Friedrich Engels, prólogo y «Complemento y suplemento» a Karl Marx, El capital. Crítica de la economía política. Libro tercero: El proceso global de la producción capitalista. Editado por Friedrich Engels; primera edición: Hamburgo, Otto Meissner, 1894. El prólogo se publicó en esa edición; el «Complemento y suplemento», escrito en 1895, se publicó en Die Neue Zeit (1895-1896, núms. 1 y 2), salvo su segundo apartado, «La Bolsa», que quedó en esbozo manuscrito. Se traduce según el texto de la MEW 25 (Berlín, 1964), cotejado en el prólogo con la MEGA II/15 (1894); las citas de Loria, Lexis, Fireman y los demás se traducen del alemán, como las dio Engels, y la de Marx sigue nuestra traducción del capítulo décimo. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. La nota sin marca es de Engels. Las llaves {…} reproducen las de la edición (pasajes de Engels en el texto de Marx). Las notas marcadas «(Nota de la traducción.)» son nuestras. Texto original en alemán
Prólogo y suplemento · I · II · III · IV · V · VI · VII · Libro primero · Libro segundo
Prólogo
Londres, 4 de octubre de 1894. Publicado por primera vez en: Karl Marx, Das Kapital. Kritik der politischen Oekonomie. Dritter Band, Hamburgo, 1894.
Por fin me es dado entregar al público este tercer libro de la obra principal de Marx, la conclusión de la parte teórica. Al publicar el segundo libro, en 1885, pensaba yo que el tercero solo plantearía dificultades técnicas, con la excepción, eso sí, de algunas secciones muy importantes. Así fue, en efecto; pero de las dificultades que precisamente esas secciones, las más importantes del conjunto, iban a causarme, no tenía entonces la menor idea, como tampoco de los demás obstáculos que habían de retrasar tanto la terminación del libro.
Ante todo y sobre todo me estorbó una persistente debilidad de la vista, que durante años redujo al mínimo mi tiempo de trabajo para lo escrito y que todavía hoy solo excepcionalmente me permite tomar la pluma con luz artificial. A ello se sumaron otros trabajos que no podían rechazarse: nuevas ediciones y traducciones de trabajos anteriores de Marx y míos, es decir, revisiones, prólogos, complementos, a menudo imposibles sin nuevos estudios, etc. Sobre todo, la edición inglesa del primer libro, de cuyo texto soy responsable en última instancia y que, por ello, me ha quitado mucho tiempo. Quien haya seguido mínimamente el colosal crecimiento de la literatura socialista internacional durante los últimos diez años, y en particular el número de traducciones de trabajos anteriores de Marx y míos, me dará la razón si me felicito de que sea muy limitado el número de lenguas en las que he podido ser útil al traductor y en las que, por tanto, tenía la obligación de no rechazar una revisión de su trabajo. Pero el crecimiento de la literatura no era más que un síntoma del crecimiento correspondiente del propio movimiento obrero internacional. Y este me impuso nuevos deberes. Desde los primeros días de nuestra actividad pública, una buena parte del trabajo de mediación entre los movimientos nacionales de los socialistas y obreros de los distintos países había recaído sobre Marx y sobre mí; este trabajo creció en proporción al fortalecimiento del movimiento en su conjunto. Pero si hasta su muerte también en esto había cargado Marx con el peso principal, desde entonces el trabajo, que no dejaba de aumentar, recayó solo sobre mí. Ahora bien, entre tanto el trato directo de los distintos partidos obreros nacionales entre sí se ha convertido en la regla, y por fortuna lo es cada día más; aun así, se recurre a mi ayuda mucho más a menudo de lo que me gustaría en interés de mis trabajos teóricos. Pero para quien, como yo, lleva más de cincuenta años activo en este movimiento, los trabajos que de ahí se derivan son un deber ineludible, que hay que cumplir en el acto. Como en el siglo XVI, en nuestra agitada época, en el terreno de los intereses públicos, solo quedan meros teóricos del lado de la reacción, y precisamente por eso estos señores ni siquiera son verdaderos teóricos, sino simples apologistas de esa reacción.
El hecho de que yo viva en Londres trae consigo que este trato con los partidos se haga en invierno sobre todo por carta, pero en verano en gran parte en persona. Y de ello, como de la necesidad de seguir la marcha del movimiento en un número siempre creciente de países y en un número de órganos de prensa que crece todavía más, ha resultado para mí la imposibilidad de terminar trabajos que no toleran interrupción si no es en invierno, y en especial en los tres primeros meses del año. Cuando uno tiene ya setenta años a la espalda, las fibras de asociación cerebrales de Meynert trabajan con cierta fatal parsimonia; ya no se superan las interrupciones de un trabajo teórico difícil con la facilidad y la rapidez de antes. De ahí que el trabajo de un invierno, en la medida en que no hubiera quedado concluido del todo, hubiera que rehacerlo en su mayor parte el invierno siguiente, y así ocurrió, en particular, con la dificilísima sección quinta.
Como el lector verá por los datos que siguen, el trabajo de redacción fue esencialmente distinto del del segundo libro. Para el tercero no había más que un primer borrador, y además extremadamente lleno de lagunas. Por regla general, los comienzos de cada sección estaban elaborados con bastante cuidado y, en su mayoría, también pulidos en cuanto al estilo. Pero cuanto más se avanzaba, más esquemática y lagunosa se volvía la elaboración, más digresiones contenía sobre puntos secundarios surgidos en el curso de la investigación, cuyo lugar definitivo se dejaba para una ordenación posterior, más largos y enrevesados se hacían los períodos en que se expresaban los pensamientos, puestos por escrito in statu nascendi. En varios lugares, la letra y la exposición delatan con excesiva claridad la irrupción y los progresos graduales de uno de aquellos ataques de enfermedad, nacidos del exceso de trabajo, que primero dificultaron cada vez más al autor el trabajo por su cuenta y acabaron por hacérselo temporalmente del todo imposible. Y no es de extrañar. Entre 1863 y 1867, Marx no solo había redactado en borrador los dos últimos libros de El capital y el primer libro en manuscrito listo para la imprenta, sino que además había llevado a cabo el gigantesco trabajo ligado a la fundación y la expansión de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Pero, a cambio, ya en 1864 y 1865 se presentaron graves síntomas de aquellos trastornos de salud que tienen la culpa de que Marx no diera él mismo la última mano a los libros II y III.
Mi trabajo empezó por dictar todo el manuscrito, a partir del original, que a menudo incluso a mí me costaba descifrar, en una copia legible, lo que ya llevó bastante tiempo. Solo entonces pudo empezar la redacción propiamente dicha. La he limitado a lo más necesario; he conservado en lo posible el carácter del primer borrador allí donde la claridad lo permitía, y tampoco he suprimido algunas repeticiones cuando, como es habitual en Marx, captan cada vez el objeto desde otro lado o, por lo menos, lo expresan de otra manera. Allí donde mis cambios o añadidos no son de naturaleza meramente redaccional, o donde tuve que elaborar el material de hechos aportado por Marx para extraer conclusiones propias, aunque mantenidas en lo posible en el espíritu de Marx, todo el pasaje está puesto entre corchetes y señalado con mis iniciales.1 En mis notas al pie faltan aquí y allá los corchetes; pero donde figuran debajo mis iniciales, soy responsable de toda la nota.
Como es natural en un primer borrador, en el manuscrito se encuentran numerosas remisiones a puntos que habían de desarrollarse más adelante, sin que esas promesas se hayan cumplido en todos los casos. Las he dejado, porque exponen las intenciones del autor con respecto a una elaboración futura.
Y ahora, al detalle.
Para la primera sección, el manuscrito principal solo era utilizable con grandes restricciones. Desde el mismo principio se introduce todo el cálculo matemático de la relación entre tasa de plusvalía y tasa de ganancia (lo que constituye nuestro capítulo 3), mientras que el objeto desarrollado en nuestro cap. 1 no se trata hasta más tarde y de pasada. Aquí vinieron en mi ayuda dos intentos de reelaboración, de 8 páginas en folio cada uno; pero tampoco estos están elaborados de forma cohesionada de principio a fin. Con ellos se ha compuesto el actual cap. 1. El cap. 2 procede del manuscrito principal. Para el cap. 3 se encontró toda una serie de elaboraciones matemáticas incompletas, pero también un cuaderno entero, casi completo, de los años setenta, que exponía en ecuaciones la relación entre la tasa de plusvalía y la tasa de ganancia. Mi amigo Samuel Moore,2 que también había hecho la mayor parte de la traducción inglesa del primer libro, se encargó de elaborarme ese cuaderno, para lo cual, como viejo matemático de Cambridge, estaba mucho mejor capacitado. A partir de su resumen terminé luego el capítulo 3, utilizando ocasionalmente el manuscrito principal. — Del cap. 4 solo se encontró el título. Pero como el punto que en él se trata, el efecto de la rotación sobre la tasa de ganancia, es de importancia decisiva, lo he elaborado yo mismo, por lo que todo el capítulo va también entre corchetes en el texto. Con ello resultó que, en efecto, la fórmula de la tasa de ganancia del cap. 3 necesitaba una modificación para tener validez general. A partir del capítulo quinto, el manuscrito principal es la única fuente para el resto de la sección, aunque también aquí han sido necesarias muchísimas transposiciones y complementos.
Para las tres secciones siguientes pude atenerme casi por completo, salvo la redacción estilística, al manuscrito original. Algunos pasajes, referidos en su mayoría al efecto de la rotación, hubo que elaborarlos en consonancia con el cap. 4, intercalado por mí; también ellos van entre corchetes y señalados con mis iniciales.
La dificultad principal la planteó la sección V, que trata además el objeto más intrincado de todo el libro. Y justamente aquí, en plena elaboración, a Marx le había sorprendido uno de los graves ataques de enfermedad mencionados. Aquí no hay, pues, un borrador acabado, ni siquiera un esquema cuyos contornos hubiera que rellenar, sino solo un comienzo de elaboración que más de una vez termina en un montón desordenado de notas, observaciones y materiales en forma de extractos. Al principio intenté completar esta sección, como en cierta medida había logrado con la primera, rellenando las lagunas y elaborando los fragmentos solo apuntados, de modo que ofreciera al menos aproximadamente todo lo que el autor se había propuesto dar. Lo intenté por lo menos tres veces, pero fracasé cada vez, y en el tiempo así perdido está una de las causas principales del retraso. Por fin comprendí que por ese camino no se llegaba a ninguna parte. Habría tenido que repasar toda la copiosísima literatura de este terreno y, al final, habría producido algo que no sería el libro de Marx. No me quedó más remedio que despachar el asunto, en cierto sentido, sin más contemplaciones, limitarme a ordenar lo mejor posible lo existente y hacer solo los complementos más indispensables. Y así, en la primavera de 1893 terminé el trabajo principal de esta sección.
De los distintos capítulos, los caps. 21-24 estaban elaborados en lo esencial. Los caps. 25 y 26 requirieron una criba del material probatorio y la inserción de material que se encontraba en otros lugares. Los caps. 27 y 29 pudieron darse casi por completo según el manuscrito; el cap. 28, en cambio, hubo que reagruparlo en algunos pasajes. Pero con el cap. 30 empezó la dificultad propiamente dicha. A partir de aquí había que poner en el orden debido no solo el material de pasajes probatorios, sino también el hilo del pensamiento, interrumpido a cada momento por oraciones intercaladas, digresiones, etc., y proseguido en otro lugar, a menudo de pasada. Así se formó el capítulo 30, mediante transposiciones y eliminaciones que encontraron empleo en otro lugar. El cap. 31 volvía a estar elaborado de forma más cohesionada. Pero ahora sigue en el manuscrito un largo apartado, titulado «La confusión», compuesto exclusivamente de extractos de los informes parlamentarios sobre las crisis de 1848 y 1857, en los que se reúnen las declaraciones de veintitrés hombres de negocios y escritores económicos, sobre todo acerca del dinero y el capital, la salida de oro, la sobreespeculación, etc., glosadas en algunos lugares de forma breve y humorística. Aquí están representadas, ya sea por los que preguntan, ya por los que responden, casi todas las opiniones entonces corrientes sobre la relación entre dinero y capital, y la «confusión» que aquí sale a la luz sobre lo que en el mercado de dinero es dinero y lo que es capital quería tratarla Marx de forma crítica y satírica. Después de muchos intentos me he convencido de que es imposible reconstruir este capítulo; el material, sobre todo el glosado por Marx, se ha empleado allí donde se le encontró un contexto.
A continuación sigue, en bastante orden, lo que he colocado en el cap. 32, pero inmediatamente después un nuevo montón de extractos de los informes parlamentarios sobre todos los objetos posibles tocados en esta sección, mezclados con observaciones más o menos largas del autor. Hacia el final, los extractos y glosas se concentran cada vez más en el movimiento de los metales monetarios y del tipo de cambio, y terminan de nuevo con toda clase de añadidos. Lo «precapitalista» (cap. 36), en cambio, estaba completamente elaborado.
Con todo este material, a partir de «La confusión» y en la medida en que no se había colocado ya en lugares anteriores, he compuesto los capítulos 33-35. Esto no podía hacerse, naturalmente, sin fuertes inserciones por mi parte para establecer la conexión. En la medida en que estas inserciones no son de naturaleza meramente formal, se señalan expresamente como mías. De este modo he logrado por fin colocar en el texto todas las afirmaciones del autor que tienen algo que ver con el asunto; no se ha suprimido más que una pequeña parte de los extractos, que o bien solo repetía lo dado en otro lugar, o bien tocaba puntos en los que el manuscrito no entra más de cerca.
La sección sobre la renta de la tierra estaba elaborada de forma mucho más completa, aunque en modo alguno ordenada, como se desprende ya de que Marx considere necesario, en el cap. 43 (en el manuscrito, el último fragmento de la sección sobre la renta), recapitular brevemente el plan de toda la sección. Y esto era tanto más deseable para la edición cuanto que el manuscrito empieza con el cap. 37, al que siguen los caps. 45-47, y solo después los caps. 38-44. El mayor trabajo lo dieron los cuadros de la renta diferencial II y el descubrimiento de que en el cap. 43 no se había investigado en absoluto el tercer caso de esta clase de renta, que allí había que tratar.
Para esta sección sobre la renta de la tierra, Marx había hecho en los años setenta estudios especiales completamente nuevos. Durante años había estudiado en la lengua original, y extractado, los censos estadísticos y otras publicaciones sobre la propiedad de la tierra que se habían hecho inevitables en Rusia tras la «reforma» de 18613 y que amigos rusos le habían puesto a disposición con la más deseable integridad, y se proponía aprovecharlos en la nueva elaboración de esta sección. Dada la variedad de formas tanto de la propiedad de la tierra como de la explotación de los productores agrícolas en Rusia, en la sección sobre la renta de la tierra Rusia debía desempeñar el mismo papel que Inglaterra en el libro I respecto del trabajo asalariado industrial. Por desgracia, no le fue dado llevar a cabo este plan.
Por último, la sección séptima estaba íntegramente redactada, pero solo como primer borrador, cuyos períodos, interminablemente enrevesados, hubo primero que descomponer para hacerlos imprimibles. Del último capítulo solo existe el comienzo. En él debían exponerse las tres grandes clases de la sociedad capitalista desarrollada que corresponden a las tres grandes formas de rédito4 —renta de la tierra, ganancia, salario—, es decir, propietarios de la tierra, capitalistas y obreros asalariados, y la lucha de clases necesariamente dada con su existencia, como resultado efectivamente presente del período capitalista. Este tipo de resúmenes finales solía reservarlos Marx para la redacción final, poco antes de la impresión, cuando los acontecimientos históricos más recientes le suministraban, con una regularidad que nunca fallaba, las pruebas de sus desarrollos teóricos con la más deseable actualidad.
Las citas y pasajes probatorios son, como ya en el libro II, considerablemente más escasos que en el primero. Las citas del libro I dan la paginación de la 2.ª y la 3.ª ediciones. Donde el manuscrito remite a afirmaciones teóricas de economistas anteriores, casi siempre se da solo el nombre; el pasaje mismo debía aducirse en la elaboración final. Naturalmente, he tenido que dejarlo así. De los informes parlamentarios solo se han utilizado cuatro, pero de forma bastante abundante. Son los siguientes:
Reports from Committees (de la Cámara de los Comunes), vol. VIII, Commercial Distress, vol. II, parte 1, 1847/48, Minutes of Evidence. Citado como: Commercial Distress, 1847/48.
Secret Committee of the House of Lords on Commercial Distress 1847, Report printed 1848, Evidence printed 1857 (porque en 1848 se consideró demasiado comprometedor). — Citado como: C. D., 1848-1857.
Report: Bank Acts, 1857. — Ídem, 1858. — Informes de la comisión de la Cámara de los Comunes sobre los efectos de las leyes bancarias de 1844 y 1845, con declaraciones de testigos. — Citados como: B. A. (a veces también B. C.), 1857 y 1858 respectivamente.
El cuarto libro —la historia de la teoría de la plusvalía— lo emprenderé en cuanto me sea de algún modo posible.5
En el prólogo al segundo libro de El capital tuve que vérmelas con los señores que por entonces armaron un gran griterío porque pretendían haber encontrado «en Rodbertus la fuente secreta y un predecesor superior de Marx». Les ofrecí la ocasión de mostrar «lo que es capaz de dar la economía de Rodbertus»; los invité a demostrar «cómo, no solo sin violar la ley del valor, sino más bien sobre la base de ella, puede y debe formarse una tasa media de ganancia igual». Esos mismos señores que entonces, por razones subjetivas u objetivas, pero por regla general cualquier cosa menos científicas, proclamaban a bombo y platillo al buen Rodbertus como un astro económico de primerísima magnitud, se han quedado sin excepción debiendo la respuesta. En cambio, otras personas han considerado que valía la pena ocuparse del problema.
En su crítica del libro II (Conrads Jahrbücher, XI, 5, 1885, pp. 452-465), el profesor W. Lexis aborda la cuestión, aunque no quiere dar una solución directa. Dice:
«La solución de aquella contradicción» (entre la ley del valor de Ricardo y Marx y la tasa media de ganancia igual) «es imposible si se consideran aisladamente las distintas clases de mercancías y su valor ha de ser igual a su valor de cambio, y este igual o proporcional a su precio.»
Según él, solo es posible si
«se renuncia a medir por el trabajo el valor de las distintas clases de mercancías y solo se tiene en cuenta la producción de mercancías en su conjunto y su reparto entre las clases globales de los capitalistas y los obreros… Del producto global, la clase obrera solo recibe una parte determinada… la otra parte, la que corresponde a los capitalistas, constituye en el sentido de Marx el plusproducto y, por consiguiente, también… la plusvalía. Los miembros de la clase capitalista se reparten entonces entre sí esta plusvalía global, no según el número de obreros que emplean, sino en proporción a la magnitud de capital que aporta cada uno, entrando también en la cuenta la tierra como valor de capital.» Los valores ideales de Marx, determinados por las unidades de trabajo incorporadas en las mercancías, no corresponden a los precios, pero pueden «considerarse como punto de partida de un desplazamiento que conduce a los precios reales. Estos están condicionados por el hecho de que capitales de igual magnitud exigen ganancias de igual magnitud.» Con ello, algunos capitalistas obtendrán por sus mercancías precios más altos que sus valores ideales, y otros los obtendrán más bajos. «Pero como las pérdidas y los suplementos de plusvalía se compensan mutuamente dentro de la clase capitalista, la magnitud global de la plusvalía es la misma que si todos los precios fueran proporcionales a los valores ideales de las mercancías.»
Como se ve, la cuestión no está aquí ni de lejos resuelta, pero sí está, aunque de manera laxa y superficial, en conjunto correctamente planteada. Y esto es, en efecto, más de lo que podemos esperar de alguien que, como el autor, se presenta con cierto orgullo como un «economista vulgar»; resulta francamente sorprendente si se compara con las aportaciones de otros economistas vulgares de que trataremos más adelante. La economía vulgar del autor es, desde luego, de una especie peculiar. Dice que la ganancia del capital podría derivarse, desde luego, a la manera de Marx, pero que nada obliga a esta concepción. Al contrario. La economía vulgar tendría un modo de explicación por lo menos más plausible:
«Los vendedores capitalistas, el productor de materias primas, el fabricante, el comerciante al por mayor, el comerciante al por menor, obtienen ganancia en sus negocios vendiendo cada uno más caro de lo que compra, es decir, elevando en un determinado tanto por ciento el precio de coste de su mercancía. Solo el obrero no está en condiciones de imponer un recargo de valor semejante; en virtud de su situación desfavorable frente al capitalista, se ve obligado a vender su trabajo por el precio que a él mismo le cuesta, a saber, por el sustento necesario… así, estos recargos de precio conservan todo su significado frente a los obreros asalariados que compran, y producen la transferencia de una parte del valor del producto global a la clase capitalista.»
Ahora bien, no hace falta un gran esfuerzo de pensamiento para comprender que esta explicación «económico-vulgar» de la ganancia del capital conduce en la práctica a los mismos resultados que la teoría de la plusvalía de Marx; que, según la concepción de Lexis, los obreros se encuentran exactamente en la misma «situación desfavorable» que en Marx; que son exactamente igual de estafados, puesto que todo no obrero puede vender por encima del precio, pero el obrero no; y que sobre la base de esta teoría puede construirse un socialismo vulgar por lo menos tan plausible como el que aquí, en Inglaterra, se ha construido sobre la base de la teoría del valor de uso y de la utilidad marginal de Jevons y Menger. Más aún, sospecho incluso que, si el señor George Bernard Shaw llegara a conocer esta teoría de la ganancia, sería capaz de agarrarla con las dos manos, despedir a Jevons y a Karl Menger y erigir de nuevo sobre esta roca la Iglesia fabiana del porvenir.6
Pero, en realidad, esta teoría no es más que una paráfrasis de la de Marx. ¿De dónde se costean todos los recargos de precio? Del «producto global» de los obreros. Y ello porque la mercancía «trabajo» o, como dice Marx, fuerza de trabajo, tiene que venderse por debajo de su precio. Pues si es propiedad común de todas las mercancías venderse más caras que sus costes de producción, pero de ello se exceptúa solo el trabajo, que siempre se vende solo a sus costes de producción, entonces se vende precisamente por debajo del precio que es la regla en este mundo económico-vulgar. La ganancia extraordinaria que por ello corresponde al capitalista, o a la clase capitalista, consiste precisamente en esto, y en última instancia solo puede producirse porque el obrero, después de reproducir el equivalente del precio de su trabajo, tiene que producir todavía más producto, por el que no se le paga: plusproducto, producto de trabajo no pagado, plusvalía. Lexis es un hombre extremadamente cauto en la elección de sus expresiones. En ninguna parte dice sin rodeos que la concepción anterior sea la suya; pero, si lo es, está claro como el sol que no tenemos que vérnoslas aquí con uno de aquellos economistas vulgares corrientes de los que él mismo dice que cada uno de ellos, a los ojos de Marx, «en el mejor de los casos no es más que un imbécil sin remedio», sino con un marxista disfrazado de economista vulgar. Si este disfraz se ha producido de forma consciente o inconsciente es una cuestión psicológica que aquí no nos interesa. Quien quiera averiguarlo quizá investigue también cómo fue posible que, en cierta época, un hombre tan inteligente como Lexis lo es sin duda defendiera alguna vez un disparate como el bimetalismo.
El primero que intentó realmente responder a la pregunta fue el Dr. Conrad Schmidt, Die Durchschnittsprofitrate auf Grundlage des Marx’schen Werthgesetzes,7 Dietz, Stuttgart, 1889. Schmidt intenta conciliar los detalles de la formación de los precios de mercado tanto con la ley del valor como con la tasa media de ganancia. El capitalista industrial obtiene en su producto, en primer lugar, la reposición de su capital adelantado y, en segundo lugar, un plusproducto por el que no ha pagado nada. Pero, para obtener ese plusproducto, tiene que adelantar su capital en la producción; es decir, tiene que emplear una cantidad determinada de trabajo objetivado para poder apropiarse de ese plusproducto. Para el capitalista, pues, este capital adelantado suyo es la cantidad de trabajo objetivado socialmente necesaria para procurarle ese plusproducto. Lo mismo vale para cualquier otro capitalista industrial. Ahora bien, como según la ley del valor los productos se intercambian unos por otros en proporción al trabajo socialmente necesario para su producción, y como para el capitalista el trabajo necesario para elaborar su plusproducto es precisamente el trabajo pasado acumulado en su capital, se sigue que los plusproductos se intercambian en proporción a los capitales requeridos para su producción, y no en proporción al trabajo realmente incorporado en ellos. La parte que corresponde a cada unidad de capital es, pues, igual a la suma de todas las plusvalías producidas dividida por la suma de los capitales empleados en ello. Según esto, capitales iguales arrojan en períodos de tiempo iguales ganancias iguales, y esto se consigue cargando el precio de coste del plusproducto así calculado, es decir, la ganancia media, sobre el precio de coste del producto pagado, y vendiendo a este precio aumentado ambos, el producto pagado y el no pagado. La tasa media de ganancia queda establecida, a pesar de que, según cree Schmidt, los precios medios de las distintas mercancías se determinan según la ley del valor.
La construcción es sumamente ingeniosa, está hecha enteramente según el modelo hegeliano, pero tiene en común con la mayoría de las hegelianas que no es correcta. Plusproducto o producto pagado no establece diferencia alguna: si la ley del valor ha de valer directamente también para los precios medios, ambos tienen que venderse en proporción al trabajo socialmente necesario requerido para su elaboración y gastado en ella. La ley del valor se dirige de antemano contra la opinión, heredada del modo de representación capitalista, de que el trabajo pasado acumulado de que se compone el capital no sería solo una suma determinada de valor acabado, sino que, por ser factor de la producción y de la formación de la ganancia, sería también formador de valor y, por tanto, fuente de más valor del que él mismo tiene; establece que esta propiedad solo le corresponde al trabajo vivo. Que los capitalistas esperan ganancias iguales en proporción a la magnitud de sus capitales y que, por tanto, consideran su adelanto de capital como una especie de precio de coste de su ganancia, es cosa sabida. Pero si Schmidt utiliza esta representación para conciliar, por medio de ella, los precios calculados según la tasa media de ganancia con la ley del valor, suprime la propia ley del valor, al incorporar a esta ley, como factor codeterminante, una representación que la contradice totalmente.
O el trabajo acumulado es formador de valor junto al vivo. Entonces no vale la ley del valor.
O no es formador de valor. Entonces la argumentación de Schmidt es incompatible con la ley del valor.
Schmidt se vio llevado a este camino lateral cuando ya estaba muy cerca de la solución, porque creía tener que encontrar una fórmula, matemática a ser posible, que permitiera demostrar la concordancia del precio medio de cada mercancía con la ley del valor. Pero si aquí, muy cerca de la meta, siguió un camino equivocado, el resto del contenido del folleto demuestra con qué comprensión ha sacado conclusiones ulteriores de los dos primeros libros de El capital. A él le corresponde el honor de haber encontrado por su cuenta la explicación correcta, la que da Marx en la sección tercera del libro tercero, de la tendencia descendente de la tasa de ganancia, hasta entonces inexplicable; lo mismo que la derivación de la ganancia comercial a partir de la plusvalía industrial y toda una serie de observaciones sobre el interés y la renta de la tierra con las que se anticipan cosas que Marx desarrolla en las secciones cuarta y quinta del libro tercero.
En un trabajo posterior (Neue Zeit, 1892/93, núms. 3 y 4), Schmidt intenta otro camino de solución. Este se reduce a que es la competencia la que establece la tasa media de ganancia, al hacer que el capital emigre de las ramas de producción con ganancia inferior a otras donde se obtiene una ganancia superior. Que la competencia es la gran igualadora de las ganancias no es nada nuevo. Pero ahora Schmidt intenta demostrar que esta nivelación de las ganancias es idéntica a la reducción del precio de venta de las mercancías producidas en exceso a la medida de valor que la sociedad puede pagar por ellas según la ley del valor. Por qué tampoco esto podía llevar a la meta se desprende suficientemente de las exposiciones de Marx en el propio libro.
Después de Schmidt abordó el problema P. Fireman (Conrads Jahrbücher, tercera serie, III, p. 793). No entro en sus observaciones sobre otros aspectos de la exposición de Marx. Descansan en el malentendido de que Marx quiere definir allí donde desarrolla, y de que en Marx se podrían buscar en general definiciones fijas y acabadas, válidas de una vez para siempre. Se entiende por sí mismo que allí donde las cosas y sus relaciones recíprocas no se conciben como fijas, sino como variables, también sus imágenes mentales, los conceptos, están sometidos igualmente al cambio y a la transformación; que no se los encapsula en definiciones rígidas, sino que se los desarrolla en su proceso histórico o lógico de formación. Con esto quedará claro, supongo, por qué Marx, al comienzo del primer libro, donde parte de la producción simple de mercancías como su presupuesto histórico para llegar luego, desde esa base, al capital, por qué parte precisamente de la mercancía simple y no de una forma conceptual e históricamente secundaria, de la mercancía ya modificada de manera capitalista; cosa que, desde luego, Fireman no logra ver en absoluto. Estas y otras cuestiones accesorias, que aún podrían dar pie a diversas objeciones, preferimos dejarlas de lado y pasamos enseguida al núcleo del asunto. Mientras que la teoría le enseña al autor que, dada la tasa de plusvalía, la plusvalía es proporcional al número de fuerzas de trabajo empleadas, la experiencia le muestra que, dada la tasa media de ganancia, la ganancia es proporcional a la magnitud del capital global empleado. Fireman lo explica diciendo que la ganancia es un fenómeno meramente convencional (lo que para él quiere decir: propio de una formación social determinada, que se sostiene y cae con ella); su existencia está ligada sencillamente al capital; este, si es lo bastante fuerte para imponerse una ganancia, se ve obligado por la competencia a imponerse también una tasa de ganancia igual para todos los capitales. Sin tasa de ganancia igual no es posible precisamente ninguna producción capitalista; presupuesta esta forma de producción, la masa de la ganancia, para cada capitalista individual, solo puede depender, dada la tasa de ganancia, de la magnitud de su capital. Por otro lado, la ganancia consiste en plusvalía, en trabajo no pagado. ¿Y cómo se produce aquí la transformación de la plusvalía, cuya magnitud se rige por la explotación del trabajo, en ganancia, cuya magnitud se rige por la magnitud del capital requerido para ello?
«Sencillamente porque en todas las ramas de producción en las que la relación entre… capital constante y capital variable es mayor, las mercancías se venden por encima de su valor, lo cual significa también que en aquellas ramas de producción en que la relación capital constante : capital variable = c : v es menor, las mercancías se venden por debajo de su valor, y que solo donde la relación c : v representa una determinada magnitud media se enajenan las mercancías a su verdadero valor… ¿Es esta incongruencia de los distintos precios con sus valores respectivos una refutación del principio del valor? En absoluto. Pues, al subir los precios de algunas mercancías por encima del valor en la misma medida en que los precios de otras bajan por debajo del valor, la suma total de los precios sigue siendo igual a la suma total de los valores… “en última instancia” la incongruencia desaparece.» Esta incongruencia es una «perturbación»; «pero en las ciencias exactas no se suele considerar nunca una perturbación calculable como una refutación de una ley».
Compárense con esto los pasajes correspondientes del cap. IX, y se verá que Fireman ha puesto aquí, en efecto, el dedo en el punto decisivo. Pero cuántos eslabones intermedios habrían hecho falta aún, después de este descubrimiento, para que Fireman pudiera elaborar la solución plena y palpable del problema lo demuestra la acogida inmerecidamente fría que tuvo su artículo, tan importante. Por muchos que se interesaran por el problema, todos seguían temiendo quemarse los dedos. Y esto se explica no solo por la forma inacabada en que Fireman dejó su hallazgo, sino también por la innegable deficiencia tanto de su concepción de la exposición de Marx como de su propia crítica general de esta, basada en esa concepción.
Donde hay ocasión de ponerse en ridículo en un asunto difícil, nunca falta el señor profesor Julius Wolf, de Zúrich. Todo el problema, nos cuenta (Conrads Jahrbücher, tercera serie, II, pp. 352 y ss.), se resuelve mediante la plusvalía relativa. La producción de la plusvalía relativa descansa en el aumento del capital constante frente al variable.
«Un plus de capital constante tiene como presupuesto un plus de fuerza productiva de los obreros. Pero como este plus de fuerza productiva (por la vía del abaratamiento de los medios de subsistencia) trae consigo un plus de plusvalía, queda establecida la relación directa entre una plusvalía creciente y una participación creciente del capital constante en el capital global. Un más de capital constante acredita un más de fuerza productiva del trabajo. Con un capital variable que permanece igual y un capital constante que crece, la plusvalía tiene, por tanto, que aumentar, de acuerdo con Marx. Esta era la cuestión que se nos había planteado.»
Es verdad que Marx dice en cien lugares del primer libro exactamente lo contrario; es verdad que la afirmación de que, según Marx, la plusvalía relativa aumenta, con un capital variable que disminuye, en la proporción en que aumenta el capital constante, es de un carácter asombroso que se burla de toda expresión parlamentaria; es verdad que el señor Julius Wolf demuestra en cada línea que no ha entendido, ni relativa ni absolutamente, lo más mínimo ni de la plusvalía absoluta ni de la relativa; es verdad que él mismo dice:
«a primera vista, uno parece encontrarse aquí realmente en un nido de incongruencias»,
lo cual, dicho sea de paso, es la única palabra verdadera de todo su artículo. Pero ¿qué importa todo eso? El señor Julius Wolf está tan orgulloso de su genial descubrimiento que no puede dejar de tributar por él a Marx elogios póstumos y de ensalzar este insondable disparate suyo como una
«nueva prueba de la agudeza y la clarividencia con que está trazado su» (de Marx) «sistema crítico de la economía capitalista».
Pero todavía hay algo mejor: el señor Wolf dice:
«Ricardo afirmó tanto: igual inversión de capital, igual plusvalía (ganancia), como: igual inversión de trabajo, igual plusvalía (en cuanto a la masa). Y la cuestión era entonces: ¿cómo se compagina lo uno con lo otro? Pero Marx no ha reconocido la cuestión en esta forma. Ha demostrado sin duda alguna (en el tercer libro) que la segunda afirmación no es consecuencia incondicional de la ley del valor, que incluso contradice su ley del valor y que, por tanto… debe rechazarse directamente.»
Y a continuación examina quién de los dos se ha equivocado, si yo o Marx. Que es él quien anda extraviado, eso naturalmente no se le ocurre.
Sería ofender a mis lectores y desconocer por completo lo cómico de la situación si dedicara una sola palabra a este pasaje magnífico. Solo añado esto: con la misma audacia con que ya entonces podía decir lo que «Marx ha demostrado sin duda alguna en el tercer libro», aprovecha la ocasión para referir un supuesto chisme de profesores según el cual el citado escrito de Conrad Schmidt habría sido «directamente inspirado por Engels». ¡Señor Julius Wolf! En el mundo en que usted vive y se mueve puede que sea costumbre que el hombre que plantea públicamente un problema a otros dé a conocer en secreto la solución a sus amigos particulares. Que usted es capaz de ello, se lo creo de buen grado. Que en el mundo en que yo me muevo no hace falta rebajarse a tales miserias se lo demuestra a usted el presente prólogo. —
Apenas había muerto Marx cuando el señor Achille Loria8 publicó a toda prisa un artículo sobre él en la Nuova Antologia (abril de 1883): primero, una biografía plagada de datos falsos; después, una crítica de su actividad pública, política y literaria. La concepción materialista de la historia de Marx se falsea y se tergiversa aquí con un aplomo que deja adivinar un gran propósito. Y ese propósito se ha alcanzado: en 1886, el mismo señor Loria publicó un libro, La teoria economica della costituzione politica,9 en el que anuncia al mundo asombrado, como invención suya, la teoría de la historia de Marx, tan completa e intencionadamente desfigurada en 1883. Es verdad que la teoría de Marx queda aquí rebajada a un nivel bastante filisteo; también es verdad que los testimonios y ejemplos históricos están plagados de pifias que no se le pasarían a ningún colegial; pero ¿qué importa todo eso? El descubrimiento de que siempre y en todas partes las situaciones y los acontecimientos políticos encuentran su explicación en las situaciones económicas correspondientes no lo hizo, como queda así demostrado, Marx en el año 1845, sino el señor Loria en 1886. Por lo menos, eso se lo ha hecho creer felizmente a sus compatriotas y, desde que su libro apareció en francés, también a algunos franceses, y ahora puede pavonearse por Italia como autor de una nueva teoría de la historia que hace época, hasta que los socialistas de allí encuentren tiempo para arrancarle al illustre Loria las plumas de pavo real robadas.
Pero esto no es más que una pequeña muestra de la manera del señor Loria. Nos asegura que todas las teorías de Marx descansan en un sofisma consciente (un consaputo sofisma); que Marx no retrocedía ante los paralogismos ni siquiera cuando los reconocía como tales (sapendoli tali), etc. Y después de haber inculcado a sus lectores lo necesario con toda una serie de patrañas igual de vulgares, para que tengan a Marx por un arribista à la Loria que monta sus pequeños efectos con los mismos pequeños y podridos recursos de charlatán que nuestro profesor de Padua, ahora puede revelarles un importante secreto, y con ello nos devuelve también a nosotros a la tasa de ganancia.
El señor Loria dice: según Marx, la masa de plusvalía producida en una empresa industrial capitalista (que el señor Loria identifica aquí con la ganancia) debe regirse por el capital variable empleado en ella, puesto que el capital constante no arroja ganancia alguna. Pero esto contradice la realidad. Pues en la práctica la ganancia no se rige por el capital variable, sino por el capital global. Y el propio Marx lo comprende (I, cap. XI) y admite que, en apariencia, los hechos contradicen su teoría. Pero ¿cómo resuelve la contradicción? Remite a sus lectores a un tomo siguiente, todavía no publicado. De este tomo, Loria ya les había dicho antes a sus lectores que no creía que Marx hubiera pensado ni por un momento en escribirlo, y ahora exclama triunfante:
«No sin razón he afirmado, pues, que este segundo tomo, con el que Marx amenaza continuamente a sus adversarios sin que llegue a aparecer nunca, que este tomo bien podría haber sido un astuto expediente al que Marx recurría allí donde se le acababan los argumentos científicos (un ingegnoso spediente ideato dal Marx a sostituzione degli argomenti scientifici).»
Y quien ahora no esté convencido de que Marx está a la misma altura de la charlatanería científica que l’illustre Loria, ese no tiene remedio.
Esto es, pues, lo que hemos aprendido: según el señor Loria, la teoría de la plusvalía de Marx es absolutamente incompatible con el hecho de la tasa general de ganancia igual. Entonces apareció el segundo libro y, con él, mi pregunta, formulada públicamente, precisamente sobre este mismo punto. Si el señor Loria hubiera sido uno de nosotros, los alemanes cortos de entendederas, se habría visto en cierto aprieto. Pero es un meridional desenvuelto, viene de un clima cálido donde, como puede afirmar, la desfachatez es en cierto modo una condición natural. La cuestión de la tasa de ganancia está planteada públicamente. El señor Loria la ha declarado públicamente insoluble. Y precisamente por eso va a superarse ahora a sí mismo resolviéndola públicamente.
Este milagro ocurre en los Conrads Jahrbücher, nueva serie, vol. XX, pp. 272 y ss., en un artículo sobre el escrito de Conrad Schmidt antes mencionado. Después de haber aprendido de Schmidt cómo se forma la ganancia comercial, de pronto lo ve todo claro.
«Ahora bien, como la determinación del valor por el tiempo de trabajo da una ventaja a los capitalistas que invierten una parte mayor de su capital en salarios, el capital improductivo» (quiere decir: comercial) «puede arrancar a estos capitalistas privilegiados un interés más alto» (quiere decir: ganancia) «y producir la igualdad entre los distintos capitalistas industriales… Así, por ejemplo, si los capitalistas industriales A, B, C emplean en la producción 100 jornadas de trabajo cada uno y, respectivamente, 0, 100 y 200 de capital constante, y el salario de 100 jornadas de trabajo contiene en sí 50 jornadas de trabajo, cada capitalista obtiene una plusvalía de 50 jornadas de trabajo, y la tasa de ganancia es del 100 % para el primero, del 33,3 % para el segundo y del 20 % para el tercer capitalista. Pero si un cuarto capitalista, D, acumula un capital improductivo de 300 que exige un interés» (ganancia) «del valor de 40 jornadas de trabajo de A y un interés de 20 jornadas de trabajo de B, la tasa de ganancia de los capitalistas A y B bajará al 20 %, como la de C, y D, con un capital de 300, obtendrá una ganancia de 60, es decir, una tasa de ganancia del 20 %, como los demás capitalistas.»
Con tan sorprendente habilidad, en un abrir y cerrar de ojos, resuelve l’illustre Loria la misma cuestión que diez años antes había declarado insoluble. Por desgracia, no nos ha revelado el secreto de dónde obtiene el «capital improductivo» el poder no solo de arrancar a los industriales esa ganancia extraordinaria suya, que excede la tasa media de ganancia, sino también de guardársela en el bolsillo, exactamente igual que el propietario de la tierra se embolsa como renta de la tierra la ganancia excedente del arrendatario. En efecto, según esto, los comerciantes cobrarían a los industriales un tributo enteramente análogo a la renta de la tierra y establecerían así la tasa media de ganancia. Ciertamente, el capital de comercio es un factor muy esencial en el establecimiento de la tasa general de ganancia, como sabe casi todo el mundo. Pero solo un aventurero literario a quien en el fondo de su corazón le importa un comino toda la economía puede permitirse la afirmación de que posee el poder mágico de absorber toda la plusvalía que excede la tasa general de ganancia, y ello incluso antes de que esta se haya establecido, y de convertirla en renta de la tierra para sí mismo, y eso, encima, sin necesitar para ello propiedad territorial alguna. No menos asombrosa es la afirmación de que el capital de comercio consigue descubrir a aquellos industriales cuya plusvalía cubre justamente la tasa media de ganancia, y tiene a honra aliviar un tanto la suerte de estas desdichadas víctimas de la ley del valor de Marx vendiéndoles sus productos gratis, incluso sin comisión alguna. ¡Qué prestidigitador hace falta ser para figurarse que Marx necesitaba tan miserables jugarretas!
Pero nuestro illustre Loria no brilla en toda su gloria hasta que lo comparamos con sus competidores nórdicos, por ejemplo con el señor Julius Wolf, que tampoco ha nacido ayer. ¡Qué pequeño gozque parece este, incluso en su grueso libro sobre Sozialismus und kapitalistische Gesellschaftsordnung,10 al lado del italiano! ¡Qué torpe, casi estaría tentado de decir qué modesto, aparece al lado de la noble osadía con que el maestro da por sentado que Marx, ni más ni menos que todas las demás personas, era un sofista, paralogista, fanfarrón y charlatán de feria exactamente tan consciente como el propio señor Loria; que Marx, cada vez que se atasca, le cuenta patrañas al público sobre la conclusión de su teoría en un tomo siguiente que, como él mismo sabe muy bien, ni puede ni quiere entregar! Desvergüenza ilimitada, unida a una habilidad de anguila para escurrirse de situaciones imposibles, desprecio heroico de los puntapiés recibidos, apropiación rápida de las aportaciones ajenas, charlatanería importuna de la publicidad, organización de la fama por medio del compadreo de camarilla: ¿quién le llega a la suela del zapato en todo esto?
Italia es el país de lo clásico. Desde la gran época en que despuntó en ella la aurora del mundo moderno, ha producido caracteres grandiosos de una perfección clásica inigualada, desde Dante hasta Garibaldi. Pero también la época de la humillación y de la dominación extranjera le dejó máscaras de carácter clásicas, entre ellas dos tipos especialmente cincelados: el Sganarelle y el Dulcamara. La unidad clásica de ambos la vemos encarnada en nuestro illustre Loria.
Para terminar, tengo que llevar a mis lectores al otro lado del océano. En Nueva York, el señor doctor en medicina George C. Stiebeling también ha encontrado una solución del problema, y por cierto una solución sumamente sencilla. Tan sencilla que nadie, ni a este ni al otro lado, quiso reconocerla; lo cual le enfureció mucho y le llevó a quejarse amarguísimamente de esta injusticia en una serie interminable de folletos y artículos de periódico a ambos lados del gran charco. En la Neue Zeit se le dijo, es cierto, que toda su solución descansaba en un error de cálculo. Pero eso no podía perturbarle; también Marx cometió errores de cálculo y, sin embargo, tiene razón en muchas cosas. Veamos, pues, la solución de Stiebeling.
«Supongo dos fábricas que trabajan con igual capital durante igual tiempo, pero con una proporción distinta de capital constante y capital variable. El capital global (c + v) lo pongo = y, y designo con x la diferencia en la proporción del capital constante con el variable. En la fábrica I, y = c + v; en la fábrica II, y = (c − x) + (v + x). La tasa de plusvalía es, por tanto, en la fábrica I = p/v, y en la fábrica II = p/(v + x). Llamo ganancia (g) a la plusvalía global (p) en que se incrementa el capital global y, o c + v, en el tiempo dado, es decir, g = p. La tasa de ganancia es, por consiguiente, en la fábrica I = g/y o p/(c + v), y en la fábrica II, igualmente, g/y o p/((c − x) + (v + x)), es decir, igualmente = p/(c + v). El… problema se resuelve, pues, de tal modo que, sobre la base de la ley del valor, con empleo de igual capital y de igual tiempo, pero de cantidades desiguales de trabajo vivo, de la variación de la tasa de plusvalía resulta una tasa media de ganancia igual.»11 (G. C. Stiebeling, Das Werthgesetz und die Profitrate,12 Nueva York, John Heinrich.)
Por bonito y convincente que sea el cálculo anterior, nos vemos, sin embargo, obligados a hacer una pregunta al señor doctor Stiebeling: ¿cómo sabe que la suma de plusvalía que produce la fábrica I es exactamente igual a la suma de plusvalía generada en la fábrica II? De c, v, y y x, es decir, de todos los demás factores del cálculo, nos dice expresamente que tienen la misma magnitud para ambas fábricas, pero de p, ni una palabra. Pero del hecho de que designe algebraicamente con p las dos cantidades de plusvalía que aparecen aquí no se sigue eso en modo alguno. Es más bien, puesto que el señor Stiebeling identifica también sin más la ganancia g con la plusvalía, justamente lo que hay que demostrar. Ahora bien, solo hay dos casos posibles: o las dos p son iguales, cada fábrica produce la misma cantidad de plusvalía y, por tanto, con igual capital global, también la misma cantidad de ganancia, y entonces el señor Stiebeling ha presupuesto de antemano lo que aún tiene que demostrar. O bien una fábrica produce una suma mayor de plusvalía que la otra, y entonces todo su cálculo se viene abajo.
El señor Stiebeling no ha escatimado ni esfuerzos ni gastos para levantar sobre este error de cálculo suyo montañas enteras de cálculos y exhibirlas ante el público. Puedo darle la tranquilizadora seguridad de que casi todos ellos son igualmente incorrectos y de que, allí donde excepcionalmente no es así, demuestran algo enteramente distinto de lo que él quiere demostrar. Así, de la comparación de los informes del censo norteamericano de 1870 y 1880 demuestra de hecho la caída de la tasa de ganancia, pero la explica de forma totalmente falsa y cree tener que corregir mediante la práctica la teoría de Marx de una tasa de ganancia estable, siempre igual a sí misma. Ahora bien, de la sección tercera del presente libro tercero se desprende que esa «tasa de ganancia fija» de Marx es una pura quimera, y que la tendencia descendente de la tasa de ganancia descansa en causas diametralmente opuestas a las indicadas por el Dr. Stiebeling. El señor Dr. Stiebeling tiene sin duda muy buena intención, pero quien quiera ocuparse de cuestiones científicas tiene que aprender ante todo a leer los escritos que quiere utilizar tal como el autor los ha escrito y, sobre todo, sin meter en ellos cosas que no dicen.
Resultado de toda la investigación: también en lo que se refiere a la cuestión presente, es de nuevo solo la escuela de Marx la que ha conseguido algo. Fireman y Conrad Schmidt, si leen este tercer libro, pueden estar del todo satisfechos de sus propios trabajos, cada uno en su parte.
Londres, 4 de octubre de 1894
F. Engels
Complemento y suplemento al libro III de El capital
Escrito en 1895. La primera parte se publicó por primera vez, poco después de la muerte de Engels, en Die Neue Zeit, 1895-1896, núms. 1 y 2; la segunda, un esbozo que quedó sin desarrollar, se da según el manuscrito.
El libro tercero de El capital, desde que está sometido al juicio público, recibe ya interpretaciones múltiples y diversas. No cabía esperar otra cosa. Al editarlo, lo que más me importaba era establecer un texto lo más auténtico posible, presentar los resultados recién obtenidos por Marx en lo posible con las propias palabras de Marx, intervenir yo solo donde era absolutamente inevitable, y aun entonces no dejar al lector ninguna duda sobre quién le habla. Se me ha censurado por ello; se ha pensado que habría debido transformar el material que tenía delante en un libro elaborado sistemáticamente, en faire un livre, como dicen los franceses; en otras palabras, sacrificar la autenticidad del texto a la comodidad del lector. Pero no era así como yo había entendido mi tarea. Para semejante reelaboración me faltaba todo derecho; un hombre como Marx tiene derecho a ser oído él mismo, a transmitir a la posteridad sus descubrimientos científicos en la plena autenticidad de su propia exposición. Además, me faltaban todas las ganas de meter mano de ese modo, pues así tenía que verlo, en el legado de un hombre tan superior; me habría parecido una deslealtad. Y, en tercer lugar, habría sido completamente inútil. Para la gente que no sabe o no quiere leer, que ya con el primer libro se tomó más trabajo en entenderlo mal del que hacía falta para entenderlo bien, para esa gente es de todo punto inútil tomarse molestia alguna. Pero para aquellos a quienes les importa una comprensión real, lo más importante era precisamente el texto original mismo; para ellos, mi reelaboración habría tenido a lo sumo el valor de un comentario, y encima de un comentario de algo inédito e inaccesible. En la primera controversia habría habido que recurrir de todos modos al texto original, y en la segunda y la tercera su publicación in extenso habría sido ineludible.
Tales controversias son, desde luego, naturales en una obra que trae tantas cosas nuevas, y además solo en una primera elaboración rápidamente esbozada y en parte llena de lagunas. Y aquí mi intervención sí puede ser útil para eliminar dificultades de comprensión, para poner más en primer plano puntos de vista importantes cuyo significado no resalta con bastante fuerza en el texto, y para añadir al texto escrito en 1865 algunos complementos más importantes que lo pongan al día del estado de cosas de 1895. De hecho, hay ya dos puntos sobre los que me parece necesaria una breve explicación.
I. Ley del valor y tasa de ganancia
Era de esperar que la solución de la aparente contradicción entre estos dos factores daría lugar a debates, tanto después como antes de la publicación del texto de Marx. Más de uno se había preparado para un milagro completo y se encuentra decepcionado porque, en lugar del esperado abracadabra, tiene ante sí una mediación de la oposición sencilla y racional, prosaica y sobria. El más alegremente decepcionado es, naturalmente, el conocido illustre Loria. Este ha encontrado por fin el punto de apoyo de la palanca de Arquímedes desde el que incluso un duendecillo de su calibre puede levantar por los aires y hacer saltar en pedazos el sólido edificio gigantesco de Marx. ¡Cómo!, exclama indignado, ¿eso ha de ser una solución? ¡Si es una pura mistificación! Los economistas, cuando hablan de valor, hablan del valor que se establece efectivamente en el intercambio.
«Pero ocuparse de un valor al que las mercancías ni se venden ni pueden venderse nunca (nè possono vendersi mai), eso no lo ha hecho jamás ningún economista que tenga una pizca de sentido común, ni lo hará… Cuando Marx afirma que el valor al que las mercancías nunca se venden está determinado en proporción al trabajo contenido en ellas, ¿qué otra cosa hace sino repetir en forma invertida la tesis de los economistas ortodoxos de que el valor al que se venden las mercancías no guarda proporción con el trabajo empleado en ellas?… De nada sirve tampoco que Marx diga que, a pesar de la desviación de los precios individuales respecto de los valores individuales, el precio total de todas las mercancías coincide siempre con su valor total o con la cantidad de trabajo contenida en la masa total de las mercancías. Pues como el valor no es otra cosa que la relación en que una mercancía se intercambia por otra, ya la mera idea de un valor total es un absurdo, un disparate… una contradictio in adjecto.»
Justo al comienzo de la obra, dice, afirma Marx que el intercambio solo puede equiparar dos mercancías en virtud de un elemento contenido en ellas, de igual especie e igual magnitud, a saber, la cantidad igual de trabajo contenida en ellas. Y ahora se desmentiría a sí mismo de la manera más solemne al asegurar que las mercancías se intercambian en una proporción completamente distinta de la de la cantidad de trabajo contenida en ellas.
«¿Cuándo se ha dado jamás una reducción al absurdo tan completa, una bancarrota teórica mayor? ¿Cuándo se ha cometido jamás un suicidio científico con mayor pompa y mayor solemnidad?» (Nuova Antologia, 1 de febrero de 1895, pp. 477, 478, 479.)
Como se ve, nuestro Loria está que no cabe en sí de gozo. ¿No tenía razón al tratar a Marx como a uno de los suyos, como a un vulgar charlatán? Ahí lo tenéis: Marx se burla de su público exactamente igual que Loria, vive de mistificaciones exactamente igual que el más pequeño profesor italiano de economía. Pero mientras que Dulcamara puede permitírselo porque conoce su oficio, el torpe nórdico Marx incurre en una torpeza tras otra, comete disparates y absurdos, de modo que al final no le queda otra salida que el suicidio solemne.
Dejemos para más adelante la afirmación de que las mercancías nunca se han vendido ni pueden venderse nunca a los valores determinados por el trabajo. Atengámonos aquí solo a la aseveración del señor Loria de que
«el valor no es otra cosa que la relación en que una mercancía se intercambia por otra, y de que, según esto, ya la mera idea de un valor total de las mercancías es un absurdo, un disparate, etc.».
La relación en que se intercambian dos mercancías, su valor, es, pues, algo puramente casual, algo que les ha venido a las mercancías volando desde fuera, que hoy puede ser así y mañana de otro modo. Que un quintal métrico de trigo se intercambie por un gramo o por un kilogramo de oro no depende en lo más mínimo de condiciones inherentes a ese trigo o a ese oro, sino de circunstancias totalmente ajenas a ambos. Pues, de lo contrario, esas condiciones tendrían que hacerse valer también en el intercambio, dominarlo en líneas generales y tener también una existencia independiente al margen del intercambio, de modo que pudiera hablarse de un valor global de las mercancías. Eso es un disparate, dice el illustre Loria. Sea cual sea la proporción en que se intercambien dos mercancías, esa es su valor, y punto. El valor es, pues, idéntico al precio, y cada mercancía tiene tantos valores como precios pueda alcanzar. Y el precio se determina por la demanda y la oferta, y quien siga preguntando es un necio si espera respuesta.
Pero la cosa tiene, sin embargo, un pequeño inconveniente. En la situación normal, la demanda y la oferta coinciden. Dividamos, pues, todas las mercancías existentes en el mundo en dos mitades: el grupo de la demanda y el de la oferta, de igual magnitud. Supongamos que cada uno representa un precio de 1.000 miles de millones de marcos, francos, libras esterlinas o lo que sea. Eso hace en total, según Adam Riese, un precio o valor de 2.000 miles de millones. Disparate, absurdo, dice el señor Loria. Los dos grupos pueden representar juntos un precio de 2.000 miles de millones. Pero con el valor es distinto. Si decimos precio, 1.000 + 1.000 = 2.000. Pero si decimos valor, 1.000 + 1.000 = 0. Al menos en este caso, en que se trata de la totalidad de las mercancías. Pues aquí la mercancía de cada uno de los dos solo vale 1.000 miles de millones porque cada uno de ellos quiere y puede dar esa suma por la mercancía del otro. Pero si reunimos la totalidad de las mercancías de ambos en manos de un tercero, el primero ya no tiene valor alguno en la mano, el otro tampoco, y el tercero menos todavía: al final, nadie tiene nada. Y admiramos una vez más la superioridad con que nuestro Cagliostro13 meridional ha zarandeado de tal modo el concepto de valor que no ha quedado de él ni el más mínimo rastro. ¡Esta es la consumación de la economía vulgar!14
En el Archiv für soziale Gesetzgebung de Braun, VII, cuaderno 4, Werner Sombart15 da una exposición, excelente en su conjunto, de las líneas generales del sistema de Marx. Es la primera vez que un profesor universitario alemán consigue ver en conjunto en los escritos de Marx lo que Marx dijo realmente, que declara que la crítica del sistema de Marx no puede consistir en una refutación —«de eso, que se ocupe el arribista político»—, sino solo en un desarrollo ulterior. También Sombart, como se comprende, se ocupa de nuestro tema. Examina la cuestión de qué significado tiene el valor en el sistema de Marx y llega a los resultados siguientes: el valor no se manifiesta en la relación de intercambio de las mercancías producidas de manera capitalista; no vive en la consciencia de los agentes capitalistas de la producción; no es un hecho empírico, sino un hecho mental, lógico; el concepto de valor en su determinación material no es en Marx otra cosa que la expresión económica del hecho de la fuerza productiva social del trabajo como base de la existencia económica; la ley del valor domina en última instancia los procesos económicos en un orden económico capitalista y tiene, para este orden económico, de modo totalmente general, el contenido siguiente: el valor de las mercancías es la forma específicamente histórica en que se impone de manera determinante la fuerza productiva del trabajo, que en última instancia domina todos los procesos económicos. — Hasta aquí Sombart; no puede decirse de esta concepción del significado de la ley del valor para la forma de producción capitalista que sea incorrecta. Pero sí me parece demasiado amplia, susceptible de una formulación más estrecha y precisa; a mi juicio, no agota en modo alguno todo el significado de la ley del valor para las fases de desarrollo económico de la sociedad dominadas por esta ley.
En el Sozialpolitisches Zentralblatt de Braun del 25 de febrero de 1895, núm. 22, se encuentra un artículo, igualmente excelente, de Conrad Schmidt sobre el tomo 3 de El capital. Hay que destacar aquí especialmente la demostración de que la derivación de la ganancia media a partir de la plusvalía en Marx da por primera vez una respuesta a la pregunta, que la economía anterior ni siquiera había planteado, de cómo se determina la cuantía de esta tasa media de ganancia y por qué es, digamos, del 10 o el 15 % y no del 50 o el 100 %. Desde que sabemos que la plusvalía apropiada de primera mano por el capitalista industrial es la fuente única y exclusiva de la que manan la ganancia y la renta de la tierra, esta cuestión se resuelve por sí sola. Esta parte del artículo de Schmidt podría haberse escrito directamente para economistas à la Loria, si no fuera un esfuerzo inútil abrir los ojos a los que no quieren ver.
También Schmidt tiene sus reparos formales respecto de la ley del valor. La llama una hipótesis científica, formulada para explicar el proceso de intercambio efectivo, que también frente a los fenómenos de los precios de competencia, que en apariencia la contradicen por completo, se acredita como el necesario punto de partida teórico, como esclarecedora e ineludible; sin la ley del valor cesa también, a su juicio, toda comprensión teórica del engranaje económico de la realidad capitalista. Y en una carta privada que me permite citar, Schmidt declara que la ley del valor, dentro de la forma de producción capitalista, es lisa y llanamente una ficción, aunque teóricamente necesaria. — Pero esta concepción no es acertada en absoluto, a mi juicio. La ley del valor tiene para la producción capitalista un significado mucho mayor y más determinado que el de una mera hipótesis, por no hablar de una ficción, por necesaria que sea.
Tanto en Sombart como en Schmidt —al illustre Loria solo lo traigo a colación como divertido contraste económico-vulgar— no se tiene suficientemente en cuenta que aquí no se trata solo de un proceso puramente lógico, sino de un proceso histórico y de su reflejo explicativo en el pensamiento, del seguimiento lógico de sus conexiones internas.
El pasaje decisivo se encuentra en Marx, III, I, p. 154:16 «Toda la dificultad proviene de que las mercancías no se intercambian simplemente como mercancías, sino como productos de capitales que, en proporción a su magnitud, o a igual magnitud, reclaman igual participación en la masa global de la plusvalía». Para ilustrar esta diferencia se supone entonces que los obreros están en posesión de sus medios de producción, trabajan por término medio el mismo tiempo y con la misma intensidad, e intercambian sus mercancías directamente entre sí. En tal caso, dos obreros habrían añadido en un día a su producto, mediante su trabajo, la misma cantidad de valor nuevo, pero el producto de cada uno tendría distinto valor según el trabajo ya incorporado anteriormente en los medios de producción. Esta última parte de valor representaría el capital constante de la economía capitalista; la parte del valor nuevo añadido empleada en los medios de subsistencia del obrero, el capital variable; la parte del valor nuevo que todavía queda, la plusvalía, que aquí pertenecería, pues, al obrero. Ambos obreros obtendrían, por tanto, después de descontar la reposición de la parte de valor «constante», que ellos solo han adelantado, valores iguales; pero la relación entre la parte que representa la plusvalía y el valor de los medios de producción —lo que correspondería a la tasa capitalista de ganancia— sería distinta en uno y otro. Pero como cada uno de ellos obtiene repuesto en el intercambio el valor de los medios de producción, esta sería una circunstancia completamente indiferente. «El intercambio de las mercancías a sus valores, o aproximadamente a sus valores, requiere, pues, un grado mucho más bajo que el intercambio a precios de producción, para el cual es necesario un determinado nivel de desarrollo capitalista… Prescindiendo del dominio de los precios y del movimiento de los precios por la ley del valor, es, pues, completamente adecuado considerar los valores de las mercancías no solo teórica, sino también históricamente, como el prius de los precios de producción. Esto vale para situaciones en las que los medios de producción pertenecen al obrero, y esta situación se da, tanto en el mundo antiguo como en el moderno, en el campesino propietario de la tierra que trabaja él mismo y en el artesano. Esto concuerda también con nuestra opinión, expresada anteriormente, de que el desarrollo de los productos hasta convertirse en mercancías surge del intercambio entre distintas comunidades, no entre los miembros de una misma comunidad. Lo mismo que para esta situación originaria, vale también para las situaciones posteriores, basadas en la esclavitud y la servidumbre de la gleba, y para la organización gremial del artesanado, mientras los medios de producción inmovilizados en cada rama de producción solo puedan trasladarse con dificultad de una esfera a otra y las distintas esferas se comporten, por tanto, unas respecto de otras como países extranjeros o comunidades comunistas.» (Marx, III, I, pp. 155, 156.)
Si Marx hubiera llegado a revisar de nuevo el libro tercero, sin duda habría desarrollado bastante más este pasaje. Tal como está, solo da el contorno esbozado de lo que hay que decir sobre el punto en cuestión. Detengámonos, pues, algo más en él.
Todos sabemos que en los comienzos de la sociedad los productos los consumen los propios productores, y que estos productores están organizados de manera espontánea en comunidades organizadas de forma más o menos comunista; que el intercambio del excedente de estos productos con extraños, que inicia la transformación de los productos en mercancías, es de fecha posterior, se produce al principio solo entre comunidades de tribus distintas, pero más tarde se impone también dentro de la comunidad y contribuye esencialmente a su disolución en grupos familiares mayores o menores. Pero aun después de esta disolución, los cabezas de familia que intercambian siguen siendo campesinos que trabajan, que producen casi todo lo que necesitan con ayuda de su familia en su propia hacienda y que solo adquieren de fuera una pequeña parte de los objetos que necesitan a cambio de producto propio excedente. La familia no solo practica la agricultura y la ganadería, sino que también elabora sus productos hasta convertirlos en artículos de consumo acabados; todavía muele en algunos lugares ella misma con el molino de mano, cuece el pan, hila, tiñe, teje el lino y la lana, curte el cuero, levanta y repara edificios de madera, fabrica herramientas y utensilios, y no pocas veces hace trabajos de carpintería y de herrería; de modo que la familia o grupo familiar se basta en lo principal a sí mismo.
Lo poco que una familia así tiene que obtener de otros por intercambio o compra consistía, incluso hasta comienzos del siglo XIX en Alemania, sobre todo en objetos de producción artesanal, es decir, en cosas cuyo modo de fabricación no le era en absoluto ajeno al campesino y que este no producía él mismo solo porque o bien la materia prima no le era accesible, o bien el artículo comprado era mucho mejor o muchísimo más barato. Al campesino de la Edad Media le era, pues, bastante bien conocido el tiempo de trabajo requerido para fabricar los objetos que obtenía por intercambio. El herrero y el carretero del pueblo trabajaban a la vista de él; lo mismo el sastre y el zapatero, que todavía en mi juventud iban de casa en casa, por turno, entre nuestros campesinos renanos, y convertían en vestidos y zapatos las telas fabricadas por ellos mismos. Tanto el campesino como la gente a la que compraba eran ellos mismos trabajadores; los artículos intercambiados eran los productos propios de cada uno. ¿Qué habían gastado en la fabricación de estos productos? Trabajo y solo trabajo: para reponer las herramientas, para producir la materia prima, para elaborarla, no habían gastado nada más que su propia fuerza de trabajo; ¿cómo podían, pues, intercambiar estos productos suyos por los de otros productores que trabajaban de otro modo que en proporción al trabajo empleado en ellos? No solo era el tiempo de trabajo empleado en estos productos la única medida adecuada para la determinación cuantitativa de las magnitudes que había que intercambiar; es que no era posible ninguna otra. ¿O se cree que el campesino y el artesano eran tan tontos como para dar el producto de diez horas de trabajo de uno a cambio del de una sola hora de trabajo del otro? Para todo el período de la economía natural campesina no es posible otro intercambio que aquel en que las cantidades de mercancías intercambiadas tienden a medirse cada vez más por las cantidades de trabajo incorporadas en ellas. Desde el momento en que el dinero penetra en este modo de economía, la tendencia a la adaptación a la ley del valor (¡en la formulación de Marx, nota bene!) se hace, por un lado, todavía más pronunciada, pero, por otro, se ve ya también quebrada por las intromisiones del capital usurario y de la expoliación fiscal; los períodos en los que los precios se aproximan por término medio a los valores hasta una magnitud despreciable se hacen ya más largos.
Lo mismo vale para el intercambio entre los productos campesinos y los de los artesanos urbanos. Al principio se produce directamente, sin la mediación del comerciante, en los días de mercado de las ciudades, en los que el campesino vende y hace sus compras. También aquí no solo le son conocidas al campesino las condiciones de trabajo del artesano, sino también al artesano las del campesino. Pues él mismo es todavía en parte campesino; no solo tiene huerto y frutales, sino también muy a menudo un trocito de campo, una o dos vacas, cerdos, aves de corral, etc. La gente de la Edad Media estaba así en condiciones de calcular cada uno al otro, con bastante exactitud, los costes de producción en materia prima, materias auxiliares y tiempo de trabajo, por lo menos en lo que se refería a los artículos de uso general y diario.
Pero ¿cómo había de calcularse, para este intercambio según la medida de la cantidad de trabajo, esta última, aunque fuera solo de manera indirecta y relativa, tratándose de productos que exigían un trabajo más largo, interrumpido a intervalos irregulares, de rendimiento incierto, por ejemplo el grano o el ganado? ¿Y eso, encima, entre gente que no sabía contar? Evidentemente, solo mediante un largo proceso de aproximación en zigzag, que a menudo avanzaba a tientas en la oscuridad, en el que, como en otras cosas, solo se escarmentaba a fuerza de pagarlo. Pero la necesidad de que cada uno, en líneas generales, cubriera sus gastos volvía a llevar siempre en la dirección correcta, y el escaso número de clases de objetos que entraban en el tráfico, así como el modo de producción de estos, a menudo estable durante siglos, facilitaban alcanzar la meta. Y que no tardó tanto en quedar establecida de manera bastante aproximada la magnitud relativa del valor de estos productos lo demuestra el solo hecho de que la mercancía en la que esto parece más difícil, por el largo tiempo de producción de cada pieza, el ganado, se convirtió en la primera mercancía dineraria reconocida de manera bastante general. Para conseguirlo, el valor del ganado, su relación de intercambio con toda una serie de otras mercancías, tenía que haber alcanzado ya una fijación relativamente inusual, reconocida sin contradicción en el territorio de numerosas tribus. Y la gente de entonces era sin duda lo bastante lista —tanto los ganaderos como sus clientes— para no regalar en el intercambio, sin equivalente, el tiempo de trabajo que habían gastado. Al contrario: cuanto más cerca está la gente del estado originario de la producción de mercancías —rusos y orientales, por ejemplo—, tanto más tiempo derrochan todavía hoy en arrancar, mediante un largo y tenaz regateo, la plena compensación del tiempo de trabajo empleado en un producto.
Partiendo de esta determinación del valor por el tiempo de trabajo se desarrolló entonces toda la producción de mercancías y, con ella, las múltiples relaciones en las que se hacen valer los distintos aspectos de la ley del valor, tal como se exponen en la sección primera del libro primero de El capital; es decir, en particular, las condiciones bajo las cuales únicamente el trabajo es formador de valor. Y se trata, por cierto, de condiciones que se imponen sin que los participantes cobren consciencia de ellas, y que solo pueden abstraerse de la práctica cotidiana mediante una laboriosa investigación teórica; que actúan, pues, a la manera de leyes naturales, como Marx ha demostrado también que se sigue necesariamente de la naturaleza de la producción de mercancías. El progreso más importante y de mayor alcance fue el paso al dinero metálico, que tuvo también, sin embargo, la consecuencia de que la determinación del valor por el tiempo de trabajo dejara de aparecer visiblemente en la superficie del intercambio de mercancías. El dinero se convirtió, para la concepción práctica, en el medidor decisivo del valor, y ello tanto más cuanto más variadas se hacían las mercancías que entraban en el comercio, cuanto más procedían de países lejanos y cuanto menos podía controlarse, por tanto, el tiempo de trabajo necesario para producirlas. Al fin y al cabo, el dinero mismo venía al principio casi siempre de fuera; y aun cuando se obtuvo metal precioso en el propio país, el campesino y el artesano, en parte, no estaban en condiciones de estimar aproximadamente el trabajo empleado en él y, en parte, ya tenían bastante oscurecida la consciencia de la propiedad del trabajo de medir el valor por la costumbre de calcular en dinero; el dinero empezó a representar, en la idea popular, el valor absoluto.
En una palabra: la ley del valor de Marx vale de manera general, en la medida en que valen en general las leyes económicas, para todo el período de la producción simple de mercancías, es decir, hasta la época en que esta experimenta una modificación por la irrupción de la forma de producción capitalista. Hasta entonces, los precios gravitan hacia los valores determinados por la ley de Marx y oscilan en torno a estos valores, de modo que, cuanto más plenamente se despliega la producción simple de mercancías, tanto más coinciden con los valores, dentro de los límites de lo despreciable, los precios medios de períodos más largos no interrumpidos por perturbaciones violentas exteriores. La ley del valor de Marx tiene, pues, validez económica general durante un lapso de tiempo que va desde el comienzo del intercambio que convierte los productos en mercancías hasta el siglo XV de nuestra era. Pero el intercambio de mercancías data de una época anterior a toda la historia escrita, que en Egipto nos lleva por lo menos dos mil quinientos años, quizá cinco mil, y en Babilonia cuatro mil, quizá seis mil años antes de nuestra era; la ley del valor ha dominado, pues, durante un período de cinco a siete milenios. ¡Y admírese ahora la solidez del señor Loria, que llama al valor directa y generalmente vigente durante este tiempo un valor al que las mercancías nunca se venden ni pueden venderse, y del que nunca se ocupará ningún economista que tenga una chispa de sentido común!
Hasta ahora no hemos hablado del comerciante. Hemos podido reservar el examen de su intervención hasta ahora, en que pasamos a la transformación de la producción simple de mercancías en producción capitalista. El comerciante era el elemento revolucionario en esta sociedad, en la que todo lo demás era estable, estable, por así decir, por herencia; en la que el campesino recibía en herencia, y de forma casi inalienable, no solo su manso,17 sino también su posición de propietario libre, de campesino censatario libre o dependiente, o de siervo de la gleba, y el artesano urbano su oficio y sus privilegios gremiales, y cada uno de ellos, además, su clientela, su mercado, lo mismo que su destreza, formada desde la juventud para el oficio heredado. En este mundo entró entonces el comerciante, del que había de partir su transformación. Pero no como revolucionario consciente; al contrario, como carne de su carne y hueso de su hueso. El comerciante de la Edad Media no era en absoluto un individualista; era esencialmente un miembro de asociación, como todos sus contemporáneos. En el campo dominaba la comunidad de la marca,18 surgida del comunismo primitivo. Cada campesino tenía originariamente un manso de igual tamaño, con parcelas de suelo de igual tamaño de cada calidad, y una participación correspondiente, igual de grande, en los derechos sobre la marca común. Desde que la comunidad de la marca se hubo cerrado y ya no se repartieron mansos nuevos, se produjeron, por herencia, etc., subdivisiones de los mansos y las correspondientes subdivisiones de los derechos sobre la marca; pero el manso entero siguió siendo la unidad, de modo que había medios, cuartos y octavos de manso con medio, un cuarto y un octavo de derecho en la marca común. Según el modelo de la comunidad de la marca se configuraron todas las asociaciones económicas posteriores, sobre todo los gremios de las ciudades, cuyo reglamento no era otra cosa que la aplicación de la constitución de la marca a un privilegio artesanal en lugar de a un territorio delimitado. El centro de toda la organización era la participación igual de cada asociado en las prerrogativas y aprovechamientos garantizados a la colectividad, como se expresa todavía de forma palmaria en el privilegio de la «Garnnahrung» de Elberfeld y Barmen de 1527 (Thun, Industrie am Niederrhein, II, 164 y ss.). Lo mismo vale de los socios de las minas, donde también cada kux tenía la misma participación y era también, como el manso del miembro de la marca, divisible con sus derechos y obligaciones. Y lo mismo vale, en grado no menor, de las asociaciones mercantiles que dieron vida al comercio de ultramar. Los venecianos y los genoveses en el puerto de Alejandría o de Constantinopla, cada «nación» en su propio fondaco —vivienda, posada, almacén, sala de exposición y de venta, junto con oficina central—, formaban asociaciones comerciales completas; estaban cerradas frente a competidores y clientes, vendían a precios fijados entre ellos, sus mercancías tenían una calidad determinada, garantizada mediante inspección pública y a menudo mediante sello, y decidían en común los precios que había que pagar a los nativos por sus productos, etc. No procedían de otro modo los hanseáticos en el Puente Alemán (Tydske Bryggen) de Bergen, en Noruega, y lo mismo sus competidores holandeses e ingleses. ¡Ay de aquel que hubiera vendido por debajo del precio o comprado por encima! El boicot que caía sobre él significaba entonces la ruina segura, sin contar las penas directas que la asociación imponía al culpable. Pero también se fundaban asociaciones más estrechas para fines determinados, como la Maona de Génova, que dominó durante largos años las minas de alumbre de Focea, en Asia Menor, así como la isla de Quíos, en los siglos XIV y XV; además, la gran Compañía Comercial Ravensberger, que desde finales del siglo XIV hacía negocios con Italia y España y fundó allí establecimientos, y la compañía alemana de los Fugger, Welser, Vöhlin, Höchstetter, etc., de Augsburgo, y de los Hirschvogel y otros de Núremberg, que participó con un capital de 66.000 ducados y tres barcos en la expedición portuguesa a la India de 1505/06 y obtuvo en ella una ganancia neta del 150 por ciento, según otros del 175 (Heyd, Levantehandel, II, 524), y toda una serie de otras compañías, «Monopolia», contra las que tanto se enfureció Lutero.
Aquí nos encontramos por primera vez con una ganancia y una tasa de ganancia. Y el afán de los comerciantes se dirige, intencionada y conscientemente, a igualar esta tasa de ganancia para todos los participantes. Los venecianos en el Levante, los hanseáticos en el norte, cada uno pagaba por sus mercancías los mismos precios que sus vecinos, le costaban los mismos gastos de transporte, obtenía por ellas los mismos precios y compraba igualmente la carga de retorno a los mismos precios que cualquier otro comerciante de su «nación». La tasa de ganancia era, pues, igual para todos. En las grandes compañías comerciales, el reparto de la ganancia pro rata de la parte de capital aportada se entiende por sí mismo, exactamente igual que la participación en los derechos de la marca pro rata de la parte de manso con derecho, o en la ganancia minera pro rata de la parte de kux. La tasa de ganancia igual, que en su pleno desarrollo es uno de los resultados finales de la producción capitalista, se revela, pues, aquí, en su forma más simple, como uno de los puntos de los que partió históricamente el capital, e incluso como un retoño directo de la comunidad de la marca, que a su vez es un retoño directo del comunismo primitivo.
Esta tasa de ganancia originaria era necesariamente muy alta. El negocio era muy arriesgado, no solo por la piratería, que hacía estragos; también las naciones competidoras se permitían a veces toda clase de actos de violencia cuando se presentaba la ocasión; por último, la venta y las condiciones de venta descansaban en privilegios de príncipes extranjeros, que con harta frecuencia se violaban o revocaban. La ganancia tenía que incluir, pues, una elevada prima de seguro. Además, la rotación era lenta, la liquidación de los negocios larga, y en las mejores épocas, que desde luego rara vez duraban mucho, el negocio era un comercio de monopolio con ganancia de monopolio. Que la tasa de ganancia era por término medio muy alta lo demuestran también los tipos de interés, muy altos, vigentes entonces, que en conjunto tenían que ser siempre más bajos que el porcentaje de la ganancia comercial habitual.
Esta tasa de ganancia alta, igual para todos los participantes, obtenida mediante la cooperación asociativa, solo tenía, sin embargo, validez local dentro de la asociación, es decir, aquí, de la «nación». Venecianos, genoveses, hanseáticos, holandeses tenían, cada nación por sí y probablemente también, en mayor o menor medida, al principio, para cada mercado concreto, una tasa de ganancia particular. La nivelación de estas distintas tasas de ganancia de las asociaciones se impuso por el camino opuesto: por la competencia. Primero, las tasas de ganancia de los distintos mercados para una y la misma nación. Si Alejandría ofrecía más ganancia para las mercancías venecianas que Chipre, Constantinopla o Trebisonda, los venecianos habrán puesto en movimiento más capital para Alejandría y lo habrán retirado del tráfico con los demás mercados. Luego tenía que llegarle el turno a la nivelación gradual de las tasas de ganancia entre las distintas naciones que exportaban a los mismos mercados las mismas mercancías o mercancías semejantes, con lo que muy a menudo algunas de estas naciones fueron aplastadas y desaparecieron de la escena. Pero este proceso se vio continuamente interrumpido por acontecimientos políticos, del mismo modo que todo el comercio de Levante sucumbió por esta causa como consecuencia de las invasiones mongolas y turcas, y los grandes descubrimientos geográfico-comerciales desde 1492 no hicieron sino acelerar esta ruina y luego hacerla definitiva.
La súbita expansión del ámbito de venta que se produjo entonces, y la consiguiente revolución de las líneas de tráfico, no trajeron al principio ningún cambio esencial en el modo de practicar el comercio. También con la India y América comerciaban al principio sobre todo asociaciones. Pero, en primer lugar, detrás de estas asociaciones había naciones mayores. En lugar de los catalanes que comerciaban con el Levante, en el comercio con América entró toda la gran España unificada; junto a ella, dos grandes países como Inglaterra y Francia; e incluso Holanda y Portugal, los más pequeños, seguían siendo por lo menos tan grandes y fuertes como Venecia, la nación comercial más grande y más fuerte del período anterior. Esto daba al comerciante viajero, al merchant adventurer de los siglos XVI y XVII, un respaldo que hacía cada vez más superflua la asociación, que protegía a sus miembros incluso con las armas, y por tanto sus costes directamente gravosos. Además, la riqueza en manos individuales se desarrollaba ahora con mucha mayor rapidez, de modo que pronto comerciantes aislados podían dedicar a una empresa tantos fondos como antes una compañía entera. Las compañías comerciales, donde todavía subsistían, se transformaron en su mayoría en corporaciones armadas que, bajo la protección y la soberanía de la metrópoli, conquistaban países enteros recién descubiertos y los explotaban de forma monopolista. Pero cuanto más se fundaban colonias en los nuevos territorios, también y sobre todo por iniciativa del Estado, tanto más retrocedía el comercio asociativo ante el del comerciante individual, y con ello la nivelación de la tasa de ganancia se convirtió cada vez más en asunto exclusivo de la competencia.
Hasta ahora solo hemos conocido una tasa de ganancia para el capital de comercio. Pues hasta entonces solo había existido capital de comercio y capital usurario; el capital industrial tenía que desarrollarse todavía. La producción estaba aún predominantemente en manos de trabajadores que poseían sus propios medios de producción, y cuyo trabajo, por tanto, no arrojaba plusvalía a ningún capital. Si tenían que ceder a terceros una parte del producto sin compensación, era en la forma de tributo a los señores feudales. El capital comercial, por tanto, solo podía obtener su ganancia, al menos al principio, de los compradores extranjeros de productos del país o de los compradores del país de productos extranjeros; solo hacia el final de este período —para Italia, pues, con la decadencia del comercio de Levante— pudieron la competencia exterior y la dificultad de venta obligar al productor artesanal de mercancías de exportación a ceder la mercancía al comerciante exportador por debajo de su valor. Y así encontramos aquí el fenómeno de que, en el tráfico interior al por menor de los productores individuales entre sí, las mercancías se venden por término medio a sus valores, pero en el comercio internacional, por las razones indicadas, por regla general no. Todo lo contrario del mundo actual, donde los precios de producción rigen en el comercio internacional y en el comercio al por mayor, mientras que en el comercio urbano al por menor la formación de los precios está regulada por tasas de ganancia completamente distintas. De modo que hoy, por ejemplo, la carne de un buey experimenta un recargo de precio mayor en el camino que va del mayorista de Londres al consumidor individual londinense que desde el mayorista de Chicago, transporte incluido, hasta el mayorista de Londres.
El instrumento que fue produciendo poco a poco esta revolución en la formación de los precios fue el capital industrial. Ya en la Edad Media se habían formado sus primeros esbozos, y por cierto en tres terrenos: la navegación, la minería y la industria textil. La navegación en la escala practicada por las repúblicas marítimas italianas y hanseáticas era imposible sin marineros, es decir, sin obreros asalariados (cuya relación salarial podía ocultarse bajo formas asociativas con participación en las ganancias), y, para las galeras de aquella época, también sin remeros, obreros asalariados o esclavos. Los socios de las minas de mineral, originariamente trabajadores asociados, se habían transformado ya en casi todos los casos en sociedades por acciones para explotar la mina por medio de obreros asalariados. Y en la industria textil, el comerciante había empezado a poner directamente a su servicio a los pequeños maestros tejedores, suministrándoles el hilo y haciéndolo transformar en tejido por su cuenta a cambio de un salario fijo; en una palabra, pasando de simple comprador a lo que se llama un Verleger.19
Aquí tenemos ante nosotros los primeros comienzos de la formación capitalista de plusvalía. Los socios mineros podemos dejarlos de lado como corporaciones monopolistas cerradas. En cuanto a los armadores, es evidente que sus ganancias tenían que ser por lo menos las habituales en el país, con un recargo extra por el seguro, el desgaste de los barcos, etc. Pero ¿qué ocurría con los Verleger textiles, que por primera vez llevaban al mercado mercancías fabricadas directamente por cuenta capitalista y las ponían en competencia con las mercancías de la misma clase fabricadas por cuenta de artesanos?
La tasa de ganancia del capital comercial era algo dado. Estaba incluso ya nivelada, al menos para la localidad de que se trata, en una tasa media aproximada. ¿Qué podía mover entonces al comerciante a asumir el negocio adicional del Verleger? Solo una cosa: la perspectiva de una ganancia mayor con el mismo precio de venta que los demás. Y esa perspectiva la tenía. Al tomar a su servicio al pequeño maestro, rompía las barreras tradicionales de la producción, dentro de las cuales el productor vendía su producto acabado y nada más. El capitalista comerciante compraba la fuerza de trabajo, que todavía poseía por el momento su instrumento de producción, pero ya no la materia prima. Al asegurar así al tejedor una ocupación regular, podía en cambio rebajar el salario del tejedor de tal modo que una parte del tiempo de trabajo realizado quedaba sin pagar. El Verleger se convertía así en apropiador de plusvalía por encima de su ganancia comercial anterior. Es cierto que para ello tenía que emplear también un capital adicional, para comprar hilo, etc., y dejarlo en manos del tejedor hasta que la pieza estuviera terminada, cuando antes solo había tenido que pagar todo el precio en el momento de la compra. Pero, en primer lugar, en la mayoría de los casos ya había necesitado también capital extra para anticipos al tejedor, al que por regla general solo la servidumbre por deudas llevaba a someterse a las nuevas condiciones de producción. Y, en segundo lugar, aun prescindiendo de esto, la cuenta se presenta según el esquema siguiente:
Supongamos que nuestro comerciante practica su negocio de exportación con un capital de 30.000, en ducados, cequíes, libras esterlinas o lo que sea. De ellos, 10.000 operan en la compra de mercancías del país, mientras que 20.000 se necesitan en los mercados de ultramar. El capital rota una vez cada dos años; rotación anual = 15.000. Nuestro comerciante quiere ahora hacer tejer por su propia cuenta, hacerse Verleger. ¿Cuánto capital tiene que añadir? Supongamos que el tiempo de producción de la pieza de tela, tal como él la vende, sea por término medio de dos meses, lo que sin duda es muy alto. Supongamos además que tiene que pagarlo todo al contado. Entonces tiene que añadir capital suficiente para suministrar a sus tejedores hilo para dos meses. Como rota 15.000 al año, en dos meses compra tela por 2.500. Digamos que 2.000 de ellos representan valor del hilo y 500 salario de tejedor; entonces nuestro comerciante necesita un capital adicional de 2.000. Supongamos que la plusvalía de que se apropia del tejedor mediante el nuevo método solo es del 5 % del valor de la tela, lo que supone la sin duda muy modesta tasa de plusvalía del 25 % (2.000c + 500v + 125p; p′ = 125/500 = 25 %, g′ = 125/2.500 = 5 %). Entonces nuestro hombre obtiene sobre su rotación anual de 15.000 una ganancia extraordinaria de 750, con lo que ya ha recuperado su capital adicional en 2 2/3 años.
Pero, para acelerar su venta y con ello su rotación, y para obtener así con el mismo capital la misma ganancia en menos tiempo y, por tanto, en el mismo tiempo que antes una ganancia mayor, regalará al comprador una pequeña parte de su plusvalía, venderá más barato que sus competidores. Estos se irán transformando también poco a poco en Verleger, y entonces la ganancia extraordinaria se reduce para todos a la ganancia ordinaria, o incluso a una más baja, sobre el capital, aumentado en todos ellos. La igualdad de la tasa de ganancia queda restablecida, aunque posiblemente a otro nivel, por el hecho de que una parte de la plusvalía obtenida en el país se ha cedido a los compradores extranjeros.
El paso siguiente en la sujeción de la industria al capital se da con la introducción de la manufactura. También ella capacita al manufacturero, que en los siglos XVII y XVIII —en Alemania todavía hasta 1850 casi en general, y en algunos lugares todavía hoy— es casi siempre su propio comerciante exportador, para producir más barato que su anticuado competidor, el artesano. El mismo proceso se repite; la plusvalía apropiada por el capitalista manufacturero le permite a él, o al comerciante exportador que reparte con él, vender más barato que sus competidores, hasta que se generaliza el nuevo modo de producción, y entonces vuelve a producirse la nivelación. La tasa de ganancia comercial, que ya estaba dada, aunque solo esté nivelada localmente, sigue siendo el lecho de Procusto en el que se amputa sin misericordia la plusvalía industrial excedente.
Si la manufactura se elevó ya mediante el abaratamiento de los productos, mucho más todavía la gran industria, que con sus revoluciones de la producción, renovadas una y otra vez, hace bajar cada vez más los costes de fabricación de las mercancías y elimina implacablemente todos los modos de producción anteriores. Es ella también la que de este modo conquista definitivamente el mercado interior para el capital, pone fin a la pequeña producción y a la economía natural de la familia campesina que se basta a sí misma, elimina el intercambio directo entre los pequeños productores y pone a toda la nación al servicio del capital. Iguala asimismo las tasas de ganancia de las distintas ramas de negocio comerciales e industriales en una tasa general de ganancia, y asegura por fin a la industria el puesto de poder que le corresponde en esta nivelación, al eliminar la mayor parte de los obstáculos que hasta entonces se oponían a la transferencia de capital de una rama a otra. Con ello se lleva a cabo, para el conjunto del intercambio en gran escala, la transformación de los valores en precios de producción. Esta transformación se produce, pues, según leyes objetivas, sin consciencia ni intención de los participantes. Que la competencia reduzca al nivel general las ganancias que exceden la tasa general y quite así de nuevo al primer apropiador industrial la plusvalía que excede la media no ofrece teóricamente dificultad alguna. En la práctica, en cambio, tanto más, pues las esferas de producción con plusvalía excedente, es decir, con capital variable alto y capital constante bajo, es decir, con composición baja del capital, son precisamente por su naturaleza las que se someten más tarde y de forma más incompleta a la explotación capitalista; sobre todo, la agricultura. En cambio, por lo que se refiere a la elevación de los precios de producción por encima de los valores de las mercancías, necesaria para elevar al nivel de la tasa media de ganancia la plusvalía deficitaria contenida en los productos de las esferas de composición alta del capital, esto parece teóricamente dificilísimo, pero, como hemos visto, en la práctica es lo que se produce con más facilidad y antes. Pues las mercancías de esta clase, cuando empiezan a producirse de manera capitalista y entran en el comercio capitalista, entran en competencia con mercancías de la misma clase fabricadas según métodos precapitalistas y, por tanto, más caras. El productor capitalista puede, pues, aun renunciando a una parte de la plusvalía, seguir obteniendo la tasa de ganancia vigente en su localidad, que originariamente no tenía ninguna relación directa con la plusvalía, porque había surgido del capital de comercio mucho antes de que se produjera en absoluto de manera capitalista y, por tanto, de que fuera posible una tasa de ganancia industrial.
II. La Bolsa
Del tomo 3, sección 5, en particular del capítulo [27], se desprende qué posición ocupa la Bolsa en la producción capitalista en general. Pero desde 1865, año en que se escribió el libro, se ha producido un cambio que hoy asigna a la Bolsa un papel considerablemente acrecentado y todavía creciente, y que, en su desarrollo ulterior, tiende a concentrar en manos de los bolsistas toda la producción, industrial y agrícola, y todo el tráfico, medios de comunicación y función de intercambio, de modo que la Bolsa se convierte en la representante más destacada de la propia producción capitalista.
En 1865, la Bolsa era todavía un elemento secundario en el sistema capitalista. Los títulos de la deuda pública representaban la masa principal de los valores bursátiles, y también su masa era todavía relativamente pequeña. Junto a ellos, los bancos por acciones, que predominaban en el continente y en América, y en Inglaterra apenas se disponían a engullir a los bancos privados aristocráticos. Pero en masa todavía relativamente insignificantes. 3. Las acciones de ferrocarriles, también relativamente débiles en comparación con ahora. Pero establecimientos directamente productivos, solo unos pocos en forma de acciones. Entonces todavía era «el ojo del amo» una superstición no superada; y lo mismo los bancos, sobre todo en los países más pobres: en Alemania, Austria, América, etc.
Entonces, pues, la Bolsa era todavía un lugar donde los capitalistas se quitaban unos a otros sus capitales acumulados, y que a los obreros solo les concernía directamente como nueva prueba del efecto general desmoralizador de la economía capitalista y como confirmación de la tesis calvinista de que la predestinación, alias el azar, decide ya en esta vida sobre la bienaventuranza y la condenación, sobre la riqueza, es decir, el disfrute y el poder, y sobre la pobreza, es decir, la privación y la servidumbre.
Ahora es distinto. La acumulación ha avanzado desde la crisis de 1866 con una rapidez cada vez mayor, y ello de tal modo que en ningún país industrial, y en Inglaterra menos que en ninguno, la expansión de la producción ha podido seguir el ritmo de la acumulación, ni la acumulación del capitalista individual ha podido encontrar pleno empleo en la ampliación de su propio negocio; la industria algodonera inglesa ya en 1845, la fiebre especulativa de los ferrocarriles. Pero con esta acumulación aumentó también la masa de los rentistas, de la gente que estaba harta de la tensión regular de los negocios y que, por tanto, solo quería divertirse o, a lo sumo, ejercer una ocupación ligera como directores o consejeros de compañías. Y, en tercer lugar, para facilitar la inversión de la masa que así flotaba como capital dinerario, se crearon ahora en todas partes, donde aún no se había hecho, nuevas formas legales de sociedades de responsabilidad limitada, y también la obligación de los accionistas, que hasta entonces respondían ilimitadamente, se redujo ±20 (sociedades por acciones en Alemania, 1890. ¡40 % de la suscripción!).
A continuación, transformación gradual de la industria en empresas por acciones. Una rama tras otra sucumbe a este destino. Primero el hierro, donde ahora hacen falta instalaciones gigantescas (antes las minas, allí donde no estaban ya divididas en kuxe). Luego la industria química, ídem. Fábricas de maquinaria. En el continente, la industria textil; en Inglaterra, solo en algunas comarcas de Lancashire (hilatura de Oldham, tejeduría de Burnley, etc., cooperativa de sastres, pero esta solo como etapa previa para volver a caer en manos de los masters en la próxima crisis), cervecerías (hace un par de años, las americanas, chalaneadas a capital[istas] ingleses; luego Guinness, Bass, Allsopp). Luego los trusts, que crean empresas gigantescas con dirección común (como la United Alkali). La firma individual corriente, + & +21 solo etapa previa para llevar el negocio al punto en que sea lo bastante grande para ser «fundado».
Lo mismo en el comercio. Leafs, Parsons, Morleys, Morrison, Dillon, todos fundados. Lo mismo ya ahora las casas de venta al por menor, y no solo bajo la apariencia de la cooperación, à la «Stores».
Lo mismo con los bancos y otras instituciones de crédito, también en Inglaterra. Masas ingentes de nuevos, todos con acciones delimited. Incluso bancos antiguos como Glyns, etc., se transforman, con 7 accionistas privados, en limited.
En el terreno de la agricultura, lo mismo. Los bancos, enormemente extendidos, sobre todo en Alemania (con toda clase de nombres burocráticos), son cada vez más los portadores de la hipoteca; con sus acciones, la propiedad eminente real sobre la tierra se entrega a la Bolsa, y aún más cuando las fincas caen en manos de los acreedores. Aquí actúa violentamente la revolución agrícola del cultivo de las estepas; si esto sigue así, puede preverse el momento en que también el suelo de Inglaterra y de Francia esté en manos de la Bolsa.
Pero ahora todas las inversiones en el extranjero, en acciones. Por hablar solo de Inglaterra: ferrocarriles americanos, del Norte y del Sur (consultar la Stock-List), Goldberger, etc.
Luego la colonización. Esta es hoy pura sucursal de la Bolsa, en cuyo interés las potencias europeas se repartieron hace un par de años África, y los franceses conquistaron Túnez y Tonkín. África, arrendada directamente a compañías (Níger, África del Sur, África del Sudoeste y Oriental alemanas), y Mashonalandia y Natalland, tomados en posesión para la Bolsa por Rhodes.
Así está escrito, p. 267. Heine no podía hablar con más desprecio de su público de filisteos alemanes que con estas palabras: el autor acaba por acostumbrarse a su público como si fuera un ser racional. ¿Por qué tendrá el illustre Loria a su público?
Para terminar, una nueva tanda de elogios que cae con estrépito sobre mí, desdichado. Con ello, nuestro Sganarelle se compara con Balaam, que había venido a maldecir, pero de cuyos labios brotaron contra su voluntad «palabras de bendición y de amor». El buen Balaam se distinguía sobre todo por montar una burra que era más lista que su amo. Esta vez, Balaam se ha dejado evidentemente la burra en casa. [(Nota de la traducción.) Números 22-24: el profeta Balaam, enviado a maldecir a Israel, lo bendijo contra su voluntad; su burra vio al ángel que él no veía y le habló.]
(Nota de la traducción.) En la edición de las Werke (MEW), que seguimos, estos pasajes de Engels van entre llaves {…}. ↩
(Nota de la traducción.) Samuel Moore (1838-1911), jurista inglés, amigo de Marx y Engels; tradujo con Edward Aveling el libro primero de El capital (1887); también tradujo al inglés el Manifiesto del Partido Comunista. ↩
(Nota de la traducción.) La abolición de la servidumbre en Rusia (1861). ↩
(Nota de la traducción.) Revenue: el ingreso periódico que puede consumirse; en este libro, «rédito»; en nuestra traducción del libro primero, «renta». ↩
(Nota de la traducción.) Engels no llegó a publicarlo. Karl Kautsky editó esa parte del manuscrito como Theorien über den Mehrwert (Teorías sobre la plusvalía) en 1905-1910. ↩
(Nota de la traducción.) George Bernard Shaw (1856-1950), escritor irlandés, miembro destacado de la Sociedad Fabiana, fundada en Londres en 1884, de socialismo reformista y gradualista. ↩
(Nota de la traducción.) La tasa media de ganancia sobre la base de la ley del valor de Marx. ↩
(Nota de la traducción.) Achille Loria (1857-1943), economista italiano. ↩
(Nota de la traducción.) La teoría económica de la constitución política. ↩
(Nota de la traducción.) El socialismo y el orden social capitalista. ↩
(Nota de la traducción.) En las fórmulas, como en todo El capital, usamos letras españolas: p = plusvalía (en el original, m, de Mehrwert); por eso la ganancia, que Stiebeling designa con p (Profit), va aquí con g. Lo mismo en el «Complemento», más abajo (p′ = tasa de plusvalía, g′ = tasa de ganancia). ↩
(Nota de la traducción.) La ley del valor y la tasa de ganancia. ↩
(Nota de la traducción.) Cagliostro, el aventurero y estafador, protagonista de la comedia de Goethe Der Groß-Cophta (1791). ↩
El mismo señor conocido por su fama (por decirlo con Heine) se ha visto también obligado, algo más tarde, a responder a mi prólogo al tomo III, después, a saber, de que este apareciera en italiano en el primer cuaderno de la Rassegna de 1895. La respuesta está en la Riforma Sociale del 25 de febrero de 1895. Después de haberme colmado primero de las lisonjas, inevitables en él y precisamente por eso doblemente repugnantes, declara que no se le había ocurrido querer escamotear en su provecho los méritos de Marx en la concepción materialista de la historia. Que ya los había reconocido en 1885, a saber, de pasada en un artículo de revista. Pero, a cambio, lo calla con tanta mayor obstinación allí donde corresponde, a saber, en su libro sobre el tema, en el que Marx no se nombra hasta la p. 129, y eso solo con ocasión de la pequeña propiedad de la tierra en Francia. Y ahora declara osadamente que Marx no es en absoluto el autor de esta teoría; que, si no la había insinuado ya Aristóteles, desde luego Harrington la había proclamado indudablemente ya en 1656, y que la había desarrollado una pléyade de historiadores, políticos, juristas y economistas mucho antes de Marx. Todo lo cual puede leerse en la edición francesa de la obra de Loria. En suma, el plagiario consumado. Después de haberle hecho imposible seguir jactándose a lo grande con préstamos de Marx, afirma con desparpajo que también Marx se adorna con plumas ajenas, exactamente igual que él mismo. — De mis otros ataques recoge todavía el de que, según Loria, Marx no se había propuesto nunca escribir un tomo 2.º, ni mucho menos un 3.º, de El capital. «Y ahora Engels responde triunfante arrojándome a la cara los tomos 2.º y 3.º… ¡Magnífico! Y me alegro tanto de estos tomos, a los que debo tantos goces intelectuales, que nunca una victoria me fue tan grata como hoy me es grata esta derrota, si es que en verdad es una derrota. Pero ¿lo es en verdad? ¿Es realmente cierto que Marx escribió, con intención de publicarla, esta mezcolanza de notas inconexas que Engels ha reunido con piadosa amistad? ¿Es realmente lícito suponer que Marx… confió a estas páginas la coronación de su obra y de su sistema? ¿Es de verdad seguro que Marx habría publicado aquel capítulo sobre la tasa media de ganancia en el que la solución prometida desde hacía tantos años se reducía a la más desoladora mistificación, al más vulgar juego de palabras? Es por lo menos lícito dudarlo… Esto demuestra, me parece, que Marx, después de publicar su espléndido (splendido) libro, no se proponía darle un sucesor, o que quería dejar a sus herederos, y fuera de su propia responsabilidad, la terminación de la obra gigantesca.» ↩
(Nota de la traducción.) Werner Sombart (1863-1941), economista y sociólogo alemán. ↩
(Nota de la traducción.) Engels cita por la paginación de la primera edición (Hamburgo, 1894), primera parte del libro tercero. El pasaje pertenece al capítulo décimo de este libro, en la sección II; la cita sigue nuestra traducción. ↩
(Nota de la traducción.) Manso (Hufe): la unidad de explotación campesina, la casa con la parte de tierra que le correspondía. Véase La marca, de Engels. ↩
(Nota de la traducción.) Markgenossenschaft: la antigua comunidad de la marca de los germanos, que administraba en común el suelo no repartido; véase La marca. ↩
(Nota de la traducción.) Verleger: el comerciante que adelanta la materia prima al trabajador a domicilio y le compra el producto. ↩
(Nota de la traducción.) Signo de Engels en el manuscrito: «más o menos». ↩
(Nota de la traducción.) Abreviatura de Engels en el manuscrito, que la MEW lee «cada vez más». ↩