Karl Marx, El capital. Crítica de la economía política. Libro tercero: El proceso global de la producción capitalista. Editado por Friedrich Engels; primera edición: Hamburgo, Otto Meissner, 1894. Se traduce según el texto de la MEW 25 (Berlín, 1964), cotejado con la MEGA II/15 (1894); las citas que Marx daba en inglés, francés u otras lenguas se traducen de su original. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas que indican de qué manuscrito de Marx procede el texto son de Engels; las firmadas «— F. E.» y los pasajes entre corchetes con esa firma, también. Las llaves {…} reproducen las de la edición (interpolaciones de Marx en las citas o de Engels en el texto). Las notas marcadas «(Nota de la traducción.)» son nuestras. Texto original en alemán
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Capítulo cuadragesimoctavo. La fórmula trinitaria
I.1
Capital – ganancia (ganancia empresarial más interés), tierra – renta de la tierra, trabajo – salario: esta es la forma trinitaria que encierra todos los misterios del proceso social de producción.
Como, además, según se ha mostrado antes, el interés aparece como el producto propio y característico del capital, y la ganancia empresarial, en contraposición a él, como un salario independiente del capital, aquella forma trinitaria se reduce, más precisamente, a esta otra:
Capital – interés, tierra – renta de la tierra, trabajo – salario, en la que la ganancia, la forma de la plusvalía que caracteriza específicamente al modo de producción capitalista, queda felizmente eliminada.
Si se examina más de cerca esta trinidad económica, se encuentra lo siguiente:
En primer lugar, las supuestas fuentes de la riqueza anualmente disponible pertenecen a esferas completamente dispares y no guardan entre sí la menor analogía. Se relacionan unas con otras más o menos como los derechos notariales, las remolachas y la música.
¡Capital, tierra, trabajo! Pero el capital no es una cosa, sino una relación de producción determinada, social, perteneciente a una formación histórica determinada de la sociedad, que se representa en una cosa y confiere a esa cosa un carácter social específico.
El capital no es la suma de los medios de producción materiales y producidos. El capital son los medios de producción transformados en capital, que en sí mismos son tan poco capital como el oro o la plata son en sí mismos dinero. Son los medios de producción monopolizados por una parte determinada de la sociedad, los productos y las condiciones de actividad de la propia fuerza de trabajo autonomizados frente a la fuerza de trabajo viva, que mediante esta contraposición se personifican en el capital. No son solo los productos de los obreros transformados en poderes autónomos, los productos como dominadores y compradores de sus productores, sino que son también las fuerzas sociales y la futura … {? ilegible} forma de este trabajo, que se les enfrentan como propiedades de su producto. Aquí tenemos, pues, una forma social determinada, a primera vista muy mística, de uno de los factores de un proceso social de producción fabricado históricamente.
Y ahora, junto a esto, la tierra, la naturaleza inorgánica como tal, rudis indigestaque moles2 en todo su estado primitivo de bosque virgen. El valor es trabajo. La plusvalía, por tanto, no puede ser tierra. La fertilidad absoluta del suelo no tiene otro efecto que el de que una cierta cantidad de trabajo dé un cierto producto, condicionado por la fertilidad natural del suelo. La diferencia en la fertilidad del suelo hace que las mismas cantidades de trabajo y de capital, es decir, el mismo valor, se expresen en cantidades distintas de productos de la tierra; que estos productos tengan, por consiguiente, valores individuales distintos. La nivelación de estos valores individuales en valores de mercado hace que «las ventajas del suelo fértil sobre el inferior […] se transfieran del cultivador o del consumidor al terrateniente»3. (Ricardo, Principles, p. 62.)
Y, por último, como tercero en la alianza, un mero espectro: «el» trabajo, que no es más que una abstracción y que, tomado en sí mismo, no existe en absoluto, o bien, si tomamos la … {ilegible}, la actividad productiva del hombre en general, mediante la cual este lleva a cabo su metabolismo con la naturaleza, despojada no solo de toda forma social y de toda determinación de carácter, sino incluso en su mera existencia natural, independiente de la sociedad, sustraída a todas las sociedades y, como manifestación y confirmación de la vida, común al hombre todavía no social en absoluto y al hombre socialmente determinado de cualquier manera.
II.
Capital – interés; propiedad de la tierra, propiedad privada sobre el globo terráqueo, y por cierto moderna, correspondiente al modo de producción capitalista – renta; trabajo asalariado – salario. En esta forma debe existir, pues, la conexión entre las fuentes del rédito4. Al igual que el capital, también el trabajo asalariado y la propiedad de la tierra son formas sociales históricamente determinadas: el uno, del trabajo; la otra, del globo terráqueo monopolizado; y ambas son, en efecto, formas correspondientes al capital y pertenecientes a la misma formación económica de la sociedad.
Lo primero que llama la atención en esta fórmula es que junto al capital, junto a esta forma de un elemento de producción perteneciente a un modo de producción determinado, a una figura histórica determinada del proceso social de producción, junto a un elemento de producción amalgamado con una forma social determinada y representado en ella, se alinean sin más: la tierra, por un lado, y el trabajo, por el otro, dos elementos del proceso real de trabajo que en esta forma material son comunes a todos los modos de producción, que son los elementos materiales de todo proceso de producción y que nada tienen que ver con la forma social de este.
En segundo lugar. En la fórmula: capital – interés, tierra – renta del suelo, trabajo – salario, el capital, la tierra y el trabajo aparecen, respectivamente, como fuentes del interés (en lugar de la ganancia), de la renta de la tierra y del salario, que serían sus productos, sus frutos; aquellos, el fundamento, estos, la consecuencia; aquellos, la causa, estos, el efecto; y ello de tal manera que cada fuente singular se refiere a su producto como a lo que ella despide y produce. Los tres ingresos, interés (en lugar de ganancia), renta y salario, son tres partes del valor del producto, es decir, en general, partes de valor o, expresadas en dinero, ciertas partes de dinero, partes del precio. La fórmula capital – interés es, sin duda, la fórmula más carente de concepto del capital, pero es una fórmula del capital. Pero ¿cómo va a crear la tierra un valor, es decir, una cantidad socialmente determinada de trabajo, y nada menos que la parte especial de valor de sus propios productos que forma la renta? La tierra actúa, por ejemplo, como agente de producción en la elaboración de un valor de uso, de un producto material, el trigo. Pero no tiene nada que ver con la producción del valor del trigo. En la medida en que en el trigo se representa valor, el trigo se considera solo como una cantidad determinada de trabajo social objetivado, completamente indiferente frente a la materia particular en que se representa este trabajo o frente al valor de uso particular de esta materia. No contradice esto: 1.º, que, en igualdad de las demás circunstancias, la baratura o la carestía del trigo dependan de la productividad de la tierra. La productividad del trabajo agrícola está ligada a condiciones naturales, y según la productividad de estas, la misma cantidad de trabajo se representa en muchos o pocos productos, valores de uso. Cuán grande sea la cantidad de trabajo que se representa en una fanega depende de la masa de fanegas que suministre la misma cantidad de trabajo. Depende aquí de la productividad de la tierra en qué cantidades de producto se represente el valor; pero este valor está dado, con independencia de esta distribución. El valor se representa en el valor de uso, y el valor de uso es una condición de la creación de valor; pero es una necedad establecer una contraposición en la que de un lado figura un valor de uso, la tierra, y del otro un valor, y además una parte especial del valor. 2.º {Aquí se interrumpe el manuscrito.}
III.
La economía vulgar no hace en realidad otra cosa que traducir doctrinariamente, sistematizar y hacer la apología de las representaciones de los agentes de la producción presos en las relaciones burguesas de producción. No puede extrañarnos, pues, que precisamente en la forma de manifestación alienada de las relaciones económicas, en la que estas son prima facie absurdas y contradicciones completas —y toda ciencia sería superflua si la forma de manifestación y la esencia de las cosas coincidieran inmediatamente—, que precisamente aquí la economía vulgar se sienta completamente en su elemento y que estas relaciones le parezcan tanto más evidentes cuanto más oculta está en ellas la conexión interna, por más que sean familiares a la representación ordinaria. Por eso no tiene la menor sospecha de que la trinidad de la que parte: la tierra – renta, capital – interés, trabajo – salario o precio del trabajo, son tres composiciones prima facie imposibles. Primero tenemos el valor de uso tierra, que no tiene valor, y el valor de cambio renta: de modo que una relación social, concebida como cosa, se pone en proporción con la naturaleza; es decir, dos magnitudes inconmensurables que deben guardar una relación entre sí. Luego, capital – interés. Si se concibe el capital como una cierta suma de valor representada de manera autónoma en dinero, es prima facie un disparate que un valor haya de ser más valor del que vale. Precisamente en la forma capital – interés desaparece toda mediación, y el capital queda reducido a su fórmula más general, pero por eso mismo también inexplicable por sí misma y absurda. Precisamente por eso el economista vulgar prefiere la fórmula capital – interés, con la cualidad oculta de un valor que es desigual a sí mismo, a la fórmula capital – ganancia, porque en esta ya se aproxima uno a la relación capitalista real. Luego, de nuevo, con el sentimiento inquieto de que 4 no es 5 y de que, por tanto, 100 táleros no pueden ser 110 táleros, huye del capital como valor a la sustancia material del capital; a su valor de uso como condición de producción del trabajo, maquinaria, materia prima, etc. Así se consigue de nuevo, en lugar de la primera relación, incomprensible, según la cual 4 = 5, obtener una completamente inconmensurable entre un valor de uso, una cosa, por un lado, y una relación social de producción determinada, la plusvalía, por el otro; como en el caso de la propiedad de la tierra. En cuanto llega a esta inconmensurabilidad, todo se le vuelve claro al economista vulgar y ya no siente la necesidad de seguir reflexionando. Pues ha llegado precisamente a lo «rationale» de la representación burguesa. Finalmente, trabajo – salario, precio del trabajo, es, como se ha demostrado en el libro I, una expresión que contradice prima facie el concepto del valor e igualmente el del precio, el cual, en general, no es más que una expresión determinada del valor; y «precio del trabajo» es tan irracional como un logaritmo amarillo. Pero aquí el economista vulgar queda plenamente satisfecho, puesto que ha llegado ahora a la profunda comprensión del burgués de que paga dinero por el trabajo, y puesto que precisamente la contradicción de la fórmula con el concepto del valor le dispensa de la obligación de comprender este último.
Hemos5 visto que el proceso capitalista de producción es una forma históricamente determinada del proceso social de producción en general. Este último es tanto proceso de producción de las condiciones materiales de existencia de la vida humana como un proceso que se desarrolla en relaciones de producción específicas, histórico-económicas, y que produce y reproduce estas mismas relaciones de producción y, con ellas, a los portadores de este proceso, sus condiciones materiales de existencia y sus relaciones recíprocas, es decir, su forma económica determinada de sociedad. Pues el conjunto de estas relaciones en las que los portadores de esta producción se encuentran con la naturaleza y entre sí, en las que producen, este conjunto es precisamente la sociedad, considerada según su estructura económica. Como todos sus predecesores, el proceso capitalista de producción se desarrolla bajo determinadas condiciones materiales, que son, sin embargo, al mismo tiempo portadoras de determinadas relaciones sociales que los individuos contraen en el proceso de reproducción de su vida. Aquellas condiciones, al igual que estas relaciones, son, por una parte, supuestos y, por otra, resultados y creaciones del proceso capitalista de producción; son producidas y reproducidas por él. Hemos visto además que el capital —y el capitalista no es más que el capital personificado, y solo funciona en el proceso de producción como portador del capital—, que el capital, pues, en el proceso social de producción que le corresponde, extrae de los productores directos u obreros una cantidad determinada de plustrabajo, plustrabajo que aquel obtiene sin equivalente y que, por su esencia, sigue siendo siempre trabajo forzado, por mucho que pueda aparecer como el resultado de un libre acuerdo contractual. Este plustrabajo se representa en una plusvalía, y esta plusvalía existe en un plusproducto. El plustrabajo en general, como trabajo que va más allá de la medida de las necesidades dadas, tiene que existir siempre. En el sistema capitalista, como en el esclavista, etc., solo tiene una forma antagónica y se complementa con la pura ociosidad de una parte de la sociedad. Una cantidad determinada de plustrabajo es necesaria como seguro contra los accidentes y para la ampliación progresiva, necesaria y correspondiente al desarrollo de las necesidades y al progreso de la población, del proceso de reproducción, lo que desde el punto de vista capitalista se llama acumulación. Es uno de los aspectos civilizadores del capital el que arranque este plustrabajo de un modo y en unas condiciones que son más favorables al desarrollo de las fuerzas productivas, de las relaciones sociales y de la creación de los elementos para una formación nueva y superior que bajo las formas anteriores de la esclavitud, la servidumbre, etc. Por una parte, conduce así a una fase en la que desaparecen la coerción y la monopolización del desarrollo social (incluidas sus ventajas materiales e intelectuales) por una parte de la sociedad a costa de la otra; por otra parte, crea los medios materiales y el germen de unas relaciones que, en una forma superior de la sociedad, permiten combinar este plustrabajo con una mayor limitación del tiempo dedicado al trabajo material en general. Pues el plustrabajo puede ser grande con una jornada laboral global pequeña, y relativamente pequeño con una jornada laboral global grande, según el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo. Si el tiempo de trabajo necesario es = 3 y el plustrabajo = 3, la jornada laboral global es = 6 y la tasa de plustrabajo = 100 %. Si el trabajo necesario es = 9 y el plustrabajo = 3, la jornada laboral global es = 12 y la tasa de plustrabajo solo = 33⅓ %. Pero, además, de la productividad del trabajo depende cuánto valor de uso se produce en un tiempo determinado y, por tanto, también en un tiempo de plustrabajo determinado. La riqueza real de la sociedad y la posibilidad de ampliar constantemente su proceso de reproducción no dependen, pues, de la duración del plustrabajo, sino de su productividad y de las condiciones de producción, más o menos abundantes, en que se realiza. El reino de la libertad solo empieza, en efecto, allí donde cesa el trabajo determinado por la necesidad y por la finalidad exterior; se halla, pues, por la naturaleza de las cosas, más allá de la esfera de la producción material propiamente dicha. Así como el salvaje tiene que bregar con la naturaleza para satisfacer sus necesidades, para conservar y reproducir su vida, también tiene que hacerlo el civilizado, y tiene que hacerlo en todas las formas de sociedad y bajo todos los modos de producción posibles. Con su desarrollo se amplía este reino de la necesidad natural, porque se amplían las necesidades; pero al mismo tiempo se amplían las fuerzas productivas que las satisfacen. La libertad en este terreno solo puede consistir en que el hombre socializado, los productores asociados, regulen racionalmente este su metabolismo con la naturaleza, lo pongan bajo su control común, en lugar de ser dominados por él como por un poder ciego; que lo lleven a cabo con el menor gasto de fuerzas y en las condiciones más dignas y más adecuadas a su naturaleza humana. Pero este sigue siendo siempre un reino de la necesidad. Más allá de él empieza el desarrollo de las fuerzas humanas que se considera como un fin en sí mismo, el verdadero reino de la libertad, que, sin embargo, solo puede florecer sobre aquel reino de la necesidad como su base. La reducción de la jornada laboral es la condición fundamental.
En la sociedad capitalista, esta plusvalía o este plusproducto —si prescindimos de las oscilaciones accidentales de la distribución y consideramos su ley reguladora, sus límites normativos— se distribuye entre los capitalistas como dividendo en proporción a la cuota del capital social que pertenece a cada uno. En esta figura, la plusvalía aparece como la ganancia media que corresponde al capital, una ganancia media que a su vez se escinde en ganancia empresarial e interés y que, bajo estas dos categorías, puede corresponder a distintas clases de capitalistas. Esta apropiación y distribución de la plusvalía, o del plusproducto, por el capital tiene, sin embargo, su límite en la propiedad de la tierra. Así como el capitalista en funciones extrae del obrero el plustrabajo y, con él, bajo la forma de la ganancia, la plusvalía y el plusproducto, así el propietario de la tierra extrae a su vez al capitalista una parte de esta plusvalía o de este plusproducto, bajo la forma de la renta, según leyes desarrolladas anteriormente.
Así pues, cuando hablamos aquí de la ganancia como la parte de la plusvalía que corresponde al capital, nos referimos a la ganancia media (igual a ganancia empresarial más interés), que ya está limitada por la deducción de la renta de la ganancia global (idéntica, por su masa, a la plusvalía global); se presupone la deducción de la renta. La ganancia del capital (ganancia empresarial más interés) y la renta de la tierra no son, pues, más que componentes particulares de la plusvalía, categorías en las que esta se diferencia según corresponda al capital o a la propiedad de la tierra, rúbricas que, sin embargo, no cambian nada en su esencia. Sumadas, forman la suma de la plusvalía social. El capital extrae directamente de los obreros el plustrabajo, que se representa en la plusvalía y en el plusproducto. En este sentido, puede considerarse, pues, como productor de la plusvalía. La propiedad de la tierra no tiene nada que ver con el proceso real de producción. Su papel se limita a hacer pasar una parte de la plusvalía producida del bolsillo del capital al suyo propio. Sin embargo, el propietario de la tierra desempeña un papel en el proceso capitalista de producción, no solo por la presión que ejerce sobre el capital, ni tampoco solo porque la gran propiedad de la tierra sea un supuesto y una condición de la producción capitalista, por ser un supuesto y una condición de la expropiación del obrero de las condiciones de trabajo, sino especialmente porque aparece como la personificación de una de las condiciones de producción más esenciales.
El obrero, por último, como propietario y vendedor de su fuerza de trabajo personal, recibe, con el nombre de salario, una parte del producto en la que se representa la parte de su trabajo que llamamos trabajo necesario, es decir, el trabajo necesario para la conservación y la reproducción de esta fuerza de trabajo, sean las condiciones de esta conservación y reproducción más pobres o más ricas, más favorables o más desfavorables.
Por dispares que puedan parecer, por lo demás, estas relaciones, todas tienen algo en común: el capital rinde año tras año ganancia al capitalista; la tierra, renta de la tierra al propietario de la tierra, y la fuerza de trabajo —en condiciones normales y mientras siga siendo una fuerza de trabajo utilizable—, salario al obrero. Estas tres partes de valor del valor global producido cada año, y las partes correspondientes del producto global producido cada año, pueden ser consumidas anualmente por sus respectivos poseedores —prescindimos aquí, por el momento, de la acumulación— sin que se agote la fuente de su reproducción. Aparecen como frutos que se han de consumir cada año de un árbol perenne, o más bien de tres árboles; forman el ingreso anual de tres clases, la del capitalista, la del propietario de la tierra y la del obrero, réditos que el capitalista en funciones distribuye como extractor directo del plustrabajo y empleador del trabajo en general. Al capitalista su capital, al propietario de la tierra su tierra y al obrero su fuerza de trabajo, o más bien su trabajo mismo (puesto que solo vende realmente la fuerza de trabajo en cuanto esta se exterioriza, y puesto que el precio de la fuerza de trabajo, como se ha mostrado antes, se le presenta necesariamente, sobre la base del modo de producción capitalista, como precio del trabajo), se les aparecen así como tres fuentes distintas de sus réditos específicos: la ganancia, la renta de la tierra y el salario. Lo son, en efecto, en el sentido de que el capital es para el capitalista una máquina perenne de bombear plustrabajo; la tierra, para el propietario de la tierra, un imán perenne que atrae una parte de la plusvalía bombeada por el capital, y, finalmente, el trabajo, la condición que se renueva constantemente y el medio que se renueva sin cesar para adquirir, con el título de salario, una parte del valor creado por el obrero y, por tanto, una parte del producto social medida por esta parte de valor: los medios de subsistencia necesarios. Lo son, además, en el sentido de que el capital fija una parte del valor y, por tanto, del producto del trabajo anual en la forma de la ganancia; la propiedad de la tierra, otra parte en la forma de la renta, y el trabajo asalariado, una tercera parte en la forma del salario, y, precisamente mediante esta transformación, las convierten en los réditos del capitalista, del propietario de la tierra y del obrero, pero sin crear la sustancia misma que se transforma en estas distintas categorías. La distribución presupone, más bien, que esta sustancia existe: a saber, el valor global del producto anual, que no es otra cosa que trabajo social objetivado. Sin embargo, no es en esta forma como la cosa se presenta a los agentes de la producción, a los portadores de las distintas funciones del proceso de producción, sino más bien en una forma invertida. Por qué ocurre esto lo desarrollaremos más adelante en el curso de la investigación. El capital, la propiedad de la tierra y el trabajo se les aparecen a esos agentes de la producción como tres fuentes distintas e independientes, de las que, como tales, brotan tres componentes distintos del valor producido anualmente —y, por tanto, del producto en que este existe—; de las que, por consiguiente, no solo brotan las distintas formas de este valor como réditos que corresponden a factores particulares del proceso social de producción, sino este valor mismo y, con él, la sustancia de estas formas de rédito.
{Aquí falta un pliego en folio del manuscrito.}
La renta diferencial está ligada a la fertilidad relativa de las tierras, es decir, a propiedades que brotan del suelo como tal. Pero, en la medida en que descansa, en primer lugar, sobre los distintos valores individuales de los productos de distintas clases de suelo, no es más que la determinación que se acaba de mencionar; en la medida en que descansa, en segundo lugar, sobre el valor de mercado general regulador, distinto de estos valores individuales, es una ley social, impuesta por medio de la competencia, que no tiene nada que ver ni con el suelo ni con los distintos grados de su fertilidad.
Podría parecer que al menos en «trabajo – salario» se expresa una relación racional. Pero no es este el caso, como tampoco en «tierra – renta de la tierra». En la medida en que el trabajo es formador de valor y se representa en el valor de las mercancías, no tiene nada que ver con la distribución de este valor entre distintas categorías. En la medida en que tiene el carácter específicamente social del trabajo asalariado, no es formador de valor. Se ha mostrado en general, anteriormente, que el salario o precio del trabajo no es más que una expresión irracional del valor o precio de la fuerza de trabajo; y las condiciones sociales determinadas bajo las que se vende esta fuerza de trabajo no tienen nada que ver con el trabajo como agente general de la producción. El trabajo se objetiva también en el componente de valor de la mercancía que, como salario, forma el precio de la fuerza de trabajo; crea esta parte igual que las demás partes del producto; pero no se objetiva en esta parte en mayor medida ni de otro modo que en las partes que forman la renta o la ganancia. Y, en general, cuando fijamos el trabajo como formador de valor, no lo consideramos en su figura concreta como condición de producción, sino en una determinación social que es distinta de la del trabajo asalariado.
Incluso la expresión «capital – ganancia» es aquí incorrecta. Si se concibe el capital en la única relación en que produce plusvalía, a saber, en su relación con el obrero, en la que arranca plustrabajo por medio de la coerción que ejerce sobre la fuerza de trabajo, es decir, sobre el obrero asalariado, esta plusvalía comprende, además de la ganancia (ganancia empresarial más interés), también la renta; en suma, la plusvalía entera, no dividida. Aquí, en cambio, como fuente de rédito, se lo pone en relación solo con la parte que corresponde al capitalista. No es la plusvalía que extrae en general, sino solo la parte que extrae para el capitalista. Toda conexión desaparece todavía más en cuanto la fórmula se transforma en esta otra: «capital – interés».
Si en primer lugar considerábamos lo dispar de las tres fuentes, ahora, en segundo lugar, consideramos que, en cambio, sus productos, sus vástagos, los réditos, pertenecen todos a la misma esfera, la del valor. Sin embargo, esto se compensa (esta relación no solo entre magnitudes inconmensurables, sino entre cosas completamente desiguales, sin relación entre sí e incomparables) por el hecho de que, en realidad, el capital, al igual que la tierra y el trabajo, se toma solo según su sustancia material, es decir, simplemente como medio de producción producido, con lo cual se hace abstracción tanto de él como relación con el obrero como de él como valor.
En tercer lugar. En este sentido, pues, la fórmula capital – interés (ganancia), tierra – renta, trabajo – salario, ofrece una incongruencia uniforme y simétrica. En efecto, al aparecer el trabajo asalariado no como una forma socialmente determinada del trabajo, sino todo trabajo, por su naturaleza, como trabajo asalariado (así se lo representa quien está preso en las relaciones capitalistas de producción), también las formas sociales determinadas, específicas, que las condiciones objetivas de trabajo —los medios de producción producidos y la tierra— adoptan frente al trabajo asalariado (así como, a la inversa, ellas por su parte presuponen el trabajo asalariado), coinciden sin más con la existencia material de estas condiciones de trabajo o con la figura que poseen en general en el proceso real de trabajo, con independencia de toda forma social históricamente determinada de este, e incluso con independencia de toda forma social de él. La figura de las condiciones de trabajo alienada del trabajo, autonomizada frente a él y, por tanto, transformada, en la que, pues, los medios de producción producidos se transforman en capital y la tierra en tierra monopolizada, en propiedad de la tierra, esta figura perteneciente a un período histórico determinado coincide por eso con la existencia y la función de los medios de producción producidos y de la tierra en el proceso de producción en general. Aquellos medios de producción son en sí y para sí, por naturaleza, capital; capital no es más que un mero «nombre económico» para aquellos medios de producción; y así, la tierra es en sí y para sí, por naturaleza, la tierra monopolizada por un cierto número de propietarios de la tierra. Así como en el capital y en el capitalista —que no es, en realidad, más que el capital personificado— los productos se convierten en un poder autónomo frente a los productores, así en el propietario de la tierra se personifica la tierra, que también se alza sobre las patas traseras y reclama, como poder autónomo, su parte del producto generado con su ayuda; de modo que no es el suelo el que recibe la parte del producto que le pertenece para reponer y acrecentar su productividad, sino que, en su lugar, es el propietario de la tierra quien recibe una parte de este producto para mercadear con ella y dilapidarla. Está claro que el capital presupone el trabajo como trabajo asalariado. Pero está igual de claro que, si se parte del trabajo como trabajo asalariado, de modo que la coincidencia del trabajo en general con el trabajo asalariado parece evidente, entonces el capital y la tierra monopolizada tienen que aparecer también como la forma natural de las condiciones de trabajo frente al trabajo en general. Ser capital aparece ahora como la forma natural de los medios de trabajo y, por tanto, como un carácter puramente propio de las cosas y que brota de su función en el proceso de trabajo en general. Capital y medio de producción producido se convierten así en expresiones idénticas. Del mismo modo, el suelo y el suelo monopolizado por la propiedad privada se convierten en expresiones idénticas. Los medios de trabajo como tales, que por naturaleza son capital, se convierten por eso en la fuente de la ganancia, como la tierra como tal en la fuente de la renta.
El trabajo como tal, en su simple determinación de actividad productiva orientada a un fin, se refiere a los medios de producción no en su determinación formal social, sino en su sustancia material, como material y medio del trabajo, que también se distinguen entre sí solo materialmente, como valores de uso: la tierra como medio de trabajo no producido, los otros como medios de trabajo producidos. Si el trabajo coincide, pues, con el trabajo asalariado, coincide también con su existencia material la forma social determinada en que las condiciones de trabajo se enfrentan ahora al trabajo. Los medios de trabajo son entonces, como tales, capital, y la tierra, como tal, es propiedad de la tierra. La autonomización formal de estas condiciones de trabajo frente al trabajo, la forma particular de esta autonomización que poseen frente al trabajo asalariado, es entonces una propiedad inseparable de ellas como cosas, como condiciones materiales de producción, un carácter que les corresponde necesariamente como elementos de producción y que ha crecido inmanentemente con ellas. Su carácter social en el proceso capitalista de producción, determinado por una época histórica determinada, es un carácter propio de las cosas, innato en ellas conforme a su naturaleza y, por así decirlo, desde toda la eternidad, como elementos del proceso de producción. La participación respectiva que la tierra, como campo originario de actividad del trabajo, como reino de las fuerzas naturales, como arsenal preexistente de todos los objetos de trabajo, y la otra participación respectiva que los medios de producción producidos (instrumentos, materias primas, etc.) toman en el proceso de producción en general tienen entonces que parecer expresarse en las participaciones respectivas que les corresponden como capital y propiedad de la tierra, es decir, que corresponden a sus representantes sociales en la forma de ganancia (interés) y renta, del mismo modo que al obrero le corresponde en el salario la participación que su trabajo toma en el proceso de producción. Renta, ganancia y salario parecen así brotar del papel que la tierra, los medios de producción producidos y el trabajo desempeñan en el proceso simple de trabajo, incluso en la medida en que consideramos este proceso de trabajo como algo que ocurre meramente entre el hombre y la naturaleza y prescindiendo de toda determinación histórica. No es más que la misma cosa en otra forma cuando se dice: el producto en que se representa para el propio obrero asalariado su trabajo, como su rendimiento, como su rédito, no es más que el salario, la parte del valor (y, por tanto, del producto social medido por este valor) que representa su salario. Si el trabajo asalariado coincide, pues, con el trabajo en general, coinciden también el salario con el producto del trabajo, y la parte de valor que representa el salario con el valor creado por el trabajo en general. Pero con ello las otras partes de valor, la ganancia y la renta, se enfrentan al salario de manera igualmente autónoma y tienen que brotar de fuentes propias, específicamente distintas del trabajo e independientes de él; tienen que brotar de los elementos de producción que cooperan, a cuyos poseedores corresponden: la ganancia, pues, de los medios de producción, de los elementos materiales del capital, y la renta, de la tierra o de la naturaleza representada por el propietario de la tierra. (Roscher.)
La propiedad de la tierra, el capital y el trabajo asalariado se transforman por eso, de fuentes del rédito en el sentido de que el capital atrae hacia el capitalista una parte de la plusvalía que este extrae del trabajo, en la forma de la ganancia; el monopolio sobre la tierra atrae hacia el propietario de la tierra otra parte, en la forma de la renta, y el trabajo adjudica al obrero la última parte de valor todavía disponible, en la forma del salario; de fuentes por medio de las cuales una parte del valor se transforma en la forma de la ganancia, una segunda en la forma de la renta y una tercera en la forma del salario, en fuentes reales de las que brotan estas mismas partes de valor y las partes correspondientes del producto en que existen o por las que son intercambiables, y de las que, por tanto, como fuente última, brota el valor mismo del producto.6
Ya en las categorías más simples del modo de producción capitalista, e incluso de la producción de mercancías, en la mercancía y en el dinero, hemos puesto de manifiesto el carácter mistificador que transforma las relaciones sociales, a las que los elementos materiales de la riqueza sirven de portadores en la producción, en propiedades de estas mismas cosas (mercancía), y, de manera todavía más pronunciada, la relación de producción misma en una cosa (dinero). Todas las formas de sociedad, en la medida en que llegan a la producción de mercancías y a la circulación del dinero, participan de esta inversión. Pero en el modo de producción capitalista y en el capital, que constituye su categoría dominante, su relación de producción determinante, este mundo encantado e invertido se desarrolla todavía mucho más. Si se considera el capital, en primer lugar, en el proceso inmediato de producción —como extractor de plustrabajo—, esta relación es todavía muy simple, y la conexión real se impone a los portadores de este proceso, a los propios capitalistas, y está todavía en su consciencia. La violenta lucha por los límites de la jornada laboral lo demuestra de manera contundente. Pero incluso dentro de esta esfera no mediada, la esfera del proceso inmediato entre el trabajo y el capital, la cosa no se queda en esta simplicidad. Con el desarrollo de la plusvalía relativa en el modo de producción propiamente, específicamente capitalista, con el que se desarrollan las fuerzas productivas sociales del trabajo, estas fuerzas productivas y las conexiones sociales del trabajo en el proceso inmediato de trabajo aparecen como desplazadas del trabajo al capital. Con ello el capital se convierte ya en un ser muy místico, al aparecer todas las fuerzas productivas sociales del trabajo como fuerzas que le pertenecen a él, y no al trabajo como tal, y que brotan de su propio seno. Luego se interpone el proceso de circulación, a cuyo cambio material y formal quedan sometidas todas las partes del capital, incluso del capital agrícola, en el mismo grado en que se desarrolla el modo de producción específicamente capitalista. Es esta una esfera en la que las relaciones de la producción originaria de valor pasan por completo a segundo plano. Ya en el proceso inmediato de producción, el capitalista actúa al mismo tiempo como productor de mercancías, como director de la producción de mercancías. Por eso este proceso de producción no se le presenta en modo alguno simplemente como proceso de producción de plusvalía. Pero cualquiera que sea la plusvalía que el capital ha bombeado en el proceso inmediato de producción y representado en mercancías, el valor y la plusvalía contenidos en las mercancías tienen que realizarse primero en el proceso de circulación. Y tanto la restitución de los valores adelantados en la producción como, sobre todo, la plusvalía contenida en las mercancías parecen no solo realizarse en la circulación, sino brotar de ella; una apariencia que consolidan sobre todo dos circunstancias: en primer lugar, la ganancia en la enajenación, que depende del engaño, la astucia, el conocimiento del oficio, la habilidad y mil coyunturas del mercado; pero luego, la circunstancia de que aquí, junto al tiempo de trabajo, se añade un segundo elemento determinante: el tiempo de circulación. Este funciona, ciertamente, solo como límite negativo de la formación de valor y de plusvalía, pero tiene la apariencia de ser un fundamento tan positivo como el trabajo mismo y de introducir una determinación que procede de la naturaleza del capital y es independiente del trabajo. En el libro II, naturalmente, solo teníamos que exponer esta esfera de la circulación en relación con las determinaciones formales que genera, y mostrar el desarrollo ulterior de la figura del capital que se opera en ella. Pero en la realidad esta esfera es la esfera de la competencia, que, si se considera cada caso singular, está dominada por el azar; en la que, por tanto, la ley interna que se impone en estos azares y los regula solo se hace visible en cuanto estos azares se agrupan en grandes masas; en la que, por tanto, permanece invisible e incomprensible para los propios agentes singulares de la producción. Pero, además, el proceso real de producción, como unidad del proceso inmediato de producción y del proceso de circulación, genera configuraciones nuevas en las que se pierde cada vez más la vena de la conexión interna, las relaciones de producción se autonomizan unas frente a otras y los componentes de valor se osifican unos frente a otros en formas autónomas.
La transformación de la plusvalía en ganancia está determinada, como hemos visto, tanto por el proceso de circulación como por el proceso de producción. La plusvalía, en la forma de la ganancia, ya no se refiere a la parte del capital desembolsada en trabajo, de la que brota, sino al capital global. La tasa de ganancia está regulada por leyes propias, que admiten e incluso condicionan un cambio de esta con una tasa de plusvalía constante. Todo esto encubre cada vez más la verdadera naturaleza de la plusvalía y, por tanto, el verdadero mecanismo motor del capital. Esto ocurre todavía más mediante la transformación de la ganancia en ganancia media y de los valores en precios de producción, en los promedios reguladores de los precios de mercado. Se interpone aquí un complicado proceso social, el proceso de nivelación de los capitales, que separa los precios medios relativos de las mercancías de sus valores, y las ganancias medias en las distintas esferas de producción (prescindiendo por completo de las inversiones individuales de capital en cada esfera particular de producción) de la explotación real del trabajo por los capitales particulares. No solo lo parece, sino que aquí, en efecto, el precio medio de las mercancías es distinto de su valor, es decir, del trabajo realizado en ellas, y la ganancia media de un capital particular es distinta de la plusvalía que este capital ha extraído de los obreros que emplea. El valor de las mercancías ya solo aparece de modo inmediato en la influencia de la fuerza productiva cambiante del trabajo sobre el descenso y el ascenso de los precios de producción, sobre su movimiento, no sobre sus límites últimos. La ganancia ya solo aparece determinada de manera accesoria por la explotación inmediata del trabajo, en la medida, a saber, en que esta permite al capitalista realizar, con los precios de mercado reguladores, existentes en apariencia con independencia de esta explotación, una ganancia que se desvía de la ganancia media. Las propias ganancias medias normales parecen inmanentes al capital, independientes de la explotación; la explotación anormal, o también la explotación media en condiciones excepcionales favorables, parece condicionar solo las desviaciones respecto de la ganancia media, no esta misma. La escisión de la ganancia en ganancia empresarial e interés (por no hablar de la intervención de la ganancia comercial y de la ganancia del comercio de dinero, que se fundan en la circulación y que parecen brotar enteramente de ella y no del proceso de producción mismo) consuma la autonomización de la forma de la plusvalía, la osificación de su forma frente a su sustancia, a su esencia. Una parte de la ganancia, en contraposición a la otra, se desprende por completo de la relación capitalista como tal y se presenta como si brotara no de la función de explotación del trabajo asalariado, sino del trabajo asalariado del propio capitalista. En contraposición a ello, el interés parece entonces brotar, con independencia tanto del trabajo asalariado del obrero como del trabajo propio del capitalista, del capital como su propia fuente independiente. Si originariamente, en la superficie de la circulación, el capital aparecía como fetiche del capital, como valor creador de valor, ahora vuelve a presentarse, en la figura del capital que devenga interés, como en su forma más alienada y más peculiar. Por eso la forma «capital – interés», como tercera junto a «tierra – renta» y «trabajo – salario», es mucho más consecuente que «capital – ganancia», puesto que en la ganancia queda todavía un recuerdo de su origen, que en el interés no solo está borrado, sino puesto en una forma fija contrapuesta a este origen.
Por último, junto al capital, como fuente autónoma de plusvalía, aparece la propiedad de la tierra, como límite de la ganancia media y como algo que transfiere una parte de la plusvalía a una clase que ni trabaja ella misma, ni explota directamente a obreros, ni puede, como el capital que devenga interés, explayarse en consideraciones moralmente edificantes, por ejemplo, el riesgo y el sacrificio que supone prestar el capital. Al parecer aquí una parte de la plusvalía ligada directamente no a relaciones sociales, sino a un elemento natural, la tierra, se consuma la forma de la alienación y de la osificación de las distintas partes de la plusvalía unas frente a otras, la conexión interna queda definitivamente desgarrada y su fuente completamente sepultada, precisamente por la autonomización, unas frente a otras, de las relaciones de producción ligadas a los distintos elementos materiales del proceso de producción.
En capital – ganancia, o, mejor todavía, capital – interés, tierra – renta de la tierra, trabajo – salario, en esta trinidad económica como conexión de los componentes del valor y de la riqueza en general con sus fuentes, se consuma la mistificación del modo de producción capitalista, la reificación de las relaciones sociales, la fusión inmediata de las relaciones materiales de producción con su determinación histórico-social: el mundo encantado, invertido y puesto cabeza abajo en el que Monsieur le Capital y Madame la Terre7 andan como fantasmas, como caracteres sociales y, al mismo tiempo, de modo inmediato, como meras cosas. El gran mérito de la economía clásica consiste en haber disuelto esta falsa apariencia y este engaño, esta autonomización y osificación de los distintos elementos sociales de la riqueza unos frente a otros, esta personificación de las cosas y cosificación de las relaciones de producción, esta religión de la vida cotidiana, al reducir el interés a una parte de la ganancia y la renta al excedente sobre la ganancia media, de modo que ambos coinciden en la plusvalía; al presentar el proceso de circulación como mera metamorfosis de las formas y, por último, al reducir al trabajo, en el proceso inmediato de producción, el valor y la plusvalía de las mercancías. Sin embargo, incluso los mejores de sus portavoces siguen presos, más o menos, como no puede ser de otro modo desde el punto de vista burgués, en el mundo de la apariencia que ellos mismos han disuelto críticamente, y por eso todos caen, más o menos, en inconsecuencias, medias tintas y contradicciones no resueltas. Por otra parte, en cambio, es igualmente natural que los agentes reales de la producción se sientan completamente en casa en estas formas alienadas e irracionales de capital – interés, tierra – renta, trabajo – salario, pues son precisamente las configuraciones de la apariencia en que se mueven y con las que tienen que ver a diario. Es igualmente natural, por eso, que la economía vulgar, que no es más que una traducción didáctica, más o menos doctrinaria, de las representaciones cotidianas de los agentes reales de la producción, en las que introduce un cierto orden inteligible, encuentre precisamente en esta trinidad, en la que está borrada toda la conexión interna, la base natural y por encima de toda duda de su superficial fatuidad. Esta fórmula responde al mismo tiempo al interés de las clases dominantes, puesto que proclama la necesidad natural y la legitimidad eterna de sus fuentes de ingresos y las eleva a dogma.
En la exposición de la cosificación de las relaciones de producción y de su autonomización frente a los agentes de la producción no entramos en el modo en que las conexiones, a través del mercado mundial, sus coyunturas, el movimiento de los precios de mercado, los períodos del crédito, los ciclos de la industria y del comercio, la alternancia de prosperidad y crisis, se les aparecen como leyes naturales todopoderosas que los dominan con independencia de su voluntad y se imponen frente a ellos como necesidad ciega. No lo hacemos porque el movimiento real de la competencia queda fuera de nuestro plan y solo tenemos que exponer la organización interna del modo de producción capitalista, por así decirlo, en su promedio ideal.
En las formas de sociedad anteriores, esta mistificación económica solo se presenta principalmente en relación con el dinero y el capital que devenga interés. Por la naturaleza de las cosas, queda excluida, en primer lugar, allí donde predomina la producción para el valor de uso, para las necesidades propias inmediatas; en segundo lugar, allí donde, como en la Antigüedad y en la Edad Media, la esclavitud o la servidumbre forman la amplia base de la producción social: el dominio de las condiciones de producción sobre los productores queda aquí oculto por las relaciones de dominio y de servidumbre, que aparecen y son visibles como resortes inmediatos del proceso de producción. En las comunidades originarias, donde reina un comunismo espontáneo, e incluso en las comunidades urbanas antiguas, es esta misma comunidad, con sus condiciones, la que se presenta como base de la producción, así como su reproducción se presenta como su fin último. Incluso en el régimen gremial medieval, ni el capital ni el trabajo aparecen libres de ataduras, sino que sus relaciones están determinadas por el régimen corporativo y por las relaciones conectadas con él y las representaciones correspondientes del deber profesional, la maestría, etc. Solo en el modo de producción capitalista…
Capítulo cuadragesimonoveno. Sobre el análisis del proceso de producción
Para la investigación que sigue puede prescindirse de la diferencia entre precio de producción y valor, puesto que esta diferencia desaparece por completo cuando, como ocurre aquí, se considera el valor del producto global anual del trabajo, es decir, del producto del capital social global.
La ganancia (ganancia empresarial más interés) y la renta no son más que formas peculiares que adoptan partes particulares de la plusvalía de las mercancías. La magnitud de la plusvalía es el límite de la suma de las magnitudes de las partes en que puede descomponerse. La ganancia media más la renta son, por tanto, iguales a la plusvalía. Es posible que una parte del plustrabajo contenido en las mercancías, y por tanto de la plusvalía, no entre directamente en la nivelación para formar la ganancia media; de modo que una parte del valor de las mercancías no se exprese en absoluto en su precio. Pero, en primer lugar, esto se compensa por el hecho de que, o bien la tasa de ganancia aumenta, si la mercancía vendida por debajo de su valor constituye un elemento del capital constante, o bien la ganancia y la renta se representan en un producto mayor, si la mercancía vendida por debajo de su valor entra, como artículo del consumo individual, en la parte del valor consumida como rédito. Pero, en segundo lugar, esto se anula en el movimiento medio. En todo caso, aunque una parte de la plusvalía no expresada en el precio de la mercancía se pierda para la formación de los precios, la suma de la ganancia media más la renta, en su forma normal, nunca puede ser mayor que la plusvalía global, aunque sí menor. Su forma normal presupone un salario correspondiente al valor de la fuerza de trabajo. Incluso la renta de monopolio, en la medida en que no es una deducción del salario, es decir, en que no forma una categoría especial, tiene que formar siempre, indirectamente, una parte de la plusvalía; si no parte del excedente del precio sobre los costes de producción de la propia mercancía de la que constituye un componente, como en la renta diferencial, o parte excedente de la plusvalía de la propia mercancía de la que constituye un componente sobre la parte de su propia plusvalía medida por la ganancia media (como en la renta absoluta), sí, al menos, de la plusvalía de otras mercancías, es decir, de las mercancías que se intercambian por esta mercancía que tiene un precio de monopolio. — La suma de la ganancia media más la renta de la tierra nunca puede ser mayor que la magnitud de la que son partes y que está ya dada antes de esta división. Por eso es indiferente para nuestra consideración que la plusvalía entera de las mercancías, es decir, todo el plustrabajo contenido en las mercancías, se realice o no en su precio. El plustrabajo no se realiza por entero ya por el solo hecho de que, con el constante cambio de magnitud del trabajo socialmente necesario para producir una mercancía dada, que brota del constante cambio de la fuerza productiva del trabajo, una parte de las mercancías tiene que producirse siempre en condiciones anormales y venderse, por tanto, por debajo de su valor individual. En todo caso, la ganancia más la renta son iguales a la plusvalía realizada entera (plustrabajo), y para la consideración de que aquí se trata la plusvalía realizada puede equipararse a toda la plusvalía; pues la ganancia y la renta son plusvalía realizada, es decir, en general la plusvalía que entra en los precios de las mercancías, y por tanto, en la práctica, toda la plusvalía que forma un componente de este precio.
Por otra parte, el salario, que forma la tercera forma peculiar del rédito, es siempre igual al componente variable del capital, es decir, al componente desembolsado no en medios de trabajo, sino en la compra de la fuerza de trabajo viva, en el pago de obreros. (El trabajo que se paga al gastar rédito es pagado a su vez con salario, ganancia o renta y, por tanto, no forma parte alguna del valor de las mercancías con que se paga. No entra en consideración, pues, en el análisis del valor de las mercancías y de los componentes en que este se descompone.) Es la objetivación de la parte de la jornada laboral global de los obreros en la que se reproduce el valor del capital variable y, por tanto, el precio del trabajo; la parte del valor de las mercancías en la que el obrero reproduce el valor de su propia fuerza de trabajo o el precio de su trabajo. La jornada laboral global del obrero se divide en dos partes. Una parte, en la que efectúa la cantidad de trabajo necesaria para reproducir el valor de sus propios medios de subsistencia: la parte pagada de su trabajo global, la parte de su trabajo necesaria para su propia conservación y reproducción. Toda la parte restante de la jornada laboral, toda la cantidad excedente de trabajo que efectúa más allá del trabajo realizado en el valor de su salario, es plustrabajo, trabajo no pagado, que se representa en la plusvalía de toda su producción de mercancías (y, por tanto, en una cantidad excedente de mercancía), plusvalía que a su vez se descompone en partes con nombres distintos, en ganancia (ganancia empresarial más interés) y renta.
Así pues, toda la parte de valor de las mercancías en la que se realiza el trabajo global añadido por los obreros durante un día o un año, el valor global del producto anual que crea este trabajo, se descompone en el valor del salario, la ganancia y la renta. Pues este trabajo global se divide en trabajo necesario, mediante el cual el obrero crea la parte de valor del producto con que se le paga a él mismo, es decir, el salario, y en plustrabajo no pagado, mediante el cual crea la parte de valor del producto que representa la plusvalía y que más tarde se separa en ganancia y renta. Aparte de este trabajo, el obrero no efectúa trabajo alguno, y aparte del valor global del producto, que adopta las formas de salario, ganancia y renta, no crea valor alguno. El valor del producto anual en que se representa su trabajo añadido de nuevo durante el año es igual al salario o al valor del capital variable más la plusvalía, que a su vez se descompone en las formas de ganancia y renta.
Así pues, toda la parte de valor del producto anual que el obrero crea en el curso del año se expresa en la suma anual de valor de los tres réditos, en el valor del salario, la ganancia y la renta. Es evidente, por tanto, que en el valor del producto creado anualmente no se reproduce el valor de la parte constante del capital, pues el salario solo es igual al valor de la parte variable del capital adelantada en la producción, y la renta y la ganancia solo son iguales a la plusvalía, al excedente de valor producido sobre el valor global del capital adelantado, que es igual al valor del capital constante más el valor del capital variable.
Para la dificultad que aquí ha de resolverse es completamente indiferente que una parte de la plusvalía transformada en la forma de ganancia y renta no se consuma como rédito, sino que sirva para la acumulación. La parte de ella que se ahorra como fondo de acumulación sirve para formar capital nuevo, adicional, pero no para reponer el antiguo, ni el componente del capital antiguo desembolsado en fuerza de trabajo ni el desembolsado en medios de trabajo. Aquí puede suponerse, pues, para simplificar, que los réditos entran por entero en el consumo individual. La dificultad se presenta por partida doble. Por una parte: el valor del producto anual en que se consumen estos réditos, salario, ganancia y renta, contiene una parte de valor igual a la parte de valor de la parte constante del capital que se ha consumido en él. Contiene esta parte de valor además de la parte de valor que se resuelve en salario y de la parte de valor que se resuelve en ganancia y renta. Su valor es, pues, = salario + ganancia + renta + C, que representa su parte constante de valor. ¿Cómo va a comprar ahora el valor producido anualmente, que solo es = salario + ganancia + renta, un producto cuyo valor es = (salario + ganancia + renta) + C? ¿Cómo puede el valor producido anualmente comprar un producto que tiene un valor más alto que él mismo?
Por otra parte: si prescindimos de la parte del capital constante que no ha entrado en el producto y que, por tanto, aunque con un valor disminuido, sigue existiendo después igual que antes de la producción anual de mercancías; si, pues, hacemos abstracción por el momento del capital fijo empleado pero no consumido, la parte constante del capital adelantado ha pasado por entero al nuevo producto en la forma de materias primas y auxiliares, mientras que una parte de los medios de trabajo se ha gastado por completo y otra solo se ha desgastado en parte, de modo que solo una parte de su valor se ha consumido en la producción. Toda esta parte del capital constante gastada en la producción tiene que reponerse in natura. Suponiendo que todas las demás circunstancias, especialmente la fuerza productiva del trabajo, permanezcan inalteradas, su reposición cuesta la misma cantidad de trabajo que antes, es decir, tiene que reponerse con un equivalente de valor. De lo contrario, la reproducción misma no puede tener lugar en la escala anterior. Pero ¿quién ha de efectuar estos trabajos, y quién los efectúa?
En la primera dificultad —¿quién ha de pagar la parte constante de valor contenida en el producto, y con qué?— se supone que el valor del capital constante consumido en la producción reaparece como parte de valor del producto. Esto no contradice los supuestos de la segunda dificultad. Pues ya en el libro I, cap. V (proceso de trabajo y proceso de valorización), se ha demostrado cómo, mediante la mera adición de trabajo nuevo, aunque este no reproduce el valor antiguo, sino que solo crea una adición a él, solo crea valor adicional, el valor antiguo se conserva al mismo tiempo en el producto, pero que esto lo hace el trabajo no en cuanto trabajo creador de valor, es decir, trabajo en general, sino en su función de trabajo productivo determinado. No hacía falta, pues, trabajo adicional alguno para conservar el valor de la parte constante en el producto en el que se gasta el rédito, es decir, todo el valor creado durante el año. Pero sí hace falta trabajo nuevo adicional para reponer el capital constante consumido durante el año transcurrido según su valor y su valor de uso, reposición sin la cual la reproducción es en general imposible.
Todo el trabajo añadido de nuevo está representado en el valor creado de nuevo durante el año, que a su vez se resuelve por entero en los tres réditos: salario, ganancia y renta. — Por una parte, pues, no queda trabajo social excedente alguno para reponer el capital constante consumido, que ha de restablecerse en parte in natura y según su valor, y en parte solo según su valor (por el mero desgaste del capital fijo). Por otra parte, el valor creado anualmente por el trabajo, que se descompone en las formas de salario, ganancia y renta y ha de gastarse en ellas, no parece bastar para pagar o comprar la parte constante del capital que, además de su propio valor, tiene que hallarse contenida en el producto anual.
Como se ve, el problema aquí planteado ya está resuelto en el estudio de la reproducción del capital social global, libro II, sección III. Volvemos aquí sobre él, en primer lugar, porque allí la plusvalía todavía no estaba desarrollada en sus formas de rédito: ganancia (ganancia empresarial más interés) y renta, y por eso tampoco podía tratarse en estas formas; pero, además, porque precisamente a la forma de salario, ganancia y renta va unido un error increíble en el análisis, que atraviesa toda la economía política desde A. Smith.
Allí dividimos todo el capital en dos grandes clases: la clase I, que produce medios de producción, y la clase II, que produce medios de consumo individual. La circunstancia de que ciertos productos puedan servir tanto para el disfrute personal como de medios de producción (un caballo, el grano, etc.) no anula en modo alguno la exactitud absoluta de esta división. No es, en efecto, una hipótesis, sino solo la expresión de un hecho. Tómese el producto anual de un país. Una parte del producto, cualquiera que sea su capacidad de servir como medio de producción, entra en el consumo individual. Es el producto en el que se gastan el salario, la ganancia y la renta. Este producto es el producto de una sección determinada del capital social. Es posible que este mismo capital produzca también productos pertenecientes a la clase I. En la medida en que lo hace, no es la parte de este capital consumida en el producto de la clase II, en el producto que realmente cae en el consumo individual, la que suministra los productos consumidos productivamente que corresponden a la clase I. Todo este producto II, que entra en el consumo individual y en el que, por tanto, se gasta el rédito, es la existencia del capital consumido en él más el excedente producido. Es, pues, producto de un capital invertido en la mera producción de medios de consumo. Y del mismo modo, la sección I del producto anual, que sirve como medio de reproducción, materia prima e instrumentos de trabajo, cualquiera que sea la capacidad que este producto pueda tener por lo demás, naturaliter8, de servir como medio de consumo, es producto de un capital invertido en la mera producción de medios de producción. La parte con mucho mayor de los productos que forman el capital constante existe también materialmente en una forma en la que no puede entrar en el consumo individual. En la medida en que podría hacerlo, como, por ejemplo, un campesino podría comerse su simiente o sacrificar su ganado de tiro, el límite económico surte para él exactamente el mismo efecto que si esta parte existiera en una forma no consumible.
Como ya se ha dicho, en ambas clases hacemos abstracción de la parte fija del capital constante, que sigue existiendo in natura y según su valor, con independencia del producto anual de ambas clases.
En la clase II, en cuyos productos se gastan el salario, la ganancia y la renta, en una palabra, se consumen los réditos, el producto consta a su vez, según su valor, de tres componentes. Un componente es igual al valor de la parte constante del capital consumida en la producción; un segundo componente es igual al valor de la parte variable del capital adelantada en la producción, desembolsada en salario; por último, un tercer componente es igual a la plusvalía producida, es decir, = ganancia + renta. El primer componente del producto de la clase II, el valor de la parte constante del capital, no puede ser consumido ni por los capitalistas ni por los obreros de la clase II, ni por los propietarios de la tierra. No forma parte alguna de su rédito, sino que tiene que reponerse in natura, y tiene que venderse para que esto pueda ocurrir. En cambio, los otros dos componentes de este producto son iguales al valor de los réditos generados en esta clase, = salario + ganancia + renta.
En la clase I, el producto consta, por su forma, de los mismos componentes. Pero la parte que aquí forma rédito, salario + ganancia + renta, en una palabra, la parte variable del capital + la plusvalía, no se consume aquí en la forma natural de los productos de esta clase I, sino en los productos de la clase II. El valor de los réditos de la clase I tiene que consumirse, pues, en la parte del producto de la clase II que forma el capital constante de II que ha de reponerse. La parte del producto de la clase II que tiene que reponer su capital constante es consumida en su forma natural por los obreros, los capitalistas y los propietarios de la tierra de la clase I. Estos desembolsan sus réditos en este producto II. Por otra parte, el producto de I, en su forma natural, en la medida en que representa rédito de la clase I, es consumido productivamente por la clase II, cuyo capital constante repone in natura. Por último, la parte gastada del capital constante de la clase I se repone con los propios productos de esta clase, que consisten precisamente en medios de trabajo, materias primas y auxiliares, etc., en parte mediante el intercambio de los capitalistas I entre sí, en parte porque una parte de estos capitalistas puede volver a emplear directamente su propio producto como medio de producción.
Tomemos el esquema9 anterior (libro II, cap. XX, II) de la reproducción simple:
I. 4.000c + 1.000v + 1.000p = 6.000 ⎫
⎬ = 9.000
II. 2.000c + 500v + 500p = 3.000 ⎭
Según esto, en II los productores y propietarios de la tierra consumen como rédito 500v + 500p = 1.000; quedan por reponer 2.000c. Estos son consumidos por los obreros, capitalistas y perceptores de rentas de I, cuyo ingreso es = 1.000v + 1.000p = 2.000. El producto consumido de II se consume como rédito de I, y la parte del rédito de I representada en el producto no consumible se consume como capital constante de II. Queda, pues, por dar cuenta de los 4.000c de I. Estos se reponen con el propio producto de I = 6.000, o más bien = 6.000 – 2.000; pues estos 2.000 ya se han convertido en capital constante para II. Hay que observar que las cifras se han supuesto, ciertamente, de manera arbitraria, y que, por tanto, también la relación entre el valor del rédito de I y el valor del capital constante de II parece arbitraria. Es evidente, sin embargo, que, en la medida en que el proceso de reproducción se desarrolla normalmente y en circunstancias por lo demás constantes, es decir, prescindiendo de la acumulación, la suma de valor del salario, la ganancia y la renta en la clase I tiene que ser igual al valor de la parte constante del capital de la clase II. De lo contrario, o bien la clase II no puede reponer su capital constante, o bien la clase I no puede convertir su rédito de la forma no consumible en la consumible.
El valor del producto anual en mercancías, exactamente igual que el valor del producto en mercancías de una inversión de capital particular y que el valor de cada mercancía singular, se resuelve, pues, en dos componentes de valor: uno, A, que repone el valor del capital constante adelantado, y otro, B, que se representa en la forma de rédito como salario, ganancia y renta. Este último componente de valor, B, forma un contraste con el primero, A, en la medida en que este, en igualdad de las demás circunstancias, 1.º, nunca adopta la forma de rédito, y 2.º, refluye siempre en la forma de capital, y precisamente de capital constante. El otro componente, B, es, sin embargo, a su vez contrapuesto en sí mismo. La ganancia y la renta tienen en común con el salario que las tres son formas de rédito. Pese a ello, se distinguen esencialmente en que en la ganancia y en la renta se representa plusvalía, es decir, trabajo no pagado, y en el salario, trabajo pagado. La parte de valor del producto que representa el salario gastado, es decir, que repone el salario y que, bajo nuestros supuestos, en los que la reproducción se efectúa en la misma escala y en las mismas condiciones, vuelve a transformarse en salario, refluye primero como capital variable, como un componente del capital que ha de adelantarse de nuevo para la reproducción. Este componente funciona por partida doble. Existe primero en la forma de capital y como tal se intercambia por la fuerza de trabajo. En manos del obrero se transforma en el rédito que este obtiene de la venta de su fuerza de trabajo, se convierte como rédito en medios de subsistencia y se consume. Cuando media la circulación del dinero, se pone de manifiesto este doble proceso. El capital variable se adelanta en dinero, se paga en salario. Esta es su primera función como capital. Se intercambia por la fuerza de trabajo y se transforma en la exteriorización de esta fuerza de trabajo, en trabajo. Este es el proceso para el capitalista. Pero, en segundo lugar, con este dinero los obreros compran una parte de su producto en mercancías, medida por este dinero, que consumen como rédito. Si suprimimos mentalmente la circulación del dinero, una parte del producto del obrero está en manos del capitalista en la forma de capital existente. Esta parte la adelanta como capital, se la da al obrero por nueva fuerza de trabajo, mientras que el obrero la consume como rédito, directamente o mediante el intercambio por otras mercancías. La parte de valor del producto destinada, pues, en la reproducción, a transformarse en salario, en rédito para los obreros, refluye primero a manos del capitalista en la forma de capital, más precisamente de capital variable. Que refluya en esta forma es una condición esencial para que el trabajo como trabajo asalariado, los medios de producción como capital y el proceso de producción mismo como proceso capitalista se reproduzcan siempre de nuevo.
Si no quiere uno enredarse en dificultades inútiles, tiene que distinguir el rendimiento bruto y el rendimiento neto del ingreso bruto y del ingreso neto.
El rendimiento bruto o producto bruto es todo el producto reproducido. Con exclusión de la parte empleada pero no consumida del capital fijo, el valor del rendimiento bruto o del producto bruto es igual al valor del capital adelantado y consumido en la producción, constante y variable, más la plusvalía, que se resuelve en ganancia y renta. O, si no se considera el producto del capital singular, sino el del capital social global, el rendimiento bruto es igual a los elementos materiales que forman el capital constante y el variable, más los elementos materiales del plusproducto en que se representan la ganancia y la renta.
El ingreso bruto es la parte de valor, y la parte del producto bruto medida por ella, que queda después de deducir la parte de valor, y la parte del producto de la producción global medida por ella, que repone el capital constante adelantado y consumido en la producción. El ingreso bruto es, pues, igual al salario (o a la parte del producto destinada a convertirse de nuevo en ingreso del obrero) + la ganancia + la renta. El ingreso neto, en cambio, es la plusvalía y, por tanto, el plusproducto que queda después de deducir el salario, y que, por tanto, representa en realidad la plusvalía realizada por el capital, que ha de repartirse con los propietarios de la tierra, y el plusproducto medido por ella.
Hemos visto ahora que el valor de cada mercancía singular y el valor de todo el producto en mercancías de cada capital singular se descomponen en dos partes: una, que se limita a reponer capital constante, y otra que, aunque una fracción de ella refluye como capital variable, es decir, refluye también en la forma de capital, está destinada, sin embargo, a transformarse por entero en ingreso bruto y a adoptar la forma del salario, de la ganancia y de la renta, cuya suma constituye el ingreso bruto. Hemos visto, además, que lo mismo ocurre con respecto al valor del producto global anual de una sociedad. Entre el producto del capitalista singular y el de la sociedad solo hay una diferencia en este sentido: considerado desde el punto de vista del capitalista singular, el ingreso neto se distingue del ingreso bruto, pues este incluye el salario y aquel lo excluye. Si se considera el ingreso de toda la sociedad, el ingreso nacional consta del salario más la ganancia más la renta, es decir, del ingreso bruto. Sin embargo, también esto es una abstracción, en la medida en que toda la sociedad, sobre la base de la producción capitalista, se sitúa en el punto de vista capitalista y, por tanto, solo considera ingreso neto el ingreso que se resuelve en ganancia y renta.
En cambio, la fantasía, como por ejemplo en el señor Say, de que para una nación todo el rendimiento, todo el producto bruto, se resuelve en rendimiento neto, o no se distingue de él, de que, por tanto, esta diferencia desaparece desde el punto de vista nacional, no es más que la expresión necesaria y última del absurdo dogma, que atraviesa toda la economía política desde A. Smith, de que el valor de las mercancías se descompone en última instancia por entero en ingreso, en salario, ganancia y renta.10
Comprender, en el caso de cada capitalista singular, que una parte de su producto tiene que volver a transformarse en capital (aun prescindiendo de la ampliación de la reproducción o de la acumulación), y no solo en capital variable, destinado a transformarse a su vez en ingreso para los obreros, es decir, en una forma de rédito, sino en capital constante, que nunca puede transformarse en ingreso, es algo, naturalmente, extraordinariamente fácil. La más simple observación del proceso de producción lo muestra a ojos vistas. La dificultad solo empieza cuando se considera el proceso de producción en su conjunto. La circunstancia de que el valor de toda la parte del producto que se consume como rédito, en la forma de salario, ganancia y renta (y es completamente indiferente si se consume individual o productivamente), se resuelva en realidad, en el análisis, por entero en la suma de valor formada por el salario más la ganancia más la renta, es decir, en el valor global de los tres réditos, aunque el valor de esta parte del producto contenga, exactamente igual que el de la que no entra en el rédito, una parte de valor C, igual al valor del capital constante contenido en ellos, y no pueda estar, por tanto, prima facie, limitado por el valor del rédito: de un lado, el hecho prácticamente innegable; de otro, la contradicción teórica no menos innegable; esta dificultad se escamotea del modo más fácil con la afirmación de que el valor de las mercancías solo en apariencia, desde el punto de vista del capitalista singular, contiene una parte ulterior de valor distinta de la parte que existe en forma de rédito. La frase de que lo que para uno aparece como rédito constituye para otro capital ahorra toda reflexión ulterior. Cómo, si el valor de todo el producto es consumible en forma de réditos, puede reponerse el capital antiguo; y cómo el valor del producto de cada capital singular puede ser igual a la suma de valor de los tres réditos más C, el capital constante, mientras que la suma de valor de los productos de todos los capitales, sumada, es igual a la suma de valor de los tres réditos más 0, es algo que, naturalmente, aparece entonces como un enigma insoluble y que tiene que explicarse diciendo que el análisis es incapaz en general de dar con los elementos simples del precio y tiene que contentarse, más bien, con el círculo vicioso y con el progreso al infinito. De modo que lo que aparece como capital constante es resoluble en salario, ganancia y renta, pero los valores de las mercancías en que se representan el salario, la ganancia y la renta están determinados a su vez por el salario, la ganancia y la renta, y así sucesivamente hasta el infinito.11
El dogma radicalmente falso de que el valor de las mercancías es resoluble en última instancia en salario + ganancia + renta se expresa también diciendo que el consumidor tiene que pagar en última instancia el valor global del producto global; o también diciendo que la circulación del dinero entre productores y consumidores tiene que ser igual, en última instancia, a la circulación del dinero entre los propios productores (Tooke); proposiciones todas ellas tan falsas como el principio en que se basan.
Las dificultades que conducen a este análisis falso y prima facie absurdo son, en resumen, las siguientes:
- Que no se comprende la relación fundamental entre capital constante y capital variable, ni, por tanto, la naturaleza de la plusvalía, ni, con ello, toda la base del modo de producción capitalista. El valor de cada producto parcial del capital, de cada mercancía singular, incluye una parte de valor = capital constante, una parte de valor = capital variable (transformado en salario para los obreros) y una parte de valor = plusvalía (separada más tarde en ganancia y renta). ¿Cómo es posible, pues, que el obrero con su salario, el capitalista con su ganancia, el propietario de la tierra con su renta hayan de comprar mercancías que contienen, cada una, no solo uno de estos componentes, sino los tres, y cómo es posible que la suma de valor del salario, la ganancia y la renta, es decir, de las tres fuentes de ingresos juntas, haya de comprar las mercancías que entran en el consumo global de los perceptores de estos ingresos, mercancías que, además de estos tres componentes de valor, contienen todavía un componente de valor excedente, a saber, capital constante? ¿Cómo van a comprar con un valor de tres un valor de cuatro?12
Hemos dado el análisis en el libro II, sección III.
Que no se comprende el modo en que el trabajo, al añadir valor nuevo, conserva valor antiguo en forma nueva sin producir de nuevo este valor.
Que no se comprende la conexión del proceso de reproducción tal como se presenta cuando se lo considera no desde el punto de vista del capital singular, sino desde el del capital global; la dificultad de cómo el producto en el que se realizan el salario y la plusvalía, es decir, todo el valor creado por todo el trabajo añadido de nuevo durante el año, puede reponer su parte constante de valor y resolverse al mismo tiempo en un valor limitado solamente por los réditos; de cómo, además, el capital constante consumido en la producción puede reponerse material y valorativamente con capital nuevo, aunque la suma global del trabajo añadido de nuevo solo se realiza en salario y plusvalía y se representa de manera exhaustiva en la suma de valor de ambos. Es precisamente aquí donde reside la dificultad principal, en el análisis de la reproducción y de la relación entre sus distintos componentes, tanto según su carácter material como según sus relaciones de valor.
Pero se añade otra dificultad, que se agrava todavía más en cuanto los distintos componentes de la plusvalía aparecen en la forma de réditos autónomos unos frente a otros. A saber, la de que las determinaciones fijas de rédito y capital se intercambian y cambian de lugar, de modo que parecen ser solo determinaciones relativas desde el punto de vista del capitalista singular, pero desaparecer cuando se abarca con la vista el proceso de producción global. Por ejemplo, el rédito de los obreros y capitalistas de la clase I, que produce capital constante, repone, según el valor y según la materia, el capital constante de la clase de los capitalistas II, que produce medios de consumo. Puede uno, pues, escurrirse de la dificultad con la representación de que lo que para uno es rédito es para otro capital, y de que estas determinaciones no tienen nada que ver, por tanto, con la particularización real de los componentes de valor de la mercancía. Además: mercancías destinadas en último término a formar los elementos materiales del gasto del rédito, es decir, medios de consumo, recorren durante el año distintas fases, por ejemplo, el hilo de lana y el paño. En una fase forman parte del capital constante; en la otra se consumen individualmente, es decir, entran por entero en el rédito. Puede uno imaginarse, pues, con A. Smith, que el capital constante no es más que un elemento aparente del valor de las mercancías, que desaparece en la conexión global. Así, además, tiene lugar un intercambio de capital variable por rédito. El obrero compra con su salario la parte de las mercancías que forma su rédito. Con ello repone al mismo tiempo al capitalista la forma dineraria del capital variable. Por último: una parte de los productos que forman el capital constante se repone in natura o mediante intercambio por los propios productores del capital constante; un proceso con el que los consumidores no tienen nada que ver. Al pasar esto por alto, surge la apariencia de que el rédito de los consumidores repone todo el producto, es decir, también la parte constante de valor.
Aparte de la confusión que provoca la transformación de los valores en precios de producción, surge otra por la transformación de la plusvalía en distintas formas particulares de rédito, autónomas unas frente a otras y referidas a los distintos elementos de la producción: en ganancia y renta. Se olvida que los valores de las mercancías son la base y que la descomposición de este valor de las mercancías en componentes particulares, y el desarrollo ulterior de estos componentes de valor en formas de rédito, su transformación en relaciones de los distintos poseedores de los distintos agentes de la producción con estos componentes singulares de valor, su distribución entre estos poseedores según determinadas categorías y títulos, no cambian absolutamente nada en la determinación del valor ni en su ley misma. Tampoco cambia la ley del valor por la circunstancia de que la nivelación de la ganancia, es decir, la distribución de la plusvalía global entre los distintos capitales, y los obstáculos que en parte (en la renta absoluta) opone la propiedad de la tierra a esta nivelación, determinen los precios medios reguladores de las mercancías apartándolos de sus valores individuales. Esto, a su vez, solo afecta al recargo de la plusvalía sobre los distintos precios de las mercancías, pero no suprime la plusvalía misma ni el valor global de las mercancías como fuente de estos distintos componentes del precio.
Es este el quid pro quo que examinamos en el capítulo siguiente y que está necesariamente ligado a la apariencia de que el valor brota de sus propios componentes. En efecto, los distintos componentes de valor de la mercancía adquieren primero, en los réditos, formas autónomas y, como tales réditos, se refieren no al valor de la mercancía como a su fuente, sino a los elementos materiales particulares de la producción como a sus fuentes. Están realmente referidos a ellos, pero no como componentes de valor, sino como réditos, como componentes de valor que corresponden a estas categorías determinadas de agentes de la producción: al obrero, al capitalista, al propietario de la tierra. Pero ahora puede uno imaginarse que estos componentes de valor, en lugar de brotar de la descomposición del valor de la mercancía, lo forman, a la inversa, con su reunión, y entonces resulta el hermoso círculo vicioso de que el valor de las mercancías brota de la suma de valor del salario, la ganancia y la renta, y el valor del salario, la ganancia y la renta está determinado a su vez por el valor de las mercancías, etc.13
Si se considera el estado normal de la reproducción, solo una parte del trabajo añadido de nuevo se emplea en la producción y, por tanto, en la reposición de capital constante; a saber, precisamente la parte que repone el capital constante gastado en la producción de medios de consumo, de elementos materiales del rédito. Esto se compensa por el hecho de que esta parte constante de la clase II no cuesta trabajo adicional alguno. Ahora bien, el capital constante que (considerando el proceso global de reproducción, en el que está incluida, por tanto, aquella compensación entre la clase I y la II) no es producto del trabajo añadido de nuevo, aunque este producto no podría elaborarse sin él, este capital constante está expuesto durante el proceso de reproducción, considerado materialmente, a accidentes y peligros que pueden diezmarlo. (Además, también considerado según su valor, puede desvalorizarse a consecuencia de un cambio en la fuerza productiva del trabajo; pero esto solo afecta al capitalista singular.) En consecuencia, una parte de la ganancia, es decir, de la plusvalía y, por tanto, también del plusproducto, en el que (considerado según el valor) solo se representa trabajo añadido de nuevo, sirve como fondo de seguros. Con lo cual no cambia nada en la naturaleza de la cosa que este fondo de seguros sea administrado o no por compañías de seguros como un negocio aparte. Es esta la única parte del rédito que ni se consume como tal ni sirve tampoco necesariamente como fondo de acumulación. Que sirva de hecho como tal o que solo cubra la merma de la reproducción depende del azar. Es esta también la única parte de la plusvalía y del plusproducto, es decir, del plustrabajo, que, además de la parte que sirve para la acumulación, es decir, para la ampliación del proceso de reproducción, tendría que seguir existiendo también después de la supresión del modo de producción capitalista. Esto supone, naturalmente, que la parte consumida regularmente por los productores directos no quedara limitada a su medida mínima actual. Aparte del plustrabajo para quienes, por razón de su edad, todavía no pueden o ya no pueden participar en la producción, desaparecería todo trabajo para el sustento de quienes no trabajan.
Si nos remontamos al comienzo de la sociedad, todavía no existen medios de producción producidos, es decir, no existe capital constante cuyo valor entre en el producto y que, en la reproducción en la misma escala, haya de reponerse in natura a partir del producto, en una medida determinada por su valor. Pero aquí la naturaleza da directamente los medios de subsistencia, que no necesitan ser producidos. Por eso da también al salvaje, que solo tiene pocas necesidades que satisfacer, el tiempo para, no ya emplear los medios de producción todavía inexistentes en una producción nueva, sino transformar, además del trabajo que le cuesta apropiarse de los medios de subsistencia que la naturaleza le ofrece, otros productos naturales en medios de producción: arco, cuchillo de piedra, barca, etc. Este proceso en el salvaje corresponde por completo, considerado solo por su aspecto material, a la reconversión de plustrabajo en capital nuevo. En el proceso de acumulación sigue teniendo lugar continuamente la transformación de tal producto del trabajo excedente en capital; y la circunstancia de que todo capital nuevo brote de la ganancia, de la renta o de otras formas del rédito, es decir, del plustrabajo, conduce a la falsa representación de que todo el valor de las mercancías brota de un rédito. Esta reconversión de la ganancia en capital muestra más bien, a la inversa, si se la analiza de más cerca, que el trabajo adicional —que se representa siempre en forma de rédito— no sirve para la conservación, o bien la reproducción, del antiguo valor del capital, sino, en la medida en que no se consume como rédito, para la creación de capital nuevo, excedente.
Toda la dificultad brota de que todo el trabajo añadido de nuevo, en la medida en que el valor creado por él no se resuelve en salario, aparece como ganancia —entendida aquí como forma de la plusvalía en general—, es decir, como un valor que no le ha costado nada al capitalista y que, por tanto, seguramente tampoco tiene que reponerle nada adelantado, ningún capital. Por eso este valor existe en la forma de la riqueza disponible, adicional; en una palabra, desde el punto de vista del capitalista individual, en la forma de su rédito. Pero este valor creado de nuevo puede consumirse tanto productiva como individualmente, tanto como capital como como rédito. En parte tiene que consumirse productivamente ya por su forma natural. Está claro, pues, que el trabajo añadido anualmente crea tanto capital como rédito; como se muestra, por lo demás, en el proceso de acumulación. Pero la parte de la fuerza de trabajo empleada en la nueva creación de capital (es decir, por analogía, la parte de la jornada laboral que el salvaje emplea, no en apropiarse del alimento, sino en fabricar el instrumento con que se apropia del alimento) se vuelve invisible porque todo el producto del plustrabajo se presenta primero en la forma de ganancia; una determinación que en realidad no tiene nada que ver con este plusproducto mismo, sino que se refiere solo a la relación privada del capitalista con la plusvalía que ha embolsado. En realidad, la plusvalía que crea el obrero se descompone en rédito y capital; es decir, en medios de consumo y en medios de producción adicionales. Pero el antiguo capital constante recibido del año anterior (prescindiendo de la parte que se deteriora y, por tanto, se destruye pro tanto14, es decir, en la medida en que no tiene que reproducirse, y tales perturbaciones del proceso de reproducción caen bajo el seguro), considerado según su valor, no es reproducido por el trabajo añadido de nuevo.
Vemos, además, que una parte del trabajo añadido de nuevo está absorbida constantemente en la reproducción y reposición de capital constante consumido, aunque este trabajo añadido de nuevo solo se resuelve en réditos: salario, ganancia y renta. Pero con ello se pasa por alto: 1.º, que una parte de valor del producto de este trabajo no es producto de este trabajo añadido de nuevo, sino capital constante preexistente y gastado; que la parte del producto en que se representa esta parte de valor no se transforma tampoco, por tanto, en rédito, sino que repone in natura los medios de producción de este capital constante; 2.º, que la parte de valor en que se representa realmente este trabajo añadido de nuevo no se consume in natura como rédito, sino que repone el capital constante en otra esfera, donde se ha convertido en una forma natural en la que puede consumirse como rédito, pero que, a su vez, no es producto exclusivo del trabajo añadido de nuevo.
En la medida en que la reproducción se efectúa en una escala constante, todo elemento gastado del capital constante tiene que reponerse in natura, si no según la cantidad y la forma, sí según la capacidad de rendimiento, por un nuevo ejemplar de la clase correspondiente. Si la fuerza productiva del trabajo sigue siendo la misma, esta reposición en especie incluye la reposición del mismo valor que tenía el capital constante en su forma antigua. Pero si aumenta la fuerza productiva del trabajo, de modo que los mismos elementos materiales pueden reproducirse con menos trabajo, una parte de valor menor del producto puede reponer por completo in natura la parte constante. El excedente puede servir entonces para formar nuevo capital adicional, o puede darse a una parte mayor del producto la forma de medios de consumo, o puede reducirse el plustrabajo. En cambio, si disminuye la fuerza productiva del trabajo, una parte mayor del producto tiene que entrar en la reposición del capital antiguo; el plusproducto disminuye.
La reconversión de la ganancia, o en general de cualquier forma de la plusvalía, en capital muestra —si prescindimos de la forma económica históricamente determinada y la consideramos solo como simple formación de nuevos medios de producción— que sigue subsistiendo el estado en que el obrero, además del trabajo para adquirir medios de subsistencia inmediatos, emplea trabajo en producir medios de producción. Transformación de la ganancia en capital no significa otra cosa que empleo de una parte del trabajo excedente en la formación de medios de producción nuevos, adicionales. Que esto ocurra en la forma de la transformación de la ganancia en capital solo significa que quien dispone del trabajo excedente no es el obrero, sino el capitalista. Que este trabajo excedente tenga que pasar primero por un estadio en el que aparece como rédito (mientras que, por ejemplo, en el salvaje aparece como trabajo excedente dirigido directamente a la producción de medios de producción) solo significa que este trabajo, o su producto, es apropiado por el no trabajador. Pero lo que en realidad se transforma en capital no es la ganancia como tal. Transformación de la plusvalía en capital solo significa que la plusvalía y el plusproducto no son consumidos individualmente por el capitalista como rédito. Pero lo que realmente se transforma así es valor, trabajo objetivado, o bien el producto en que este valor se representa directamente o por el que, previa transformación en dinero, se intercambia. Aun cuando la ganancia se reconvierte en capital, no es esta forma determinada de la plusvalía, la ganancia, la que constituye la fuente del capital nuevo. La plusvalía solo se transforma con ello de una forma en otra. Pero no es este cambio de forma lo que la convierte en capital. Son la mercancía y su valor los que funcionan ahora como capital. Pero que el valor de la mercancía no esté pagado —y solo por eso se convierte en plusvalía— es completamente indiferente para la objetivación del trabajo, para el valor mismo.
El malentendido se expresa en distintas formas. Por ejemplo, en que las mercancías de que consta el capital constante contienen igualmente elementos de salario, ganancia y renta. O bien en que lo que representa rédito para uno representa capital para otro, y en que, por tanto, se trata de relaciones meramente subjetivas. Así, el hilo del hilandero contiene una parte de valor que representa ganancia para él. Por tanto, cuando el tejedor compra el hilo, realiza la ganancia del hilandero, pero para él mismo este hilo no es más que una parte de su capital constante.
Además de lo ya desarrollado anteriormente sobre la relación entre rédito y capital, hay que observar aquí lo siguiente: lo que, considerado según el valor, entra con el hilo como elemento constitutivo en el capital del tejedor es el valor del hilo. Cómo se hayan resuelto las partes de este valor, para el propio hilandero, en capital y rédito, o, con otras palabras, en trabajo pagado y no pagado, es completamente indiferente para la determinación del valor de la mercancía misma (prescindiendo de las modificaciones debidas a la ganancia media). Aquí acecha siempre en el trasfondo la idea de que la ganancia, y en general la plusvalía, es un excedente sobre el valor de la mercancía que solo se obtiene mediante recargo, engaño mutuo, ganancia en la enajenación. Al pagarse el precio de producción, o también el valor de la mercancía, se pagan naturalmente también los componentes de valor de la mercancía que para su vendedor se presentan en forma de rédito. De los precios de monopolio, naturalmente, no se trata aquí.
En segundo lugar, es completamente cierto que los componentes de mercancía de que consta el capital constante, como todo otro valor de mercancía, son reducibles a partes de valor que, para los productores y los propietarios de los medios de producción, se resolvieron en salario, ganancia y renta. Esta no es más que la forma de expresión capitalista del hecho de que todo valor de mercancía no es más que la medida del trabajo socialmente necesario contenido en una mercancía. Pero ya se ha mostrado en el libro primero que esto no impide en absoluto descomponer el producto en mercancías de cada capital en partes separadas, de las que una representa exclusivamente la parte constante del capital, otra la parte variable del capital y una tercera solo la plusvalía.
Storch expresa la opinión también de muchos otros cuando dice:
«Los productos vendibles que constituyen el ingreso nacional deben considerarse en la economía política de dos maneras diferentes: con relación a los individuos, como valores; y con relación a la nación, como bienes; pues el ingreso de una nación no se aprecia como el de un individuo, según su valor, sino según su utilidad o según las necesidades que puede satisfacer.» (Consid. sur la nature du revenu national, p. 19.)
En primer lugar, es una falsa abstracción considerar una nación cuyo modo de producción descansa sobre el valor y que, además, está organizada de manera capitalista como un cuerpo global que trabaja meramente para las necesidades nacionales.
En segundo lugar, después de la supresión del modo de producción capitalista, pero conservándose la producción social, la determinación del valor sigue predominando en el sentido de que la regulación del tiempo de trabajo y la distribución del trabajo social entre los distintos grupos de producción, y finalmente la contabilidad sobre todo ello, se vuelven más esenciales que nunca.
Capítulo quincuagésimo. La apariencia de la competencia
Se ha mostrado que el valor de las mercancías, o el precio de producción regulado por su valor global, se resuelve en:
Una parte de valor que repone capital constante o que representa el trabajo pretérito, anterior, consumido en forma de medios de producción en la elaboración de la mercancía; en una palabra, el valor o precio con que estos medios de producción entraron en el proceso de producción de la mercancía. Aquí nunca hablamos de la mercancía individual, sino del capital mercantil, es decir, de la forma en que se presenta el producto del capital en un período de tiempo determinado, por ejemplo anualmente, y del que la mercancía individual solo constituye un elemento que, por lo demás, se descompone también, por su valor, de manera análoga en los mismos componentes.
La parte de valor del capital variable, que mide el ingreso del obrero y se convierte para él en salario; salario que, por tanto, el obrero ha reproducido en esta parte variable de valor; en suma, la parte de valor en que se representa la parte pagada del trabajo añadido de nuevo, en la producción de la mercancía, a la primera parte, la constante.
La plusvalía, es decir, la parte de valor del producto-mercancía en que se representa el trabajo no pagado o plustrabajo. Esta última parte de valor adopta a su vez las formas autónomas que son al mismo tiempo formas de rédito: las formas de ganancia del capital (interés del capital en cuanto tal y ganancia empresarial del capital en cuanto capital en funciones) y de renta de la tierra, que corresponde al propietario del suelo que coopera en el proceso de producción. Los componentes 2 y 3, es decir, el componente de valor que adopta siempre las formas de rédito de salario (esto siempre solo después de haber pasado antes por la forma de capital variable), ganancia y renta, se distingue del componente constante en que en él se resuelve todo el valor en que se objetiva el trabajo añadido de nuevo a aquella parte constante, a los medios de producción de la mercancía. Si prescindimos ahora de la parte constante de valor, es correcto decir que el valor de la mercancía, en la medida, pues, en que representa trabajo añadido de nuevo, se resuelve constantemente en tres partes que constituyen tres formas de rédito, en salario, ganancia y renta15, cuyas respectivas magnitudes de valor, es decir, las partes alícuotas que forman del valor global, están determinadas por leyes diferentes, peculiares y desarrolladas anteriormente. Pero sería falso decir, a la inversa, que el valor del salario, la tasa de la ganancia y la tasa de la renta constituyen elementos de valor autónomos y constitutivos, de cuya composición surgiría el valor de la mercancía, prescindiendo del componente constante; en otras palabras, sería falso decir que constituyen componentes integrantes del valor de la mercancía o del precio de producción.16
La diferencia se ve enseguida.
Supongamos que el valor del producto de un capital de 500 sea = 400c + 100v + 150p = 650; y que las 150p se descompongan a su vez en 75 de ganancia + 75 de renta. Supondremos además, para evitar dificultades inútiles, que este capital es de composición media, de modo que su precio de producción coincide con su valor; coincidencia que se da siempre que el producto de este capital individual pueda considerarse como producto de una parte del capital global correspondiente a su magnitud.
Aquí el salario, medido por el capital variable, constituye el 20 % del capital adelantado; la plusvalía, calculada sobre el capital global, el 30 %, a saber, el 15 % de ganancia y el 15 % de renta. El componente de valor total de la mercancía en que se objetiva el trabajo añadido de nuevo es igual a 100v + 150p = 250. Su magnitud es independiente de su descomposición en salario, ganancia y renta. Por la proporción de estas partes entre sí vemos que la fuerza de trabajo, que se pagó con 100 en dinero, digamos 100 £, ha suministrado una cantidad de trabajo que se representa en una cantidad de dinero de 250 £. Vemos por ello que el obrero ha realizado 1½ veces tanto plustrabajo como trabajo para sí mismo. Si la jornada laboral era = 10 horas, trabajó 4 horas para sí y 6 para el capitalista. El trabajo de los obreros pagados con 100 £ se expresa, pues, en un valor en dinero de 250 £. Fuera de este valor de 250 £ no hay nada que repartir entre obrero y capitalista, entre capitalista y propietario de la tierra. Es el valor global añadido de nuevo al valor de 400 de los medios de producción. El valor de la mercancía de 250, así producido y determinado por la cantidad de trabajo objetivado en él, constituye, por tanto, el límite de los dividendos que el obrero, el capitalista y el propietario de la tierra pueden extraer de este valor en forma de rédito, de salario, ganancia y renta.
Supongamos que un capital de la misma composición orgánica, es decir, de la misma proporción entre la fuerza de trabajo viva empleada y el capital constante puesto en movimiento, se viera obligado a pagar, por la misma fuerza de trabajo que pone en movimiento el capital constante de 400, 150 £ en vez de 100; y supongamos además que la ganancia y la renta se repartieran también la plusvalía en proporciones distintas. Como se presupone que el capital variable de 150 £ pone en movimiento la misma masa de trabajo que antes el de 100, el valor producido de nuevo seguiría siendo 250, y el valor del producto global, como antes, = 650; pero entonces tendríamos: 400c + 150v + 100p; y estas 100p se descompondrían, por ejemplo, en 45 de ganancia más 55 de renta. La proporción en que se reparte el valor global producido de nuevo en salario, ganancia y renta sería muy distinta; distinta sería también la magnitud del capital global adelantado, aunque solo pone en movimiento la misma masa global de trabajo. El salario ascendería al 27 3/11 %, la ganancia al 8 2/11 % y la renta al 10 % sobre el capital adelantado; la plusvalía global, por tanto, a algo más del 18 %.
A consecuencia del aumento del salario habría cambiado la parte no pagada del trabajo global y, con ella, la plusvalía. Con una jornada laboral de diez horas, el obrero habría trabajado 6 horas para sí y solo 4 horas para el capitalista. También las proporciones de la ganancia y la renta serían distintas: la plusvalía disminuida se repartiría en una proporción modificada entre el capitalista y el propietario de la tierra. Por último, como el valor del capital constante ha permanecido invariable y el valor del capital variable adelantado ha aumentado, la plusvalía disminuida se expresaría en una tasa bruta de ganancia aún más disminuida, entendiendo aquí por tal la proporción entre la plusvalía global y todo el capital adelantado.
El cambio en el valor del salario, en la tasa de la ganancia, en la tasa de la renta, cualquiera que fuese el efecto de las leyes que regulan la proporción entre estas partes, solo podría moverse dentro de los límites que fija el valor de la mercancía de nueva creación, de 250. Solo habría una excepción si la renta descansara en un precio de monopolio. Esto no cambiaría nada en la ley, sino que solo complicaría el examen. Pues si en este caso consideramos únicamente el producto mismo, solo sería distinto el reparto de la plusvalía; pero si consideramos su valor relativo frente a otras mercancías, se encontraría solo esta diferencia: que una parte de la plusvalía habría sido transferida de ellas a esta mercancía específica.
Recapitulemos:
| Valor del producto | Valor nuevo | Tasa de plusvalía | Tasa bruta de ganancia | |
|---|---|---|---|---|
| Primer caso: | 400c + 100v + 150p = 650 | 250 | 150 % | 30 % |
| Segundo caso: | 400c + 150v + 100p = 650 | 250 | 66⅔ % | 18 2/11 % |
En primer lugar, la plusvalía disminuye en un tercio de su importe anterior, de 150 a 100. La tasa de ganancia disminuye algo más de un tercio, del 30 % al 18 %, porque la plusvalía disminuida ha de calcularse sobre un capital global adelantado que ha crecido. Pero no disminuye en modo alguno en la misma proporción que la tasa de plusvalía. Esta disminuye de 150/100 a 100/150, es decir, del 150 % al 66⅔ %, mientras que la tasa de ganancia solo disminuye de 150/500 a 100/550, o del 30 % al 18 2/11 %. La tasa de ganancia disminuye, pues, proporcionalmente más que la masa de plusvalía, pero menos que la tasa de plusvalía. Se muestra además que los valores, así como las masas de los productos, siguen siendo los mismos si se sigue empleando la misma masa de trabajo, aunque el capital adelantado se haya agrandado a consecuencia del aumento de su componente variable. Este agrandamiento del capital adelantado se dejaría sentir, desde luego, de manera muy sensible al capitalista que comenzara un negocio nuevo. Pero, considerando la reproducción en su conjunto, el aumento del capital variable no significa otra cosa sino que una parte mayor del valor creado de nuevo por el trabajo añadido de nuevo se convierte en salario y, por tanto, primero en capital variable, en lugar de convertirse en plusvalía y plusproducto. El valor del producto sigue siendo, pues, el mismo, porque está limitado, por una parte, por el valor del capital constante = 400 y, por otra, por la cifra de 250 en que se representa el trabajo añadido de nuevo. Pero ambos han permanecido invariables. Este producto, en la medida en que volviera a entrar a su vez en capital constante, seguiría representando, con la misma magnitud de valor, igual masa de valor de uso; por tanto, la misma masa de elementos del capital constante conservaría el mismo valor. La cosa sería distinta si el salario subiera, no porque el obrero recibiera una parte mayor de su propio trabajo, sino si recibiera una parte mayor de su propio trabajo porque hubiera disminuido la productividad del trabajo. En este caso, el valor global en que se representaría el mismo trabajo, pagado más no pagado, seguiría siendo el mismo; pero la masa de producto en que se representaría esta masa de trabajo habría disminuido; por tanto, subiría el precio de cada parte alícuota del producto, porque cada parte representaría más trabajo. El salario aumentado de 150 no representaría más producto que antes el de 100; la plusvalía reducida de 100 solo representaría ya ⅔ del producto de antes, el 66⅔ % de la masa de valores de uso que antes se representaban en 100. En este caso se encarecería también el capital constante, en la medida en que este producto entrara en él. Pero esto no sería consecuencia del aumento del salario, sino que el aumento del salario sería consecuencia del encarecimiento de la mercancía y consecuencia de la menor productividad de la misma cantidad de trabajo. Aquí surge la apariencia de que el aumento del salario ha encarecido el producto; pero aquí no es causa, sino consecuencia de un cambio de valor de la mercancía, a consecuencia de la menor productividad del trabajo.
Si, por el contrario, permaneciendo iguales las demás circunstancias, es decir, representándose la misma cantidad de trabajo empleada, como antes, en 250, el valor de los medios de producción empleados por ella subiera o bajara, el valor de la misma masa de productos subiría o bajaría en la misma magnitud. 450c + 100v + 150p da un valor del producto = 700; en cambio, 350c + 100v + 150p da como valor de la misma masa de productos solo 600, frente a los 650 de antes. Así pues, si el capital adelantado que pone en movimiento la misma cantidad de trabajo crece o disminuye, el valor del producto sube o baja, permaneciendo iguales las demás circunstancias, cuando el aumento o la disminución del capital adelantado proviene de un cambio en la magnitud de valor de la parte constante del capital. En cambio, permanece invariable cuando el aumento o la disminución del capital adelantado proviene de un cambio en la magnitud de valor de la parte variable del capital, con la fuerza productiva del trabajo invariable. En el capital constante, el aumento o la disminución de su valor no se compensa con ningún movimiento de sentido contrario. En el capital variable, presuponiendo invariable la productividad del trabajo, el aumento o la disminución de su valor se compensa con el movimiento inverso por parte de la plusvalía, de modo que el valor del capital variable más la plusvalía, es decir, el valor añadido de nuevo a los medios de producción por el trabajo y representado de nuevo en el producto, permanece invariable.
Si, por el contrario, el aumento o la disminución del valor del capital variable o del salario es consecuencia del encarecimiento o del abaratamiento de las mercancías, es decir, de la disminución o el aumento de la productividad del trabajo empleado en esta inversión de capital, esto influye en el valor del producto. Pero la subida o la bajada del salario no es aquí causa, sino solo consecuencia.
Si, por el contrario, en el ejemplo anterior, permaneciendo invariable el capital constante = 400c, el cambio de 100v + 150p a 150v + 100p, es decir, el aumento del capital variable, fuera consecuencia de la disminución de la fuerza productiva del trabajo, no en esta rama particular, por ejemplo la hilatura de algodón, sino, digamos, en la agricultura, que suministra los medios de alimentación del obrero, y, por tanto, consecuencia del encarecimiento de estos medios de alimentación, el valor del producto permanecería invariable. El valor de 650 seguiría representándose en la misma masa de hilo de algodón.
De lo expuesto se desprende además lo siguiente: si la reducción en el desembolso de capital constante mediante economías, etc., se produce en ramas de la producción cuyos productos entran en el consumo de los obreros, esto podría provocar, al igual que el aumento directo de la productividad del propio trabajo empleado, una reducción del salario, por el abaratamiento de los medios de subsistencia del obrero, y, por tanto, un crecimiento de la plusvalía; de modo que la tasa de ganancia crecería aquí por dos razones, a saber, por una parte, porque disminuye el valor del capital constante y, por otra, porque aumenta la plusvalía. En nuestro examen de la transformación de la plusvalía en ganancia supusimos que el salario no baja, sino que permanece constante, porque allí teníamos que investigar las oscilaciones de la tasa de ganancia con independencia de los cambios de la tasa de plusvalía. Además, las leyes desarrolladas allí son generales y valen también para las inversiones de capital cuyos productos no entran en el consumo del obrero, en las que, por tanto, los cambios de valor del producto no influyen en el salario.
La particularización y la resolución del valor añadido anualmente de nuevo por el trabajo añadido de nuevo a los medios de producción o a la parte constante del capital en las diversas formas de rédito de salario, ganancia y renta no cambia, pues, nada en los límites del valor mismo, en la suma de valor que se reparte entre estas diversas categorías; del mismo modo que un cambio en la proporción de estas partes individuales entre sí tampoco puede alterar su suma, esta magnitud de valor dada. La cifra dada de 100 sigue siendo siempre la misma, tanto si se divide en 50 + 50 como en 20 + 70 + 10 o en 40 + 30 + 30. La parte de valor del producto que se descompone en estos réditos está determinada, exactamente igual que la parte constante de valor del capital, por el valor de las mercancías, es decir, por la cantidad de trabajo objetivado en ellas en cada caso. Está dada, pues, en primer lugar, la masa de valor de las mercancías que se reparte en salario, ganancia y renta; es decir, el límite absoluto de la suma de las porciones de valor de estas mercancías. En segundo lugar, por lo que respecta a las categorías individuales mismas, sus límites medios y reguladores están igualmente dados. El salario constituye la base en esta delimitación de los mismos. Por un lado está regulado por una ley natural; su límite mínimo está dado por el mínimo físico de medios de subsistencia que el obrero tiene que recibir para conservar y reproducir su fuerza de trabajo; es decir, por una cantidad determinada de mercancías. El valor de estas mercancías está determinado por el tiempo de trabajo que exige su reproducción; es decir, por la parte del trabajo añadido de nuevo a los medios de producción, o también de la jornada laboral, que el obrero necesita para la producción y reproducción de un equivalente del valor de estos medios de subsistencia necesarios. Si, por ejemplo, sus medios de subsistencia diarios medios son, por su valor, = 6 horas de trabajo medio, tiene que trabajar por término medio 6 horas de su trabajo diario para sí mismo. El valor real de su fuerza de trabajo se aparta de este mínimo físico; es distinto según el clima y el nivel del desarrollo social; depende no solo de las necesidades físicas, sino también de las necesidades sociales desarrolladas históricamente, que se convierten en una segunda naturaleza. Pero en cada país, en un período dado, este salario medio regulador es una magnitud dada. El valor de todos los demás réditos tiene así un límite. Es siempre igual al valor en que se encarna la jornada laboral global (que aquí coincide con la jornada laboral media, puesto que abarca la masa global de trabajo puesta en movimiento por el capital social global), menos la parte de ella que se encarna en salario. Su límite está dado, pues, por el límite del valor en que se expresa el trabajo no pagado, es decir, por la cantidad de este trabajo no pagado. Si la parte de la jornada laboral que el obrero necesita para reproducir el valor de su salario tiene su barrera última en el mínimo físico de su salario, la otra parte de la jornada laboral, en la que se representa su plustrabajo, y por tanto también la parte de valor que expresa la plusvalía, tiene su barrera en el máximo físico de la jornada laboral, es decir, en la cantidad global de tiempo de trabajo diario que el obrero puede dar en general conservando y reproduciendo su fuerza de trabajo. Como en el presente examen se trata del reparto del valor en que se ha representado el trabajo global añadido de nuevo anualmente, la jornada laboral puede considerarse aquí como una magnitud constante y se presupone como tal, por mucho o por poco que se aparte de su máximo físico. El límite absoluto de la parte de valor que forma la plusvalía y que se resuelve en ganancia y renta de la tierra está, pues, dado; está determinado por el excedente de la parte no pagada de la jornada laboral sobre su parte pagada, es decir, por la parte de valor del producto global en que se realiza este plustrabajo. Si, como yo he hecho, llamamos ganancia a la plusvalía así determinada en sus límites y calculada sobre el capital global adelantado, esta ganancia, considerada por su magnitud absoluta, es igual a la plusvalía y está, por tanto, determinada en sus límites con la misma sujeción a leyes que esta. Pero también la altura de la tasa de ganancia es una magnitud encerrada dentro de ciertos límites determinados por el valor de las mercancías. Es la proporción entre la plusvalía global y el capital social global adelantado a la producción. Si este capital es = 500 (pongamos que millones) y la plusvalía = 100, el 20 % constituye el límite absoluto de la tasa de ganancia. El reparto de la ganancia social con arreglo a esta tasa entre los capitales invertidos en las diversas esferas de la producción engendra precios de producción que se apartan de los valores de las mercancías, y que son los precios medios de mercado realmente reguladores. Pero esta desviación no suprime ni la determinación de los precios por los valores ni los límites de la ganancia sujetos a leyes. En lugar de ser el valor de una mercancía igual al capital consumido en ella más la plusvalía contenida en ella, su precio de producción es ahora igual al capital consumido en ella, k, más la plusvalía que le corresponde en virtud de la tasa general de ganancia, es decir, por ejemplo, el 20 % sobre el capital adelantado para su producción, tanto el consumido como el meramente empleado. Pero este recargo del 20 % está determinado a su vez por la plusvalía producida por el capital social global y por su proporción con el valor del capital; y por eso es del 20 % y no del 10 ni del 100. La transformación de los valores en precios de producción no suprime, pues, los límites de la ganancia, sino que solo altera su reparto entre los diversos capitales particulares de que se compone el capital social, la reparte uniformemente entre ellos, en la proporción en que constituyen partes de valor de este capital global. Los precios de mercado suben por encima y bajan por debajo de estos precios de producción reguladores, pero estas oscilaciones se compensan recíprocamente. Si se examinan listas de precios de un período bastante largo y se descuentan los casos en que el valor real de las mercancías ha cambiado a consecuencia de un cambio en la fuerza productiva del trabajo, y también los casos en que el proceso de producción se vio perturbado por accidentes naturales o sociales, uno se asombrará, en primer lugar, de los límites relativamente estrechos de las desviaciones y, en segundo lugar, de la regularidad de su nivelación. Se encontrará aquí el mismo dominio de las medias reguladoras que Quételet ha demostrado en los fenómenos sociales. Si la nivelación de los valores de las mercancías en precios de producción no tropieza con obstáculos, la renta se resuelve en renta diferencial, es decir, se limita a la nivelación de las plusganancias que los precios de producción reguladores darían a una parte de los capitalistas y de las que ahora se apropia el propietario de la tierra. Aquí, pues, la renta tiene su límite de valor determinado en las desviaciones de las tasas individuales de ganancia que produce la regulación de los precios de producción por la tasa general de ganancia. Si la propiedad de la tierra pone obstáculos a la nivelación de los valores de las mercancías en precios de producción y se apropia una renta absoluta, esta está limitada por el excedente del valor de los productos del suelo sobre su precio de producción, es decir, por el excedente de la plusvalía contenida en ellos sobre la tasa de ganancia que corresponde a los capitales en virtud de la tasa general de ganancia. Esta diferencia constituye entonces el límite de la renta, que, como antes, solo constituye una parte determinada de la plusvalía dada y contenida en las mercancías.
Si, por último, la nivelación de la plusvalía en ganancia media en las diversas esferas de la producción tropezara con un obstáculo en monopolios artificiales o naturales, y en especial en el monopolio de la propiedad de la tierra, de modo que fuera posible un precio de monopolio que subiera por encima del precio de producción y por encima del valor de las mercancías sobre las que actúa el monopolio, no por ello quedarían suprimidos los límites dados por el valor de las mercancías. El precio de monopolio de ciertas mercancías no haría más que transferir una parte de la ganancia de los demás productores de mercancías a las mercancías con precio de monopolio. Se produciría indirectamente una perturbación local en el reparto de la plusvalía entre las diversas esferas de la producción, pero que dejaría invariable el límite de esta plusvalía misma. Si la mercancía con precio de monopolio entrara en el consumo necesario del obrero, elevaría el salario y, con ello, reduciría la plusvalía, en caso de que el obrero siguiera recibiendo pagado, como antes, el valor de su fuerza de trabajo. Podría deprimir el salario por debajo del valor de la fuerza de trabajo, pero solo en la medida en que aquel estuviera por encima del límite de su mínimo físico. En este caso, el precio de monopolio se pagaría mediante una deducción del salario real (es decir, de la masa de valores de uso que el obrero recibiría por la misma masa de trabajo) y de la ganancia de los demás capitalistas. Los límites dentro de los cuales el precio de monopolio afectaría a la regulación normal de los precios de las mercancías estarían firmemente determinados y serían calculables con exactitud.
Así pues, del mismo modo que el reparto del valor de las mercancías añadido de nuevo y resoluble en general en rédito encuentra sus límites dados y reguladores en la proporción entre trabajo necesario y plustrabajo, entre salario y plusvalía, así también el reparto de la plusvalía misma en ganancia y renta de la tierra los encuentra en las leyes que rigen la nivelación de la tasa de ganancia. En la escisión en interés y ganancia empresarial, la ganancia media misma constituye el límite de ambos juntos. Ella suministra la magnitud de valor dada en que han de repartirse y en la que únicamente pueden repartirse. La proporción determinada del reparto es aquí fortuita, es decir, está determinada exclusivamente por las condiciones de la competencia. Mientras que en los demás casos la coincidencia de la demanda y la oferta equivale a la supresión de la desviación de los precios de mercado respecto de sus precios medios reguladores, es decir, a la supresión de la influencia de la competencia, aquí esta es lo único determinante. ¿Y por qué? Porque un mismo factor de producción, el capital, tiene que repartir la parte de la plusvalía que le corresponde entre dos poseedores del mismo factor de producción. Pero el hecho de que aquí no haya ningún límite determinado, sujeto a leyes, para el reparto de la ganancia media no suprime su límite como parte del valor de la mercancía; del mismo modo que la circunstancia de que dos socios de un negocio, determinados por diversas circunstancias externas, se repartan desigualmente la ganancia no afecta en modo alguno a los límites de esta ganancia.
Si, pues, la parte del valor de la mercancía en que se representa el trabajo añadido de nuevo al valor de los medios de producción se descompone en diversas partes que, en forma de réditos, adoptan figuras autónomas unas frente a otras, no por ello hay que considerar en modo alguno el salario, la ganancia y la renta de la tierra como los elementos constitutivos de cuya composición o suma surgiría el precio regulador (natural price, prix nécessaire) de las mercancías mismas; de modo que no sería el valor de la mercancía, tras deducir la parte constante de valor, la unidad originaria que se descompone en estas tres partes, sino que, a la inversa, el precio de cada una de estas tres partes estaría determinado de manera autónoma, y el precio de la mercancía solo se formaría por la adición de estas tres magnitudes independientes. En realidad, el valor de la mercancía es la magnitud presupuesta, el todo del valor global de salario, ganancia y renta, cualquiera que sea la magnitud relativa de estos entre sí. En aquella concepción falsa, el salario, la ganancia y la renta son tres magnitudes de valor autónomas cuya magnitud global produce, limita y determina la magnitud del valor de la mercancía.
Ante todo, está claro que, si el salario, la ganancia y la renta constituyeran el precio de las mercancías, esto valdría tanto para la parte constante del valor de las mercancías como para la otra parte, en que se representan el capital variable y la plusvalía. Esta parte constante puede, pues, dejarse aquí totalmente de lado, ya que el valor de las mercancías de que se compone se resolvería igualmente en la suma de los valores de salario, ganancia y renta. Como ya se ha observado, esta opinión niega, en efecto, la existencia de semejante parte constante de valor.
Está claro, además, que aquí desaparece todo concepto de valor. Solo queda ya la representación del precio, en el sentido de que se paga una cierta masa de dinero a los poseedores de fuerza de trabajo, capital y suelo. Pero ¿qué es el dinero? El dinero no es una cosa, sino una forma determinada del valor; presupone, pues, a su vez el valor. Digamos, pues, que por aquellos elementos de producción se paga una determinada masa de oro o plata, o que se los equipara mentalmente a esta masa. Pero el oro y la plata (y el economista ilustrado está orgulloso de este descubrimiento) son ellos mismos mercancías como todas las demás. El precio del oro y la plata está, pues, determinado también por el salario, la ganancia y la renta. No podemos, por tanto, determinar el salario, la ganancia y la renta equiparándolos a una cierta cantidad de oro y plata, pues el valor de este oro y esta plata, en el que han de estimarse como en su equivalente, tiene que ser determinado precisamente por ellos, con independencia del oro y la plata, es decir, con independencia del valor de toda mercancía, que es precisamente el producto de aquellos tres. Decir que el valor del salario, la ganancia y la renta consiste en que son iguales a una cierta cantidad de oro y plata no significaría, pues, más que decir que son iguales a una cierta cantidad de salario, ganancia y renta.
Tomemos primero el salario. Pues también en esta concepción hay que partir del trabajo. ¿Cómo se determina, pues, el precio regulador del salario, el precio en torno al cual oscilan sus precios de mercado?
Digamos que por la demanda y la oferta de fuerza de trabajo. Pero ¿de qué demanda de fuerza de trabajo se trata? De la demanda del capital. La demanda de trabajo es, pues, igual a la oferta de capital. Para hablar de oferta de capital, tenemos que saber ante todo qué es el capital. ¿De qué se compone el capital? Tomemos su manifestación más simple: de dinero y mercancías. Pero el dinero es una mera forma de la mercancía. Luego, de mercancías. Pero el valor de las mercancías está determinado, según el supuesto, en primera instancia por el precio del trabajo que las produce, el salario. El salario se presupone aquí y se trata como elemento constitutivo del precio de las mercancías. Este precio ha de determinarse ahora por la proporción entre el trabajo ofrecido y el capital. El precio del capital mismo es igual al precio de las mercancías de que se compone. La demanda de trabajo por parte del capital es igual a la oferta del capital. Y la oferta del capital es igual a la oferta de una suma de mercancías de precio dado, y este precio está regulado en primera instancia por el precio del trabajo, y el precio del trabajo es a su vez igual a la parte del precio de las mercancías de que se compone el capital variable que se cede al obrero a cambio de su trabajo; y el precio de las mercancías de que se compone este capital variable está a su vez determinado en primer término por el precio del trabajo, pues está determinado por los precios del salario, la ganancia y la renta. Para determinar el salario no podemos, pues, presuponer el capital, ya que el valor del capital mismo está codeterminado por el salario.
Además, no nos sirve de nada introducir la competencia. La competencia hace subir o bajar los precios de mercado del trabajo. Pero supongamos que la demanda y la oferta de trabajo coinciden. ¿Qué determina entonces el salario? La competencia. Pero precisamente se ha presupuesto que la competencia deja de determinar, que, por el equilibrio de sus dos fuerzas contrapuestas, suprime su efecto. Lo que queremos encontrar es precisamente el precio natural del salario, es decir, el precio del trabajo que no está regulado por la competencia, sino que, a la inversa, la regula a ella.
No queda otro remedio que determinar el precio necesario del trabajo por los medios de subsistencia necesarios del obrero. Pero estos medios de subsistencia son mercancías que tienen un precio. El precio del trabajo está, pues, determinado por el precio de los medios de subsistencia necesarios, y el precio de los medios de subsistencia, como el de todas las demás mercancías, está determinado en primer lugar por el precio del trabajo. Luego el precio del trabajo determinado por el precio de los medios de subsistencia está determinado por el precio del trabajo. El precio del trabajo está determinado por sí mismo. En otras palabras, no sabemos qué determina el precio del trabajo. El trabajo tiene aquí, en general, un precio porque se lo considera como mercancía. Para hablar del precio del trabajo tenemos, pues, que saber qué es el precio en general. Pero qué es el precio en general es precisamente lo que por este camino menos llegamos a saber.
Supongamos, sin embargo, que el precio necesario del trabajo esté determinado de esta grata manera. ¿Y qué pasa ahora con la ganancia media, la ganancia de todo capital en condiciones normales, que constituye el segundo elemento del precio de la mercancía? La ganancia media tiene que estar determinada por una tasa media de la ganancia; ¿cómo se determina esta? ¿Por la competencia entre los capitalistas? Pero esta competencia presupone ya la existencia de la ganancia. Presupone diferentes tasas de ganancia y, por tanto, diferentes ganancias, sea en las mismas ramas de la producción, sea en ramas diferentes. La competencia solo puede actuar sobre la tasa de ganancia en la medida en que actúa sobre los precios de las mercancías. La competencia solo puede hacer que los productores dentro de la misma esfera de la producción vendan sus mercancías a los mismos precios, y que dentro de diferentes esferas de la producción vendan sus mercancías a precios que les den la misma ganancia, el mismo recargo proporcional sobre el precio de la mercancía, determinado ya en parte por el salario. La competencia solo puede, por tanto, nivelar desigualdades en la tasa de ganancia. Para nivelar tasas de ganancia desiguales, la ganancia tiene que existir ya como elemento del precio de las mercancías. La competencia no la crea. Eleva o rebaja, pero no crea el nivel que se establece en cuanto se ha producido la nivelación. Y al hablar de una tasa necesaria de la ganancia, lo que queremos conocer es precisamente la tasa de ganancia independiente de los movimientos de la competencia, que regula a su vez la competencia. La tasa media de ganancia se establece con el equilibrio de las fuerzas de los capitalistas que compiten entre sí. La competencia puede establecer este equilibrio, pero no la tasa de ganancia que se establece sobre este equilibrio. Una vez establecido este equilibrio, ¿por qué es ahora la tasa general de ganancia del 10, del 20 o del 100 %? Por causa de la competencia. Pero, a la inversa, la competencia ha suprimido las causas que producían desviaciones respecto del 10, del 20 o del 100 %. Ha traído consigo un precio de las mercancías con el que cada capital rinde la misma ganancia en proporción a su magnitud. Pero la magnitud de esta ganancia misma es independiente de ella. La competencia solo reduce una y otra vez todas las desviaciones a esta magnitud. Un hombre compite con los otros, y la competencia le obliga a vender su mercancía al mismo precio que aquellos. Pero ¿por qué es este precio de 10, de 20 o de 100?
No queda, pues, otro remedio que explicar la tasa de ganancia, y por tanto la ganancia, como un recargo determinado de manera incomprensible sobre el precio de la mercancía, que hasta ahí estaba determinado por el salario. Lo único que nos dice la competencia es que esta tasa de ganancia tiene que ser una magnitud dada. Pero eso ya lo sabíamos antes, cuando hablábamos de tasa general de ganancia y del «precio necesario» de la ganancia.
Es del todo innecesario volver a trillar este proceso insulso a propósito de la renta de la tierra. Se ve de todos modos que, si se lleva a cabo de manera mínimamente consecuente, hace aparecer la ganancia y la renta como meros recargos de precio, determinados por leyes incomprensibles, sobre el precio de la mercancía determinado en primer lugar por el salario. En suma, la competencia tiene que cargar con la tarea de explicar todas las carencias de concepto de los economistas, cuando, a la inversa, serían los economistas los que tendrían que explicar la competencia.
Si se prescinde ahora aquí de la fantasía de los componentes del precio creados por la circulación, es decir, surgidos de la venta, la ganancia y la renta —y la circulación nunca puede dar lo que antes no se le ha dado—, la cosa se reduce sencillamente a esto:
Sea = 100 el precio de una mercancía determinado por el salario; la tasa de ganancia, el 10 % sobre el salario, y la renta, el 15 % sobre el salario. El precio de la mercancía determinado por la suma de salario, ganancia y renta es, pues, = 125. Estos 25 de recargo no pueden provenir de la venta de la mercancía. Pues todos los que se venden unos a otros se venden cada uno a 125 lo que ha costado 100 de salario; lo cual es exactamente lo mismo que si todos vendieran a 100. La operación tiene que considerarse, por tanto, con independencia del proceso de circulación.
Si los tres se reparten la mercancía misma, que ahora cuesta 125 —y no cambia nada en la cosa que el capitalista venda primero a 125 y pague luego 100 al obrero, 10 a sí mismo y 15 al perceptor de la renta de la tierra—, el obrero recibe ⅘ = 100 del valor y del producto. El capitalista recibe 2/25 del valor y del producto, y el perceptor de la renta, 3/25. Al vender el capitalista a 125 en lugar de a 100, solo da al obrero ⅘ del producto en que se representa su trabajo. Sería, pues, exactamente lo mismo que si hubiera dado al obrero 80 y se hubiera quedado con 20, de los que le corresponderían 8 a él y 12 al rentista. Habría vendido entonces la mercancía por su valor, ya que, de hecho, los recargos de precio son aumentos independientes del valor de la mercancía, que en este supuesto está determinado por el valor del salario. Por un rodeo, se llega a que en esta representación la palabra salario, los 100, es igual al valor del producto, es decir, = a la suma de dinero en que se representa esta cantidad determinada de trabajo; pero a que este valor es a su vez distinto del salario real y deja, por tanto, un surplus. Solo que aquí esto se saca por medio de un recargo nominal de precio. Si el salario fuera, pues, igual a 110 en lugar de = 100, la ganancia tendría que ser = 11 y la renta de la tierra = 16½; y, por tanto, el precio de la mercancía, = 137½. Esto dejaría igualmente invariable la proporción. Pero como el reparto se obtendría siempre mediante un recargo nominal de ciertos porcentajes sobre el salario, el precio subiría y bajaría con el salario. Aquí primero se iguala el salario al valor de la mercancía y luego se lo vuelve a separar de él. Pero, de hecho, por un rodeo carente de concepto, la cosa se reduce a que el valor de la mercancía está determinado por la cantidad de trabajo contenida en ella, y el valor del salario, en cambio, por el precio de los medios de subsistencia necesarios, y a que el excedente del valor sobre el salario constituye la ganancia y la renta.
La descomposición de los valores de las mercancías, tras deducir el valor de los medios de producción consumidos en su producción; la descomposición de esta masa de valor dada, determinada por la cantidad de trabajo objetivado en el producto-mercancía, en tres componentes que, como salario, ganancia y renta de la tierra, adoptan la figura de formas de rédito autónomas e independientes entre sí: esta descomposición se presenta invertida en la superficie visible de la producción capitalista y, por tanto, en la representación de los agentes prisioneros de ella.
Sea = 300 el valor global de una mercancía cualquiera, de los que 200 son el valor de los medios de producción o elementos del capital constante consumidos en su producción. Quedan, pues, 100 como suma del valor nuevo añadido a esta mercancía en su proceso de producción. Este valor nuevo de 100 es todo lo que está disponible para el reparto en las tres formas de rédito. Si ponemos el salario = x, la ganancia = y y la renta de la tierra = z, la suma de x + y + z será en nuestro caso siempre = 100. Pero en la representación de los industriales, los comerciantes y los banqueros, así como en la de los economistas vulgares, esto sucede de manera muy distinta. Para ellos no está dado el valor de la mercancía, tras deducir el valor de los medios de producción consumidos en ella, = 100, y estos 100 se reparten luego en x, y, z. Sino que el precio de la mercancía se compone sencillamente de las magnitudes de valor del salario, la ganancia y la renta, determinadas con independencia de su valor y unas de otras, de modo que x, y, z están dados y determinados cada uno por sí y de manera autónoma, y de la suma de estas magnitudes, que puede ser menor o mayor que 100, resultaría solo después la magnitud de valor de la mercancía misma, como de la adición de estos sus formadores de valor. Este quid pro quo es necesario:
En primer lugar, porque los componentes de valor de la mercancía se enfrentan entre sí como réditos autónomos que, en cuanto tales, están referidos a tres agentes de la producción completamente distintos entre sí, el trabajo, el capital y la tierra, y que, por tanto, parecen surgir de ellos. La propiedad sobre la fuerza de trabajo, sobre el capital, sobre la tierra es la causa que hace que estos diversos componentes de valor de las mercancías correspondan a estos respectivos propietarios y que, por tanto, los convierte en réditos para ellos. Pero el valor no surge de una conversión en rédito, sino que tiene que existir antes de poder convertirse en rédito, de poder adoptar esta figura. La apariencia de lo contrario tiene que afianzarse tanto más cuanto que la determinación de la magnitud relativa de estas tres partes entre sí obedece a leyes de distinta índole, cuya conexión con el valor de las mercancías mismas, y cuya limitación por él, no se muestran en modo alguno en la superficie.
En segundo lugar: hemos visto que una subida o bajada general del salario, al engendrar, permaneciendo iguales las demás circunstancias, un movimiento en sentido contrario de la tasa general de ganancia, altera los precios de producción de las diversas mercancías, eleva unos y rebaja otros, según la composición media del capital en las respectivas esferas de la producción. Aquí, pues, en todo caso, se hace en algunas esferas de la producción la experiencia de que el precio medio de una mercancía sube porque ha subido el salario, y baja porque ha bajado. Lo que no se «experimenta» es la regulación secreta de estos cambios por el valor de las mercancías, independiente del salario. Si, en cambio, la subida del salario es local, si solo se produce en esferas particulares de la producción a consecuencia de circunstancias peculiares, puede darse una correspondiente subida nominal del precio de estas mercancías. Esta subida del valor relativo de una clase de mercancías frente a las demás, para las cuales el salario ha permanecido invariable, no es entonces más que una reacción contra la perturbación local del reparto uniforme de la plusvalía entre las diversas esferas de la producción, un medio de nivelación de las tasas de ganancia particulares en la tasa general. La «experiencia» que se hace con ello es de nuevo la determinación del precio por el salario. Lo que se experimenta en estos dos casos es, pues, que el salario ha determinado los precios de las mercancías. Lo que no se experimenta es la causa oculta de esta conexión. Además: el precio medio del trabajo, es decir, el valor de la fuerza de trabajo, está determinado por el precio de producción de los medios de subsistencia necesarios. Si este sube o baja, sube o baja aquel. Lo que aquí se experimenta de nuevo es la existencia de una conexión entre el salario y el precio de las mercancías; pero la causa puede presentarse como efecto y el efecto como causa, como sucede también en el movimiento de los precios de mercado, donde una subida del salario por encima de su media corresponde a la subida de los precios de mercado por encima de los precios de producción, ligada al período de prosperidad, y la caída subsiguiente del salario por debajo de su media, a la caída de los precios de mercado por debajo de los precios de producción. A la sujeción de los precios de producción a los valores de las mercancías tendría que corresponder siempre prima facie, prescindiendo de los movimientos oscilatorios de los precios de mercado, la experiencia de que, cuando el salario sube, la tasa de ganancia baja, y a la inversa. Pero hemos visto que la tasa de ganancia puede estar determinada por movimientos en el valor del capital constante, con independencia de los movimientos del salario; de modo que el salario y la tasa de ganancia, en lugar de moverse en sentido contrario, pueden moverse en el mismo sentido, subir o bajar juntos. Si la tasa de plusvalía coincidiera directamente con la tasa de ganancia, esto no sería posible. También cuando el salario sube a consecuencia del aumento de los precios de los medios de subsistencia, la tasa de ganancia puede seguir siendo la misma o incluso subir, a consecuencia de una mayor intensidad del trabajo o de la prolongación de la jornada laboral. Todas estas experiencias confirman la apariencia suscitada por la forma autónoma e invertida de los componentes de valor, como si o bien el salario solo, o bien el salario y la ganancia juntos, determinaran el valor de las mercancías. En cuanto esto parece así, en general, con respecto al salario, es decir, en cuanto el precio del trabajo y el valor engendrado por el trabajo parecen coincidir, se entiende de suyo que suceda lo mismo con la ganancia y la renta. Sus precios, es decir, sus expresiones en dinero, tienen que regularse entonces con independencia del trabajo y del valor engendrado por él.
En tercer lugar: supongamos que los valores de las mercancías, o los precios de producción, que solo en apariencia son independientes de ellos, coincidieran directa y constantemente en la manifestación con los precios de mercado de las mercancías, en lugar de imponerse solo como los precios medios reguladores a través de las continuas compensaciones de las constantes oscilaciones de los precios de mercado. Supongamos además que la reproducción tuviera lugar siempre en las mismas condiciones invariables, es decir, que la productividad del trabajo permaneciera constante en todos los elementos del capital. Supongamos, por último, que la parte de valor del producto-mercancía que se forma en cada esfera de la producción por la adición de una nueva cantidad de trabajo, es decir, de un valor producido de nuevo, al valor de los medios de producción, se descompusiera en proporciones siempre invariables en salario, ganancia y renta, de modo que el salario realmente pagado, la ganancia efectivamente realizada y la renta efectiva coincidieran constante y directamente con el valor de la fuerza de trabajo, con la parte de la plusvalía global que corresponde, en virtud de la tasa media de ganancia, a cada parte del capital global que funciona de manera autónoma, y con los límites dentro de los cuales la renta de la tierra está normaliter confinada sobre esta base. En una palabra, supongamos que el reparto del producto de valor social y la regulación de los precios de producción se efectúan sobre base capitalista, pero con eliminación de la competencia.
Así pues, en estos supuestos, en que el valor de las mercancías sería y aparecería constante, en que la parte de valor del producto-mercancía que se resuelve en réditos seguiría siendo una magnitud constante y se presentaría siempre como tal, y en que, por último, esta parte de valor dada y constante se descompondría siempre en proporciones constantes en salario, ganancia y renta, incluso en estos supuestos el movimiento real aparecería necesariamente en figura invertida: no como descomposición de una magnitud de valor dada de antemano en tres partes que adoptan formas de rédito independientes entre sí, sino, a la inversa, como formación de esta magnitud de valor a partir de la suma de los elementos que la componen, el salario, la ganancia y la renta de la tierra, determinados de manera independiente y autónoma cada uno por sí. Esta apariencia surgiría necesariamente porque, en el movimiento real de los capitales individuales y de sus productos-mercancía, no aparece el valor de las mercancías como presupuesto de su descomposición, sino que, a la inversa, los componentes en que se descomponen funcionan como presupuestos del valor de las mercancías. Ante todo, hemos visto que a todo capitalista el precio de coste de la mercancía se le aparece como una magnitud dada y que se presenta constantemente como tal en el precio de producción real. Pero el precio de coste es igual al valor del capital constante, de los medios de producción adelantados, más el valor de la fuerza de trabajo, que, sin embargo, se presenta para el agente de la producción en la forma irracional del precio del trabajo, de modo que el salario aparece al mismo tiempo como rédito del obrero. El precio medio del trabajo es una magnitud dada, porque el valor de la fuerza de trabajo, como el de cualquier otra mercancía, está determinado por el tiempo de trabajo necesario para su reproducción. Pero, en lo que respecta a la parte de valor de las mercancías que se resuelve en salario, esta no surge de que adopte esta forma del salario, de que el capitalista adelante al obrero su parte en su propio producto bajo la forma de manifestación del salario, sino de que el obrero produce un equivalente correspondiente a su salario, es decir, de que una parte de su trabajo diario o anual produce el valor contenido en el precio de su fuerza de trabajo. Pero el salario se conviene por contrato antes de que se produzca el equivalente de valor que le corresponde. Como elemento del precio cuya magnitud está dada antes de que se produzcan la mercancía y el valor de la mercancía, como componente del precio de coste, el salario no aparece, por tanto, como una parte que se desprende en forma autónoma del valor global de la mercancía, sino, a la inversa, como una magnitud dada que lo predetermina, es decir, como formador de precio o de valor. Un papel semejante al del salario en el precio de coste de la mercancía lo desempeña la ganancia media en su precio de producción, pues el precio de producción es igual al precio de coste más la ganancia media sobre el capital adelantado. Esta ganancia media entra prácticamente, en la representación y en el cálculo del capitalista mismo, como un elemento regulador, no solo en la medida en que determina el traslado de los capitales de una esfera de inversión a otra, sino también para todas las ventas y contratos que abarcan un proceso de reproducción que se extiende a épocas más largas. Pero, en la medida en que entra de este modo, es una magnitud presupuesta que de hecho es independiente del valor y la plusvalía producidos en cada esfera particular de la producción y, por tanto, más aún, de los producidos por cada inversión individual de capital en cada una de estas esferas. En lugar de como resultado de una escisión del valor, la manifestación la muestra más bien como una magnitud independiente del valor del producto-mercancía, dada de antemano en el proceso de producción de las mercancías y que determina el precio medio de las mercancías mismas, es decir, como formadora de valor. Y, más concretamente, la plusvalía, a consecuencia de la disociación de sus diversas partes en formas completamente independientes entre sí, aparece presupuesta a la formación del valor de las mercancías en una forma todavía mucho más concreta. Una parte de la ganancia media, en forma de interés, se enfrenta de manera autónoma al capitalista en funciones como un elemento presupuesto a la producción de las mercancías y de su valor. Por mucho que oscile la magnitud del interés, es en cada momento y para cada capitalista una magnitud dada, que para él, el capitalista individual, entra en el precio de coste de las mercancías producidas por él. Lo mismo ocurre con la renta de la tierra, en la forma del arriendo fijado por contrato para el capitalista agrícola y en la forma del alquiler de los locales de negocio para otros empresarios. Estas partes en que se descompone la plusvalía aparecen, por tanto, porque están dadas para el capitalista individual como elementos del precio de coste, a la inversa, como formadoras de la plusvalía; formadoras de una parte del precio de la mercancía, del mismo modo que el salario forma la otra. El secreto de por qué estos productos de la descomposición del valor de las mercancías aparecen constantemente como los presupuestos de la formación del valor misma es sencillamente que el modo de producción capitalista, como cualquier otro, no solo reproduce constantemente el producto material, sino las relaciones económicas sociales, las determinaciones formales económicas de su formación. Su resultado aparece, por tanto, tan constantemente como presupuesto suyo como sus presupuestos aparecen como resultados suyos. Y es esta constante reproducción de las mismas relaciones lo que el capitalista individual anticipa como cosa evidente, como hecho indudable. Mientras la producción capitalista subsista como tal, una parte del trabajo añadido de nuevo se resuelve constantemente en salario, otra en ganancia (interés y ganancia empresarial) y la tercera en renta. En los contratos entre los propietarios de los diversos agentes de la producción, esto se presupone, y este presupuesto es correcto, por mucho que oscilen las proporciones relativas de magnitud en cada caso individual. La figura determinada en que se enfrentan las partes de valor está presupuesta porque se reproduce constantemente, y se reproduce constantemente porque está constantemente presupuesta.
Ciertamente, la experiencia y la manifestación muestran ahora también que los precios de mercado, en cuya influencia se le aparece de hecho al capitalista únicamente la determinación del valor, considerados por su magnitud, no dependen en modo alguno de estas anticipaciones; que no se rigen por si el interés o la renta se convinieron altos o bajos. Pero los precios de mercado solo son constantes en el cambio, y su media en períodos más largos da precisamente las respectivas medias del salario, la ganancia y la renta como las magnitudes constantes que, por tanto, dominan en última instancia los precios de mercado.
Por otro lado, parece muy sencilla la reflexión de que, si el salario, la ganancia y la renta son formadores de valor porque aparecen presupuestos a la producción del valor y están presupuestos para el capitalista individual en el precio de coste y en el precio de producción, también la parte constante del capital, cuyo valor entra como dado en la producción de cada mercancía, es formadora de valor. Pero la parte constante del capital no es más que una suma de mercancías y, por tanto, de valores de mercancías. Se llegaría así a la insulsa tautología de que el valor de la mercancía es el formador y la causa del valor de la mercancía.
Pero si el capitalista tuviera algún interés en reflexionar sobre esto —y su reflexión como capitalista está determinada exclusivamente por su interés y sus motivos interesados—, la experiencia le muestra que el producto que él mismo produce entra como parte constante del capital en otras esferas de la producción, y que productos de estas otras esferas de la producción entran como partes constantes del capital en su producto. Como para él, pues, en lo que respecta a su nueva producción, el valor añadido se forma, según la apariencia, por las magnitudes del salario, la ganancia y la renta, esto vale también para la parte constante, que se compone de productos de otros capitalistas; y, por tanto, en última instancia, el precio de la parte constante del capital y, con él, el valor global de las mercancías se reduce en última instancia, aunque de una manera a la que no se le acaba de encontrar del todo el truco, a la suma de valor que resulta de la adición de los formadores de valor autónomos, regulados por leyes distintas y formados a partir de fuentes distintas: el salario, la ganancia y la renta.
En cuarto lugar: que las mercancías se vendan o no por sus valores, es decir, la determinación del valor misma, le es completamente indiferente al capitalista individual. Ya de antemano es algo que ocurre a sus espaldas, por el poder de unas relaciones independientes de él, puesto que no son los valores, sino los precios de producción distintos de ellos, los que constituyen en cada esfera de la producción los precios medios reguladores. La determinación del valor en cuanto tal interesa y determina al capitalista individual y al capital de cada esfera particular de la producción solo en la medida en que la cantidad de trabajo disminuida o aumentada que se requiere para la producción de las mercancías al subir o bajar la fuerza productiva del trabajo, en un caso le capacita para obtener una ganancia extraordinaria con los precios de mercado existentes y, en el otro, le obliga a elevar el precio de las mercancías, porque recae sobre el producto parcial o sobre la mercancía individual un trozo más de salario, más capital constante y, por tanto, también más interés. Solo le interesa en la medida en que eleva o rebaja los costes de producción de la mercancía para él mismo, es decir, solo en la medida en que le coloca en una posición excepcional.
En cambio, el salario, el interés y la renta se le aparecen como límites reguladores no solo del precio al que puede realizar la parte de la ganancia que le corresponde como capitalista en funciones, la ganancia empresarial, sino del precio al que, en general, tiene que poder vender la mercancía si ha de ser posible una reproducción continuada. Le es completamente indiferente realizar o no en la venta el valor y la plusvalía que encierra la mercancía, con tal de que saque del precio la ganancia empresarial habitual u otra mayor por encima del precio de coste dado para él individualmente por el salario, el interés y la renta. Prescindiendo de la parte constante del capital, el salario, el interés y la renta se le aparecen, por tanto, como los elementos limitadores y, por ello, creadores, determinantes, del precio de la mercancía. Si, por ejemplo, logra deprimir el salario por debajo del valor de la fuerza de trabajo, es decir, por debajo de su altura normal, obtener capital a un tipo de interés más bajo y pagar un arriendo por debajo de la altura normal de la renta, le es completamente indiferente vender el producto por debajo de su valor e incluso por debajo del precio de producción general, es decir, regalar una parte del plustrabajo contenido en la mercancía. Esto vale incluso para la parte constante del capital. Si un industrial, por ejemplo, puede comprar la materia prima por debajo de su precio de producción, esto le protege de pérdidas aunque vuelva a venderla en la mercancía terminada por debajo del precio de producción. Su ganancia empresarial puede seguir siendo la misma e incluso crecer, con tal de que el excedente del precio de la mercancía sobre los elementos de este que hay que pagar, que hay que reponer con un equivalente, siga siendo el mismo o crezca. Pero, además del valor de los medios de producción, que entran como magnitudes de precio dadas en la producción de sus mercancías, son justamente el salario, el interés y la renta los que entran en esta producción como magnitudes de precio limitadoras y reguladoras. Se le aparecen, pues, como los elementos que determinan el precio de las mercancías. La ganancia empresarial aparece, desde este punto de vista, o bien determinada por el excedente de los precios de mercado, dependientes de condiciones fortuitas de la competencia, sobre el valor inmanente de las mercancías determinado por aquellos elementos del precio, o bien, en la medida en que interviene ella misma como determinante en el precio de mercado, aparece a su vez como dependiente de la competencia entre compradores y vendedores.
Tanto en la competencia de los capitalistas individuales entre sí como en la competencia en el mercado mundial, son las magnitudes dadas y presupuestas del salario, el interés y la renta las que entran en el cálculo como magnitudes constantes y reguladoras; constantes no en el sentido de que no cambien de magnitud, sino en el sentido de que en cada caso individual están dadas y constituyen el límite constante de los precios de mercado, que oscilan constantemente. Por ejemplo, en la competencia en el mercado mundial se trata exclusivamente de saber si, con el salario, el interés y la renta dados, la mercancía puede venderse con ventaja, es decir, realizando una ganancia empresarial correspondiente, a los precios de mercado generales dados o por debajo de ellos. Si en un país el salario y el precio del suelo son bajos y, en cambio, el interés del capital es alto, porque el modo de producción capitalista no está aquí en general desarrollado, mientras que en otro país el salario y el precio del suelo están nominalmente altos y, en cambio, el interés del capital está bajo, el capitalista emplea en un país más trabajo y suelo, y en el otro, proporcionalmente más capital. En el cálculo de hasta qué punto es posible aquí la competencia entre ambos, estos factores entran como elementos determinantes. La experiencia muestra, pues, aquí teóricamente, y el cálculo interesado del capitalista muestra prácticamente, que los precios de las mercancías están determinados por el salario, el interés y la renta, por el precio del trabajo, del capital y del suelo, y que estos elementos del precio son, de hecho, los formadores reguladores del precio.
Naturalmente, siempre queda en ello un elemento que no está presupuesto, sino que resulta del precio de mercado de las mercancías, a saber, el excedente sobre el precio de coste formado por la adición de aquellos elementos, el salario, el interés y la renta. Este cuarto elemento aparece en cada caso individual determinado por la competencia y, en la media de los casos, por la ganancia media, regulada a su vez por la misma competencia, solo que en períodos más largos.
En quinto lugar: sobre la base del modo de producción capitalista, se vuelve tan evidente descomponer el valor en que se representa el trabajo añadido de nuevo en las formas de rédito de salario, ganancia y renta de la tierra, que este método se aplica (por no hablar de períodos históricos pasados, de los que hemos dado ejemplos a propósito de la renta de la tierra) incluso allí donde faltan de antemano las condiciones de existencia de aquellas formas de rédito. Es decir, todo se subsume en ellas por analogía.
Si un obrero independiente —tomemos un pequeño campesino, porque aquí pueden aplicarse las tres formas de rédito— trabaja para sí mismo y vende su propio producto, se le considera, en primer lugar, como su propio patrono (capitalista), que se emplea a sí mismo como obrero, y como su propio propietario de la tierra, que se emplea a sí mismo como arrendatario suyo. A sí mismo, como obrero asalariado, se paga un salario; para sí mismo, como capitalista, reivindica una ganancia, y a sí mismo, como propietario de la tierra, se paga una renta. Presuponiendo el modo de producción capitalista y las relaciones que le corresponden como base social general, esta subsunción es correcta en la medida en que no debe a su trabajo, sino a la posesión de los medios de producción —que aquí han adoptado en general la forma de capital—, el estar en condiciones de apropiarse su propio plustrabajo. Y, además, en la medida en que produce su producto como mercancía y depende, por tanto, del precio de este (e incluso si no es así, este precio es estimable), la masa de plustrabajo que puede valorizar no depende de su propia magnitud, sino de la tasa general de ganancia; e igualmente, el eventual excedente sobre la cuota de la plusvalía determinada por la tasa general de ganancia tampoco está determinado por la cantidad de trabajo realizado por él, sino que solo puede apropiárselo porque es propietario del suelo. Como de este modo una forma de producción que no corresponde al modo de producción capitalista puede subsumirse —y, hasta cierto punto, no sin razón— en sus formas de rédito, tanto más se afianza la apariencia de que las relaciones capitalistas son relaciones naturales de todo modo de producción.
Ciertamente, si se reduce el salario a su base general, a saber, a la parte del propio producto del trabajo que entra en el consumo individual del obrero; si se libera esta porción de la barrera capitalista y se la amplía hasta el volumen del consumo que, por una parte, permite la fuerza productiva existente de la sociedad (es decir, la fuerza productiva social de su propio trabajo como trabajo realmente social) y que, por otra, exige el pleno desarrollo de la individualidad; si se reducen además el plustrabajo y el plusproducto a la medida que se requiere, en las condiciones de producción dadas de la sociedad, por una parte para la formación de un fondo de seguro y de reserva, y por otra para la ampliación constante de la reproducción en el grado determinado por la necesidad social; si, por último, se incluye en el n.º 1, el trabajo necesario, y en el n.º 2, el plustrabajo, la cantidad de trabajo que los miembros aptos para el trabajo tienen que realizar siempre para los miembros de la sociedad que todavía no son, o ya no son, aptos para el trabajo; es decir, si se despoja tanto al salario como a la plusvalía, tanto al trabajo necesario como al plustrabajo, de su carácter específicamente capitalista, entonces no quedan precisamente estas formas, sino solo sus fundamentos, que son comunes a todos los modos de producción sociales.
Por lo demás, este tipo de subsunción es propio también de modos de producción dominantes anteriores, por ejemplo del feudal. Relaciones de producción que no le correspondían en absoluto, que estaban completamente fuera de él, se subsumían en relaciones feudales; por ejemplo, en Inglaterra, las tenures in common socage (por oposición a las tenures on knight's service), que solo implicaban obligaciones en dinero y solo eran feudales de nombre.
Capítulo quincuagesimoprimero. Relaciones de distribución y relaciones de producción
El valor añadido de nuevo por el trabajo añadido de nuevo cada año —y, por tanto, también la parte del producto anual en que se representa este valor y que puede extraerse, separarse del rendimiento global— se descompone, pues, en tres partes que adoptan tres formas de rédito diferentes, en formas que expresan una parte de este valor como perteneciente o correspondiente al poseedor de la fuerza de trabajo, otra parte al poseedor del capital y una tercera parte al poseedor de la propiedad de la tierra. Son, pues, relaciones o formas de la distribución, pues expresan las relaciones en que el valor global producido de nuevo se distribuye entre los poseedores de los diversos agentes de la producción.
A la concepción corriente, estas relaciones de distribución se le aparecen como relaciones naturales, como relaciones que surgen de la naturaleza de toda producción social, de las leyes de la producción humana sin más. No puede negarse, ciertamente, que las sociedades precapitalistas muestran otros modos de distribución, pero estos se interpretan entonces como modos no desarrollados, imperfectos y disfrazados, no reducidos a su expresión más pura y a su figura más alta, de otro color, de aquellas relaciones de distribución conformes a la naturaleza.
Lo único correcto en esta representación es esto: presuponiendo una producción social de cualquier tipo (por ejemplo, la de las comunidades indias espontáneas o la del comunismo, desarrollado de manera más artificial, de los peruanos), siempre puede distinguirse entre la parte del trabajo cuyo producto consumen individualmente de manera directa los productores y sus familiares y —prescindiendo de la parte que corresponde al consumo productivo— otra parte del trabajo, que es siempre plustrabajo y cuyo producto sirve siempre para satisfacer necesidades sociales generales, se distribuya como se distribuya este plusproducto y funcione quien funcione como representante de estas necesidades sociales. La identidad de los diversos modos de distribución se reduce, pues, a que son idénticos si se abstrae de sus diferencias y formas específicas y solo se retiene en ellos la unidad, por oposición a su diferencia.
Una consciencia más desarrollada, más crítica, admite, sin embargo, el carácter históricamente desarrollado de las relaciones de distribución17, pero se aferra a cambio con tanta más firmeza al carácter invariable, surgido de la naturaleza humana y, por tanto, independiente de todo desarrollo histórico, de las relaciones de producción mismas.
El análisis científico del modo de producción capitalista demuestra, por el contrario, a la inversa: que este es un modo de producción de índole particular, de una determinación histórica específica; que, como cualquier otro modo de producción determinado, presupone como su condición histórica un nivel dado de las fuerzas productivas sociales y de sus formas de desarrollo: una condición que es ella misma el resultado y el producto histórico de un proceso anterior, y de la que el nuevo modo de producción parte como de su base dada; que las relaciones de producción que corresponden a este modo de producción específico, históricamente determinado —relaciones que los hombres contraen en su proceso de vida social, en la producción de su vida social—, tienen un carácter específico, histórico y transitorio; y que, por último, las relaciones de distribución son esencialmente idénticas a estas relaciones de producción, son su reverso, de modo que ambas comparten el mismo carácter históricamente transitorio.
En el examen de las relaciones de distribución se parte, en primer lugar, del pretendido hecho de que el producto anual se distribuye como salario, ganancia y renta de la tierra. Pero, enunciado así, el hecho es falso. El producto se distribuye, por un lado, en capital y, por el otro, en réditos. Uno de estos réditos, el salario, solo adopta él mismo la forma de un rédito, del rédito del obrero, después de haberse enfrentado antes a ese mismo obrero en la forma de capital. El enfrentamiento de las condiciones de trabajo producidas y de los productos del trabajo en general, como capital, a los productores directos implica de antemano un carácter social determinado de las condiciones materiales de trabajo frente a los obreros y, con ello, una relación determinada en la que estos entran, en la producción misma, con los poseedores de las condiciones de trabajo y entre sí. La transformación de estas condiciones de trabajo en capital implica a su vez la expropiación de los productores directos de la tierra y, con ello, una forma determinada de la propiedad de la tierra.
Si una parte del producto no se transformara en capital, la otra no adoptaría las formas de salario, ganancia y renta.
Por otro lado, si el modo de producción capitalista presupone esta figura social determinada de las condiciones de producción, la reproduce constantemente. No solo produce los productos materiales, sino que reproduce constantemente las relaciones de producción en que aquellos se producen y, con ello, también las relaciones de distribución correspondientes.
Ciertamente, puede decirse que el capital (y la propiedad de la tierra, que este incluye como su contrario) presupone ya él mismo una distribución: la expropiación de los obreros de las condiciones de trabajo, la concentración de estas condiciones en manos de una minoría de individuos, la propiedad exclusiva de la tierra para otros individuos; en suma, todas las relaciones que se han desarrollado en la sección sobre la acumulación originaria (libro I, cap. XXIV). Pero esta distribución es completamente distinta de lo que se entiende por relaciones de distribución cuando se reivindica para ellas un carácter histórico por oposición a las relaciones de producción. Por tales se entienden los diversos títulos sobre la parte del producto que corresponde al consumo individual. Aquellas relaciones de distribución, en cambio, son las bases de funciones sociales particulares que, dentro de la relación de producción misma, corresponden a determinados agentes de ella, por oposición a los productores directos. Dan a las condiciones de producción mismas y a sus representantes una cualidad social específica. Determinan todo el carácter y todo el movimiento de la producción.
Son dos los rasgos característicos que distinguen de antemano el modo de producción capitalista.
En primer lugar. Produce sus productos como mercancías. Producir mercancías no lo distingue de otros modos de producción; pero sí esto: que el ser mercancía es el carácter dominante y determinante de su producto. Esto implica, ante todo, que el obrero mismo solo aparece como vendedor de mercancías y, por tanto, como obrero asalariado libre, y el trabajo, por tanto, en general como trabajo asalariado. Después del desarrollo dado hasta aquí, es superfluo demostrar de nuevo cómo la relación entre capital y trabajo asalariado determina todo el carácter del modo de producción. Los agentes principales de este modo de producción mismo, el capitalista y el obrero asalariado, solo son, en cuanto tales, encarnaciones, personificaciones del capital y del trabajo asalariado; caracteres sociales determinados que el proceso social de producción imprime a los individuos; productos de estas relaciones sociales de producción determinadas.
El carácter 1) del producto como mercancía y 2) de la mercancía como producto del capital implica ya todas las relaciones de circulación, es decir, un proceso social determinado que los productos tienen que recorrer y en el que adoptan caracteres sociales determinados; implica igualmente relaciones determinadas de los agentes de la producción, por las cuales está determinada la valorización de su producto y su reconversión, sea en medios de subsistencia, sea en medios de producción. Pero, aun prescindiendo de esto, de los dos caracteres mencionados del producto como mercancía, o de la mercancía como mercancía producida de manera capitalista, resultan toda la determinación del valor y la regulación de la producción global por el valor. En esta forma totalmente específica del valor, el trabajo solo cuenta, por un lado, como trabajo social; por otro, el reparto de este trabajo social y la complementación recíproca, el metabolismo de sus productos, la subordinación al engranaje social y la inserción en él, quedan abandonados a la acción fortuita, que se anula recíprocamente, de los productores capitalistas individuales. Como estos solo se enfrentan como poseedores de mercancías y cada uno trata de vender su mercancía lo más cara posible (y también en la regulación de la producción misma solo parece guiado por su arbitrio), la ley interna solo se impone por medio de su competencia, de la presión recíproca de unos sobre otros, por la que las desviaciones se anulan mutuamente. Solo como ley interna, como ley natural ciega frente a los agentes individuales, actúa aquí la ley del valor e impone el equilibrio social de la producción en medio de sus fluctuaciones fortuitas.
Además, en la mercancía, y más aún en la mercancía como producto del capital, está ya implicada la reificación de las determinaciones sociales de la producción y la subjetivación de los fundamentos materiales de la producción, que caracteriza a todo el modo de producción capitalista.
Lo segundo que distingue especialmente al modo de producción capitalista es la producción de plusvalía como fin directo y motivo determinante de la producción. El capital produce esencialmente capital, y solo lo hace en la medida en que produce plusvalía. Al examinar la plusvalía relativa, y luego al examinar la transformación de la plusvalía en ganancia, hemos visto cómo se funda en ello un modo de producción peculiar del período capitalista: una forma particular del desarrollo de las fuerzas productivas sociales del trabajo, pero como fuerzas del capital autonomizadas frente al obrero y, por tanto, en oposición directa a su propio desarrollo, el del obrero. La producción para el valor y la plusvalía implica, como se ha mostrado en el desarrollo ulterior, la tendencia siempre operante a reducir el tiempo de trabajo necesario para la producción de una mercancía, es decir, su valor, por debajo de la media social existente en cada caso. El afán de reducir el precio de coste a su mínimo se convierte en la palanca más poderosa del aumento de la fuerza productiva social del trabajo, que aquí, sin embargo, solo aparece como aumento constante de la fuerza productiva del capital.
La autoridad que el capitalista asume como personificación del capital en el proceso directo de producción, la función social que desempeña como director y dominador de la producción, es esencialmente distinta de la autoridad basada en la producción con esclavos, siervos, etc.
Mientras que, sobre la base de la producción capitalista, a la masa de los productores directos se le enfrenta el carácter social de su producción en la forma de una autoridad que regula estrictamente y de un mecanismo social del proceso de trabajo articulado como una jerarquía completa —autoridad que, sin embargo, solo corresponde a sus portadores como personificación de las condiciones de trabajo frente al trabajo, y no, como en formas de producción anteriores, como gobernantes políticos o teocráticos—, entre los portadores de esta autoridad, los capitalistas mismos, que solo se enfrentan como poseedores de mercancías, reina la anarquía más completa, dentro de la cual la conexión social de la producción solo se hace valer como una ley natural prepotente frente al arbitrio individual.
Solo porque el trabajo está presupuesto en la forma de trabajo asalariado y los medios de producción en la forma de capital —es decir, solo a consecuencia de esta figura social específica de estos dos agentes esenciales de la producción—, una parte del valor (del producto) se presenta como plusvalía y esta plusvalía como ganancia (renta), como beneficio del capitalista, como riqueza adicional disponible que le pertenece. Pero solo porque se presenta así como su ganancia, los medios de producción adicionales, destinados a la ampliación de la reproducción y que forman una parte de la ganancia, se presentan como capital nuevo adicional, y la ampliación del proceso de reproducción en general, como proceso capitalista de acumulación.
Aunque la forma del trabajo como trabajo asalariado sea decisiva para la figura de todo el proceso y para el modo específico de la producción misma, no es el trabajo asalariado el que determina el valor. En la determinación del valor se trata del tiempo de trabajo social en general, de la cantidad de trabajo de que la sociedad en general puede disponer y cuya absorción relativa por los diversos productos determina, en cierto modo, el peso social respectivo de estos. La forma determinada en que el tiempo de trabajo social se impone como determinante en el valor de las mercancías guarda relación, ciertamente, con la forma del trabajo como trabajo asalariado y con la forma correspondiente de los medios de producción como capital, en la medida en que solo sobre esta base la producción de mercancías se convierte en la forma general de la producción.
Consideremos, por lo demás, las llamadas relaciones de distribución mismas. El salario presupone el trabajo asalariado; la ganancia, el capital. Estas formas determinadas de distribución presuponen, pues, caracteres sociales determinados de las condiciones de producción y relaciones sociales determinadas de los agentes de la producción. La relación de distribución determinada no es, pues, más que la expresión de la relación de producción históricamente determinada.
Y tómese ahora la ganancia. Esta forma determinada de la plusvalía es el presupuesto de que la nueva formación de los medios de producción se efectúe en la forma de la producción capitalista; es, pues, una relación que domina la reproducción, aunque al capitalista individual le parezca que en realidad podría comerse toda la ganancia como rédito. Sin embargo, en ello encuentra barreras que se le oponen ya en la forma de fondos de seguro y de reserva, de la ley de la competencia, etc., y que le demuestran prácticamente que la ganancia no es una mera categoría de distribución del producto consumible individualmente. Todo el proceso de producción capitalista está regulado, además, por los precios de los productos. Pero los precios de producción reguladores están a su vez regulados por la nivelación de la tasa de ganancia y por la distribución del capital entre las diversas esferas sociales de la producción que le corresponde. La ganancia aparece, pues, aquí como factor principal, no de la distribución de los productos, sino de su producción misma, como parte de la distribución de los capitales y del trabajo mismo entre las diversas esferas de la producción. La escisión de la ganancia en ganancia empresarial e interés aparece como distribución del mismo rédito. Pero surge, ante todo, del desarrollo del capital como valor que se valoriza a sí mismo, que engendra plusvalía, de esta figura social determinada del proceso de producción dominante. Desarrolla a partir de sí misma el crédito y las instituciones de crédito y, con ello, la figura de la producción. En el interés, etc., las pretendidas formas de distribución entran en el precio como momentos determinantes de la producción.
De la renta de la tierra podría parecer que es una mera forma de distribución, porque la propiedad de la tierra en cuanto tal no desempeña ninguna función, o al menos ninguna función normal, en el proceso de producción mismo. Pero la circunstancia de que 1) la renta quede limitada al excedente sobre la ganancia media, y 2) de que el propietario de la tierra quede rebajado, de conductor y dominador del proceso de producción y de todo el proceso de vida social, a mero arrendador de tierra, usurero de la tierra y mero cobrador de la renta, es un resultado histórico específico del modo de producción capitalista. Que la tierra haya recibido la forma de propiedad de la tierra es un presupuesto histórico de este modo de producción. Que la propiedad de la tierra reciba formas que permiten el modo de explotación capitalista de la agricultura es un producto del carácter específico de este modo de producción. Puede llamarse renta también al ingreso del propietario de la tierra en otras formas de sociedad. Pero es esencialmente distinto de la renta tal como aparece en este modo de producción.
Las llamadas relaciones de distribución corresponden, pues, a formas históricamente determinadas, específicamente sociales, del proceso de producción y de las relaciones que los hombres contraen entre sí en el proceso de reproducción de su vida humana, y surgen de ellas. El carácter histórico de estas relaciones de distribución es el carácter histórico de las relaciones de producción, de las que solo expresan un lado. La distribución capitalista es distinta de las formas de distribución que surgen de otros modos de producción, y toda forma de distribución desaparece con la forma determinada de la producción de la que procede y a la que corresponde.
La opinión que solo considera históricas las relaciones de distribución, pero no las relaciones de producción, es, por una parte, solo la opinión de la crítica incipiente, pero todavía prisionera, de la economía burguesa. Pero, por otra parte, descansa en una confusión e identificación del proceso social de producción con el simple proceso de trabajo, tal como tendría que realizarlo también un hombre anormalmente aislado, sin ninguna ayuda social. En la medida en que el proceso de trabajo es solo un mero proceso entre el hombre y la naturaleza, sus elementos simples siguen siendo comunes a todas sus formas sociales de desarrollo. Pero cada forma histórica determinada de este proceso desarrolla ulteriormente sus fundamentos materiales y sus formas sociales. Llegada a un cierto grado de madurez, la forma histórica determinada es abandonada y deja paso a otra superior. Que ha llegado el momento de una crisis semejante se muestra en cuanto la contradicción y la oposición entre las relaciones de distribución y, por tanto, también la figura histórica determinada de las relaciones de producción que les corresponden, por una parte, y las fuerzas productivas, la capacidad productiva y el desarrollo de sus agentes, por otra, ganan en amplitud y profundidad. Se produce entonces un conflicto entre el desarrollo material de la producción y su forma social.18
Capítulo quincuagesimosegundo. Las clases
Los propietarios de mera fuerza de trabajo, los propietarios de capital y los propietarios de la tierra, cuyas respectivas fuentes de ingresos son el salario, la ganancia y la renta de la tierra, es decir, los obreros asalariados, los capitalistas y los propietarios de la tierra, forman las tres grandes clases de la sociedad moderna, basada en el modo de producción capitalista.
En Inglaterra es indiscutible que la sociedad moderna, en su articulación económica, está desarrollada en mayor medida y de la manera más clásica. Sin embargo, ni siquiera aquí aparece pura esta articulación de clases. También aquí, grados intermedios y de transición (aunque en el campo incomparablemente menos que en las ciudades) desdibujan por todas partes las delimitaciones. Pero esto es indiferente para nuestro examen. Hemos visto que la tendencia constante y la ley de desarrollo del modo de producción capitalista es separar cada vez más los medios de producción del trabajo y concentrar cada vez más en grandes grupos los medios de producción dispersos, es decir, transformar el trabajo en trabajo asalariado y los medios de producción en capital. Y a esta tendencia corresponde, por otro lado, la separación autónoma de la propiedad de la tierra respecto del capital y del trabajo19, o la transformación de toda propiedad de la tierra en la forma de la propiedad de la tierra correspondiente al modo de producción capitalista.
La pregunta que hay que responder a continuación es esta: ¿qué forma una clase?; y la respuesta se desprende por sí misma de la respuesta a esta otra pregunta: ¿qué hace de los obreros asalariados, los capitalistas y los propietarios de la tierra los formadores de las tres grandes clases sociales?
A primera vista, la identidad de los réditos y de las fuentes de rédito. Son tres grandes grupos sociales cuyos componentes, los individuos que los forman, viven respectivamente del salario, de la ganancia y de la renta de la tierra, de la valorización de su fuerza de trabajo, de su capital y de su propiedad de la tierra.
Pero, desde este punto de vista, los médicos y los funcionarios, por ejemplo, formarían también dos clases, pues pertenecen a dos grupos sociales distintos, en cada uno de los cuales los réditos de los miembros fluyen de la misma fuente. Lo mismo valdría para la infinita fragmentación de intereses y posiciones en que la división del trabajo social escinde tanto a los obreros como a los capitalistas y a los propietarios de la tierra, a estos últimos, por ejemplo, en propietarios de viñedos, propietarios de campos de labor, propietarios de bosques, propietarios de minas, propietarios de pesquerías.
{Aquí se interrumpe el manuscrito.}
Los tres fragmentos siguientes se encuentran en distintos lugares del manuscrito para la sección VI. — F. E. ↩
(Nota de la traducción.) «Masa tosca y confusa»: Ovidio, Metamorfosis, I, 7, sobre el caos primitivo. ↩
(Nota de la traducción.) En inglés en el original: «advantages of fertile over inferior soil ... are transferred from the cultivator or consumer to the landlord». ↩
(Nota de la traducción.) Revenue: el ingreso periódico que se gasta en consumo; en este libro, «rédito»; en nuestra traducción del libro primero, «renta». ↩
Comienzo del cap. XLVIII según el manuscrito. ↩
«El salario, la ganancia y la renta son las tres fuentes originarias de todo rédito, así como de todo valor de cambio.» (A. Smith.) — «Así, las causas de la producción material son al mismo tiempo las fuentes de los réditos primitivos que existen.» (Storch, [Cours d'économie politique, San Petersburgo, 1815], I, p. 259.) ↩
(Nota de la traducción.) En francés en el original: «el señor Capital y la señora Tierra». ↩
(Nota de la traducción.) En latín en el original: «por naturaleza». ↩
(Nota de la traducción.) En las fórmulas usamos letras españolas, como en el libro segundo: c = capital constante, v = capital variable, p = plusvalía (m, Mehrwert, en el original); en el capítulo quincuagésimo, k (el capital consumido en la mercancía) y las incógnitas x, y, z no cambian. La copia de la MEW de que traducimos da «500c» en la segunda partida de II; la 1.ª edición (MEGA II/15) y el propio texto que sigue dan «500v». ↩
Ricardo hace la siguiente observación, muy acertada, sobre el irreflexivo Say: «Sobre el producto neto y el producto bruto, el señor Say se expresa así: “Todo el valor producido es el producto bruto; este valor, después de deducir de él el coste de producción, es el producto neto” (vol. II, p. 491). No puede haber, entonces, producto neto, porque el coste de producción, según el señor Say, consiste en renta, salarios y ganancias. En la página 508 dice: “el valor de un producto, el valor de un servicio productivo, el valor del coste de producción son, pues, todos valores semejantes, siempre que las cosas se dejen seguir su curso natural”. Quítese un todo de un todo y no queda nada.» (Ricardo, Principles, cap. XXXII, p. 512, nota.) — Por lo demás, como se verá más adelante, tampoco Ricardo ha refutado en ningún sitio el falso análisis smithiano del precio de las mercancías, su resolución en la suma de valor de los réditos. No se preocupa de él y lo acepta en sus análisis como correcto en la medida en que «hace abstracción» de la parte constante del valor de las mercancías. También recae de vez en cuando en el mismo modo de representación. ↩
«En toda sociedad el precio de toda mercancía se resuelve en último término en una u otra de estas tres partes, o en todas ellas» (a saber, salario, ganancia, renta). «[…] Podría pensarse, quizá, que es necesaria una cuarta parte para reponer el capital del arrendatario o para compensar el desgaste de su ganado de labor y de sus demás instrumentos de labranza. Pero hay que considerar que el precio de cualquier instrumento de labranza, como un caballo de labor, se compone a su vez de las mismas tres partes: la renta de la tierra en que se cría, el trabajo de cuidarlo y criarlo y las ganancias del arrendatario, que adelanta tanto la renta de su tierra como los salarios de su trabajo. Aunque el precio del grano, por tanto, pueda pagar el precio así como el mantenimiento del caballo, todo el precio se resuelve todavía, inmediata o finalmente, en las mismas tres partes: renta, trabajo» (debería decir salario) «y ganancia.» (A. Smith.) Mostraremos más adelante cómo el propio A. Smith siente la contradicción y la insuficiencia de este subterfugio, pues no es más que un subterfugio el que nos envíe de Poncio a Pilato, aunque en ningún sitio muestra la inversión real de capital en la que el precio del producto se resuelva ultimately, sin ulterior progressus [(Nota de la traducción.) En inglés y en latín en el original: «en última instancia», «progresión»], pura y simplemente en estas tres partes. ↩
Proudhon expresa su incapacidad de comprender esto en la estrecha fórmula: l'ouvrier ne peut pas racheter son propre produit [(Nota de la traducción.) En francés en el original: «el obrero no puede volver a comprar su propio producto»], porque en él va contenido el interés, que se añade al prix-de-revient [(Nota de la traducción.) En francés en el original: «precio de coste»]. Pero ¿cómo le saca de su error el señor Eugène Forcade? «Si la objeción de Proudhon fuera cierta, no solo afectaría a las ganancias del capital, sino que aniquilaría la posibilidad misma de la industria. Si el trabajador se ve obligado a pagar a 100 la cosa por la que solo ha recibido 80, si el salario solo puede volver a comprar en un producto el valor que ha puesto en él, tanto valdría decir que el trabajador no puede volver a comprar nada, que el salario no puede pagar nada. En efecto, en el precio de coste hay siempre algo más que el salario del obrero, y en el precio de venta, algo más que la ganancia del empresario, por ejemplo, el precio de la materia prima, pagado a menudo al extranjero […]. Proudhon ha olvidado el crecimiento continuo del capital nacional; ha olvidado que este crecimiento se comprueba para todos los trabajadores, tanto los de la empresa como los de la mano de obra.» (Revue des deux Mondes, 1848, t. 24, pp. 998, 999.) Aquí tenemos el optimismo de la irreflexión burguesa en la forma de sabiduría que mejor le corresponde. En primer lugar, el señor Forcade cree que el obrero no podría vivir si, además del valor que produce, no recibiera un valor todavía más alto, mientras que, a la inversa, el modo de producción capitalista sería imposible si recibiera realmente el valor que produce. En segundo lugar, generaliza acertadamente la dificultad que Proudhon solo había expresado desde un punto de vista limitado. El precio de la mercancía no solo contiene un excedente sobre el salario, sino también sobre la ganancia, a saber, la parte constante de valor. Según el razonamiento de Proudhon, tampoco el capitalista podría, pues, volver a comprar la mercancía con su ganancia. ¿Y cómo resuelve Forcade el enigma? Con una frase sin sentido: el crecimiento del capital. Así pues, el crecimiento constante del capital ha de comprobarse, entre otras cosas, también en que el análisis del precio de las mercancías, que con un capital de 100 es imposible para el economista político, se vuelve superfluo con un capital de 10.000. ¿Qué se diría de un químico que, a la pregunta de cómo es que el producto del suelo contiene más carbono que el suelo, respondiera: esto viene del crecimiento constante de la producción del suelo? La bienintencionada buena voluntad de descubrir en el mundo burgués el mejor de los mundos posibles sustituye, en la economía vulgar, toda necesidad de amor a la verdad y de afán científico de investigación. ↩
«El capital circulante empleado en materiales, materias primas y obra acabada se compone a su vez de mercancías cuyo precio necesario está formado por los mismos elementos; de modo que, si se considera la totalidad de las mercancías de un país, sería una duplicación contar esta porción del capital circulante entre los elementos del precio necesario.» (Storch, Cours d'Éc. Pol., II, p. 140.) — Por estos elementos del capital circulante entiende Storch (el fijo no es más que circulante que ha cambiado de forma) la parte constante de valor. «Es cierto que el salario del obrero, lo mismo que la parte de la ganancia del empresario que consiste en salarios, si se los considera como una porción de los medios de subsistencia, se componen igualmente de mercancías compradas al precio corriente, que comprenden asimismo salarios, rentas de los capitales, rentas de la tierra y ganancias de empresarios […]; esta observación solo sirve para probar que es imposible resolver el precio necesario en sus elementos más simples.» (Ib., nota.) — En sus Considérations sur la nature du revenu national (París, 1824), Storch, en su polémica contra Say, comprende ciertamente el absurdo a que conduce el falso análisis del valor de las mercancías que lo resuelve en meros réditos, y expresa correctamente lo disparatado de estos resultados —desde el punto de vista no del capitalista singular, sino de una nación—, pero él mismo no da un paso más en el análisis del prix nécessaire [(Nota de la traducción.) En francés en el original: «precio necesario»], del que declara en su Cours que es imposible resolverlo en sus elementos reales, en lugar de en un falso progreso hasta el infinito. «Está claro que el valor del producto anual se distribuye parte en capitales y parte en ganancias, y que cada una de estas porciones del valor del producto anual va a comprar regularmente los productos que la nación necesita, tanto para mantener su capital como para renovar su fondo consumible.» (Pp. 134, 135.) […] «¿Puede» (una familia campesina que trabaja por sí misma) «habitar en sus graneros o en sus establos, comerse sus simientes y forrajes, vestirse con su ganado de labor, divertirse con sus aperos de labranza? Según la tesis del señor Say, habría que responder afirmativamente a todas estas preguntas.» (Pp. 135, 136.) […] «Si se admite que el ingreso de una nación es igual a su producto bruto, es decir, que no hay capital alguno que deducir, hay que admitir también que puede gastar improductivamente el valor entero de su producto anual sin causar el menor perjuicio a su ingreso futuro.» (P. 147.) «Los productos que constituyen el capital de una nación no son consumibles.» (P. 150.) ↩
(Nota de la traducción.) En latín en el original: «en esa medida». ↩
En la descomposición del valor añadido a la parte constante del capital en salario, ganancia y renta de la tierra, se entiende de suyo que se trata de partes de valor. Naturalmente, uno puede representárselas como existentes en el producto directo en que se representa este valor, es decir, en el producto directo que han producido los obreros y capitalistas en una esfera de la producción particular, por ejemplo la hilatura, o sea, en el hilo. Pero, de hecho, no se representan en este producto ni más ni menos que en cualquier otra mercancía, en cualquier otro componente de la riqueza material del mismo valor. Y en la práctica, en efecto, el salario se paga en dinero, es decir, en la pura expresión de valor; lo mismo el interés y la renta. Para el capitalista es de hecho muy importante la conversión de su producto en la pura expresión de valor; en el reparto mismo ya está presupuesta. Que estos valores se reconviertan en el mismo producto, en la misma mercancía de cuya producción surgieron, que el obrero vuelva a comprar una parte del producto producido directamente por él o compre el producto de otro trabajo de otra índole, no tiene nada que ver con la cosa misma. El señor Rodbertus se acalora de manera totalmente inútil a propósito de este asunto. ↩
«Bastará con observar que la misma regla general que regula el valor de los productos en bruto y de las mercancías manufacturadas es aplicable también a los metales; su valor no depende de la tasa de ganancia, ni de la tasa de salarios, ni de la renta pagada por las minas, sino de la cantidad total de trabajo necesaria para obtener el metal y llevarlo al mercado.» (Ricardo, Princ., cap. III, p. 77.) ↩
J. Stuart Mill, Some Unsettled Questions of Pol. Econ., Londres, 1844. ↩
Véase el escrito sobre Competition and Co-operation (¿1832?). ↩
F. List observa con razón: «La explotación directa predominante de las grandes fincas por sus dueños solo demuestra falta de civilización, de medios de comunicación, de industrias nacionales y de ciudades ricas. Por eso se la encuentra por doquier en Rusia, Polonia, Hungría y Mecklemburgo. Antes predominaba también en Inglaterra; pero con el auge del comercio y de las industrias, su lugar lo ocuparon la fragmentación en explotaciones medianas y el arrendamiento.» (Die Ackerverfassung, die Zwergwirthschaft und die Auswanderung, 1842, p. 10.) ↩