Escrito por Friedrich Engels entre mediados de febrero y principios de marzo de 1884 y publicado en Der Sozialdemokrat (Zúrich), n.º 11, 13 de marzo de 1884. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 21 (Berlín, 1962, pp. 16-24), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Al estallar la revolución de febrero, el «Partido Comunista» alemán, como lo llamábamos, consistía solo en un pequeño núcleo: la Liga de los Comunistas, organizada como sociedad secreta de propaganda. La Liga era secreta únicamente porque en Alemania no existía entonces el derecho de asociación ni de reunión. Además de las asociaciones obreras del extranjero, donde reclutaba a sus miembros, tenía unas treinta comunas o secciones en el propio país y, aparte, miembros sueltos en muchos lugares. Pero esta fuerza de combate insignificante tenía un jefe al que todos se subordinaban de buen grado, un jefe de primer orden, Marx, y gracias a él un programa de principios y un programa táctico que todavía hoy conservan plena validez: el Manifiesto Comunista.1

Aquí nos interesa en primer lugar la parte táctica del programa. Decía, en términos generales:

«Los comunistas no forman un partido aparte frente a los demás partidos obreros. No tienen intereses separados de los intereses del conjunto del proletariado. No proclaman principios especiales con los que quieran moldear el movimiento proletario. Los comunistas solo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios destacan y hacen valer los intereses comunes del conjunto del proletariado, independientes de la nacionalidad, y, por otra parte, en que, en las diferentes fases de desarrollo por las que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre el interés del movimiento en su conjunto. Los comunistas son, pues, en la práctica, el sector más resuelto de los partidos obreros de todos los países, el que siempre impulsa adelante; en la teoría, tienen sobre el resto de la masa del proletariado la ventaja de comprender las condiciones, la marcha y los resultados generales del movimiento proletario».

Y para el partido alemán en particular:

«En Alemania, el Partido Comunista lucha junto con la burguesía, en cuanto esta actúa de modo revolucionario, contra la monarquía absoluta, la propiedad feudal de la tierra y la pequeña burguesía.2 Pero no deja ni un instante de inculcar a los obreros la consciencia más clara posible del antagonismo hostil entre burguesía y proletariado, para que los obreros alemanes puedan volver enseguida, como otras tantas armas contra la burguesía, las condiciones sociales y políticas que la burguesía tiene que traer consigo con su dominación, y para que, tras la caída de las clases reaccionarias en Alemania, comience inmediatamente la lucha contra la propia burguesía. Los comunistas dirigen su atención principal hacia Alemania porque Alemania está en vísperas de una revolución burguesa», etc. (Manifiesto, IV).

Nunca un programa táctico ha dado tan buen resultado como este. Formulado en vísperas de una revolución, superó la prueba de esa revolución; desde entonces, cada vez que un partido obrero se ha apartado de él, la desviación se ha pagado; y hoy, al cabo de casi cuarenta años, es la norma de conducta de todos los partidos obreros resueltos y conscientes de Europa, de Madrid a San Petersburgo.

Los sucesos de febrero en París precipitaron la inminente revolución alemana y con ello modificaron su carácter. La burguesía alemana, en lugar de vencer por sus propias fuerzas, venció a remolque de una revolución obrera francesa. Antes incluso de haber derribado definitivamente a sus viejos adversarios —la monarquía absoluta, la gran propiedad feudal de la tierra, la burocracia, la cobarde pequeña burguesía—, tuvo que hacer frente ya a un nuevo enemigo, el proletariado. Pero aquí se mostraron enseguida los efectos de las condiciones económicas de Alemania, que iban muy por detrás de las de Francia e Inglaterra, y de la situación de clases, igual de atrasada por eso mismo.

La burguesía alemana, que apenas empezaba a fundar su gran industria, no tenía ni la fuerza ni el valor ni la necesidad apremiante de conquistar el dominio incondicional en el Estado; el proletariado, igual de poco desarrollado, crecido en una completa servidumbre intelectual, sin organizar y todavía ni siquiera capaz de organizarse por sí mismo, solo tenía el oscuro sentimiento del profundo antagonismo entre sus intereses y los de la burguesía. Así, aunque en el fondo era su adversario amenazante, por otra parte seguía siendo su apéndice político. Asustada no por lo que el proletariado alemán era, sino por lo que amenazaba con llegar a ser y por lo que el francés ya era, la burguesía no veía su salvación más que en cualquier compromiso, aun el más cobarde, con la monarquía y la nobleza; desconocedor todavía de su propio papel histórico, el proletariado, en su gran masa, tuvo que asumir de momento el papel de ala izquierda extrema de la burguesía, la que la empujaba hacia delante. Los obreros alemanes tenían que conquistar ante todo los derechos que les eran indispensables para organizarse por sí mismos como partido de clase: libertad de prensa, de asociación y de reunión, derechos que la burguesía habría tenido que conquistar en interés de su propia dominación, pero que ahora, por miedo, ella misma les disputaba a los obreros. Los pocos cientos de miembros dispersos de la Liga desaparecieron en la masa inmensa lanzada de repente al movimiento. Así, el proletariado alemán apareció al principio en la escena política como el partido democrático extremo.

Con ello, cuando fundamos en Alemania un gran periódico, la bandera nos venía dada. Solo podía ser la de la democracia, pero la de una democracia que en todas partes, en cada caso concreto, hacía resaltar el carácter específicamente proletario que todavía no podía inscribir de una vez para siempre en su estandarte. Si no queríamos eso, si no queríamos tomar el movimiento por el extremo más avanzado que encontrábamos, el extremo efectivamente proletario, y empujarlo más adelante, no nos quedaba más que predicar el comunismo en una hojita de rincón y fundar una pequeña secta en lugar de un gran partido de acción. Pero no servíamos para predicadores en el desierto; habíamos estudiado demasiado bien a los utopistas. No era para eso para lo que habíamos redactado nuestro programa.

Cuando llegamos a Colonia, allí se estaban haciendo, desde el lado demócrata y en parte comunista, los preparativos para un gran periódico. Se quería hacerlo genuinamente local, de Colonia, y desterrarnos a nosotros a Berlín. Pero en veinticuatro horas, sobre todo gracias a Marx, habíamos conquistado el terreno: el periódico fue nuestro, con la contrapartida de que aceptáramos a Heinrich Bürgers en la redacción. Este escribió un artículo (en el n.º 2) y nunca un segundo.

Teníamos que ir precisamente a Colonia y no a Berlín. En primer lugar, Colonia era el centro de la provincia del Rin, que había pasado por la Revolución francesa, había conservado con el Código de Napoleón concepciones jurídicas modernas, había desarrollado, con gran diferencia, la gran industria más importante y era entonces, en todos los aspectos, la parte más avanzada de Alemania. El Berlín de entonces lo conocíamos demasiado bien por experiencia propia, con su burguesía apenas naciente, su pequeña burguesía deslenguada pero cobarde para actuar y rastrera, sus obreros todavía completamente sin desarrollar, su masa de burócratas y de chusma noble y cortesana, todo su carácter de mera «residencia». Pero lo decisivo era esto: en Berlín regía el miserable Código territorial prusiano,3 y los procesos políticos iban a parar a jueces profesionales; en el Rin regía el Código de Napoleón, que no conoce procesos de prensa porque presupone la censura, y si no se cometían delitos políticos sino solo crímenes, se iba a parar ante los jurados; en Berlín, después de la revolución, el joven Schlöffel4 fue condenado a un año por una nimiedad; en el Rin teníamos una libertad de prensa absoluta, y la aprovechamos hasta la última gota.

Así empezamos el 1 de junio de 1848, con un capital por acciones muy limitado, del que solo se había desembolsado una pequeña parte, y con unos accionistas más que inseguros. Justo después del primer número nos abandonó la mitad, y a final de mes ya no nos quedaba ninguno.

La constitución de la redacción era sencillamente la dictadura de Marx. Un gran diario que tiene que estar listo a una hora fija no puede mantener una línea coherente con ninguna otra constitución. Pero aquí, además, la dictadura de Marx era algo evidente, indiscutido, reconocido de buen grado por todos nosotros. Fueron ante todo su mirada clara y su firmeza las que hicieron del periódico el más célebre de los diarios alemanes de los años de la revolución.

El programa político de la Neue Rheinische Zeitung constaba de dos puntos principales:

una república alemana una, indivisible y democrática, y la guerra con Rusia, que incluía el restablecimiento de Polonia.

La democracia pequeñoburguesa se dividía entonces en dos fracciones: la del norte de Alemania, que se habría conformado con un emperador prusiano democrático, y la del sur, entonces casi específicamente badense, que quería convertir Alemania en una república federal según el modelo suizo. Teníamos que combatir a las dos. El interés del proletariado prohibía tanto la prusianización de Alemania como la perpetuación de su división en pequeños Estados. Exigía la unificación definitiva de Alemania en una nación, que era lo único que podía crear el campo de batalla, limpio de todos los mezquinos obstáculos heredados, en el que proletariado y burguesía habían de medir sus fuerzas. Pero prohibía igualmente que Prusia se pusiera a la cabeza; el Estado prusiano, con toda su organización, su tradición y su dinastía, era justamente el único adversario interior serio que la revolución tenía que derribar en Alemania; y, además, Prusia solo podía unificar Alemania desgarrándola, excluyendo a la Austria alemana. Disolución del Estado prusiano, desintegración del austriaco, unificación real de Alemania como república: no podíamos tener otro programa revolucionario inmediato. Y eso solo podía imponerse mediante la guerra contra Rusia, y únicamente por ella. Sobre este último punto volveré más adelante.

Por lo demás, el tono del periódico no era en absoluto solemne, grave ni entusiasta. Todos nuestros adversarios eran despreciables, y los tratamos a todos sin excepción con el desprecio más extremo. La monarquía conspiradora, la camarilla, la nobleza, la Kreuz-Zeitung,5 toda la «reacción», ante la que el filisteo se indignaba moralmente: a todos ellos solo los tratábamos con burla y sarcasmo. Pero no menos a los nuevos ídolos surgidos de la revolución: los ministros de marzo, las asambleas de Fráncfort y de Berlín, tanto la derecha como la izquierda que había en ellas. Ya el primer número empezaba con un artículo que se burlaba de la nulidad del Parlamento de Fráncfort, de la inutilidad de sus interminables discursos, de lo superfluo de sus cobardes resoluciones.6 Nos costó la mitad de los accionistas. El Parlamento de Fráncfort no era siquiera un club de debate; allí apenas se debatía: lo que se hacía casi siempre era recitar disertaciones académicas traídas ya preparadas y adoptar resoluciones destinadas a entusiasmar al filisteo alemán, pero de las que, por lo demás, nadie se preocupaba.

La Asamblea de Berlín tenía ya más importancia: se enfrentaba a un poder real, debatía y decidía a ras de tierra, no en el reino de las nubes de Fráncfort.7 Por eso se la trató también con más detalle. Pero también los ídolos de la izquierda de allí, Schulze-Delitzsch, Berends, Elsner, Stein, etc.,8 fueron tratados con tanta dureza como los de Fráncfort; se desenmascaró sin piedad su indecisión, su timidez y su oportunismo calculador, y se les demostró cómo, paso a paso y a fuerza de componendas, iban cayendo en la traición a la revolución. Aquello provocó, naturalmente, escalofríos en el pequeñoburgués demócrata, que acababa de fabricarse esos ídolos para su propio uso. Para nosotros esos escalofríos eran la señal de que habíamos dado en el blanco.

Del mismo modo, salimos al paso del engaño, propagado con celo por la pequeña burguesía, de que la revolución había concluido con las jornadas de marzo y de que ya solo quedaba recoger sus frutos. Para nosotros, febrero y marzo solo podían tener el significado de una verdadera revolución si no eran la conclusión, sino, al contrario, el punto de partida de un largo movimiento revolucionario en el que, como en la gran Revolución francesa, el pueblo se desarrollara a través de sus propias luchas, los partidos se separaran cada vez más nítidamente hasta coincidir por completo con las grandes clases —burguesía, pequeña burguesía, proletariado— y en el que el proletariado fuera conquistando las distintas posiciones una tras otra en una serie de jornadas de combate. Por eso salimos también al paso de la pequeña burguesía democrática allí donde quería disimular su antagonismo de clase con el proletariado con la frase favorita: «Pero si todos queremos lo mismo; todas las diferencias se basan en meros malentendidos». Pero cuanto menos le permitíamos a la pequeña burguesía malentender nuestra democracia proletaria, más mansa y dócil se volvía con nosotros. Cuanto más duro y resuelto se es con ella, más dispuesta está a agacharse y más concesiones hace al partido obrero. Eso lo hemos visto.

Por último, pusimos al descubierto el cretinismo parlamentario (como lo llamaba Marx) de las distintas asambleas llamadas nacionales. Estos señores habían dejado que se les escaparan todos los medios de poder; en parte los habían devuelto voluntariamente a los gobiernos. En Berlín como en Fráncfort, frente a gobiernos reaccionarios que habían recobrado fuerzas, se alzaban asambleas impotentes que, sin embargo, se imaginaban que sus impotentes resoluciones sacarían al mundo de sus goznes. Este autoengaño cretino reinaba hasta en la extrema izquierda. Nosotros les gritábamos: vuestra victoria parlamentaria coincidirá con vuestra derrota real.

Y así sucedió en Berlín como en Fráncfort. Cuando la «izquierda» obtuvo la mayoría, el gobierno disolvió toda la asamblea; pudo hacerlo porque la asamblea había perdido su crédito ante el pueblo.

Cuando más tarde leí el libro de Bougeart sobre Marat,9 vi que en más de un aspecto no habíamos hecho más que imitar inconscientemente el gran modelo del auténtico Ami du peuple (no del falsificado por los realistas), y que todos los gritos de rabia y toda la falsificación de la historia, en virtud de la cual durante casi un siglo solo se conoció un Marat completamente desfigurado, no tienen más causa que esta: que Marat arrancó sin piedad el velo a los ídolos del momento, Lafayette, Bailly y otros, y los desenmascaró como lo que ya eran, traidores a la revolución; y que él, como nosotros, no quería que la revolución se diera por concluida, sino que se declarara en permanencia.

Dijimos abiertamente que la tendencia que representábamos solo podría entrar en la lucha por alcanzar los verdaderos objetivos de nuestro partido cuando el más extremo de los partidos oficiales existentes en Alemania estuviera en el poder: entonces formaríamos nosotros la oposición frente a él.

Pero los acontecimientos se encargaron de que a la burla de los adversarios alemanes se uniera también la pasión ardiente. La insurrección de los obreros de París en junio de 1848 nos encontró en nuestro puesto. Desde el primer disparo nos pusimos sin reservas del lado de los insurrectos. Tras su derrota, Marx rindió homenaje a los vencidos en uno de sus artículos más poderosos.10

Entonces nos abandonó el último resto de los accionistas. Pero tuvimos la satisfacción de ser el único periódico de Alemania, y casi de Europa, que había mantenido en alto la bandera del proletariado aplastado en el momento en que los burgueses y los pequeñoburgueses de todos los países ahogaban a los vencidos bajo el fárrago de sus calumnias.

La política exterior era sencilla: apoyo a todo pueblo revolucionario, llamamiento a la guerra general de la Europa revolucionaria contra el gran baluarte de la reacción europea: Rusia. Desde el 24 de febrero tuvimos claro que la revolución no tenía más que un enemigo verdaderamente temible, Rusia, y que ese enemigo se vería tanto más obligado a entrar en la lucha cuanto más dimensiones europeas adquiriera el movimiento. Los sucesos de Viena, Milán y Berlín tenían que retrasar el ataque ruso, pero su llegada final se volvía tanto más segura cuanto más se le echaba encima la revolución a Rusia. Pero si se conseguía llevar a Alemania a la guerra contra Rusia, se acababa con los Habsburgo y los Hohenzollern, y la revolución vencía en toda la línea.

Esta política recorre todos los números del periódico hasta el momento de la entrada efectiva de los rusos en Hungría, que confirmó plenamente nuestras previsiones y decidió la derrota de la revolución.

Cuando en la primavera de 1849 se acercaba la batalla decisiva, el lenguaje del periódico se hizo más violento y apasionado con cada número. Wilhelm Wolff recordó a los campesinos silesios en Los mil millones silesios (ocho artículos)11 cómo, en la redención de las cargas feudales, los señores, con la ayuda del gobierno, los habían estafado en dinero y en tierras, y exigió mil millones de táleros de indemnización.

Al mismo tiempo apareció en abril, en una serie de artículos de fondo, el estudio de Marx sobre el trabajo asalariado y el capital,12 como indicación clara del objetivo social de nuestra política. Cada número, cada edición extraordinaria señalaba la gran batalla que se preparaba, la agudización de los antagonismos en Francia, Italia, Alemania y Hungría. Sobre todo las ediciones extraordinarias de abril y mayo eran otros tantos llamamientos al pueblo a estar preparado para lanzarse a la lucha.

«Allá fuera, en el Imperio», la gente se asombraba de que hiciéramos todo eso con tanto descaro en una fortaleza prusiana de primer orden, frente a una guarnición de 8.000 hombres y a la vista del cuerpo de guardia; pero por los ocho fusiles con bayoneta y los 250 cartuchos con bala de la sala de redacción, y por los gorros rojos jacobinos de los cajistas, también nuestra casa pasaba entre los oficiales por una fortaleza que no se podía tomar por un simple golpe de mano.

Por fin, el 18 de mayo de 1849, llegó el golpe.

La insurrección de Dresde y la de Elberfeld habían sido aplastadas, la de Iserlohn estaba cercada, la provincia del Rin y Westfalia estaban erizadas de bayonetas que, una vez consumada la violación de la Renania prusiana, estaban destinadas a marchar contra el Palatinado y Baden. Entonces, por fin, el gobierno se atrevió a echársenos encima. La mitad de los redactores estaba procesada; la otra mitad, por no ser prusianos, podía ser expulsada. Contra eso no había nada que hacer mientras todo un cuerpo de ejército respaldara al gobierno. Tuvimos que entregar nuestra fortaleza, pero nos retiramos con armas y bagajes, a tambor batiente y con la bandera desplegada del último número, impreso en rojo, en el que advertíamos a los obreros de Colonia contra intentonas sin esperanza y les decíamos:

«Los redactores de la Neue Rheinische Zeitung os agradecen, al despedirse, la simpatía que les habéis mostrado. Su última palabra será siempre y en todas partes: ¡Emancipación de la clase obrera!».13

Así terminó la Neue Rheinische Zeitung, poco antes de cumplir su primer año. Iniciada casi sin medios económicos —los pocos que se le habían prometido, como ya he dicho, pronto le fallaron—, en septiembre había alcanzado ya una tirada de casi 5.000 ejemplares. El estado de sitio de Colonia la suspendió; a mediados de octubre tuvo que empezar de nuevo desde el principio. Pero en mayo de 1849, cuando fue suprimida, tenía ya de nuevo 6.000 suscriptores, mientras que la Kölnische no pasaba entonces, según su propia confesión, de 9.000. Ningún periódico alemán, ni antes ni después, ha tenido jamás tanto poder e influencia, ni ha sabido electrizar a las masas proletarias como la Neue Rheinische.

Y eso lo debía ante todo a Marx.

Cuando cayó el golpe, la redacción se dispersó. Marx se fue a París, donde se preparaba el desenlace que tuvo lugar el 13 de junio de 1849; Wilhelm Wolff ocupó entonces su escaño en el Parlamento de Fráncfort, ahora que la Asamblea tenía que elegir entre ser dispersada desde arriba o sumarse a la revolución; y yo me fui al Palatinado y me hice ayudante de campo en el cuerpo de voluntarios de Willich.14

Fr. Engels

  1. Véase el Manifiesto del Partido Comunista. Las dos citas que siguen son del capítulo II y del capítulo IV. ↩

  2. Kleinbürgerei: término algo despectivo para la pequeña burguesía como estamento social atrasado. ↩

  3. El Allgemeines Landrecht für die Preußischen Staaten de 1794, código civil y penal de la vieja Prusia, vigente en las provincias orientales; en la provincia del Rin seguía rigiendo el derecho francés. ↩

  4. Gustav Adolph Schlöffel (1828-1849), estudiante demócrata, condenado en Berlín en 1848 por sus escritos; murió combatiendo en la campaña de Baden. ↩

  5. La Neue Preußische Zeitung, órgano de la camarilla de la corte y de los junkers, llamada así por la cruz de hierro de su cabecera. ↩

  6. La Asamblea de Fráncfort, de Engels, en el n.º 1 del 1 de junio de 1848. ↩

  7. Wolkenkuckucksheim: Nefelococigia, la ciudad de los pájaros construida entre las nubes en Las aves de Aristófanes. ↩

  8. Hermann Schulze-Delitzsch (1808-1883), Julius Berends (1817-1891), Karl Friedrich Moritz Elsner (1809-1894) y Julius Stein (1813-1889), diputados de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana. ↩

  9. Alfred Bougeart, Marat, l'Ami du peuple (París, 1865). L'Ami du peuple era el periódico de Marat (1789-1792). ↩

  10. La revolución de junio, Neue Rheinische Zeitung, n.º 29, 29 de junio de 1848. ↩

  11. Die schlesische Milliarde, serie de artículos de Wilhelm Wolff publicados en la Neue Rheinische Zeitung entre marzo y abril de 1849. Véase la biografía de Engels Wilhelm Wolff. ↩

  12. Trabajo asalariado y capital. ↩

  13. Véase A los obreros de Colonia, en el último número, del 19 de mayo de 1849. ↩

  14. En la campaña por la Constitución del Imperio en Baden y el Palatinado (mayo-julio de 1849). August Willich (1810-1878), antiguo oficial prusiano, mandaba un cuerpo de voluntarios en el que Engels combatió. ↩