Karl Marx, El capital. Crítica de la economía política. Libro tercero: El proceso global de la producción capitalista. Editado por Friedrich Engels; primera edición: Hamburgo, Otto Meissner, 1894. Se traduce según el texto de la MEW 25 (Berlín, 1964), cotejado con la MEGA II/15 (1894); las citas que Marx daba en inglés, francés u otras lenguas se traducen de su original. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas que indican de qué manuscrito de Marx procede el texto son de Engels; las firmadas «— F. E.» y los pasajes entre corchetes con esa firma, también. Las llaves {…} reproducen las de la edición (interpolaciones de Marx en las citas o de Engels en el texto). Las notas marcadas «(Nota de la traducción.)» son nuestras. Texto original en alemán
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Capítulo octavo. Diferente composición de los capitales en distintas ramas de la producción y consiguiente diferencia de las tasas de ganancia
En la sección anterior se demostró, entre otras cosas, cómo, con una tasa de plusvalía constante, la tasa de ganancia puede variar, subir o bajar. En este capítulo se supone ahora que el grado de explotación del trabajo, y por tanto la tasa de plusvalía y la duración de la jornada laboral, son de igual magnitud, igual de altos, en todas las esferas de la producción en que se divide el trabajo social en un país dado. De muchas diferencias en la explotación del trabajo en distintas esferas de la producción ya demostró detalladamente A. Smith que se compensan por toda clase de razones compensatorias, reales o aceptadas por el prejuicio, y que, por tanto, como diferencias solo aparentes y evanescentes, no entran en cuenta para la investigación de las relaciones generales. Otras diferencias, por ejemplo en el nivel del salario, se basan en gran parte en la diferencia, ya mencionada al principio del libro I, p. 19, entre trabajo simple y trabajo complejo, y, aunque hacen muy desigual la suerte de los obreros en distintas esferas de la producción, no afectan en absoluto al grado de explotación del trabajo en esas distintas esferas. Si, por ejemplo, el trabajo de un orfebre se paga más caro que el de un jornalero, el plustrabajo del orfebre produce también, en la misma proporción, una plusvalía mayor que el del jornalero. Y si la nivelación de los salarios y de las jornadas laborales, y por tanto de la tasa de plusvalía, entre distintas esferas de la producción, e incluso entre distintas inversiones de capital en la misma esfera de la producción, se ve detenida por múltiples obstáculos locales, se va cumpliendo, sin embargo, cada vez más con el progreso de la producción capitalista y con la subordinación de todas las relaciones económicas a este modo de producción. Por importante que sea el estudio de tales fricciones para cualquier trabajo especial sobre el salario, para la investigación general de la producción capitalista deben desdeñarse como fortuitas e inesenciales. En una investigación general de esta clase se supone siempre, en general, que las relaciones reales corresponden a su concepto, o, lo que es lo mismo, las relaciones reales solo se exponen en la medida en que expresan su propio tipo general.
La diferencia de las tasas de plusvalía en distintos países, y por tanto de los grados nacionales de explotación del trabajo, es por completo indiferente para la presente investigación. Lo que queremos exponer precisamente en esta sección es de qué manera se establece una tasa general de ganancia dentro de un país. Está claro, sin embargo, que, al comparar las distintas tasas nacionales de ganancia, basta con combinar lo expuesto anteriormente con lo que aquí ha de exponerse. Considérese primero la diferencia de las tasas nacionales de plusvalía y compárese luego, sobre la base de estas tasas de plusvalía dadas, la diferencia de las tasas nacionales de ganancia. En la medida en que su diferencia no resulte de la diferencia de las tasas nacionales de plusvalía, tiene que deberse a circunstancias en las que, como en la investigación de este capítulo, la plusvalía se supone igual en todas partes, constante.
En el capítulo anterior se mostró que, suponiendo constante la tasa de plusvalía, la tasa de ganancia que rinde un capital determinado puede subir o bajar a consecuencia de circunstancias que elevan o rebajan el valor de una u otra parte del capital constante y que, con ello, afectan en general a la relación entre los componentes constantes y variables del capital. Se señaló además que las circunstancias que alargan o acortan el tiempo de rotación de un capital pueden afectar de modo semejante a la tasa de ganancia. Como la masa de la ganancia es idéntica a la masa de la plusvalía, a la plusvalía misma, se mostró también que la masa de la ganancia —a diferencia de la tasa de ganancia— no se ve afectada por las oscilaciones de valor que acabamos de mencionar. Estas solo modificaban la tasa en que se expresa una plusvalía dada, y por tanto también una ganancia de magnitud dada, es decir, su magnitud relativa, su magnitud comparada con la magnitud del capital adelantado. En la medida en que, a consecuencia de aquellas oscilaciones de valor, se producía inmovilización o liberación de capital, por esta vía indirecta podía verse afectada no solo la tasa de ganancia, sino la ganancia misma. Pero esto valía entonces siempre solo para el capital ya comprometido, no para una nueva inversión de capital; y, además, el aumento o la disminución de la ganancia misma dependía siempre de en qué medida, a consecuencia de aquellas oscilaciones de valor, con el mismo capital podía ponerse en movimiento más o menos trabajo, y por tanto con el mismo capital —con una tasa de plusvalía constante— podía producirse una masa mayor o menor de plusvalía. Lejos de contradecir la ley general o de constituir una excepción a ella, esta excepción aparente no era, en realidad, más que un caso particular de aplicación de la ley general.
Si en la sección anterior se mostró que, con un grado de explotación del trabajo constante, la tasa de ganancia variaba con el cambio de valor de los componentes del capital constante e igualmente con el cambio del tiempo de rotación del capital, de ahí se sigue por sí solo que las tasas de ganancia de distintas esferas de la producción que existen simultáneamente unas junto a otras serán diferentes si, permaneciendo iguales las demás circunstancias, el tiempo de rotación de los capitales empleados es diferente, o si la relación de valor entre los componentes orgánicos de esos capitales es diferente en las distintas ramas de la producción. Lo que antes considerábamos como cambios que se sucedían en el tiempo con un mismo capital, lo consideramos ahora como diferencias existentes simultáneamente entre inversiones de capital que coexisten en distintas esferas de la producción.
Para ello tendremos que investigar: 1) la diferencia en la composición orgánica de los capitales; 2) la diferencia de su tiempo de rotación.
El supuesto de toda esta investigación es, naturalmente, que, cuando hablamos de la composición o de la rotación del capital en una rama determinada de la producción, nos referimos siempre a la relación normal media del capital invertido en esa rama de la producción; en general, que se trata de la media del capital global invertido en la esfera determinada, no de las diferencias fortuitas entre los capitales individuales invertidos en esa esfera.
Como además se ha supuesto que la tasa de plusvalía y la jornada laboral son constantes, y como este supuesto incluye igualmente la constancia del salario, una cantidad determinada de capital variable expresa una cantidad determinada de fuerza de trabajo puesta en movimiento y, por tanto, una cantidad determinada de trabajo que se objetiva. Así pues, si 100 £ expresan el salario semanal de 100 obreros, es decir, indican de hecho 100 fuerzas de trabajo, n × 100 £ expresan el de n × 100 obreros, y (100 £)/n, el de 100/n obreros. El capital variable sirve aquí, por tanto (como siempre ocurre cuando el salario está dado), de índice de la masa de trabajo puesta en movimiento por un capital global determinado; las diferencias en la magnitud del capital variable empleado sirven, por tanto, de índices de la diferencia en la masa de fuerza de trabajo empleada. Si 100 £ representan 100 obreros por semana y, por tanto, con 60 horas de trabajo semanal, 6.000 horas de trabajo, 200 £ representan 12.000 horas de trabajo, y 50 £ solo 3.000.
Por composición del capital entendemos, como ya se dijo en el libro I, la relación entre su componente activo y su componente pasivo, entre el capital variable y el capital constante. Aquí entran en consideración dos relaciones que no tienen igual importancia, aunque en determinadas circunstancias pueden producir el mismo efecto.
La primera relación se basa en un fundamento técnico y debe considerarse dada en un determinado grado de desarrollo de la fuerza productiva. Se requiere una determinada masa de fuerza de trabajo, representada por un número determinado de obreros, para producir una masa determinada de producto, por ejemplo en un día, y por tanto —lo que va incluido en ello— para poner en movimiento, para consumir productivamente, una masa determinada de medios de producción, maquinaria, materias primas, etc. A un número determinado de obreros corresponde una cantidad determinada de medios de producción y, por tanto, a una cantidad determinada de trabajo vivo, una cantidad determinada de trabajo ya objetivado en los medios de producción. Esta relación es muy diferente en las distintas esferas de la producción, a menudo entre las distintas ramas de una misma industria, aunque, por casualidad, puede volver a ser total o aproximadamente la misma en ramas de la industria muy alejadas entre sí.
Esta relación constituye la composición técnica del capital y es la base propiamente dicha de su composición orgánica.
Pero también es posible que aquella relación sea la misma en distintas ramas de la industria, en la medida en que el capital variable es mero índice de fuerza de trabajo y el capital constante, mero índice de la masa de medios de producción puesta en movimiento por la fuerza de trabajo. Por ejemplo, ciertos trabajos en cobre y en hierro pueden presuponer la misma relación entre fuerza de trabajo y masa de medios de producción. Pero, como el cobre es más caro que el hierro, la relación de valor entre capital variable y capital constante será diferente en ambos casos, y con ella también la composición de valor de los dos capitales globales. La diferencia entre la composición técnica y la composición de valor se muestra, en cada rama de la industria, en el hecho de que, con una composición técnica constante, la relación de valor de las dos partes del capital puede cambiar y, con una composición técnica modificada, la relación de valor puede seguir siendo la misma; esto último, naturalmente, solo si el cambio en la relación entre las masas empleadas de medios de producción y de fuerza de trabajo se compensa con un cambio opuesto en sus valores.
A la composición de valor del capital, en cuanto está determinada por su composición técnica y la refleja, la llamamos composición orgánica del capital.1
Respecto del capital variable suponemos, pues, que es índice de una cantidad determinada de fuerza de trabajo, de un número determinado de obreros o de masas determinadas de trabajo vivo puesto en movimiento. En la sección anterior se ha visto que un cambio en la magnitud de valor del capital variable puede no representar sino un precio mayor o menor de la misma masa de trabajo; pero aquí, donde la tasa de plusvalía y la jornada laboral se consideran constantes y el salario por un tiempo de trabajo determinado se considera dado, esto queda descartado. En cambio, una diferencia en la magnitud del capital constante puede ser también, sin duda, índice de un cambio en la masa de medios de producción puesta en movimiento por una cantidad determinada de fuerza de trabajo; pero puede proceder también de la diferencia de valor que los medios de producción puestos en movimiento tienen en una esfera de la producción a diferencia de otra. Por eso aquí entran en consideración ambos puntos de vista.
Por último, hay que señalar lo siguiente, que es esencial:
Supongamos que 100 £ sean el salario semanal de 100 obreros. Supongamos que el tiempo de trabajo semanal sea = 60 horas. Supongamos además que la tasa de plusvalía sea = 100 %. En este caso, de las 60 horas los obreros trabajan 30 para sí mismos y 30 gratis para el capitalista. En las 100 £ de salario solo están encarnadas, de hecho, 30 horas de trabajo de los 100 obreros, o en conjunto 3.000 horas de trabajo, mientras que las otras 3.000 horas que trabajan están encarnadas en las 100 £ de plusvalía o, respectivamente, de ganancia que se embolsa el capitalista. Aunque el salario de 100 £ no expresa, por tanto, el valor en que se objetiva el trabajo semanal de los 100 obreros, indica sin embargo (dados la duración de la jornada laboral y la tasa de plusvalía) que este capital ha puesto en movimiento a 100 obreros durante un total de 6.000 horas de trabajo. El capital de 100 £ lo indica, primero, porque indica el número de obreros puestos en movimiento, ya que 1 £ = 1 obrero por semana, y por tanto 100 £ = 100 obreros; y, segundo, porque cada obrero puesto en movimiento, con la tasa de plusvalía dada del 100 %, realiza el doble de trabajo del que está contenido en su salario, de modo que 1 £, su salario, que es la expresión de media semana de trabajo, pone en movimiento una semana entera de trabajo, y del mismo modo 100 £, aunque solo contienen 50 semanas de trabajo, ponen en movimiento 100 semanas de trabajo. Hay que hacer, pues, una distinción muy esencial en el capital variable desembolsado en salarios: por un lado, en cuanto su valor, la suma de los salarios, representa una cantidad determinada de trabajo objetivado, y, por otro, en cuanto su valor es mero índice de la masa de trabajo vivo que pone en movimiento. Esta última es siempre mayor que el trabajo contenido en él y, por tanto, se representa también en un valor más alto que el del capital variable; en un valor que está determinado, por una parte, por el número de obreros puestos en movimiento por el capital variable y, por otra, por la cantidad de plustrabajo que estos realizan.
De este modo de considerar el capital variable se sigue lo siguiente:
Si una inversión de capital en la esfera de la producción A desembolsa, de cada 700 del capital global, solo 100 en capital variable y 600 en capital constante, mientras que en la esfera de la producción B se desembolsan 600 en capital variable y solo 100 en capital constante, aquel capital global A de 700 solo pondrá en movimiento una fuerza de trabajo de 100, es decir, según el supuesto anterior, solo 100 semanas de trabajo o 6.000 horas de trabajo vivo, mientras que el capital global B, de igual magnitud, pone en movimiento 600 semanas de trabajo y, por tanto, 36.000 horas de trabajo vivo. El capital en A solo se apropiaría, por tanto, de 50 semanas de trabajo o 3.000 horas de plustrabajo, mientras que el capital de igual magnitud en B se apropiaría de 300 semanas de trabajo o 18.000 horas. El capital variable es el índice no solo del trabajo contenido en él mismo, sino, dada la tasa de plusvalía, también a la vez del trabajo excedente o plustrabajo que pone en movimiento por encima de esa medida. Con el mismo grado de explotación del trabajo, la ganancia sería en el primer caso 100/700 = 1/7 = 14 2/7 %, y en el segundo = 600/700 = 85 5/7 %, una tasa de ganancia seis veces mayor. Pero, de hecho, en este caso la ganancia misma sería seis veces mayor, 600 para B frente a 100 para A, porque con el mismo capital se pone en movimiento seis veces más trabajo vivo y, por tanto, con el mismo grado de explotación del trabajo, se obtiene también seis veces más plusvalía y, por consiguiente, seis veces más ganancia.
Si en A no se empleasen 700 £, sino 7.000 £ de capital, y en B, en cambio, solo 700 £, el capital A, con la misma composición orgánica, emplearía como capital variable 1.000 £ de las 7.000 £, es decir, 1.000 obreros por semana = 60.000 horas de trabajo vivo, de las cuales 30.000 horas serían de plustrabajo. Pero, igual que antes, con cada 700 £ A solo pondría en movimiento 1/6 del trabajo vivo y, por tanto, solo 1/6 del plustrabajo que B, y con ello solo produciría también 1/6 de la ganancia. Si se considera la tasa de ganancia, en A es 1.000/7.000 = 100/700 = 14 2/7 %, frente a 600/700, o sea, 85 5/7 %, del capital B. Tomando sumas de capital de igual magnitud, la tasa de ganancia es aquí diferente porque, con la misma tasa de plusvalía, a consecuencia de las diferentes masas de trabajo vivo puesto en movimiento, son diferentes las masas de las plusvalías producidas y, por tanto, las ganancias.
El mismo resultado se sigue, en efecto, cuando las condiciones técnicas son en una esfera de la producción las mismas que en la otra, pero el valor de los elementos del capital constante empleados es mayor o menor. Supongamos que ambas emplean 100 £ como capital variable y que, por tanto, necesitan 100 obreros por semana para poner en movimiento la misma cantidad de maquinaria y de materia prima, pero que estas son más caras en B que en A. En este caso, a 100 £ de capital variable corresponderían en A, por ejemplo, 200 £ de capital constante, y en B, 400. Entonces, con una tasa de plusvalía del 100 %, la plusvalía producida es en ambos casos igual a 100 £; y, por tanto, también la ganancia es en ambos casos igual a 100 £. Pero en A es 100/(200c + 100v)2 = 1/3 = 33 1/3 %; en cambio, en B, 100/(400c + 100v) = 1/5 = 20 %. En efecto, si tomamos en ambos casos una parte alícuota determinada del capital global, en B, de cada 100 £, solo 20 £, o 1/5, son capital variable, mientras que en A, de cada 100 £, 33 1/3 £, o 1/3, son capital variable. B produce menos ganancia por cada 100 £ porque pone en movimiento menos trabajo vivo que A. La diferencia de las tasas de ganancia se resuelve, pues, aquí de nuevo en la diferencia de las masas de ganancia producidas por cada 100 de las inversiones de capital, porque lo es de las masas de plusvalía.
La diferencia entre este segundo ejemplo y el anterior es solo esta: la nivelación entre A y B exigiría en el segundo caso únicamente un cambio de valor del capital constante, ya sea de A o de B, permaneciendo igual la base técnica; en el primer caso, en cambio, la composición técnica misma es diferente en las dos esferas de la producción y, para la nivelación, tendría que revolucionarse.
La diferente composición orgánica de los capitales es, pues, independiente de su magnitud absoluta. Siempre se trata solo de cuánto capital, de cada 100, es variable y cuánto es constante.
Capitales de diferente magnitud, calculados porcentualmente, o, lo que aquí viene a ser lo mismo, capitales de igual magnitud producen, pues, con la misma jornada laboral y el mismo grado de explotación del trabajo, cantidades muy diferentes de ganancia, porque producen cantidades muy diferentes de plusvalía; y ello porque, según la diferente composición orgánica del capital en distintas esferas de la producción, su parte variable es diferente, y por tanto son diferentes las cantidades de trabajo vivo que ponen en movimiento, y por tanto también las cantidades de plustrabajo de que se apropian, que es la sustancia de la plusvalía y, por consiguiente, de la ganancia. Fragmentos de igual magnitud del capital global en las distintas esferas de la producción encierran fuentes de plusvalía de desigual magnitud, y la única fuente de la plusvalía es el trabajo vivo. Con el mismo grado de explotación del trabajo, la masa del trabajo puesto en movimiento por un capital = 100, y por tanto también la del plustrabajo del que se apropia, depende de la magnitud de su componente variable. Si un capital que se compone porcentualmente de 90c + 10v produjese, con el mismo grado de explotación del trabajo, tanta plusvalía o ganancia como un capital que se compone de 10c + 90v, estaría más claro que el sol que la plusvalía, y por tanto el valor en general, tendría que tener una fuente completamente distinta del trabajo, y que con ello desaparecería todo fundamento racional de la economía política. Si seguimos poniendo 1 £ igual al salario semanal de un obrero por 60 horas de trabajo y la tasa de plusvalía = 100 %, está claro que el producto de valor global que puede suministrar un obrero en una semana = 2 £; 10 obreros no podrían suministrar, pues, más de 20 £; y, como de estas 20 £ hay 10 £ que reponen el salario, los 10 no podrían crear una plusvalía mayor de 10 £; mientras que los 90, cuyo producto global = 180 £ y cuyo salario = 90 £, crearían una plusvalía de 90 £. La tasa de ganancia sería, por tanto, en un caso del 10 % y en el otro del 90 %. Si hubiera de ser de otro modo, el valor y la plusvalía tendrían que ser algo distinto de trabajo objetivado. Así pues, como los capitales en distintas esferas de la producción, considerados porcentualmente —o capitales de igual magnitud—, se dividen de manera desigual en elemento constante y elemento variable, ponen en movimiento cantidades desiguales de trabajo vivo y, por tanto, producen cantidades desiguales de plusvalía, es decir, de ganancia, la tasa de ganancia, que consiste precisamente en el cálculo porcentual de la plusvalía sobre el capital global, es diferente en ellos.
Pero si los capitales de distintas esferas de la producción, calculados porcentualmente, es decir, capitales de igual magnitud en distintas esferas de la producción, producen ganancias desiguales a consecuencia de su diferente composición orgánica, se sigue que las ganancias de capitales desiguales en distintas esferas de la producción no pueden guardar proporción con sus magnitudes respectivas, es decir, que las ganancias en distintas esferas de la producción no son proporcionales a las magnitudes de los capitales empleados respectivamente en ellas. Pues tal crecimiento de la ganancia pro rata de la magnitud del capital empleado supondría que, considerados porcentualmente, las ganancias son iguales, es decir, que capitales de igual magnitud en distintas esferas de la producción tienen tasas de ganancia iguales, a pesar de su diferente composición orgánica. Solo dentro de una misma esfera de la producción, donde por tanto la composición orgánica del capital está dada, o entre distintas esferas de la producción con igual composición orgánica del capital, las masas de las ganancias están en proporción directa a la masa de los capitales empleados. Que las ganancias de capitales de desigual magnitud estén en proporción a sus magnitudes no significa sino que capitales de igual magnitud rinden ganancias de igual magnitud, o que la tasa de ganancia es la misma para todos los capitales, cualesquiera que sean su magnitud y su composición orgánica.
Lo expuesto tiene lugar bajo el supuesto de que las mercancías se venden por sus valores. El valor de una mercancía es igual al valor del capital constante contenido en ella, más el valor del capital variable reproducido en ella, más el incremento de este capital variable, la plusvalía producida. Con la misma tasa de plusvalía, la masa de esta depende evidentemente de la masa del capital variable. El valor del producto del capital de 100 es en un caso 90c + 10v + 10p = 110; en el otro, 10c + 90v + 90p = 190. Si las mercancías se venden por sus valores, el primer producto se venderá a 110, de los cuales 10 representan plusvalía o trabajo no pagado; el segundo producto, en cambio, a 190, de los cuales 90 son plusvalía o trabajo no pagado.
Esto es especialmente importante cuando se comparan entre sí tasas nacionales de ganancia. Supongamos que en un país europeo la tasa de plusvalía sea del 100 %, es decir, que el obrero trabaje la mitad del día para sí y la otra mitad para su patrono; en un país asiático, que sea = 25 %, es decir, que el obrero trabaje 4/5 del día para sí y 1/5 para su patrono. Pero supongamos que en el país europeo la composición del capital nacional sea 84c + 16v y que en el país asiático, donde se emplea poca maquinaria, etc., y en un tiempo dado una cantidad dada de fuerza de trabajo consume productivamente relativamente poca materia prima, la composición sea 16c + 84v. Tenemos entonces el siguiente cálculo:
En el país europeo, valor del producto = 84c + 16v + 16p = 116; tasa de ganancia 16/100 = 16 %.
En el país asiático, valor del producto = 16c + 84v + 21p = 121; tasa de ganancia = 21/100 = 21 %.
La tasa de ganancia es, pues, en el país asiático más de un 25 % mayor que en el europeo, aunque la tasa de plusvalía es en aquel cuatro veces menor que en este. Los Carey, los Bastiat y tutti quanti sacarán precisamente la conclusión contraria.3
Esto, de pasada; las distintas tasas nacionales de ganancia se basarán en su mayoría en distintas tasas nacionales de plusvalía; pero en este capítulo comparamos tasas de ganancia desiguales que brotan de una misma tasa de plusvalía.
Además de la diferente composición orgánica de los capitales, es decir, además de las diferentes masas de trabajo y, con ello, permaneciendo iguales las demás circunstancias, de plustrabajo que capitales de igual magnitud ponen en movimiento en distintas esferas de la producción, existe aún otra fuente de la desigualdad de las tasas de ganancia: la diferencia en la duración de la rotación del capital en las distintas esferas de la producción. Hemos visto en el capítulo IV que, con la misma composición de los capitales y permaneciendo iguales las demás circunstancias, las tasas de ganancia están en razón inversa de los tiempos de rotación, e igualmente que el mismo capital variable, si rota en distintos períodos de tiempo, produce masas desiguales de plusvalía anual. La diferencia de los tiempos de rotación es, pues, otra razón de que capitales de igual magnitud en distintas esferas de la producción no produzcan ganancias de igual magnitud en iguales períodos de tiempo y de que, por tanto, las tasas de ganancia sean diferentes en esas distintas esferas.
En cuanto a la relación de la composición de los capitales en capital fijo y capital circulante, en cambio, considerada en sí y por sí, no afecta en absoluto a la tasa de ganancia. Solo puede afectarla si esta diferente composición coincide con una diferente relación entre la parte variable y la constante, en cuyo caso la diferencia de la tasa de ganancia se debe a esta diferencia, y no a la diferencia entre capital circulante y fijo; o si la diferente relación entre los componentes fijos y circulantes condiciona una diferencia en el tiempo de rotación durante el cual se realiza una ganancia determinada. Si los capitales se dividen en distinta proporción en capital fijo y circulante, ello tendrá siempre, sin duda, influencia en su tiempo de rotación y provocará una diferencia en este; pero de ahí no se sigue que sea diferente el tiempo de rotación en el que esos mismos capitales realizan ganancia. Aunque A, por ejemplo, tenga que convertir constantemente una parte mayor del producto en materia prima, etc., mientras que B utiliza durante más tiempo las mismas máquinas, etc., con menos materia prima, ambos tienen siempre, mientras producen, una parte de su capital comprometida: el uno en materia prima, es decir, en capital circulante; el otro en máquinas, etc., es decir, en capital fijo. A transforma constantemente una parte de su capital de la forma de mercancía en la forma de dinero, y de esta de nuevo en la forma de la materia prima; mientras que B utiliza una parte de su capital, sin semejante transformación, como instrumento de trabajo durante un período más largo. Si ambos emplean la misma cantidad de trabajo, venderán sin duda en el curso del año masas de productos de valor desigual, pero ambas masas de productos contendrán la misma plusvalía, y sus tasas de ganancia, que se calculan sobre el capital total adelantado, son las mismas, aunque su composición en capital fijo y circulante, e igualmente su tiempo de rotación, sean diferentes. Ambos capitales realizan en tiempos iguales ganancias iguales, aunque rotan en tiempos diferentes.4 La diferencia del tiempo de rotación solo tiene importancia en sí y por sí en la medida en que afecta a la masa del plustrabajo que puede ser apropiada y realizada por el mismo capital en un tiempo dado. Así pues, si una composición desigual en capital circulante y fijo no implica necesariamente una desigualdad del tiempo de rotación que, a su vez, condicione una desigualdad de la tasa de ganancia, está claro que, en la medida en que esta última tiene lugar, ello no procede de la composición desigual en capital circulante y fijo en sí, sino más bien de que esta composición indica aquí solamente una desigualdad de los tiempos de rotación que afecta a la tasa de ganancia.
La diferente composición del capital constante en capital circulante y fijo en distintas ramas de la industria no tiene, pues, en sí, ninguna importancia para la tasa de ganancia, ya que lo decisivo es la relación entre el capital variable y el constante, y el valor del capital constante, y por tanto también su magnitud relativa en relación con el variable, es completamente independiente del carácter fijo o circulante de sus componentes. Lo que sí se encontrará —y esto contribuye a llevar a conclusiones falsas— es que, allí donde el capital fijo está considerablemente desarrollado, esto no es sino la expresión de que la producción se lleva a cabo en gran escala y de que, por tanto, el capital constante predomina mucho sobre el variable, o de que la fuerza de trabajo viva empleada es escasa en relación con la masa de los medios de producción que pone en movimiento.
Hemos mostrado, pues, que en distintas ramas de la industria, en correspondencia con la diferente composición orgánica de los capitales y, dentro de los límites indicados, también en correspondencia con sus diferentes tiempos de rotación, rigen tasas de ganancia desiguales, y que, por tanto, también con la misma tasa de plusvalía, solo para capitales de igual composición orgánica —suponiendo iguales tiempos de rotación— vale la ley (en cuanto tendencia general) de que las ganancias están en la misma relación que las magnitudes de los capitales y de que, por tanto, capitales de igual magnitud rinden en iguales períodos de tiempo ganancias de igual magnitud. Lo expuesto vale sobre la base que ha sido en general hasta ahora la base de nuestra exposición: que las mercancías se venden por sus valores. Por otra parte, no cabe ninguna duda de que en la realidad, prescindiendo de diferencias inesenciales, fortuitas y que se compensan, la diferencia de las tasas medias de ganancia para las distintas ramas de la industria no existe, y no podría existir sin abolir todo el sistema de la producción capitalista. Parece, pues, que la teoría del valor es aquí incompatible con el movimiento real, incompatible con los fenómenos efectivos de la producción, y que, por tanto, hay que renunciar en general a comprender estos últimos.
De la sección primera de este libro se desprende que los precios de coste son los mismos para productos de distintas esferas de la producción en cuya producción se han adelantado partes de capital de igual magnitud, por diferente que sea la composición orgánica de esos capitales. En el precio de coste desaparece para el capitalista la diferencia entre capital variable y capital constante. Una mercancía para cuya producción tiene que desembolsar 100 £ le cuesta lo mismo, ya desembolse 90c + 10v o 10c + 90v. Le cuesta siempre 100 £, ni más ni menos. Los precios de coste son los mismos para desembolsos de capital de igual magnitud en distintas esferas, por diferentes que puedan ser los valores y las plusvalías producidos. Esta igualdad de los precios de coste constituye la base de la competencia de las inversiones de capital, por medio de la cual se establece la ganancia media.
Capítulo noveno. Formación de una tasa general de ganancia (tasa media de ganancia) y transformación de los valores de las mercancías en precios de producción
La composición orgánica del capital depende, en cada momento dado, de dos circunstancias: primero, de la relación técnica entre la fuerza de trabajo empleada y la masa de los medios de producción empleados; segundo, del precio de estos medios de producción. Como hemos visto, debe considerarse según su relación porcentual. La composición orgánica de un capital que se compone de 4/5 de capital constante y 1/5 de capital variable la expresamos con la fórmula 80c + 20v. Además, en la comparación se supone una tasa de plusvalía invariable, y precisamente una tasa cualquiera, por ejemplo el 100 %. El capital de 80c + 20v rinde, pues, una plusvalía de 20p, lo que constituye sobre el capital global una tasa de ganancia del 20 %. Cuán grande sea el valor real de su producto depende de cuán grande sea la parte fija del capital constante y de cuánto de ella entre como desgaste en el producto y cuánto no. Pero, como esta circunstancia es completamente indiferente para la tasa de ganancia y, por tanto, para la presente investigación, se supone, para simplificar, que el capital constante entra en todas partes por igual y por entero en el producto anual de estos capitales. Se supone además que los capitales de las distintas esferas de la producción realizan cada año, en proporción a la magnitud de su parte variable, la misma cantidad de plusvalía; se prescinde, pues, por ahora, de la diferencia que en este respecto puede producir la diversidad de los tiempos de rotación. Este punto se tratará más adelante.
Tomemos cinco esferas distintas de la producción, cada una con una composición orgánica diferente de los capitales invertidos en ella, más o menos como sigue:
| Capitales | Tasa de plusvalía | Plusvalía | Valor del producto | Tasa de ganancia | |
|---|---|---|---|---|---|
| I. | 80c + 20v | 100 % | 20 | 120 | 20 % |
| II. | 70c + 30v | 100 % | 30 | 130 | 30 % |
| III. | 60c + 40v | 100 % | 40 | 140 | 40 % |
| IV. | 85c + 15v | 100 % | 15 | 115 | 15 % |
| V. | 95c + 5v | 100 % | 5 | 105 | 5 % |
Tenemos aquí, para distintas esferas de la producción, con una explotación uniforme del trabajo, tasas de ganancia muy diferentes, en correspondencia con la diferente composición orgánica de los capitales.
La suma total de los capitales invertidos en las cinco esferas es = 500; la suma total de la plusvalía producida por ellos = 110; el valor total de las mercancías producidas por ellos = 610. Si consideramos los 500 como un único capital del que I-V solo constituyen partes distintas (como, por ejemplo, en una fábrica de algodón existe en las distintas secciones —la sala de cardado, la de hilatura preparatoria, la de hilado y la de tejido— una relación distinta entre capital variable y constante, y la relación media para toda la fábrica ha de calcularse primero), entonces, en primer lugar, la composición media del capital de 500 sería = 390c + 110v, o, porcentualmente, 78c + 22v. Considerando cada uno de los capitales de 100 solo como 1/5 del capital global, su composición sería esta composición media de 78c + 22v; igualmente, a cada 100 le correspondería como plusvalía media 22; por tanto, la tasa media de ganancia sería = 22 %, y, por último, el precio de cada quinta parte del producto global producido por los 500 sería = 122. El producto de cada quinta parte del capital global adelantado tendría que venderse, pues, a 122.
Sin embargo, para no llegar a conclusiones completamente falsas, es necesario no computar todos los precios de coste = 100.
Con 80c + 20v y una tasa de plusvalía = 100 %, el valor total de la mercancía producida por el capital I = 100 sería = 80c + 20v + 20p = 120 si todo el capital constante entrase en el producto anual. Ahora bien, esto puede muy bien ser el caso, en determinadas circunstancias, en ciertas esferas de la producción. Difícilmente, sin embargo, allí donde la relación c : v = 4 : 1. Así pues, en lo que respecta a los valores de las mercancías producidas por cada 100 de los distintos capitales, hay que tener en cuenta que serán diferentes según la diferente composición de c en componentes fijos y circulantes, y que los componentes fijos de distintos capitales se desgastan a su vez con mayor o menor rapidez, y por tanto en tiempos iguales añaden al producto cantidades desiguales de valor. Pero para la tasa de ganancia esto es indiferente. Ya transfieran los 80c al producto anual un valor de 80, de 50 o de 5, ya sea, por tanto, el producto anual = 80c + 20v + 20p = 120, o 50c + 20v + 20p = 90, o = 5c + 20v + 20p = 45, en todos estos casos el excedente del valor del producto sobre su precio de coste es = 20, y en todos estos casos, al determinar la tasa de ganancia, estos 20 se calculan sobre un capital de 100; la tasa de ganancia del capital I es, pues, en todos los casos = 20 %. Para hacerlo aún más claro, en el cuadro siguiente, para los mismos cinco capitales de antes, hacemos entrar en el valor del producto partes distintas del capital constante.
| Capitales | Tasa de plusvalía | Plusvalía | Tasa de ganancia | c consumido | Valor de las mercancías | Precio de coste | ||
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| I. | 80c + 20v | 100 % | 20 | 20 % | 50 | 90 | 70 | |
| II. | 70c + 30v | 100 % | 30 | 30 % | 51 | 111 | 81 | |
| III. | 60c + 40v | 100 % | 40 | 40 % | 51 | 131 | 91 | |
| IV. | 85c + 15v | 100 % | 15 | 15 % | 40 | 70 | 55 | |
| V. | 95c + 5v | 100 % | 5 | 5 % | 10 | 20 | 15 | |
| 390c + 110v | - | 110 | - | - | - | - | Suma | |
| 78c + 22v | - | 22 | 22 % | - | - | - | Media |
Si se consideran de nuevo los capitales I-V como un único capital global, se ve que también en este caso la composición de las sumas de los cinco capitales = 500 = 390c + 110v, y por tanto la composición media = 78c + 22v, sigue siendo la misma; e igualmente la plusvalía media, 22. Repartiendo esta plusvalía por igual entre I-V, resultarían los siguientes precios de las mercancías:
| Capitales | Plusvalía | Valor de las mercancías | Precio de coste de las mercancías | Precio de las mercancías | Tasa de ganancia | Desviación del precio respecto del valor | |
|---|---|---|---|---|---|---|---|
| I. | 80c + 20v | 20 | 90 | 70 | 92 | 22 % | + 2 |
| II. | 70c + 30v | 30 | 111 | 81 | 103 | 22 % | - 8 |
| III. | 60c + 40v | 40 | 131 | 91 | 113 | 22 % | - 18 |
| IV. | 85c + 15v | 15 | 70 | 55 | 77 | 22 % | + 7 |
| V. | 95c + 5v | 5 | 20 | 15 | 37 | 22 % | + 17 |
En conjunto, las mercancías se venden 2 + 7 + 17 = 26 por encima y 8 + 18 = 26 por debajo del valor, de modo que las desviaciones de los precios se anulan mutuamente mediante el reparto uniforme de la plusvalía o mediante la adición de la ganancia media de 22 por cada 100 de capital adelantado a los respectivos precios de coste de las mercancías I-V; en la misma proporción en que una parte de las mercancías se vende por encima de su valor, otra se vende por debajo de él. Y solo su venta a tales precios hace posible que la tasa de ganancia sea uniforme para I-V, del 22 %, sin consideración de la diferente composición orgánica de los capitales I-V. Los precios que surgen al sacar la media de las distintas tasas de ganancia de las distintas esferas de la producción y añadir esta media a los precios de coste de las distintas esferas de la producción son los precios de producción. Su supuesto es la existencia de una tasa general de ganancia, y esta presupone a su vez que las tasas de ganancia en cada esfera particular de la producción, tomada por sí misma, se han reducido ya a otras tantas tasas medias. Estas tasas de ganancia particulares son en cada esfera de la producción = p/C, y deben desarrollarse a partir del valor de la mercancía, como se ha hecho en la sección primera de este libro. Sin este desarrollo, la tasa general de ganancia (y por tanto también el precio de producción de la mercancía) sigue siendo una representación sin sentido y carente de concepto. El precio de producción de la mercancía es, pues, igual a su precio de coste más la ganancia que, de acuerdo con la tasa general de ganancia, se le añade porcentualmente, o igual a su precio de coste más la ganancia media.
A consecuencia de la diferente composición orgánica de los capitales invertidos en distintas ramas de la producción; a consecuencia, por tanto, de la circunstancia de que, según el diferente porcentaje que la parte variable tiene en un capital global de magnitud dada, capitales de igual magnitud ponen en movimiento cantidades muy diferentes de trabajo, son también muy diferentes las cantidades de plustrabajo de que se apropian o las masas de plusvalía que producen. En consecuencia, las tasas de ganancia que rigen en las distintas ramas de la producción son originariamente muy diferentes. Estas diferentes tasas de ganancia se nivelan por obra de la competencia en una tasa general de ganancia, que es la media de todas estas diferentes tasas de ganancia. La ganancia que, de acuerdo con esta tasa general de ganancia, corresponde a un capital de magnitud dada, cualquiera que sea su composición orgánica, se llama la ganancia media. El precio de una mercancía que es igual a su precio de coste más la parte de la ganancia media anual sobre el capital empleado en su producción (no solo el consumido en su producción) que le corresponde en proporción a sus condiciones de rotación es su precio de producción. Tomemos, por ejemplo, un capital de 500, del que 100 son capital fijo, del cual un 10 % se desgasta durante un período de rotación del capital circulante de 400. Sea la ganancia media para la duración de este período de rotación del 10 %. Entonces el precio de coste del producto elaborado durante esta rotación será: 10c por desgaste más 400 (c + v) de capital circulante = 410, y su precio de producción: 410 de precio de coste más (10 % de ganancia sobre 500) 50 = 460.
Así pues, aunque los capitalistas de las distintas esferas de la producción, al vender sus mercancías, retiran los valores de capital consumidos en la producción de esas mercancías, no recaudan la plusvalía, y por tanto la ganancia, producida en su propia esfera en la producción de esas mercancías, sino solo tanta plusvalía, y por tanto ganancia, como, de la plusvalía global o ganancia global producida en un período de tiempo dado por el capital global de la sociedad en todas las esferas de la producción tomadas en conjunto, corresponde, con un reparto igual, a cada parte alícuota del capital global. Por cada 100, todo capital adelantado, cualquiera que sea su composición, retira cada año u otro período de tiempo la ganancia que en ese período corresponde a 100 como tal o cual parte del capital global. Los distintos capitalistas se comportan aquí, en lo que respecta a la ganancia, como meros accionistas de una sociedad anónima, en la que las participaciones en la ganancia se reparten uniformemente por cada 100 y, por tanto, solo se distinguen para los distintos capitalistas según la magnitud del capital invertido por cada uno en la empresa global, según su participación relativa en la empresa global, según el número de sus acciones. Así pues, mientras que la parte de este precio de las mercancías que repone las partes de valor del capital consumidas en la producción de las mercancías, y con la que, por tanto, hay que volver a comprar estos valores de capital consumidos, mientras que esta parte, el precio de coste, se rige enteramente por el desembolso dentro de las respectivas esferas de la producción, el otro componente del precio de las mercancías, la ganancia añadida a este precio de coste, no se rige por la masa de ganancia que este capital determinado produce en esta esfera determinada de la producción durante un tiempo dado, sino por la masa de ganancia que, por término medio, corresponde durante un período de tiempo dado a cada capital empleado como parte alícuota del capital social global empleado en la producción global.5
Así pues, cuando un capitalista vende su mercancía a su precio de producción, retira dinero en proporción a la magnitud de valor del capital consumido por él en la producción, y obtiene ganancia en proporción a su capital adelantado como mera parte alícuota del capital social global. Sus precios de coste son específicos. El recargo de ganancia sobre este precio de coste es independiente de su esfera particular de la producción; es una simple media por cada 100 del capital adelantado.
Supongamos que las cinco distintas inversiones de capital I-V del ejemplo anterior pertenecieran a un solo hombre. Cuánto capital variable y constante se consumiría en la producción de las mercancías en cada una de las inversiones I-V por cada 100 del capital empleado sería un dato dado, y esta parte de valor de las mercancías I-V constituiría evidentemente una parte de su precio, ya que como mínimo se requiere este precio para reponer la parte de capital adelantada y consumida. Estos precios de coste serían, pues, diferentes para cada clase de mercancías de I-V, y como tales el propietario los fijaría de manera diferente. Pero, en cuanto a las distintas masas de plusvalía o ganancia producidas en I-V, el capitalista podría muy bien contarlas como ganancia de su capital global adelantado, de modo que a cada 100 de capital le correspondiese una parte alícuota determinada. Diferentes serían, pues, los precios de coste de las mercancías producidas en las distintas inversiones I-V; pero igual en todas estas mercancías sería la parte del precio de venta que procediese de la ganancia añadida por cada 100 de capital. El precio global de las mercancías I-V sería, pues, igual a su valor global, es decir, igual a la suma de los precios de coste I-V más la suma de la plusvalía o ganancia producida en I-V; de hecho, por tanto, la expresión en dinero de la cantidad global de trabajo, pasado y nuevamente añadido, contenido en las mercancías I-V. Y de este modo, en la sociedad misma —considerada la totalidad de todas las ramas de la producción—, la suma de los precios de producción de las mercancías producidas es igual a la suma de sus valores.
Parece contradecir este principio el hecho de que en la producción capitalista los elementos del capital productivo se compran por regla general en el mercado, de que, por tanto, sus precios contienen una ganancia ya realizada y, según esto, el precio de producción de una rama de la industria, junto con la ganancia contenida en él, de que, por tanto, la ganancia de una rama de la industria entra en el precio de coste de la otra. Pero si ponemos a un lado la suma de los precios de coste de las mercancías de todo el país y al otro la suma de sus ganancias o plusvalías, está claro que la cuenta tiene que cuadrar. Tomemos, por ejemplo, una mercancía A; su precio de coste puede contener las ganancias de B, C, D, del mismo modo que en B, C, D, etc., pueden entrar a su vez las ganancias de A en sus precios de coste. Si hacemos, pues, la cuenta, la ganancia de A falta en su propio precio de coste, e igualmente faltan las ganancias de B, C, D, etc., en sus propios precios de coste. Nadie incluye su propia ganancia en su precio de coste. Así pues, si hay, por ejemplo, n esferas de la producción y en cada una se obtiene una ganancia igual a g, en todas juntas el precio de coste es = k - ng. Considerada la cuenta global, en la medida en que las ganancias de una esfera de la producción entran en el precio de coste de otra, en esa misma medida estas ganancias ya se han contabilizado en el precio global del producto final último y no pueden aparecer por segunda vez del lado de la ganancia. Y si aparecen de este lado, es solo porque la mercancía misma era un producto final, porque su precio de producción, por tanto, no entra en el precio de coste de otra mercancía.
Si en el precio de coste de una mercancía entra una suma = g por las ganancias de los productores de los medios de producción, y sobre este precio de coste se carga una ganancia = g₁, la ganancia global es G = g + g₁. El precio de coste global de la mercancía, abstrayendo de todas las partes del precio que entran como ganancia, es entonces su propio precio de coste menos G. Si llamamos k a este precio de coste, es evidente que k + G = k + g + g₁. Al tratar de la plusvalía, en el libro I, cap. VII, 2, p. 211/203, se ha visto que el producto de todo capital puede tratarse como si una parte repusiera solo capital y la otra expresara solo plusvalía. Si se aplica este cálculo al producto global de la sociedad, han de hacerse rectificaciones, porque, considerada la sociedad entera, la ganancia contenida, por ejemplo, en el precio del lino no puede figurar dos veces, no puede figurar a la vez como parte del precio del lienzo y como parte de la ganancia del productor de lino.
No hay diferencia entre ganancia y plusvalía en la medida en que, por ejemplo, la plusvalía de A entra en el capital constante de B. Para el valor de las mercancías es, en efecto, completamente indiferente que el trabajo contenido en ellas consista en trabajo pagado o no pagado. Esto solo muestra que B paga la plusvalía de A. En la cuenta global, la plusvalía de A no puede contar dos veces.
Pero la diferencia es esta: aparte de que el precio del producto, por ejemplo, del capital B se desvía de su valor porque la plusvalía realizada en B puede ser mayor o menor que la ganancia añadida en el precio de los productos de B, la misma circunstancia vale a su vez para las mercancías que forman la parte constante del capital B e, indirectamente, como medios de subsistencia de los obreros, también su parte variable. Por lo que respecta a la parte constante, esta es igual ella misma a precio de coste más plusvalía, es decir, ahora igual a precio de coste más ganancia, y esta ganancia puede ser a su vez mayor o menor que la plusvalía cuyo lugar ocupa. Por lo que se refiere al capital variable, el salario diario medio es siempre igual, sin duda, al producto de valor del número de horas que el obrero tiene que trabajar para producir los medios de subsistencia necesarios; pero este número de horas está a su vez falseado por la desviación de los precios de producción de los medios de subsistencia necesarios respecto de sus valores. Sin embargo, esto se resuelve siempre en que lo que entra de más como plusvalía en una mercancía entra de menos en la otra, y en que, por tanto, también las desviaciones respecto del valor que se hallan en los precios de producción de las mercancías se anulan unas a otras. En general, en toda la producción capitalista, la ley general solo se impone como tendencia dominante de un modo muy intrincado y aproximado, como una media nunca determinable de oscilaciones perpetuas.
Como la tasa general de ganancia se forma mediante la media de las distintas tasas de ganancia por cada 100 de capital adelantado en un período de tiempo determinado, digamos un año, en ella queda borrada también la diferencia producida por la diferencia de los tiempos de rotación de los distintos capitales. Pero estas diferencias entran de manera determinante en las distintas tasas de ganancia de las distintas esferas de la producción, de cuya media se forma la tasa general de ganancia.
En la ilustración anterior sobre la formación de la tasa general de ganancia se ha fijado cada capital en cada esfera de la producción = 100, y ello se ha hecho para poner en claro la diferencia porcentual de la tasa de ganancia y, por tanto, también la diferencia en los valores de las mercancías producidas por capitales de igual magnitud. Pero se entiende: las masas reales de plusvalía que se producen en cada esfera particular de la producción dependen de la magnitud de los capitales empleados, ya que en cada una de esas esferas dadas de la producción está dada la composición del capital. Sin embargo, la tasa de ganancia particular de una esfera singular de la producción no se ve afectada por que se emplee un capital de 100, de m × 100 o de xm × 100. La tasa de ganancia sigue siendo del 10 %, ya ascienda la ganancia global a 10 : 100 o a 1.000 : 10.000.
Pero como las tasas de ganancia son diferentes en las distintas esferas de la producción, ya que en ellas, según la relación entre el capital variable y el capital global, se producen masas muy diferentes de plusvalía y, por tanto, de ganancia, está claro que la ganancia media por cada 100 del capital social, y por tanto la tasa media de ganancia o tasa general de ganancia, será muy diferente según las magnitudes respectivas de los capitales invertidos en las distintas esferas. Tomemos cuatro capitales, A, B, C, D. Sea la tasa de plusvalía para todos = 100 %. Por cada 100 del capital global, sea el capital variable para A = 25, para B = 40, para C = 15, para D = 10. A cada 100 del capital global le correspondería entonces una plusvalía o ganancia de A = 25, B = 40, C = 15, D = 10; en conjunto = 90, y por tanto, si los cuatro capitales son de igual magnitud, una tasa media de ganancia de 90/4 = 22 1/2 %.
Pero si las magnitudes de los capitales globales son las siguientes: A = 200, B = 300, C = 1.000, D = 4.000, las ganancias producidas serían, respectivamente, 50, 120, 150 y 400. En conjunto, sobre un capital de 5.500, una ganancia de 720, o una tasa media de ganancia del 13 1/11 %.
Las masas del valor global producido son diferentes según las distintas magnitudes de los capitales globales adelantados respectivamente en A, B, C, D. En la formación de la tasa general de ganancia no se trata, por tanto, solo de la diferencia de las tasas de ganancia en las distintas esferas de la producción, de las que habría que sacar la media simple, sino del peso relativo con que estas distintas tasas de ganancia entran en la formación de la media. Pero esto depende de la magnitud relativa del capital invertido en cada esfera particular, o de qué parte alícuota del capital social global constituye el capital invertido en cada esfera particular de la producción. Naturalmente, tiene que haber una diferencia muy grande según que una parte mayor o menor del capital global rinda una tasa de ganancia más alta o más baja. Y esto depende a su vez de cuánto capital esté invertido en las esferas donde el capital variable es grande o pequeño en relación con el capital global. Ocurre exactamente lo mismo que con el tipo de interés medio que obtiene un usurero que presta distintos capitales a distintos tipos de interés, por ejemplo al 4, 5, 6, 7 %, etc. El tipo medio depende enteramente de cuánto de su capital haya prestado a cada uno de los distintos tipos de interés.
La tasa general de ganancia está determinada, pues, por dos factores:
por la composición orgánica de los capitales en las distintas esferas de la producción, es decir, por las distintas tasas de ganancia de las esferas singulares;
por la distribución del capital social global entre estas distintas esferas, es decir, por la magnitud relativa del capital invertido en cada esfera particular y, por tanto, a una tasa de ganancia particular; es decir, por la participación proporcional en la masa del capital social global que absorbe cada esfera particular de la producción.
En los libros I y II solo teníamos que ver con los valores de las mercancías. Ahora, por una parte, se ha separado como una parte de este valor el precio de coste; por otra, se ha desarrollado, como una forma transformada del valor, el precio de producción de la mercancía.
Supongamos que la composición del capital social medio sea 80c + 20v y la tasa de la plusvalía anual p′ = 100 %; la ganancia media anual para un capital de 100 sería = 20, y la tasa general de ganancia anual = 20 %. Cualquiera que sea ahora el precio de coste k de las mercancías producidas anualmente por un capital de 100, su precio de producción sería = k + 20. En las esferas de la producción en que la composición del capital = (80 - x)c + (20 + x)v, la plusvalía realmente producida, o, respectivamente, la ganancia anual producida dentro de esa esfera, sería = 20 + x, es decir, mayor que 20, y el valor de las mercancías producido = k + 20 + x, mayor que k + 20, o mayor que su precio de producción. En las esferas en que la composición del capital es (80 + x)c + (20 - x)v, la plusvalía o ganancia producida anualmente sería = 20 - x, es decir, menor que 20, y por tanto el valor de las mercancías, k + 20 - x, menor que el precio de producción, que es = k + 20. Prescindiendo de eventuales diferencias en el tiempo de rotación, el precio de producción de las mercancías solo sería igual a su valor en las esferas en que la composición del capital fuese por casualidad = 80c + 20v.
El desarrollo específico de la fuerza productiva social del trabajo es, en cada esfera particular de la producción, diferente en grado, más alto o más bajo, según que la cantidad de medios de producción puesta en movimiento por una cantidad determinada de trabajo, es decir, con una jornada laboral dada, por un número determinado de obreros, sea grande, y por tanto pequeña la cantidad de trabajo requerida para una cantidad determinada de medios de producción. Por eso a los capitales que contienen porcentualmente más capital constante, y por tanto menos capital variable, que el capital social medio los llamamos capitales de composición más alta. A la inversa, a aquellos en que el capital constante ocupa un espacio relativamente menor, y el variable uno mayor, que en el capital social medio los llamamos capitales de composición más baja. Por último, llamamos capitales de composición media a aquellos cuya composición coincide con la del capital social medio. Si el capital social medio se compone porcentualmente de 80c + 20v, un capital de 90c + 10v está por encima de la media social, y uno de 70c + 30v, por debajo. En general, si la composición del capital social medio es = mc + nv, donde m y n son magnitudes constantes y m + n = 100, (m + x)c + (n - x)v representa la composición más alta y (m - x)c + (n + x)v la más baja de un capital individual o de un grupo de capitales. El siguiente cuadro muestra cómo funcionan estos capitales una vez establecida la tasa media de ganancia, suponiendo una sola rotación al año; en él, I representa la composición media, y la tasa media de ganancia es, por tanto, = 20 %:
I. 80c + 20v + 20p. Tasa de ganancia = 20 %.
Precio del producto = 120. Valor = 120.
II. 90c + 10v + 10p. Tasa de ganancia = 20 %.
Precio del producto = 120. Valor = 110.
III. 70c + 30v + 30p. Tasa de ganancia = 20 %.
Precio del producto = 120. Valor = 130.
Para las mercancías producidas por el capital II, su valor sería, pues, menor que su precio de producción; para las del capital III, el precio de producción sería menor que el valor; y solo para los capitales I de las ramas de la producción cuya composición es por casualidad la de la media social serían iguales el valor y el precio de producción. Por lo demás, al aplicar estas designaciones a casos determinados hay que tener en cuenta, naturalmente, hasta qué punto lo que hace que la relación entre c y v se desvíe de la media general no es una diferencia en la composición técnica, sino un mero cambio de valor de los elementos del capital constante.
Con el desarrollo que acabamos de dar se ha producido, sin duda, una modificación en lo que respecta a la determinación del precio de coste de las mercancías. Originariamente se supuso que el precio de coste de una mercancía era igual al valor de las mercancías consumidas en su producción. Pero el precio de producción de una mercancía es, para su comprador, su precio de coste, y puede entrar así como precio de coste en la formación del precio de otra mercancía. Como el precio de producción puede desviarse del valor de la mercancía, también el precio de coste de una mercancía en el que esté incluido este precio de producción de otra mercancía puede estar por encima o por debajo de la parte de su valor global formada por el valor de los medios de producción que entran en ella. Es necesario recordar este significado modificado del precio de coste y recordar, por tanto, que, cuando en una esfera particular de la producción se equipara el precio de coste de la mercancía al valor de los medios de producción consumidos en su producción, siempre es posible un error. Para nuestra presente investigación no es necesario entrar más a fondo en este punto. Con todo, sigue siendo siempre correcto el principio de que el precio de coste de las mercancías es siempre menor que su valor. Pues, por mucho que el precio de coste de la mercancía pueda desviarse del valor de los medios de producción consumidos en ella, para el capitalista este error pasado es indiferente. El precio de coste de la mercancía es un dato dado, es un supuesto independiente de su producción, de la del capitalista, mientras que el resultado de su producción es una mercancía que contiene plusvalía, es decir, un excedente de valor sobre su precio de coste. Por lo demás, el principio de que el precio de coste es menor que el valor de la mercancía se ha transformado ahora, en la práctica, en el principio de que el precio de coste es menor que el precio de producción. Para el capital social global, donde el precio de producción es igual al valor, este principio es idéntico al anterior, según el cual el precio de coste es menor que el valor. Aunque para las esferas particulares de la producción tenga un sentido distinto, siempre le sirve de fundamento el hecho de que, considerado el capital social global, el precio de coste de las mercancías producidas por este es menor que el valor o que el precio de producción, idéntico aquí, para la masa global de las mercancías producidas, a este valor. El precio de coste de una mercancía se refiere solo a la cantidad de trabajo pagado contenido en ella; el valor, a la cantidad global de trabajo pagado y no pagado contenido en ella; el precio de producción, a la suma del trabajo pagado más una cantidad de trabajo no pagado determinada, para la esfera particular de la producción, independientemente de ella misma.
La fórmula según la cual el precio de producción de una mercancía = k + g, igual a precio de coste más ganancia, se ha determinado ahora con más precisión en el sentido de que g = kg′ (donde g′ es la tasa general de ganancia), y por tanto el precio de producción = k + kg′. Si k = 300 y g′ = 15 %, el precio de producción es k + kg′ = 300 + 300 × 15/100 = 345.
El precio de producción de las mercancías en cada esfera particular de la producción puede experimentar cambios de magnitud:
permaneciendo igual el valor de las mercancías (de modo que, por tanto, sigue entrando en su producción la misma cantidad de trabajo muerto y vivo), a consecuencia de un cambio en la tasa general de ganancia independiente de la esfera particular;
permaneciendo igual la tasa general de ganancia, por un cambio de valor, ya sea en la esfera particular de la producción misma, a consecuencia de un cambio técnico, ya sea a consecuencia de un cambio de valor de las mercancías que entran como elementos formadores en su capital constante;
por último, por la acción conjunta de estas dos circunstancias.
A pesar de los grandes cambios que —como se mostrará más adelante— se producen constantemente en las tasas de ganancia efectivas de las esferas particulares de la producción, una modificación real de la tasa general de ganancia, salvo que la provoquen excepcionalmente acontecimientos económicos extraordinarios, es la obra muy tardía de una serie de oscilaciones que se extienden a lo largo de períodos muy largos, es decir, de oscilaciones que necesitan mucho tiempo hasta consolidarse y nivelarse en una modificación de la tasa general de ganancia. En todos los períodos más cortos (prescindiendo por completo de las oscilaciones de los precios de mercado), una modificación de los precios de producción debe explicarse por tanto, prima facie, siempre por un cambio real de valor de las mercancías, es decir, por un cambio en la suma total del tiempo de trabajo necesario para su producción. Un mero cambio en la expresión en dinero de los mismos valores no entra aquí, evidentemente, en consideración en absoluto.6
Por otra parte, está claro: considerado el capital social global, la suma de valor de las mercancías producidas por él (o, expresada en dinero, su precio) = valor del capital constante + valor del capital variable + plusvalía. Suponiendo constante el grado de explotación del trabajo, la tasa de ganancia, con una masa de plusvalía constante, solo puede cambiar aquí si cambia el valor del capital constante, o cambia el valor del variable, o cambian ambos, de modo que C se modifica y, con ello, p/C, la tasa general de ganancia. En todo caso, pues, un cambio en la tasa general de ganancia supone un cambio en el valor de las mercancías que entran como elementos formadores en el capital constante, o en el variable, o en ambos a la vez.
O bien la tasa general de ganancia puede cambiar, permaneciendo igual el valor de las mercancías, si cambia el grado de explotación del trabajo.
O bien, permaneciendo igual el grado de explotación del trabajo, la tasa general de ganancia puede cambiar si la suma del trabajo empleado cambia en relación con el capital constante a consecuencia de cambios técnicos en el proceso de trabajo. Pero tales cambios técnicos tienen que mostrarse siempre en un cambio de valor de las mercancías, cuya producción exigiría ahora más o menos trabajo que antes, y, por tanto, ir siempre acompañados de él.
En la sección primera se ha visto que la plusvalía y la ganancia eran idénticas, consideradas en cuanto a su masa. La tasa de ganancia, sin embargo, se distingue desde el principio de la tasa de plusvalía, lo que en un primer momento aparece solo como otra forma de cálculo; pero, como la tasa de ganancia puede subir o bajar con una tasa de plusvalía constante, y a la inversa, y como solo la tasa de ganancia interesa prácticamente al capitalista, esto oscurece y mistifica igualmente desde el principio, por completo, el origen real de la plusvalía. Sin embargo, solo había una diferencia de magnitud entre tasa de plusvalía y tasa de ganancia, no entre la plusvalía y la ganancia mismas. Como en la tasa de ganancia la plusvalía se calcula sobre el capital global y se refiere a él como a su medida, la plusvalía misma aparece por ello como surgida del capital global, y precisamente de todas sus partes por igual, de modo que la diferencia orgánica entre capital constante y capital variable queda borrada en el concepto de ganancia; de hecho, por tanto, en esta figura suya transformada como ganancia, la plusvalía misma niega su origen, ha perdido su carácter, se ha vuelto irreconocible. Hasta aquí, sin embargo, la diferencia entre ganancia y plusvalía solo se refería a un cambio cualitativo, a un cambio de forma, mientras que en este primer estadio de la transformación solo existe todavía una diferencia real de magnitud entre tasa de ganancia y tasa de plusvalía, y aún no entre ganancia y plusvalía.
Otra cosa ocurre en cuanto se establece una tasa general de ganancia y, por medio de ella, una ganancia media que corresponde a la magnitud dada del capital empleado en las distintas esferas de la producción.
Ahora ya es pura casualidad que la plusvalía, y por tanto la ganancia, realmente producida en una esfera particular de la producción coincida con la ganancia contenida en el precio de venta de la mercancía. Por regla general, la ganancia y la plusvalía, y no solo sus tasas, son ahora magnitudes realmente diferentes. Dado el grado de explotación del trabajo, la masa de la plusvalía que se produce en una esfera particular de la producción es ahora más importante para la ganancia media global del capital social, y por tanto para la clase capitalista en general, que directamente para el capitalista dentro de cada rama particular de la producción. Para él solo lo es7 en la medida en que la cantidad de plusvalía producida en su ramo interviene como codeterminante en la regulación de la ganancia media. Pero este es un proceso que se desarrolla a sus espaldas, que él no ve, no comprende y que, de hecho, no le interesa. La diferencia real de magnitud entre ganancia y plusvalía —no solo entre tasa de ganancia y tasa de plusvalía— en las esferas particulares de la producción oculta ahora por completo la verdadera naturaleza y el origen de la ganancia, no solo para el capitalista, que tiene aquí un interés particular en engañarse, sino también para el obrero. Con la transformación de los valores en precios de producción se sustrae a la vista el fundamento mismo de la determinación del valor. Por último: si con la mera transformación de la plusvalía en ganancia la parte de valor de las mercancías que constituye la ganancia se contrapone a la otra parte de valor como precio de coste de la mercancía, de modo que ya aquí se le extravía al capitalista el concepto del valor, porque no tiene ante sí el trabajo global que cuesta la producción de la mercancía, sino solo la parte del trabajo global que ha pagado en forma de medios de producción, vivos o muertos, y la ganancia se le aparece así como algo que está fuera del valor inmanente de la mercancía, ahora esta representación queda plenamente confirmada, afianzada, osificada, ya que la ganancia añadida al precio de coste, de hecho, si se considera la esfera particular de la producción, no está determinada por los límites de la formación de valor que tiene lugar en ella misma, sino que se fija de manera completamente exterior a ella.
La circunstancia de que aquí se revele por primera vez esta conexión interna; de que, como se verá por lo que sigue y por el libro IV, la economía anterior, o bien abstraía violentamente de las diferencias entre plusvalía y ganancia, entre tasa de plusvalía y tasa de ganancia, para poder mantener como fundamento la determinación del valor, o bien abandonaba, junto con esta determinación del valor, todo suelo y fundamento de un proceder científico para aferrarse a aquellas diferencias llamativas en el fenómeno: esta confusión de los teóricos muestra mejor que nada cómo el capitalista práctico, preso en la lucha de la competencia y que no penetra en modo alguno en sus fenómenos, tiene que ser absolutamente incapaz de reconocer, a través de la apariencia, la esencia interna y la figura interna de este proceso.
Todas las leyes desarrolladas en la sección primera sobre la subida y la caída de la tasa de ganancia tienen, de hecho, el siguiente doble significado:
Por una parte, son las leyes de la tasa general de ganancia. Dadas las muchas causas distintas que, según lo expuesto, hacen subir o bajar la tasa de ganancia, cabría creer que la tasa general de ganancia tendría que cambiar cada día. Pero el movimiento en una esfera de la producción anulará el de la otra; las influencias se cruzan y se paralizan. Más adelante investigaremos hacia qué lado tienden en última instancia las oscilaciones; pero son lentas; lo repentino, lo múltiple y la diferente duración de las oscilaciones en las esferas singulares de la producción hacen que estas se compensen en parte en su sucesión en el tiempo, de modo que a la subida de los precios sigue su caída, y a la inversa; que, por tanto, se mantengan locales, es decir, limitadas a la esfera particular de la producción; y, por último, que las distintas oscilaciones locales se neutralicen recíprocamente. Dentro de cada esfera particular de la producción tienen lugar cambios, desviaciones respecto de la tasa general de ganancia, que, por una parte, se compensan en un período de tiempo determinado y, por tanto, no repercuten en la tasa general de ganancia; y que, por otra, tampoco repercuten en ella porque se ven anuladas por otras oscilaciones locales simultáneas. Como la tasa general de ganancia está determinada no solo por la tasa media de ganancia en cada esfera, sino también por la distribución del capital global entre las distintas esferas particulares, y como esta distribución cambia constantemente, esta es a su vez una causa constante del cambio de la tasa general de ganancia; pero una causa de cambio que, dada la continuidad y la universalidad de este movimiento, se paraliza a su vez, en gran parte, a sí misma.
Dentro de cada esfera existe un margen, durante un período más o menos largo, en el que la tasa de ganancia de esa esfera oscila antes de que esta oscilación, al alza o a la baja, se consolide lo suficiente como para ganar tiempo para influir en la tasa general de ganancia y, por tanto, para alcanzar una importancia más que local. Dentro de tales límites espaciales y temporales valen, por tanto, igualmente las leyes de la tasa de ganancia desarrolladas en la sección primera de este libro.
La concepción teórica —en la primera transformación de la plusvalía en ganancia— de que cada parte del capital rinde ganancia por igual8 expresa un hecho práctico. Como quiera que esté compuesto el capital industrial, ya ponga en movimiento una cuarta parte de trabajo muerto y tres cuartas partes de trabajo vivo, o tres cuartas partes de trabajo muerto y una cuarta parte de trabajo vivo, ya absorba en un caso tres veces más plustrabajo, o produzca tres veces más plusvalía, que en el otro —con el mismo grado de explotación del trabajo y prescindiendo de diferencias individuales, que de todos modos desaparecen porque en ambos casos solo tenemos ante nosotros la composición media de toda la esfera de la producción—, en ambos casos rinde la misma ganancia. El capitalista individual (o también el conjunto de los capitalistas de cada esfera particular de la producción), cuya mirada es limitada, cree con razón que su ganancia no procede únicamente del trabajo empleado por él o en su rama. Esto es completamente cierto para su ganancia media. Hasta qué punto esta ganancia está mediada por la explotación global del trabajo por el capital global, es decir, por todos sus compañeros capitalistas, esta conexión es para él un misterio completo, tanto más cuanto que ni siquiera los teóricos burgueses, los economistas políticos, la habían revelado hasta ahora. El ahorro de trabajo —no solo del trabajo necesario para producir un producto determinado, sino también del número de obreros empleados— y el mayor empleo de trabajo muerto (capital constante) aparecen como una operación económicamente del todo correcta y no parecen afectar de antemano en modo alguno a la tasa general de ganancia ni a la ganancia media. ¿Cómo habría de ser, pues, el trabajo vivo la fuente exclusiva de la ganancia, si la disminución de la cantidad de trabajo necesaria para la producción no solo no parece afectar a la ganancia, sino que, en determinadas circunstancias, aparece más bien como la fuente más inmediata del aumento de la ganancia, al menos para el capitalista individual?
Si en una esfera de la producción dada sube o baja la parte del precio de coste que representa el valor del capital constante, esta parte procede de la circulación y entra desde el principio, aumentada o disminuida, en el proceso de producción de la mercancía. Si, por otra parte, el número de obreros empleado produce más o menos en el mismo tiempo, es decir, si, con un número de obreros constante, cambia la cantidad de trabajo requerida para la producción de una cantidad determinada de mercancías, la parte del precio de coste que representa el valor del capital variable puede seguir siendo la misma, es decir, entrar con la misma magnitud en el precio de coste del producto global. Pero a cada una de las mercancías cuya suma constituye el producto global le corresponde más o menos trabajo (pagado y, por tanto, también no pagado), y por tanto también más o menos del gasto en este trabajo, un fragmento mayor o menor del salario. El salario global pagado por el capitalista sigue siendo el mismo, pero es otro si se calcula por cada pieza de mercancía. Aquí se produciría, pues, una modificación en esta parte del precio de coste de la mercancía. Ahora bien, ya suba o baje el precio de coste de la mercancía singular a consecuencia de tales cambios de valor, sea en ella misma, sea en sus elementos mercantiles (o también el precio de coste de la suma de las mercancías producidas por un capital de magnitud dada): si la ganancia media es, por ejemplo, del 10 %, sigue siendo del 10 %; aunque el 10 %, considerada la mercancía singular, representa una magnitud muy diferente según el cambio de magnitud en el precio de coste de la mercancía singular provocado por el cambio de valor supuesto.9
Con respecto al capital variable —y esto es lo más importante, porque es la fuente de la plusvalía y porque todo lo que encubre su relación con el enriquecimiento del capitalista mistifica todo el sistema—, la cosa se vuelve más tosca o se le aparece así al capitalista: un capital variable de 100 £ representa, por ejemplo, el salario semanal de 100 obreros. Si estos 100, con una jornada laboral dada, producen un producto semanal de 200 piezas de mercancía = 200 M, 1 M cuesta —abstrayendo de la parte del precio de coste que añade el capital constante—, ya que 100 £ = 200 M, 1 M = (100 £)/200 = 10 chelines. Supongamos ahora que se produjera un cambio en la fuerza productiva del trabajo; que se duplicase, que el mismo número de obreros produjese en el mismo tiempo dos veces 200 M, cuando antes producía 200 M. En este caso (en la medida en que el precio de coste consiste en mero salario), como ahora 100 £ = 400 M, 1 M cuesta (100 £)/400 = 5 chelines. Si la fuerza productiva disminuyese a la mitad, el mismo trabajo solo produciría ya (200 M)/2; y, como 100 £ = (200 M)/2, ahora 1 M = (200 £)/200 = 1 £. Los cambios en el tiempo de trabajo requerido para la producción de las mercancías, y por tanto en su valor, aparecen ahora, con respecto al precio de coste y por tanto también al precio de producción, como una distinta distribución del mismo salario entre más o menos mercancías, según que en el mismo tiempo de trabajo y por el mismo salario se produzcan más o menos mercancías. Lo que ve el capitalista, y por tanto también el economista político, es que la parte del trabajo pagado que corresponde a la mercancía por pieza cambia con la productividad del trabajo, y con ello también el valor de cada pieza singular; no ve que esto ocurre igualmente con el trabajo no pagado contenido en cada pieza, tanto menos cuanto que la ganancia media, de hecho, solo está determinada por casualidad por el trabajo no pagado absorbido en su esfera. Solo en esta forma tosca y carente de concepto se trasluce aún ahora el hecho de que el valor de las mercancías está determinado por el trabajo contenido en ellas.
Capítulo décimo. Nivelación de la tasa general de ganancia por la competencia. Precios de mercado y valores de mercado. Plusganancia
Una parte de las esferas de producción tiene una composición mediana o media del capital empleado en ellas, es decir, total o aproximadamente la composición del capital social medio.
En estas esferas, el precio de producción de las mercancías producidas coincide total o aproximadamente con su valor expresado en dinero. Si no hubiera otro modo de llegar al límite matemático, se llegaría de este. La competencia distribuye el capital social entre las distintas esferas de producción de tal modo que los precios de producción de cada esfera se forman según el modelo de los precios de producción de estas esferas de composición mediana, es decir, = k + kg′ (precio de coste más el producto de la tasa media de ganancia por el precio de coste). Pero esta tasa media de ganancia no es otra cosa que la ganancia, calculada en porcentaje, de aquella esfera de composición mediana en la que, por tanto, la ganancia coincide con la plusvalía. La tasa de ganancia es, pues, la misma en todas las esferas de producción, igualada, a saber, con la de aquellas esferas de producción medianas en las que impera la composición media del capital. Según esto, la suma de las ganancias de todas las distintas esferas de producción tiene que ser igual a la suma de las plusvalías, y la suma de los precios de producción del producto social global, igual a la suma de sus valores. Pero está claro que la nivelación entre las esferas de producción de distinta composición tiene que tender siempre a igualarlas con las esferas de composición mediana, ya correspondan estas exactamente, ya solo aproximadamente, a la media social. Entre las que se aproximan más o menos se da a su vez una tendencia a la nivelación, que tiende hacia la posición media ideal, es decir, no existente en la realidad, esto es, que tiende a normalizarse en torno a ella. De este modo domina, pues, necesariamente la tendencia a hacer de los precios de producción meras formas transformadas del valor, o a transformar las ganancias en meras partes de la plusvalía, pero distribuidas no en proporción a la plusvalía producida en cada esfera de producción particular, sino en proporción a la masa del capital empleado en cada esfera de producción, de modo que a masas de capital de igual magnitud, cualquiera que sea su composición, les tocan partes iguales (partes alícuotas) de la totalidad de la plusvalía producida por el capital social global.
Para los capitales de composición mediana o aproximadamente mediana, el precio de producción coincide, pues, total o aproximadamente con el valor, y la ganancia con la plusvalía producida por ellos. Todos los demás capitales, cualquiera que sea su composición, tienden, bajo la presión de la competencia, a nivelarse con estos. Pero como los capitales de composición mediana son iguales o aproximadamente iguales al capital social medio, todos los capitales, cualquiera que sea la plusvalía producida por ellos mismos, tienden a realizar mediante los precios de sus mercancías, en lugar de esa plusvalía, la ganancia media, es decir, a realizar los precios de producción.
Por otra parte, puede decirse que dondequiera que se establece una ganancia media, y por tanto una tasa general de ganancia —sea cual sea el modo en que se haya producido este resultado—, esa ganancia media no puede ser otra cosa que la ganancia sobre el capital social medio, cuya suma es igual a la suma de las plusvalías, y que los precios producidos mediante el recargo de esta ganancia media sobre los precios de coste no pueden ser otra cosa que los valores transformados en precios de producción. No cambiaría nada el que capitales de determinadas esferas de producción, por la razón que fuere, no estuvieran sometidos al proceso de nivelación. La ganancia media se calcularía entonces sobre la parte del capital social que entra en el proceso de nivelación. Está claro que la ganancia media no puede ser otra cosa que la masa global de la plusvalía, distribuida entre las masas de capital de cada esfera de producción en proporción a sus magnitudes. Es la totalidad del trabajo impago realizado, y esta masa global se representa, al igual que el trabajo pagado, muerto y vivo, en la masa global de mercancías y de dinero que corresponde a los capitalistas.
La cuestión propiamente difícil es aquí esta: cómo se produce esta nivelación de las ganancias en la tasa general de ganancia, puesto que esta es evidentemente un resultado y no puede ser un punto de partida. Ante todo, está claro que una estimación de los valores de las mercancías, por ejemplo en dinero, solo puede ser el resultado de su intercambio y que, por tanto, si presuponemos tal estimación, hemos de considerarla como el resultado de intercambios reales de valor de mercancía por valor de mercancía. Pero ¿cómo habrá llegado a producirse este intercambio de las mercancías a sus valores reales?
Supongamos primero que todas las mercancías de las distintas esferas de producción se vendieran a sus valores reales. ¿Qué ocurriría entonces? Según lo expuesto anteriormente, en las distintas esferas de producción imperarían tasas de ganancia muy distintas. Prima facie, son dos cosas completamente distintas que las mercancías se vendan a sus valores (es decir, que se intercambien entre sí en proporción al valor contenido en ellas, a sus precios-valor) o que se vendan a precios tales que su venta arroje ganancias de igual magnitud sobre masas iguales de los capitales adelantados para su respectiva producción.
Que capitales que ponen en movimiento cantidades desiguales de trabajo vivo produzcan cantidades desiguales de plusvalía presupone, al menos hasta cierto punto, que el grado de explotación del trabajo o la tasa de plusvalía sea el mismo, o que las diferencias que existan en él se consideren compensadas por razones de compensación reales o imaginarias (convencionales). Esto presupone competencia entre los obreros y nivelación mediante su constante emigración de una esfera de producción a otra. Una tasa general de plusvalía de este tipo —como tendencia, como todas las leyes económicas— la hemos presupuesto como simplificación teórica; pero en la realidad es un supuesto efectivo del modo de producción capitalista, aunque más o menos obstaculizado por fricciones prácticas que producen diferencias locales más o menos importantes, como, por ejemplo, la legislación sobre el domicilio de socorro (settlement laws) para los jornaleros agrícolas en Inglaterra.10 Pero en la teoría se presupone que las leyes del modo de producción capitalista se desarrollan en estado puro. En la realidad solo existe siempre aproximación; pero esta aproximación es tanto mayor cuanto más desarrollado está el modo de producción capitalista y cuanto más se han eliminado su contaminación y su amalgama con restos de situaciones económicas anteriores.
Toda la dificultad proviene de que las mercancías no se intercambian simplemente como mercancías, sino como producto de capitales que, en proporción a su magnitud, o a igual magnitud, reclaman igual participación en la masa global de la plusvalía. Y el precio global de las mercancías producidas por un capital dado en un plazo de tiempo dado debe satisfacer esta exigencia. Pero el precio global de estas mercancías es simplemente la suma de los precios de las mercancías singulares que forman el producto del capital.
El punctum saliens resaltará mejor si planteamos la cosa así: supón que los propios obreros poseyeran sus respectivos medios de producción e intercambiaran entre sí sus mercancías. Estas mercancías no serían entonces productos del capital. Según la naturaleza técnica de sus trabajos, el valor de los medios de trabajo y de los materiales de trabajo empleados en las distintas ramas de trabajo sería distinto; asimismo, prescindiendo del valor desigual de los medios de producción empleados, se requeriría una masa distinta de ellos para una masa de trabajo dada, según que una determinada mercancía pueda terminarse en una hora y otra solo en un día, etc. Supón además que estos obreros trabajan por término medio el mismo tiempo, incluidas las compensaciones que resultan de la distinta intensidad, etc., del trabajo. En tal caso, ambos obreros habrían, en primer lugar, repuesto en las mercancías que forman el producto de su trabajo diario sus desembolsos, los precios de coste de los medios de producción consumidos. Estos serían distintos según la naturaleza técnica de sus ramas de trabajo. En segundo lugar, ambos habrían creado la misma cantidad de valor nuevo, a saber, la jornada laboral añadida a los medios de producción. Esto incluiría su salario más la plusvalía, el plustrabajo por encima de sus necesidades indispensables, cuyo resultado, sin embargo, les pertenecería a ellos mismos. Si nos expresamos en términos capitalistas, ambos obtienen el mismo salario más la misma ganancia, = al valor expresado, por ejemplo, en el producto de una jornada laboral de diez horas. Pero, en primer lugar, los valores de sus mercancías serían distintos. En la mercancía I, por ejemplo, habría más parte de valor correspondiente a los medios de producción empleados que en la mercancía II y, para introducir de una vez todas las diferencias posibles, supongamos que la mercancía I absorbe más trabajo vivo y, por tanto, requiere para su fabricación más tiempo de trabajo que la mercancía II. El valor de estas mercancías I y II es, pues, muy distinto. Lo mismo ocurre con las sumas de los valores de las mercancías que constituyen el producto del trabajo realizado por el obrero I y por el obrero II en un tiempo dado. Las tasas de ganancia también serían muy distintas para I y II si llamamos aquí tasa de ganancia a la relación entre la plusvalía y el valor global de los medios de producción desembolsados. Los medios de subsistencia que I y II consumen diariamente durante la producción y que representan el salario formarán aquí la parte de los medios de producción adelantados que, en otro caso, llamamos capital variable. Pero las plusvalías serían, para igual tiempo de trabajo, las mismas para I y II o, más exactamente, como I y II obtienen cada uno el valor del producto de una jornada laboral, obtienen, una vez deducido el valor de los elementos «constantes» adelantados, valores iguales, de los cuales una parte puede considerarse reposición de los medios de subsistencia consumidos en la producción, y la otra, plusvalía excedente por encima de ellos. Si I tiene más desembolsos, estos quedan repuestos por la mayor parte de valor de su mercancía que repone esta parte «constante», y por eso tiene también que reconvertir a su vez una parte mayor del valor global de su producto en los elementos materiales de esta parte constante, mientras que II, si cobra menos por ella, tiene también tanto menos que reconvertir. Bajo este supuesto, la diferencia de la tasa de ganancia sería, pues, una circunstancia indiferente, del mismo modo que hoy es una circunstancia indiferente para el obrero asalariado en qué tasa de ganancia se expresa la cantidad de plusvalía que se le arranca, y del mismo modo que en el comercio internacional la diferencia de las tasas de ganancia en las distintas naciones es una circunstancia indiferente para su intercambio de mercancías.
El intercambio de las mercancías a sus valores, o aproximadamente a sus valores, requiere, pues, un grado mucho más bajo que el intercambio a precios de producción, para el cual es necesario un determinado nivel de desarrollo capitalista.
Sea cual sea el modo en que los precios de las distintas mercancías se hayan fijado o regulado primero unos respecto de otros, la ley del valor domina su movimiento. Cuando disminuye el tiempo de trabajo requerido para su producción, bajan los precios; cuando aumenta, suben los precios, permaneciendo iguales las demás circunstancias.
Prescindiendo del dominio de los precios y del movimiento de los precios por la ley del valor, es, pues, completamente adecuado considerar los valores de las mercancías no solo teórica, sino históricamente, como el prius de los precios de producción. Esto vale para situaciones en las que los medios de producción pertenecen al obrero, y esta situación se da, tanto en el mundo antiguo como en el moderno, en el campesino propietario de la tierra que trabaja él mismo y en el artesano. Esto concuerda también con nuestra opinión, expresada anteriormente11, de que el desarrollo de los productos hasta convertirse en mercancías surge del intercambio entre distintas comunidades, no entre los miembros de una misma comunidad. Lo mismo que para esta situación originaria, vale para las situaciones posteriores, basadas en la esclavitud y la servidumbre de la gleba, y para la organización gremial del artesanado, mientras los medios de producción inmovilizados en cada rama de producción solo puedan trasladarse con dificultad de una esfera a otra y las distintas esferas de producción se comporten, por tanto, dentro de ciertos límites, unas respecto de otras como países extranjeros o comunidades comunistas.
Para que los precios a los que las mercancías se intercambian entre sí correspondan aproximadamente a sus valores no hace falta más que: 1) que el intercambio de las distintas mercancías deje de ser puramente fortuito o solo ocasional; 2) que, en la medida en que consideramos el intercambio directo de mercancías, estas mercancías se produzcan por ambas partes en las cantidades proporcionales que correspondan aproximadamente a la necesidad recíproca, cosa que trae consigo la experiencia recíproca de la venta y que así surge como resultado del propio intercambio continuado; y 3), en la medida en que hablamos de la venta, que ningún monopolio natural o artificial capacite a una de las partes contratantes para vender por encima del valor o la obligue a malvender por debajo de él. Por monopolio fortuito entendemos el monopolio que le surge al comprador o al vendedor del estado fortuito de la demanda y la oferta.
El supuesto de que las mercancías de las distintas esferas de producción se venden a sus valores significa, naturalmente, solo que su valor es el centro de gravedad en torno al cual giran sus precios y en el que se compensan sus constantes subidas y bajadas. Además, siempre habrá que distinguir entonces un valor de mercado —del que hablaremos después— del valor individual de las mercancías singulares producidas por los distintos productores. El valor individual de algunas de estas mercancías estará por debajo del valor de mercado (es decir, para su producción se requiere menos tiempo de trabajo del que expresa el valor de mercado), el de las otras, por encima. El valor de mercado habrá de considerarse, por una parte, como el valor medio de las mercancías producidas en una esfera y, por otra, como el valor individual de las mercancías que se producen en las condiciones medias de la esfera y que forman la gran masa de los productos de esta. Solo en combinaciones extraordinarias regulan el valor de mercado las mercancías producidas en las peores condiciones o las producidas en las condiciones más favorecidas, valor de mercado que forma, por su parte, el centro de las oscilaciones de los precios de mercado, los cuales, sin embargo, son los mismos para las mercancías de la misma clase. Si la oferta de las mercancías al valor medio, es decir, al valor mediano de la masa que se halla entre los dos extremos, satisface la demanda habitual, las mercancías cuyo valor individual está por debajo del valor de mercado realizan una plusvalía extraordinaria o plusganancia, mientras que aquellas cuyo valor individual está por encima del valor de mercado no pueden realizar una parte de la plusvalía contenida en ellas.
De nada sirve decir que la venta de las mercancías producidas en las peores condiciones demuestra que se requieren para cubrir la demanda. Si en el caso supuesto el precio fuera más alto que el valor de mercado medio, la demanda sería menor. A ciertos precios, una clase de mercancías puede ocupar cierto espacio en el mercado; ese espacio solo sigue siendo el mismo al variar los precios si el precio más alto coincide con una cantidad menor de mercancías y el precio más bajo con una cantidad mayor. En cambio, si la demanda es tan fuerte que no se contrae cuando el precio se regula por el valor de las mercancías producidas en las peores condiciones, estas determinan el valor de mercado. Esto solo es posible si la demanda supera la habitual o si la oferta cae por debajo de la habitual. Por último, si la masa de las mercancías producidas es mayor de la que encuentra salida a los valores de mercado medios, las mercancías producidas en las mejores condiciones regulan el valor de mercado. Pueden, por ejemplo, vender sus mercancías total o aproximadamente a su valor individual, con lo que puede ocurrir que las mercancías producidas en las peores condiciones quizá no realicen siquiera sus precios de coste, mientras que las del término medio solo pueden realizar una parte de la plusvalía contenida en ellas. Lo que aquí se dice del valor de mercado vale para el precio de producción tan pronto como este ocupa el lugar del valor de mercado. El precio de producción está regulado en cada esfera, y regulado asimismo según las circunstancias particulares. Pero él mismo es a su vez el centro en torno al cual giran los precios de mercado diarios y al que se nivelan en determinados períodos. (Véase Ricardo, sobre la determinación del precio de producción por los que trabajan en las peores condiciones.)
Como quiera que estén regulados los precios, resulta lo siguiente:
La ley del valor domina su movimiento, en cuanto que la disminución o el aumento del tiempo de trabajo requerido para la producción hace subir o bajar los precios de producción. En este sentido dice Ricardo (que percibe bien que sus precios de producción se desvían de los valores de las mercancías) que la investigación sobre la que desea llamar la atención del lector se refiere al efecto de las variaciones en el valor relativo de las mercancías, y no en su valor absoluto.
La ganancia media que determina los precios de producción tiene que ser siempre aproximadamente igual a la cantidad de plusvalía que le corresponde a un capital dado como parte alícuota del capital social global. Supongamos que la tasa general de ganancia, y por tanto la ganancia media, expresada en un valor en dinero, fuera más alta que la plusvalía media real calculada según su valor en dinero. En lo que atañe a los capitalistas, es entonces indiferente que se carguen recíprocamente un 10 o un 15 % de ganancia. Un porcentaje no cubre más valor real de mercancía que el otro, porque la exageración de la expresión en dinero es recíproca. Pero en lo que atañe a los obreros (puesto que se presupone que perciben su salario normal y que, por tanto, la elevación de la ganancia media no expresa un descuento real del salario, es decir, algo completamente distinto de la plusvalía normal del capitalista), al aumento de los precios de las mercancías resultante de la elevación de la ganancia media tiene que corresponder un aumento de la expresión en dinero del capital variable. En efecto, semejante elevación nominal general de la tasa de ganancia y de la ganancia media por encima del nivel dado por la relación entre la plusvalía real y el capital global adelantado no es posible sin acarrear un aumento del salario e igualmente un aumento de los precios de las mercancías que forman el capital constante. Y a la inversa, en caso de reducción. Ahora bien, como el valor global de las mercancías regula la plusvalía global, y esta, a su vez, el nivel de la ganancia media y, por tanto, de la tasa general de ganancia —como ley general o como lo que domina las oscilaciones—, la ley del valor regula los precios de producción.
Lo que la competencia consigue, primero en una esfera, es establecer un valor de mercado y un precio de mercado iguales a partir de los distintos valores individuales de las mercancías. Pero solo la competencia de los capitales en las distintas esferas produce el precio de producción, que iguala las tasas de ganancia entre las distintas esferas. Para esto último se requiere un desarrollo más alto del modo de producción capitalista que para lo primero.
Para que mercancías de la misma esfera de producción, de la misma clase y de aproximadamente la misma calidad se vendan a sus valores, hacen falta dos cosas:
Primero, los distintos valores individuales tienen que estar nivelados en un valor social, el valor de mercado expuesto más arriba, y para ello se requiere una competencia entre los productores de la misma clase de mercancías, así como la existencia de un mercado en el que ofrezcan conjuntamente sus mercancías. Para que el precio de mercado de mercancías idénticas, pero producidas cada una en circunstancias de distinto matiz individual, corresponda al valor de mercado y no se desvíe de él, ni por elevación por encima ni por descenso por debajo de él, se requiere que la presión que los distintos vendedores ejercen unos sobre otros sea lo bastante grande para lanzar al mercado la masa de mercancías que la necesidad social requiere, es decir, la cantidad por la que la sociedad es capaz de pagar el valor de mercado. Si la masa de productos superara esta necesidad, las mercancías tendrían que venderse por debajo de su valor de mercado; a la inversa, por encima de su valor de mercado, si la masa de productos no fuera lo bastante grande o, lo que es lo mismo, si la presión de la competencia entre los vendedores no fuera lo bastante fuerte para obligarlos a llevar al mercado esa masa de mercancías. Si cambiara el valor de mercado, cambiarían también las condiciones en que podría venderse la masa global de mercancías. Si baja el valor de mercado, la necesidad social (que aquí es siempre necesidad solvente) se amplía por término medio y puede absorber, dentro de ciertos límites, mayores masas de mercancía. Si sube el valor de mercado, la necesidad social de la mercancía se contrae y se absorben menores masas de ella. Por eso, si la demanda y la oferta regulan el precio de mercado, o más bien las desviaciones de los precios de mercado respecto del valor de mercado, por otra parte el valor de mercado regula la relación entre la demanda y la oferta, o el centro en torno al cual las fluctuaciones de la demanda y la oferta hacen oscilar los precios de mercado.
Si se examina la cosa más de cerca, se encuentra que las condiciones que valen para el valor de la mercancía singular se reproducen aquí como condiciones del valor de la suma global de una clase; así como la producción capitalista es de antemano producción en masa, y así como también otros modos de producción menos desarrollados —al menos en lo que respecta a las mercancías principales— concentran en el mercado, acumulan y ponen a la venta lo producido en masas más pequeñas, como producto colectivo, aunque sea de muchos pequeños productores al detalle, en grandes masas en manos de relativamente pocos comerciantes; como producto colectivo de toda una rama de producción o de un contingente mayor o menor de ella.
Observemos aquí muy de pasada que la «necesidad social», es decir, lo que regula el principio de la demanda, está condicionada esencialmente por la relación de las distintas clases entre sí y por su respectiva posición económica, es decir, en particular, primero, por la relación entre la plusvalía global y el salario y, segundo, por la relación entre las distintas partes en que se escinde la plusvalía (ganancia, interés, renta de la tierra, impuestos, etc.); y así se muestra también aquí, una vez más, que no se puede explicar absolutamente nada a partir de la relación entre la demanda y la oferta antes de haber desarrollado la base sobre la que opera esta relación.
Aunque ambos, mercancía y dinero, son unidades de valor de cambio y valor de uso, ya vimos (libro I, cap. I, 3) cómo en la compra y la venta ambas determinaciones se reparten polarmente entre los dos extremos, de modo que la mercancía (el vendedor) representa el valor de uso y el dinero (el comprador), el valor de cambio. Que la mercancía tuviera valor de uso, es decir, satisficiera una necesidad social, era uno de los supuestos de la venta. El otro era que la cantidad de trabajo contenida en la mercancía representara trabajo socialmente necesario y que, por tanto, el valor individual (y, lo que bajo este supuesto es lo mismo, el precio de venta) de la mercancía coincidiera con su valor social.12
Apliquemos esto a la masa de mercancías que se encuentra en el mercado y que forma el producto de toda una esfera.
La cosa se expone del modo más sencillo si concebimos toda la masa de mercancías, primero, pues, de una rama de producción, como una mercancía, y la suma de los precios de las muchas mercancías idénticas como sumada en un precio. Lo que entonces se ha dicho de la mercancía singular vale ahora literalmente para la masa de mercancías de una determinada rama de producción que se encuentra en el mercado. Que el valor individual de la mercancía corresponda a su valor social se ha realizado ahora, o se ha determinado con más precisión, en el sentido de que la cantidad global contiene el trabajo social necesario para su producción y de que el valor de esta masa es = a su valor de mercado.
Supón ahora que la gran masa de estas mercancías se ha producido aproximadamente en las mismas condiciones sociales normales, de modo que este valor es a la vez el valor individual de las mercancías singulares que forman esta masa. Si ahora una parte relativamente pequeña se ha producido por debajo de estas condiciones y otra por encima de ellas, de modo que el valor individual de una parte es mayor, y el de la otra menor, que el valor mediano de la gran parte de las mercancías, pero estos dos extremos se compensan, de modo que el valor medio de las mercancías que les pertenecen es igual al valor de las mercancías que pertenecen a la masa mediana, entonces el valor de mercado está determinado por el valor de las mercancías producidas en condiciones medianas.13 El valor de la masa global de mercancías es igual a la suma real de los valores de todas las mercancías singulares tomadas en conjunto, tanto de las producidas dentro de las condiciones medianas como de las producidas por debajo o por encima de ellas. En este caso, el valor de mercado o el valor social de la masa de mercancías es el tiempo de trabajo necesariamente contenido en ellas, determinado por el valor de la gran masa mediana.
Supón, en cambio, que la cantidad global de la mercancía en cuestión llevada al mercado sigue siendo la misma, pero que el valor de las mercancías producidas en las condiciones peores no se compensa con el valor de las producidas en las condiciones mejores, de modo que la parte de la masa producida en las condiciones peores forme una magnitud relativamente importante, tanto frente a la masa mediana como frente al otro extremo: entonces la masa producida en las condiciones peores regula el valor de mercado o el valor social.
Supón, por último, que la masa de mercancías producida en condiciones mejores que las medianas supera considerablemente a la producida en las condiciones peores y forma ella misma una magnitud importante frente a la producida en condiciones medianas: entonces la parte producida en las mejores condiciones regula el valor de mercado. Se prescinde aquí del exceso de abastecimiento del mercado, en el que la parte producida en las mejores condiciones regula siempre el precio de mercado; pero aquí no tenemos que ver con el precio de mercado en la medida en que es distinto del valor de mercado, sino con las distintas determinaciones del propio valor de mercado.14
En efecto, en sentido estricto (lo cual, naturalmente, en la realidad solo se da de manera aproximada y modificado de mil maneras), en el caso I el valor de mercado de toda la masa, regulado por los valores medianos, es igual a la suma de sus valores individuales, aunque para las mercancías producidas en los extremos este valor se presenta como un valor medio que se les impone. Los que producen en el extremo peor tienen entonces que vender sus mercancías por debajo del valor individual; los del extremo mejor las venden por encima.
En el caso II, las masas individuales de valor producidas en los dos extremos no se compensan, sino que la producida en las condiciones peores inclina la balanza. En sentido estricto, el precio medio o el valor de mercado de cada mercancía singular o de cada parte alícuota de la masa global estaría determinado ahora por el valor global de la masa, que resultaría de sumar los valores de las mercancías producidas en las distintas condiciones, y por la parte alícuota de este valor global que correspondiera a la mercancía singular. El valor de mercado así obtenido estaría por encima del valor individual no solo de las mercancías pertenecientes al extremo favorable, sino también de las pertenecientes a la capa mediana; pero seguiría estando por debajo del valor individual de las mercancías producidas en el extremo desfavorable. Hasta qué punto se aproxima a este o acaba coincidiendo con él depende enteramente del volumen que ocupe la masa de mercancías producida en el extremo desfavorable dentro de la esfera de mercancías en cuestión. Si la demanda solo prepondera un poco, el valor individual de las mercancías producidas en condiciones desfavorables regula el precio de mercado.
Si, por último, como en el caso III, la cantidad de mercancías producida en el extremo favorable ocupa más espacio, no solo en comparación con el otro extremo, sino con las condiciones medianas, el valor de mercado cae por debajo del valor mediano. El valor medio, calculado sumando las sumas de valor de los dos extremos y del centro, está aquí por debajo del valor del centro y se aproxima o se aleja de él según el espacio relativo que ocupe el extremo favorable. Si la demanda es débil frente a la oferta, la parte en situación favorable, por grande que sea, ocupa espacio violentamente contrayendo su precio hasta su valor individual. Con este valor individual de las mercancías producidas en las mejores condiciones nunca puede coincidir el valor de mercado, salvo cuando la oferta prepondera muy fuertemente sobre la demanda.
Esta fijación del valor de mercado, expuesta aquí en abstracto, se efectúa en el mercado real por medio de la competencia entre los compradores, suponiendo que la demanda sea justamente tan grande como para absorber la masa de mercancías a su valor así fijado. Y aquí llegamos al otro punto.
Segundo. Que la mercancía tenga valor de uso solo significa que satisface alguna necesidad social. Mientras tratábamos solo de las mercancías singulares, podíamos suponer que la necesidad de esta mercancía determinada —incluida ya en el precio su cantidad— existía, sin entrar más a fondo en la cantidad de la necesidad que había que satisfacer. Pero esta cantidad se convierte en un momento esencial tan pronto como el producto de toda una rama de producción está de un lado y la necesidad social del otro. Ahora se hace necesario considerar la medida, es decir, la cantidad de esta necesidad social.
En las determinaciones dadas antes sobre el valor de mercado se supone que la masa de las mercancías producidas sigue siendo la misma, que es una masa dada; que solo se produce un cambio en la proporción de los componentes de esta masa producidos en distintas condiciones, y que, por tanto, el valor de mercado de la misma masa de mercancías se regula de distinto modo. Supongamos que esta masa es la cantidad habitual de la oferta, prescindiendo de la posibilidad de que una parte de las mercancías producidas pueda retirarse temporalmente del mercado. Si la demanda de esta masa sigue siendo también la habitual, la mercancía se vende a su valor de mercado, cualquiera de los tres casos antes examinados que regule este valor de mercado. La masa de mercancías no solo satisface una necesidad, sino que la satisface en su volumen social. En cambio, si la cantidad es menor o mayor que la demanda de ella, se producen desviaciones del precio de mercado respecto del valor de mercado. Y la primera desviación es que, si la cantidad es demasiado pequeña, siempre regula el valor de mercado la mercancía producida en las peores condiciones, y si es demasiado grande, siempre la producida en las mejores; que, por tanto, uno de los extremos determina el valor de mercado, a pesar de que, según la mera proporción de las masas producidas en las distintas condiciones, tendría que darse otro resultado. Si la diferencia entre la demanda y la cantidad de productos es más considerable, el precio de mercado se desviará también aún más considerablemente del valor de mercado, hacia arriba o hacia abajo. Pero la diferencia entre la cantidad de las mercancías producidas y la cantidad a la que las mercancías se venden a su valor de mercado puede surgir de una doble causa. O bien cambia esta misma cantidad, se vuelve demasiado pequeña o demasiado grande, de modo que la reproducción se habría efectuado en una escala distinta de la que regulaba el valor de mercado dado. En este caso ha cambiado la oferta, aunque la demanda siguió siendo la misma, y con ello se ha producido una sobreproducción o una subproducción relativas. O bien la reproducción, es decir, la oferta, sigue siendo la misma, pero la demanda ha bajado o ha subido, lo que puede ocurrir por distintas razones. Aunque aquí la magnitud absoluta de la oferta ha seguido siendo la misma, su magnitud relativa, su magnitud comparada con la necesidad o medida por ella, ha cambiado. El efecto es el mismo que en el primer caso, solo que en sentido inverso. Por último: si se producen cambios en ambos lados, pero o bien en sentido opuesto, o bien, si es en el mismo sentido, no en la misma medida; si, en una palabra, se producen cambios en ambos lados que alteran, sin embargo, la proporción anterior entre los dos lados, el resultado final tiene que reducirse siempre a uno de los dos casos considerados arriba.
La verdadera dificultad en la determinación conceptual general de la demanda y la oferta es que parece desembocar en una tautología. Consideremos primero la oferta, el producto que se encuentra en el mercado o que puede suministrarse a él. Para no entrar en detalles completamente inútiles aquí, pensamos en la masa de la reproducción anual en cada rama industrial determinada y prescindimos de la mayor o menor capacidad que tienen las distintas mercancías de ser retiradas del mercado y almacenadas para el consumo, digamos, del año siguiente. Esta reproducción anual expresa ante todo una cantidad determinada, medida o número, según que la masa de mercancías se mida como discreta o como continua; no son solo valores de uso que satisfacen necesidades humanas, sino que estos valores de uso se encuentran en el mercado en un volumen dado. Pero, en segundo lugar, esta cantidad de mercancías tiene un valor de mercado determinado, que puede expresarse en un múltiplo del valor de mercado de la mercancía o de la medida de mercancía que sirven de unidades. Entre el volumen cuantitativo de las mercancías que se encuentran en el mercado y su valor de mercado no existe, por tanto, ninguna conexión necesaria, ya que, por ejemplo, unas mercancías tienen un valor específicamente alto y otras un valor específicamente bajo, de modo que una suma de valor dada puede representarse en una cantidad muy grande de una mercancía y en una cantidad muy pequeña de otra. Entre la cantidad de los artículos que se encuentran en el mercado y el valor de mercado de estos artículos solo existe esta conexión: sobre una base dada de la productividad del trabajo, la fabricación de una cantidad determinada de artículos requiere en cada esfera de producción particular una cantidad determinada de tiempo de trabajo social, aunque esta proporción sea completamente distinta en las distintas esferas de producción y no guarde ninguna conexión interna con la utilidad de estos artículos ni con la naturaleza particular de sus valores de uso. Permaneciendo iguales todas las demás circunstancias: si la cantidad a de una clase de mercancía cuesta b tiempo de trabajo, la cantidad na cuesta nb tiempo de trabajo. Además: en la medida en que la sociedad quiere satisfacer necesidades, quiere que se produzca un artículo con este fin, tiene que pagarlo. En efecto, como en la producción de mercancías se presupone la división del trabajo, la sociedad compra estos artículos empleando en su producción una parte de su tiempo de trabajo disponible; los compra, pues, mediante una cantidad determinada del tiempo de trabajo de que puede disponer esta sociedad dada. La parte de la sociedad a la que, por la división del trabajo, le toca emplear su trabajo en la producción de estos artículos determinados tiene que recibir un equivalente en trabajo social, representado en los artículos que satisfacen sus necesidades. Pero no existe una conexión necesaria, sino solo fortuita, entre la cantidad global del trabajo social empleado en un artículo social, es decir, entre la parte alícuota de su fuerza de trabajo global que la sociedad emplea en la producción de este artículo, o sea, entre el volumen que ocupa la producción de este artículo en la producción global, por una parte, y, por otra, el volumen en que la sociedad exige la satisfacción de la necesidad que aquel artículo determinado calma. Aunque cada artículo singular o cada cantidad determinada de una clase de mercancía contenga quizá solo el trabajo social requerido para su producción y, considerado desde este lado, el valor de mercado de toda esta clase de mercancía solo represente trabajo necesario, si la mercancía determinada se ha producido en una medida que excede la necesidad social del momento, se ha derrochado una parte del tiempo de trabajo social, y la masa de mercancías representa entonces en el mercado una cantidad de trabajo social mucho más pequeña que la que realmente contiene. (Solo donde la producción está bajo un control real y previo de la sociedad establece la sociedad la conexión entre el volumen del tiempo de trabajo social empleado en la producción de determinados artículos y el volumen de la necesidad social que estos artículos han de satisfacer.) Por eso estas mercancías tienen que malvenderse por debajo de su valor de mercado, y una parte de ellas puede llegar incluso a ser completamente invendible. —A la inversa, si el volumen del trabajo social empleado en la producción de una determinada clase de mercancía es demasiado pequeño para el volumen de la necesidad social particular que el producto ha de satisfacer. —Pero si el volumen del trabajo social empleado en la producción de un artículo determinado corresponde al volumen de la necesidad social que ha de satisfacerse, de modo que la masa producida corresponde a la escala habitual de la reproducción con una demanda invariable, la mercancía se vende a su valor de mercado. El intercambio o la venta de las mercancías a su valor es lo racional, la ley natural de su equilibrio; partiendo de ella hay que explicar las desviaciones, y no, a la inversa, explicar la ley misma a partir de las desviaciones.
Echemos una mirada al otro lado, a la demanda.
Las mercancías se compran como medios de producción o como medios de subsistencia —sin que cambie nada el que algunas clases de mercancías puedan servir para ambos fines— para entrar en el consumo productivo o en el individual. Hay, pues, demanda de ellas por parte de los productores (aquí capitalistas, puesto que se supone que los medios de producción se han transformado en capital) y por parte de los consumidores. Ambas cosas parecen presuponer ante todo, del lado de la demanda, una cantidad dada de necesidades sociales, a la que corresponden, del otro lado, determinadas cantidades de producción social en las distintas ramas de producción. Si la industria algodonera ha de volver a efectuar su reproducción anual en una escala dada, se requiere para ello la medida tradicional de algodón y, teniendo en cuenta la ampliación anual de la reproducción a consecuencia de la acumulación de capital, permaneciendo iguales las demás circunstancias, una cantidad adicional. Lo mismo con respecto a los medios de subsistencia. La clase obrera tiene que volver a encontrar al menos la misma cantidad de medios de subsistencia necesarios, aunque quizá distribuida de modo más o menos distinto entre las diversas clases de ellos, si ha de seguir viviendo a la manera media acostumbrada; y, teniendo en cuenta el crecimiento anual de la población, una cantidad adicional; y así, con más o menos modificación, para las demás clases.
Parece, pues, que del lado de la demanda hay una cierta magnitud de necesidad social determinada que, para ser saciada, requiere en el mercado una determinada cantidad de un artículo. Pero la determinación cuantitativa de esta necesidad es completamente elástica y fluctuante. Su fijeza es apariencia. Si los medios de subsistencia fueran más baratos o el salario en dinero más alto, los obreros comprarían más de ellos y se manifestaría una mayor «necesidad social» de estas clases de mercancías, prescindiendo por completo de los paupers, etc., cuya «demanda» está aún por debajo de los límites más estrechos de su necesidad física. Si, por otra parte, el algodón fuera, por ejemplo, más barato, crecería la demanda de algodón por parte de los capitalistas, se lanzaría más capital adicional a la industria algodonera, etc. No hay que olvidar en absoluto a este respecto que la demanda para el consumo productivo es, según nuestro supuesto, la demanda del capitalista, y que el fin propiamente dicho de este es la producción de plusvalía, de modo que solo con este propósito produce una cierta clase de mercancías. Por otra parte, esto no impide que, en la medida en que se presenta en el mercado como comprador, por ejemplo, de algodón, represente la necesidad de algodón, del mismo modo que al vendedor de algodón le es indiferente que el comprador transforme el algodón en tela para camisas o en algodón pólvora, o que piense taparse con él los oídos, los suyos y los del mundo. Ciertamente, esto ejerce gran influencia sobre el modo en que es comprador. Su necesidad de algodón está modificada esencialmente por la circunstancia de que, en realidad, solo disfraza su necesidad de hacer ganancias. —Los límites dentro de los cuales la necesidad de mercancías representada en el mercado —la demanda— difiere cuantitativamente de la necesidad social real son, naturalmente, muy distintos para las distintas mercancías; me refiero a la diferencia entre la cantidad de mercancías demandada y la cantidad que se demandaría con otros precios en dinero de la mercancía o con otras condiciones de dinero o, en su caso, de vida de los compradores.
Nada es más fácil que comprender las desigualdades de la demanda y la oferta y la consiguiente desviación de los precios de mercado respecto de los valores de mercado. La verdadera dificultad consiste en determinar qué hay que entender por coincidencia de la demanda y la oferta.
La demanda y la oferta coinciden cuando están en una relación tal que la masa de mercancías de una determinada rama de producción puede venderse a su valor de mercado, ni por encima ni por debajo de él. Es lo primero que oímos.
Lo segundo: si las mercancías pueden venderse a su valor de mercado, la demanda y la oferta coinciden.
Cuando la demanda y la oferta coinciden, dejan de actuar, y precisamente por eso la mercancía se vende a su valor de mercado. Cuando dos fuerzas actúan por igual en sentido opuesto, se anulan mutuamente, no actúan en absoluto hacia fuera, y los fenómenos que ocurren en esta condición tienen que explicarse de otro modo que por la intervención de estas dos fuerzas. Cuando la demanda y la oferta se anulan mutuamente, dejan de explicar nada, no actúan sobre el valor de mercado y nos dejan aún más a oscuras sobre por qué el valor de mercado se expresa justamente en esta suma de dinero y no en otra. Las verdaderas leyes internas de la producción capitalista no pueden explicarse, evidentemente, a partir de la interacción de la demanda y la oferta (prescindiendo por completo de un análisis más profundo de estas dos fuerzas motrices sociales, que no corresponde aquí), ya que estas leyes solo aparecen realizadas en estado puro cuando la demanda y la oferta dejan de actuar, es decir, cuando coinciden. La demanda y la oferta, de hecho, nunca coinciden, o, si alguna vez coinciden, es por casualidad, y por tanto, científicamente, hay que ponerlo = 0, considerarlo como no ocurrido. Pero en la economía política se supone que coinciden. ¿Por qué? Para considerar los fenómenos en su figura conforme a leyes, correspondiente a su concepto, es decir, para considerarlos independientemente de la apariencia producida por el movimiento de la demanda y la oferta. Por otra parte, para descubrir la tendencia real de su movimiento, para fijarla en cierto modo. Pues las desigualdades son de naturaleza opuesta y, como se suceden constantemente, se compensan por sus direcciones opuestas, por su contradicción mutua. Así pues, si en ningún caso dado la demanda y la oferta coinciden, sus desigualdades se suceden de tal modo —y el resultado de la desviación en un sentido es provocar otra desviación en sentido opuesto— que, si se considera el conjunto de un período de tiempo más o menos largo, la oferta y la demanda coinciden constantemente; pero solo como media del movimiento transcurrido y solo como movimiento constante de su contradicción. De este modo, los precios de mercado que se desvían de los valores de mercado, considerados según su cifra media, se nivelan en valores de mercado, al anularse las desviaciones respecto de estos como más y menos. Y esta cifra media no tiene en modo alguno una importancia meramente teórica, sino práctica para el capital, cuya inversión se calcula sobre las fluctuaciones y nivelaciones en un período de tiempo más o menos determinado.
La relación entre la demanda y la oferta explica, pues, por una parte, solo las desviaciones de los precios de mercado respecto de los valores de mercado y, por otra, la tendencia a la anulación de esta desviación, es decir, a la anulación del efecto de la relación entre la demanda y la oferta. (Las excepciones de mercancías que tienen precio sin tener valor no hay que considerarlas aquí.) La demanda y la oferta pueden llevar a cabo la anulación del efecto producido por su desigualdad en formas muy diversas. Si, por ejemplo, baja la demanda y, por tanto, el precio de mercado, esto puede llevar a que se retire capital y se reduzca así la oferta. Pero también puede llevar a que el propio valor de mercado se rebaje mediante inventos que acorten el tiempo de trabajo necesario, y se nivele así con el precio de mercado. A la inversa: si sube la demanda y, con ella, el precio de mercado por encima del valor de mercado, esto puede llevar a que se aporte demasiado capital a esta rama de producción y a que la producción aumente tanto que el propio precio de mercado caiga por debajo del valor de mercado; o puede, por otra parte, llevar a una subida de los precios que haga retroceder la propia demanda. En esta o aquella rama de producción puede llevar también a que el propio valor de mercado suba durante períodos más cortos o más largos, porque una parte de los productos demandados tenga que producirse durante ese tiempo en condiciones peores.
Si la demanda y la oferta determinan el precio de mercado, por otra parte el precio de mercado, y, en un análisis ulterior, el valor de mercado, determinan la demanda y la oferta. En el caso de la demanda esto es evidente, ya que esta se mueve en sentido inverso al precio: aumenta cuando este baja, y a la inversa. Pero también en el caso de la oferta. Pues los precios de los medios de producción que entran en la mercancía ofrecida determinan la demanda de estos medios de producción y, por tanto, también la oferta de las mercancías cuya oferta incluye la demanda de aquellos medios de producción. Los precios del algodón son determinantes para la oferta de tejidos de algodón.
A esta confusión —determinación de los precios por la demanda y la oferta y, al lado, determinación de la demanda y la oferta por los precios— se añade que la demanda determina la oferta y, a la inversa, la oferta determina la demanda; la producción, el mercado, y el mercado, la producción.15
Incluso el economista ordinario (véase la nota) se da cuenta de que, sin un cambio de la oferta o de la cantidad requerida provocado por circunstancias externas, la relación entre ambas puede cambiar a consecuencia de un cambio del valor de mercado de las mercancías. Incluso él tiene que admitir que, cualquiera que sea el valor de mercado, la demanda y la oferta tienen que equilibrarse para obtenerlo. Es decir, la relación entre la demanda y la oferta no explica el valor de mercado, sino que, a la inversa, este explica las fluctuaciones de la demanda y la oferta. El autor de las Observations prosigue tras el pasaje citado en la nota:
«Esta proporción» (entre la demanda y la oferta) «sin embargo, si seguimos entendiendo por "demanda" y por "precio natural" lo que entendíamos hace un momento, al referirnos a Adam Smith, tiene que ser siempre una proporción de igualdad; pues solo cuando la oferta es igual a la demanda efectiva, es decir, a aquella demanda que no paga ni más ni menos que el precio natural, se paga de hecho el precio natural; por consiguiente, puede haber dos precios naturales muy distintos, en épocas distintas, para la misma mercancía y, sin embargo, la proporción que la oferta guarda con la demanda puede ser en ambos casos la misma, a saber, la proporción de igualdad».
Se admite, pues, que con dos natural prices distintos de la misma mercancía en épocas distintas, la demanda y la oferta pueden coincidir cada vez y tienen que coincidir si la mercancía ha de venderse ambas veces a su natural price. Ahora bien, como ambas veces no hay ninguna diferencia en la relación entre la demanda y la oferta, pero sí una diferencia en la magnitud del propio natural price, este se determina evidentemente con independencia de la demanda y la oferta y, por tanto, lo que menos puede es estar determinado por ellas.
Para que una mercancía se venda a su valor de mercado, es decir, en proporción al trabajo socialmente necesario contenido en ella, la cantidad global de trabajo social que se emplea en la masa global de esta clase de mercancía tiene que corresponder a la cantidad de la necesidad social de ella, es decir, de la necesidad social solvente. La competencia, las fluctuaciones de los precios de mercado, que corresponden a las fluctuaciones de la relación entre la demanda y la oferta, tratan constantemente de reducir a esta medida la cantidad global del trabajo empleado en cada clase de mercancía.
En la relación entre la demanda y la oferta de las mercancías se repite, en primer lugar, la relación entre el valor de uso y el valor de cambio, entre la mercancía y el dinero, entre el comprador y el vendedor; en segundo lugar, la relación entre el productor y el consumidor, aunque ambos puedan estar representados por terceros, los comerciantes. Al considerar al comprador y al vendedor basta con contraponerlos uno a uno para desarrollar la relación. Tres personas bastan para la metamorfosis completa de la mercancía y, por tanto, para el conjunto de la venta y la compra. A convierte su mercancía en el dinero de B, a quien vende la mercancía, y vuelve a convertir su dinero en mercancía, que compra con él a C; todo el proceso transcurre entre estos tres. Además: al considerar el dinero se supuso que las mercancías se vendían a su valor, porque no había ninguna razón para considerar precios que se desviaran del valor, ya que solo se trataba de los cambios de forma por los que pasa la mercancía al convertirse en dinero y al reconvertirse de dinero en mercancía. Tan pronto como la mercancía se vende y con lo obtenido se compra una nueva mercancía, tenemos ante nosotros la metamorfosis entera, y para ella, considerada como tal, es indiferente que el precio de la mercancía esté por debajo o por encima de su valor. El valor de la mercancía como base sigue siendo importante, porque el dinero solo puede desarrollarse conceptualmente a partir de este fundamento, y el precio, según su concepto general, no es en principio más que el valor en forma de dinero. Ciertamente, al considerar el dinero como medio de circulación, se supone que no se produce solo una metamorfosis de una mercancía. Se considera, más bien, el entrelazamiento social de estas metamorfosis. Solo así llegamos al curso del dinero y al desarrollo de su función como medio de circulación. Pero, por importante que sea esta conexión para el paso del dinero a la función de medio de circulación y para la figura modificada que de ello se sigue, es indiferente para la transacción entre los compradores y los vendedores singulares.
En cambio, en la oferta y la demanda, la oferta es igual a la suma de los vendedores o productores de una determinada clase de mercancía, y la demanda, igual a la suma de los compradores o consumidores (individuales o productivos) de la misma clase de mercancía. Y las sumas actúan unas sobre otras como unidades, como fuerzas agregadas. El individuo actúa aquí solo como parte de una potencia social, como átomo de la masa, y es en esta forma como la competencia hace valer el carácter social de la producción y del consumo.
El lado de la competencia que momentáneamente es el más débil es a la vez aquel en el que el individuo actúa con independencia de la masa de sus competidores y a menudo directamente contra ellos, y precisamente así hace sentir la dependencia de unos respecto de otros, mientras que el lado más fuerte se enfrenta siempre a la parte contraria, en mayor o menor grado, como unidad cerrada. Si para esta clase determinada de mercancías la demanda es mayor que la oferta, un comprador puja más alto que otro —dentro de ciertos límites— y encarece así la mercancía para todos por encima del valor de mercado, mientras que, del otro lado, los vendedores tratan en común de vender a un precio de mercado alto. Si, a la inversa, la oferta es mayor que la demanda, uno empieza a malvender más barato, y los demás tienen que seguirle, mientras que los compradores se esfuerzan en común por hacer bajar el precio de mercado lo más posible por debajo del valor de mercado. El lado común le interesa a cada uno solo mientras gana más con él que contra él. Y la comunidad cesa tan pronto como el lado como tal se vuelve el más débil, y entonces cada uno trata de salir del paso por su cuenta lo mejor posible. Si además uno produce más barato y puede malvender más, adueñarse de más espacio en el mercado vendiendo por debajo del precio de mercado corriente o del valor de mercado, lo hace, y así comienza la acción que poco a poco obliga a los demás a introducir el método de producción más barato y que reduce el trabajo socialmente necesario a una medida nueva, más pequeña. Si un lado tiene la superioridad, gana cada uno de los que pertenecen a él; es como si tuvieran que hacer valer un monopolio común. Si un lado es el más débil, cada uno puede tratar por su parte de ser el más fuerte (por ejemplo, el que trabaja con menos costes de producción) o, al menos, de salir del paso lo mejor posible, y aquí le importa un bledo su vecino, aunque su actuación no le afecta solo a él, sino también a todos sus compinches.16
La demanda y la oferta presuponen la transformación del valor en valor de mercado y, en la medida en que se producen sobre base capitalista, en la medida en que las mercancías son productos del capital, presuponen procesos de producción capitalistas, es decir, relaciones mucho más complicadas que la mera compra y venta de las mercancías. En ellas no se trata de la transformación formal del valor de las mercancías en precio, es decir, de un mero cambio de forma; se trata de las desviaciones cuantitativas determinadas de los precios de mercado respecto de los valores de mercado y, además, respecto de los precios de producción. En la compra y venta simple basta con tener enfrentados a productores de mercancías como tales. La demanda y la oferta, en un análisis ulterior, presuponen la existencia de las distintas clases y fracciones de clase que se reparten el rédito global17 de la sociedad y lo consumen entre ellas como rédito, que forman, por tanto, la demanda constituida por el rédito; mientras que, por otra parte, para comprender la demanda y la oferta formadas por los productores como tales entre sí, requieren una comprensión de la configuración global del proceso de producción capitalista.
En la producción capitalista no se trata solo de extraer, a cambio de la masa de valor lanzada a la circulación en forma de mercancía, una masa de valor igual en otra forma —sea de dinero o de otra mercancía—, sino que se trata de extraer, para el capital adelantado a la producción, la misma plusvalía o ganancia que cualquier otro capital de la misma magnitud, o pro rata de su magnitud, cualquiera que sea la rama de producción en que esté empleado; se trata, pues, de vender las mercancías, al menos como mínimo, a precios que proporcionen la ganancia media, es decir, a precios de producción. En esta forma, el capital cobra consciencia de sí mismo como potencia social, en la que cada capitalista participa en proporción a su parte del capital social global.
En primer lugar, la producción capitalista es en sí y para sí indiferente al valor de uso determinado y, en general, a la particularidad de la mercancía que produce. En cada esfera de producción solo le importa producir plusvalía, apropiarse en el producto del trabajo de una cantidad determinada de trabajo impago. Y está igualmente en la naturaleza del trabajo asalariado sometido al capital ser indiferente al carácter específico de su trabajo, tener que dejarse transformar según las necesidades del capital y dejarse lanzar de una esfera de producción a otra.
En segundo lugar, una esfera de producción es ahora, de hecho, tan buena y tan mala como otra; cada una arroja la misma ganancia, y cada una sería inútil si la mercancía producida por ella no satisficiera una necesidad social de algún tipo.
Pero si las mercancías se venden a sus valores, surgen, como se ha expuesto, tasas de ganancia muy distintas en las distintas esferas de producción, según la distinta composición orgánica de las masas de capital invertidas en ellas. Pero el capital se retira de una esfera con una tasa de ganancia baja y se lanza a otra que arroja una ganancia más alta. Mediante esta constante emigración e inmigración, en una palabra, mediante su distribución entre las distintas esferas, según que allí baje la tasa de ganancia y aquí suba, provoca una relación tal entre la oferta y la demanda que la ganancia media se vuelve la misma en las distintas esferas de producción y, por tanto, los valores se transforman en precios de producción. El capital logra esta nivelación en mayor o menor medida cuanto más alto es el desarrollo capitalista en una sociedad nacional dada, es decir, cuanto más adaptadas están las condiciones del país en cuestión al modo de producción capitalista. Con el progreso de la producción capitalista se desarrollan también sus condiciones, somete el conjunto de los supuestos sociales dentro de los cuales se desarrolla el proceso de producción a su carácter específico y a sus leyes inmanentes.
La constante nivelación de las constantes desigualdades se efectúa tanto más deprisa: 1) cuanto más móvil es el capital, es decir, cuanto más fácilmente puede trasladarse de una esfera y de un lugar a otro; 2) cuanto más deprisa puede lanzarse la fuerza de trabajo de una esfera a otra y de un punto local de producción a otro. El n.º 1 supone completa libertad de comercio en el interior de la sociedad y eliminación de todos los monopolios, salvo los naturales, es decir, los que surgen del propio modo de producción capitalista. Además, el desarrollo del sistema de crédito, que concentra frente a los capitalistas individuales la masa inorgánica del capital social disponible; por último, la subordinación de las distintas esferas de producción a capitalistas. Esto último ya está incluido en el supuesto cuando se admitió que se trata de la transformación de los valores en precios de producción en todas las esferas de producción explotadas de forma capitalista; pero esta nivelación misma choca con obstáculos mayores cuando numerosas y masivas esferas de producción no explotadas de forma capitalista (por ejemplo, la agricultura de pequeños campesinos) se intercalan entre las explotaciones capitalistas y se encadenan con ellas. Por último, una gran densidad de la población. El n.º 2 supone la abolición de todas las leyes que impiden a los obreros trasladarse de una esfera de producción a otra o de una sede local de la producción a cualquier otra. Indiferencia del obrero ante el contenido de su trabajo. La mayor reducción posible del trabajo en todas las esferas de producción a trabajo simple. Desaparición de todos los prejuicios profesionales entre los obreros. Por último y sobre todo, sometimiento del obrero al modo de producción capitalista. Las explicaciones ulteriores sobre esto corresponden a la investigación especial de la competencia.
De lo dicho se desprende que cada capitalista individual, así como el conjunto de todos los capitalistas de cada esfera de producción particular, está interesado en la explotación de toda la clase obrera por el capital global y en el grado de esta explotación, no solo por simpatía general de clase, sino directamente en lo económico, porque, presuponiendo como dadas todas las demás circunstancias, entre ellas el valor del capital constante global adelantado, la tasa media de ganancia depende del grado de explotación del trabajo global por el capital global.
La ganancia media coincide con la plusvalía media que el capital produce por cada 100, y con respecto a la plusvalía lo que se acaba de decir es evidente de antemano. En la ganancia media solo se añade el valor del capital adelantado como uno de los momentos determinantes de la tasa de ganancia. En efecto, el interés particular que un capitalista o el capital de una esfera de producción determinada tiene en la explotación de los obreros directamente empleados por él se limita a que, mediante un exceso de trabajo excepcional, o bien mediante la reducción del salario por debajo de la media, o mediante una productividad excepcional del trabajo empleado, pueda obtenerse una tajada extra, una ganancia que rebase la ganancia media. Prescindiendo de esto, un capitalista que en su esfera de producción no empleara capital variable alguno y, por tanto, ningún obrero (lo cual es, de hecho, un supuesto exagerado) estaría tan interesado como cualquiera en la explotación de la clase obrera por el capital y derivaría su ganancia del plustrabajo impago exactamente igual que, por ejemplo, un capitalista que (de nuevo un supuesto exagerado) solo empleara capital variable y, por tanto, desembolsara todo su capital en salarios. Pero el grado de explotación del trabajo depende, con una jornada laboral dada, de la intensidad media del trabajo y, con una intensidad dada, de la duración de la jornada laboral. Del grado de explotación del trabajo depende el nivel de la tasa de plusvalía y, por tanto, con una masa global dada del capital variable, la magnitud de la plusvalía y, con ello, la magnitud de la ganancia. El interés especial que el capital de una esfera, a diferencia del capital global, tiene en la explotación de los obreros empleados especialmente por él, lo tiene el capitalista individual, a diferencia de su esfera, en la explotación de los obreros explotados personalmente por él.
Por otra parte, cada esfera particular del capital y cada capitalista individual tienen el mismo interés en la productividad del trabajo social empleado por el capital global. Pues de ella dependen dos cosas:
En primer lugar, la masa de valores de uso en que se expresa la ganancia media; y esto es doblemente importante en la medida en que esta sirve tanto de fondo de acumulación de nuevo capital como de fondo de rédito para el disfrute. En segundo lugar, el nivel de valor del capital global adelantado (constante y variable), que, con una magnitud dada de la plusvalía o la ganancia de toda la clase capitalista, determina la tasa de ganancia o la ganancia sobre una cantidad determinada de capital. La productividad particular del trabajo en una esfera particular o en un negocio particular de esta esfera solo interesa a los capitalistas directamente implicados en ella en la medida en que capacita a la esfera singular frente al capital global, o al capitalista individual frente a su esfera, para obtener una ganancia extraordinaria.
Tenemos aquí, pues, la demostración matemáticamente exacta de por qué los capitalistas, por mucho que en su competencia mutua se comporten como falsos hermanos, forman sin embargo una verdadera hermandad masónica frente al conjunto de la clase obrera.
El precio de producción incluye la ganancia media. Le hemos dado el nombre de precio de producción; es de hecho lo mismo que A. Smith llama natural price, Ricardo price of production, cost of production, y los fisiócratas prix nécessaire —aunque ninguno de ellos ha desarrollado la diferencia entre el precio de producción y el valor—, porque a la larga es condición de la oferta, de la reproducción de la mercancía de cada esfera de producción particular.18 Se comprende también por qué los mismos economistas que se resisten a la determinación del valor de las mercancías por el tiempo de trabajo, por la cantidad de trabajo contenida en ellas, hablan siempre de los precios de producción como de los centros en torno a los cuales fluctúan los precios de mercado. Pueden permitírselo porque el precio de producción es una forma ya completamente exteriorizada y, prima facie, carente de concepto del valor de la mercancía, una forma tal como aparece en la competencia y, por tanto, tal como existe en la consciencia del capitalista vulgar y, por tanto, también en la de los economistas vulgares.
Del desarrollo se desprendía cómo el valor de mercado (y todo lo dicho sobre él vale, con las debidas restricciones, para el precio de producción) incluye una plusganancia de los que producen en las mejores condiciones en cada esfera de producción particular. Exceptuando los casos de crisis y de sobreproducción en general, esto vale para todos los precios de mercado, por mucho que se desvíen de los valores de mercado o de los precios de producción de mercado. En el precio de mercado está incluido, en efecto, que se paga el mismo precio por mercancías de la misma clase, aunque estas puedan haberse producido en condiciones individuales muy distintas y tener, por tanto, precios de coste muy distintos. (De las plusganancias que son consecuencia de monopolios en el sentido corriente, artificiales o naturales, no hablamos aquí.)
Pero una plusganancia puede surgir además cuando ciertas esferas de producción están en condiciones de sustraerse a la transformación de sus valores de mercancía en precios de producción y, por tanto, a la reducción de sus ganancias a la ganancia media. En la sección sobre la renta de la tierra tendremos que considerar la configuración ulterior de estas dos formas de la plusganancia.
Capítulo undécimo. Efectos de las fluctuaciones generales del salario sobre los precios de producción
Sea la composición media del capital social 80c + 20v, y la ganancia, del 20 %. En este caso, la tasa de plusvalía es del 100 %. Un aumento general del salario, permaneciendo igual todo lo demás, es una reducción de la tasa de plusvalía. Para el capital medio, la ganancia y la plusvalía coinciden. Supongamos que el salario sube un 25 %. La misma masa de trabajo que costaba 20 poner en movimiento cuesta ahora 25. En lugar de 80c + 20v + 20g, tenemos entonces un valor de rotación de 80c + 25v + 15g. El trabajo puesto en movimiento por el capital variable produce, como antes, una suma de valor de 40. Si v sube de 20 a 25, el excedente p, o bien g, solo es ya = 15. La ganancia de 15 sobre 105 es = 14 2/7 %, y esta sería la nueva tasa de la ganancia media. Como el precio de producción de las mercancías producidas por el capital medio coincide con su valor, el precio de producción de estas mercancías no habría cambiado; el aumento del salario habría traído consigo, por tanto, una reducción de la ganancia, pero no un cambio de valor ni de precio de las mercancías.
Antes, cuando la ganancia media era = 20 %, el precio de producción de las mercancías producidas en un período de rotación era igual a su precio de coste más una ganancia del 20 % sobre este precio de coste, es decir, k + kg′ = k + (20 k)/100; donde k es una magnitud variable, distinta según el valor de los medios de producción que entran en las mercancías y según la medida del desgaste que el capital fijo empleado en su producción cede al producto. Ahora el precio de producción ascendería a k + (14 2/7 k)/100.
Tomemos primero un capital cuya composición sea más baja que la composición original del capital social medio, 80c + 20v (que ahora se ha transformado en 76 4/21c + 23 17/21v); por ejemplo, 50c + 50v. Aquí el precio de producción del producto anual, si para simplificar suponemos que todo el capital fijo entraba en el producto anual como desgaste y que el tiempo de rotación es el mismo que en el caso I, era, antes del aumento del salario, 50c + 50v + 20g = 120. Un aumento del salario del 25 % da, para la misma cantidad de trabajo puesto en movimiento, un aumento del capital variable de 50 a 62 1/2. Si el producto anual se vendiera al precio de producción anterior de 120, esto daría 50c + 62 1/2v + 7 1/2g, es decir, una tasa de ganancia de 6 2/3 %. Pero la nueva tasa media de ganancia es 14 2/7 %, y, como suponemos que todas las demás circunstancias permanecen iguales, este capital de 50c + 62 1/2v tendrá que obtener también esta ganancia. Ahora bien, un capital de 112 1/2, a la tasa de ganancia de 14 2/7, da una ganancia de 16 1/14. El precio de producción de las mercancías producidas por él es, pues, ahora 50c + 62 1/2v + 16 1/14g = 128 8/14. A consecuencia del aumento del salario en un 25 %, el precio de producción de la misma cantidad de la misma mercancía ha subido aquí, pues, de 120 a 128 8/14, o sea, más de un 7 %.
Supongamos, a la inversa, una esfera de producción de composición más alta que el capital medio, por ejemplo, 92c + 8v. La ganancia media original es, pues, también aquí = 20, y, si suponemos de nuevo que todo el capital fijo entra en el producto anual y que el tiempo de rotación es el mismo que en los casos I y II, el precio de producción de la mercancía es también aquí = 120.
A consecuencia del aumento del salario en un 25 %, el capital variable crece, para una cantidad de trabajo constante, de 8 a 10, y, por tanto, el precio de coste de las mercancías, de 100 a 102; por otro lado, la tasa media de ganancia ha bajado del 20 % al 14 2/7 %. Pero 100 : 14 2/7 = 102 : 14 4/7. La ganancia que corresponde ahora a 102 es, pues, 14 4/7. Y por eso el producto global se vende a k + kg′ = 102 + 14 4/7 = 116 4/7. El precio de producción ha bajado, pues, de 120 a 116 4/7, o sea, en 3 3/7.
A consecuencia del aumento del salario en un 25 %, por tanto:
con respecto al capital de composición social media, el precio de producción de la mercancía ha permanecido invariable;
con respecto al capital de composición más baja, el precio de producción de la mercancía ha subido, aunque no en la misma proporción en que ha bajado la ganancia;
con respecto al capital de composición más alta, el precio de producción de la mercancía ha bajado, aunque tampoco en la misma proporción que la ganancia.
Como el precio de producción de las mercancías del capital medio ha seguido siendo el mismo, igual al valor del producto, también la suma de los precios de producción de los productos de todos los capitales ha seguido siendo la misma, igual a la suma de los valores producidos por el capital global; la subida de un lado y el descenso del otro se compensan, para el capital global, al nivel del capital social medio.
Si el precio de producción de las mercancías sube en el ejemplo II y baja en el III, ya este efecto opuesto que provoca la baja de la tasa de plusvalía o el aumento general del salario muestra que aquí no puede tratarse de una indemnización en el precio por el aumento del salario, puesto que en III la baja del precio de producción no puede en modo alguno indemnizar al capitalista por la baja de la ganancia, y en II la subida del precio no impide la baja de la ganancia. Más bien, en ambos casos, tanto donde el precio sube como donde baja, la ganancia es la misma que en el capital medio, donde el precio ha permanecido invariable. Para II, como para III, es la misma ganancia media, que ha bajado en 5 5/7, o sea, algo más del 25 %. De ello se sigue que, si el precio no subiera en II y no bajara en III, II vendería por debajo y III por encima de la nueva ganancia media, que ha bajado. Es de suyo evidente que, según que se desembolse en trabajo el 50, el 25 o el 10 por 100 del capital, un aumento del salario tiene que actuar de modo muy distinto sobre el que desembolsa en salarios 1/10 de su capital y sobre el que desembolsa 1/4 o 1/2. La subida de los precios de producción, por un lado, y su descenso, por otro, según que el capital esté por debajo o por encima de la composición social media, solo se producen por la nivelación en la nueva ganancia media, que ha bajado.
¿Cómo actuaría ahora una baja general del salario, y la correspondiente subida general de la tasa de ganancia y, por tanto, de las ganancias medias, sobre los precios de producción de las mercancías que son el producto de capitales que se desvían en direcciones opuestas de la composición social media? Basta con invertir la exposición que acabamos de hacer para obtener el resultado (que Ricardo no investiga).
I. Capital medio = 80c + 20v = 100; tasa de plusvalía = 100 %; precio de producción = valor de la mercancía = 80c + 20v + 20g = 120; tasa de ganancia = 20 %. Si el salario baja una cuarta parte, el mismo capital constante es puesto en movimiento por 15v en lugar de por 20v. Tenemos, pues, valor de la mercancía = 80c + 15v + 25g = 120. La cantidad de trabajo producida por v sigue siendo la misma, solo que el valor nuevo creado por ella se distribuye de otro modo entre el capitalista y el obrero. La plusvalía ha subido de 20 a 25, y la tasa de plusvalía de 20/20 a 25/15, es decir, del 100 % al 166 2/3 %. La ganancia sobre 95 es ahora = 25, es decir, la tasa de ganancia sobre 100 = 26 6/19. La nueva composición porcentual del capital es ahora 84 4/19c + 15 15/19v = 100.
II. Composición más baja. Originalmente, 50c + 50v, como antes. Por la baja del salario en 1/4, v se reduce a 37 1/2 y, con ello, el capital global adelantado a 50c + 37 1/2v = 87 1/2. Si aplicamos a esto la nueva tasa de ganancia de 26 6/19 %, tenemos: 100 : 26 6/19 = 87 1/2 : 23 1/38. La misma masa de mercancías que antes costaba 120 cuesta ahora 87 1/2 + 23 1/38 = 110 10/19; una baja de precio de casi 10.
III. Composición más alta. Originalmente, 92c + 8v = 100. La baja del salario en 1/4 reduce 8v a 6v, y el capital global a 98. Según esto, 100 : 26 6/19 = 98 : 25 15/19. El precio de producción de la mercancía, que antes era 100 + 20 = 120, es ahora, tras la baja del salario, 98 + 25 15/19 = 123 15/19; ha subido, pues, casi 4.
Se ve, pues, que no hay más que seguir el mismo desarrollo que antes en sentido inverso, con los cambios necesarios; que una baja general del salario tiene como consecuencia una subida general de la plusvalía, de la tasa de plusvalía y, permaneciendo iguales las demás circunstancias, de la tasa de ganancia, aunque expresada en otra proporción; una baja de los precios de producción para los productos-mercancía de capitales de composición más baja, y una subida de los precios de producción para los productos-mercancía de capitales de composición más alta. Exactamente el resultado inverso del que se obtenía con un aumento general del salario.19 En ambos casos —subida y baja del salario— se presupone que la jornada laboral sigue siendo la misma, así como los precios de todos los medios de subsistencia necesarios. La baja del salario solo es posible aquí, por tanto, si el salario estaba antes por encima del precio normal del trabajo o si se lo hace bajar por debajo de él. Cómo se modifica la cosa si la subida o la baja del salario provienen de un cambio en el valor y, por tanto, en el precio de producción de las mercancías que entran habitualmente en el consumo del obrero se examinará en parte más adelante, en la sección sobre la renta de la tierra. Sin embargo, hay que observar aquí de una vez por todas:
Si la subida o la baja del salario provienen del cambio de valor de los medios de subsistencia necesarios, solo puede producirse una modificación de lo dicho más arriba en la medida en que las mercancías cuyo cambio de precio aumenta o reduce el capital variable entren también como elementos constitutivos en el capital constante y, por tanto, no actúen solo sobre el salario. Pero en la medida en que solo hacen esto último, el desarrollo anterior contiene todo lo que hay que decir.
En todo este capítulo se ha supuesto como hecho dado el establecimiento de la tasa general de ganancia, de la ganancia media y, por tanto, también la transformación de los valores en precios de producción. Solo se trataba de cómo actúa un aumento o una reducción general del salario sobre los precios de producción de las mercancías, supuestos como dados. Es esta una cuestión muy secundaria comparada con los demás puntos importantes tratados en esta sección. Pero es la única cuestión pertinente aquí que Ricardo trata, y aun de manera unilateral y deficiente, como se verá.
Capítulo duodécimo. Complementos
I. Causas que condicionan un cambio en el precio de producción
El precio de producción de una mercancía solo puede variar por dos causas:
Primera. La tasa general de ganancia cambia. Esto solo es posible si cambia la propia tasa media de la plusvalía o, con una tasa media de plusvalía constante, la relación entre la suma de las plusvalías apropiadas y la suma del capital social global adelantado.
En la medida en que el cambio de la tasa de plusvalía no se basa en la reducción del salario por debajo de su nivel normal o en su subida por encima de él —y tales movimientos solo deben considerarse como oscilatorios—, solo puede producirse porque el valor de la fuerza de trabajo haya bajado o subido; lo uno es tan imposible como lo otro sin un cambio en la productividad del trabajo que produce medios de subsistencia, es decir, sin un cambio en el valor de las mercancías que entran en el consumo del obrero.
O bien cambia la relación entre la suma de la plusvalía apropiada y el capital global adelantado de la sociedad. Como el cambio no parte aquí de la tasa de plusvalía, tiene que partir del capital global y, concretamente, de su parte constante. La masa de esta, considerada técnicamente, aumenta o disminuye en proporción a la fuerza de trabajo comprada por el capital variable, y la masa de su valor crece o disminuye así con el crecimiento o la disminución de su propia masa; crece o disminuye, pues, también en proporción a la masa de valor del capital variable. Si el mismo trabajo pone en movimiento más capital constante, el trabajo se ha vuelto más productivo. Si es a la inversa, a la inversa. Ha habido, pues, un cambio en la productividad del trabajo, y tiene que haberse producido un cambio en el valor de ciertas mercancías.
Para ambos casos vale, pues, esta ley: si el precio de producción de una mercancía cambia a consecuencia de un cambio en la tasa general de ganancia, su propio valor puede, ciertamente, haber permanecido invariable. Pero tiene que haberse producido un cambio de valor en otras mercancías.
Segunda. La tasa general de ganancia permanece invariable. Entonces el precio de producción de una mercancía solo puede cambiar porque haya cambiado su propio valor; porque se requiera más o menos trabajo para reproducirla a ella misma, ya sea porque cambie la productividad del trabajo que produce la mercancía misma en su forma última, ya la del que produce las mercancías que entran en su producción. El hilo de algodón puede bajar de precio de producción, ya sea porque el algodón en rama se obtiene más barato, ya porque el trabajo de hilar se ha vuelto más productivo gracias a una maquinaria mejor.
El precio de producción es, como se ha mostrado antes, = k + g, igual a precio de coste más ganancia. Pero esto es k + kg′, donde k, el precio de coste, es una magnitud indeterminada que cambia de una esfera de producción a otra y que es siempre igual al valor del capital constante y variable consumido en la producción de la mercancía, y g′ es la tasa media de ganancia calculada en porcentaje. Si k = 200 y g′ = 20 %, el precio de producción es k + kg′ = 200 + 200 × 20/100 = 200 + 40 = 240. Está claro que este precio de producción puede seguir siendo el mismo aunque cambie el valor de las mercancías.
Todos los cambios en el precio de producción de las mercancías se resuelven, en última instancia, en un cambio de valor, pero no todos los cambios en el valor de las mercancías tienen por qué expresarse en un cambio del precio de producción, ya que este está determinado no solo por el valor de la mercancía particular, sino por el valor global de todas las mercancías. El cambio en la mercancía A puede compensarse, pues, con un cambio opuesto de la mercancía B, de modo que la relación general siga siendo la misma.
II. El precio de producción de las mercancías de composición media
Se ha visto que la desviación de los precios de producción respecto de los valores surge:
de que al precio de coste de una mercancía se le añade, no la plusvalía contenida en ella, sino la ganancia media;
de que el precio de producción de una mercancía, que se desvía así del valor, entra como elemento en el precio de coste de otras mercancías, por lo que ya en el precio de coste de una mercancía puede estar contenida una desviación respecto del valor de los medios de producción consumidos en ella, prescindiendo de la desviación que puede entrar en ella misma por la diferencia entre la ganancia media y la plusvalía.
Según esto, es posible, pues, que también en las mercancías producidas por capitales de composición media el precio de coste pueda desviarse de la suma de valor de los elementos de que se compone este componente de su precio de producción. Supongamos que la composición media sea 80c + 20v. Ahora bien, es posible que, en los capitales reales que tienen esta composición, 80c sea mayor o menor que el valor de c, el capital constante, porque este c está formado por mercancías cuyo precio de producción se desvía de su valor. Del mismo modo, 20v podría desviarse de su valor si en el gasto del salario entran mercancías cuyo precio de producción es distinto de su valor; si el obrero, por tanto, tiene que trabajar, para volver a comprar estas mercancías (para reponerlas), más o menos tiempo de trabajo, es decir, que efectuar más o menos trabajo necesario del que haría falta si los precios de producción de los medios de subsistencia necesarios coincidieran con sus valores.
Sin embargo, esta posibilidad no cambia absolutamente nada en la exactitud de las tesis establecidas para las mercancías de composición media. La cantidad de ganancia que corresponde a estas mercancías es igual a la cantidad de plusvalía contenida en ellas mismas. Por ejemplo, en el capital anterior de composición 80c + 20v, lo importante para la determinación de la plusvalía no es si estas cifras son expresión de los valores reales, sino cómo se comportan entre sí; a saber, que v = 1/5 del capital global y c = 4/5. Tan pronto como ocurre esto, la plusvalía producida por v es, como se supuso arriba, igual a la ganancia media. Por otra parte: como es igual a la ganancia media, el precio de producción = precio de coste + ganancia = k + g = k + p, prácticamente igualado al valor de la mercancía. Es decir, un aumento o una reducción del salario deja en este caso invariable k + g, del mismo modo que dejaría invariable el valor de la mercancía, y solo provoca un movimiento inverso correspondiente, una reducción o un aumento, del lado de la tasa de ganancia. En efecto, si a consecuencia de un aumento o una reducción del salario cambiara aquí el precio de las mercancías, la tasa de ganancia de estas esferas de composición media se situaría por encima o por debajo de su nivel en las demás esferas. Solo en la medida en que el precio permanece invariable conserva la esfera de composición media su nivel de ganancia igual al de las demás esferas. En ella ocurre, pues, prácticamente lo mismo que si los productos de esta esfera se vendieran a su valor real. En efecto, si las mercancías se venden a sus valores reales, está claro que, permaneciendo iguales las demás circunstancias, la subida o la baja del salario provoca una baja o una subida correspondiente de la ganancia, pero ningún cambio de valor de las mercancías, y que en todas las circunstancias la subida o la baja del salario nunca puede afectar al valor de las mercancías, sino siempre solo a la magnitud de la plusvalía.
III. Razones de compensación del capitalista
Se ha dicho que la competencia nivela las tasas de ganancia de las distintas esferas de producción en la tasa media de ganancia y que precisamente por ello transforma los valores de los productos de estas distintas esferas en precios de producción. Y esto ocurre, concretamente, mediante el continuo traslado de capital de una esfera a otra en la que la ganancia está momentáneamente por encima de la media; teniendo en cuenta, sin embargo, las fluctuaciones de la ganancia ligadas a la alternancia de los años de vacas flacas y de vacas gordas, tal como se suceden en una rama industrial dada dentro de una época dada. Esta ininterrumpida emigración e inmigración del capital, que tiene lugar entre distintas esferas de la producción, produce movimientos ascendentes y descendentes de la tasa de ganancia que se compensan mutuamente en mayor o menor grado y tienden así a reducir en todas partes la tasa de ganancia al mismo nivel común y general.
Este movimiento de los capitales lo provoca siempre, en primer lugar, el estado de los precios de mercado, que aquí elevan las ganancias por encima del nivel general de la media y allí las hacen bajar por debajo de él. Prescindimos todavía, por ahora, del capital comercial, con el que aquí todavía no tenemos nada que ver y que, como muestran los paroxismos de especulación que estallan de pronto en ciertos artículos predilectos, puede retirar con extraordinaria rapidez masas de capital de una rama de negocios y lanzarlas con la misma rapidez a otra. Pero en cada esfera de la producción propiamente dicha —industria, agricultura, minería, etc.— el traslado de capital de una esfera a otra ofrece una dificultad considerable, sobre todo por el capital fijo existente. Además, la experiencia muestra que, cuando una rama industrial, por ejemplo la industria algodonera, arroja en una época ganancias extraordinariamente altas, en otra época da también una ganancia muy pequeña o incluso pérdidas, de modo que, en un cierto ciclo de años, la ganancia media es aproximadamente la misma que en otras ramas. Y el capital aprende pronto a contar con esta experiencia.
Pero lo que la competencia no muestra es la determinación del valor que domina el movimiento de la producción; son los valores que están detrás de los precios de producción y los determinan en última instancia. La competencia muestra, en cambio: 1) las ganancias medias, que son independientes de la composición orgánica del capital en las distintas esferas de producción y, por tanto, también de la masa de trabajo vivo apropiado por un capital dado en una esfera de explotación dada; 2) la subida y la baja de los precios de producción a consecuencia de un cambio en el nivel del salario, un fenómeno que, a primera vista, contradice por completo la relación de valor de las mercancías; 3) fluctuaciones de los precios de mercado que reducen el precio medio de mercado de las mercancías en un período de tiempo dado, no al valor de mercado, sino a un precio de producción de mercado muy distinto, que se desvía de este valor de mercado. Todos estos fenómenos parecen contradecir tanto la determinación del valor por el tiempo de trabajo como la naturaleza de la plusvalía, que consiste en plustrabajo impago. Así pues, en la competencia todo aparece invertido. La figura acabada de las relaciones económicas tal como se muestra en la superficie, en su existencia real, y por tanto también en las representaciones con las que los portadores y agentes de estas relaciones tratan de aclararse sobre ellas, es muy distinta de —y de hecho está invertida, es opuesta a— su figura nuclear interna, esencial, pero velada, y el concepto que le corresponde.
Además: tan pronto como la producción capitalista ha alcanzado cierto grado de desarrollo, la nivelación entre las distintas tasas de ganancia de las esferas singulares en una tasa general de ganancia ya no se efectúa en modo alguno únicamente mediante el juego de atracción y repulsión en el que los precios de mercado atraen o repelen capital. Una vez que los precios medios y los precios de mercado correspondientes se han consolidado durante algún tiempo, entra en la consciencia de los capitalistas individuales que en esta nivelación se compensan diferencias determinadas, de modo que las incluyen sin más en sus cálculos recíprocos. En la representación de los capitalistas viven y son tenidas en cuenta por ellos como razones de compensación.
La representación fundamental en ello es la propia ganancia media, la representación de que capitales de igual magnitud tienen que arrojar, en los mismos plazos de tiempo, ganancias de igual magnitud. En su base está a su vez la representación de que el capital de cada esfera de producción tiene que participar pro rata de su magnitud en la plusvalía global arrancada a los obreros por el capital social global; o de que cada capital particular ha de considerarse solo como fragmento del capital global, y cada capitalista, de hecho, como accionista de la empresa global, que participa en la ganancia global pro rata de la magnitud de su parte de capital.
En esta representación se basa luego el cálculo del capitalista; por ejemplo, que un capital que rota más lentamente, porque la mercancía permanece más tiempo en el proceso de producción o porque tiene que venderse en mercados lejanos, se carga, sin embargo, la ganancia que por ello se le escapa y se indemniza, por tanto, mediante un recargo en el precio. O bien que las inversiones de capital expuestas a mayores riesgos, como, por ejemplo, en la navegación, reciben una indemnización mediante un recargo en el precio. Tan pronto como se han desarrollado la producción capitalista y, con ella, el sistema de seguros, el riesgo es de hecho igual de grande para todas las esferas de producción (véase Corbet); pero las más expuestas pagan la prima de seguro más alta y se la ven resarcida en el precio de sus mercancías. En la práctica, todo esto se reduce a que toda circunstancia que hace menos rentable una inversión de capital —y todas se consideran igualmente necesarias, dentro de ciertos límites— y otra más rentable se tiene en cuenta como una razón de compensación válida de una vez por todas, sin que haga falta siempre de nuevo la actividad de la competencia para demostrar la legitimidad de tal motivo o factor de cálculo. Solo que el capitalista olvida —o más bien no ve, porque la competencia no se lo muestra— que todas estas razones de compensación que los capitalistas hacen valer unos frente a otros en el cálculo recíproco de los precios de las mercancías de distintas ramas de producción solo se refieren a que todos ellos, pro rata de su capital, tienen igual derecho al botín común, a la plusvalía total. Más bien les parece, como la ganancia que cobran es distinta de la plusvalía que han arrancado, que sus razones de compensación no nivelan la participación en la plusvalía global, sino que crean la ganancia misma, en cuanto que esta procedería simplemente del recargo, motivado de tal o cual modo, sobre el precio de coste de las mercancías.
Por lo demás, vale también para la ganancia media lo que se dijo en el cap. VII, p. 116,20 sobre las representaciones del capitalista acerca de la fuente de la plusvalía. Aquí la cosa solo se presenta de otro modo en la medida en que, con un precio de mercado dado de las mercancías y una explotación dada del trabajo, el ahorro en los precios de coste depende de la habilidad individual, de la atención, etc.
Lo anterior se encuentra ya desarrollado brevemente en la tercera edición del libro primero, p. 628, al comienzo del capítulo XXIII. Como las dos primeras ediciones no contienen ese pasaje, su repetición aquí era tanto más obligada. — F. E. ↩
(Nota de la traducción.) En las fórmulas usamos letras españolas: c = capital constante, v = capital variable, C = capital global; p = plusvalía y p′ = tasa de plusvalía (en el original, m y m′, de Mehrwert): así, 90c + 10v + 10m se da como 90c + 10v + 10p; k = precio de coste (Kostpreis, k también en el original); g = ganancia, G = ganancia global y g′ = tasa de ganancia (en el original, p, P y p′, de Profit); M = mercancía (en el original, W, Ware). Las letras m y n que designan constantes («mc + nv», «m × 100») se conservan. ↩
(Nota de la traducción.) Henry Charles Carey (1793-1879), economista estadounidense, defensor del proteccionismo y de la armonía de los intereses de clase, y Frédéric Bastiat (1801-1850), economista francés, el principal propagandista del librecambio en Francia; tutti quanti: «todos los de su especie». ↩
{Como se desprende del cap. IV, lo anterior solo es correcto para el caso en que los capitales A y B tienen una composición de valor diferente, pero sus componentes variables porcentuales están en la misma relación que sus tiempos de rotación, o, respectivamente, en razón inversa de sus números de rotaciones. Supongamos que el capital A se compone porcentualmente de 20c fijo + 70c circulante, es decir, de 90c + 10v = 100. Con una tasa de plusvalía del 100 %, los 10v producen en una rotación 10p; tasa de ganancia para la rotación, 10 %. El capital B, en cambio, sea = 60c fijo + 20c circulante, es decir, 80c + 20v = 100. Los 20v producen en una rotación, con la tasa de plusvalía mencionada, 20p; tasa de ganancia para la rotación, 20 %, es decir, el doble que A. Pero si A rota dos veces al año y B solo una, para el año resulta igualmente 2 × 10 = 20p, y la tasa anual de ganancia es igual en ambos, a saber, del 20 %. — F. E.} ↩
Cherbuliez. [(Nota de la traducción.) Antoine-Élisée Cherbuliez (1797-1869), economista suizo.] ↩
Corbet. p. 174. [(Nota de la traducción.) Corbet, An Inquiry into the Causes and Modes of the Wealth of Individuals; or the Principles of Trade and Speculation explained, Londres, 1841.] ↩
Evidentemente, se prescinde aquí de la posibilidad de arrancar una ganancia extraordinaria momentánea mediante la reducción de los salarios, un precio de monopolio, etc. [F. E.] ↩
Malthus. ↩
Corbet. ↩
(Nota de la traducción.) Las leyes de asentamiento (Law of Settlement) ataban a los pobres a la parroquia en que tenían su domicilio legal, que era la obligada a socorrerlos. ↩
Entonces, en 1865, todavía mera opinión de Marx. Hoy, tras la amplia investigación de las comunidades primitivas, desde Maurer hasta Morgan, un hecho que apenas nadie discute ya en ninguna parte. — F. E. ↩
K. Marx, Contribución a la crítica de la economía política, Berlín 1859. ↩
K. Marx, Contribución a la crítica, etc. ↩
La disputa entre Storch y Ricardo a propósito de la renta de la tierra (una disputa solo en cuanto al fondo del asunto: de hecho, ninguno de los dos tiene en cuenta al otro) sobre si el valor de mercado (en ellos, más bien, el precio de mercado o, en su caso, el precio de producción) está regulado por las mercancías producidas en las condiciones más desfavorables (Ricardo) o en las más favorables (Storch) se resuelve, pues, en que ambos tienen razón y ambos se equivocan, y en que ambos han dejado igualmente de lado por completo el caso intermedio. Compárese Corbet sobre los casos en que el precio está regulado por las mercancías producidas en las mejores condiciones. — «Él» (Ricardo) «no pretende afirmar que dos lotes particulares de dos artículos distintos, como un sombrero y un par de zapatos, se intercambien entre sí cuando esos dos lotes particulares se han producido con cantidades iguales de trabajo. Por "mercancía" debemos entender aquí la "clase de mercancía", no un sombrero individual particular, un par de zapatos, etc. Todo el trabajo que produce todos los sombreros de Inglaterra ha de considerarse, a este efecto, como repartido entre todos los sombreros. Esto, me parece, no se expresó al principio ni en las exposiciones generales de esta doctrina». (Observations on some verbal disputes in Pol. Econ., etc., Londres 1821, pp. 53-54.) ↩
Gran disparate la siguiente «agudeza»: «Cuando la cantidad de salarios, de capital y de tierra requerida para producir un artículo ha llegado a ser distinta de lo que era, lo que Adam Smith llama su precio natural también es distinto, y el precio que antes era su precio natural se convierte, con respecto a esta alteración, en su precio de mercado; porque, aunque ni la oferta ni la cantidad requerida hayan cambiado» (ambas cambian aquí, precisamente porque el valor de mercado o, de lo que se trata en A. Smith, el precio de producción cambia a consecuencia de un cambio de valor) «esa oferta no es ahora exactamente suficiente para las personas que pueden y quieren pagar lo que ahora es el coste de producción, sino que es mayor o menor que eso; de modo que la proporción entre la oferta y lo que, con respecto al nuevo coste de producción, es la demanda efectiva es distinta de lo que era. Se producirá entonces una alteración en el volumen de la oferta, si no hay obstáculo que lo impida, y acabará llevando la mercancía a su nuevo precio natural. A algunas personas puede parecerles entonces bien decir que, como la mercancía llega a su precio natural mediante una alteración de su oferta, el precio natural se debe tanto a una proporción entre la demanda y la oferta como el precio de mercado a otra; y, por consiguiente, que el precio natural, exactamente igual que el precio de mercado, depende de la proporción que la demanda y la oferta guardan entre sí. ("El gran principio de la demanda y la oferta se pone en acción para determinar lo que A. Smith llama precios naturales, así como los precios de mercado". — Malthus)». (Observations on certain verbal disputes, etc., Londres 1821, pp. 60-61.) El hombre listo no comprende que, en el caso presente, ha sido precisamente el cambio en el cost of production, y por tanto también en el valor, lo que ha producido el cambio en la demanda, y por tanto en la relación entre la demanda y la oferta, y que este cambio en la demanda puede provocar un cambio en la oferta; lo cual demostraría precisamente lo contrario de lo que nuestro pensador quiere demostrar; demostraría, en efecto, que el cambio en los costes de producción no está regulado en modo alguno por la relación entre la demanda y la oferta, sino que, por el contrario, regula él mismo esta relación. ↩
«Si cada individuo de una clase no pudiera tener nunca más que una parte dada o una parte alícuota de las ganancias y posesiones del conjunto, se uniría de buen grado a los demás para hacer subir las ganancias» (eso hace en cuanto la relación entre la demanda y la oferta lo permite): «esto es monopolio. Pero donde cada individuo piensa que puede aumentar de algún modo la cuantía absoluta de su propia parte, aunque sea mediante un procedimiento que disminuya la cuantía total, lo hará a menudo: esto es competencia». (An Inquiry into those principles respecting the nature of demand, etc., Londres 1821, p. 105.) ↩
(Nota de la traducción.) Revenue = «rédito»: el ingreso periódico (ganancia, interés, renta de la tierra, salario) que puede consumirse; en nuestra edición del libro I se tradujo por «renta». ↩
Malthus. ↩
Es sumamente curioso que Ricardo (que procede, naturalmente, de otro modo que como se ha hecho aquí, puesto que no comprendió la nivelación de los valores en precios de producción) ni siquiera cayera en esta idea, sino que solo considerara el primer caso, la subida del salario y su influencia sobre los precios de producción de las mercancías. Y el servum pecus imitatorum [(Nota de la traducción.) «Rebaño servil de imitadores»: eco de Horacio, Epístolas, I, 19, 19, «o imitatores, servum pecus».] ni siquiera llegó tan lejos como para hacer esta aplicación sumamente evidente, de hecho tautológica. ↩
(Nota de la traducción.) La página es la de la 1.ª edición (1894); el pasaje está en el capítulo VII de este libro, «Complementos». ↩