Escrito por Friedrich Engels y fechado en Londres el 8 de octubre de 1885; publicado en Der Sozialdemokrat (Zúrich), n.os 46, 47 y 48, del 12, 19 y 26 de noviembre de 1885, y como introducción a Karl Marx, Enthüllungen über den Kommunisten-Prozeß zu Köln (Hottingen-Zúrich, 1885); véase Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 21 (Berlín, 1962, pp. 206-224), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo las indicadas como de Engels. Texto original en alemán.
Con la condena de los comunistas de Colonia en 1852 cae el telón sobre el primer periodo del movimiento obrero alemán independiente. Este periodo está hoy casi olvidado. Y sin embargo duró de 1836 a 1852 y, con la dispersión de los obreros alemanes por el extranjero, el movimiento se desarrolló en casi todos los países civilizados. Y no solo eso. El actual movimiento obrero internacional es, en el fondo, continuación directa del alemán de entonces, que fue el primer movimiento obrero internacional de todos, y del que salieron muchos de los hombres que asumieron el papel dirigente en la Asociación Internacional de los Trabajadores. Y los principios teóricos que la Liga de los Comunistas inscribió en su bandera en el Manifiesto Comunista de 1847 forman hoy el lazo internacional más fuerte de todo el movimiento proletario de Europa y de América.
Hasta ahora no hay para la historia de conjunto de aquel movimiento más que una fuente principal. Es el llamado Libro Negro: Die Communisten-Verschwörungen des 19. Jahrhunderts [Las conspiraciones comunistas del siglo XIX], de Wermuth y Stieber, Berlín, dos partes, 1853 y 1854.1 Este engendro, amañado a fuerza de mentiras por dos de los más miserables canallas policiales de nuestro siglo y plagado de falsificaciones deliberadas, sigue sirviendo todavía hoy como fuente última a todos los escritos no comunistas sobre aquella época.
Lo que puedo dar aquí no es más que un esbozo, y aun eso solo en lo que se refiere a la Liga misma; solo lo absolutamente necesario para entender las Revelaciones. Espero que todavía se me conceda poder elaborar algún día el rico material reunido por Marx y por mí sobre la historia de aquella gloriosa juventud del movimiento obrero internacional.
De la sociedad secreta democrático-republicana de los «Proscritos», fundada en París en 1834 por refugiados alemanes, se separaron en 1836 los elementos más extremos, en su mayoría proletarios, y formaron la nueva sociedad secreta de la Liga de los Justos. La liga madre, en la que solo se quedaron los elementos más dormilones, al estilo de Jacobus Venedey,2 se durmió pronto del todo: cuando la policía husmeó algunas secciones en Alemania en 1840, ya no era más que una sombra. La nueva liga, en cambio, se desarrolló con relativa rapidez. Al principio era una rama alemana del comunismo obrero francés, enlazado con los recuerdos babuvistas,3 que se formaba por la misma época en París; se exigía la comunidad de bienes como consecuencia necesaria de la «igualdad». Sus fines eran los de las sociedades secretas parisinas de entonces: mitad asociación de propaganda, mitad conspiración, en la que, sin embargo, París seguía considerándose siempre el centro de la acción revolucionaria, aunque no se excluía en absoluto la preparación de algún golpe ocasional en Alemania. Pero como París seguía siendo el campo de batalla decisivo, la Liga no era en realidad, por entonces, mucho más que la rama alemana de las sociedades secretas francesas, sobre todo de la Société des saisons [Sociedad de las Estaciones], dirigida por Blanqui y Barbès, con la que estaba estrechamente vinculada. Los franceses se lanzaron a la lucha el 12 de mayo de 1839;4 las secciones de la Liga marcharon con ellos y se vieron así envueltas en la derrota común.
Entre los alemanes fueron detenidos sobre todo Karl Schapper y Heinrich Bauer; el gobierno de Luis Felipe se contentó con expulsarlos tras una larga prisión. Los dos se fueron a Londres. Schapper, natural de Weilburg, en Nassau, siendo estudiante de silvicultura en Giessen en 1832 fue miembro de la conspiración fundada por Georg Büchner,5 tomó parte el 3 de abril de 1833 en el asalto al cuartel de la guardia de Fráncfort,6 escapó al extranjero y participó en febrero de 1834 en la expedición de Mazzini a Saboya. Un gigante de estatura, resuelto y enérgico, siempre dispuesto a jugarse la existencia burguesa y la vida, era el prototipo del revolucionario profesional que tuvo su papel en los años treinta. Aunque de pensamiento algo pesado, no era en absoluto inaccesible a una comprensión teórica mejor, como lo demuestra ya su evolución de «demagogo»7 a comunista, y luego se aferraba con tanta mayor firmeza a lo que había comprendido. Precisamente por eso su pasión revolucionaria se le iba a veces por delante del entendimiento; pero siempre reconoció después su error y lo confesó abiertamente. Era un hombre de una pieza, y lo que hizo por la fundación del movimiento obrero alemán no se olvidará.
Heinrich Bauer, de Franconia, era zapatero; un hombrecillo vivo, despierto e ingenioso, pero en cuyo pequeño cuerpo cabía también mucha astucia y resolución.
Llegados a Londres, donde Schapper, que en París había sido cajista, intentaba ahora ganarse la vida como profesor de idiomas, los dos volvieron a anudar los hilos rotos de la Liga e hicieron de Londres el centro de la Liga. Se les unió allí, si no antes ya en París, Joseph Moll, relojero de Colonia, un Hércules de estatura mediana —¡cuántas veces él y Schapper defendieron victoriosamente la puerta de una sala contra cientos de adversarios que se abalanzaban!—, un hombre que igualaba por lo menos en energía y resolución a sus dos camaradas, pero que los superaba a ambos en inteligencia. No solo era un diplomático nato, como lo probaron los éxitos de sus numerosos viajes de misión; también era más accesible a la comprensión teórica. Conocí a los tres en Londres en 1843; fueron los primeros proletarios revolucionarios que vi; y por mucho que nuestras opiniones divergieran entonces en los detalles —pues yo oponía todavía a su estrecho comunismo igualitario8 una buena dosis de altivez filosófica no menos estrecha—, nunca olvidaré la imponente impresión que me causaron aquellos tres hombres de verdad, a mí, que entonces apenas quería empezar a ser un hombre.
En Londres, y en menor medida en Suiza, los favoreció la libertad de asociación y de reunión. Ya el 7 de febrero de 1840 se fundó la Asociación Cultural de los Obreros Alemanes, pública, que todavía hoy existe. Esta asociación servía a la Liga de terreno de reclutamiento de nuevos miembros, y como, igual que siempre, los comunistas eran los miembros más activos e inteligentes de la asociación, era evidente que su dirección estaba enteramente en manos de la Liga. La Liga tuvo pronto varias comunas o, como se llamaban entonces todavía, «chozas» en Londres. La misma táctica, que saltaba a la vista, se siguió en Suiza y en otras partes. Donde se podían fundar asociaciones obreras, se utilizaban del mismo modo. Donde las leyes lo prohibían, se entraba en sociedades corales, gimnásticas y similares. El enlace se mantenía en gran parte gracias a los miembros que no paraban de ir y venir, y que, cuando hacía falta, actuaban también como emisarios. En ambos aspectos la Liga recibía un apoyo eficaz de la sabiduría de los gobiernos, que, expulsando a todo obrero que les desagradaba —y en nueve casos de cada diez era miembro de la Liga—, lo convertían en emisario.
La extensión de la Liga restablecida fue considerable. Sobre todo en Suiza, Weitling, August Becker (una cabeza sumamente notable, pero que se hundió por falta de firmeza interior, como tantos alemanes) y otros habían creado una organización fuerte, comprometida más o menos con el sistema comunista de Weitling. No es este el lugar para criticar el comunismo de Weitling. Pero en cuanto a su importancia como primer impulso teórico independiente del proletariado alemán, suscribo todavía hoy las palabras de Marx en el Vorwärts de París de 1844: «¿Dónde podría mostrar la» (alemana) «burguesía, incluidos sus filósofos y sus escribas, una obra semejante a las Garantías de la armonía y de la libertad de Weitling en lo que respecta a la emancipación de la burguesía, a la emancipación política? Si se compara la sobria y apocada mediocridad de la literatura política alemana con este debut desmesurado y brillante de los obreros alemanes; si se comparan estos gigantescos zapatos de niño del proletariado con la pequeñez enana de los gastados zapatos políticos de la burguesía, hay que profetizar a la Cenicienta una figura de atleta».9 Esa figura de atleta está hoy ante nosotros, aunque todavía muy lejos de haber alcanzado su pleno crecimiento.
También en Alemania existían numerosas secciones, por la naturaleza de las cosas más efímeras; pero las que nacían compensaban con creces a las que desaparecían. La policía no descubrió hasta siete años después, a finales de 1846, en Berlín (Mentel) y en Magdeburgo (Beck), una pista de la Liga, sin ser capaz de seguirla más allá.
En París, Weitling, que todavía estaba allí en 1840, había reunido también de nuevo los elementos dispersos antes de irse a Suiza.
El núcleo de la tropa de la Liga lo formaban los sastres. Había sastres alemanes en todas partes, en Suiza, en Londres, en París. En esta última ciudad el alemán era hasta tal punto la lengua dominante del oficio que en 1846 conocí allí a un sastre noruego que había viajado por mar directamente de Trondheim a Francia y que en dieciocho meses no había aprendido casi ni una palabra de francés, pero sí un alemán excelente. De las comunas de París, en 1847 dos estaban formadas sobre todo por sastres y una por ebanistas.
Desde que el centro de gravedad se trasladó de París a Londres, pasó a primer plano un elemento nuevo: de alemana, la Liga fue haciéndose poco a poco internacional. En la asociación obrera se encontraban, además de alemanes y suizos, miembros de todas aquellas nacionalidades a las que la lengua alemana servía sobre todo de medio de entendimiento con los extranjeros, es decir, en particular escandinavos, holandeses, húngaros, checos, eslavos del sur, y también rusos y alsacianos. En 1847 era asiduo, entre otros, un granadero inglés de la guardia, de uniforme. La asociación pasó a llamarse pronto Asociación Cultural Comunista de los Obreros, y en los carnés de socio figuraba la frase «Todos los hombres son hermanos» en al menos veinte lenguas, aunque aquí y allá no sin faltas. Igual que la asociación pública, también la liga secreta adquirió pronto un carácter más internacional; al principio todavía en un sentido limitado: en la práctica, por la diversa nacionalidad de sus miembros; en la teoría, por la comprensión de que toda revolución, para triunfar, tenía que ser europea. Más allá no se iba aún; pero la base estaba puesta.
Con los revolucionarios franceses se mantenía un estrecho contacto por medio de los refugiados de Londres, los compañeros de lucha del 12 de mayo de 1839. Lo mismo con los polacos más radicales. La emigración polaca oficial, igual que Mazzini, era naturalmente más adversaria que aliada. A los cartistas ingleses se los dejaba de lado como no revolucionarios, por el carácter específicamente inglés de su movimiento. Los dirigentes londinenses de la Liga no entraron en contacto con ellos hasta más tarde, por mediación mía.
También en otros aspectos el carácter de la Liga había cambiado con los acontecimientos. Aunque se seguía mirando a París —y entonces con toda razón— como a la ciudad madre de la revolución, se había salido de la dependencia de los conspiradores parisinos. La extensión de la Liga elevó su confianza en sí misma. Se sentía que se iba echando cada vez más raíces en la clase obrera alemana y que estos obreros alemanes estaban llamados por la historia a llevar la bandera por delante de los obreros del norte y del este de Europa. En Weitling se tenía un teórico comunista al que se podía poner con audacia al lado de sus competidores franceses de entonces. Por último, la experiencia del 12 de mayo había enseñado que, por el momento, de intentonas no había nada que hacer. Y si se seguía interpretando cada acontecimiento como señal de la tormenta que se avecinaba, si se mantenían en conjunto los viejos estatutos medio conspirativos, la culpa era más bien de la vieja terquedad revolucionaria, que ya empezaba a chocar con la comprensión mejor que se iba imponiendo.
En cambio, la doctrina social de la Liga, por indeterminada que fuera, tenía un defecto muy grande, pero fundado en las condiciones mismas. Los miembros, en la medida en que eran obreros, eran casi exclusivamente artesanos propiamente dichos. El hombre que los explotaba era, aun en las grandes capitales mundiales, casi siempre un pequeño maestro. La explotación de la sastrería en gran escala, de lo que ahora se llama la confección, mediante la conversión del oficio de sastre en industria a domicilio por cuenta de un gran capitalista, apenas estaba entonces naciendo, incluso en Londres. Por una parte, el explotador de estos artesanos era un pequeño maestro; por otra, todos ellos esperaban llegar a ser al final pequeños maestros. Y además, al artesano alemán de entonces se le pegaba todavía un montón de ideas gremiales heredadas. Les honra muchísimo que ellos, que ni siquiera eran todavía proletarios de pleno derecho, sino solo un apéndice de la pequeña burguesía en tránsito hacia el proletariado moderno, que todavía no estaba en oposición directa a la burguesía, es decir, al gran capital; que estos artesanos fueran capaces de anticipar instintivamente su desarrollo futuro y de constituirse, aunque todavía no con plena consciencia, en partido del proletariado. Pero era también inevitable que sus viejos prejuicios de artesanos les pusieran la zancadilla a cada momento, en cuanto se trataba de criticar en concreto la sociedad existente, es decir, de investigar hechos económicos. Y no creo que hubiera entonces en toda la Liga un solo hombre que hubiera leído nunca un libro de economía. Pero eso importaba poco; la «igualdad», la «fraternidad» y la «justicia» ayudaban de momento a salvar cualquier montaña teórica.
Entretanto, junto al comunismo de la Liga y de Weitling se había formado un segundo comunismo, esencialmente distinto. En Manchester me había dado de narices con el hecho de que los hechos económicos, que en la historiografía anterior no desempeñaban ningún papel o solo uno despreciado, son, al menos en el mundo moderno, una fuerza histórica decisiva; que son la base sobre la que nacen los actuales antagonismos de clase; que estos antagonismos de clase, en los países donde se han desarrollado plenamente gracias a la gran industria, es decir, sobre todo en Inglaterra, son a su vez la base de la formación de los partidos políticos, de las luchas de partidos y con ello de toda la historia política. Marx no solo había llegado a la misma opinión, sino que ya la había generalizado en los Anales franco-alemanes (1844) en el sentido de que, en general, no es el Estado el que condiciona y regula la sociedad burguesa, sino la sociedad burguesa la que condiciona y regula el Estado; de que, por tanto, la política y su historia han de explicarse a partir de las relaciones económicas y de su desarrollo, y no al revés. Cuando visité a Marx en París en el verano de 1844, se puso de manifiesto nuestro completo acuerdo en todos los terrenos teóricos, y de entonces data nuestro trabajo en común. Cuando volvimos a reunirnos en Bruselas en la primavera de 1845, Marx, partiendo de esas bases, ya había desarrollado por completo, en sus rasgos principales, su teoría materialista de la historia, y nos pusimos entonces a elaborar en detalle, en las más diversas direcciones, la nueva concepción.
Este descubrimiento, que revolucionaba la ciencia de la historia y que, como se ve, es esencialmente obra de Marx, y en el que yo solo puedo atribuirme una parte muy pequeña, tenía sin embargo una importancia inmediata para el movimiento obrero de la época. El comunismo entre franceses y alemanes, el cartismo entre los ingleses, ya no aparecían como algo casual, que lo mismo podría no haber existido. Estos movimientos se presentaban ahora como un movimiento de la clase oprimida moderna, el proletariado, como formas más o menos desarrolladas de su lucha históricamente necesaria contra la clase dominante, la burguesía; como formas de la lucha de clases, pero distintas de todas las luchas de clases anteriores por esto: que la clase oprimida de hoy, el proletariado, no puede llevar a cabo su emancipación sin emancipar al mismo tiempo a toda la sociedad de la división en clases y con ello de las luchas de clases. Y comunismo ya no quería decir ahora: invención, por medio de la fantasía, de un ideal de sociedad lo más perfecto posible, sino: comprensión de la naturaleza, las condiciones y los consiguientes objetivos generales de la lucha librada por el proletariado.
Ahora bien, no teníamos en absoluto la intención de susurrar los nuevos resultados científicos en gruesos volúmenes exclusivamente al mundo «docto». Al contrario. Los dos estábamos ya metidos de lleno en el movimiento político, teníamos cierto número de partidarios entre la gente culta, sobre todo de Alemania occidental, y abundantes contactos con el proletariado organizado. Teníamos la obligación de fundamentar científicamente nuestra opinión; pero igual de importante era para nosotros ganar para nuestras convicciones al proletariado europeo, y en primer lugar al alemán. En cuanto tuvimos las cosas claras con nosotros mismos, pusimos manos a la obra. En Bruselas fundamos una asociación obrera alemana y nos hicimos con la Deutsche-Brüsseler-Zeitung,10 en la que tuvimos un órgano hasta la revolución de febrero. Con la parte revolucionaria de los cartistas ingleses estábamos en contacto por medio de Julian Harney,11 el redactor del órgano central del movimiento, The Northern Star, del que yo era colaborador. Teníamos también una especie de cártel con los demócratas de Bruselas (Marx era vicepresidente de la Asociación Democrática) y con los socialdemócratas franceses de La Réforme,12 a la que yo enviaba noticias sobre el movimiento inglés y alemán. En resumen, nuestras relaciones con las organizaciones y los órganos de prensa radicales y proletarios eran todo lo que podíamos desear.
Con la Liga de los Justos la situación era la siguiente. Conocíamos, naturalmente, la existencia de la Liga; en 1843 Schapper me había propuesto entrar en ella, cosa que entonces, como es lógico, rechacé. Pero no solo seguimos en correspondencia constante con los de Londres, sino en un trato todavía más estrecho con el doctor Ewerbeck,13 que dirigía entonces las comunas de París. Sin meternos en los asuntos internos de la Liga, nos enterábamos de todo acontecimiento importante. Por otra parte, influíamos de palabra, por carta y por la prensa en las opiniones teóricas de los miembros más destacados de la Liga. Para eso servían también diversas circulares litografiadas que enviábamos por el mundo a nuestros amigos y corresponsales en ocasiones especiales, cuando se trataba de asuntos internos del partido comunista en formación. En ellas entraba a veces en juego la Liga misma. Así, un joven estudiante westfaliano, Hermann Kriege, que se fue a América, se había presentado allí como emisario de la Liga, se había asociado con el chiflado de Harro Harring14 para sacar de quicio a Sudamérica por medio de la Liga y había fundado un periódico en el que predicaba, en nombre de la Liga, un comunismo exaltado, basado en el «amor», desbordante de amor, de puro sentimentalismo amoroso. Contra él arremetimos en una circular que no dejó de surtir efecto.15 Kriege desapareció del escenario de la Liga.
Más tarde llegó Weitling a Bruselas. Pero ya no era el ingenuo joven oficial de sastre que, asombrado de su propio talento, trata de aclararse sobre cómo podría ser una sociedad comunista. Era el gran hombre perseguido por los envidiosos a causa de su superioridad, que olfateaba por todas partes rivales, enemigos ocultos, trampas; el profeta acosado de país en país, que llevaba ya lista en el bolsillo una receta para realizar el cielo en la tierra y que se imaginaba que todo el mundo andaba detrás de él para robárselo. Ya en Londres se había peleado con la gente de la Liga, y también en Bruselas, donde sobre todo Marx y su mujer le recibieron con una paciencia casi sobrehumana, no pudo entenderse con nadie. Así que poco después se marchó a América para probar allí con el oficio de profeta.
Todas estas circunstancias contribuyeron a la revolución silenciosa que se estaba produciendo en la Liga y sobre todo entre los dirigentes de Londres. La insuficiencia de la concepción anterior del comunismo, tanto del simple comunismo igualitario francés como del de Weitling, se les hacía cada vez más clara. La reducción del comunismo al cristianismo primitivo, iniciada por Weitling —por geniales que sean algunos detalles de su Evangelio del pobre pecador—, había llevado en Suiza a entregar el movimiento en gran parte, primero, a locos como Albrecht y luego a profetas estafadores y explotadores como Kuhlmann.16 El «socialismo verdadero» propagado por algunos literatos, una traducción de giros socialistas franceses a un alemán hegeliano corrompido y a un sentimentalismo amoroso empalagoso (véase el apartado sobre el socialismo alemán o «verdadero» en el Manifiesto Comunista), introducido en la Liga por Kriege y por la lectura de los escritos correspondientes, tenía que dar asco a los viejos revolucionarios de la Liga aunque solo fuera por su impotencia babosa. Frente a lo insostenible de las ideas teóricas anteriores, frente a los extravíos prácticos que de ellas se derivaban, en Londres se fue comprendiendo cada vez más que Marx y yo teníamos razón con nuestra nueva teoría. Esta comprensión se vio favorecida sin duda por el hecho de que entre los dirigentes de Londres había ahora dos hombres muy superiores a los citados en capacidad de comprensión teórica: el pintor de miniaturas Karl Pfänder, de Heilbronn, y el sastre Georg Eccarius, de Turingia.17
En fin, en la primavera de 1847 Moll se presentó en Bruselas en casa de Marx e inmediatamente después en París en la mía, para invitarnos repetidamente, en nombre de sus camaradas, a entrar en la Liga. Estaban, decía, tan convencidos de la justeza general de nuestra concepción como de la necesidad de liberar a la Liga de las viejas tradiciones y formas conspirativas. Si entrábamos, se nos daría ocasión de exponer en un congreso de la Liga nuestro comunismo crítico en un manifiesto que luego se publicaría como manifiesto de la Liga; y del mismo modo podríamos contribuir a que la organización anticuada de la Liga se sustituyera por otra nueva, adecuada a los tiempos y a sus fines.
Que dentro de la clase obrera alemana era necesaria una organización, aunque solo fuera para la propaganda, y que esa organización, en la medida en que no fuera de carácter meramente local, solo podía ser secreta, incluso fuera de Alemania, no lo dudábamos. Ahora bien, precisamente en la Liga existía ya una organización así. Lo que hasta entonces habíamos tenido que objetar a esta Liga lo abandonaban ahora como erróneo los propios representantes de la Liga; a nosotros mismos se nos invitaba a colaborar en su reorganización. ¿Podíamos decir que no? Seguro que no. Entramos, pues, en la Liga; Marx formó en Bruselas una comuna de la Liga con nuestros amigos más cercanos, mientras yo visitaba las tres comunas de París.
En el verano de 1847 se celebró en Londres el primer congreso de la Liga, en el que W. Wolff18 representó a las comunas de Bruselas y yo a las de París. Allí se llevó a cabo, en primer lugar, la reorganización de la Liga. Lo que quedaba todavía de los viejos nombres místicos de la época de la conspiración se suprimió también entonces; la Liga se organizó en comunas, círculos, círculos directivos, Autoridad Central y Congreso, y en adelante se llamó «Liga de los Comunistas». «El objetivo de la Liga es el derrocamiento de la burguesía, la dominación del proletariado, la abolición de la vieja sociedad burguesa basada en los antagonismos de clase y la fundación de una sociedad nueva, sin clases y sin propiedad privada»: así reza el artículo primero. La organización misma era completamente democrática, con autoridades elegidas y revocables en todo momento, y solo con eso quedaba cerrado el paso a todos los apetitos conspirativos, que exigen dictadura, y la Liga —al menos para los tiempos ordinarios de paz— se convertía en una pura sociedad de propaganda. Estos nuevos estatutos —tan democráticamente se procedía ahora— se sometieron a la discusión de las comunas, se volvieron a debatir en el segundo congreso y este los aprobó definitivamente el 8 de diciembre de 1847. Están reproducidos en Wermuth y Stieber, I, p. 239, anexo X.
El segundo congreso se celebró a finales de noviembre y principios de diciembre del mismo año. Allí estuvo también Marx y defendió la nueva teoría en un largo debate —el congreso duró por lo menos diez días—. Todas las objeciones y dudas quedaron por fin resueltas, los nuevos principios se aprobaron por unanimidad y se nos encargó a Marx y a mí redactar el Manifiesto. Así se hizo inmediatamente después. Pocas semanas antes de la revolución de febrero se envió a Londres para imprimirlo. Desde entonces ha dado la vuelta al mundo, se ha traducido a casi todas las lenguas y todavía hoy sirve en los países más diversos de guía del movimiento proletario. En lugar del viejo lema de la Liga, «Todos los hombres son hermanos», apareció el nuevo grito de guerra «¡Proletarios de todos los países, uníos!», que proclamaba abiertamente el carácter internacional de la lucha. Diecisiete años después este grito de guerra resonó por el mundo como grito de combate de la Asociación Internacional de los Trabajadores, y hoy lo ha escrito en su bandera el proletariado combatiente de todos los países.
Estalló la revolución de febrero. La Autoridad Central de Londres transfirió inmediatamente sus atribuciones al círculo directivo de Bruselas. Pero esta decisión llegó en un momento en que en Bruselas reinaba ya un estado de sitio de hecho y en que los alemanes, sobre todo, ya no podían reunirse en ninguna parte. Estábamos todos a punto de partir hacia París, y así la nueva Autoridad Central decidió disolverse también, transferir todos sus poderes a Marx y autorizarlo para constituir inmediatamente en París una nueva Autoridad Central. Apenas se habían separado las cinco personas que tomaron esta decisión (3 de marzo de 1848) cuando la policía irrumpió en casa de Marx, lo detuvo y al día siguiente lo obligó a partir hacia Francia, que era precisamente adonde quería ir.
En París pronto volvimos a reunirnos todos. Allí se redactó también el siguiente documento, firmado por los miembros de la nueva Autoridad Central, que se difundió por toda Alemania y del que todavía hoy más de uno puede aprender algo:19
«Reivindicaciones del Partido Comunista en Alemania»
Toda Alemania se declara república una e indivisible.
Los representantes del pueblo cobran un sueldo, para que también el obrero pueda sentarse en el parlamento del pueblo alemán.
Armamento general del pueblo.
Las fincas de los príncipes y demás fincas feudales, todas las minas, canteras, etc., se convierten en propiedad del Estado. En estas fincas se practicará la agricultura en gran escala y con los medios más modernos de la ciencia, en provecho de la colectividad.
Las hipotecas sobre las tierras de los campesinos se declaran propiedad del Estado. Los intereses de esas hipotecas los pagarán los campesinos al Estado.
En las regiones donde esté desarrollado el arrendamiento, la renta de la tierra o el canon de arrendamiento se pagará al Estado como impuesto.
Todos los medios de transporte: ferrocarriles, canales, barcos de vapor, caminos, correos, etc., los toma en sus manos el Estado. Se convierten en propiedad del Estado y se ponen a disposición gratuita de la clase sin recursos.
Limitación del derecho de herencia.
Implantación de fuertes impuestos progresivos y supresión de los impuestos sobre el consumo.
Creación de talleres nacionales. El Estado garantiza a todos los obreros su existencia y mantiene a los incapacitados para el trabajo.
Educación general y gratuita del pueblo.
Interesa al proletariado alemán, a la pequeña burguesía y a los pequeños campesinos trabajar con toda energía por la imposición de las medidas anteriores. Porque solo realizándolas pueden los millones de personas que hasta ahora eran explotados en Alemania por un pequeño número, y a los que se intentará seguir manteniendo en la opresión, alcanzar su derecho y el poder que les corresponde como productores de toda la riqueza.
El Comité:
Karl Marx - Karl Schapper - H. Bauer - F. Engels - J. Moll - W. Wolff
En París reinaba entonces la manía de las legiones revolucionarias. Españoles, italianos, belgas, holandeses, polacos, alemanes se juntaban en tropel para liberar sus respectivas patrias. La legión alemana la dirigían Herwegh, Bornstedt y Börnstein.20 Como, inmediatamente después de la revolución, todos los obreros extranjeros no solo se quedaron sin trabajo, sino que además eran hostigados por el público, estas legiones tuvieron mucha afluencia. El nuevo gobierno vio en ellas un medio para librarse de los obreros extranjeros y les concedió l'étape du soldat, es decir, alojamiento de marcha y un subsidio de marcha de 50 céntimos diarios hasta la frontera; y allí el ministro de Asuntos Exteriores, el retórico Lamartine, siempre conmovido hasta las lágrimas, ya encontraba ocasión de entregarlos a traición a sus respectivos gobiernos.
Nos opusimos con la mayor resolución a este juego de revoluciones. Llevar en medio de la efervescencia que vivía entonces Alemania una invasión que debía importar la revolución a la fuerza desde fuera era poner la zancadilla a la revolución en la propia Alemania, reforzar a los gobiernos y entregar a los propios legionarios —de ello se encargaba Lamartine— indefensos a las tropas alemanas. Cuando luego triunfó la revolución en Viena y en Berlín, la legión se volvió todavía más inútil; pero, una vez empezado el juego, se siguió jugando.
Fundamos un club comunista alemán en el que aconsejábamos a los obreros que se mantuvieran apartados de la legión y que, en cambio, volvieran uno por uno a su tierra para trabajar allí por el movimiento. Nuestro viejo amigo Flocon,21 que formaba parte del gobierno provisional, consiguió para los obreros que nosotros enviábamos las mismas facilidades de viaje que se habían prometido a los legionarios. Así hicimos volver a Alemania a trescientos o cuatrocientos obreros, entre ellos la gran mayoría de los miembros de la Liga.
Como era fácil de prever, frente al movimiento de las masas populares que ahora había estallado la Liga resultó ser una palanca demasiado débil. Tres cuartas partes de los miembros de la Liga, que antes vivían en el extranjero, habían cambiado de residencia al volver a su tierra; sus comunas anteriores quedaron así disueltas en gran parte, y ellos perdieron todo contacto con la Liga. Una parte de los más ambiciosos de entre ellos tampoco intentó recuperarlo, sino que empezó, cada uno en su localidad, un pequeño movimiento por separado y por su cuenta. Y, por último, las condiciones eran tan distintas en cada pequeño Estado, en cada provincia, en cada ciudad, que la Liga no habría estado en condiciones de dar más que directrices muy generales; y estas se difundían mucho mejor por la prensa. En resumen, desde el momento en que dejaron de existir las causas que habían hecho necesaria la liga secreta, la liga secreta dejó también de significar algo como tal. Pero eso menos que a nadie podía sorprender a la gente que acababa de quitarle a esa misma liga secreta la última sombra de carácter conspirativo.
Pero que la Liga había sido una excelente escuela de actividad revolucionaria se demostró entonces. En el Rin, donde la Neue Rheinische Zeitung ofrecía un centro firme, en Nassau, en el Hesse renano, etc., había por todas partes miembros de la Liga a la cabeza del movimiento democrático extremo. Lo mismo en Hamburgo. En el sur de Alemania se lo impedía el predominio de la democracia pequeñoburguesa. En Breslau, Wilhelm Wolff actuó con gran éxito hasta bien entrado el verano de 1848; obtuvo también un mandato silesiano como suplente para el Parlamento de Fráncfort. Por último, en Berlín, el cajista Stephan Born, que había actuado en Bruselas y en París como miembro activo de la Liga, fundó una «Fraternidad Obrera»22 que alcanzó bastante difusión y existió hasta 1850. Born, un joven de mucho talento, pero que tenía algo de prisa por convertirse en una celebridad política, «fraternizó» con la más variopinta gentuza con tal de reunir una tropa, y no era en absoluto el hombre capaz de poner unidad en las tendencias opuestas y luz en el caos. Por eso en las publicaciones oficiales de la asociación andan revueltas, sin orden ni concierto, las opiniones defendidas en el Manifiesto Comunista con recuerdos y deseos gremiales, desechos de Louis Blanc y de Proudhon, proteccionismo, etc.; en resumen, se quería ser todo para todos. En particular se pusieron en marcha huelgas, sindicatos de oficio y cooperativas de producción, y se olvidó que de lo que se trataba ante todo era de conquistar primero, mediante victorias políticas, el terreno en el que solo podían llevarse a cabo de forma duradera semejantes cosas. Cuando luego las victorias de la reacción hicieron sentir a los dirigentes de la Fraternidad la necesidad de entrar directamente en la lucha revolucionaria, la masa confusa que habían agrupado en torno a sí los dejó, como es natural, en la estacada. Born participó en la insurrección de mayo de 1849 en Dresde y logró escapar. Pero la «Fraternidad Obrera» había resultado ser, frente al gran movimiento político del proletariado, una pura liga separatista, que en gran parte solo existía sobre el papel y que tenía una importancia tan secundaria que la reacción no consideró necesario suprimirla hasta 1850, y a sus ramificaciones supervivientes hasta varios años después. Born, que en realidad se apellida Buttermilch, no se convirtió en una celebridad política, sino en un pequeño profesor suizo que ya no traduce a Marx al lenguaje gremial, sino al dulce Renan a su propio alemán almibarado.
Con el 13 de junio de 1849 en París, con la derrota de las insurrecciones alemanas de mayo y con el aplastamiento de la revolución húngara por los rusos, se cerraba un gran periodo de la revolución de 1848. Pero la victoria de la reacción todavía no era en absoluto definitiva. Se imponía una reorganización de las fuerzas revolucionarias dispersas, y con ella también la de la Liga. Las condiciones volvían a prohibir, como antes de 1848, toda organización pública del proletariado; había que organizarse, pues, de nuevo en secreto.
En el otoño de 1849 la mayoría de los miembros de las anteriores autoridades centrales y de los congresos volvieron a encontrarse en Londres. Solo faltaban Schapper, que estaba preso en Wiesbaden, pero que tras ser absuelto en la primavera de 1850 llegó también, y Moll, que, después de cumplir una serie de peligrosísimos viajes de misión y de agitación —el último, reclutando en plena Renania, en medio del ejército prusiano, artilleros conductores para la artillería del Palatinado—, entró en la compañía obrera de Besanzón del cuerpo de Willich y murió de un tiro en la cabeza en el combate del Murg, delante del puente de Rotenfels. En cambio, entró ahora Willich. Willich era uno de esos comunistas de sentimiento tan frecuentes desde 1845 en el oeste de Alemania, y ya solo por eso estaba en oposición instintiva y secreta a nuestra tendencia crítica. Pero era más: era un profeta cabal, convencido de su misión personal como libertador predestinado del proletariado alemán, y, como tal, aspirante directo a la dictadura política no menos que a la militar. Al comunismo cristiano primitivo que había predicado antes Weitling se le añadía así una especie de islam comunista. Con todo, la propaganda de esta nueva religión quedó limitada al principio al cuartel de refugiados que mandaba Willich.
Se reorganizó, pues, la Liga, se publicó el Mensaje de marzo de 1850, reproducido en el apéndice (IX, n.º 1),23 y se envió a Heinrich Bauer como emisario a Alemania. El Mensaje, redactado por Marx y por mí, tiene todavía hoy interés, porque la democracia pequeñoburguesa sigue siendo también ahora el partido que, en la próxima sacudida europea, que no tardará en llegar (el plazo de vencimiento de las revoluciones europeas —1815, 1830, 1848-1852, 1870— es en nuestro siglo de quince a dieciocho años), tendrá que subir inevitablemente al poder en Alemania en primer lugar, como salvadora de la sociedad frente a los obreros comunistas. Buena parte de lo que allí se dice sigue valiendo, pues, todavía hoy. El viaje de misión de Heinrich Bauer fue coronado por un éxito completo. El pequeño y jovial zapatero era un diplomático nato. Devolvió a la organización activa a los antiguos miembros de la Liga, que en parte se habían vuelto indolentes y en parte actuaban por su cuenta, y en particular a los actuales dirigentes de la «Fraternidad Obrera». La Liga empezó a desempeñar el papel dominante en las asociaciones de obreros, de campesinos y de gimnastas en una medida mucho mayor que antes de 1848, de modo que ya el siguiente mensaje trimestral a las comunas, de junio de 1850, podía hacer constar que el estudiante Schurz, de Bonn (el futuro exministro norteamericano),24 que recorría Alemania en interés de la democracia pequeñoburguesa, «había encontrado ya todas las fuerzas aprovechables en manos de la Liga» (véase el apéndice, IX, n.º 2).25 La Liga era sin duda la única organización revolucionaria que tenía alguna importancia en Alemania.
Pero para qué había de servir esta organización dependía muy esencialmente de que se cumplieran las perspectivas de un nuevo auge de la revolución. Y eso, en el curso de 1850, se fue haciendo cada vez más improbable, e incluso imposible. La crisis industrial de 1847, que había preparado la revolución de 1848, estaba superada; había comenzado un periodo nuevo, hasta entonces inaudito, de prosperidad industrial; para quien tenía ojos para ver, y los usaba, tenía que estar claro que la tormenta revolucionaria de 1848 se iba agotando poco a poco.
«Con esta prosperidad general, en la que las fuerzas productivas de la sociedad burguesa se desarrollan con toda la exuberancia que permiten las relaciones burguesas, no puede hablarse de una verdadera revolución. Semejante revolución solo es posible en los periodos en que estos dos factores, las fuerzas productivas modernas y las formas burguesas de producción, entran en contradicción entre sí. Las distintas riñas en que se enzarzan ahora los representantes de las diversas fracciones del partido del orden continental, y con las que se comprometen unos a otros, lejos de dar ocasión a nuevas revoluciones, solo son posibles, por el contrario, porque la base de las relaciones es de momento tan segura y, cosa que la reacción no sabe, tan burguesa. En ella se estrellarán con la misma seguridad todos los intentos de la reacción por frenar el desarrollo burgués, igual que toda la indignación moral y todas las entusiastas proclamas de los demócratas». Así escribimos Marx y yo en la «Revista de mayo a octubre de 1850», en la Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue, cuadernos V y VI, Hamburgo, 1850, p. 153.26
Pero esta fría apreciación de la situación era una herejía para mucha gente en un momento en que Ledru-Rollin, Louis Blanc, Mazzini, Kossuth y, entre las lumbreras alemanas menores, Ruge, Kinkel, Goegg y como se llamen todos, se juntaban en Londres a montones para formar gobiernos provisionales del futuro, no solo para sus respectivas patrias, sino para Europa entera, y en que ya solo faltaba reunir en América el dinero necesario como empréstito revolucionario para realizar en un abrir y cerrar de ojos la revolución europea, más las diversas repúblicas que de ella se seguían como cosa natural. Que un hombre como Willich cayera en eso, que también Schapper se dejara seducir por su viejo afán revolucionario, que la mayoría de los obreros de Londres, en buena parte refugiados ellos mismos, los siguiera al campo de los fabricantes de revoluciones demócratas burgueses, ¿a quién puede extrañarle? En fin: la contención que nosotros defendíamos no era del gusto de esta gente; había que meterse a fabricar revoluciones; nos negamos con la mayor resolución. Se produjo la escisión; lo demás puede leerse en las Revelaciones. Luego vino la detención, primero de Nothjung y después de Haupt en Hamburgo, que se convirtió en traidor al dar los nombres de la Autoridad Central de Colonia, y que debía servir de testigo principal en el proceso; pero sus parientes no quisieron pasar por esa vergüenza y lo despacharon a Río de Janeiro, donde más tarde se estableció como comerciante y, en reconocimiento de sus méritos, llegó a ser cónsul general, primero prusiano y luego alemán. Ahora vuelve a estar en Europa.27
Para una mejor comprensión de lo que sigue doy la lista de los acusados de Colonia: 1. P. G. Röser, obrero tabaquero; 2. Heinrich Bürgers, más tarde diputado progresista en la Dieta, ya fallecido; 3. Peter Nothjung, sastre, fallecido hace pocos años como fotógrafo en Breslau; 4. W. J. Reiff; 5. el doctor Hermann Becker, hoy alcalde de Colonia y miembro de la Cámara de los Señores; 6. el doctor Roland Daniels, médico, fallecido pocos años después del proceso de la tisis contraída en la cárcel; 7. Karl Otto, químico; 8. el doctor Abraham Jacobi, hoy médico en Nueva York; 9. el doctor J. J. Klein, hoy médico y concejal en Colonia; 10. Ferdinand Freiligrath, que sin embargo ya estaba entonces en Londres; 11. J. L. Ehrhard, empleado de comercio; 12. Friedrich Lessner, sastre, hoy en Londres. De ellos, después de un juicio público ante los jurados que duró del 4 de octubre al 12 de noviembre de 1852, fueron condenados por tentativa de alta traición: Röser, Bürgers y Nothjung a 6 años de prisión en fortaleza, Reiff, Otto y Becker a 5, y Lessner a 3; Daniels, Klein, Jacobi y Ehrhard fueron absueltos.
Con el proceso de Colonia termina este primer periodo del movimiento obrero comunista alemán. Inmediatamente después de la condena disolvimos nuestra Liga; pocos meses después, también la liga separatista de Willich y Schapper pasó a mejor vida.
Entre aquel entonces y hoy media una generación. Entonces Alemania era un país de artesanía y de industria a domicilio basada en el trabajo manual; hoy es un gran país industrial, todavía en continua revolución industrial. Entonces había que ir buscando uno por uno a los obreros que comprendían su situación como obreros y su antagonismo histórico-económico con el capital, porque ese antagonismo mismo apenas estaba naciendo. Hoy hay que poner a todo el proletariado alemán bajo leyes de excepción solo para retrasar un poco el proceso de su desarrollo hasta la plena consciencia de su situación como clase oprimida. Entonces los pocos que habían llegado a comprender el papel histórico del proletariado tenían que unirse en secreto, reunirse a escondidas en pequeñas comunas de tres a veinte hombres. Hoy el proletariado alemán ya no necesita ninguna organización oficial, ni pública ni secreta; el simple vínculo, que se entiende por sí mismo, entre compañeros de clase que piensan igual basta para sacudir todo el Imperio alemán sin estatutos, autoridades, resoluciones ni ninguna otra forma tangible. Bismarck es árbitro de Europa, allá fuera, al otro lado de la frontera; pero dentro crece cada día, más amenazante, la figura de atleta del proletariado alemán que Marx previó ya en 1844, el gigante al que el estrecho edificio del Imperio, hecho a la medida del filisteo, ya se le queda pequeño, y cuya poderosa estatura y anchas espaldas crecen hacia el momento en que con solo levantarse de su asiento hará saltar en pedazos todo el edificio de la Constitución del Imperio. Y aún más. El movimiento internacional del proletariado europeo y americano se ha fortalecido tanto que no solo su primera forma estrecha —la liga secreta—, sino incluso su segunda forma, infinitamente más amplia —la Asociación Internacional de los Trabajadores, pública—, se ha convertido en una traba para él, y que el simple sentimiento de solidaridad, basado en la comprensión de que la situación de clase es la misma, basta para crear y mantener unido entre los obreros de todos los países y lenguas un único y mismo gran partido del proletariado. Las doctrinas que la Liga defendió de 1847 a 1852, y que entonces el sabio filisteísmo podía despachar encogiéndose de hombros como quimeras de exaltados extremistas, como doctrina secreta de unos cuantos sectarios dispersos, tienen hoy innumerables partidarios en todos los países civilizados del mundo, entre los condenados de las minas de Siberia como entre los buscadores de oro de California; y el fundador de esta doctrina, el hombre más odiado y más calumniado de su tiempo, Karl Marx, era, cuando murió, el consejero siempre buscado y siempre dispuesto del proletariado de los dos mundos.
Londres, 8 de octubre de 1885
Friedrich Engels
Wilhelm Stieber (1818-1882), jefe de la policía política prusiana, organizador del proceso de Colonia de 1852, y Carl Wermuth, director de la policía de Hannover, publicaron con ese título un repertorio de expedientes policiales sobre las organizaciones obreras y democráticas. ↩
Jakob Venedey (1805-1871), publicista liberal, emigrado en París en los años treinta, diputado en la Asamblea de Fráncfort en 1848. ↩
De Gracchus Babeuf (1760-1797), jefe de la Conspiración de los Iguales de 1796, cuyas ideas igualitarias y comunistas difundió en los años treinta su compañero Buonarroti. ↩
La insurrección de la Société des saisons en París el 12 de mayo de 1839, dirigida por Auguste Blanqui y Armand Barbès, aplastada en dos días. ↩
Georg Büchner (1813-1837), escritor y revolucionario, autor de La muerte de Danton y fundador en Giessen, en 1834, de la Sociedad de los Derechos del Hombre. La fecha de 1832 no casa con la de la fundación de esa sociedad. ↩
La Frankfurter Wachensturm, golpe de mano de estudiantes y demócratas contra los cuerpos de guardia de Fráncfort, sede de la Dieta federal, que pretendía desencadenar una insurrección general en Alemania. ↩
«Demagogos» llamaban las autoridades alemanas, desde 1819, a los miembros de las asociaciones estudiantiles y de la oposición liberal y nacional perseguidos por los decretos de Karlsbad. ↩
(Nota de Engels.) Por comunismo igualitario entiendo, como he dicho, solamente el comunismo que se apoya exclusiva o principalmente en la reivindicación de igualdad. ↩
De Glosas críticas al artículo «El rey de Prusia y la reforma social», publicado en el Vorwärts! de París en agosto de 1844. Garantien der Harmonie und Freiheit (1842) es la obra principal de Wilhelm Weitling (1808-1871). ↩
Periódico de los emigrados alemanes en Bruselas (1847-1848), dirigido por Adalbert von Bornstedt; Marx y Engels escribieron en él desde septiembre de 1847. ↩
George Julian Harney (1817-1897), dirigente del ala izquierda del cartismo y redactor de The Northern Star. ↩
Diario de los republicanos demócratas y socialistas de París (1843-1850), dirigido por Ferdinand Flocon, en el que escribían Ledru-Rollin y Louis Blanc. ↩
August Hermann Ewerbeck (1816-1860), médico y escritor, dirigente de las comunas parisinas de la Liga de los Justos. ↩
Hermann Kriege (1820-1850) publicaba en Nueva York el Volks-Tribun. Harro Harring (1798-1870), poeta y aventurero revolucionario de origen frisón. ↩
Véase la Circular contra Kriege, de mayo de 1846. ↩
Karl Albrecht y Georg Kuhlmann se presentaban como profetas y predicaban entre los obreros alemanes de Suiza un comunismo místico y religioso. Weitling publicó Das Evangelium des armen Sünders en 1845. ↩
(Nota de Engels.) Pfänder murió en Londres hace unos ocho años. Era una cabeza de pensamiento singularmente fino, ingenioso, irónico, dialéctico. Eccarius fue después, como es sabido, durante muchos años secretario general de la Asociación Internacional de los Trabajadores, en cuyo Consejo General figuraban, entre otros, los siguientes antiguos miembros de la Liga: Eccarius, Pfänder, Lessner, Lochner, Marx y yo. Eccarius se dedicó más tarde exclusivamente al movimiento sindical inglés. ↩
Wilhelm Wolff (1809-1864), hijo de un siervo silesio, maestro y periodista, redactor de la Neue Rheinische Zeitung; Marx le dedicó el primer tomo de El capital. Véase Wilhelm Wolff, de Engels. ↩
Engels reproduce solo una parte de los diecisiete puntos de las Reivindicaciones de marzo de 1848. El texto completo, en Reivindicaciones del Partido Comunista en Alemania. ↩
Georg Herwegh (1817-1875), el poeta; Adalbert von Bornstedt (1808-1851), periodista, que resultó ser confidente de la policía prusiana; Heinrich Börnstein (1805-1892), periodista, editor del Vorwärts! de París. ↩
Ferdinand Flocon (1800-1866), redactor de La Réforme, miembro del gobierno provisional de la República francesa en 1848; en marzo de 1848 había invitado a Marx a volver a París en nombre del gobierno. ↩
La Allgemeine Deutsche Arbeiterverbrüderung, fundada en Berlín en el verano de 1848. Stephan Born (1824-1898) fue después profesor de literatura en Basilea. ↩
El Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas de marzo de 1850, que Engels reprodujo como apéndice de la edición de 1885 de las Revelaciones. ↩
Carl Schurz (1829-1906), estudiante demócrata en Bonn, combatiente en Baden en 1849; emigrado a los Estados Unidos, fue general en la guerra de Secesión y secretario del Interior de 1877 a 1881. ↩
El Mensaje del Comité Central a la Liga de junio de 1850, también reproducido en el apéndice de 1885. ↩
Véase Revista mayo-octubre de 1850. En el texto de 1850 se lee ebensosehr («igualmente») donde Engels escribe ebenso sicher («con la misma seguridad»), y los subrayados no coinciden con los de 1850. ↩
(Nota de Engels.) Schapper murió en Londres a finales de los años sesenta. Willich hizo con distinción la guerra civil norteamericana; en la batalla de Murfreesboro (Tennessee), siendo general de brigada, recibió un balazo en el pecho, pero se curó, y murió en América hace unos diez años. De otras personas mencionadas arriba quiero señalar todavía que Heinrich Bauer desapareció sin dejar rastro en Australia, y que Weitling y Ewerbeck murieron en América. ↩