Carta de Karl Marx a Ferdinand Lassalle, que vivía en Berlín, escrita en Londres hacia el 2 de junio de 1860. Se conserva completa. Traducida de la edición de Gustav Mayer, Ferdinand Lassalle. Nachgelassene Briefe und Schriften, t. III: Der Briefwechsel zwischen Lassalle und Marx (Stuttgart y Berlín, 1922), carta n.º 104, pp. 303-313, que la imprime según el original, por la Escuela de marxismo, 2026. La carta no tiene fecha porque falta un trozo del papel. Mayer la sitúa a finales de mayo; la escribió entre el 31 de mayo, cuando Engels le aconsejó qué contestar sobre Fischel, y el 2 de junio, cuando Marx le cuenta a Engels que ha escrito a Lassalle «unas diez páginas»: la fechamos, como la MEW, hacia el 2 de junio. Las palabras entre corchetes de los pasajes rotos las suple Mayer. Lo que Mayer imprime espaciado va en cursiva. Las notas son nuestras. Texto original.

Querido Lassalle:

Llevo unas tres semanas padeciendo una enfermedad del hígado que me ha impedido trabajar en cosa [alguna] y que todavía no ha desaparecido del todo. Estos estados le quitan a uno mucho las ganas de escribir.

Antes de contestar a tu carta, unas cuestiones previas. El corresponsal berlinés del Daily Telegraph se llama Abel.1 ¿Puedes procurarme alguna noticia sobre el sujeto?

El fiscal general Schwarck ha rechazado también en segunda instancia la querella criminal contra la National-Zeitung, porque no hay «interés público». La querella civil se verá pronto.2

Así que vamos con tu carta.

A Berlín no voy. Yo no estuve presente en Colonia y lo que Stieber juró allí solo lo sé por las crónicas de la Kölnische Zeitung. En esas crónicas se basa mi crítica en las «Revelaciones».3 Como testigo en este asunto no podría, pues, servir de nada. Si quieren tomarme declaración sobre uno u otro punto, estoy dispuesto a prestar testimonio en la legación prusiana en Londres (como, al parecer, se ha hecho más de una vez con otros refugiados).

Cuando el proceso Eichhoff4 estaba todavía en sus primeras fases, Juch, el editor del «Hermann»,5 se dirigió a mí en este asunto. Le di las «Revelaciones», le aconsejé citar como testigo a Schneider II,6 de Colonia, e hice notar la necesidad de tomar declaración a Hirsch,7 que está en Hamburgo. Ese interrogatorio parece haberse planteado con mucha torpeza. Sería además absolutamente necesario llevar a Hirsch a Berlín en persona como testigo. Solo en ese caso, con un buen cross-examination,8 se podría sacar a la luz pública todo el vergonzoso tinglado, porque Hirsch estaba iniciado en todos los misterios de Stieber-Goldheim-Greif-Fleury.9

Otro testigo necesario sería Cherval (Joseph Crämer), ahora en París. Es seguro que Prusia podría pedir su extradición, puesto que huyó de Aquisgrán por falsificación de letras de cambio. Pero el Gobierno se guardará mucho. Además, es mouchard10 francés y, por tanto, está también bajo protección bonapartista.

La mayoría de las demás personas cuyo interrogatorio podría ser importante están en América. Aquí solo queda una, un tal De Laspie, de Wiesbaden, empleado como interpreter11 en la policía inglesa. He dado los pasos necesarios para [conseguir] una entrevista con [él] y veré si está dispuesto a [viajar] a Berlín [o a dejarse] interrogar en la legación prusiana. En 1853 . . . . había denunciado a Stieber en el Times. El artículo se suprimió, no a raíz de la intervención de Bunsen.12

Voy a indicarte [ahora] unos cuantos puntos que quizá puedas aprovechar. Las «Revelaciones» las escribí inmediatamente después de terminar el proceso de Colonia. Pero más tarde hice nuevas averiguaciones sobre este caso, que me toca especialmente de cerca. Antes señalo todavía que fue en verdad una idea capital de Eichhoff citar como testigos de descargo a Goldheim y Greif, los principales cómplices. El asunto es tal que judicialmente solo se podría atrapar a Stieber y compañía si el Gobierno decretara una investigación sobre el proceso de Colonia. Pero se guardará mucho.

Stieber (véase la p. 10 de mis «Revelaciones») juró, según parece, en Colonia que la copia «de los papeles hallados a Nothjung», que la Jefatura de Policía de Berlín le había enviado a Londres, le había «llamado la atención» sobre «el archivo de la conspiración» en casa de Oswald Dietz, en Londres. Esta declaración jurada falsa tiene que poder refutarse sencillamente examinando las actas de Colonia, en las que han de figurar los papeles hallados a Nothjung.

La cosa fue así: Cherval [Joseph Crämer] era el corresponsal en París de la Liga de Willich y Schapper, y como tal mantenía correspondencia con Oswald Dietz. Al mismo tiempo, Cherval era agente del embajador prusiano en París, el príncipe Hatzfeldt.13 No solo le denunció a Dietz como secretario de su autoridad londinense, sino que escribió a Dietz cartas destinadas a figurar más tarde como piezas de convicción. Stieber y Greif [como contó el propio Greif a Hirsch en presencia de Fleury] estaban informados por Hatzfeldt. Lo que hicieron averiguar por medio de Reuter fue el paradero de Dietz, tras lo cual Fleury, por encargo de Stieber, cometió con Reuter el robo en casa de Dietz. También esto lo sabe Hirsch.

En passant14 puede tomarse aquí en consideración la siguiente circunstancia, bien conocida del señor Hirsch. Fleury había hecho copias exactas de las cartas robadas por Reuter y se las había dado a leer a Hirsch. Entre ellas había una de Stechan,15 de Hannover, en la que este hablaba del envío de 30 táleros para los refugiados. Stieber (junto con su amigo Wermuth,16 de Hannover) lo falsificó en 530 táleros para los jefes. Sobre este punto quizá podría Stechan, que, según tengo entendido, se encuentra en Edimburgo, hacer una declaración jurada. Stieber (según la Kölnische Zeitung, véase la p. 11 de las «Revelaciones») jura además que el 5 de agosto de 1851 recibió en Berlín, enviado desde Londres, el archivo Dietz. El fact17 es que Stieber se llevó él mismo ese «archivo» de Londres a París el 20 de julio de 1851. Este es el punto que el citado Laspée puede corroborar bajo juramento, si quiere.

El señor Greif juró en Berlín que no conocía a Hirsch, o solo muy superficialmente. El fact es que Hirsch fue presentado a Fleury por el propio Greif en el domicilio particular que tenía entonces Alberts (entonces y todavía hoy secretario de la legación prusiana en Londres), 39, Brewer Street, Golden Square, después de que Greif se hubiera hecho rendir ya por Hirsch un informe sobre la actividad de la emigración revolucionaria. Desde entonces Greif, Fleury y Hirsch actuaron juntos (bajo la dirección de Greif) y redactaron juntos, en particular, el falso libro de actas.

En abril de 1853 Goldheim y Stieber volvieron a Londres para fabricar una relación entre el misterioso complot de la pólvora de Kossuth18 y la conspiración berlinesa (de Ladendorf).19 Hirsch los acompañó entonces (es decir, muchos meses después de terminado el proceso de Colonia) constantemente por Londres y operó con ellos.

Para caracterizar a los agentes prusianos en Londres, ya que la policía ha reconocido ante el tribunal a su Fleury: este Fleury se llama Krause y es hijo del zapatero Krause, ejecutado hace 22 o 25 años en Dresde por el asesinato de la condesa Schemberg y de su doncella. Algún tiempo después del proceso de Colonia, este mismo Fleury-Krause fue condenado en Londres por falsificación a dos o tres años de hulks.20 Ya ha cumplido su condena y vuelve a actuar a la antigua usanza.

El complot francés (complot allemand-français)21 lo urdió Cherval bajo la dirección de Stieber, junto con Greif, Fleury, Beckmann, Sommer y el espía francés Lucien de La Hodde (con el nombre de Duprez). A instancias de Cherval, Greif [que, como Stieber, jura no conocer a los espías franco-prusianos Cherval y Gipperich] viajó al norte de Alemania para descubrir primero, en Hamburgo, el paradero de un tal sastre Tietz y apoderarse de las cartas que Cherval le había escrito por encargo de la policía. En Hamburgo se presentó en casa de la novia de Tietz para poner a salvo, «como amigo de este», los papeles comprometedores que pudiera haber. Pero el golpe fracasó.

Greif mantuvo también correspondencia con Maupas,22 por medio de De La Hodde-Duprez, sobre la liberación de Cherval y Gipperich. En cuanto Cherval llegó a Londres, Greif lo contrató con un salario fijo de 1 libra y 10 chelines semanales. Entre otras cosas, Greif lo mandó a Jersey a preparar allí una gran conspiración política. Más tarde la relación de Greif con Cherval se deshizo. Todos estos puntos puede jurarlos el señor Hirsch, si quiere. Son importantes porque Greif volvió a jurar en falso y porque se refieren a la relación de Cherval con Stieber y a la «veracidad» de las declaraciones hechas por Stieber en Colonia acerca de Cherval. Justamente en la época en que Stieber juraba en Colonia que no sabía dónde paraba Cherval, etc. (véase la p. 27 de las «Revelaciones»), tenía lugar esa cooperación entre Cherval y Greif, que actuaba por encargo de Stieber. Pero, naturalmente, el asunto solo puede probarse judicialmente con los testimonios de Hirsch (que quizá hable en sesión pública) y de Cherval (al que no hay manera de echar mano). El secretario de legación Alberts, por supuesto, no hablará; tampoco De La Hodde, Beckmann, Maupas, etc.

Hirsch y Fleury (este último había alquilado con ese fin una prensa litográfica en la imprenta de Stanbury, Fetter Lane, Fleet Street, Londres) hicieron por encargo de Greif hojas volantes: «Al proletariado rural», «A los hijos del pueblo», etc., que Greif enviaba al Gobierno prusiano como procedentes del partido de Marx.

Después de que el testigo Haupt,23 de Hamburgo, «desapareciera» de repente durante el proceso de los comunistas de Colonia, Hinckeldey24 encargó por correo especial a la legación prusiana en Londres que buscara a alguien que asumiera el papel de Haupt y «jurara» ante el tribunal de jurados las denuncias de Haupt. La Jefatura de Policía pagaría 1000 táleros de recompensa. Hinckeldey escribía que de la decisión de este proceso dependía toda la existencia de la policía política. Hirsch, de acuerdo con Fleury (por motivos «nobles», como él mismo dijo después), se declaró dispuesto. Todo iba por buen camino cuando Fleury volvió de la legación prusiana con una respuesta negativa. Un nuevo escrito de Hinckeldey decía: «El fiscal espera, dada la feliz composición del jurado, obtener el veredicto de culpabilidad también sin medidas extraordinarias, y le ruega por ello (a Hirsch) que no se hagan más esfuerzos». El espía prusiano Beckmann, de París, que también había recibido ya orden de ir a Colonia para confirmar las declaraciones de Stieber sobre el complot allemand-français, recibió por el mismo motivo contraorden.

Pero ahora viene la historia más curiosa, que el señor Hirsch conoce muy bien y que es igual de característica de Stieber y de Goldheim.

Fleury se había enterado de que yo me proponía hacer legalizar judicialmente en Londres las firmas auténticas de los supuestos firmantes de las actas (W. Liebknecht, Rings y Ulmer). Sabía que un refugiado llamado Becker vivía en la misma casa que Willich. Así que escribió en nombre de ese Becker la siguiente carta:

«A la alta y real Jefatura de Policía de Berlín.

Londres, d. d.25

Con la intención de presentar como falsificadas las firmas de los firmantes de las actas de la Liga, Marx y sus amigos se proponen llevar a cabo aquí la legalización de unas firmas que luego se presentarán al tribunal de jurados como las firmas verdaderamente auténticas.

Todo el que conoce las leyes inglesas sabe también que en este aspecto se las puede retorcer como se quiera, y que quien garantiza la autenticidad no presta en el fondo, propiamente, garantía alguna.

Quien hace esta comunicación no teme firmar con su nombre en un asunto en que se trata de la verdad. Becker, 4 Lichfield Street.»

Stieber había declarado en Colonia ante el jurado que había tenido el libro de actas en sus manos 14 días antes (de presentarlo) y que lo había pensado antes de hacer uso de él; declaró además que le había llegado por medio de un correo, Greif. Pero el señor Goldheim escribió a la legación prusiana en Londres: «que el libro de actas se había presentado tan tarde solo para escapar al efecto de posibles interpelaciones sobre su autenticidad».

La carta firmada «Becker» iba dirigida a la Jefatura de Policía de Berlín. Si de verdad procedía de Becker, tenía que ir a Berlín. En lugar de eso, la carta fue al funcionario de policía Goldheim, Frankfurter Hof, en Colonia, con un sobre para esta carta dirigido a la Jefatura de Policía de Berlín y una nota dentro: «El señor Stieber, en Colonia, dará información precisa sobre el objeto». Stieber sabía, pues, con qué objeto se había falsificado la carta. Además, Fleury había escrito aparte a Goldheim sobre el asunto.

Entre Fleury, Goldheim, Stieber y la Jefatura de Policía prusiana se estaba, pues, tácitamente de acuerdo sobre la falsificación.

[Stieber no hizo uso de la carta porque ya antes se había visto obligado a abandonar el libro de actas, ya que, con independencia de las legalizaciones que yo envié, Schneider II había encontrado en Colonia una firma de Liebknecht y de Rings y había visto además, por una carta mía escrita mucho antes, que el fabricante era Hirsch. Stieber se enteró de que Schneider, y después de él otros abogados, habían comparado en la secretaría del tribunal26 las firmas de Liebknecht, etc. Fue entonces cuando en la sesión siguiente salió con la invención del H. Liebknecht.27 (Véanse las pp. 38-40 de las «Revelaciones»).]

Stieber conocía la falsedad del libro de actas. Si no, ¿por qué iba a temer la legalización de las firmas auténticas?

El 29 de octubre llegó Goldheim a Londres. Stieber lo había mandado allí para negociar sobre el terreno con Fleury y Greif con qué golpe se podía salvar el libro de actas. Tuvo que volver sin resultado, después de comunicar a Fleury que Stieber estaba decidido, para no comprometer a los jefes de la policía, a sacrificarlo a él, a Fleury, si llegaba el caso.

Fleury recurrió entonces a un último medio. Llevó a Hirsch un escrito según el cual Hirsch debía copiar una declaración, firmarla con el nombre de Liebknecht y jurarla luego ante el Lord Mayor,28 haciéndose pasar falsamente por Liebknecht. Cuando Fleury llevó a Hirsch el escrito para copiarlo, le dijo que el libro de actas procedía de la misma persona que había escrito el libro de actas,29 y que Goldheim lo había traído (el escrito) de Colonia.

[De ahí se sigue que el libro de actas presentado en Colonia no era el que habían escrito Hirsch y Fleury: el propio Stieber lo había hecho copiar. Se distinguía del fabricado por Fleury y Hirsch sobre todo en que, aparte de algunos otros cambios sin importancia, las actas enviadas por Fleury no tenían firmas, y las presentadas por Stieber iban provistas de firmas.]

Hirsch copió la declaración imitando lo más posible la letra del escrito. (Este seguía en su poder cuando salió de Londres.) La declaración decía que el firmante, es decir, Liebknecht, declaraba falsa la legalización de su firma hecha por Marx y consortes y declaraba que esta, su firma, era la única auténtica. Camino del Lord Mayor, Hirsch declaró que no juraría ante el Lord Mayor. Fleury, entonces: que haría él mismo el juramento. Antes todavía pasó por el consulado prusiano (donde, naturalmente, lo conocían bien) e hizo refrendar allí por el cónsul prusiano su firma (como Liebknecht). Luego fue con Hirsch al Lord Mayor para prestar el juramento. Pero el Lord Mayor exigió fiadores, que Fleury no pudo presentar, y el juramento no se hizo. (Un día después, pero trop tard,30 Fleury obtuvo una certificación de un abogado.)

Toda esta porquería la declaró Hirsch bajo juramento ante el magistrado de policía Jardine, en Bow Street. La declaración se envió al presidente del tribunal de apelación, Göbel, y al mismo tiempo dos copias a Schneider II y al abogado Esser.

No sé si se puede llevar a Hirsch de Hamburgo a Berlín en persona para declarar como testigo en sesión pública y carearlo con Stieber-Goldheim-Greif. A Cherval, que además es ahora «civilizador» y «libertador» declarado, no hay manera de tenerlo con el régimen actual.

En mi propia declaración testifical no podría, naturalmente, ni siquiera demostrar, sin cometer indiscreciones de todo tipo, cómo di con la pista de tal o cual hecho. Y además tal declaración no sería ninguna prueba.

El proceso sería extraordinariamente sencillo si el Gobierno obrara de bonne foi.31 Así, es muy difícil de llevar.

Paso ahora a Fischel.32

Estoy en relación de alianza con David Urquhart33 y sus seguidores (no digo partido, porque Urquhart, en lo que toca a su verdadero dominio, la Foreign Policy,34 tiene, aparte de la secta que lo tiene por profeta en todas las disciplinas, partidarios en todos los partidos ingleses, desde los tories hasta los cartistas) desde 1853, cuando apareció mi primer panfleto contra Palmerston.35 Desde entonces he recibido continuamente información de ellos y les he dado colaboraciones gratuitas para su Free Press36 (por ejemplo, mis «Revelations of the diplomatic history of the 18th century»,37 y también sobre el «Progress of Russia in Central Asia», etc.) y he puesto a su disposición mi conocimiento personal de agentes rusos como Bangya,38 etc. Fischel es el agente reconocido, por así decir oficial, de los urquhartistas en Berlín, y de su actividad allí solo conozco de oídas la cartera. Así fue como entré en relación con Fischel (al que en Londres encontré por casualidad en una redacción de periódico, y por el que te mandé saludos en aquella ocasión). Nos ha hecho varios encargos a Engels y a mí en Berlín. Nunca hemos cruzado una palabra, ni de palabra ni por escrito, sobre política interior, como nunca lo he hecho tampoco con Urquhart desde que le declaré de una vez por todas que yo era un revolucionario, y él me declaró con la misma franqueza que todos los revolucionarios eran agentes o dupes39 del gabinete de Petersburgo.

En las cartas que hemos cruzado con Fischel, él ha observado siempre una gran discreción y se ha limitado al terreno de la política exterior, en la que coincidimos con los urquhartistas.

Tú habrás leído los escritos de Urquhart, y sería por tanto superfluo (la larga carta, además, me ha fatigado mucho en mi estado actual) que me pusiera aquí a analizar este fenómeno tan complicado. Es, desde luego, subjetivamente reaccionario (romántico) (no, por cierto, en el sentido de algún partido reaccionario real, sino metafísicamente, por así decir); eso no impide en absoluto que el movimiento que dirige en la política exterior sea objetivamente revolucionario.

Que sus partidarios alemanes, como Bucher,40 Fischel, etc. (no conozco el «moscovitismo» de este último, pero sé, sin haberlo leído, lo que pone), hayan adoptado también sus manías «anglosajonas», que por cierto no carecen de un tipo propio de crítica retorcida, me es del todo indiferente; tan indiferente como te sería a ti en una guerra contra Rusia, por ejemplo, que el que tienes al lado dispare contra los rusos por motivos negro-rojo-dorados o revolucionarios. Urquhart es una potencia temida por Rusia. Es el único hombre oficial de Inglaterra que tiene el valor y la honradez de hacer frente a la public opinion.41 Es el único insobornable (sea por dinero o por ambición) entre ellos. En fin, hasta ahora, excepcionalmente, precisamente entre sus partidarios no he conocido más que hombres honrados, y por eso, mientras no se pruebe lo contrario, tengo que tener también por tal a Fischel.

En cuanto a la relación de Fischel con el duque de Gotha,42 creo, por muy buenas razones, que no es una relación a sueldo. Como este de Gotha pertenece a la dinastía inglesa, que Urquhart utiliza contra Palmerston y contra la usurpación ministerial en general [«¿por qué nunca se dispara contra los consejeros del gabinete?», pregunta Humboldt presintiendo esta usurpación del gabinete], nada le podía venir mejor que hacer oponerse en Alemania, en nombre de aquel, a Rusia y a Palmerston. Por eso el folleto de Fischel Déspotas y revolucionarios43 se tradujo al inglés como «The Duke of Coburg's pamphlet»,44 y a Palmerston le pareció lo bastante importante como para contestarlo de su puño y letra en un panfleto (anónimo) que lo comprometió mucho. Porque Palmerston había hecho hasta entonces de los desdichados Coburgo el chivo expiatorio de su rusofilia, y el folleto le obligó a abandonar ese false pretext.45

Es muy posible y probable que el antipalmerstonismo de Fischel tenga poca importancia en Berlín. En cambio, es importante para Inglaterra (y, por ella, par ricochet,46 para Alemania), porque los urquhartistas explotan hábilmente esta polémica, la engrandecen y la aprovechan en la polémica inglesa como opinión alemana sobre Palmerston.

En la guerra que libramos junto con los urquhartistas contra Rusia, Palmerston y Bonaparte, y en la que participan personas de todos los partidos y clases en todas las capitales de Europa hasta Constantinopla, también Fischel es, por tanto, un eslabón. Con Bucher, en cambio, nunca he cruzado una sílaba, porque sería inútil. Si estuviera en Berlín en vez de en Londres, sería otra cosa.

Si llegamos en Alemania a una época revolucionaria, la diplomacia se acaba, naturalmente; una diplomacia en la que, por cierto, nadie finge ni aparenta a nadie lo más mínimo. Aun entonces nos será útil esta relación inglesa.

Que en política exterior no sirven de nada frases como «reaccionario» y «revolucionario» se entiende por sí mismo.47 Partido revolucionario no existe ahora en Alemania, y la forma más repugnante de la reacción es para mí la democracia cortesana real-prusiana, tal como la cultivan, por ejemplo, la «National-Zeitung» y, hasta cierto punto (entusiasmo por el canalla de Vincke,48 por el regente,49 etc.), también la «Volks-Zeitung».

En todo caso, los urquhartistas tienen la ventaja de estar «informados» en política exterior, de que sus miembros ignorantes reciben la inspiración de los informados, y de que persiguen una gran meta determinada, la lucha con Rusia, y combaten a muerte el principal sostén de la diplomacia rusa, Downing Street at London.50 Pueden figurarse que esa lucha traerá la restauración de un orden «anglosajón». Nosotros, los revolucionarios, tenemos que servirnos de ellos mientras nos hagan falta. Eso no impide darles en la cabeza allí donde se nos crucen como freno en la política interior. Los urquhartistas nunca me han tomado a mal que yo escribiera con mi nombre, al mismo tiempo, en el periódico cartista que les es mortalmente odioso, el People's Paper de Ernest Jones,51 mientras existió. Ernest Jones se reía de las manías de Urquhart, las ridiculizaba en su periódico y, sin embargo, reconocía públicamente en ese mismo periódico su extraordinario valor en la Foreign Policy.

Por último, el romanticismo urquhartista, pese a su odio fanático a la Revolución francesa y a todo lo «general», es extremadamente liberal. La libertad del individuo, aunque de una manera muy retorcida, es su última palabra. Para lograrlo, eso sí, disfraza al «individuo» con toda clase de trajes antiguos.

Salut. Tuyo, K. M.

  1. Karl Abel, corresponsal del Daily Telegraph en Berlín. Marx lo supo por Fischel (carta de Marx a Engels del 2 de junio de 1860). ↩

  2. Según Mayer, el fiscal general había rechazado el recurso el 20 de abril, y el tribunal municipal rechazó la querella civil el 8 de junio «por falta de tipicidad»; también fracasaron los recursos ante el Tribunal de Apelación (Kammergericht) y el Tribunal Supremo (Obertribunal). ↩

  3. Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia. ↩

  4. Wilhelm Eichhoff, periodista berlinés, había acusado a Stieber en el Hermann de Londres de haber jurado en falso en el proceso de Colonia; procesado en Berlín por calumnias, fue condenado en primera instancia en mayo de 1860, como Lassalle le había contado a Marx. ↩

  5. Hermann Juch, editor del semanario Hermann de Londres. ↩

  6. Karl Schneider II, abogado defensor en el proceso de Colonia. ↩

  7. Wilhelm Hirsch, agente de la policía prusiana, autor material del falso libro de actas presentado en el proceso de Colonia. Véase Las confesiones de Hirsch. ↩

  8. «Interrogatorio contradictorio». ↩

  9. Goldheim y Greif, policías prusianos; Charles Fleury, comerciante de Londres al servicio de la policía prusiana. ↩

  10. «Soplón». ↩

  11. «Intérprete». ↩

  12. Christian Karl Josias von Bunsen, embajador de Prusia en Londres. ↩

  13. Maximilian von Hatzfeldt (1813-1859), embajador de Prusia en París, hermano de la condesa Sophie von Hatzfeldt, la amiga de Lassalle. ↩

  14. «De paso». ↩

  15. Gottlieb Ludwig Stechan, carpintero de Hannover, miembro de la Liga de los Comunistas. ↩

  16. Wermuth, director de policía de Hannover, que publicó con Stieber en 1853-1854 Die Communisten-Verschwörungen des neunzehnten Jahrhunderts. ↩

  17. «Hecho». ↩

  18. El llamado complot de los cohetes de 1853: la policía inglesa descubrió en Londres un depósito de cohetes y pólvora que se atribuyó a Kossuth. Véase El asunto de los cohetes - La insurrección suiza. ↩

  19. August Ladendorf, demócrata berlinés, condenado en 1854 a cinco años de presidio en el proceso de la llamada conspiración de Berlín. Véase La conspiración de Berlín. ↩

  20. Pontones: viejos barcos usados como prisión. ↩

  21. «Complot germano-francés». ↩

  22. Charlemagne-Émile de Maupas, prefecto de policía de París y luego ministro de Policía de Napoleón III. ↩

  23. Hermann Wilhelm Haupt, miembro de la Liga de los Comunistas en Hamburgo, que tras su detención en 1851 delató a sus compañeros. ↩

  24. Karl Ludwig von Hinckeldey (1805-1856), jefe de policía de Berlín. ↩

  25. De dato: con la fecha del día. ↩

  26. Greffe: secretaría del tribunal. ↩

  27. Stieber sostuvo entonces que el firmante de las actas era otro Liebknecht, un tal «H. Liebknecht». ↩

  28. El alcalde de la City de Londres, que actuaba también como magistrado. ↩

  29. Así en Mayer; por el sentido, debería decir que el escrito (no el libro de actas) procedía del autor del libro de actas. ↩

  30. «Demasiado tarde». ↩

  31. «De buena fe». ↩

  32. Eduard Fischel, asesor del tribunal municipal de Berlín y publicista urquhartista. Lassalle había pedido a Marx en su carta del 24 de mayo que desautorizara las relaciones con Fischel de que este presumía; Marx consultó a Engels (cartas del 28 y del 31 de mayo). ↩

  33. David Urquhart (1805-1877), diplomático y publicista inglés, tory, enemigo encarnizado de Palmerston y de Rusia. ↩

  34. «Política exterior». ↩

  35. Lord Palmerston, serie de artículos de 1853 que se difundió también como folleto. ↩

  36. The Free Press, periódico de Urquhart en Londres. ↩

  37. Historia diplomática secreta del siglo XVIII, publicada en The Free Press en 1856-1857. ↩

  38. János Bangya, emigrado húngaro que resultó ser espía al servicio de varias policías. ↩

  39. «Incautos». ↩

  40. Lothar Bucher (1817-1892), diputado demócrata prusiano en 1848, emigrado en Londres, corresponsal de la National-Zeitung; más tarde colaborador de Bismarck. ↩

  41. «Opinión pública». ↩

  42. Ernesto II, duque de Sajonia-Coburgo-Gotha, hermano del príncipe Alberto, el marido de la reina Victoria. ↩

  43. Despoten und Revolutionäre. ↩

  44. «El panfleto del duque de Coburgo». ↩

  45. «Falso pretexto». ↩

  46. «De rebote». ↩

  47. Mayer señala que en este punto Marx sigue el consejo de Engels en su carta del 31 de mayo de 1860. ↩

  48. Georg von Vincke (1811-1875), jefe de la oposición liberal en la Cámara prusiana. ↩

  49. El príncipe Guillermo de Prusia, regente desde 1858 y rey desde 1861. ↩

  50. «Downing Street, en Londres»: el Gobierno inglés. ↩

  51. Ernest Jones (1819-1869), dirigente cartista, amigo de Marx y Engels; Marx escribió en su People's Paper entre 1852 y 1856. ↩