Escrito por Friedrich Engels a mediados de junio de 1877 y publicado en el Volks-Kalender (Brunswick) para 1878. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 19 (Berlín, 1962, pp. 96-106), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. La nota de Engels va señalada como tal; las demás notas son nuestras. Véase también el esbozo anterior de Engels, Karl Marx (1869). Texto original en alemán.

El hombre que dio por primera vez una base científica al socialismo, y con ello a todo el movimiento obrero de nuestros días, Karl Marx, nació en Tréveris en 1818. Estudió en Bonn y en Berlín, primero Derecho, pero pronto se entregó exclusivamente al estudio de la historia y de la filosofía, y en 1842 estaba a punto de habilitarse como profesor de filosofía cuando el movimiento político surgido desde la muerte de Federico Guillermo III lo lanzó a otra carrera. Con su colaboración, los jefes de la burguesía liberal renana, los Camphausen, Hansemann, etc., habían fundado en Colonia la Rheinische Zeitung, y Marx, cuya crítica de los debates de la Dieta provincial renana había causado la mayor sensación,1 fue llamado en el otoño de 1842 a dirigir el periódico. La Rheinische Zeitung aparecía, naturalmente, sometida a la censura, pero la censura no podía con ella.2 La Rheinische Zeitung sacaba adelante casi siempre los artículos que importaban; primero se le echaba al censor un pienso de menos valor para que lo tachara, hasta que cedía por sí mismo o se le obligaba a ceder con la amenaza: entonces mañana no sale el periódico. Diez periódicos con el mismo valor que la Rheinische, y cuyos editores se hubieran gastado unos cientos de táleros más en costes de composición, y la censura se habría hecho imposible en Alemania ya en 1843. Pero los propietarios de periódicos alemanes eran filisteos mezquinos y miedosos, y la Rheinische Zeitung libró sola la lucha. Gastó censor tras censor; al final se la sometió a doble censura, de modo que, después de la primera censura, el presidente del gobierno provincial tenía que censurarla otra vez y de forma definitiva. Tampoco eso sirvió de nada. A comienzos de 1843 el gobierno declaró que con aquel periódico no había manera de acabar y lo suprimió sin más.

Marx, que entretanto se había casado con la hermana del que luego sería ministro de la reacción, von Westphalen,3 se trasladó a París y publicó allí con A. Ruge los Deutsch-Französische Jahrbücher, en los que inauguró la serie de sus escritos socialistas con una Crítica de la filosofía del derecho de Hegel.4 Además, con F. Engels, La sagrada familia. Contra Bruno Bauer y consortes, una crítica satírica de una de las últimas formas en que había ido a desembocar el idealismo filosófico alemán de entonces.

El estudio de la economía política y de la historia de la gran Revolución francesa le dejaba todavía a Marx tiempo para ataques ocasionales contra el gobierno prusiano; este se vengó consiguiendo del ministerio Guizot, en la primavera de 1845, su expulsión de Francia (al parecer hizo de mediador el señor Alexander von Humboldt). Marx trasladó su domicilio a Bruselas y publicó allí, en francés, en 1848 un Discours sur le libre échange (Discurso sobre el librecambio) y en 1847 Misère de la philosophie, una crítica de la Philosophie de la misère (Filosofía de la miseria) de Proudhon.5 Al mismo tiempo encontró ocasión de fundar en Bruselas una asociación de obreros alemanes y entró así en la agitación práctica. Esta llegó a ser todavía más importante para él desde que, en 1847, él y sus amigos políticos ingresaron en la Liga de los Comunistas, sociedad secreta que existía desde hacía bastantes años. Toda la organización fue entonces transformada de arriba abajo; la asociación, hasta entonces más o menos conspirativa, se convirtió en una simple organización de propaganda comunista, secreta solo por necesidad, la primera organización del partido socialdemócrata alemán. La Liga existía en todas partes donde había asociaciones obreras alemanas; en casi todas estas asociaciones de Inglaterra, Bélgica, Francia y Suiza, y en muchísimas de Alemania, los miembros dirigentes pertenecían a la Liga, y la parte de la Liga en el naciente movimiento obrero alemán fue muy considerable. Además, nuestra Liga fue la primera que destacó el carácter internacional de todo el movimiento obrero y lo practicó también en los hechos: tenía entre sus miembros ingleses, belgas, húngaros, polacos, etc., y organizó, sobre todo en Londres, asambleas obreras internacionales.

La transformación de la Liga se llevó a cabo en dos congresos celebrados en 1847, el segundo de los cuales acordó la redacción y publicación de los principios del partido en un manifiesto que debían redactar Marx y Engels. Así nació el Manifiesto del Partido Comunista, que apareció por primera vez en 1848, poco antes de la revolución de febrero, y que desde entonces se ha traducido a casi todas las lenguas europeas.6

La Deutsche-Brüsseler-Zeitung,7 en la que Marx colaboraba y en la que se ponía al desnudo sin miramientos la bienaventuranza policial de la patria, había movido de nuevo al gobierno prusiano a gestionar la expulsión de Marx, pero en vano. Sin embargo, cuando la revolución de febrero tuvo como consecuencia movimientos populares también en Bruselas y parecía inminente un vuelco en Bélgica, el gobierno belga detuvo a Marx sin contemplaciones y lo expulsó. Entretanto, el gobierno provisional de Francia le había invitado, por medio de Flocon,8 a volver a París, y él atendió esa llamada.

En París se opuso ante todo al disparate que había cundido entre los alemanes de allí, que querían formar en Francia a los obreros alemanes en legiones armadas para implantar con ellas la revolución y la república en Alemania.9 Por una parte, Alemania tenía que hacer su revolución ella misma, y, por otra, toda legión revolucionaria extranjera que se formara en Francia estaba de antemano traicionada por los Lamartine del gobierno provisional ante el gobierno que se trataba de derribar, como ocurrió también en Bélgica y en Baden.

Después de la revolución de marzo, Marx fue a Colonia y fundó allí la Neue Rheinische Zeitung, que existió del 1 de junio de 1848 al 19 de mayo de 1849: el único periódico que, dentro del movimiento democrático de entonces, defendió el punto de vista del proletariado, como lo mostró ya su toma de partido sin reservas por los insurrectos parisinos de junio de 1848, que le hizo perder a casi todos sus accionistas. En vano señaló la Kreuz-Zeitung la «insolencia del tamaño del Chimborazo» con que la Neue Rheinische Zeitung atacaba todo lo sagrado, desde el rey y el regente del Imperio hasta el gendarme, y eso en una fortaleza prusiana que tenía entonces 8.000 hombres de guarnición; en vano se enfureció el filisteísmo liberal renano, convertido de repente en reaccionario; en vano el estado de sitio de Colonia suspendió el periódico por bastante tiempo en el otoño de 1848; en vano el Ministerio de Justicia del Imperio, en Fráncfort, denunció al fiscal de Colonia un artículo tras otro para que los persiguiera judicialmente: el periódico siguió redactándose e imprimiéndose tranquilamente a la vista del cuerpo de guardia, y la difusión y la fama del periódico crecían con la violencia de sus ataques contra el gobierno y la burguesía. Cuando se produjo el golpe de Estado prusiano en noviembre de 1848, la Neue Rheinische Zeitung llamó al pueblo, en la cabecera de cada número, a negarse a pagar los impuestos y a responder a la violencia con la violencia. Llevada ante los jurados en la primavera de 1849 por esta razón y por otro artículo, fue absuelta las dos veces.10 Por fin, cuando los levantamientos de mayo de 1849 en Dresde y en la provincia del Rin fueron aplastados y se inició la campaña prusiana contra la insurrección de Baden y el Palatinado con la concentración y movilización de importantes masas de tropas, el gobierno se creyó lo bastante fuerte para suprimir por la fuerza la Neue Rheinische Zeitung. El último número, impreso en rojo, apareció el 19 de mayo.

Marx volvió a París, pero solo unas semanas después de la manifestación del 13 de junio de 1849 el gobierno francés le puso ante la alternativa de trasladar su domicilio a Bretaña o abandonar Francia. Prefirió lo segundo y se trasladó a Londres, donde ha vivido desde entonces sin interrupción.

Un intento de continuar publicando la Neue Rheinische Zeitung en forma de revista (en Hamburgo) (1850) tuvo que abandonarse al cabo de algún tiempo ante la reacción, cada vez más violenta.11 Inmediatamente después del golpe de Estado en Francia de diciembre de 1851, Marx publicó El 18 Brumario de Luis Bonaparte (Nueva York, 1852; segunda edición, Hamburgo, 1869, poco antes de la guerra). En 1853 escribió las Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia (impresas primero en Basilea, luego en Boston y recientemente de nuevo en Leipzig).

Después de la condena de los miembros de la Liga de los Comunistas en Colonia, Marx se retiró de la agitación política y se dedicó, por una parte, durante diez años, a investigar los ricos tesoros que la biblioteca del Museo Británico ofrecía en el terreno de la economía política, y, por otra, a colaborar en el New-York Tribune, que hasta el estallido de la guerra civil norteamericana publicó no solo las correspondencias firmadas por él, sino también numerosos editoriales de su pluma sobre asuntos europeos y asiáticos. Sus ataques contra lord Palmerston, basados en un estudio detenido de los documentos oficiales ingleses, se reimprimieron en Londres como folletos.12

Como primer fruto de sus largos estudios económicos apareció en 1859 la Contribución a la crítica de la economía política, primer cuaderno (Berlín, Duncker). Este escrito contiene la primera exposición coherente de la teoría marxiana del valor, incluida la teoría del dinero. Durante la guerra de Italia, Marx combatió en el periódico alemán Das Volk, que se publicaba en Londres, al bonapartismo, que por entonces se teñía de liberal y se hacía pasar por libertador de las nacionalidades oprimidas, así como a la política prusiana de entonces, que bajo el manto de la neutralidad trataba de pescar en río revuelto. Con este motivo hubo que atacar también al señor Karl Vogt, que por entonces, por encargo del príncipe Napoleón (Plon-Plon) y a sueldo de Luis Napoleón, hacía agitación en favor de la neutralidad, e incluso de la simpatía, de Alemania. Cubierto por Vogt de las calumnias más infames y deliberadamente falsas, Marx respondió con El señor Vogt (Londres, 1860), donde se desenmascaraba a Vogt y a los demás señores de la banda de falsos demócratas imperialistas, y se probaba, por razones tanto externas como internas, que Vogt estaba sobornado por el imperio de diciembre. Exactamente diez años después llegó la confirmación: en la lista de los asalariados bonapartistas encontrada en las Tullerías en 1870 y publicada por el gobierno de septiembre figuraba, en la letra V: «Vogt, en agosto de 1859 se le remitieron... 40.000 francos».13

Por fin, en 1867 apareció en Hamburgo El capital. Crítica de la economía política. Tomo primero, la obra principal de Marx, que expone los fundamentos de sus concepciones económico-socialistas y los rasgos principales de su crítica de la sociedad existente, del modo de producción capitalista y de sus consecuencias. La segunda edición de esta obra que hace época apareció en 1872; el autor está ocupado en la redacción del segundo tomo.

Entretanto, en distintos países de Europa el movimiento obrero se había fortalecido de nuevo lo bastante como para que Marx pudiera pensar en llevar a cabo un deseo largamente acariciado: la fundación de una asociación obrera que abarcara los países más avanzados de Europa y América, que mostrara en carne y hueso, por así decirlo, el carácter internacional del movimiento socialista tanto a los propios obreros como a los burgueses y a los gobiernos, para aliento y fortalecimiento del proletariado y para espanto de sus enemigos. Un mitin en favor de Polonia, recién aplastada de nuevo por Rusia, celebrado el 28 de septiembre de 1864 en St. Martin's Hall, en Londres, dio ocasión para plantear la cosa, que fue acogida con entusiasmo. La Asociación Internacional de los Trabajadores quedó fundada; en el mitin se eligió un Consejo General provisional con sede en Londres, y el alma de este y de todos los Consejos Generales siguientes hasta el Congreso de La Haya fue Marx. Casi todos los documentos publicados por el Consejo General de la Internacional los redactó él, desde el Manifiesto inaugural de 1864 hasta el Mensaje sobre la guerra civil en Francia de 1871.14 Describir la actividad de Marx en la Internacional sería escribir la historia de esta misma Asociación, que, por lo demás, sigue viva en la memoria de los obreros europeos.

La caída de la Comuna de París puso a la Internacional en una situación imposible. Fue empujada al primer plano de la historia europea en un momento en que se le había cortado en todas partes la posibilidad de cualquier acción práctica eficaz. Los acontecimientos que la elevaron a séptima gran potencia le prohibían al mismo tiempo movilizar sus fuerzas y emplearlas activamente, so pena de una derrota segura y de hacer retroceder el movimiento obrero por décadas. Además, desde distintos lados se abrían paso elementos que intentaban explotar la fama de la Asociación, crecida tan de repente, para fines de vanidad o de ambición personales, sin comprender la situación real de la Internacional o sin tenerla en cuenta. Había que tomar una decisión heroica, y fue de nuevo Marx quien la tomó y la llevó adelante en el Congreso de La Haya. La Internacional declinó, mediante una resolución solemne, toda responsabilidad por los manejos de los bakuninistas, que eran el centro de aquellos elementos insensatos y turbios; luego, ante la imposibilidad de responder, frente a la reacción general, a las exigencias acrecentadas que se le planteaban y de mantener su plena eficacia si no era a costa de una serie de sacrificios en los que el movimiento obrero se habría desangrado, ante esta situación, la Internacional se retiró por el momento de la escena, trasladando el Consejo General a América.15 Los hechos posteriores han demostrado qué acertada fue esta decisión, censurada entonces y muchas veces después. Por una parte, se quitó y se siguió quitando el filo a todos los intentos de hacer en nombre de la Internacional intentonas inútiles; y, por otra, el trato estrecho y continuo entre los partidos obreros socialistas de los distintos países demostró que la conciencia de la comunidad de intereses y de la solidaridad del proletariado de todos los países, despertada por la Internacional, sabe hacerse valer también sin el vínculo de una asociación internacional formal, que por el momento se había convertido en una traba.

Después del Congreso de La Haya, Marx encontró por fin de nuevo tranquilidad y tiempo para reanudar sus trabajos teóricos, y es de esperar que dentro de no demasiado tiempo pueda dar a la imprenta el segundo tomo de El capital.

De los muchos descubrimientos importantes con los que Marx ha inscrito su nombre en la historia de la ciencia, aquí solo podemos destacar dos.

El primero es la revolución que llevó a cabo en toda la concepción de la historia universal. Toda la concepción de la historia anterior se basaba en la idea de que las causas últimas de todos los cambios históricos han de buscarse en las ideas cambiantes de los hombres, y de que, de todos los cambios históricos, los más importantes, los que dominan toda la historia, son a su vez los políticos. Pero de dónde les vienen a los hombres las ideas y cuáles son las causas motrices de los cambios políticos, eso no se lo había preguntado nadie. Solo en la escuela más reciente de historiadores franceses, y en parte también ingleses, se había impuesto la convicción de que, al menos desde la Edad Media, la fuerza motriz de la historia europea era la lucha de la burguesía en desarrollo contra la nobleza feudal por la dominación social y política.16 Marx demostró entonces que toda la historia hasta hoy es una historia de luchas de clases, que en todas las múltiples y complicadas luchas políticas de lo único que se trata es de la dominación social y política de clases de la sociedad, de que las clases más antiguas mantengan su dominación y de que las clases nuevas en ascenso la conquisten. Pero ¿qué es lo que hace nacer y subsistir a su vez a estas clases? Las condiciones materiales, palpables, en que la sociedad produce e intercambia en cada momento dado sus medios de vida. La dominación feudal de la Edad Media se basaba en la economía de pequeñas comunidades campesinas que se bastaban a sí mismas, que producían ellas mismas casi todo lo que necesitaban y apenas conocían el intercambio, y a las que la nobleza guerrera daba protección frente al exterior y cohesión nacional o al menos política; cuando surgieron las ciudades y con ellas una industria artesana separada y un tráfico mercantil, primero interior y después internacional, se desarrolló la burguesía urbana y, en lucha con la nobleza, conquistó ya en la Edad Media su inserción en el orden feudal como estamento igualmente privilegiado. Pero con el descubrimiento de la tierra extraeuropea, a partir de mediados del siglo XV, esta burguesía obtuvo un campo comercial mucho más amplio y, con él, un nuevo acicate para su industria; en las ramas más importantes, el artesanado fue desplazado por la manufactura, de tipo ya fabril, y esta, a su vez, por la gran industria, posible gracias a los inventos del siglo pasado, sobre todo la máquina de vapor; y la gran industria repercutió a su vez sobre el comercio, desplazando en los países atrasados el antiguo trabajo manual y creando en los más desarrollados los nuevos medios de comunicación actuales: máquinas de vapor, ferrocarriles, telégrafos eléctricos. Así, la burguesía fue concentrando cada vez más en sus manos las riquezas sociales y el poder social, mientras durante mucho tiempo siguió excluida del poder político, que estaba en manos de la nobleza y de la monarquía apoyada en la nobleza. Pero, al llegar a cierta etapa (en Francia, desde la gran Revolución), conquistó también este poder y se convirtió a su vez en clase dominante frente al proletariado y a los pequeños campesinos. Desde este punto de vista se explican del modo más sencillo todos los fenómenos históricos, a condición de conocer suficientemente la situación económica de la sociedad en cada momento, que es justo lo que les falta por completo a nuestros historiadores profesionales; y del mismo modo se explican con suma sencillez las representaciones y las ideas de cada período histórico a partir de las condiciones económicas de vida y de las relaciones sociales y políticas de ese período, condicionadas a su vez por aquellas. Por primera vez la historia quedaba asentada sobre su verdadera base; el hecho palpable, pero pasado por alto hasta entonces por completo, de que los hombres necesitan ante todo comer, beber, tener vivienda y vestirse, es decir, trabajar, antes de poder disputarse el poder, hacer política, religión, filosofía, etc., este hecho palpable obtenía por fin sus derechos históricos.

Ahora bien, para la concepción socialista esta nueva concepción de la historia tenía la máxima importancia. Demostraba que toda la historia hasta hoy se mueve en antagonismos de clase y en luchas de clases, que siempre ha habido clases dominantes y dominadas, explotadoras y explotadas, y que la gran mayoría de los hombres ha estado siempre condenada a un trabajo duro y a escaso disfrute. ¿Por qué? Sencillamente porque en todas las etapas anteriores de desarrollo de la humanidad la producción estaba todavía tan poco desarrollada que el desarrollo histórico solo podía avanzar en esta forma antagónica, porque el progreso histórico, a grandes rasgos, quedaba confiado a la actividad de una pequeña minoría privilegiada, mientras la gran masa seguía condenada a ganarse con su trabajo el escaso sustento propio y, además, el cada vez más abundante de los privilegiados. Pero esta misma investigación de la historia, que de este modo explica de manera natural y racional la dominación de clase habida hasta hoy, que de otro modo solo podría explicarse por la maldad de los hombres, lleva también a comprender que, a consecuencia de las fuerzas productivas actuales, aumentadas de manera tan colosal, ha desaparecido, al menos en los países más avanzados, hasta el último pretexto para dividir a los hombres en dominadores y dominados, explotadores y explotados; que la gran burguesía dominante ha cumplido su misión histórica, que ya no está a la altura de la dirección de la sociedad e incluso se ha convertido en un obstáculo para el desarrollo de la producción, como demuestran las crisis comerciales y, sobre todo, el último gran crac y la situación deprimida de la industria en todos los países;17 que la dirección histórica ha pasado al proletariado, una clase que, por toda su situación en la sociedad, solo puede liberarse suprimiendo toda dominación de clase, toda servidumbre y toda explotación en general; y que las fuerzas productivas sociales, que se le han ido de las manos a la burguesía, solo aguardan a que el proletariado asociado tome posesión de ellas para establecer un estado de cosas que permita a cada miembro de la sociedad participar no solo en la producción, sino también en la distribución y en la administración de las riquezas sociales, y que, mediante la organización planificada de toda la producción, aumente de tal modo las fuerzas productivas sociales y sus rendimientos que la satisfacción de todas las necesidades racionales quede asegurada a cada cual en medida siempre creciente.

El segundo descubrimiento importante de Marx es el esclarecimiento definitivo de la relación entre el capital y el trabajo; en otras palabras, la demostración de cómo se lleva a cabo, dentro de la sociedad actual, en el modo de producción capitalista existente, la explotación del obrero por el capitalista. Desde que la economía política estableció la tesis de que el trabajo es la fuente de toda riqueza y de todo valor, la pregunta se había hecho inevitable: ¿cómo se compagina esto con que el obrero asalariado no reciba toda la suma de valor producida por su trabajo, sino que tenga que ceder una parte al capitalista? Tanto los economistas burgueses como los socialistas se esforzaron por dar a esta pregunta una respuesta científicamente sólida, pero en vano, hasta que por fin Marx se presentó con la solución. Esta solución es la siguiente: el modo de producción capitalista actual tiene como premisa la existencia de dos clases sociales: por un lado, los capitalistas, que están en posesión de los medios de producción y de los medios de vida, y, por otro, los proletarios, que, excluidos de esa posesión, solo tienen una única mercancía que vender, su fuerza de trabajo, y que por eso tienen que vender esa fuerza de trabajo suya para entrar en posesión de medios de vida. Ahora bien, el valor de una mercancía está determinado por la cantidad de trabajo socialmente necesaria materializada en su producción, y por tanto también en su reproducción; el valor de la fuerza de trabajo de un hombre medio durante un día, un mes o un año está determinado, por tanto, por la cantidad de trabajo materializada en la cantidad de medios de vida necesaria para mantener esa fuerza de trabajo durante un día, un mes o un año. Supongamos que los medios de vida del obrero para un día requieren seis horas de trabajo para producirse o, lo que es lo mismo, que el trabajo contenido en ellos representa una cantidad de trabajo de seis horas; entonces el valor de la fuerza de trabajo para un día se expresará en una suma de dinero que materialice también seis horas de trabajo. Supongamos además que el capitalista que emplea a nuestro obrero le paga por ella esa suma, es decir, el valor íntegro de su fuerza de trabajo. Si el obrero trabaja ahora seis horas del día para el capitalista, le habrá repuesto por completo sus desembolsos: seis horas de trabajo por seis horas de trabajo. Claro que así no le quedaría nada al capitalista, y por eso este concibe la cosa de otra manera muy distinta: yo no he comprado, dice, la fuerza de trabajo de este obrero por seis horas, sino por un día entero, y en consecuencia hace trabajar al obrero, según las circunstancias, 8, 10, 12, 14 y más horas, de modo que el producto de la séptima, la octava y las horas siguientes es producto de trabajo no pagado y va a parar en primer lugar al bolsillo del capitalista. Así, el obrero, al servicio del capitalista, no solo reproduce el valor de su fuerza de trabajo, que se le paga, sino que además produce por encima de él una plusvalía que, apropiada primero por el capitalista, se reparte luego, según determinadas leyes económicas, entre toda la clase capitalista y forma el fondo del que brotan la renta del suelo, la ganancia, la acumulación de capital, en suma, todas las riquezas consumidas o acumuladas por las clases que no trabajan. Con ello quedaba demostrado que el enriquecimiento de los capitalistas actuales consiste, igual que el de los dueños de esclavos o el de los señores feudales que explotaban el trabajo servil, en la apropiación de trabajo ajeno no pagado, y que todas estas formas de explotación solo se distinguen por el modo y manera distintos en que se apropia el trabajo no pagado. Pero con ello se dejaba también sin el último punto de apoyo a todas las frases hipócritas de las clases poseedoras según las cuales en el orden social actual reinan el derecho y la justicia, la igualdad de derechos y deberes y la armonía general de los intereses, y la sociedad burguesa actual quedaba desenmascarada, no menos que sus predecesoras, como una grandiosa institución para la explotación de la inmensa mayoría del pueblo por una minoría pequeña y cada vez más reducida.

Sobre estos dos hechos importantes se funda el socialismo moderno, científico. En el segundo tomo de El capital se desarrollarán estos y otros descubrimientos científicos apenas menos importantes sobre el sistema social capitalista, y con ello se someterán también a una revolución los aspectos de la economía política que el primer tomo no ha tocado todavía. Ojalá le sea dado a Marx darlo pronto a la imprenta.

  1. Los artículos de Marx en la Rheinische Zeitung sobre los debates de la Dieta renana de 1841: Debates sobre la libertad de prensa y la publicación de las actas de la Dieta y Los debates sobre la ley contra el robo de leña. ↩

  2. (Nota de Engels.) El primer censor de la Rh. Ztg. fue el consejero de policía Dolleschall, el mismo que en otra ocasión tachó en la Kölnische Zeitung el anuncio de la traducción de la Divina comedia de Dante por Philalethes (luego rey Juan de Sajonia) con la observación: con las cosas divinas no se hacen comedias. ↩

  3. Marx se casó en 1843 con Jenny von Westphalen, cuyo hermanastro Ferdinand von Westphalen fue ministro del Interior de Prusia de 1850 a 1858. ↩

  4. Véase Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Introducción y La sagrada familia. ↩

  5. Véanse el Discurso sobre la cuestión del librecambio, pronunciado en enero de 1848, y Miseria de la filosofía. ↩

  6. Véase el Manifiesto del Partido Comunista. ↩

  7. Periódico de los emigrados alemanes en Bruselas, publicado de 1847 a febrero de 1848. ↩

  8. Ferdinand Flocon (1800-1866), redactor de La Réforme y miembro del gobierno provisional francés de 1848. ↩

  9. La Legión democrática alemana de Herwegh y Bornstedt, que en abril de 1848 entró en Baden y fue dispersada por las tropas de Wurtemberg. ↩

  10. Los dos procesos del 7 y el 8 de febrero de 1849 en Colonia: el primero contra Marx, Engels y Korff por un artículo contra las autoridades judiciales; el segundo contra Marx, Schapper y Schneider por el llamamiento a negarse a pagar los impuestos. ↩

  11. La Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue, de la que salieron seis cuadernos en 1850. ↩

  12. Véanse El 18 Brumario de Luis Bonaparte, las Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia y Lord Palmerston. ↩

  13. Véase El señor Vogt. La lista apareció entre los Papiers et correspondance de la famille impériale, los papeles del Segundo Imperio hallados en las Tullerías que publicó el gobierno de la Defensa Nacional. ↩

  14. Véanse el Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores y La guerra civil en Francia. ↩

  15. El Congreso de La Haya (2-7 de septiembre de 1872) expulsó a Bakunin y a Guillaume y trasladó la sede del Consejo General a Nueva York. ↩

  16. Engels piensa en los historiadores franceses de la Restauración (Augustin Thierry, Guizot, Mignet, Thiers). ↩

  17. La crisis de 1873, que empezó con el crac de la bolsa de Viena en mayo de ese año y abrió una larga depresión. ↩