absoluta». Y más adelante, en la p. 859 del manuscrito, se dice: «Por lo demás, el autor está preso en las categorías económicas tal como las encuentra. Igual que en Ricardo la confusión entre plusvalía y ganancia conduce a contradicciones desagradables, así le ocurre a él al bautizar la plusvalía como intereses del capital. Es cierto que en esto está por encima de Ricardo, porque, en primer lugar, reduce toda plusvalía a plustrabajo y, al llamar a la plusvalía intereses del capital, subraya a la vez que por interest of capital entiende la forma general del plustrabajo, a diferencia de sus formas particulares: renta, interés del dinero y ganancia empresarial. Pero vuelve a tomar el nombre de una de estas formas particulares, interest, como nombre de la forma general. Y eso basta para que recaiga en la jerga económica» (en el manuscrito dice slang).

Este último pasaje le sienta a nuestro Rodbertus como un guante. También él está preso en las categorías económicas tal como las encuentra. También él bautiza la plusvalía con el nombre de una de sus subformas transformadas, al que además vuelve completamente indeterminado: renta. El resultado de estas dos pifias es que recae en la jerga económica, no sigue desarrollando críticamente su progreso respecto de Ricardo y, en lugar de ello, se deja llevar a convertir su teoría inacabada, antes incluso de que se haya desprendido del cascarón, en el fundamento de una utopía con la que, como en todo, llega tarde. El folleto apareció en 1821 y anticipa ya por completo la «renta» de Rodbertus de 1842.

Nuestro folleto no es más que la avanzadilla extrema de toda una literatura que en los años veinte vuelve la teoría ricardiana del valor y de la plusvalía contra la producción capitalista en interés del proletariado y combate a la burguesía con sus propias armas. Todo el comunismo owenista, en la medida en que se presenta en forma económico-polémica, se apoya en Ricardo. Pero junto a él hay además toda una serie de escritores, de los que Marx, ya en 1847, cita solo algunos contra Proudhon (Miseria de la filosofía, p. 92): Edmonds, Thompson, Hodgskin, etc., etc., «y cuatro páginas más de etcéteras».13 De esta infinidad de escritos tomo al azar uno solo: An Inquiry into the Principles of the Distribution of Wealth, most conducive to Human Happiness, by William Thompson; a new edition, Londres, 1850. Este escrito, redactado en 1822, apareció por primera vez en 1824. También aquí la riqueza apropiada por las clases no productoras se califica en todo momento de deducción del producto del obrero, y en términos bastante fuertes.

«El esfuerzo constante de lo que llamamos sociedad ha consistido en mover al obrero productivo, mediante el engaño o el cálculo, mediante el terror o la coacción, a realizar el trabajo por la parte más pequeña posible del producto de su propio trabajo». (p. 28.) «¿Por qué no ha de recibir el obrero todo el producto absoluto de su trabajo?» (p. 32.) «Esta compensación que los capitalistas arrancan al obrero productivo con el nombre de renta del suelo o de ganancia se reclama por el uso del suelo o de otros objetos… Puesto que todos los materiales físicos en los que o mediante los cuales el obrero productivo desposeído, que no posee nada más que su capacidad de producir, puede hacer valer esta capacidad productiva suya, están en posesión de otros, cuyos intereses son opuestos a los suyos y cuyo consentimiento es condición previa de su actividad, ¿no depende, y no tiene que depender, de la merced de esos capitalistas qué parte de los frutos de su propio trabajo quieran concederle como indemnización por ese trabajo?» (p. 125.) «… en proporción a la magnitud del producto retenido, llámese a esto impuestos, ganancia o robo… estas defalcaciones» (p. 126), etc.

Confieso que no escribo estas líneas sin cierta vergüenza. Que la literatura anticapitalista inglesa de los años veinte y treinta sea tan completamente desconocida en Alemania, a pesar de que Marx ya en Miseria de la filosofía llamó directamente la atención sobre ella y citó varias veces parte de ella —el folleto de 1821, Ravenstone, Hodgskin, etc.— en el primer tomo de El capital, todavía puede pasar. Pero que no solo el literatus vulgaris14 que se aferra desesperadamente a los faldones de Rodbertus, «que de veras tampoco ha aprendido nada», sino también el profesor con todos sus cargos y honores,15 que «presume de erudición», haya olvidado su economía clásica hasta el punto de reprochar seriamente a Marx que haya sustraído a Rodbertus cosas que ya se pueden leer en A. Smith y en Ricardo, eso demuestra lo bajo que ha caído hoy la economía oficial.

Pero entonces, ¿qué ha dicho Marx de nuevo sobre la plusvalía? ¿Cómo es que la teoría de la plusvalía de Marx ha caído como un rayo en un cielo sereno, y además en todos los países civilizados, mientras que las teorías de todos sus predecesores socialistas, Rodbertus incluido, se esfumaron sin efecto alguno?

La historia de la química puede mostrárnoslo con un ejemplo.

Todavía a finales del siglo pasado dominaba, como es sabido, la teoría flogística, según la cual la esencia de toda combustión consistía en que del cuerpo que arde se separa otro cuerpo, hipotético, un combustible absoluto, que se designaba con el nombre de flogisto. Esta teoría bastaba para explicar la mayoría de los fenómenos químicos conocidos entonces, aunque en algunos casos no sin violentar las cosas. Pues bien, en 1774 Priestley obtuvo un tipo de aire

«que encontró tan puro o tan libre de flogisto que el aire común parecía ya viciado en comparación con él».

Lo llamó aire desflogistizado. Poco después Scheele obtuvo en Suecia el mismo tipo de aire y demostró su presencia en la atmósfera. Descubrió también que desaparece cuando se quema un cuerpo en él o en el aire común, y por eso lo llamó aire de fuego.

«De estos resultados sacó entonces la conclusión de que el compuesto que se forma al unirse el flogisto con uno de los componentes del aire» {es decir, en la combustión} «no es otra cosa que fuego o calor, que se escapa a través del vidrio».16

Tanto Priestley como Scheele habían obtenido el oxígeno, pero no sabían qué tenían entre manos. «Quedaron presos en las» categorías flogísticas «tal como las encontraron». El elemento que había de derribar toda la concepción flogística y revolucionar la química estaba condenado en sus manos a la esterilidad. Pero Priestley había comunicado enseguida su descubrimiento a Lavoisier en París, y Lavoisier, guiado por este hecho nuevo, examinó entonces toda la química flogística, descubrió por primera vez que el nuevo tipo de aire era un nuevo elemento químico, que en la combustión no es el misterioso flogisto el que se desprende del cuerpo que arde, sino que este nuevo elemento se combina con el cuerpo, y así puso por fin sobre sus pies toda la química, que en su forma flogística había estado cabeza abajo. Y aunque no obtuviera el oxígeno, como afirmó más tarde, al mismo tiempo que los otros e independientemente de ellos, sigue siendo, sin embargo, el verdadero descubridor del oxígeno frente a los otros dos, que se limitaron a obtenerlo sin sospechar siquiera qué habían obtenido.

Lo que Lavoisier es respecto de Priestley y Scheele, eso es Marx respecto de sus predecesores en la teoría de la plusvalía. La existencia de la parte del valor del producto que ahora llamamos plusvalía se había comprobado mucho antes de Marx; igualmente se había expresado, con mayor o menor claridad, en qué consiste, a saber, en el producto del trabajo por el que el que se lo apropia no ha pagado ningún equivalente. Pero no se fue más allá. Unos —los economistas burgueses clásicos— investigaban a lo sumo la proporción cuantitativa en que se distribuye el producto del trabajo entre el obrero y el poseedor de los medios de producción. Los otros —los socialistas— encontraban injusta esta distribución y buscaban medios utópicos para eliminar la injusticia. Unos y otros quedaron presos en las categorías económicas tal como las habían encontrado.

Entonces apareció Marx. Y lo hizo en oposición directa a todos sus predecesores. Donde estos habían visto una solución, él solo vio un problema. Vio que allí no había ni aire desflogistizado ni aire de fuego, sino oxígeno; que no se trataba ni de la mera constatación de un hecho económico ni del conflicto de ese hecho con la justicia eterna y la verdadera moral, sino de un hecho llamado a revolucionar toda la economía y que ofrecía la clave para comprender el conjunto de la producción capitalista, para quien supiera utilizarla. Guiado por este hecho examinó todas las categorías que encontró, como Lavoisier, guiado por el oxígeno, había examinado las categorías que encontró de la química flogística. Para saber qué era la plusvalía tenía que saber qué era el valor. Había que someter a crítica, ante todo, la propia teoría del valor de Ricardo. Marx investigó, pues, el trabajo en su cualidad de formador de valor y estableció por primera vez qué trabajo forma valor, y por qué, y cómo, y que el valor no es en general otra cosa que trabajo de esta clase coagulado, un punto que Rodbertus no comprendió hasta el final. Marx investigó luego la relación entre mercancía y dinero y demostró cómo y por qué, en virtud de la propiedad de valor que le es inherente, la mercancía y el intercambio de mercancías tienen que engendrar la oposición entre mercancía y dinero; su teoría del dinero, fundada en esto, es la primera teoría exhaustiva, y hoy está tácitamente aceptada por todos. Investigó la transformación del dinero en capital y demostró que se basa en la compra y venta de la fuerza de trabajo. Al poner aquí la fuerza de trabajo, la propiedad creadora de valor, en lugar del trabajo, resolvió de un golpe una de las dificultades en las que había naufragado la escuela ricardiana: la imposibilidad de conciliar el intercambio recíproco de capital y trabajo con la ley ricardiana de la determinación del valor por el trabajo. Al establecer la distinción del capital en constante y variable, consiguió por primera vez exponer el proceso de formación de la plusvalía en su desarrollo real hasta el menor detalle y, con ello, explicarlo, cosa que ninguno de sus predecesores había logrado; estableció, pues, una distinción dentro del capital mismo con la que ni Rodbertus ni los economistas burgueses fueron capaces de hacer lo más mínimo, pero que proporciona la clave para resolver los problemas económicos más intrincados, de lo cual es aquí, de nuevo, la prueba más contundente el libro II y, más aún, como se verá, el libro III. Siguió investigando la plusvalía misma, encontró sus dos formas, la plusvalía absoluta y la relativa, y demostró el papel distinto, pero en ambos casos decisivo, que han desempeñado en el desarrollo histórico de la producción capitalista. Sobre la base de la plusvalía desarrolló la primera teoría racional del salario que tenemos, y dio por primera vez los rasgos fundamentales de una historia de la acumulación capitalista y una exposición de su tendencia histórica.

¿Y Rodbertus? Después de leer todo esto, encuentra en ello —¡economista tendencioso como siempre!— una «irrupción en la sociedad», encuentra que él mismo ya ha dicho de forma mucho más breve y clara de dónde nace la plusvalía, y encuentra por último que todo eso se aplica sin duda a «la forma actual del capital», es decir, al capital tal como existe históricamente, pero no al «concepto de capital», es decir, a la idea utópica que el señor Rodbertus se hace del capital. Exactamente como el viejo Priestley, que hasta su muerte juró por el flogisto y no quiso saber nada del oxígeno. Solo que Priestley había sido realmente el primero en obtener el oxígeno, mientras que Rodbertus, con su plusvalía, o más bien con su «renta», no había hecho más que redescubrir un lugar común, y que Marx, al contrario de lo que hizo Lavoisier, desdeñó afirmar que era el primero en haber descubierto el hecho de la existencia de la plusvalía.

Lo demás que Rodbertus ha hecho en economía está al mismo nivel. Su elaboración de la plusvalía hasta convertirla en una utopía ya la criticó Marx de paso, sin proponérselo, en Miseria de la filosofía; lo que aún quedaba por decir al respecto lo he dicho yo en el prólogo a la traducción alemana de esa obra.17 Su explicación de las crisis comerciales por el subconsumo de la clase obrera se encuentra ya en los Nouveaux principes d'économie politique de Sismondi, libro IV, cap. IV.18 Solo que Sismondi tenía siempre a la vista el mercado mundial, mientras que el horizonte de Rodbertus no va más allá de la frontera prusiana. Sus especulaciones sobre si el salario procede del capital o del ingreso pertenecen a la escolástica y quedan definitivamente zanjadas por la tercera sección de este segundo libro de El capital. Su teoría de la renta ha seguido siendo propiedad exclusiva suya y puede seguir dormitando hasta que aparezca el manuscrito de Marx que la critica.19 Por último, sus propuestas para emancipar la propiedad territorial de la vieja Prusia de la presión del capital vuelven a ser completamente utópicas; eluden, en efecto, la única cuestión práctica de la que se trata: la cuestión de cómo puede el junker rural de la vieja Prusia ingresar año tras año, digamos, 20.000 marcos y gastar, digamos, 30.000 marcos, sin contraer deudas.

La escuela ricardiana fracasó hacia 1830 ante la plusvalía. Lo que ella no pudo resolver siguió siendo con mayor razón irresoluble para su sucesora, la economía vulgar. Los dos puntos en los que naufragó fueron estos:

Primero. El trabajo es la medida del valor. Ahora bien, el trabajo vivo, en el intercambio con el capital, tiene un valor menor que el trabajo objetivado por el que se intercambia. El salario, el valor de una determinada cantidad de trabajo vivo, es siempre menor que el valor del producto que esa misma cantidad de trabajo vivo genera o en el que se representa. Planteada así, la cuestión es en efecto irresoluble. Marx la ha planteado correctamente y, con ello, la ha respondido. No es el trabajo lo que tiene un valor. Como actividad creadora de valor, no puede tener un valor particular, del mismo modo que la gravedad no puede tener un peso particular, ni el calor una temperatura particular, ni la electricidad una intensidad de corriente particular. No es el trabajo lo que se compra y se vende como mercancía, sino la fuerza de trabajo. En cuanto se convierte en mercancía, su valor se rige por el trabajo encarnado en ella como producto social, es igual al trabajo socialmente necesario para su producción y reproducción. La compra y venta de la fuerza de trabajo sobre la base de este valor suyo no contradice, pues, en absoluto la ley económica del valor.

Segundo. Según la ley ricardiana del valor, dos capitales que emplean la misma cantidad de trabajo vivo, igualmente bien pagado, producen, en igualdad de las demás circunstancias, en tiempos iguales productos de igual valor e igualmente plusvalía o ganancia de igual cuantía. Pero si emplean cantidades desiguales de trabajo vivo, no pueden producir plusvalía o, como dicen los ricardianos, ganancia de igual cuantía. Ahora bien, ocurre lo contrario. De hecho, capitales iguales, empleen mucho o poco trabajo vivo, producen en tiempos iguales, por término medio, ganancias iguales. Aquí hay, pues, una contradicción con la ley del valor que ya descubrió Ricardo y que su escuela fue igualmente incapaz de resolver. Tampoco Rodbertus pudo dejar de ver esta contradicción; en lugar de resolverla, la convierte en uno de los puntos de partida de su utopía (Zur Erk., p. 131). Esta contradicción la había resuelto Marx ya en el manuscrito Contribución a la crítica; según el plan de El capital, la solución se da en el libro III. Hasta su publicación pasarán todavía unos meses. Así pues, los economistas que quieren descubrir en Rodbertus la fuente secreta y un predecesor superior de Marx tienen aquí una ocasión de mostrar lo que es capaz de dar la economía de Rodbertus. Si demuestran cómo, no solo sin violar la ley del valor, sino más bien sobre la base de ella, puede y debe formarse una tasa media de ganancia igual, entonces seguiremos hablando. Mientras tanto, tengan la bondad de darse prisa. Las brillantes investigaciones de este libro II y sus resultados completamente nuevos en terrenos hasta ahora casi inexplorados no son más que premisas del contenido del libro III, que desarrolla los resultados finales de la exposición de Marx del proceso social de reproducción sobre base capitalista. Cuando haya aparecido este libro III, poco se hablará ya de un economista llamado Rodbertus.

El segundo y el tercer libro de El capital debían estar dedicados, como Marx me dijo a menudo, a su mujer.

Londres, en el cumpleaños de Marx, 5 de mayo de 1885.

Friedrich Engels

Prólogo a la segunda edición

Londres, 15 de julio de 1893. Publicado por primera vez en: Karl Marx, Das Kapital. Kritik der politischen Oekonomie. Zweiter Band, segunda edición, Hamburgo, 1893.

La presente segunda edición es, en lo esencial, una reimpresión literal de la primera. Se han corregido las erratas, se han eliminado algunos descuidos de estilo y se han suprimido algunos párrafos breves que solo contenían repeticiones.

El tercer libro, que ha presentado dificultades del todo inesperadas, está ahora también casi terminado en manuscrito. Si conservo la salud, la impresión podrá empezar este mismo otoño.

Londres, 15 de julio de 1893.

F. Engels

Para facilitar la visión de conjunto, sigue aquí una breve relación de los pasajes tomados de cada uno de los manuscritos II-VIII:20

Sección primera

Pp. 31-32, del ms. II. Pp. 32-42, ms. VII. Pp. 42-45, ms. VI. Pp. 45-120, ms. V. Pp. 120-123, nota encontrada entre extractos de libros. P. 124 hasta el final, ms. IV; pero intercalados: pp. 131-132, pasaje del ms. VIII; pp. 136 y 142, notas del ms. II.

Sección segunda

El comienzo, pp. 154-163, es el final del ms. IV. Desde aquí hasta el final de la sección, p. 350, todo del ms. II.

Sección tercera

  • Cap. 18: (pp. 351-358) del ms. II.
  • Cap. 19: I y II (pp. 359-388) del ms. VIII; III (pp. 388-390) del ms. II.
  • Cap. 20: I (pp. 391-393) del ms. II, solo el párrafo final del ms. VIII; II (pp. 394-397) en lo esencial del ms. II; III, IV, V (pp. 397-420) del ms. VIII; VI, VII, VIII, IX (pp. 420-435) del ms. II; X, XI, XII (pp. 435-476) del ms. VIII; XIII (pp. 476-484) del ms. II.
  • Cap. 21: (pp. 485-518) entero del ms. VIII.
  1. (Nota de la traducción.) Contribución a la crítica de la economía política, primer cuaderno, Berlín, 1859. ↩

  2. (Nota de la traducción.) Engels no llegó a publicarlo. Karl Kautsky editó esa parte del manuscrito como Theorien über den Mehrwert (Teorías sobre la plusvalía) en 1905-1910. ↩

  3. (Nota de la traducción.) La segunda edición alemana del libro primero apareció en Hamburgo en 1872-1873; la tercera, preparada por Engels, en 1883, después de la muerte de Marx. ↩

  4. (Nota de la traducción.) Johann Karl Rodbertus-Jagetzow (1805-1875), terrateniente y economista prusiano, teórico de un socialismo de Estado conservador; en 1848 fue diputado en la Asamblea Nacional prusiana y, durante unas semanas, ministro de Cultos en el gabinete Auerswald-Hansemann. «Socialistas de cátedra» (Kathedersozialisten) se llamaba a los economistas universitarios alemanes partidarios de reformas sociales desde el Estado. ↩

  5. En el prólogo a Miseria de la filosofía. Respuesta a la «Filosofía de la miseria» de Proudhon, de Karl Marx, traducción alemana de E. Bernstein y K. Kautsky, Stuttgart, 1885. ↩

  6. (Nota de la traducción.) Rudolf Hermann Meyer (1839-1899), economista y publicista conservador alemán, editor de las cartas de Rodbertus. El título de su libro significa «La lucha por la emancipación del cuarto estado». ↩

  7. (Nota de la traducción.) Albert Schäffle (1831-1903), economista alemán, ministro de Comercio de Austria en 1871. ↩

  8. (Nota de la traducción.) Karl Heinrich Rau (1792-1870) y Friedrich List (1789-1846), economistas alemanes. ↩

  9. (Nota de la traducción.) James Steuart (1712-1780), economista escocés, uno de los últimos representantes del mercantilismo. ↩

  10. (Nota de la traducción.) En la cuarta edición, capítulo 15, «Cambio de magnitud del precio de la fuerza de trabajo y de la plusvalía», apartado I. ↩

  11. (Nota de la traducción.) «Los poseedores del plusproducto o capital». ↩

  12. (Nota de la traducción.) John Ramsay MacCulloch (1789-1864), economista escocés, vulgarizador de la doctrina de Ricardo. ↩

  13. (Nota de la traducción.) Miseria de la filosofía, capítulo I, apartado 2. La primera edición de este libro segundo (1885) daba aquí «p. 49». ↩

  14. (Nota de la traducción.) «Literato vulgar»: alusión a Rudolf Meyer. ↩

  15. (Nota de la traducción.) Alusión a Adolph Wagner (1835-1917), catedrático de economía política en Berlín, socialista de cátedra y admirador de Rodbertus. ↩

  16. Roscoe-Schorlemmer, Ausführliches Lehrbuch der Chemie, Brunswick, 1877, I, pp. 13, 18. ↩

  17. (Nota de la traducción.) El prólogo de Engels a la primera edición alemana de Miseria de la filosofía (1885), dedicado en buena parte a Rodbertus. ↩

  18. «Así pues, por la concentración de las fortunas en un pequeño número de propietarios, el mercado interior se contrae cada vez más, y la industria se ve cada vez más reducida a buscar sus salidas en los mercados extranjeros, donde la esperan mayores revoluciones» (a saber, la crisis de 1817, que se describe inmediatamente después). Nouv. princ., ed. de 1819, I, p. 336. ↩

  19. (Nota de la traducción.) La «Digresión» sobre Rodbertus del manuscrito de 1861-1863 citada más arriba, que Kautsky publicó en las Teorías sobre la plusvalía. ↩

  20. (Nota de la traducción.) Las páginas son las del tomo 24 de las Marx-Engels-Werke (Berlín, 1963), cuyo texto traducimos. En la primera edición (1885) esta relación cerraba el prólogo de Engels, con la paginación de aquella edición; la MEW la coloca tras el prólogo a la segunda edición. ↩