Escrito en inglés por Karl Marx a comienzos de julio de 1878 y publicado en The Secular Chronicle, and Record of Freethought Progress (Londres), n.º 5, 4 de agosto de 1878. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del periódico hecha por Tony Brown en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada párrafo a párrafo con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 19 (Berlín, 1962, pp. 142-147), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

Creo que vale la pena ilustrar con unas cuantas notas la más reciente contribución (véase el Nineteenth Century del pasado julio) a la extensa literatura apócrifa sobre la historia de la Internacional, porque su último expositor, el señor George Howell,1 antiguo obrero y antiguo miembro del Consejo General de esa Asociación, podría pasar erróneamente por haber sacado su sabiduría de fuentes que no están al alcance de todos.

El señor Howell empieza su «Historia» pasando por alto los hechos de que el 28 de septiembre de 1864 yo estuve presente en la asamblea fundacional de la Internacional, fui elegido allí miembro del Consejo General provisional y poco después redacté el «Manifiesto inaugural» y los «Estatutos generales» de la Asociación, publicados primero en Londres en 1864 y confirmados después por el Congreso de Ginebra de 1866.2

Todo esto lo sabía el señor Howell, pero, por razones propias, prefiere hacer aparecer por primera vez a «un doctor alemán llamado Karl Marx» en el «Congreso» de Londres, «inaugurado el 25 de septiembre de 1865». Allí y entonces, asegura, el susodicho «doctor» «sembró las semillas de la discordia y la decadencia con la introducción de la idea religiosa».

En primer lugar, en septiembre de 1865 no se celebró ningún «Congreso» de la Internacional. Unos cuantos delegados de las principales ramas continentales de la Asociación se reunieron en Londres con el único fin de deliberar con el Consejo General sobre el programa del «primer Congreso», que debía reunirse en Ginebra en septiembre de 1866. El verdadero trabajo de la Conferencia se hizo en sesiones privadas, no en las reuniones semipúblicas de Adelphi Terrace, las únicas que menciona el exacto historiador señor George Howell.

Como los demás representantes del Consejo General, tuve que conseguir que la Conferencia aceptara nuestro propio programa, que, al publicarse, el historiador francés Henri Martin3 caracterizó así en una carta al Siècle:

«La amplitud de miras y las elevadas concepciones morales, políticas y económicas que han decidido la elección de las cuestiones que componen el programa del Congreso Internacional de Obreros que ha de reunirse el año próximo despertarán una simpatía común en todos los amigos del progreso, de la justicia y de la libertad de Europa».

Por cierto, un párrafo del programa, que tuve el honor de redactar para el Consejo General, dice así:

«La necesidad de aniquilar la influencia moscovita en Europa mediante la aplicación del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos y la reconstrucción de Polonia sobre una base democrática y social».

Henri Martin puso a este texto la siguiente glosa:

«Nos permitiremos observar que la expresión "base democrática y social" es muy sencilla por lo que respecta a Polonia, donde el armazón social necesita reconstrucción tanto como el armazón político, y donde esta base quedó sentada por los decretos del gobierno anónimo de 18634 y fue aceptada por todas las clases de la nación. Esta es, pues, la respuesta del verdadero socialismo, del progreso social en armonía con la justicia y la libertad, a las insinuaciones del despotismo comunista de Moscovia. Este secreto del pueblo de París se está convirtiendo ahora en el secreto común de los pueblos de Europa».

Por desgracia, el «pueblo de París» había guardado tan bien su «secreto» que, sin saber nada de él, dos de los delegados de París a la Conferencia, Tolain, hoy senador de la República francesa, y Fribourg, hoy simple renegado,5 arremetieron precisamente contra la propuesta que iba a suscitar el entusiasta comentario del historiador francés.

El programa del Consejo General no contenía una sola sílaba sobre la «religión», pero a instancias de los delegados de París el plato prohibido entró en el menú que se le preparaba al futuro Congreso, con este aderezo:

«Las ideas religiosas (no "La idea religiosa", como dice la versión apócrifa de Howell), su influencia en el movimiento social, político e intelectual».

El tema de discusión así introducido por los delegados de París quedó en sus manos. De hecho, lo dejaron caer en el Congreso de Ginebra de 1866, y nadie más lo recogió.

El «Congreso» de Londres de 1865, la «introducción» allí de la «idea religiosa» por «un doctor alemán llamado Karl Marx» y la encarnizada disputa que de ello habría surgido dentro de la Internacional: este triple mito suyo lo corona el señor George Howell con una leyenda. Dice:

«En el proyecto de mensaje al pueblo norteamericano sobre la abolición de la esclavitud se suprimió la frase "Dios hizo de una sola sangre a todas las naciones de los hombres", etc.».

Pues bien, el Consejo General dirigió un mensaje, no al pueblo norteamericano, sino a su presidente, Abraham Lincoln, quien acusó recibo de él con gentileza.6 El mensaje, escrito por mí, no sufrió alteración alguna. Como las palabras «Dios hizo de una sola sangre a todas las naciones de los hombres» no habían figurado nunca en él, no podían «suprimirse».

La actitud del Consejo General respecto a la «idea religiosa» queda bien clara en el siguiente incidente. Una de las ramas suizas de la Alianza fundada por Mijaíl Bakunin, que se llamaba Section des athées socialistes, pidió al Consejo General su admisión en la Internacional, pero obtuvo esta respuesta: «Ya en el caso de la Asociación Cristiana de Jóvenes el Consejo declaró que no reconoce secciones teológicas». (Véase la página 13 de Les prétendues scissions dans l'Internationale. Circulaire du Conseil Général, impresa en Ginebra.)7

Hasta el señor George Howell, que entonces no se había convertido todavía por el estudio atento del Christian Reader, consumó su divorcio de la Internacional no por la llamada de la «idea religiosa», sino por motivos completamente laicos. Cuando se fundó The Commonwealth como «órgano especial» del Consejo General,8 aspiró con empeño a la «elevada posición» de director. Fracasado en su «ambicioso» intento, se puso de mal humor, su celo fue decayendo y poco después ya no se supo más de él. Durante el período más agitado de la Internacional estuvo, por tanto, fuera de ella.

Consciente de su absoluta incompetencia para trazar la historia de la Asociación, pero deseoso a la vez de sazonar su artículo con revelaciones extrañas, se agarra a la aparición en Londres, en la época de los disturbios fenianos, del general Cluseret,9 quien, según se nos cuenta, se reunió en el Black Horse, de Rathbone Place, en Oxford Street, con «unos cuantos hombres, afortunadamente ingleses», para iniciarlos en su «plan» de «una insurrección general». Tengo algún motivo para dudar de la autenticidad de la anécdota, pero, aun suponiendo que sea cierta, ¿qué otra cosa probaría sino que Cluseret no era tan necio como para imponer su persona y su «plan» al Consejo General, sino que los reservó prudentemente a ambos para «unos cuantos ingleses» conocidos del señor Howell, a menos que el propio señor Howell sea uno de esos mocetones vestidos de bocací10 que, con su «afortunada» intervención, se las arreglaron para salvar al Imperio británico y a Europa de una convulsión universal?

El señor George Howell tiene otro oscuro secreto que revelar.

A comienzos de junio de 1871 el Consejo General publicó un Mensaje sobre la guerra civil en Francia, que la prensa londinense recibió con un coro de execración. Un semanario arremetió contra «el infame autor», que ocultaba cobardemente su nombre tras la pantalla del Consejo General. Entonces declaré en The Daily News que el autor era yo.11 Este secreto rancio lo revela el señor George Howell en julio de 1878, con toda la importancia que se da el hombre que está detrás de la cortina.

«El autor de ese mensaje fue el doctor Karl Marx. [...] El señor George Odger y el señor Lucraft, que eran ambos miembros del Consejo cuando él (sic!) fue aprobado, lo repudiaron al publicarse».12

Se le olvida añadir que los otros diecinueve miembros británicos presentes aclamaron el «Mensaje».

Desde entonces, las afirmaciones de este Mensaje han quedado plenamente confirmadas por las Encuestas de la Asamblea rural francesa,13 por las declaraciones prestadas ante los consejos de guerra de Versalles, por el proceso de Jules Favre y por las memorias de personas nada hostiles a los vencedores.

Está en el orden natural de las cosas que un historiador inglés de la sólida erudición del señor George Howell ignore con altivez los impresos franceses, oficiales o no. Pero confieso que siento asco cuando, en ocasiones como, por ejemplo, la de los atentados de Hödel y Nobiling,14 veo a grandes periódicos de Londres rumiar las viles calumnias que sus propios corresponsales, testigos presenciales, habían sido los primeros en refutar.

El señor Howell alcanza el colmo del esnobismo en su relato de las finanzas del Consejo General.

En su Informe al Congreso de Basilea (1869), que se publicó, el Consejo se burla del inmenso tesoro con que la lengua diligente de la policía europea y la desatada imaginación del capitalista lo habían dotado. Dice:

«Si esta gente, aun siendo buenos cristianos, hubiera vivido en la época del cristianismo naciente, habría corrido a un banco romano para husmear en el saldo de san Pablo».15

El señor Ernest Renan, que, a decir verdad, no llega del todo al nivel de ortodoxia del señor George Howell, se imagina incluso que el estado de las comunidades cristianas primitivas que socavaban el Imperio romano podría ilustrarse mejor que con nada con el de las secciones de la Internacional.16

El señor George Howell es como escritor lo que el cristalógrafo llamaría un «pseudomorfo»: la forma exterior de su escritura no es más que una imitación del modo de pensar y del estilo «naturales» del hombre de dinero inglés de virtud saciada y moral solvente. Aunque toma su despliegue de «cifras» sobre los recursos del Consejo General de las cuentas que ese mismo Consejo presentaba cada año ante un «Congreso Internacional» público, el señor George Howell no debe rebajar su dignidad «imitativa» hasta tocar la pregunta evidente: ¿cómo es que, en lugar de tranquilizarse con los magros presupuestos del Consejo General, todos los gobiernos de la Europa continental se asustaron de «la poderosa y temible organización de la Asociación Internacional de los Trabajadores y del rápido desarrollo que había alcanzado en pocos años»? (Véase la Circular del ministro de Asuntos Exteriores español a los representantes de España en el extranjero.)17 En lugar de conjurar al fantasma rojo con el sencillo procedimiento de agitarle ante la cara las pobres cuentas del Consejo General, ¿por qué, en nombre del sentido común, el papa y sus obispos exorcizaron a la Internacional, la Asamblea rural francesa la puso fuera de la ley,18 Bismarck, en el encuentro de Salzburgo de los emperadores de Austria y Alemania,19 la amenazó con una cruzada de Santa Alianza y el zar blanco la encomendó a su terrible «Tercera Sección», presidida entonces por el sentimental Shuválov?20

El señor George Howell se digna admitir: «La pobreza no es un delito, pero es terriblemente incómoda». Admito que habla con conocimiento de causa. Tanto más orgulloso debería sentirse de su antigua pertenencia a una Asociación de trabajadores que conquistó fama mundial y un lugar en la historia de la humanidad, no por la longitud de su bolsa, sino por la fuerza de su inteligencia y por su energía desinteresada.

Sin embargo, desde la altiva perspectiva de un «filisteo» insular, el señor George Howell revela a la «gente culta» del Nineteenth Century que la Internacional fue un «fracaso» y se ha desvanecido. En realidad, los partidos obreros socialdemócratas organizados a escala más o menos nacional en Alemania, Suiza, Dinamarca, Portugal, Italia, Bélgica, Holanda y los Estados Unidos de América forman otros tantos grupos internacionales: ya no secciones aisladas, desperdigadas aquí y allá por distintos países y mantenidas juntas por un Consejo General alejado de ellas, sino las propias masas obreras en trato continuo, activo y directo, cimentado por el intercambio de ideas, los servicios mutuos y la aspiración común.

Tras la caída de la Comuna de París, toda organización de la clase obrera en Francia quedó, naturalmente, rota por un tiempo, pero ahora se encuentra en un estado incipiente de reconstitución. Por otra parte, pese a todos los obstáculos políticos y sociales, los eslavos, sobre todo en Polonia, Bohemia y Rusia, participan actualmente en este movimiento internacional en una medida que ni el más optimista habría podido prever en 1872. Así, en lugar de extinguirse, la Internacional no ha hecho más que pasar de su primer período de incubación a otro superior, en el que sus tendencias originales se han convertido ya en parte en realidades. En el curso de su desarrollo progresivo tendrá que sufrir todavía muchos cambios antes de que pueda escribirse el último capítulo de su historia.

  1. George Howell (1833-1910), albañil, dirigente sindical y miembro del Consejo General de la Internacional de 1864 a 1869, secretario de la Reform League; más tarde diputado liberal. Su artículo «The History of the International Association» apareció en The Nineteenth Century de julio de 1878. ↩

  2. Véanse el Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores y los Estatutos generales en su redacción de 1871. ↩

  3. Henri Martin (1810-1883), historiador francés, republicano moderado, autor de una extensa Histoire de France. Le Siècle era un diario liberal de París. ↩

  4. El Gobierno Nacional clandestino de la insurrección polaca de 1863, que decretó la entrega en propiedad a los campesinos de las tierras que cultivaban. ↩

  5. Henri Tolain (1828-1897), cincelador, proudhoniano, uno de los fundadores de la Internacional en Francia; diputado en 1871, se puso del lado de Versalles contra la Comuna y fue expulsado de la Internacional; senador desde 1876. Ernest Fribourg, grabador, proudhoniano, publicó en 1871 un libro hostil sobre la Internacional. ↩

  6. Véase A Abraham Lincoln, presidente de los Estados Unidos de América. La respuesta, por medio del embajador norteamericano en Londres, Charles Francis Adams, es de enero de 1865. ↩

  7. Véase Las pretendidas escisiones en la Internacional. ↩

  8. The Commonwealth, semanario londinense de 1866-1867 que sucedió a The Workman's Advocate y fue durante un tiempo órgano del Consejo General. ↩

  9. Gustave-Paul Cluseret (1823-1900), militar francés que había combatido en la guerra civil norteamericana; en 1867 estuvo en contacto con los fenianos irlandeses, y en 1871 fue delegado de guerra de la Comuna. ↩

  10. Alusión a Falstaff, que en el Enrique IV de Shakespeare (primera parte, acto II, escena 4) multiplica a cada paso el número de los «bribones vestidos de bocací» que dice haber combatido. ↩

  11. Véase Al redactor de The Daily News (1871) y La guerra civil en Francia. ↩

  12. George Odger (1820-1877), zapatero, dirigente de los sindicatos de Londres, presidente del Consejo General de 1864 a 1867; Benjamin Lucraft (1809-1897), ebanista. Los dos dimitieron del Consejo General en junio de 1871 en protesta por el Mensaje. ↩

  13. La Enquête parlementaire sur l'insurrection du 18 mars, publicada en 1872 por la Asamblea Nacional de Versalles (la «Asamblea rural», como la llamaban los comuneros). ↩

  14. Los atentados contra el emperador Guillermo I del 11 de mayo y del 2 de junio de 1878. ↩

  15. Véase el Informe del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores al IV Congreso general de Basilea. ↩

  16. Ernest Renan (1823-1892), autor de la Historia de los orígenes del cristianismo (1863-1881). ↩

  17. Circular del gobierno español de 1872, que pedía a las potencias europeas medidas comunes contra la Internacional. ↩

  18. La ley Dufaure del 14 de marzo de 1872, que castigaba la afiliación a la Internacional. ↩

  19. Los encuentros de Guillermo I y Francisco José en Gastein y Salzburgo en agosto y septiembre de 1871, en los que se trató de una acción común contra la Internacional. ↩

  20. Piotr A. Shuválov (1827-1889), jefe de la Tercera Sección de la Cancillería imperial, la policía política, de 1866 a 1874. ↩