Karl Marx, El capital. Crítica de la economía política. Libro tercero: El proceso global de la producción capitalista. Editado por Friedrich Engels; primera edición: Hamburgo, Otto Meissner, 1894. Se traduce según el texto de la MEW 25 (Berlín, 1964), cotejado con la MEGA II/15 (1894); las citas que Marx daba en inglés, francés u otras lenguas se traducen de su original. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas que indican de qué manuscrito de Marx procede el texto son de Engels; las firmadas «— F. E.» y los pasajes entre corchetes con esa firma, también. Las llaves {…} reproducen las de la edición (interpolaciones de Marx en las citas o de Engels en el texto). Las notas marcadas «(Nota de la traducción.)» son nuestras. Texto original en alemán
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Capítulo decimosexto. El capital de comercio de mercancías
El capital comercial o capital de comercio1 se divide en dos formas o subespecies, el capital de comercio de mercancías y el capital de comercio de dinero, que vamos a caracterizar ahora con más detalle en la medida en que sea necesario para el análisis del capital en su estructura nuclear. Y es tanto más necesario cuanto que la economía moderna, incluso en sus mejores representantes, confunde directamente el capital de comercio con el capital industrial y, de hecho, pasa por alto por completo sus peculiaridades características.
El movimiento del capital mercantil se ha analizado en el libro II. Si se considera el capital global de la sociedad, una parte de él, aunque compuesta siempre de elementos distintos y de magnitud también variable, se encuentra siempre como mercancía en el mercado, para pasar a dinero; otra parte se encuentra en el mercado como dinero, para pasar a mercancía. Este capital está siempre inmerso en el movimiento de este paso, de esta metamorfosis formal. En la medida en que esta función del capital que se encuentra en el proceso de circulación se autonomiza en general como función particular de un capital particular, se fija como función asignada por la división del trabajo a una especie particular de capitalistas, el capital mercantil se convierte en capital de comercio de mercancías o capital comercial.
Se ha expuesto (libro II, cap. VI, «Los gastos de circulación», 2 y 3)2 hasta qué punto la industria del transporte, la conservación y la distribución de las mercancías en una forma distribuible han de considerarse procesos de producción que se prolongan dentro del proceso de circulación. Estos incidentes de la circulación del capital mercantil se confunden en parte con las funciones peculiares del capital comercial o de comercio de mercancías; en parte se encuentran unidos en la práctica a sus funciones peculiares y específicas, aunque con el desarrollo de la división social del trabajo la función del capital comercial se decanta también en estado puro, es decir, separada de aquellas funciones reales y autónoma frente a ellas. Para nuestro propósito, en el que se trata de determinar la diferencia específica de esta figura particular del capital, hay que hacer abstracción, pues, de aquellas funciones. En la medida en que el capital que funciona solo en el proceso de circulación, y en especial el capital de comercio de mercancías, une en parte aquellas funciones a las suyas, no se presenta en su forma pura. Una vez despojado de aquellas funciones y eliminadas estas, tenemos su forma pura.
Se ha visto que la existencia del capital como capital mercantil y la metamorfosis que recorre como capital mercantil dentro de la esfera de la circulación, en el mercado —una metamorfosis que se resuelve en comprar y vender, transformación de capital mercantil en capital dinerario y de capital dinerario en capital mercantil—, constituye una fase del proceso de reproducción del capital industrial, es decir, de su proceso global de producción; pero que, al mismo tiempo, en esta función suya de capital de circulación, se distingue de sí mismo como capital productivo. Son dos formas de existencia separadas, distintas, del mismo capital. Una parte del capital social global se encuentra continuamente en esta forma de existencia, como capital de circulación, en el mercado, inmersa en el proceso de esta metamorfosis, aunque para cada capital singular su existencia como capital mercantil y su metamorfosis como tal solo constituyen un punto de paso que desaparece y se renueva constantemente, un estadio de paso de la continuidad de su proceso de producción, y aunque, por eso, los elementos del capital mercantil que se encuentra en el mercado cambien constantemente, pues se retiran constantemente del mercado de mercancías y con la misma constancia se le devuelven como nuevo producto del proceso de producción.
Pues bien, el capital de comercio de mercancías no es más que la forma transformada de una parte de este capital de circulación que se encuentra constantemente en el mercado, que está inmerso en el proceso de la metamorfosis y siempre abarcado por la esfera de la circulación. Decimos de una parte porque una parte de la venta y de la compra de mercancías se efectúa constantemente de modo directo entre los propios capitalistas industriales. En esta investigación hacemos completa abstracción de esta parte, ya que no contribuye a la determinación conceptual, a la comprensión de la naturaleza específica del capital comercial, y, por otro lado, ya se ha expuesto exhaustivamente para nuestro propósito en el libro II.
El comerciante de mercancías, como capitalista en general, aparece en primer lugar en el mercado como representante de cierta suma de dinero que adelanta como capitalista, es decir, que quiere transformar de x (el valor originario de la suma) en x + Δx (esa suma más la ganancia correspondiente). Pero para él, no solo como capitalista en general, sino específicamente como comerciante de mercancías, es evidente que su capital tiene que aparecer originariamente en el mercado en la forma de capital dinerario, pues no produce mercancías, sino que solo comercia con ellas, media su movimiento, y para comerciar con ellas tiene primero que comprarlas, es decir, ser poseedor de capital dinerario.
Supongamos que un comerciante de mercancías posee 3.000 £, que valoriza como capital de comercio. Con estas 3.000 £ compra, por ejemplo, 30.000 varas de lienzo al fabricante de lienzo, a 2 chelines la vara. Vende esas 30.000 varas. Si la tasa media anual de ganancia = 10 % y él, después de deducir todos los gastos accesorios, obtiene una ganancia anual del 10 %, al final del año habrá transformado las 3.000 £ en 3.300 £. Cómo obtiene esta ganancia es una cuestión que trataremos más adelante. Aquí queremos considerar primero la mera forma del movimiento de su capital. Con las 3.000 £ compra constantemente lienzo y vende constantemente ese lienzo; repite constantemente esta operación de comprar para vender, D – M – D′,3 la forma simple del capital tal como está encerrado por entero en el proceso de circulación, sin que lo interrumpa el intervalo del proceso de producción, que queda fuera de su propio movimiento y de su propia función.
¿Cuál es, pues, la relación de este capital de comercio de mercancías con el capital mercantil como mera forma de existencia del capital industrial? Por lo que respecta al fabricante de lienzo, con el dinero del comerciante ha realizado el valor de su lienzo, ha consumado la primera fase de la metamorfosis de su capital mercantil, su transformación en dinero, y ahora, en circunstancias por lo demás iguales, puede reconvertir el dinero en hilo, carbón, salario, etc., y, por otra parte, en medios de subsistencia, etc., para el consumo de su rédito;4 es decir, dejando aparte el gasto del rédito, puede proseguir el proceso de reproducción.
Pero aunque para él, el productor del lienzo, la metamorfosis de este en dinero, su venta, ha tenido lugar, todavía no ha tenido lugar para el lienzo mismo. Este sigue encontrándose en el mercado como capital mercantil, con la determinación de consumar su primera metamorfosis, de ser vendido. Con este lienzo no ha ocurrido nada más que un cambio en la persona de su poseedor. Según su propia determinación, según su posición en el proceso, sigue siendo capital mercantil, mercancía vendible; solo que ahora está en manos del comerciante en lugar de estar, como antes, en las del productor. La función de venderlo, de mediar la primera fase de su metamorfosis, se la ha quitado al productor el comerciante, y se ha convertido en el negocio particular de este, mientras que antes era una función que le quedaba por cumplir al productor después de haber despachado la función de producirlo.
Supongamos que el comerciante no logra vender las 30.000 varas durante el intervalo que necesita el productor de lienzo para lanzar de nuevo al mercado 30.000 varas por valor de 3.000 £. El comerciante no puede volver a comprarlas, porque todavía tiene en almacén las 30.000 varas sin vender y estas no se le han reconvertido aún en capital dinerario. Se produce entonces un estancamiento, una interrupción de la reproducción. Es cierto que el productor de lienzo podría tener a su disposición capital dinerario adicional que, independientemente de la venta de las 30.000 varas, estaría en condiciones de transformar en capital productivo, prosiguiendo así el proceso de producción. Pero este supuesto no cambia nada la cosa. En lo que respecta al capital adelantado en las 30.000 varas, su proceso de reproducción está y sigue interrumpido. Aquí se muestra, pues, de hecho, de manera palpable, que las operaciones del comerciante no son otra cosa que las operaciones que en general han de efectuarse para transformar en dinero el capital mercantil del productor, las operaciones que median las funciones del capital mercantil en el proceso de circulación y de reproducción. Si, en lugar de un comerciante independiente, un mero dependiente del productor tuviera que ocuparse exclusivamente de esa venta, y además de la compra, esta conexión no estaría oculta ni por un instante.
El capital de comercio de mercancías no es, por tanto, en absoluto otra cosa que el capital mercantil del productor, que tiene que pasar por el proceso de su transformación en dinero, cumplir en el mercado su función de capital mercantil, solo que esta función, en lugar de ser una operación accesoria del productor, aparece ahora como operación exclusiva de una especie particular de capitalistas, los comerciantes de mercancías, y se autonomiza como negocio de una inversión particular de capital.
Por lo demás, esto se muestra también en la forma específica de la circulación del capital de comercio de mercancías. El comerciante compra la mercancía y luego la vende: D – M – D′. En la circulación simple de mercancías, o incluso en la circulación de mercancías tal como aparece como proceso de circulación del capital industrial, M′ – D – M, la circulación está mediada por el hecho de que cada pieza de dinero cambia dos veces de manos. El productor de lienzo vende su mercancía, el lienzo, la transforma en dinero; el dinero del comprador pasa a sus manos. Con ese mismo dinero compra hilo, carbón, trabajo, etc., vuelve a gastar el mismo dinero para reconvertir el valor del lienzo en las mercancías que constituyen los elementos de producción del lienzo. La mercancía que compra no es la misma mercancía, no es mercancía de la misma clase que la que vende. Ha vendido productos y ha comprado medios de producción. Pero las cosas son distintas en el movimiento del capital comercial. Con las 3.000 £ el comerciante de lienzo compra 30.000 varas de lienzo; vende esas mismas 30.000 varas de lienzo para retirar de la circulación el capital dinerario (3.000 £ junto con la ganancia). Aquí no son, pues, las mismas piezas de dinero, sino la misma mercancía, la que cambia dos veces de lugar; pasa de las manos del vendedor a las del comprador, y de las manos del comprador, que ahora se ha convertido en vendedor, a las de otro comprador. Se vende dos veces, y puede venderse aún más veces si se intercala una serie de comerciantes; y es precisamente mediante esta venta repetida, este doble cambio de lugar de la misma mercancía, como el primer comprador retira el dinero adelantado en la compra de la mercancía, como se media el reflujo del dinero hacia él. En un caso, M′ – D – M, el doble cambio de lugar del mismo dinero media que la mercancía se enajene en una figura y se apropie en otra figura. En el otro caso, D – M – D′, el doble cambio de lugar de la misma mercancía media que el dinero adelantado se retire de nuevo de la circulación. Precisamente en esto se muestra que la mercancía todavía no está vendida definitivamente en cuanto ha pasado de las manos del productor a las del comerciante, que este último no hace más que proseguir la operación de la venta, o la mediación de la función del capital mercantil. Pero al mismo tiempo se muestra en ello que lo que para el capitalista productivo es M – D, una mera función de su capital en su figura transitoria de capital mercantil, es para el comerciante D – M – D′, una valorización particular del capital dinerario que ha adelantado. Una fase de la metamorfosis de las mercancías se muestra aquí, con respecto al comerciante, como D – M – D′, es decir, como evolución de una clase propia de capital.
El comerciante vende definitivamente la mercancía, es decir, el lienzo, al consumidor, ya sea este un consumidor productivo (por ejemplo, un blanqueador) o un consumidor individual que consume el lienzo para su uso privado. De este modo le retorna el capital adelantado (con la ganancia) y puede empezar de nuevo la operación. Si en la compra del lienzo el dinero solo hubiera funcionado como medio de pago, de modo que no tuviera que pagar hasta seis semanas después de recibirlo, y si hubiera vendido antes de ese plazo, podría pagar al productor de lienzo sin haber adelantado él mismo capital dinerario. Si no lo hubiera vendido, tendría que adelantar las 3.000 £ al vencimiento, en lugar de hacerlo en el acto, en el momento de la entrega del lienzo; y si, debido a una caída de los precios de mercado, lo hubiera vendido por debajo del precio de compra, tendría que reponer de su propio capital la parte que falta.
¿Qué es, entonces, lo que da al capital de comercio de mercancías el carácter de un capital que funciona de manera autónoma, mientras que en manos del productor que vende por sí mismo aparece evidentemente solo como una forma particular de su capital en una fase particular de su proceso de reproducción, durante su estancia en la esfera de la circulación?
Primero: que el capital mercantil consuma en manos de un agente distinto de su productor su transformación definitiva en dinero, es decir, su primera metamorfosis, la función que le corresponde en el mercado qua capital mercantil, y que esta función del capital mercantil esté mediada por la operación del comerciante, por su comprar y vender, de modo que esta operación se configura como negocio propio, separado de las demás funciones del capital industrial y, por tanto, autonomizado. Es una forma particular de la división social del trabajo, de modo que una parte de la función que de otro modo habría que cumplir en una fase particular del proceso de reproducción del capital, aquí la de la circulación, aparece como la función exclusiva de un agente de la circulación propio, distinto del productor. Pero con ello este negocio particular no aparecería todavía, ni mucho menos, como la función de un capital particular, distinto del capital industrial inmerso en su proceso de reproducción y autónomo frente a él; como, de hecho, no aparece como tal allí donde el comercio de mercancías lo ejercen meros viajantes de comercio u otros agentes directos del capitalista industrial. Tiene que añadirse, pues, un segundo momento.
Segundo: este entra en juego por el hecho de que el agente autónomo de la circulación, el comerciante, adelanta en esta posición capital dinerario (propio o prestado). Lo que para el capital industrial que se encuentra en su proceso de reproducción se presenta simplemente como M – D, transformación del capital mercantil en capital dinerario o mera venta, se presenta para el comerciante como D – M – D′, como compra y venta de la misma mercancía y, por tanto, como reflujo hacia él, por medio de la venta, del capital dinerario que se alejó de él en la compra.
Siempre es M – D, la transformación del capital mercantil en capital dinerario, lo que se presenta para el comerciante como D – M – D, en la medida en que adelanta capital en la compra de la mercancía a los productores; siempre la primera metamorfosis del capital mercantil, aunque el mismo acto pueda presentarse para un productor, o para el capital industrial que se encuentra en su proceso de reproducción, como D – M, reconversión del dinero en mercancía (los medios de producción), o como segunda fase de la metamorfosis. Para el productor de lienzo, M – D era la primera metamorfosis, transformación del capital mercantil en capital dinerario. Este acto se presenta para el comerciante como D – M, transformación de su capital dinerario en capital mercantil. Si ahora vende el lienzo al blanqueador, esto representa para el blanqueador D – M, transformación de capital dinerario en capital productivo, o la segunda metamorfosis de su capital mercantil; pero para el comerciante, M – D, la venta del lienzo que ha comprado. De hecho, solo ahora está definitivamente vendido el capital mercantil que fabricó el fabricante de lienzo, o este D – M – D del comerciante solo representa un proceso mediador para el M – D entre dos productores. O supongamos que el fabricante de lienzo, con una parte del valor del lienzo vendido, compra hilo a un comerciante de hilo. Esto es para él D – M. Pero para el comerciante que vende el hilo es M – D, reventa del hilo; y con respecto al hilo mismo, como capital mercantil, no es más que su venta definitiva, con la que pasa de la esfera de la circulación a la esfera del consumo; M – D, la conclusión definitiva de su primera metamorfosis. Así pues, ya compre el comerciante al capitalista industrial o le venda, su D – M – D, el ciclo del capital comercial, expresa siempre solo lo que, con respecto al propio capital mercantil, como forma de paso del capital industrial que se reproduce, es meramente M – D, meramente la consumación de su primera metamorfosis. El D – M del capital comercial solo es al mismo tiempo M – D para el capitalista industrial, pero no para el capital mercantil producido por él: no es más que el paso del capital mercantil de las manos del industrial a las del agente de la circulación; solo el M – D del capital comercial es el M – D definitivo del capital mercantil en funciones. D – M – D no son más que dos M – D del mismo capital mercantil, dos ventas sucesivas de este, que no hacen más que mediar su última y definitiva venta.
Así pues, en el capital de comercio de mercancías el capital mercantil adopta la figura de una clase autónoma de capital por el hecho de que el comerciante adelanta capital dinerario que solo se valoriza como capital, que solo funciona como capital, en cuanto se ocupa exclusivamente de mediar la metamorfosis del capital mercantil, su función de capital mercantil, es decir, su transformación en dinero, y lo hace mediante la compra y la venta constantes de mercancías. Esta es su operación exclusiva; esta actividad, que media el proceso de circulación del capital industrial, es la función exclusiva del capital dinerario con el que opera el comerciante. Mediante esta función transforma su dinero en capital dinerario, presenta su D como D – M – D′, y mediante el mismo proceso transforma el capital mercantil en capital de comercio de mercancías.
El capital de comercio de mercancías, en la medida en que existe en la forma de capital mercantil y mientras existe en ella —si se considera el proceso de reproducción del capital social global—, no es evidentemente otra cosa que la parte del capital industrial que todavía se encuentra en el mercado, inmersa en el proceso de su metamorfosis, y que ahora existe y funciona como capital mercantil. Es, por tanto, solo el capital dinerario adelantado por el comerciante, que está destinado exclusivamente a la compra y la venta, que por eso nunca adopta otra forma que la del capital mercantil y la del capital dinerario, nunca la del capital productivo, y que permanece siempre encerrado en la esfera de la circulación del capital; es solo este capital dinerario lo que hay que considerar ahora con respecto al proceso global de reproducción del capital.
En cuanto el productor, el fabricante de lienzo, ha vendido sus 30.000 varas al comerciante por 3.000 £, compra con el dinero así obtenido los medios de producción necesarios, y su capital vuelve a entrar en el proceso de producción; su proceso de producción continúa, prosigue sin interrupción. Para él se ha efectuado la transformación de su mercancía en dinero. Pero para el lienzo mismo la transformación, como hemos visto, todavía no se ha efectuado. Todavía no se ha reconvertido definitivamente en dinero, todavía no ha entrado como valor de uso en el consumo, sea productivo, sea individual. El comerciante de lienzo representa ahora en el mercado el mismo capital mercantil que el productor de lienzo representaba allí originariamente. Para este, el proceso de la metamorfosis se ha abreviado, pero solo para continuar en manos del comerciante.
Si el productor de lienzo tuviera que esperar a que su lienzo dejara realmente de ser mercancía, a que pasara al último comprador, al consumidor productivo o individual, su proceso de reproducción quedaría interrumpido. O bien, para no interrumpirlo, habría tenido que restringir sus operaciones, transformar una parte menor de su lienzo en hilo, carbón, trabajo, etc., en una palabra, en los elementos del capital productivo, y conservar en su poder una parte mayor como reserva de dinero, para que, mientras una parte de su capital se encuentra como mercancía en el mercado, otra parte pudiera continuar el proceso de producción, de modo que, cuando esta saliera al mercado como mercancía, aquella refluyera en forma de dinero. Esta división de su capital no queda suprimida por la intervención del comerciante. Pero sin esta última, la parte del capital de circulación existente en forma de reserva de dinero tendría que ser siempre mayor en relación con la parte ocupada en forma de capital productivo, y la escala de la reproducción tendría que restringirse en consecuencia. En lugar de ello, el productor puede ahora emplear constantemente una parte mayor de su capital en el proceso de producción propiamente dicho, y una menor como reserva de dinero.
En cambio, ahora otra parte del capital social se encuentra constantemente, en la forma de capital comercial, dentro de la esfera de la circulación. Se emplea siempre solo para comprar y vender mercancía. Así, parece que solo se ha producido un cambio de las personas que tienen este capital en sus manos.
Si el comerciante, en lugar de comprar lienzo por valor de 3.000 £ con la intención de revenderlo, empleara él mismo productivamente esas 3.000 £, el capital productivo de la sociedad aumentaría. Es cierto que entonces el productor de lienzo tendría que retener una parte más considerable de su capital como reserva de dinero, y lo mismo el comerciante, ahora transformado en capitalista industrial. Por otra parte, si el comerciante sigue siendo comerciante, el productor ahorra tiempo de venta, que puede emplear en la supervisión del proceso de producción, mientras que el comerciante tiene que emplear todo su tiempo en vender.
Si el capital comercial no excede de sus proporciones necesarias, cabe suponer:
que, a consecuencia de la división del trabajo, el capital que se ocupa exclusivamente de comprar y vender (y aquí se incluye, además del dinero para la compra de mercancías, el dinero que hay que desembolsar en el trabajo necesario para llevar el negocio comercial y en el capital constante del comerciante: edificios de almacén, transporte, etc.) es menor de lo que sería si el capitalista industrial tuviera que llevar él mismo toda la parte comercial de su negocio;
que, como el comerciante se ocupa exclusivamente de este negocio, no solo se transforma antes en dinero la mercancía para el productor, sino que el propio capital mercantil pasa por su metamorfosis más deprisa de lo que lo haría en manos del productor;
que, considerado el capital comercial global en relación con el capital industrial, una rotación del capital comercial puede representar no solo las rotaciones de muchos capitales en una esfera de producción, sino las rotaciones de cierto número de capitales en distintas esferas de producción. Lo primero ocurre, por ejemplo, cuando el comerciante de lienzo, después de haber comprado y revendido con sus 3.000 £ el producto de un productor de lienzo, compra el producto de otro o de varios productores de lienzo y lo revende antes de que el mismo productor lance de nuevo al mercado la misma cantidad de mercancías, mediando así las rotaciones de distintos capitales en la misma esfera de producción. Lo segundo, cuando el comerciante, por ejemplo después de vender el lienzo, compra ahora seda, mediando así la rotación de un capital en otra esfera de producción.
En general, hay que observar lo siguiente: la rotación del capital industrial no está limitada solo por el tiempo de circulación, sino también por el tiempo de producción. La rotación del capital comercial, en la medida en que comercia solo con una clase determinada de mercancías, no está limitada por la rotación de un capital industrial, sino por la de todos los capitales industriales de la misma rama de producción. Después de haber comprado y vendido el lienzo de uno, el comerciante puede comprar y vender el de otro antes de que el primero lance de nuevo una mercancía al mercado. El mismo capital comercial puede, pues, mediar sucesivamente las distintas rotaciones de los capitales invertidos en una rama de producción; de modo que su rotación no es idéntica a las rotaciones de un capital industrial singular y, por eso, no sustituye meramente a la única reserva de dinero que ese capitalista industrial singular tendría que tener in petto. La rotación del capital comercial en una esfera de producción está limitada, naturalmente, por la producción global de esta. Pero no está limitada por los límites de la producción o por el tiempo de rotación del capital singular de esa misma esfera, en la medida en que este tiempo de rotación está dado por el tiempo de producción. Supongamos que A suministra una mercancía que necesita tres meses para su producción. Después de que el comerciante la ha comprado y vendido, digamos en un mes, puede comprar y vender el mismo producto de otro productor. O, por ejemplo, después de haber vendido el trigo de un arrendatario, puede comprar y vender con el mismo dinero el del segundo, etc. La rotación de su capital está limitada por la masa de trigo que puede comprar y vender sucesivamente en un tiempo dado, por ejemplo un año, mientras que la rotación del capital del arrendatario, dejando aparte el tiempo de circulación, está limitada por el tiempo de producción, que dura un año.
Pero la rotación del mismo capital comercial puede mediar igualmente las rotaciones de capitales en distintas ramas de producción.
En la medida en que el mismo capital comercial, en distintas rotaciones, sirve para transformar sucesivamente en dinero distintos capitales mercantiles, es decir, los compra y vende uno tras otro, cumple como capital dinerario frente al capital mercantil la misma función que el dinero en general cumple frente a las mercancías mediante el número de sus vueltas en un período dado.
La rotación del capital comercial no es idéntica a la rotación o a la reproducción, por una sola vez, de un capital industrial de igual magnitud; es más bien igual a la suma de las rotaciones de cierto número de tales capitales, ya sea en la misma esfera de producción, ya en distintas. Cuanto más deprisa rota el capital comercial, tanto menor es, y cuanto más despacio rota, tanto mayor es la parte del capital dinerario global que figura como capital comercial. Cuanto menos desarrollada está la producción, tanto mayor es la suma del capital comercial en relación con la suma de las mercancías lanzadas en general a la circulación; pero tanto menor es en términos absolutos o comparada con situaciones más desarrolladas. A la inversa, a la inversa. En tales situaciones poco desarrolladas, por eso, la mayor parte del capital dinerario propiamente dicho se encuentra en manos de los comerciantes, cuya fortuna constituye así, frente a los demás, la fortuna dineraria.
La velocidad de la circulación del capital dinerario adelantado por el comerciante depende: 1. de la velocidad con que se renueva el proceso de producción y con que engranan los distintos procesos de producción; 2. de la velocidad del consumo.
No es necesario que el capital comercial pase meramente por la rotación considerada antes, que primero compre mercancía por todo su volumen de valor y luego la venda, sino que el comerciante efectúa simultáneamente los dos movimientos. Su capital se divide entonces en dos partes. Una consiste en capital mercantil y la otra en capital dinerario. Aquí compra y transforma con ello su dinero en mercancía. Allí vende y transforma con ello otra parte del capital mercantil en dinero. Por un lado le refluye su capital como capital dinerario, mientras que por el otro le afluye capital mercantil. Cuanto mayor es la parte que existe en una forma, tanto menor la que existe en la otra. Esto se alterna y se compensa. Si al empleo del dinero como medio de circulación se une su empleo como medio de pago y el sistema de crédito que surge de ahí, la parte de capital dinerario del capital comercial disminuye aún más en relación con el volumen de las transacciones que este capital comercial efectúa. Si compro vino por 1.000 £ a 3 meses de plazo y he vendido el vino al contado antes de que venzan los tres meses, para esta transacción no hay que adelantar ni un céntimo. En este caso está también más claro que el sol que el capital dinerario que figura aquí como capital comercial no es en absoluto otra cosa que el propio capital industrial en su forma de capital dinerario, en su reflujo hacia sí mismo en la forma del dinero. (Que el productor que ha vendido mercancía por 1.000 £ a 3 meses de plazo pueda descontar en el banco la letra de cambio, es decir, el pagaré, que ha recibido por ella, no cambia nada la cosa y no tiene nada que ver con el capital del comerciante de mercancías.) Si en el intervalo los precios de mercado de la mercancía cayeran, pongamos, en 1/10, el comerciante no solo no obtendría ganancia alguna, sino que en total solo recuperaría 2.700 £ en lugar de 3.000. Tendría que poner 300 £ más para pagar. Estas 300 £ funcionarían solo como reserva para compensar la diferencia de precio. Pero lo mismo vale para el productor. Si hubiera vendido él mismo, a precios en baja, habría perdido igualmente 300 £ y no podría reanudar la producción en la misma escala sin capital de reserva.
El comerciante de lienzo compra al fabricante lienzo por 3.000 £; este paga de esas 3.000 £, por ejemplo, 2.000 para comprar hilo; compra ese hilo al comerciante de hilo. El dinero con que el fabricante paga al comerciante de hilo no es el dinero del comerciante de lienzo, pues este ha recibido a cambio mercancía por el importe de esa suma. Es forma dineraria de su propio capital. En manos del comerciante de hilo, estas 2.000 £ aparecen ahora como capital dinerario refluido; pero ¿hasta qué punto lo son, a diferencia de estas 2.000 £ como forma dineraria de la que se ha despojado el lienzo y forma dineraria que ha adoptado el hilo? Si el comerciante de hilo ha comprado a crédito y ha vendido al contado antes del vencimiento de su plazo de pago, en estas 2.000 £ no hay ni un céntimo de capital comercial a diferencia de la forma dineraria que el propio capital industrial adopta en su proceso cíclico. El capital de comercio de mercancías, por tanto, en la medida en que no es mera forma del capital industrial que se encuentra en manos del comerciante en la figura de capital mercantil o de capital dinerario, no es otra cosa que la parte del capital dinerario que pertenece al propio comerciante y se hace girar en la compra y venta de mercancías. Esta parte representa en escala reducida la parte del capital adelantado para la producción que tendría que encontrarse siempre en manos de los industriales como reserva de dinero, como medio de compra, y circular siempre como su capital dinerario. Esta parte se encuentra ahora, reducida, en manos de capitalistas comerciales; como tal, funcionando siempre en el proceso de circulación. Es la parte del capital global que, dejando aparte los gastos de rédito, tiene que circular constantemente en el mercado como medio de compra para mantener en marcha la continuidad del proceso de reproducción. Es tanto menor en relación con el capital global cuanto más rápido es el proceso de reproducción y cuanto más desarrollada está la función del dinero como medio de pago, es decir, el sistema de crédito.5
El capital comercial no es más que capital que funciona dentro de la esfera de la circulación. El proceso de circulación es una fase del proceso global de reproducción. Pero en el proceso de circulación no se produce valor alguno y, por tanto, tampoco plusvalía. Solo se producen cambios de forma de la misma masa de valor. De hecho, no ocurre nada más que la metamorfosis de las mercancías, que como tal no tiene nada que ver con la creación de valor o con la alteración del valor. Si en la venta de la mercancía producida se realiza una plusvalía, es porque esta existe ya en ella; en el segundo acto, el nuevo intercambio del capital dinerario por mercancía (elementos de producción), tampoco el comprador realiza, por eso, plusvalía alguna, sino que aquí solo se inicia, mediante el intercambio del dinero por medios de producción y fuerza de trabajo, la producción de la plusvalía. Al contrario. En la medida en que estas metamorfosis cuestan tiempo de circulación —un tiempo dentro del cual el capital no produce en absoluto y, por tanto, tampoco produce plusvalía—, ese tiempo es una limitación de la creación de valor, y la plusvalía se expresará como tasa de ganancia precisamente en razón inversa de la duración del tiempo de circulación. El capital comercial no crea, por eso, ni valor ni plusvalía, es decir, no directamente. En la medida en que contribuye a abreviar el tiempo de circulación, puede ayudar indirectamente a aumentar la plusvalía producida por el capitalista industrial. En la medida en que ayuda a ampliar el mercado y media la división del trabajo entre los capitales, es decir, capacita al capital para trabajar en una escala mayor, su función fomenta la productividad del capital industrial y su acumulación. En la medida en que abrevia el tiempo de circulación, eleva la proporción de la plusvalía respecto al capital adelantado, es decir, la tasa de ganancia. En la medida en que encierra en la esfera de la circulación una parte menor del capital como capital dinerario, aumenta la parte del capital empleada directamente en la producción.
Capítulo decimoséptimo. La ganancia comercial
En el libro II se ha visto que las funciones puras del capital en la esfera de la circulación —las operaciones que el capitalista industrial tiene que efectuar, primero, para realizar el valor de sus mercancías y, segundo, para reconvertir este valor en los elementos de producción de la mercancía, las operaciones para mediar las metamorfosis del capital mercantil M′ – D – M, es decir, los actos de vender y de comprar— no generan ni valor ni plusvalía. Por el contrario, se mostró que el tiempo que esto requiere, objetivamente con respecto a las mercancías y subjetivamente con respecto al capitalista, genera límites a la formación de valor y de plusvalía. Lo que vale para la metamorfosis del capital mercantil en sí no se altera naturalmente en modo alguno por el hecho de que una parte de él adopte la figura del capital de comercio de mercancías o de que las operaciones mediante las cuales se media la metamorfosis del capital mercantil aparezcan como el negocio particular de una sección particular de capitalistas o como función exclusiva de una parte del capital dinerario. Si el vender y el comprar mercancías —y en esto se resuelve la metamorfosis del capital mercantil M′ – D – M— por los propios capitalistas industriales no son operaciones creadoras de valor o de plusvalía, es imposible que lleguen a serlo porque las efectúen otras personas en lugar de estos. Si, además, la parte del capital social global que tiene que estar constantemente disponible como capital dinerario para que el proceso de reproducción no se vea interrumpido por el proceso de circulación, sino que sea continuo; si este capital dinerario no crea ni valor ni plusvalía, no puede adquirir estas propiedades por el hecho de que, en lugar de lanzarlo constantemente a la circulación el capitalista industrial, lo lance otra sección de capitalistas para cumplir las mismas funciones. Hasta qué punto el capital comercial puede ser indirectamente productivo es algo que ya se ha indicado y que más adelante se examinará con más detalle.
El capital de comercio de mercancías, por tanto —despojado de todas las funciones heterogéneas que puedan estar ligadas a él, como almacenar, expedir, transportar, clasificar, vender al detalle, y limitado a su verdadera función de comprar para vender—, no crea ni valor ni plusvalía, sino que solo media su realización y, con ello, al mismo tiempo, el intercambio real de las mercancías, su paso de unas manos a otras, el metabolismo social. Sin embargo, como la fase de circulación del capital industrial constituye una fase del proceso de reproducción tanto como la producción, el capital que funciona de manera autónoma en el proceso de circulación tiene que rendir la ganancia media anual tanto como el capital que funciona en las distintas ramas de la producción. Si el capital comercial rindiera una ganancia media porcentual más alta que el capital industrial, una parte del capital industrial se transformaría en capital comercial. Si rindiera una ganancia media más baja, tendría lugar el proceso inverso. Una parte del capital comercial se transformaría en industrial. Ninguna especie de capital tiene mayor facilidad que el capital comercial para cambiar su destino, su función.
Como el capital comercial no genera él mismo plusvalía, está claro que la plusvalía que le corresponde en la forma de ganancia media constituye una parte de la plusvalía generada por el capital productivo global. Pero la pregunta es ahora esta: ¿cómo atrae hacia sí el capital comercial la parte que le corresponde de la plusvalía o de la ganancia generada por el capital productivo?
Es pura apariencia que la ganancia mercantil sea un mero recargo, una elevación nominal del precio de las mercancías por encima de su valor.
Está claro que el comerciante solo puede obtener su ganancia del precio de las mercancías que vende, y más aún, que esta ganancia que obtiene en la venta de sus mercancías tiene que ser igual a la diferencia entre su precio de compra y su precio de venta, igual al excedente del primero sobre el segundo.6
Es posible que después de la compra de la mercancía y antes de su venta entren en ella costes adicionales (gastos de circulación), y es igualmente posible que no sea así. Si entran tales costes, está claro que el excedente del precio de venta sobre el precio de compra no representa solamente ganancia. Para simplificar la investigación, supongamos de momento que no entran tales costes.
En el capitalista industrial, la diferencia entre el precio de venta y el precio de compra de sus mercancías es igual a la diferencia entre su precio de producción y su precio de coste, o, si consideramos el capital social global, igual a la diferencia entre el valor de las mercancías y su precio de coste para los capitalistas, lo cual se resuelve a su vez en la diferencia de la cantidad total de trabajo objetivado en ellas sobre la cantidad de trabajo pagado objetivado en ellas. Antes de que las mercancías compradas por el capitalista industrial sean lanzadas de nuevo al mercado como mercancías vendibles, pasan por el proceso de producción, en el cual se produce por primera vez el componente de su precio que más tarde ha de realizarse como ganancia. Pero con el comerciante de mercancías las cosas son distintas. Las mercancías solo se encuentran en sus manos mientras se encuentran en su proceso de circulación. No hace más que proseguir su venta, iniciada por el capitalista productivo, la realización de su precio, y por eso no les hace pasar por ningún proceso intermedio en el que pudieran absorber de nuevo plusvalía. Mientras que el capitalista industrial no hace más que realizar en la circulación la plusvalía o ganancia producida con anterioridad, el comerciante, en cambio, debe en la circulación y por medio de ella no solo realizar su ganancia, sino hacerla por primera vez. Esto solo parece posible si vende por encima de sus precios de producción las mercancías que le ha vendido el capitalista industrial a sus precios de producción o, si consideramos el capital mercantil global, a sus valores; si hace un recargo nominal sobre sus precios, es decir, si, considerado el capital mercantil global, lo vende por encima de su valor y se embolsa este excedente de su valor nominal sobre su valor real; en una palabra, si las vende más caras de lo que son.
Esta forma del recargo es muy fácil de entender; por ejemplo, una vara de lienzo cuesta 2 chelines. Si quiero obtener un 10 % de ganancia con la reventa, tengo que añadir 1/10 al precio, es decir, vender la vara a 2 chelines 2 2/5 peniques. La diferencia entre su precio de producción real y su precio de venta es entonces de 2 2/5 peniques, y esto supone sobre los 2 chelines una ganancia del 10 %. De hecho, le vendo entonces al comprador la vara a un precio que en realidad es el precio de 1 1/10 varas. O, lo que viene a ser lo mismo, es exactamente como si le vendiera al comprador solo 10/11 de vara por 2 chelines y me quedara con 1/11 de vara. De hecho, con 2 2/5 peniques puedo volver a comprar 1/11 de vara, calculando el precio de la vara a 2 chelines 2 2/5 peniques. Esto no sería, pues, más que un rodeo para participar en la plusvalía y en el plusproducto mediante la elevación nominal del precio de las mercancías.
Esta es la realización de la ganancia mercantil mediante el recargo del precio de las mercancías, tal como se presenta en primer lugar en la apariencia. Y, de hecho, toda la idea de que la ganancia surge de una elevación nominal del precio de las mercancías o de su venta por encima de su valor ha surgido de la visión del capital comercial.
Si se mira más de cerca, sin embargo, pronto se muestra que esto es mera apariencia. Y que, presupuesto el modo de producción capitalista como dominante, la ganancia comercial no se realiza de esta manera. (Aquí se trata siempre solo de la media, no de casos singulares.) ¿Por qué suponemos que el comerciante de mercancías solo puede realizar una ganancia de, digamos, un 10 % sobre sus mercancías vendiéndolas un 10 % por encima de sus precios de producción? Porque hemos supuesto que el productor de estas mercancías, el capitalista industrial (que, como personificación del capital industrial, figura siempre frente al mundo exterior como «el productor»), se las ha vendido al comerciante a su precio de producción. Si los precios de compra de las mercancías pagados por el comerciante de mercancías son iguales a sus precios de producción, en última instancia iguales a sus valores, de modo que el precio de producción, en última instancia el valor de las mercancías, representa el precio de coste para el comerciante, entonces, de hecho, el excedente de su precio de venta sobre su precio de compra —y solo esta diferencia constituye la fuente de su ganancia— tiene que ser un excedente de su precio comercial sobre su precio de producción, y en última instancia el comerciante tiene que vender todas las mercancías por encima de sus valores. Pero ¿por qué se supuso que el capitalista industrial vende al comerciante las mercancías a sus precios de producción? O, más bien, ¿qué se presuponía en este supuesto? Que el capital comercial (aquí solo tenemos que ver con él como capital de comercio de mercancías) no entra en la formación de la tasa general de ganancia. Partimos necesariamente de este presupuesto al exponer la tasa general de ganancia, primero, porque entonces el capital comercial como tal todavía no existía para nosotros; y, segundo, porque la ganancia media, y por tanto la tasa general de ganancia, tenía que desarrollarse necesariamente en primer lugar como nivelación de las ganancias o plusvalías que los capitales industriales de las distintas esferas de producción producen realmente. Con el capital comercial, en cambio, tenemos que ver con un capital que participa en la ganancia sin participar en su producción. Ahora es necesario, por tanto, completar la exposición anterior.
Supongamos que el capital industrial global adelantado durante el año es 720c + 180v = 900 (pongamos millones de £) y p′ = 100 %. El producto, por tanto, = 720c + 180v + 180p. Si llamamos entonces M a este producto o al capital mercantil producido, su valor o precio de producción (pues ambos coinciden para la totalidad de las mercancías) = 1.080 y la tasa de ganancia para el capital global de 900 = 20 %. Este 20 % es, según lo desarrollado antes, la tasa media de ganancia, ya que la plusvalía no se calcula aquí sobre este o aquel capital de composición particular, sino sobre el capital industrial global con su composición media. Así pues, M = 1.080 y la tasa de ganancia = 20 %. Pero supongamos ahora que, además de estas 900 £ de capital industrial, se añaden todavía 100 £ de capital comercial, que pro rata de su magnitud tiene en la ganancia la misma participación que aquel. Según el supuesto, es 1/10 del capital global de 1.000. Participa, pues, con 1/10 en la plusvalía global de 180 y recibe así una ganancia a la tasa del 18 %. De hecho, pues, la ganancia que hay que repartir entre los otros 9/10 del capital global ya solo = 162, o sea, sobre el capital de 900, también = 18 %. El precio al que los poseedores del capital industrial de 900 venden M a los comerciantes de mercancías es, por tanto, = 720c + 180v + 162p = 1.062. Si el comerciante añade entonces a su capital de 100 la ganancia media del 18 %, vende las mercancías a 1.062 + 18 = 1.080, es decir, a su precio de producción o, considerado el capital mercantil global, a su valor, aunque solo obtiene su ganancia en la circulación y por medio de ella, y solo mediante el excedente de su precio de venta sobre su precio de compra. Pero, aun así, no vende las mercancías por encima de su valor o por encima de su precio de producción, precisamente porque las ha comprado a los capitalistas industriales por debajo de su valor o por debajo de su precio de producción.
En la formación de la tasa general de ganancia entra, pues, el capital comercial de manera determinante, pro rata de la parte que constituye del capital global. Por tanto, cuando en el caso indicado se dice que la tasa media de ganancia es = 18 %, sería = 20 % si 1/10 del capital global no fuera capital comercial y si con ello la tasa general de ganancia no se hubiera rebajado en 1/10. Con ello se introduce también una determinación más precisa, restrictiva, del precio de producción. Por precio de producción hay que entender, como antes, el precio de la mercancía = sus costes (el valor del capital constante + variable contenido en ella) + la ganancia media correspondiente. Pero esta ganancia media está ahora determinada de otro modo. Está determinada por la ganancia global que genera el capital productivo total; pero no calculada sobre este capital total productivo, de modo que, si este es como antes = 900 y la ganancia = 180, la tasa media de ganancia sería = 180/900 = 20 %, sino calculada sobre el capital total productivo + de comercio, de modo que, si hay 900 de capital productivo y 100 de capital de comercio, la tasa media de ganancia = 180/1.000 = 18 %. El precio de producción es, por tanto, = k (los costes) + 18, en lugar de = k + 20. En la tasa media de ganancia ya está incluida la parte de la ganancia global que corresponde al capital de comercio. El valor real o precio de producción del capital mercantil global es, por tanto, = k + g + h (donde h es la ganancia comercial). El precio de producción, o el precio al que vende el capitalista industrial como tal, es, pues, menor que el precio de producción real de la mercancía; o, si consideramos la totalidad de las mercancías, los precios a los que la clase capitalista industrial las vende son menores que sus valores. Así, en el caso anterior: 900 (costes) + 18 % sobre 900, o sea, 900 + 162 = 1.062. Ahora bien, cuando el comerciante vende a 118 una mercancía que le cuesta 100, recarga ciertamente un 18 %; pero como la mercancía que ha comprado a 100 vale 118, no por eso la vende por encima de su valor. Queremos conservar la expresión «precio de producción» en el sentido más preciso desarrollado arriba. Está claro, entonces, que la ganancia del capitalista industrial es igual al excedente del precio de producción de la mercancía sobre su precio de coste y que, a diferencia de esta ganancia industrial, la ganancia comercial es igual al excedente del precio de venta sobre el precio de producción de la mercancía, que es el precio de compra de esta para el comerciante; pero que el precio real de la mercancía = su precio de producción + la ganancia mercantil (comercial). Así como el capital industrial solo realiza la ganancia que como plusvalía está ya en el valor de la mercancía, así también el capital de comercio solo la realiza porque la plusvalía o ganancia entera aún no está realizada en el precio de la mercancía realizado por el capital industrial.7 El precio de venta del comerciante está, así, por encima del precio de compra, no porque aquel esté por encima, sino porque este está por debajo del valor total.
El capital comercial entra, pues, en la nivelación de la plusvalía para formar la ganancia media, aunque no entre en la producción de esta plusvalía. Por eso la tasa general de ganancia contiene ya la deducción de la plusvalía que corresponde al capital comercial, es decir, una deducción de la ganancia del capital industrial.
De lo dicho hasta ahora se sigue:
Cuanto mayor es el capital comercial en relación con el capital industrial, tanto menor es la tasa de la ganancia industrial, y a la inversa.
Si en la sección primera se mostró que la tasa de ganancia expresa siempre una tasa menor que la tasa de la plusvalía real, es decir, expresa siempre demasiado pequeño el grado de explotación del trabajo —por ejemplo, en el caso anterior, 720c + 180v + 180p, una tasa de plusvalía del 100 % como una tasa de ganancia de solo el 20 %—, esta relación se desvía aún más en la medida en que ahora la propia tasa media de ganancia, al incluir la parte que corresponde al capital comercial, aparece a su vez menor, aquí como 18 % en lugar de 20 %. La tasa media de ganancia del capitalista que explota directamente expresa, pues, la tasa de la ganancia menor de lo que es en realidad.
Suponiendo constantes todas las demás circunstancias, el volumen relativo del capital comercial (en lo que, sin embargo, el de los minoristas, una especie híbrida, constituye una excepción) estará en razón inversa de la velocidad de su rotación, es decir, en razón inversa de la energía del proceso de reproducción en general. En la marcha del análisis científico, la formación de la tasa general de ganancia aparece como si partiera de los capitales industriales y de su competencia, y solo más tarde la rectificara, completara y modificara la intervención del capital comercial. En la marcha del desarrollo histórico, las cosas ocurren exactamente al revés. Es el capital comercial el que primero determina los precios de las mercancías más o menos por sus valores, y es la esfera de la circulación que media el proceso de reproducción aquella en la que primero se forma una tasa general de ganancia. La ganancia comercial determina originariamente la ganancia industrial. Solo cuando el modo de producción capitalista se ha impuesto y el propio productor se ha convertido en comerciante, la ganancia mercantil se reduce a la parte alícuota de la plusvalía global que corresponde al capital de comercio como parte alícuota del capital global ocupado en el proceso social de reproducción.
En la nivelación complementaria de las ganancias por la intervención del capital comercial se mostró que en el valor de la mercancía no entra ningún elemento adicional por el capital dinerario adelantado del comerciante, que el recargo sobre el precio mediante el cual el comerciante obtiene su ganancia solo es igual a la parte de valor de la mercancía que el capital productivo no ha cargado en el precio de producción de la mercancía, que ha dejado fuera. Con este capital dinerario ocurre, en efecto, lo mismo que con el capital fijo del capitalista industrial en la medida en que no se ha consumido y su valor, por tanto, no constituye un elemento del valor de la mercancía. En efecto, en su precio de compra del capital mercantil el comerciante repone en dinero el precio de producción de este, = D. Su precio de venta, como se ha desarrollado antes, es = D + ΔD, y este ΔD expresa la adición al precio de la mercancía determinada por la tasa general de ganancia. Así pues, cuando vende la mercancía, le refluye, además de ΔD, el capital dinerario originario que adelantó en la compra de las mercancías. Aquí vuelve a ponerse de manifiesto que su capital dinerario no es en absoluto otra cosa que el capital mercantil del capitalista industrial transformado en capital dinerario, que tan poco puede afectar a la magnitud de valor de este capital mercantil como si este último se hubiera vendido, en lugar de al comerciante, directamente al último consumidor. De hecho, no hace más que anticipar el pago de este último. Pero esto solo es correcto si, como hasta ahora, se supone que el comerciante no tiene gastos accesorios o que, aparte del capital dinerario que tiene que adelantar para comprar la mercancía al productor, no tiene que adelantar ningún otro capital, circulante o fijo, en el proceso de la metamorfosis de las mercancías, del comprar y vender. Pero no es así, como se ha visto al considerar los gastos de circulación (libro II, cap. VI). Y estos gastos de circulación se presentan, en parte, como costes que el comerciante tiene que reclamar a otros agentes de la circulación y, en parte, como costes que surgen directamente de su negocio específico.
Sea cual sea la naturaleza de estos gastos de circulación, tanto si surgen del negocio puramente comercial como tal y pertenecen, por tanto, a los gastos de circulación específicos del comerciante, como si representan partidas que surgen de procesos de producción posteriores que se añaden dentro del proceso de circulación, como la expedición, el transporte, el almacenamiento, etc., suponen siempre por parte del comerciante, además del capital dinerario adelantado en la compra de mercancías, un capital adicional que se adelantó en la compra y el pago de estos medios de circulación. En la medida en que este elemento de costes consiste en capital circulante, entra por completo, y en la medida en que consiste en capital fijo, entra en proporción a su desgaste, como elemento adicional en el precio de venta de las mercancías; pero como un elemento que forma un valor nominal, aun cuando no forme una adición real de valor a la mercancía, como los gastos de circulación puramente comerciales. Pero, circulante o fijo, todo este capital adicional entra en la formación de la tasa general de ganancia.
Los gastos de circulación puramente comerciales (es decir, con exclusión de los costes de expedición, transporte, almacenamiento, etc.) se resuelven en los costes necesarios para realizar el valor de la mercancía, para transformarlo, ya sea de mercancía en dinero, ya de dinero en mercancía, para mediar su intercambio. Aquí se hace completa abstracción de posibles procesos de producción que se prolonguen durante el acto de circulación y de los que el negocio comercial puede existir completamente separado; así como, de hecho, por ejemplo, la industria del transporte propiamente dicha y la expedición pueden ser y son ramas de la industria completamente distintas del comercio, y también las mercancías que se han de comprar y vender pueden estar almacenadas en docks y otros locales públicos, y los costes que de ello resultan se los cargan al comerciante terceras personas, en la medida en que él tiene que adelantarlos. Todo esto se encuentra en el comercio al por mayor propiamente dicho, donde el capital comercial aparece en su forma más pura y menos mezclada con otras funciones. El empresario de transportes, el director de ferrocarriles, el armador no son «comerciantes». Los costes que consideramos aquí son los del comprar y los del vender. Ya se ha observado antes que se resuelven en calcular, llevar los libros, regatear, la correspondencia, etc. El capital constante requerido para ello consiste en oficina, papel, franqueo, etc. Los demás costes se resuelven en capital variable que se adelanta en el empleo de asalariados mercantiles. (Los gastos de expedición, los costes de transporte, los adelantos de aranceles, etc., pueden considerarse en parte como si el comerciante los adelantara en la compra de las mercancías y como si, por eso, entraran para él en el precio de compra.)
Todos estos costes no se hacen en la producción del valor de uso de las mercancías, sino en la realización de su valor; son gastos puros de circulación. No entran en el proceso inmediato de producción, pero sí en el proceso de circulación y, por tanto, en el proceso global de la reproducción.
La única parte de estos costes que nos interesa aquí es la desembolsada en capital variable. (Además habría que investigar: primero, cómo se impone en el proceso de circulación la ley según la cual solo entra en el valor de la mercancía trabajo necesario. Segundo, cómo aparece la acumulación en el capital comercial. Tercero, cómo funciona el capital comercial en el proceso global de reproducción real de la sociedad.)
Estos costes surgen de la forma económica del producto como mercancía.
Si el tiempo de trabajo que los propios capitalistas industriales pierden para venderse directamente unos a otros sus mercancías —es decir, hablando objetivamente, el tiempo de circulación de las mercancías— no añade a estas mercancías valor alguno, está claro que este tiempo de trabajo no adquiere otro carácter por el hecho de que recaiga sobre el comerciante en lugar de recaer sobre el capitalista industrial. La transformación de mercancía (producto) en dinero y de dinero en mercancía (medios de producción) es función necesaria del capital industrial y, por tanto, operación necesaria del capitalista, que de hecho no es más que el capital personificado, dotado de consciencia y voluntad propias. Pero estas funciones ni aumentan el valor ni crean plusvalía. El comerciante, al efectuar estas operaciones o al seguir mediando las funciones del capital en la esfera de la circulación después de que el capitalista productivo haya dejado de hacerlo, no hace más que ocupar el lugar del capitalista industrial. El tiempo de trabajo que cuestan estas operaciones se emplea en operaciones necesarias en el proceso de reproducción del capital, pero no añade valor alguno. Si el comerciante no efectuara estas operaciones (y, por tanto, tampoco empleara el tiempo de trabajo requerido para ellas), no emplearía su capital como agente de la circulación del capital industrial; no proseguiría la función interrumpida del capitalista industrial y, por tanto, tampoco tendría que participar como capitalista, pro rata de su capital adelantado, en la masa de ganancia que produce la clase capitalista industrial. Para participar en la masa de plusvalía, para valorizar su adelanto como capital, el capitalista comercial no necesita, por tanto, emplear asalariados. Si su negocio y su capital son pequeños, puede que él mismo sea el único obrero que emplea. Aquello con lo que se le paga es la parte de la ganancia que le surge de la diferencia entre el precio de compra de las mercancías y el precio de producción real.
Por otra parte, cuando el capital adelantado por el comerciante es de poco volumen, puede ocurrir también que la ganancia que realiza no sea en absoluto mayor, o incluso que sea menor, que el salario de uno de los asalariados cualificados mejor pagados. De hecho, junto a él funcionan agentes comerciales directos del capitalista productivo, compradores, vendedores, viajantes, que perciben el mismo ingreso o uno mayor, ya sea en la forma del salario, ya en la forma de una asignación sobre la ganancia (comisión, participación en los beneficios) que se obtiene en cada venta. En el primer caso, el comerciante se embolsa la ganancia mercantil como capitalista autónomo; en el otro, al dependiente, el asalariado del capitalista industrial, se le paga una parte de la ganancia, ya sea en la forma del salario, ya en la forma de una participación proporcional en la ganancia del capitalista industrial, del que es agente directo, y su principal se embolsa en este caso tanto la ganancia industrial como la comercial. Pero en todos estos casos, aunque al propio agente de la circulación su ingreso pueda aparecerle como mero salario, como pago por el trabajo que realiza, y aunque, allí donde no aparece así, el volumen de su ganancia solo pueda igualar al salario de un obrero mejor pagado, su ingreso surge únicamente de la ganancia mercantil. Esto se desprende de que su trabajo no es trabajo creador de valor.
La prolongación de la operación de circulación representa para el capitalista industrial: 1. pérdida de tiempo personal, en la medida en que le impide cumplir él mismo su función de director del proceso de producción; 2. una estancia prolongada de su producto, en forma de dinero o de mercancía, en el proceso de circulación, es decir, en un proceso en el que no se valoriza y en el que se interrumpe el proceso inmediato de producción. Si este no ha de interrumpirse, o bien hay que restringir la producción, o bien hay que adelantar capital dinerario adicional para que el proceso de producción continúe siempre en la misma escala. Esto viene a parar cada vez en que, o bien con el capital existente se obtiene una ganancia menor, o bien hay que adelantar capital dinerario adicional para obtener la ganancia existente. Pues bien, todo esto sigue igual cuando el comerciante ocupa el lugar del capitalista industrial. En lugar de que aquel emplee más tiempo en el proceso de circulación, lo emplea el comerciante; en lugar de que él tenga que adelantar capital adicional para la circulación, lo adelanta el comerciante; o, lo que viene a ser lo mismo, en lugar de que una parte mayor del capital industrial ande dando vueltas constantemente en el proceso de circulación, el capital del comerciante está por completo encerrado en él; y en lugar de que el capitalista industrial obtenga una ganancia menor, tiene que ceder por completo al comerciante una parte de su ganancia. En la medida en que el capital comercial se mantiene dentro de los límites en que es necesario, la diferencia es solo que, gracias a esta división de la función del capital, se emplea menos tiempo exclusivamente en el proceso de circulación, se adelanta para ello menos capital adicional, y la pérdida de ganancia global que se muestra en la figura de la ganancia mercantil es menor de lo que sería de otro modo. Si en el ejemplo anterior 720c + 180v + 180p, junto a un capital comercial de 100, dejan al capitalista industrial una ganancia de 162 o del 18 %, es decir, ocasionan una deducción de 18, el capital adicional necesario sin esta autonomización sería quizá de 200, y entonces tendríamos como adelanto global de los capitalistas industriales, en lugar de 900, 1.100, es decir, sobre una plusvalía de 180, una tasa de ganancia de solo el 16 4/11 %.
Si el capitalista industrial que es su propio comerciante, además del capital adicional con el que compra nueva mercancía antes de que su producto, que se encuentra en circulación, se haya reconvertido en dinero, ha adelantado además capital (gastos de oficina y salario de obreros comerciales) para la realización del valor de su capital mercantil, es decir, para el proceso de circulación, estos gastos constituyen ciertamente capital adicional, pero no plusvalía. Tienen que reponerse a partir del valor de las mercancías, pues una parte de valor de estas mercancías tiene que convertirse de nuevo en estos gastos de circulación; pero con ello no se forma plusvalía adicional alguna. Con respecto al capital global de la sociedad, esto viene a parar, de hecho, en que una parte de él se requiere para operaciones secundarias que no entran en el proceso de valorización, y en que esta parte del capital social tiene que reproducirse constantemente para estos fines. Para el capitalista singular y para toda la clase capitalista industrial, la tasa de ganancia se reduce con ello, un resultado que se sigue de toda adición de capital adicional en la medida en que este sea necesario para poner en movimiento la misma masa de capital variable.
En la medida en que el capitalista comercial le quita ahora al capitalista industrial estos gastos adicionales ligados al propio negocio de la circulación, esta reducción de la tasa de ganancia tiene lugar también, solo que en menor grado y por otro camino. La cosa se presenta ahora de modo que el comerciante adelanta más capital del que sería necesario si estos costes no existieran, y de modo que la ganancia sobre este capital adicional eleva la suma de la ganancia mercantil, es decir, que el capital comercial entra en mayor volumen en la nivelación de la tasa media de ganancia con el capital industrial, es decir, que la ganancia media baja. Si en nuestro ejemplo anterior, además de las 100 de capital comercial, se adelantan todavía 50 de capital adicional para los costes en cuestión, la plusvalía global de 180 se reparte ahora sobre un capital productivo de 900 más un capital comercial de 150, en total = 1.050. La tasa media de ganancia baja, pues, al 17 1/7 %. El capitalista industrial vende las mercancías al comerciante a 900 + 154 2/7 = 1.054 2/7, y el comerciante las vende a 1.130 (1.080 + 50 por costes que tiene que reponer de nuevo). Por lo demás, hay que suponer que con la división entre capital comercial y capital industrial va unida la centralización de los costes del comercio y, por tanto, su reducción.
Ahora cabe preguntar: ¿qué ocurre con los asalariados comerciales que emplea el capitalista comercial, aquí el comerciante de mercancías?
Por un lado, un obrero comercial de este tipo es un asalariado como cualquier otro. Primero, en cuanto su trabajo se compra con el capital variable del comerciante, no con dinero gastado como rédito, y, por eso, tampoco se compra para el servicio privado, sino con el fin de la autovalorización del capital adelantado en él. Segundo, en cuanto el valor de su fuerza de trabajo y, por tanto, su salario está determinado, como en todos los demás asalariados, por los costes de producción y reproducción de su fuerza de trabajo específica, no por el producto de su trabajo.
Pero entre él y los obreros empleados directamente por el capital industrial tiene que darse la misma diferencia que se da entre el capital industrial y el capital de comercio y, por tanto, entre el capitalista industrial y el comerciante. Como el comerciante, en cuanto mero agente de la circulación, no produce ni valor ni plusvalía (pues el valor adicional que añade a las mercancías con sus gastos accesorios se resuelve en una adición de valor existente con anterioridad, aunque aquí se impone la pregunta de cómo mantiene, cómo conserva este valor de su capital constante), tampoco los obreros mercantiles que emplea en estas mismas funciones pueden crear para él inmediatamente plusvalía. Aquí, como en el caso de los obreros productivos, suponemos que el salario está determinado por el valor de la fuerza de trabajo, es decir, que el comerciante no se enriquece mediante descuentos sobre el salario, de modo que en su cálculo de costes no cargue un adelanto por trabajo que solo pagaría en parte; en otras palabras, que no se enriquece estafando a sus dependientes, etc.
Lo que plantea dificultades con respecto a los asalariados mercantiles no es en modo alguno explicar cómo producen directamente ganancia para quien los emplea, aunque no produzcan directamente plusvalía (de la cual la ganancia no es más que una forma transformada). Esta cuestión, de hecho, ya está resuelta por el análisis general de la ganancia mercantil. Exactamente igual que el capital industrial obtiene ganancia vendiendo trabajo contenido y realizado en las mercancías por el que no ha pagado equivalente alguno, así también el capital comercial la obtiene no pagando del todo al capital productivo el trabajo impago contenido en la mercancía (en la mercancía, en la medida en que el capital desembolsado en su producción funciona como parte alícuota del capital industrial global) y, en cambio, haciéndose pagar en la venta de las mercancías esta parte todavía contenida en ellas y que él no ha pagado. La relación del capital comercial con la plusvalía es distinta de la del capital industrial. Este último produce la plusvalía mediante la apropiación directa de trabajo ajeno impago. El primero se apropia de una parte de esta plusvalía haciendo que esa parte se transfiera del capital industrial a él.
Es solo mediante su función de realizar los valores como el capital de comercio funciona como capital en el proceso de reproducción y, por tanto, como capital en funciones, saca su parte de la plusvalía generada por el capital global. La masa de su ganancia depende, para el comerciante singular, de la masa de capital que puede emplear en este proceso, y puede emplear tanto más, en el comprar y vender, cuanto mayor sea el trabajo impago de sus dependientes. La función misma en virtud de la cual su dinero es capital la hace cumplir el capitalista comercial en gran parte por medio de sus obreros. El trabajo impago de estos dependientes, aunque no crea plusvalía, le crea, sin embargo, apropiación de plusvalía, lo cual, para este capital, es por su resultado exactamente lo mismo; es, pues, para él fuente de ganancia. De otro modo, el negocio comercial nunca podría llevarse en gran escala, nunca de forma capitalista.
Así como el trabajo impago del obrero crea directamente plusvalía al capital productivo, el trabajo impago de los asalariados comerciales crea al capital de comercio una participación en aquella plusvalía.
La dificultad es esta: puesto que el tiempo de trabajo y el trabajo del propio comerciante no son trabajo creador de valor, aunque le procuren una participación en la plusvalía ya generada, ¿qué ocurre con el capital variable que desembolsa en la compra de fuerza de trabajo comercial? ¿Hay que contar este capital variable, como desembolso de costes, en el capital comercial adelantado? Si no, esto parece contradecir la ley de la nivelación de la tasa de ganancia: ¿qué capitalista adelantaría 150 si solo pudiera contar 100 como capital adelantado? Si sí, parece contradecir la esencia del capital de comercio, ya que esta clase de capital no funciona como capital porque, como el capital industrial, ponga en movimiento trabajo ajeno, sino porque trabaja él mismo, es decir, efectúa las funciones de comprar y vender, y precisamente solo por ello y mediante ello transfiere a sí una parte de la plusvalía generada por el capital industrial.
(Hay que investigar, pues, los puntos siguientes: el capital variable del comerciante; la ley del trabajo necesario en la circulación; cómo el trabajo del comerciante conserva el valor de su capital constante; el papel del capital comercial en el proceso global de reproducción; por último, el desdoblamiento en capital mercantil y capital dinerario, por una parte, y en capital de comercio de mercancías y capital de comercio de dinero, por otra.)
Si cada comerciante solo poseyera tanto capital como él personalmente es capaz de hacer rotar con su propio trabajo, se produciría un fraccionamiento infinito del capital comercial; este fraccionamiento tendría que crecer en la misma medida en que el capital productivo, en el curso del modo de producción capitalista, produce en mayor escala y opera con masas mayores. Así pues, una desproporción creciente entre ambos. En la misma medida en que el capital se centralizaría en la esfera de la producción, se descentralizaría en la esfera de la circulación. El negocio puramente comercial del capitalista industrial, y con él sus gastos puramente comerciales, se ampliarían así infinitamente, pues en lugar de tener que tratar con 100 comerciantes, tendría que tratar con 1.000 cada vez. Con ello se perdería una gran parte de la ventaja de la autonomización del capital comercial; además de los gastos puramente comerciales, crecerían también los demás gastos de circulación: clasificación, expedición, etc. Esto, por lo que respecta al capital industrial. Consideremos ahora el capital comercial. Primero, en lo que se refiere a los trabajos puramente comerciales. No cuesta más tiempo calcular con números grandes que con números pequeños. Cuesta diez veces más tiempo hacer 10 compras por 100 £ que una compra por 1.000 £. Cuesta diez veces más correspondencia, papel y franqueo cartearse con 10 comerciantes pequeños que con uno grande. La división limitada del trabajo en el taller comercial, donde uno lleva los libros, otro la caja, un tercero la correspondencia, este compra, aquel vende, este otro viaja, etc., ahorra tiempo de trabajo en masas enormes, de modo que el número de obreros comerciales empleado en el comercio al por mayor no guarda proporción alguna con la magnitud comparativa del negocio. Esto es así porque en el comercio, mucho más que en la industria, la misma función, se cumpla en grande o en pequeño, cuesta el mismo tiempo de trabajo. Por eso la concentración se muestra también históricamente antes en el negocio comercial que en el taller industrial. Además, ahora, los gastos de capital constante. 100 oficinas pequeñas cuestan infinitamente más que una grande, 100 almacenes pequeños más que uno grande, etc. Los costes de transporte, que entran en el negocio comercial al menos como costes que hay que adelantar, crecen con el fraccionamiento.
El capitalista industrial tendría que gastar más trabajo y más gastos de circulación en la parte comercial de su negocio. El mismo capital comercial, repartido entre muchos comerciantes pequeños, requeriría, debido a este fraccionamiento, muchos más obreros para mediar sus funciones, y además se requeriría un capital comercial mayor para hacer rotar el mismo capital mercantil.
Si llamamos B a todo el capital comercial invertido directamente en la compra y venta de mercancías, y b al capital variable correspondiente, desembolsado en el pago de los auxiliares comerciales, B + b es menor de lo que tendría que ser todo el capital comercial B si cada comerciante se las arreglara sin ayudantes, es decir, si no se invirtiera una parte en b. Sin embargo, todavía no hemos acabado con la dificultad.
El precio de venta de las mercancías tiene que bastar: 1. para pagar la ganancia media sobre B + b. Esto queda explicado ya por el hecho de que B + b es en general una reducción del B originario, representa un capital comercial menor del que sería necesario sin b. Pero este precio de venta tiene que bastar, 2., para reponer, además de la ganancia sobre b que ahora aparece adicionalmente, también el salario pagado, el capital variable del comerciante = b mismo. Esto último es lo que constituye la dificultad. ¿Forma b un nuevo componente del precio, o es solo una parte de la ganancia obtenida con B + b, que solo aparece como salario con respecto al obrero mercantil y, con respecto al propio comerciante, como mera reposición de su capital variable? En este último caso, la ganancia obtenida por el comerciante sobre su capital adelantado B + b solo sería igual a la ganancia que corresponde a B según la tasa general, más b, que este paga en la forma de salario, pero que por sí mismo no rendiría ganancia alguna.
De hecho, se trata de encontrar los límites (en sentido matemático) de b. Queremos primero fijar con precisión la dificultad. Llamemos B al capital desembolsado directamente en la compra y venta de mercancías, K al capital constante que se consume en esta función (los gastos accesorios materiales del comercio) y b al capital variable que desembolsa el comerciante.
La reposición de B no presenta dificultad alguna. Para el comerciante, no es más que el precio de compra realizado o el precio de producción para el fabricante. Este precio lo paga el comerciante, y en la reventa recupera B como parte de su precio de venta; además de este B, la ganancia sobre B, como se ha explicado antes. Por ejemplo, la mercancía cuesta 100 £. Sea la ganancia sobre ella del 10 %. Así, la mercancía se vende a 110. La mercancía costaba ya antes 100; el capital comercial de 100 solo le añade 10.
Si tomamos además K, este es a lo sumo igual de grande, pero de hecho menor, que la parte del capital constante que el productor consumiría en la venta y la compra; pero que formaría una adición al capital constante que necesita directamente en la producción. No obstante, esta parte tiene que reponerse constantemente a partir del precio de la mercancía o, lo que es lo mismo, una parte correspondiente de la mercancía tiene que gastarse constantemente en esta forma, tiene que reproducirse constantemente en esta forma, si se considera el capital global de la sociedad. Esta parte del capital constante adelantado actuaría limitando la tasa de ganancia, igual que toda la masa de este capital invertida directamente en la producción. En la medida en que el capitalista industrial deja al comerciante la parte comercial de su negocio, no necesita adelantar esta parte del capital. En su lugar, la adelanta el comerciante. Esto es solo nominal en este sentido: el comerciante ni produce ni reproduce el capital constante que consume (los gastos accesorios materiales del comercio). La producción de este aparece, pues, como negocio propio o, al menos, como parte del negocio de ciertos capitalistas industriales, que desempeñan así el mismo papel que los que suministran el capital constante a los que producen medios de subsistencia. El comerciante recibe, pues, primero, la reposición de esto y, segundo, la ganancia sobre ello. Así pues, por ambas cosas se produce una disminución de la ganancia para el capitalista industrial. Pero, debido a la concentración y la economía ligadas a la división del trabajo, en menor medida que si él mismo tuviera que adelantar este capital. La reducción de la tasa de ganancia es menor porque el capital así adelantado es menor.
Hasta aquí, pues, el precio de venta se compone de B + K + la ganancia sobre B + K. Esta parte de él no presenta, según lo dicho hasta ahora, dificultad alguna. Pero ahora entra b, o el capital variable adelantado por el comerciante.
El precio de venta pasa a ser así B + K + b + la ganancia sobre B + K, + la ganancia sobre b.
B repone solo el precio de compra, pero, aparte de la ganancia sobre B, no añade parte alguna a este precio. K no añade solo la ganancia sobre K, sino el propio K; pero K + ganancia sobre K, la parte de los gastos de circulación adelantada en forma de capital constante + la ganancia media correspondiente, sería mayor en manos del capitalista industrial que en manos del comercial. La disminución de la ganancia media aparece en la forma de que la ganancia media completa se calcula —después de deducir B + K del capital industrial adelantado—, pero la deducción de la ganancia media por B + K se paga al comerciante, de modo que esta deducción aparece como ganancia de un capital particular, el capital comercial.
Pero con b + la ganancia sobre b o, en el caso dado, como se supone que la tasa de ganancia es = 10 %, con b + 1/10 b, las cosas son distintas. Y aquí está la verdadera dificultad.
Lo que el comerciante compra con b es, según el supuesto, mero trabajo comercial, es decir, trabajo necesario para mediar las funciones de la circulación del capital, M – D y D – M. Pero el trabajo comercial es el trabajo que en general es necesario para que un capital funcione como capital comercial, para que medie la transformación de mercancía en dinero y de dinero en mercancía. Es trabajo que realiza valores, pero no crea valores. Y solo en la medida en que un capital cumple estas funciones —es decir, un capitalista efectúa con su capital estas operaciones, este trabajo— funciona este capital como capital comercial y participa en la regulación de la tasa general de ganancia, es decir, saca su dividendo de la ganancia global. En (b + ganancia sobre b) parece, sin embargo, que se paga, primero, el trabajo (pues da lo mismo que el capitalista industrial se lo pague al comerciante por su propio trabajo o por el del dependiente pagado por el comerciante) y, segundo, la ganancia sobre el pago de este trabajo, que el propio comerciante tendría que efectuar. El capital comercial recibe, primero, el reembolso de b y, segundo, la ganancia sobre ello; esto surge, pues, de que, primero, se hace pagar el trabajo por el cual funciona como capital comercial, y de que, segundo, se hace pagar la ganancia porque funciona como capital, es decir, porque efectúa el trabajo que se le paga en la ganancia como capital en funciones. Esta es, pues, la cuestión que hay que resolver.
Supongamos que B = 100, b = 10 y la tasa de ganancia del 10 %. Ponemos K = 0 para no volver a meter innecesariamente en el cálculo este elemento del precio de compra, que no viene al caso aquí y ya está despachado. Así, el precio de venta sería = B + g + b + g (= B + Bg′ + b + bg′, donde g′ es la tasa de ganancia) = 100 + 10 + 10 + 1 = 121.
Pero si el comerciante no desembolsara b en salario —puesto que b solo se paga por trabajo comercial, es decir, por trabajo necesario para la realización del valor del capital mercantil que el capital industrial lanza al mercado—, la cosa sería así: para comprar o vender por B = 100, el comerciante dedicaría su tiempo, y queremos suponer que este es el único tiempo de que dispone. El trabajo comercial representado por b o 10, si no se pagara mediante salario sino mediante ganancia, supondría otro capital comercial = 100, pues este al 10 % es = b = 10. Este segundo B = 100 no entraría adicionalmente en el precio de la mercancía, pero sí el 10 %. Por eso, dos operaciones de 100, = 200, comprarían mercancías por 200 + 20 = 220.
Como el capital comercial no es absolutamente nada más que una forma autonomizada de una parte del capital industrial que funciona en el proceso de circulación, todas las cuestiones que se refieren a él tienen que resolverse planteándose primero el problema en la forma en que los fenómenos peculiares del capital comercial todavía no aparecen de manera autónoma, sino aún en conexión directa con el capital industrial, como rama suya. Como oficina, a diferencia del taller, el capital comercial funciona continuamente en el proceso de circulación. Aquí es, pues, donde hay que investigar en primer lugar el b que ahora está en cuestión: en la oficina del propio capitalista industrial.
De entrada, esta oficina es siempre insignificante frente al taller industrial. Por lo demás, está claro: en la medida en que se amplía la escala de la producción, se multiplican las operaciones comerciales que constantemente hay que efectuar para la circulación del capital industrial, tanto para vender el producto existente en figura de capital mercantil como para transformar de nuevo en medios de producción el dinero obtenido y llevar la cuenta de todo ello. El cálculo de precios, la contabilidad, la caja, la correspondencia, todo esto pertenece aquí. Cuanto más desarrollada es la escala de la producción, tanto mayores son, aunque en modo alguno en proporción, las operaciones comerciales del capital industrial y, por tanto, también el trabajo y los demás gastos de circulación para la realización del valor y de la plusvalía. Con ello se hace necesario el empleo de asalariados comerciales, que forman la oficina propiamente dicha. El desembolso que se hace en ellos, aunque se haga en forma de salario, se distingue del capital variable desembolsado en la compra del trabajo productivo. Aumenta los desembolsos del capitalista industrial, la masa del capital que hay que adelantar, sin aumentar directamente la plusvalía. Pues es un desembolso pagado por un trabajo que solo se emplea en la realización de valores ya creados. Como cualquier otro desembolso de este tipo, también este reduce la tasa de la ganancia, porque crece el capital adelantado, pero no la plusvalía. Si la plusvalía p permanece constante, pero el capital adelantado C crece hasta C + ΔC, en lugar de la tasa de ganancia p/C aparece la tasa de ganancia menor p/(C + ΔC). El capitalista industrial procura, pues, limitar estos gastos de circulación a su mínimo, exactamente igual que sus desembolsos en capital constante. El capital industrial no se comporta, por tanto, de la misma manera respecto a sus asalariados comerciales que respecto a sus asalariados productivos. Cuantos más de estos últimos se emplean, en circunstancias por lo demás iguales, tanto más masiva es la producción, tanto mayor la plusvalía o ganancia. A la inversa, en cambio. Cuanto mayor es la escala de la producción y cuanto mayor el valor que hay que realizar y, por tanto, la plusvalía, cuanto mayor es, pues, el capital mercantil producido, tanto más crecen en términos absolutos, aunque no relativos, los gastos de oficina, y dan lugar a una especie de división del trabajo. Hasta qué punto la ganancia es el presupuesto de estos gastos se muestra, entre otras cosas, en que, al crecer el sueldo comercial, una parte de él se paga a menudo mediante un tanto por ciento de la ganancia. Está en la naturaleza de la cosa que un trabajo que solo consiste en las operaciones mediadoras ligadas en parte al cálculo de los valores, en parte a su realización y en parte a la reconversión del dinero realizado en medios de producción, y cuyo volumen depende, por tanto, de la magnitud de los valores producidos y que hay que realizar, que un trabajo así no actúe como causa, como el trabajo directamente productivo, sino como consecuencia de las magnitudes y masas respectivas de estos valores. Algo parecido ocurre con los demás gastos de circulación. Para medir, pesar, embalar y transportar mucho, tiene que haber mucho; la cantidad de trabajo de embalaje y de transporte, etc., depende de la masa de las mercancías que son los objetos de su actividad, no a la inversa.
El obrero comercial no produce directamente plusvalía. Pero el precio de su trabajo está determinado por el valor de su fuerza de trabajo, es decir, por sus costes de producción, mientras que el ejercicio de esta fuerza de trabajo, como tensión, despliegue de fuerza y desgaste, no está en modo alguno limitado, igual que en cualquier otro asalariado, por el valor de su fuerza de trabajo. Su salario no guarda, por eso, relación necesaria alguna con la masa de la ganancia que ayuda a realizar al capitalista. Lo que cuesta al capitalista y lo que le aporta son magnitudes distintas. Le aporta no porque cree directamente plusvalía, sino porque ayuda a reducir los costes de la realización de la plusvalía, en la medida en que efectúa trabajo, en parte impago. El obrero propiamente comercial pertenece a la clase mejor pagada de asalariados, a aquellos cuyo trabajo es trabajo cualificado, que está por encima del trabajo medio. Sin embargo, con el progreso del modo de producción capitalista, el salario tiende a bajar, incluso en relación con el trabajo medio. En parte por la división del trabajo dentro de la oficina; de ahí que solo haya que producir un desarrollo unilateral de la capacidad de trabajo y que los costes de esta producción en parte no le cuesten nada al capitalista, sino que la destreza del obrero se desarrolla mediante la función misma, y tanto más deprisa cuanto más unilateral se vuelve con la división del trabajo. Segundo, porque la formación previa, los conocimientos comerciales y de idiomas, etc., se reproducen, con el progreso de la ciencia y de la instrucción popular, cada vez más deprisa, más fácilmente, de manera más general y más barata, cuanto más orienta el modo de producción capitalista hacia lo práctico los métodos de enseñanza, etc. La generalización de la enseñanza popular permite reclutar esta clase de gente entre clases que antes estaban excluidas de ella, acostumbradas a un modo de vida peor. Además, aumenta la afluencia y, con ella, la competencia. Con algunas excepciones, en el curso de la producción capitalista se desvaloriza, por eso, la fuerza de trabajo de esta gente; su salario baja, mientras que su capacidad de trabajo aumenta. El capitalista aumenta el número de estos obreros cuando hay más valor y más ganancia que realizar. El aumento de este trabajo es siempre efecto, nunca causa, del aumento de la plusvalía.8
Se produce, pues, un desdoblamiento. Por una parte, las funciones como capital mercantil y como capital dinerario (determinado además, por eso, como capital comercial) son determinaciones formales generales del capital industrial. Por otra parte, capitales particulares y, por tanto, también series particulares de capitalistas se ocupan exclusivamente de estas funciones; y estas funciones se convierten así en esferas particulares de la valorización del capital.
Las funciones comerciales y los gastos de circulación solo se encuentran autonomizados para el capital comercial. El lado del capital industrial vuelto hacia la circulación no existe solo en su existencia constante como capital mercantil y capital dinerario, sino también en la oficina, junto al taller. Pero se autonomiza para el capital comercial. Para este, la oficina constituye su único taller. La parte del capital empleada en la forma de gastos de circulación aparece en el gran comerciante mucho mayor que en el industrial, porque, además de las oficinas de negocios propias ligadas a cada taller industrial, la parte del capital que toda la clase de los capitalistas industriales tendría que emplear de este modo está concentrada en manos de comerciantes singulares, que, así como se encargan de la continuación de las funciones de circulación, se encargan también de la continuación de los gastos de circulación que de ellas surgen.
Para el capital industrial, los gastos de circulación aparecen como gastos accesorios y lo son. Para el comerciante aparecen como fuente de su ganancia, que —presupuesta la tasa general de ganancia— está en proporción a la magnitud de estos gastos. El desembolso que hay que hacer en estos gastos de circulación es, por eso, para el capital comercial una inversión productiva. Así pues, también el trabajo comercial que compra es para él inmediatamente productivo.
Capítulo decimoctavo. La rotación del capital comercial. Los precios
La rotación del capital industrial es la unidad de su tiempo de producción y de su tiempo de circulación, y abarca por ello todo el proceso de producción. En cambio, la rotación del capital comercial, como de hecho no es más que el movimiento autonomizado del capital mercantil, solo representa la primera fase de la metamorfosis de la mercancía, M – D, como movimiento de un capital particular que refluye sobre sí mismo; D – M, M – D en el sentido comercial, como rotación del capital comercial. El comerciante compra, transforma su dinero en mercancía, vende luego, vuelve a transformar la misma mercancía en dinero, y así sucesivamente en repetición constante. Dentro de la circulación, la metamorfosis del capital industrial se presenta siempre como M₁ – D – M₂; el dinero obtenido de la venta de M₁, la mercancía producida, se emplea en comprar M₂, nuevos medios de producción; es este el intercambio real de M₁ y M₂, y el mismo dinero cambia así dos veces de manos. Su movimiento media el intercambio de dos mercancías de distinta clase, M₁ y M₂. Pero en el comerciante, en D – M – D′, es al revés la misma mercancía la que cambia dos veces de manos; no hace más que mediar el reflujo del dinero hacia él.
Si, por ejemplo, el capital del comerciante es de 100 £ y el comerciante compra mercancía por estas 100 £ y vende luego esa mercancía a 110 £, ese capital suyo de 100 ha hecho una rotación, y el número de rotaciones al año depende de cuántas veces se repita al año este movimiento D – M – D′.
Prescindimos aquí por completo de los costes que puedan esconderse en la diferencia entre el precio de compra y el precio de venta, ya que estos costes no cambian en absoluto la forma que hemos de considerar aquí en primer lugar.
El número de rotaciones de un capital de comerciante dado tiene aquí, pues, una analogía completa con la repetición de las vueltas del dinero como mero medio de circulación. Así como el mismo tálero que da diez vueltas compra diez veces su valor en mercancías, el mismo capital dinerario del comerciante, de 100 por ejemplo, si rota diez veces, compra diez veces su valor en mercancías, o realiza un capital mercantil total de un valor décuplo = 1.000. Pero la diferencia es esta: en el curso del dinero como medio de circulación es la misma pieza de dinero la que pasa por distintas manos, la que realiza, pues, repetidamente la misma función y por ello sustituye con la velocidad del curso la masa de las piezas de dinero en curso. Pero en el comerciante es el mismo capital dinerario, cualesquiera que sean las piezas de dinero de que se componga, el mismo valor en dinero, el que compra y vende repetidamente capital mercantil por el importe de su valor y refluye por ello repetidamente a la misma mano, a su punto de partida, como D + ΔD, como valor más plusvalía. Esto caracteriza su rotación como rotación de capital. Sustrae constantemente a la circulación más dinero del que arroja en ella. Por lo demás, se entiende por sí mismo que, con una rotación acelerada del capital comercial (en la que, con un sistema de crédito desarrollado, predomina también la función del dinero como medio de pago), también la misma masa de dinero circula más deprisa.
Pero la rotación repetida del capital de comercio de mercancías nunca expresa otra cosa que la repetición del comprar y el vender, mientras que la rotación repetida del capital industrial expresa la periodicidad y la renovación de todo el proceso de reproducción (en el que va incluido el proceso de consumo). Para el capital comercial, en cambio, esto solo aparece como condición externa. El capital industrial tiene que arrojar constantemente mercancías al mercado y volver a retirarlas de él para que siga siendo posible la rotación rápida del capital comercial. Si el proceso de reproducción es en general lento, también lo es la rotación del capital comercial. Ciertamente, el capital comercial media la rotación del capital productivo, pero solo en la medida en que acorta su tiempo de circulación. No actúa directamente sobre el tiempo de producción, que constituye igualmente una barrera para el tiempo de rotación del capital industrial. Este es el primer límite para la rotación del capital comercial. Pero, en segundo lugar, aparte de la barrera que forma el consumo reproductivo, esta rotación está limitada en último término por la velocidad y el volumen de todo el consumo individual, ya que de ello depende toda la parte del capital mercantil que entra en el fondo de consumo.
Ahora bien (prescindiendo por completo de las rotaciones dentro del mundo de los comerciantes, donde un comerciante vende siempre la misma mercancía a otro, y esta clase de circulación puede tener un aspecto muy floreciente en tiempos de especulación), el capital comercial acorta, en primer lugar, la fase M – D para el capital productivo. En segundo lugar, con el moderno sistema de crédito, dispone de una gran parte del capital dinerario global de la sociedad, de modo que puede repetir sus compras antes de haber vendido definitivamente lo ya comprado; y en esto da igual que nuestro comerciante venda directamente al último consumidor o que entre ambos medien otros 12 comerciantes. Dada la enorme elasticidad del proceso de reproducción, al que se puede empujar constantemente más allá de toda barrera dada, el comerciante no encuentra barrera alguna en la producción misma, o solo una muy elástica. Además de la separación de M – D y D – M, que se sigue de la naturaleza de la mercancía, se crea aquí, pues, una demanda activa. A pesar de su autonomización, el movimiento del capital comercial nunca es otra cosa que el movimiento del capital industrial dentro de la esfera de la circulación. Pero, en virtud de su autonomización, se mueve, dentro de ciertos límites, con independencia de las barreras del proceso de reproducción, y por eso lo empuja a él mismo más allá de sus barreras. La dependencia interna y la autonomía externa lo empujan hasta un punto en que la conexión interna se restablece violentamente, mediante una crisis.
De ahí el fenómeno de que en las crisis estas no se manifiesten ni estallen primero en la venta al por menor, que tiene que ver con el consumo inmediato, sino en las esferas del comercio al por mayor y de los bancos, que ponen a disposición de este el capital dinerario de la sociedad.
El fabricante puede vender realmente al exportador, y este a su vez a su cliente extranjero; el importador puede colocar sus materias primas al fabricante, y este sus productos al mayorista, etc. Pero en algún punto aislado e invisible la mercancía queda sin vender; o bien, otras veces, las existencias de todos los productores e intermediarios se van colmando poco a poco. Justamente entonces el consumo suele estar en su mayor florecimiento, en parte porque un capitalista industrial pone en movimiento a una serie de otros, en parte porque los obreros ocupados por ellos, plenamente ocupados, tienen más que gastar que de costumbre. Con el ingreso de los capitalistas crece igualmente su gasto. Además, como hemos visto (libro II, sección III), tiene lugar una circulación constante entre capital constante y capital constante (aun prescindiendo de la acumulación acelerada), que es en principio independiente del consumo individual en la medida en que nunca entra en él, pero que, sin embargo, está limitada definitivamente por él, ya que la producción de capital constante nunca tiene lugar por sí misma, sino solo porque se necesita más de él en las esferas de producción cuyos productos entran en el consumo individual. Pero esto puede seguir tranquilamente su camino durante un tiempo, estimulado por la demanda prospectiva, y en estos ramos el negocio marcha, por tanto, viento en popa para comerciantes e industriales. La crisis sobreviene en cuanto los reflujos de los comerciantes que venden lejos (o cuyas existencias se han acumulado también en el interior) se vuelven tan lentos y escasos que los bancos apremian para que se les pague o vencen las letras libradas contra las mercancías compradas antes de que haya tenido lugar la reventa. Entonces empiezan las ventas forzosas, las ventas para pagar. Y con ello llega el crac, que pone fin de golpe a la aparente prosperidad.
Pero la exterioridad y la carencia de concepto de la rotación del capital comercial son todavía mayores, porque la rotación del mismo capital de comerciante puede mediar simultánea o sucesivamente las rotaciones de capitales productivos muy diversos.
Pero la rotación del capital comercial no solo puede mediar rotaciones de diversos capitales industriales, sino también la fase opuesta de la metamorfosis del capital mercantil. El comerciante compra, por ejemplo, el lienzo al fabricante y lo vende al blanqueador. Aquí, pues, la rotación del mismo capital de comerciante —de hecho, el mismo M – D, la realización del lienzo— representa dos fases opuestas para dos capitales industriales distintos. En la medida en que el comerciante vende en general para el consumo productivo, su M – D representa siempre el D – M de un capital industrial, y su D – M, siempre el M – D de otro capital industrial.
Si, como se hace en este capítulo, dejamos de lado K, los gastos de circulación, la parte del capital que el comerciante adelanta además de la suma desembolsada en la compra de las mercancías, desaparece naturalmente también ΔK, la ganancia adicional que obtiene sobre este capital adicional. Este es, pues, el modo de considerar la cuestión estrictamente lógico y matemáticamente correcto cuando se trata de ver cómo actúan sobre los precios la ganancia y la rotación del capital comercial.
Si el precio de producción de 1 libra de azúcar fuera de 1 £, el comerciante podría comprar con 100 £ 100 libras de azúcar. Si compra y vende esta cantidad en el curso del año y la tasa media anual de ganancia es del 15 %, recargaría 15 £ sobre 100 £, y sobre 1 £, el precio de producción de 1 libra, 3 chelines. Vendería, pues, la libra de azúcar a 1 £ 3 chelines. Si, en cambio, el precio de producción de 1 libra de azúcar bajara a 1 chelín, el comerciante compraría con 100 £ 2.000 libras y vendería la libra a 1 chelín 1 4/5 peniques. La ganancia anual sobre el capital de 100 £ desembolsado en el negocio del azúcar seguiría siendo = 15 £. Solo que en un caso tiene que vender 100 libras, y en el otro, 2.000. Lo alto o lo bajo del precio de producción nada tendría que ver con la tasa de ganancia; pero tendría muchísimo que ver, de manera decisiva, con la magnitud de la parte alícuota del precio de venta de cada libra de azúcar que se resuelve en ganancia mercantil, es decir, con el recargo de precio que el comerciante hace sobre una cantidad determinada de mercancía (producto). Si el precio de producción de una mercancía es bajo, también lo es la suma que el comerciante adelanta en su precio de compra, es decir, por una masa determinada de ella, y por tanto, dada la tasa de ganancia, el importe de la ganancia que obtiene sobre esta cantidad dada de mercancía barata; o, lo que viene a ser lo mismo, con un capital dado, por ejemplo de 100, puede comprar entonces una gran masa de esta mercancía barata, y la ganancia total de 15 que obtiene sobre las 100 se reparte en pequeñas fracciones sobre cada pieza singular de esta masa de mercancías. En el caso inverso, a la inversa. Esto depende enteramente de la mayor o menor productividad del capital industrial con cuyas mercancías comercia. Si exceptuamos los casos en que el comerciante es monopolista y monopoliza a la vez la producción, como en su tiempo la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, nada puede ser más necio que la idea corriente de que depende del comerciante vender mucha mercancía con poca ganancia o poca mercancía con mucha ganancia sobre cada mercancía. Los dos límites de su precio de venta son: de un lado, el precio de producción de la mercancía, del que no dispone; del otro, la tasa media de ganancia, de la que tampoco dispone. Lo único que tiene que decidir, aunque en ello intervienen la magnitud de su capital disponible y otras circunstancias, es si quiere comerciar con mercancías caras o con mercancías baratas. Por eso, cómo se maneje en esto depende enteramente del grado de desarrollo del modo de producción capitalista, y no del arbitrio del comerciante. Una compañía puramente comercial como la antigua Compañía Holandesa de las Indias Orientales, que tenía el monopolio de la producción, podía figurarse que continuaba, en condiciones totalmente cambiadas, un método que correspondía a lo sumo a los comienzos de la producción capitalista.9
Lo que mantiene en pie aquel prejuicio popular, que por lo demás, como todas las ideas falsas sobre la ganancia, etc., nace de la contemplación del mero comercio y del prejuicio comercial, son, entre otras, las circunstancias siguientes.
Primero: fenómenos de la competencia, que, sin embargo, solo afectan al reparto de la ganancia mercantil entre los comerciantes individuales, los partícipes en el capital comercial global; cuando uno, por ejemplo, vende más barato para sacar del terreno a sus adversarios.
Segundo: un economista del calibre del profesor Roscher puede seguir figurándose en Leipzig que fueron razones «de prudencia y de humanidad» las que produjeron el cambio en los precios de venta, y que este no fue un resultado del propio modo de producción revolucionado.10
Tercero: si bajan los precios de producción a consecuencia de una fuerza productiva del trabajo incrementada y bajan por ello también los precios de venta, a menudo la demanda sube todavía más deprisa que la oferta, y con ella los precios de mercado, de modo que los precios de venta rinden más que la ganancia media.
Cuarto: un comerciante puede rebajar el precio de venta (lo cual nunca es otra cosa que rebajar la ganancia habitual que recarga sobre el precio) para rotar más deprisa en su negocio un capital mayor. Todas estas son cosas que solo atañen a la competencia entre los propios comerciantes.
Ya se mostró en el libro I que lo alto o lo bajo de los precios de las mercancías no determina ni la masa de plusvalía que produce un capital dado ni la tasa de plusvalía; aunque, según la cantidad relativa de mercancía que produzca una cantidad dada de trabajo, el precio de la mercancía singular, y con ello también la parte de plusvalía de ese precio, es mayor o menor. Los precios de cada cantidad de mercancías están determinados, en la medida en que corresponden a los valores, por la cantidad total de trabajo objetivado en esas mercancías. Si se objetiva poco trabajo en mucha mercancía, el precio de la mercancía singular es bajo y la plusvalía que encierra, pequeña. Cómo se divida el trabajo encarnado en una mercancía en trabajo pagado y trabajo impago, y qué cantidad de este precio representa, por tanto, plusvalía, nada tiene que ver con esta cantidad total de trabajo, y por tanto con el precio de la mercancía. Pero la tasa de plusvalía no depende de la magnitud absoluta de la plusvalía contenida en el precio de la mercancía singular, sino de su magnitud relativa, de su proporción con el salario que se encierra en la misma mercancía. Por eso la tasa puede ser grande aunque la magnitud absoluta de la plusvalía sea pequeña en cada mercancía singular. Esta magnitud absoluta de la plusvalía en cada mercancía singular depende en primer término de la productividad del trabajo, y solo en segundo término de su división en pagado e impago.
Y en el precio comercial de venta, con mayor razón, el precio de producción es un supuesto externo dado.
El alto nivel de los precios comerciales de las mercancías en épocas anteriores se debía: 1. al alto nivel de los precios de producción, es decir, a la improductividad del trabajo; 2. a la falta de una tasa general de ganancia, ya que el capital comercial atraía hacia sí una cuota de la plusvalía mucho más alta que la que le habría correspondido con una movilidad general de los capitales. El fin de esta situación es, pues, considerado por ambos lados, resultado del desarrollo del modo de producción capitalista.
Las rotaciones del capital comercial son más largas o más cortas, y su número al año, por tanto, mayor o menor, en los distintos ramos del comercio. Dentro del mismo ramo del comercio, la rotación es más rápida o más lenta en las distintas fases del ciclo económico. Con todo, se da un número medio de rotaciones, que se averigua por la experiencia.
Ya se ha visto que la rotación del capital comercial es distinta de la del capital industrial. Esto se sigue de la naturaleza de la cosa; una sola fase de la rotación del capital industrial aparece como rotación completa de un capital de comerciante propio, o por lo menos de una parte de él. Esta rotación guarda también otra relación con la determinación de la ganancia y del precio.
En el capital industrial, la rotación expresa, por un lado, la periodicidad de la reproducción, y de ella depende, por tanto, la masa de mercancías que se arrojan al mercado en un tiempo determinado. Por otro lado, el tiempo de circulación constituye un límite, y por cierto un límite dilatable, que actúa de manera más o menos restrictiva sobre la formación de valor y de plusvalía, porque actúa sobre el volumen del proceso de producción. Por eso la rotación entra de manera determinante, no como elemento positivo, sino como elemento restrictivo, en la masa de la plusvalía producida anualmente, y por tanto en la formación de la tasa general de ganancia. En cambio, para el capital comercial la tasa media de ganancia es una magnitud dada. Este capital no colabora directamente en la creación de la ganancia o de la plusvalía, y solo entra de manera determinante en la formación de la tasa general de ganancia en la medida en que, según la parte que constituye del capital global, extrae su dividendo de la masa de la ganancia producida por el capital industrial.
Cuanto mayor es el número de rotaciones de un capital industrial, en las condiciones expuestas en el libro II, sección II, tanto mayor es la masa de la ganancia que forma. Ciertamente, mediante el establecimiento de la tasa general de ganancia, la ganancia total se reparte entre los distintos capitales, no en la proporción en que participan directamente en su producción, sino según las partes alícuotas que constituyen del capital global, es decir, en proporción a su magnitud. Pero esto no cambia en nada la esencia de la cosa. Cuanto mayor es el número de rotaciones del capital industrial global, tanto mayor es la masa de ganancia, la masa de la plusvalía producida anualmente, y por tanto, en igualdad de circunstancias, la tasa de ganancia. Otra cosa ocurre con el capital comercial. Para él, la tasa de ganancia es una magnitud dada, determinada de un lado por la masa de la ganancia producida por el capital industrial, de otro por la magnitud relativa del capital comercial global, por su relación cuantitativa con la suma del capital adelantado en el proceso de producción y en el proceso de circulación. El número de sus rotaciones influye ciertamente de manera determinante en su relación con el capital global, o en la magnitud relativa del capital comercial necesario para la circulación, ya que es claro que la magnitud absoluta del capital comercial necesario y su velocidad de rotación están en razón inversa; pero su magnitud relativa, o la parte que constituye del capital global, está dada por su magnitud absoluta, supuestas iguales todas las demás circunstancias. Si el capital global es de 10.000, entonces, si el capital comercial es 1/10 de él, es = 1.000; si el capital global es de 1.000, 1/10 de él = 100. En este sentido su magnitud absoluta es distinta, aunque su magnitud relativa siga siendo la misma: distinta según la magnitud del capital global. Pero aquí suponemos dada su magnitud relativa, digamos 1/10 del capital global. Ahora bien, esta magnitud relativa suya está a su vez determinada por la rotación. Con una rotación rápida, su magnitud absoluta es, por ejemplo, = 1.000 £ en el primer caso, = 100 en el segundo, y su magnitud relativa, por tanto, = 1/10. Con una rotación más lenta, su magnitud absoluta es, digamos, = 2.000 en el primer caso, = 200 en el segundo. Por tanto, su magnitud relativa ha crecido de 1/10 a 1/5 del capital global. Las circunstancias que acortan la rotación media del capital comercial, por ejemplo el desarrollo de los medios de transporte, disminuyen pro tanto la magnitud absoluta del capital comercial, y elevan por ello la tasa general de ganancia. A la inversa, a la inversa. El modo de producción capitalista desarrollado, comparado con situaciones anteriores, actúa de dos maneras sobre el capital comercial; la misma cantidad de mercancías se rota con una masa menor de capital de comerciante realmente en funciones; a causa de la rotación más rápida del capital comercial y de la mayor velocidad del proceso de reproducción en que esta descansa, disminuye la proporción del capital comercial respecto del capital industrial. Por otro lado: con el desarrollo del modo de producción capitalista, toda la producción se vuelve producción de mercancías, y todo el producto cae por ello en manos de los agentes de la circulación; a lo que se añade que, con el modo de producción anterior, que producía en pequeño, aparte de la masa de productos que el propio productor consumía directamente in natura y de la masa de prestaciones que se satisfacían in natura, una parte muy grande de los productores vendía su mercancía directamente al consumidor o trabajaba por encargo personal de este. Por eso, aunque en los modos de producción anteriores el capital comercial es mayor en proporción al capital mercantil que hace rotar, es
absolutamente menor, porque una parte desproporcionadamente pequeña del producto global se produce como mercancía, tiene que entrar en la circulación como capital mercantil y cae en manos de los comerciantes; es menor porque el capital mercantil es menor. Pero es al mismo tiempo proporcionalmente mayor, no solo a causa de la mayor lentitud de su rotación y en proporción a la masa de mercancías que hace rotar. Es mayor porque el precio de esta masa de mercancías, y por tanto también el capital de comerciante que hay que adelantar en ella, es mayor, a consecuencia de la menor productividad del trabajo, que en la producción capitalista, de modo que el mismo valor se representa en una masa menor de mercancías.
Sobre la base del modo de producción capitalista no solo se produce una masa mayor de mercancías (debiendo descontarse el valor disminuido de esta masa de mercancías), sino que la misma masa de producto, por ejemplo de grano, forma una masa mayor de mercancías, es decir, cada vez entra más de ella en el comercio. A consecuencia de ello, por lo demás, no solo crece la masa del capital comercial, sino en general todo el capital invertido en la circulación, por ejemplo en la navegación, los ferrocarriles, la telegrafía, etc.
Pero —y este es un punto de vista cuyo desarrollo corresponde a la «competencia de los capitales»— el capital de comerciante que no funciona, o que funciona a medias, crece con el progreso del modo de producción capitalista, con la facilidad de introducirse en el comercio al por menor, con la especulación y con la sobreabundancia de capital liberado.
Pero, supuesta dada la magnitud relativa del capital comercial en proporción al capital global, la diversidad de las rotaciones en los distintos ramos del comercio no actúa ni sobre la magnitud de la ganancia total que corresponde al capital comercial ni sobre la tasa general de ganancia. La ganancia del comerciante está determinada, no por la masa del capital mercantil que hace rotar, sino por la magnitud del capital dinerario que adelanta para mediar esta rotación. Si la tasa general anual de ganancia es del 15 % y el comerciante adelanta 100 £, venderá su mercancía a 115 si su capital rota una vez al año. Si su capital rota cinco veces al año, venderá cinco veces al año a 103 un capital mercantil de precio de compra 100, y por tanto, en todo el año, un capital mercantil de 500 a 515. Pero esto da, sobre su capital adelantado de 100, igual que antes, una ganancia anual de 15. Si no fuera así, el capital comercial, en proporción al número de sus rotaciones, rendiría una ganancia mucho más alta que el capital industrial, lo que contradice la ley de la tasa general de ganancia.
El número de rotaciones del capital comercial en los distintos ramos del comercio afecta, pues, directamente a los precios mercantiles de las mercancías. La cuantía del recargo mercantil del precio, de la parte alícuota de la ganancia mercantil de un capital dado que recae sobre el precio de producción de la mercancía singular, está en razón inversa del número de rotaciones o de la velocidad de rotación de los capitales comerciales en los distintos ramos del negocio. Si un capital de comerciante rota cinco veces al año, añade al capital mercantil de igual valor solo 1/5 del recargo que otro capital de comerciante, que solo puede rotar una vez al año, añade a un capital mercantil de igual valor.
La afección de los precios de venta por el tiempo medio de rotación de los capitales en los distintos ramos del comercio se reduce a que, en proporción a esta velocidad de rotación, la misma masa de ganancia, que, dada la magnitud del capital comercial, está determinada por la tasa general anual de ganancia, y por tanto está determinada con independencia del carácter específico de la operación comercial de este capital, se reparte de manera distinta sobre masas de mercancías del mismo valor, y añade al precio de la mercancía, por ejemplo, con cinco rotaciones al año, 15/5 = 3 %, y con una rotación al año, en cambio, el 15 %.
El mismo porcentaje de ganancia comercial en distintos ramos del comercio eleva, pues, según la proporción de sus tiempos de rotación, los precios de venta de las mercancías en porcentajes completamente distintos, calculados sobre el valor de estas mercancías.
En el capital industrial, en cambio, el tiempo de rotación no actúa en modo alguno sobre la magnitud de valor de las mercancías singulares producidas, aunque afecta a la masa de los valores y plusvalías producidos por un capital dado en un tiempo dado, porque afecta a la masa del trabajo explotado. Esto se oculta, ciertamente, y parece ser de otro modo en cuanto se consideran los precios de producción, pero solo porque los precios de producción de las distintas mercancías se desvían de sus valores según leyes expuestas anteriormente. Si se considera el proceso de producción en su conjunto, la masa de mercancías producida por el capital industrial global, se encuentra enseguida confirmada la ley general.
Así, pues, mientras que en el capital industrial un examen más preciso de la influencia del tiempo de rotación en la formación de valor nos remite a la ley general y a la base de la economía política, a saber, que los valores de las mercancías están determinados por el tiempo de trabajo contenido en ellas, la influencia de las rotaciones del capital comercial sobre los precios mercantiles muestra fenómenos que, sin un análisis muy prolijo de los eslabones intermedios, parecen presuponer una determinación puramente arbitraria de los precios; a saber, una determinación por el mero hecho de que el capital está resuelto, sin más, a obtener una cantidad determinada de ganancia al año. Parece, sobre todo, por esta influencia de las rotaciones, como si el proceso de circulación en cuanto tal determinara los precios de las mercancías, con independencia, dentro de ciertos límites, del proceso de producción. Todas las concepciones superficiales y erróneas del proceso global de la reproducción están sacadas de la consideración del capital comercial y de las ideas que sus movimientos peculiares suscitan en las cabezas de los agentes de la circulación.
Si, como el lector ha reconocido para su pesar, el análisis de las conexiones reales e internas del proceso capitalista de producción es una cosa muy intrincada y un trabajo muy minucioso; si es obra de la ciencia reducir el movimiento visible, meramente aparente, al movimiento real interno, se entiende de suyo que en las cabezas de los agentes capitalistas de la producción y de la circulación tienen que formarse ideas sobre las leyes de la producción que se desvían por completo de estas leyes y no son más que la expresión consciente del movimiento aparente. Las ideas de un comerciante, de un especulador de bolsa, de un banquero, están necesariamente invertidas por completo. Las de los fabricantes están falseadas por los actos de circulación a que está sometido su capital y por la nivelación de la tasa general de ganancia.11 La competencia desempeña también necesariamente en estas cabezas un papel completamente invertido. Si están dados los límites del valor y de la plusvalía, es fácil comprender cómo la competencia de los capitales transforma los valores en precios de producción, y más allá aún en precios mercantiles, y la plusvalía en ganancia media. Pero sin estos límites es absolutamente imposible comprender por qué la competencia reduce la tasa general de ganancia a este límite y no a aquel, al 15 % en lugar del 1.500 %. A lo sumo puede reducirla a un nivel. Pero no hay en ella absolutamente ningún elemento para determinar este nivel mismo.
Desde el punto de vista del capital comercial, la rotación misma aparece, pues, como determinante de los precios. Por otro lado, mientras que la velocidad de rotación del capital industrial, en la medida en que capacita a un capital dado para explotar más o menos trabajo, actúa de manera determinante y limitadora sobre la masa de ganancia y por tanto sobre la tasa general de la ganancia, al capital comercial la tasa de ganancia le está dada exteriormente, y su conexión interna con la formación de plusvalía queda completamente borrada. Si el mismo capital industrial, en circunstancias por lo demás iguales y, en particular, con igual composición orgánica, rota cuatro veces al año en lugar de dos, produce el doble de plusvalía y, por tanto, de ganancia; y esto se pone de manifiesto palpablemente en cuanto y mientras este capital posee el monopolio del modo de producción mejorado que le permite esta aceleración de la rotación. El tiempo de rotación distinto en los distintos ramos del comercio aparece, a la inversa, en que la ganancia que se obtiene sobre la rotación de un capital mercantil determinado está en razón inversa del número de rotaciones del capital dinerario que hace rotar estos capitales mercantiles. Small profits and quick returns12 se le aparece sobre todo al shopkeeper como un principio que sigue por principio.
Por lo demás, se entiende de suyo que esta ley de las rotaciones del capital comercial en cada ramo del comercio, y prescindiendo de la alternancia de rotaciones más rápidas y más lentas que se compensan entre sí, solo vale para el promedio de las rotaciones que hace todo el capital de comerciante invertido en ese ramo. El capital de A, que trabaja en el mismo ramo que B, puede hacer más o menos rotaciones que el número medio. En ese caso, los demás hacen menos o más. Esto no cambia nada en la rotación de la masa total de capital de comerciante invertida en este ramo. Pero es de importancia decisiva para el comerciante o el minorista individual. Este obtiene en ese caso una plusganancia, exactamente igual que los capitalistas industriales obtienen plusganancias cuando producen en condiciones más favorables que las medias. Si la competencia le obliga a ello, puede vender más barato que sus colegas sin bajar su ganancia por debajo de la media. Si las condiciones que le permiten una rotación más rápida son a su vez condiciones que se pueden comprar, por ejemplo la situación del local de venta, puede pagar por ellas una renta extra, es decir, una parte de su plusganancia se transforma en renta de la tierra.
Capítulo decimonoveno. El capital de comercio de dinero
Los movimientos puramente técnicos que el dinero efectúa en el proceso de circulación del capital industrial y, como ahora podemos añadir, del capital de comercio de mercancías (ya que este asume como movimiento propio y peculiar una parte del movimiento de circulación del capital industrial), estos movimientos, autonomizados como función de un capital particular que los ejerce a ellos, y solo a ellos, como operaciones que le son peculiares, transforman este capital en capital de comercio de dinero. Una parte del capital industrial, y más precisamente también del capital de comercio de mercancías, existiría constantemente no solo en forma de dinero, como capital dinerario en general, sino como capital dinerario ocupado en estas funciones técnicas. Del capital global se separa ahora y se autonomiza una parte determinada en forma de capital dinerario, cuya función capitalista consiste exclusivamente en realizar estas operaciones para toda la clase de los capitalistas industriales y comerciales. Como en el capital de comercio de mercancías, una parte del capital industrial existente en el proceso de circulación en la figura de capital dinerario se separa y efectúa estas operaciones del proceso de reproducción para todo el capital restante. Los movimientos de este capital dinerario no son, pues, a su vez más que movimientos de una parte autonomizada del capital industrial inmerso en su proceso de reproducción.
Solo cuando se invierte capital nuevo, y en la medida en que se invierte —lo que también ocurre en la acumulación—, aparece el capital en forma de dinero como punto de partida y punto final del movimiento. Pero para todo capital que se encuentra ya en su proceso, tanto el punto de partida como el punto final aparecen solo como punto de paso. En la medida en que el capital industrial, desde que sale de la esfera de la producción hasta que vuelve a entrar en ella, tiene que efectuar la metamorfosis M′ – D – M, D es de hecho, como ya se vio en la circulación simple de mercancías, solo el resultado final de una de las fases de la metamorfosis para ser el punto de partida de la fase opuesta, que la complementa. Y aunque para el capital comercial el M – D del capital industrial se presenta siempre como D – M – D, también para él, una vez comprometido, el proceso real es constantemente M – D – M. Pero el capital comercial efectúa simultáneamente los actos M – D y D – M. Es decir, no solo se encuentra un capital en el estadio M – D mientras el otro se encuentra en el estadio D – M, sino que el mismo capital compra constantemente y vende constantemente a la vez a causa de la continuidad del proceso de producción; se encuentra constantemente a la vez en ambos estadios. Mientras una parte de él se transforma en dinero para volver a transformarse luego en mercancía, la otra se transforma simultáneamente en mercancía para volver a transformarse en dinero.
Que el dinero funcione aquí como medio de circulación o como medio de pago depende de la forma del intercambio de mercancías. En ambos casos, el capitalista tiene que pagar constantemente dinero a muchas personas y recibir constantemente dinero en pago de muchas personas. Esta operación meramente técnica de pagar dinero y de cobrar dinero constituye por sí misma un trabajo que, en la medida en que el dinero funciona como medio de pago, hace necesarios cálculos de balance, actos de compensación. Este trabajo es un gasto de circulación, no un trabajo creador de valor. Se abrevia por el hecho de que lo efectúa una sección particular de agentes o capitalistas para todo el resto de la clase capitalista.
Una parte determinada del capital tiene que existir constantemente como tesoro, como capital dinerario potencial: reserva de medios de compra, reserva de medios de pago, capital desocupado que aguarda en forma de dinero su empleo; y una parte del capital refluye constantemente en esta forma. Esto hace necesaria, además del cobro, el pago y la contabilidad, la custodia del tesoro, que es a su vez una operación particular. Es, pues, de hecho la constante disolución del tesoro en medios de circulación y medios de pago, y su reconstitución con el dinero obtenido en la venta y con los pagos vencidos; este movimiento constante de la parte del capital que existe como dinero, separado de la función del capital misma, esta operación puramente técnica, lo que ocasiona un trabajo particular y unos costes particulares: gastos de circulación.
La división del trabajo lleva consigo que estas operaciones técnicas, condicionadas por las funciones del capital, las efectúe en lo posible, para toda la clase capitalista, una sección de agentes o capitalistas como funciones exclusivas, o que se concentren en sus manos. Hay aquí, como en el capital comercial, división del trabajo en un doble sentido. Se convierte en un negocio particular, y, por efectuarse como negocio particular para el mecanismo dinerario de toda la clase, se concentra, se ejerce en gran escala; y entonces vuelve a darse división del trabajo dentro de este negocio particular, tanto por escisión en diversos ramos independientes entre sí como por la formación del taller dentro de estos ramos (grandes oficinas, numerosos contables y cajeros, división del trabajo muy avanzada). El pago del dinero, el cobro, la compensación de los balances, la llevanza de cuentas corrientes, la custodia del dinero, etc., separados de los actos que hacen necesarias estas operaciones técnicas, convierten el capital adelantado en estas funciones en capital de comercio de dinero.
Las distintas operaciones de cuya autonomización como negocios particulares surge el comercio de dinero resultan de las distintas determinaciones del dinero mismo y de sus funciones, que, por tanto, también el capital en la forma de capital dinerario tiene que recorrer.
Ya indiqué anteriormente cómo el sistema monetario en general se desarrolla originariamente en el intercambio de productos entre distintas comunidades.13
Por eso el comercio de dinero, el comercio con la mercancía dineraria, se desarrolla en primer lugar a partir del tráfico internacional. En cuanto existen distintas monedas nacionales, los comerciantes que compran en países extranjeros tienen que cambiar su moneda nacional por la moneda local y viceversa, o también distintas monedas por plata u oro puros sin acuñar, como dinero mundial. De ahí el negocio de cambio, que hay que considerar como uno de los fundamentos espontáneos del moderno comercio de dinero.14 De él se desarrollaron los bancos de cambio, en los que la plata (o el oro) funciona como dinero mundial —ahora como dinero bancario o dinero comercial— a diferencia de la moneda corriente. El negocio de cambio, en cuanto mera orden de pago a viajeros del cambista de un país a otros, se desarrolló ya en Roma y en Grecia a partir del negocio propiamente dicho del cambista.
El comercio con el oro y la plata como mercancías (materias primas para la elaboración de artículos de lujo) constituye la base espontánea del comercio de lingotes (bullion trade), o del comercio que media las funciones del dinero como dinero mundial. Estas funciones, como se explicó anteriormente (libro I, cap. III, 3, c), son dobles: ir y venir entre las distintas esferas nacionales de circulación para la compensación de los pagos internacionales y en las migraciones del capital en busca de interés; junto a ello, movimiento desde las fuentes de producción de los metales preciosos a través del mercado mundial, y distribución de la oferta entre las distintas esferas nacionales de circulación. En Inglaterra, todavía durante la mayor parte del siglo XVII, los orfebres funcionaban como banqueros. Cómo se desarrolla además la compensación de los pagos internacionales en el comercio de letras, etc., lo dejamos aquí por completo de lado, como todo lo que se refiere a los negocios con títulos-valores, en suma, todas las formas particulares del sistema de crédito, que aquí todavía no nos concierne.
Como dinero mundial, el dinero nacional se despoja de su carácter local; un dinero nacional se expresa en otro, y así todos se reducen a su contenido en oro o plata, mientras que estos últimos, a la vez, como las dos mercancías que circulan como dinero mundial, han de reducirse a su relación de valor recíproca, que cambia constantemente. El comerciante de dinero hace de esta mediación su negocio particular. El negocio del cambista y el comercio de lingotes son así las formas más originarias del comercio de dinero, y nacen de las funciones dobles del dinero: como moneda nacional y como dinero mundial.
Del proceso capitalista de producción, como del comercio en general, incluso con un modo de producción precapitalista, resulta:
Primero, la acumulación del dinero como tesoro, es decir, ahora, de la parte del capital que tiene que existir siempre en forma de dinero, como fondo de reserva de medios de pago y de compra. Esta es la primera forma del tesoro tal como reaparece en el modo de producción capitalista y tal como se forma en general, con el desarrollo del capital comercial, al menos para este. Ambas cosas valen tanto para la circulación interior como para la internacional. Este tesoro es constantemente fluido, se vierte constantemente en la circulación y vuelve constantemente de ella. La segunda forma del tesoro es la de capital en barbecho, momentáneamente desocupado, en forma de dinero, a lo que pertenece también el capital dinerario recién acumulado y todavía no invertido. Las funciones que hace necesarias este atesoramiento en cuanto tal son, en primer lugar, su custodia, la contabilidad, etc.
Pero, en segundo lugar, va unido a ello el desembolso del dinero al comprar, el cobro al vender, el pago y la recepción de pagos, la compensación de los pagos, etc. Todo esto lo efectúa el comerciante de dinero, en un principio, como simple cajero de los comerciantes y de los capitalistas industriales.15
El comercio de dinero está plenamente desarrollado, y esto siempre ya desde sus primeros comienzos, en cuanto a sus demás funciones se une la de prestar y tomar prestado y el comercio con el crédito. De ello hablaremos en la sección siguiente, al tratar del capital que devenga interés.
El comercio de lingotes mismo, el traslado de oro o plata de un país a otro, no es más que el resultado del comercio de mercancías, determinado por el tipo de cambio, que expresa el estado de los pagos internacionales y del tipo de interés en los distintos mercados. El comerciante de lingotes en cuanto tal no hace más que mediar resultados.
Al considerar el dinero, al ver cómo sus movimientos y determinaciones formales se desarrollan a partir de la circulación simple de mercancías, se vio (libro I, cap. III) cómo el movimiento de la masa del dinero que circula como medio de compra y medio de pago está determinado por la metamorfosis de las mercancías, por el volumen y la velocidad de esta, que, como ahora sabemos, no es a su vez más que un momento del proceso global de reproducción. En cuanto a la obtención del material dinerario —oro y plata— de sus fuentes de producción, se resuelve en intercambio directo de mercancías, en intercambio de oro y plata como mercancía por otra mercancía, y es, por tanto, ella misma un momento del intercambio de mercancías, igual que la obtención de hierro o de otros metales. Pero en cuanto al movimiento de los metales preciosos en el mercado mundial (prescindimos aquí de este movimiento en la medida en que expresa una transferencia de capital en préstamo, transferencia que también se efectúa en la forma de capital mercantil), está determinado por el intercambio internacional de mercancías exactamente igual que el movimiento del dinero como medio interior de compra y de pago lo está por el intercambio interior de mercancías. Las salidas y entradas de los metales preciosos de una esfera nacional de circulación a otra, en la medida en que solo las causan la depreciación de la moneda nacional o el doble patrón, son ajenas a la circulación del dinero en cuanto tal y mera corrección de desviaciones producidas arbitrariamente por obra del Estado. Por último, en cuanto a la formación de tesoros, en la medida en que representa fondos de reserva de medios de compra o de pago, ya sea para el comercio interior o para el exterior, e igualmente en la medida en que es mera forma de capital provisionalmente en barbecho, en ambos casos no es más que un sedimento necesario del proceso de circulación.
Así como toda la circulación del dinero, en su volumen, en sus formas y en sus movimientos, es mero resultado de la circulación de mercancías, que desde el punto de vista capitalista no representa a su vez más que el proceso de circulación del capital (y en ella está comprendido el intercambio de capital por rédito y de rédito por rédito, en la medida en que el gasto del rédito se realiza en el comercio al por menor), se entiende por sí mismo que el comercio de dinero no hace más que mediar16 el mero resultado y el modo de manifestación de la circulación de mercancías, la circulación del dinero. Esta circulación del dinero misma, como un momento de la circulación de mercancías, le está dada. Lo que él media son sus operaciones técnicas, que concentra, abrevia y simplifica. El comercio de dinero no forma los tesoros, sino que suministra los medios técnicos para reducir este atesoramiento, en la medida en que es voluntario (es decir, no expresión de capital desocupado o de una perturbación del proceso de reproducción), a su mínimo económico, ya que los fondos de reserva de medios de compra y de pago, si se administran para toda la clase capitalista, no necesitan ser tan grandes como si los administra cada capitalista por separado. El comercio de dinero no compra los metales preciosos, sino que solo media su distribución una vez que el comercio de mercancías los ha comprado. El comercio de dinero facilita la compensación de los balances en la medida en que el dinero funciona como medio de pago, y reduce, mediante el mecanismo artificial de estas compensaciones, la masa de dinero requerida para ello; pero no determina ni la conexión ni el volumen de los pagos recíprocos. Las letras y los cheques, por ejemplo, que se intercambian unos por otros en los bancos y en las cámaras de compensación, representan negocios completamente independientes, son resultados de operaciones dadas, y solo se trata de una mejor compensación técnica de estos resultados. En la medida en que el dinero circula como medio de compra, el volumen y el número de las compras y las ventas son completamente independientes del comercio de dinero. Este solo puede acortar las operaciones técnicas que las acompañan y reducir con ello la masa de dinero en efectivo necesaria para su rotación.
El comercio de dinero en la forma pura en que aquí lo consideramos, es decir, separado del sistema de crédito, solo tiene que ver, pues, con la técnica de un momento de la circulación de mercancías, a saber, de la circulación del dinero y de las distintas funciones del dinero que de ella nacen.
Esto distingue esencialmente el comercio de dinero del comercio de mercancías, que media la metamorfosis de la mercancía y el intercambio de mercancías, o que incluso hace aparecer este proceso del capital mercantil como proceso de un capital separado del capital industrial. Por eso, si el capital de comercio de mercancías muestra una forma propia de circulación, D – M – D, donde la mercancía cambia dos veces de lugar y con ello refluye el dinero, por oposición a M – D – M, donde el dinero cambia dos veces de manos y con ello media el intercambio de mercancías, no puede señalarse ninguna forma particular semejante para el capital de comercio de dinero.
En la medida en que una sección particular de capitalistas adelanta capital dinerario en esta mediación técnica de la circulación del dinero —un capital que representa en escala reducida el capital adicional que, de otro modo, los comerciantes y los capitalistas industriales tendrían que adelantarse ellos mismos para estos fines—, la forma general del capital, D – D′, existe también aquí. Mediante el adelanto de D se genera D + ΔD para quien lo adelanta. Pero la mediación de D – D′ no se refiere aquí a los momentos materiales de la metamorfosis, sino solo a sus momentos técnicos.
Es evidente que la masa del capital dinerario con que tratan los comerciantes de dinero es el capital dinerario en circulación de los comerciantes y de los industriales, y que las operaciones que efectúan no son más que las operaciones de aquellos, que ellos median.
Es igualmente claro que su ganancia no es más que una deducción de la plusvalía, ya que solo tratan con valores ya realizados (aunque solo estén realizados en forma de créditos).
Como en el comercio de mercancías, se da aquí un desdoblamiento de la función. Pues una parte de las operaciones técnicas ligadas a la circulación del dinero tiene que efectuarla los propios comerciantes de mercancías y productores de mercancías.
Capítulo vigésimo. Consideraciones históricas sobre el capital comercial
La forma particular de la acumulación de dinero del capital de comercio de mercancías y del capital de comercio de dinero no se considerará hasta la sección siguiente.
De lo expuesto hasta aquí se sigue por sí mismo que nada puede ser más absurdo que considerar el capital comercial, ya sea en la forma del capital de comercio de mercancías, ya en la del capital de comercio de dinero, como una clase particular del capital industrial, al modo en que, por ejemplo, la minería, la agricultura, la ganadería, la manufactura, la industria del transporte, etc., constituyen ramificaciones del capital industrial dadas por la división social del trabajo, y por tanto esferas particulares de inversión de este. Ya la simple observación de que todo capital industrial, mientras se encuentra en la fase de circulación de su proceso de reproducción, efectúa como capital mercantil y como capital dinerario exactamente las mismas funciones que aparecen como funciones exclusivas del capital comercial en sus dos formas, debería hacer imposible esta tosca concepción. En el capital de comercio de mercancías y en el capital de comercio de dinero, por el contrario, las diferencias entre el capital industrial como capital productivo y el mismo capital en la esfera de la circulación se autonomizan por el hecho de que las formas y funciones determinadas que el capital adopta aquí temporalmente aparecen como formas y funciones autónomas de una parte separada del capital, y quedan encerradas exclusivamente en ella. La forma transformada del capital industrial y las diferencias materiales entre capitales productivos invertidos en distintas ramas de producción, diferencias que nacen de la naturaleza de los distintos ramos de la industria, son cosas que distan entre sí como el cielo de la tierra.
Además de la brutalidad con que el economista considera en general las diferencias de forma, que de hecho solo le interesan por su lado material, en el caso del economista vulgar esta confusión tiene además otros dos fundamentos. Primero, su incapacidad para explicar la ganancia mercantil en su peculiaridad; segundo, su afán apologético de derivar las formas de capital mercantil y capital dinerario, y más adelante de capital de comercio de mercancías y capital de comercio de dinero, que nacen de la forma específica del modo de producción capitalista —el cual presupone ante todo como su base la circulación de mercancías, y por tanto la circulación del dinero—, como figuras que nacen necesariamente del proceso de producción en cuanto tal.
Si el capital de comercio de mercancías y el capital de comercio de dinero no se distinguen del cultivo de cereales de otro modo que como este se distingue de la ganadería y de la manufactura, está más claro que el sol que la producción y la producción capitalista son en general idénticas y que, en particular, también la distribución de los productos sociales entre los miembros de la sociedad, ya sea para el consumo productivo o para el individual, tiene que estar mediada eternamente por comerciantes y banqueros, igual que el disfrute de la carne por la ganadería y el de las prendas de vestir por su fabricación.17
Los grandes economistas como Smith, Ricardo, etc., como consideran la forma fundamental del capital, el capital como capital industrial, y el capital de circulación (capital dinerario y capital mercantil) de hecho solo en la medida en que es él mismo una fase en el proceso de reproducción de todo capital, se ven en apuros con el capital comercial como una especie propia. Las tesis sobre la formación del valor, la ganancia, etc., derivadas directamente de la consideración del capital industrial no se ajustan directamente al capital comercial. Por eso, de hecho, lo dejan por completo de lado y solo lo mencionan como una especie del capital industrial. Donde tratan de él en particular, como Ricardo a propósito del comercio exterior, procuran demostrar que no crea valor alguno (y por consiguiente tampoco plusvalía). Pero lo que vale para el comercio exterior vale para el interior.
Hasta ahora hemos considerado el capital comercial desde el punto de vista y dentro de los límites del modo de producción capitalista. Pero no solo el comercio, sino también el capital comercial es más antiguo que el modo de producción capitalista; es, de hecho, el modo de existencia libre del capital históricamente más antiguo.
Como ya se ha visto que el comercio de dinero y el capital adelantado en él no necesitan para su desarrollo nada más que la existencia del comercio al por mayor, y más precisamente del capital de comercio de mercancías, solo de este último tenemos que ocuparnos aquí.
Como el capital de comercio está encerrado en la esfera de la circulación y su función consiste exclusivamente en mediar el intercambio de mercancías, para su existencia —prescindiendo de formas no desarrolladas que nacen del trueque directo— no se necesitan otras condiciones que para la circulación simple de mercancías y de dinero. O, más bien, esta última es su condición de existencia. Cualquiera que sea el modo de producción sobre cuya base se hayan producido los productos que entran como mercancías en la circulación —ya sea sobre la base de la comunidad primitiva, de la producción esclavista, de la pequeña producción campesina y pequeñoburguesa o de la capitalista—, ello no cambia en nada su carácter de mercancías, y como mercancías tienen que pasar por el proceso de intercambio y por los cambios de forma que lo acompañan. Los extremos entre los que media el capital comercial le están dados, exactamente igual que están dados para el dinero y para el movimiento del dinero. Lo único necesario es que estos extremos existan como mercancías, tanto si la producción es producción de mercancías en todo su volumen como si solo se arroja al mercado el excedente de los productores que trabajan para su propio consumo sobre sus necesidades inmediatas, satisfechas con su producción. El capital comercial solo media el movimiento de estos extremos, de las mercancías, como supuestos que le están dados.
La medida en que la producción entra en el comercio, en que pasa por las manos de los comerciantes, depende del modo de producción y alcanza su máximo en el pleno desarrollo de la producción capitalista, donde el producto ya solo se produce como mercancía, no como medio de subsistencia directo. Por otra parte, sobre la base de cualquier modo de producción, el comercio fomenta la generación de un producto excedente destinado a entrar en el intercambio, para aumentar los disfrutes o los tesoros de los productores (por los que hay que entender aquí a los propietarios de los productos); da, pues, a la producción un carácter cada vez más orientado al valor de cambio.
La metamorfosis de las mercancías, su movimiento, consiste: 1. materialmente, en el intercambio de mercancías distintas entre sí; 2. formalmente, en la transformación de la mercancía en dinero, vender, y en la transformación del dinero en mercancía, comprar. Y en estas funciones, el intercambiar mercancías mediante la compra y la venta, se resuelve la función del capital comercial. Este solo media, pues, el intercambio de mercancías, que, sin embargo, no ha de entenderse de antemano como mero intercambio de mercancías entre los productores directos. En la relación de esclavitud, en la relación de servidumbre, en la relación de tributo (en la medida en que se trata de comunidades primitivas), es el esclavista, el señor feudal, el Estado que recibe el tributo, quien es propietario, y por tanto vendedor, del producto. El comerciante compra y vende para muchos. En sus manos se concentran compras y ventas, con lo que la compra y la venta dejan de estar ligadas a la necesidad inmediata del comprador (como comerciante).
Pero cualquiera que sea la organización social de las esferas de producción cuyo intercambio de mercancías media el comerciante, su patrimonio existe siempre como patrimonio dinerario, y su dinero funciona siempre como capital. Su forma es siempre D – M – D′; el dinero, la forma autónoma del valor de cambio, es el punto de partida, y el aumento del valor de cambio, el fin autónomo. El intercambio de mercancías mismo y las operaciones que lo median —separados de la producción y efectuados por quien no es productor—, como mero medio de aumentar no solo la riqueza, sino la riqueza en su forma social general, como valor de cambio. El motivo impulsor y el fin determinante es transformar D en D + ΔD; los actos D – M y M – D′, que median el acto D – D′, aparecen meramente como momentos de transición de esta transformación de D en D + ΔD. Este D – M – D′, como movimiento característico del capital comercial, lo distingue de M – D – M, el comercio de mercancías entre los propios productores, que tiene como fin último el intercambio de valores de uso.
Por eso, cuanto menos desarrollada está la producción, tanto más se concentrará el patrimonio dinerario en manos de los comerciantes o aparecerá como forma específica del patrimonio de los comerciantes.
Dentro del modo de producción capitalista —es decir, en cuanto el capital se ha apoderado de la producción misma y le ha dado una forma completamente cambiada y específica—, el capital comercial aparece solo como capital en una función particular. En todos los modos de producción anteriores, y tanto más cuanto más es la producción producción directa de los medios de subsistencia del productor, ser capital comercial aparece como la función por excelencia del capital.
No ofrece, pues, la menor dificultad comprender por qué el capital comercial aparece como forma histórica del capital mucho antes de que el capital se haya sometido la producción misma. Su existencia y su desarrollo hasta cierto nivel son ellos mismos supuesto histórico del desarrollo del modo de producción capitalista: 1. como condición previa de la concentración del patrimonio dinerario, y 2. porque el modo de producción capitalista presupone la producción para el comercio, la venta en grande y no al cliente individual, y por tanto también un comerciante que no compra para satisfacer su necesidad personal, sino que concentra en su acto de compra los actos de compra de muchos. Por otro lado, todo desarrollo del capital comercial tiende a dar a la producción un carácter cada vez más orientado al valor de cambio, a transformar cada vez más los productos en mercancías. Sin embargo, su desarrollo, tomado por sí solo, es insuficiente, como veremos todavía más abajo, para mediar y explicar el tránsito de un modo de producción a otro.
Dentro de la producción capitalista, el capital comercial pasa de su anterior existencia autónoma a ser un momento particular de la inversión de capital en general, y la nivelación de las ganancias reduce su tasa de ganancia a la media general. Ya solo funciona como agente del capital productivo. Las situaciones sociales particulares que se forman con el desarrollo del capital comercial ya no son aquí determinantes; al contrario, donde este predomina, dominan situaciones anticuadas. Esto vale incluso dentro de un mismo país, donde, por ejemplo, las ciudades puramente comerciales presentan analogías con situaciones pasadas completamente distintas de las que presentan las ciudades fabriles.18
El desarrollo autónomo y predominante del capital como capital comercial equivale a la no sumisión de la producción al capital, y por tanto al desarrollo del capital sobre la base de una forma social de la producción ajena a él e independiente de él. El desarrollo autónomo del capital comercial está, pues, en razón inversa del desarrollo económico general de la sociedad.
El patrimonio autónomo de los comerciantes, como forma dominante del capital, es la autonomización del proceso de circulación frente a sus extremos, y estos extremos son los propios productores que intercambian. Estos extremos siguen siendo autónomos frente al proceso de circulación, y este proceso frente a ellos. El producto se convierte aquí en mercancía por el comercio. Es el comercio el que desarrolla aquí la configuración de los productos como mercancías; no es la mercancía producida la que con su movimiento forma el comercio. El capital como capital aparece, pues, aquí primero en el proceso de circulación. En el proceso de circulación se desarrolla el dinero hasta convertirse en capital. En la circulación se desarrolla el producto primero como valor de cambio, como mercancía y dinero. El capital puede formarse en el proceso de circulación, y tiene que formarse en él, antes de aprender a dominar sus extremos, las distintas esferas de producción entre las que media la circulación. La circulación de dinero y de mercancías puede mediar esferas de producción de las organizaciones más diversas, que por su estructura interna están todavía orientadas principalmente a la producción del valor de uso. Esta autonomización del proceso de circulación, en la que las esferas de producción quedan ligadas entre sí por un tercero, expresa dos cosas. Por un lado, que la circulación todavía no se ha apoderado de la producción, sino que se relaciona con ella como con un supuesto dado. Por otro lado, que el proceso de producción todavía no ha absorbido en sí la circulación como mero momento. En la producción capitalista, en cambio, se dan ambas cosas. El proceso de producción descansa por completo en la circulación, y la circulación es un mero momento, una fase de tránsito de la producción, la mera realización del producto producido como mercancía y la reposición de sus elementos de producción, producidos como mercancías. La forma del capital que procede directamente de la circulación —el capital comercial— aparece aquí ya solo como una de las formas del capital en su movimiento de reproducción.
La ley de que el desarrollo autónomo del capital comercial está en razón inversa del grado de desarrollo de la producción capitalista se manifiesta sobre todo en la historia del comercio de intermediación (carrying trade), como entre los venecianos, los genoveses, los holandeses, etc., donde, por tanto, la ganancia principal no se obtiene exportando los productos del propio país, sino mediando el intercambio de los productos de comunidades comercialmente y en otros aspectos económicamente no desarrolladas, y explotando a ambos países productores.19 Aquí el capital comercial es puro, separado de los extremos, de las esferas de producción entre las que media. Esta es una de las fuentes principales de su formación. Pero este monopolio del comercio de intermediación decae, y con él este comercio mismo, en la misma proporción en que avanza el desarrollo económico de los pueblos a los que explotaba por ambos lados y cuyo subdesarrollo era la base de su existencia. En el comercio de intermediación esto aparece no solo como decadencia de un ramo particular del comercio, sino también como decadencia de la preponderancia de los pueblos puramente comerciales y de su riqueza comercial en general, que descansaba sobre la base de este comercio de intermediación. No es esta más que una forma particular en que se expresa la subordinación del capital comercial al industrial con el avance del desarrollo de la producción capitalista. Por lo demás, del modo en que el capital comercial administra allí donde domina directamente la producción ofrecen un ejemplo contundente no solo la economía colonial en general (el llamado sistema colonial), sino muy especialmente la economía de la antigua Compañía Holandesa de las Indias Orientales.
Como el movimiento del capital comercial es D – M – D′, la ganancia del comerciante se obtiene, en primer lugar, mediante actos que solo tienen lugar dentro del proceso de circulación, es decir, se obtiene en los dos actos de la compra y la venta; y, en segundo lugar, se realiza en el último acto, la venta. Es, pues, ganancia de enajenación, profit upon alienation. Prima facie, la ganancia comercial pura e independiente parece imposible mientras los productos se vendan a sus valores. Comprar barato para vender caro es la ley del comercio. No, pues, el intercambio de equivalentes. El concepto de valor está incluido en ello en la medida en que las distintas mercancías son todas valor, y por tanto dinero; por su cualidad, expresiones homogéneas del trabajo social. Pero no son magnitudes de valor iguales. La proporción cuantitativa en que se intercambian los productos es al principio completamente fortuita. Adoptan la forma de mercancía en la medida en que son, en general, cosas intercambiables, es decir, expresiones de un mismo tercero. El intercambio continuado y la reproducción más regular para el intercambio suprimen cada vez más esta fortuidad. Pero al principio no para los productores y los consumidores, sino para el mediador entre ambos, el comerciante, que compara los precios en dinero y se embolsa la diferencia. Con su propio movimiento pone la equivalencia.
El capital comercial es al principio mero movimiento mediador entre extremos que no domina y supuestos que no crea.
Así como de la mera forma de la circulación de mercancías, M – D – M, el dinero surge no solo como medida de los valores y medio de circulación, sino como forma absoluta de la mercancía, y por tanto de la riqueza, como tesoro, y su permanecer en sí y su crecer como dinero se convierten en un fin en sí mismo, así de la mera forma de circulación del capital comercial, D – M – D′, surge el dinero, el tesoro, como algo que se conserva y se multiplica mediante la mera enajenación.
Los pueblos comerciantes de la Antigüedad existían como los dioses de Epicuro en los intermundios del mundo, o más bien como los judíos en los poros de la sociedad polaca.20 El comercio de las primeras ciudades y pueblos comerciantes autónomos y desarrollados en gran escala descansaba, como puro comercio de intermediación, en la barbarie de los pueblos productores entre los que hacían de mediadores.
En los estadios previos de la sociedad capitalista, el comercio domina la industria; en la sociedad moderna, a la inversa. El comercio reobrará naturalmente, en mayor o menor medida, sobre las comunidades entre las que se practica; someterá cada vez más la producción al valor de cambio, al hacer que los disfrutes y la subsistencia dependan más de la venta que del uso inmediato del producto. Con ello disuelve las viejas relaciones. Aumenta la circulación del dinero. Ya no se apodera solo del excedente de la producción, sino que va corroyendo poco a poco esta misma y hace depender de sí ramos enteros de la producción. Sin embargo, este efecto disolvente depende mucho de la naturaleza de la comunidad productora.
Mientras el capital comercial media el intercambio de productos de comunidades no desarrolladas, la ganancia comercial no solo aparece como engaño y estafa, sino que nace en gran parte de ellos. Aparte de que explota la diferencia entre los precios de producción de distintos países (y en este sentido actúa en favor de la nivelación y fijación de los valores de las mercancías), aquellos modos de producción traen consigo que el capital comercial se apropie una parte preponderante del plusproducto: en parte como intermediario entre comunidades cuya producción está todavía orientada esencialmente al valor de uso y para cuya organización económica la venta de la parte del producto que entra en general en la circulación, y por tanto, en general, la venta de los productos a su valor, es de importancia secundaria; en parte porque en aquellos modos de producción anteriores los principales poseedores del plusproducto con quienes trata el comerciante —el esclavista, el señor feudal de la tierra, el Estado (por ejemplo, el déspota oriental)— representan la riqueza que disfruta, a la que el comerciante tiende trampas, como ya olfateó acertadamente A. Smith, en el pasaje citado, para la época feudal. El capital comercial en dominio preponderante representa, pues, en todas partes un sistema de saqueo,21 así como también su desarrollo en los pueblos comerciantes de la Antigüedad y de los tiempos modernos está directamente ligado al saqueo violento, la piratería, el robo de esclavos, el sojuzgamiento en las colonias; así en Cartago, en Roma, más tarde entre los venecianos, los portugueses, los holandeses, etc.
El desarrollo del comercio y del capital comercial desarrolla en todas partes la orientación de la producción hacia el valor de cambio, amplía su volumen, la diversifica y la cosmopolitiza, desarrolla el dinero hasta convertirlo en dinero mundial. Por eso el comercio actúa en todas partes de manera más o menos disolvente sobre las organizaciones de la producción que encuentra, que en todas sus distintas formas están orientadas principalmente al valor de uso. Pero hasta qué punto provoca la disolución del viejo modo de producción depende en primer lugar de la solidez y de la articulación interna de este. Y en qué desemboca este proceso de disolución, es decir, qué nuevo modo de producción ocupa el lugar del viejo, no depende del comercio, sino del carácter del propio modo de producción viejo. En el mundo antiguo, el efecto del comercio y el desarrollo del capital comercial desembocan siempre en la economía esclavista; según el punto de partida, también solo en la transformación de un sistema esclavista patriarcal, orientado a la producción de medios de subsistencia directos, en uno orientado a la producción de plusvalía. En el mundo moderno, en cambio, desemboca en el modo de producción capitalista. De aquí se sigue que estos resultados mismos estaban condicionados por circunstancias completamente distintas del desarrollo del capital comercial.
Está en la naturaleza de la cosa que, en cuanto la industria urbana como tal se separa de la agrícola, sus productos sean de antemano mercancías y su venta necesite, por tanto, de la mediación del comercio. El apoyo del comercio en el desarrollo urbano y, por otro lado, el condicionamiento de este por el comercio se entienden, en este sentido, por sí mismos.
Sin embargo, depende aquí por completo de otras circunstancias hasta qué punto va de la mano con ello el desarrollo industrial. La antigua Roma desarrolla ya en la época republicana tardía el capital comercial más de lo que había existido nunca antes en el mundo antiguo, sin progreso alguno del desarrollo artesanal, mientras que en Corinto y en otras ciudades griegas de Europa y de Asia Menor un artesanado muy desarrollado acompaña el desarrollo del comercio. Por otro lado, en directa oposición al desarrollo urbano y a sus condiciones, el espíritu comercial y el desarrollo del capital comercial son a menudo propios precisamente de pueblos no sedentarios, nómadas.
No cabe ninguna duda —y precisamente este hecho ha engendrado concepciones totalmente falsas— de que en los siglos XVI y XVII las grandes revoluciones que se produjeron en el comercio con los descubrimientos geográficos y que acrecentaron rápidamente el desarrollo del capital comercial constituyen un momento principal en el impulso del tránsito del modo de producción feudal al capitalista. La súbita expansión del mercado mundial, la multiplicación de las mercancías en circulación, la rivalidad entre las naciones europeas por apoderarse de los productos asiáticos y de los tesoros americanos, el sistema colonial, contribuyeron esencialmente a romper las barreras feudales de la producción. Sin embargo, el modo de producción moderno, en su primer período, el período manufacturero, solo se desarrolló allí donde se habían engendrado sus condiciones dentro de la Edad Media. Compárese, por ejemplo, Holanda con Portugal.22 Y si en el siglo XVI, y en parte todavía en el XVII, la súbita expansión del comercio y la creación de un nuevo mercado mundial ejercieron una influencia preponderante sobre la ruina del viejo modo de producción y el auge del capitalista, esto ocurrió, a la inversa, sobre la base del modo de producción capitalista ya creado. El mercado mundial constituye él mismo la base de este modo de producción. Por otro lado, la necesidad, inmanente a él, de producir en una escala cada vez mayor empuja a la expansión constante del mercado mundial, de modo que aquí no es el comercio el que revoluciona la industria, sino la industria la que revoluciona constantemente el comercio. También la supremacía comercial está ahora ligada al mayor o menor predominio de las condiciones de la gran industria. Compárese, por ejemplo, Inglaterra con Holanda. La historia de la ruina de Holanda como nación comercial dominante es la historia de la subordinación del capital comercial al capital industrial. Los obstáculos que la solidez y la articulación internas de los modos de producción nacionales precapitalistas oponen al efecto disolvente del comercio se muestran de manera contundente en el trato de los ingleses con la India y China. La amplia base del modo de producción la forma aquí la unidad de la pequeña agricultura y la industria doméstica, a lo que en la India se añade además la forma de las comunidades aldeanas basadas en la propiedad común del suelo, que, por lo demás, también en China fue la forma originaria. En la India, los ingleses emplearon a la vez su poder político y económico directo, como dominadores y perceptores de la renta de la tierra, para hacer saltar estas pequeñas comunidades económicas.23 En la medida en que su comercio actúa aquí de manera revolucionaria sobre el modo de producción, es solo en la medida en que, por el bajo precio de sus mercancías, aniquilan la hilandería y la tejeduría, que forman una parte integrante inmemorial de esta unidad de la producción industrial-agrícola, y desgarran así las comunidades. Incluso aquí, esta obra de disolución solo les sale bien muy paulatinamente. Menos aún en China, donde no viene en su ayuda el poder político directo. La gran economía y el ahorro de tiempo que nacen de la unión directa de la agricultura y la manufactura oponen aquí la más tenaz resistencia a los productos de la gran industria, en cuyo precio entran los faux frais24 del proceso de circulación que los acribilla por todas partes. Al contrario que el comercio inglés, el ruso deja en cambio intacta la base económica de la producción asiática.25
El tránsito desde el modo de producción feudal se efectúa de dos maneras. El productor se convierte en comerciante y capitalista, por oposición a la economía natural agrícola y al artesanado, sujeto a los gremios, de la industria urbana medieval. Este es el camino realmente revolucionario. O bien el comerciante se apodera directamente de la producción. Por mucho que este último camino actúe históricamente como tránsito —como, por ejemplo, el clothier26 inglés del siglo XVII, que somete a su control a los tejedores, aunque estos son independientes, les vende su lana y les compra su paño—, por sí mismo no llega a revolucionar el viejo modo de producción, que más bien conserva y mantiene como su supuesto. Así, por ejemplo, todavía hasta mediados de este siglo, en gran parte, el fabricante de la industria sedera francesa y de la industria inglesa de géneros de punto y de encajes era fabricante solo de nombre, y en realidad un mero comerciante, que deja que los tejedores sigan trabajando a su viejo modo disperso y solo ejerce el dominio del comerciante, para quien de hecho trabajan.27 Esta manera estorba en todas partes al verdadero modo de producción capitalista y perece con el desarrollo de este. Sin revolucionar el modo de producción, solo empeora la situación de los productores directos, los transforma en meros asalariados y proletarios en condiciones peores que las de los directamente subsumidos en el capital, y se apropia su plustrabajo sobre la base del viejo modo de producción. Algo modificada, la misma relación existe en una parte de la fabricación londinense de muebles, que se lleva a cabo de manera artesanal. Se practica sobre todo en los Tower Hamlets28 en muy amplia escala. Toda la producción está dividida en muchísimos ramos de negocio independientes entre sí. Un negocio hace solo sillas, otro solo mesas, un tercero solo armarios, etc. Pero estos negocios mismos se llevan de manera más o menos artesanal, por un pequeño maestro con unos pocos oficiales. Con todo, la producción es demasiado masiva para trabajar directamente para particulares. Sus compradores son los propietarios de almacenes de muebles. El sábado, el maestro acude a ellos y vende su producto, regateándose el precio exactamente igual que en la casa de empeños se regatea el adelanto sobre tal o cual pieza. Estos maestros necesitan la venta semanal, aunque solo sea para poder volver a comprar materia prima y pagar salarios para la semana siguiente. En estas circunstancias, no son propiamente más que intermediarios entre el comerciante y sus propios obreros. El comerciante es el verdadero capitalista, que se mete en el bolsillo la mayor parte de la plusvalía.29 De manera parecida ocurre en el tránsito a la manufactura desde los ramos que antes se practicaban de forma artesanal o como ramos accesorios de la industria rural. Según el desarrollo técnico que tenga esta pequeña explotación por cuenta propia —allí donde ella misma emplea ya máquinas que admiten una explotación artesanal—, tiene lugar también el tránsito a la gran industria; la máquina se mueve con vapor en lugar de a mano; como ha ocurrido, por ejemplo, en los últimos tiempos en el negocio inglés de géneros de punto.
Tiene lugar, pues, un triple tránsito: primero, el comerciante se convierte directamente en industrial; este es el caso en los oficios fundados en el comercio, en particular en las industrias de lujo, que los comerciantes importan del extranjero junto con las materias primas y los obreros, como en el siglo quince en Italia desde Constantinopla. Segundo, el comerciante convierte a los pequeños maestros en sus intermediarios (middlemen), o compra también directamente al productor independiente; lo deja nominalmente independiente y deja inalterado su modo de producción. Tercero, el industrial se convierte en comerciante y produce directamente en grande para el comercio.
En la Edad Media, el comerciante no es más que el «Verleger»,30 como dice acertadamente Poppe, de las mercancías producidas ya por los agremiados, ya por los campesinos. El comerciante se convierte en industrial, o, más bien, hace trabajar para sí a la pequeña industria artesanal, en particular a la rural. Por otro lado, el productor se convierte en comerciante. En lugar de que, por ejemplo, el maestro tejedor de paño reciba su lana poco a poco, en pequeñas porciones, del comerciante y trabaje con sus oficiales para este, compra él mismo lana o hilo y vende su paño al comerciante. Los elementos de producción entran en el proceso de producción como mercancías compradas por él mismo. Y en lugar de producir para el comerciante individual o para clientes determinados, el tejedor de paño produce ahora para el mundo comercial. El productor es él mismo comerciante. El capital comercial ya solo efectúa el proceso de circulación. Originariamente, el comercio era supuesto de la transformación del artesanado gremial y rural-doméstico y de la agricultura feudal en explotaciones capitalistas. Desarrolla el producto hasta convertirlo en mercancía, en parte creándole un mercado, en parte aportando nuevos equivalentes en mercancías y suministrando a la producción nuevas materias primas y auxiliares, y abriendo con ello ramos de producción fundados de antemano en el comercio, tanto en la producción para el mercado y el mercado mundial como en condiciones de producción que proceden del mercado mundial. En cuanto la manufactura se fortalece en cierta medida, y más aún la gran industria, crea a su vez el mercado, lo conquista con sus mercancías. Ahora el comercio se convierte en servidor de la producción industrial, para la cual la ampliación constante del mercado es condición de vida. Una producción en masa cada vez más extensa inunda el mercado existente y trabaja, por tanto, constantemente en la expansión de este mercado, en la ruptura de sus barreras. Lo que limita esta producción en masa no es el comercio (en la medida en que este solo expresa la demanda existente), sino la magnitud del capital en funciones y la fuerza productiva desarrollada del trabajo. El capitalista industrial tiene constantemente ante sí el mercado mundial, compara, y tiene que comparar constantemente, sus propios precios de coste con los precios de mercado no solo de su país, sino del mundo entero. En el período anterior, esta comparación corresponde casi exclusivamente a los comerciantes y asegura así al capital comercial el dominio sobre el industrial.
El primer tratamiento teórico del modo de producción moderno —el sistema mercantil— partió necesariamente de los fenómenos superficiales del proceso de circulación, tal como están autonomizados en el movimiento del capital comercial, y por eso solo captó la apariencia. En parte, porque el capital comercial es el primer modo de existencia libre del capital en general. En parte, por la influencia preponderante que ejerce en el primer período de trastocamiento de la producción feudal, el período de nacimiento de la producción moderna. La verdadera ciencia de la economía moderna solo comienza donde la consideración teórica pasa del proceso de circulación al proceso de producción. Ciertamente, el capital que devenga interés es también una forma antiquísima del capital. Pero por qué el mercantilismo no parte de él, sino que más bien adopta frente a él una actitud polémica, lo veremos más adelante.
(Nota de la traducción.) Marx emplea como sinónimos kaufmännisches, kommerzielles y merkantiles Kapital y Kaufmannskapital (de Kaufmann, comerciante), que traducimos «capital comercial»; Handelskapital y Handlungskapital, «capital de comercio». «Capital mercantil» queda reservado, como en el libro segundo, para Warenkapital, el capital en forma de mercancía. Warenhandlungskapital y Geldhandlungskapital son el capital de comercio de mercancías y el capital de comercio de dinero. ↩
(Nota de la traducción.) En nuestra edición del libro segundo, capítulo sexto, apartados II («Gastos de conservación») y III («Gastos de transporte»). ↩
(Nota de la traducción.) En las fórmulas de la traducción, D = dinero (Geld, G en el original) y M = mercancía (Ware, W): G – W – G′ se da como D – M – D′, W – G como M – D, ΔG como ΔD; p = plusvalía (Mehrwert, m en el original) y p′ = tasa de plusvalía (m′); g = ganancia (Profit, p en el original) y g′ = tasa de ganancia (p′). Se conservan como en el original k (precio de coste), h (ganancia comercial), C (capital adelantado), B (capital comercial), b (capital variable del comerciante), K (gastos de circulación, capital constante del comerciante) y ΔK (la ganancia sobre ellos). ↩
(Nota de la traducción.) Revenue: el ingreso periódico que se gasta en consumo; en este libro, «rédito»; en nuestra traducción del libro primero, «renta». ↩
Para poder clasificar el capital comercial como capital productivo, Ramsay lo confunde con la industria del transporte y llama al comercio «el transporte de las mercancías de un lugar a otro». (An Essay on the Distribution of Wealth, p. 19.) La misma confusión se encuentra ya en Verri (Meditazioni sull' Ec. Pol., § 4) y en Say (Traité d'Éc. Pol., I, pp. 14, 15). En sus Elements of pol. Ec. (Andover y Nueva York, 1835), dice S. P. Newman: «En las disposiciones económicas existentes de la sociedad, el acto mismo que realiza el comerciante, de situarse entre el productor y el consumidor, adelantando capital al primero y recibiendo productos a cambio, y entregando estos productos al segundo y recibiendo a cambio de nuevo capital, es una transacción que facilita el proceso económico de la comunidad y a la vez añade valor a los productos respecto de los cuales se efectúa». (P. 174.) El productor y el consumidor ahorran así dinero y tiempo gracias a la intervención del comerciante. Este servicio requiere un adelanto de capital y de trabajo y tiene que ser remunerado, «ya que añade valor a los productos, pues los mismos productos valen más en manos de los consumidores que en manos de los productores». Y así, el comercio le parece, exactamente igual que al señor Say, «estrictamente un acto de producción» (p. 175). Esta opinión de Newman es completamente falsa. El valor de uso de una mercancía es mayor en manos del consumidor que en manos del productor porque solo aquí se realiza. Pues el valor de uso de una mercancía solo se realiza, solo entra en funciones, en cuanto la mercancía pasa a la esfera del consumo. En manos del productor solo existe en forma potencial. Pero no se paga dos veces una mercancía, primero su valor de cambio y luego, además, su valor de uso. Por pagar su valor de cambio me apropio de su valor de uso. Y el valor de cambio no recibe el menor incremento por el hecho de que la mercancía pase de manos del productor o del intermediario a las del consumidor. ↩
(Nota de la traducción.) Así en el original («gleich dem Überschuß des erstern über den letztern», también en la 1.ª edición de 1894): el sentido pide el excedente del precio de venta (el segundo) sobre el precio de compra (el primero). ↩
John Bellers. ↩
Cómo se ha cumplido desde entonces esta prognosis, escrita en 1865, del destino del proletariado comercial pueden contarlo los cientos de dependientes alemanes que, versados en todas las operaciones comerciales y en 3 o 4 idiomas, ofrecen en vano sus servicios en la City de Londres por 25 chelines a la semana, muy por debajo del salario de un mecánico ajustador hábil. — Un hueco de dos páginas en el manuscrito indica que este punto debía desarrollarse más. Por lo demás, hay que remitir al libro II, cap. VI («Los gastos de circulación»), pp. 105-113 [(Nota de la traducción.) Páginas de la edición alemana; en nuestra edición del libro segundo, capítulo sexto, apartado I, «Gastos puros de circulación».], donde ya se tocan diversas cosas que vienen al caso. — F. E. ↩
«La ganancia, por principio general, es siempre la misma, sea cual sea el precio; mantiene su lugar como un cuerpo que reposa sobre el comercio [(Nota de la traducción.) Así en la cita de Marx; Corbet escribe «tide», «la marea»] cuando este crece o mengua. Por eso, a medida que suben los precios, el comerciante sube los precios; a medida que bajan, el comerciante baja el precio.» (Corbet, An Inquiry into the Causes etc. of the Wealth of Individuals, Londres, 1841, p. 20.) — Aquí, como en el texto en general, solo se trata del comercio ordinario, no de la especulación, cuyo examen, como en general todo lo que se refiere a la división del capital comercial, queda fuera del círculo de nuestra consideración. «La ganancia del comercio es un valor añadido al capital que es independiente del precio; la segunda» (la de la especulación) «se funda en la variación del valor del capital o del precio mismo.» (L. c., p. 128.) ↩
(Nota de la traducción.) Wilhelm Roscher (1817-1894), economista alemán, fundador de la escuela histórica. ↩
Es una observación muy ingenua, pero a la vez muy acertada: «Seguramente, también el hecho de que una y la misma mercancía pueda obtenerse de distintos vendedores a precios esencialmente distintos tiene muy a menudo su fundamento en un cálculo incorrecto.» (Feller y Odermann, Das Ganze der kaufmännischen Arithmetik, 7.ª ed., 1859.) Esto muestra cómo la determinación de los precios se vuelve puramente teórica, es decir, abstracta. ↩
(Nota de la traducción.) En inglés en el original: «pequeñas ganancias y reflujos rápidos»; shopkeeper, «tendero». ↩
Contribución a la crítica de la economía política, p. 27. ↩
«Ya de la gran diversidad de las monedas, tanto en cuanto a talla y ley como en cuanto al cuño de los muchos príncipes y ciudades con derecho de acuñación, nació la necesidad, en los negocios comerciales en que era precisa una liquidación mediante moneda, de servirse en todas partes de la moneda local. Para hacer pagos al contado, los comerciantes, cuando viajaban a un mercado extranjero, se proveían de plata pura sin acuñar, y también de oro. Del mismo modo, al emprender el viaje de vuelta, cambiaban la moneda local recibida por plata u oro sin acuñar. Los negocios de cambio, el trueque de metales preciosos sin acuñar por moneda local y viceversa, se convirtieron por ello en un negocio muy extendido y lucrativo.» (Hüllmann, Städtewesen des Mittelalters, Bonn, 1826-1829, I, pp. 437, 438.) — «El banco de cambio no debe su nombre ... a la letra de cambio, a la cambial, sino al cambio de especies monetarias. Mucho antes de la fundación del Banco de Cambio de Ámsterdam, en 1609, había ya en las ciudades comerciales neerlandesas cambistas y casas de cambio, e incluso bancos de cambio ... El negocio de estos cambistas consistía en cambiar las numerosas y variadas especies monetarias que los comerciantes extranjeros traían al país por moneda de curso legal. Poco a poco se fue ampliando su campo de actividad ... se convirtieron en los cajeros y banqueros de su tiempo. Pero en esta unión de la caja con el oficio de cambista vio el gobierno de Ámsterdam un peligro, y para conjurarlo se resolvió fundar una gran institución que llevara a cabo, con autoridad pública, tanto el cambio como la caja. Esa institución fue el famoso Banco de Cambio de Ámsterdam de 1609. Asimismo, los bancos de cambio de Venecia, Génova, Estocolmo y Hamburgo debieron su nacimiento a la continua necesidad de cambiar especies monetarias. De todos ellos, el de Hamburgo es el único que todavía existe, porque la necesidad de una institución semejante se sigue haciendo sentir en esta ciudad comercial, que no tiene sistema monetario propio, etc.» (S. Vissering, Handboek van Praktische Staathuishoudkunde, Ámsterdam, 1860, I, pp. 247, 248.) ↩
«La institución de los cajeros quizá en ninguna parte haya conservado tan pura su carácter originario y autónomo como en las ciudades comerciales neerlandesas (sobre el origen de la cajería en Ámsterdam, véase E. Luzac, Hollands Rijkdom, deel III). Sus funciones coinciden en parte con las del antiguo Banco de Cambio de Ámsterdam. El cajero recibe de los comerciantes que emplean sus servicios cierta cantidad de dinero, por la que les abre un "credit" en sus libros; además, ellos le envían sus créditos, que él cobra por ellos y que les abona en cuenta; en cambio, efectúa pagos contra sus órdenes (kassiers briefjes) y carga sus importes en la cuenta corriente de ellos. Por estos ingresos y pagos carga luego una pequeña comisión, que solo por la importancia de las transacciones que lleva a efecto entre ambas partes rinde una retribución adecuada a su trabajo. Cuando hay que compensar pagos entre dos comerciantes que trabajan ambos con el mismo cajero, tales pagos se liquidan muy sencillamente mediante asientos recíprocos, mientras los cajeros les compensan día a día sus créditos recíprocos. En esta mediación de pagos consiste, pues, el negocio propiamente dicho del cajero; excluye, por tanto, las empresas industriales, las especulaciones y la apertura de créditos en descubierto; pues la regla aquí ha de ser que el cajero no efectúe a aquel a quien ha abierto una cuenta en sus libros ningún pago que exceda de su haber.» (Vissering, l. c., pp. 243, 244.) — Sobre las asociaciones de caja de Venecia: «Por la necesidad y por la situación local de Venecia, donde el acarreo de dinero en efectivo era más engorroso que en otros lugares, los mayoristas de esta ciudad introdujeron asociaciones de caja, con la debida seguridad, vigilancia y administración; los miembros de una de estas asociaciones depositaban ciertas sumas, contra las que extendían órdenes de pago a sus acreedores, tras lo cual la suma pagada se cargaba en la hoja del deudor en el libro llevado al efecto y se añadía a la suma que el acreedor tenía en él a su favor. Son los primeros comienzos de los llamados bancos de giro. Estas asociaciones son antiguas. Pero quien las sitúa en el siglo XII las confunde con la institución de empréstitos del Estado creada en 1171.» (Hüllmann, l. c., pp. 453, 454.) ↩
(Nota de la traducción.) El original dice «nicht nur» («no solo»), también en la 1.ª ed. (1894); traducimos según el sentido que pide el contexto: el comercio de dinero no media la circulación de mercancías, sino solo su resultado, la circulación del dinero, y aun de esta solo las operaciones técnicas. ↩
El sabio Roscher ha cavilado que, si algunos caracterizan el comercio como «mediación» entre productores y consumidores, «se» podría caracterizar igualmente la producción misma como «mediación» del consumo (¿entre quiénes?), de lo que se sigue naturalmente que el capital comercial es una parte del capital productivo, como el capital agrícola y el industrial. Así, como se puede decir que el hombre solo puede mediar su consumo mediante la producción (esto tiene que hacerlo incluso sin cultura de Leipzig), o que el trabajo es necesario para la apropiación de la naturaleza (lo que se puede llamar «mediación»), se sigue de ello naturalmente que una «mediación» social nacida de una forma social específica de la producción tiene —porque es mediación— el mismo carácter absoluto de necesidad, el mismo rango. La palabra mediación lo decide todo. Por lo demás, los comerciantes no son mediadores entre productores y consumidores (dejando por de pronto de lado a estos últimos en su separación de los primeros, a los consumidores que no producen), sino del intercambio de los productos de estos productores entre sí; no son más que las personas interpuestas de un intercambio que en mil casos se efectúa siempre sin ellas. ↩
El señor W. Kiesselbach (Der Gang des Welthandels im Mittelalter, 1860) sigue viviendo de hecho en las ideas de un mundo en el que el capital comercial es la forma del capital en general. Del sentido moderno del capital no tiene ni la menor idea, como tampoco el señor Mommsen cuando, en su Historia de Roma, habla de «capital» y de dominio del capital. En la historia inglesa moderna, el estamento comercial propiamente dicho y las ciudades comerciales aparecen también políticamente como reaccionarios y aliados con la aristocracia terrateniente y la aristocracia financiera contra el capital industrial. Compárese, por ejemplo, el papel político de Liverpool frente a Manchester y Birmingham. El dominio completo del capital industrial solo lo han reconocido el capital comercial inglés y la aristocracia financiera (moneyed interest) desde la abolición de los aranceles sobre el grano, etc. ↩
«Los habitantes de las ciudades comerciales importaban de países más ricos manufacturas refinadas y costosos artículos de lujo, y daban así alimento a la vanidad de los grandes propietarios de la tierra, que compraban ávidamente estas mercancías y pagaban por ellas grandes cantidades del producto bruto de sus tierras. Así, el comercio de una gran parte de Europa consistía en esta época en el intercambio del producto bruto de un país por los productos manufacturados de un país más avanzado en la industria ... En cuanto este gusto se generalizó y dio lugar a una demanda considerable, los comerciantes empezaron, para ahorrarse los fletes, a establecer manufacturas semejantes en su propio país.» (A. Smith, libro III, cap. III.) ↩
(Nota de la traducción.) Según Epicuro, los dioses habitan en los intermundios, los espacios vacíos entre los mundos, sin intervenir en ellos. ↩
«Ahora bien, hay entre los comerciantes una gran queja contra los nobles o salteadores, de cómo tienen que comerciar con gran peligro y son por ello apresados, golpeados, puestos a rescate y robados. Si lo padecieran por causa de la justicia, los comerciantes serían sin duda gente santa ... Pero como por obra de los comerciantes, y aun entre ellos mismos, se comete tan gran injusticia y tan anticristiano latrocinio y robo por todo el mundo, ¿qué tiene de extraño que Dios haga que tan gran riqueza, ganada con injusticia, vuelva a perderse o sea robada, y que ellos mismos encima sean golpeados en la cabeza o apresados? ... Y a los príncipes les corresponde castigar e impedir con la debida autoridad tales tratos comerciales injustos, para que sus súbditos no sean tan vergonzosamente desollados por los comerciantes. Como no lo hacen, Dios se sirve de los caballeros y salteadores y castiga por medio de ellos la injusticia de los comerciantes, y ellos tienen que ser sus diablos: igual que atormenta a Egipto y a todo el mundo con diablos o lo arruina con enemigos. Así sacude a un bribón con otro, sin dar a entender con ello que los caballeros sean menores salteadores que los comerciantes: pues los comerciantes roban a diario a todo el mundo, mientras que un caballero roba una o dos veces al año a uno o a dos.» «Va según la sentencia de Isaías: tus príncipes se han hecho compañeros de los ladrones. Entretanto ahorcan a los ladrones que han robado un florín o medio, y tratan con aquellos que roban a todo el mundo y roban con más seguridad que todos los demás, para que siga siendo verdad el refrán: los grandes ladrones ahorcan a los pequeños; y como dijo el senador romano Catón: los ladrones ruines yacen en torres y cepos, pero los ladrones públicos andan entre oro y sedas. Pero ¿qué dirá al fin Dios a esto? Hará como dice por boca de Ezequiel: fundirá a príncipes y comerciantes, a un ladrón con otro, uno en otro, como plomo y bronce, como cuando arde una ciudad, de modo que no queden ni príncipes ni comerciantes.» (Martín Lutero, Libros sobre el comercio y la usura. Del año 1527.) ↩
Hasta qué punto era preponderante en el desarrollo holandés, aparte de otras circunstancias, la base asentada en la pesca, la manufactura y la agricultura, lo expusieron ya escritores del siglo XVIII. Véase, por ejemplo, Massie. — Por oposición a la concepción anterior, que infravaloraba el volumen y la importancia del comercio asiático, antiguo y medieval, se ha puesto de moda sobrevalorarlo extraordinariamente. La mejor manera de curarse de esta idea es considerar la exportación y la importación inglesas de comienzos del siglo XVIII y compararlas con las de hoy. Y, sin embargo, eran incomparablemente mayores que las de cualquier pueblo comerciante anterior. (Véase Anderson, History of Commerce.) ↩
Si la historia de algún pueblo lo ofrece, la economía de los ingleses en la India ofrece la historia de experimentos económicos fallidos y verdaderamente necios (en la práctica, infames). En Bengala crearon una caricatura de la gran propiedad inglesa de la tierra; en la India del sudeste, una caricatura de la propiedad parcelaria; en el noroeste transformaron, en lo que de ellos dependía, la comunidad económica india con propiedad común del suelo en una caricatura de sí misma. ↩
(Nota de la traducción.) En francés en el original: «gastos falsos», gastos improductivos. ↩
Desde que Rusia hace los esfuerzos más convulsos por desarrollar una producción capitalista propia, que depende exclusivamente del mercado interior y del mercado asiático limítrofe, esto empieza también a cambiar. — F. E. ↩
(Nota de la traducción.) En inglés en el original: pañero, fabricante-comerciante de paños que daba trabajo a tejedores a domicilio. ↩
Lo mismo valía para la fabricación renana de cintas y galones y para la tejeduría de seda. Cerca de Krefeld se llegó a construir incluso un ferrocarril propio para el tráfico de estos tejedores manuales rurales con los «fabricantes» urbanos, pero desde entonces ha quedado paralizado, junto con los tejedores manuales, por la tejeduría mecánica. — F. E. ↩
(Nota de la traducción.) Barrios del este de Londres. ↩
Este sistema se ha desarrollado desde 1865 en una escala mucho mayor todavía. Pormenores al respecto en el First Report of the Select Committee of the House of Lords on the Sweating System, Londres, 1888. — F. E. ↩
(Nota de la traducción.) Verleger: el comerciante que adelanta la materia prima a artesanos o campesinos que trabajan a domicilio y vende sus productos (de ahí Verlagssystem, sistema de trabajo a domicilio); la palabra significa también «editor». ↩